Hierro y Sangre - Capítulo 163
- Inicio
- Hierro y Sangre
- Capítulo 163 - Capítulo 163: Capítulo 163: Crónicas en el Refugio de Seda
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 163: Capítulo 163: Crónicas en el Refugio de Seda
(Narra Valka)
Abrí los ojos y lo primero que sentí no fue el dolor, sino la ausencia del olor a azufre. Mis pulmones, que hasta hace un suspiro se sentían como si hubiera tragado brasas calientes, inhalaron un aire fresco con aroma a sándalo y vino viejo. Me tomó unos segundos recordar el estallido de la bruja, el rostro ensangrentado del Padre Tomás y la música de Melody.
Intenté incorporarme, pero un gemido de dolor escapó de mi garganta. Mi piel tiraba, quemada y áspera. Miré a mi alrededor y vi las paredes de seda roja de la carpa dimensional de Viktor. Aelnora estaba a mi lado, con las manos brillando con una luz tenue y reconfortante.
—Déjame adivinar… —susurré, con la voz todavía rasposa—. El bardo… ese maldito Narrador nos salvó.
Aelnora se detuvo un segundo, frunciendo el ceño mientras aplicaba su magia sobre mis quemaduras.
—¿Narrador? —preguntó ella con genuina confusión.
A lo lejos, vi a Viktor ocupado, ayudando a Ulm a acomodarse sobre unos cojines gruesos. El gigante seguía inconsciente, pero su respiración era más estable. Más allá, Raven, con una palidez cadavérica pero una voluntad de hierro estaba usando lo poco que le quedaba de fuerza para coagular la sangre de su propio muñón. Le hacía señas a Einar para que acercara su garra de oricalco encendida.
Tomé a Aelnora por la nuca con suavidad, obligándola a inclinarse para que pudiera hablarle al oído sin que los demás escucharan.
—Ese cabrón es como el Observador y el Ejecutor —le siseé, viendo cómo una gota de sudor frío recorría la mejilla de la elfa—. Puede narrar cosas y hacer que sucedan. Literalmente me narro algo que Ulm hacia y sucedió antes mis ojos.
Aelnora se quedó rígida. Sus ojos ámbar buscaron a Viktor por un instante antes de volver a mí. —Tambien escribió nuestra huida en el aire —Dijo Aelnora en voz baja.
—Pero según él —continué, bajando aún más la voz—, su poder tiene limitantes. No puede hacer lo que quiera con la realidad y, entre más se involucra en una historia, menos la puede cambiar. Es una suerte de equilibrio de mierda.
—Por eso se rompió su pluma… —murmuró Aelnora para sí misma.
—¿Qué pluma? —pregunté, pero ella negó con la cabeza y me presionó suavemente contra la cama improvisada.
—Tranquila, guerrera. Eso no importa ahora. Recuéstate y déjame seguir curando tus pulmones, que todavía suenas como una fragua vieja.
Me dejé caer sobre las mantas, observando la intensidad en su rostro.
—Cabrona… ¿te queda magia después de esa pelea? —dije con una sonrisa ladeada—. Sí que eres fuerte, elfa.
—No me quedaba nada —confesó ella, concentrándose en el flujo de energía—. Pero este lugar tiene algo… no sé qué sea, pero mi núcleo se siente más fuerte y la magia se agota más lento aquí dentro. Así que déjame terminar contigo para ir con Ulm y con Raven, antes de que ese idiota siga pidiendo que lo hagan barbacoa para cauterizar sus heridas.
No pude evitar soltar una carcajada, aunque me dolió el pecho. Me acerqué de nuevo a su oreja, disfrutando por un momento del aroma a jazmín que siempre emanaba de su piel, a pesar de la sangre y el barro.
—Tú puedes hacerme lo que quieras, grandulona —le susurré con malicia.
Aelnora se puso roja hasta la punta de sus orejas puntiagudas, una mezcla de vergüenza y curiosidad que la hizo apartar la mirada rápidamente mientras seguía con su tratamiento. Verla así, tan vulnerable y poderosa a la vez, era lo único que me mantenía cuerda en este caos.
(Narra Einar)
Me senté en el suelo de la carpa, lejos de las sedas, dejando que mi cuerpo asimilara el impacto del rayo de Arleth. Me dolía cada fibra, pero ver a Raven mutilado me hacía sentir que mis quejas eran un insulto. Ayudé al elfo con lo que pidió; acerqué mi garra al rojo vivo a su pierna cercenada, cerrando los vasos sanguíneos con un siseo de carne quemada que llenó la carpa por un momento. Raven ni siquiera gritó; solo apretó los dientes hasta que sus encías sangraron.
Cuando terminamos, me alejé un poco y encendí un cigarro de clavo. El humo denso y especiado ayudó a mitigar el dolor sordo de mis costillas. Me quedé a la espera de que Aelnora pudiera atenderme, observando el extraño santuario en el que nos encontrábamos.
En una mesita circular, Viktor estaba sentado, escribiendo frenéticamente en un pergamino que parecía no tener fin. Gorrash se acercó a él con paso pesado, su Nodachi apoyada en un rincón. El orco se veía pequeño en comparación con la inmensidad de la carpa, pero su presencia seguía siendo imponente.
—¿Qué haces, bardo? —preguntó Gorrash, con su voz de trueno apagado.
Viktor levantó la vista, y por un momento, sus ojos no parecieron humanos, sino dos pozos cargados de siglos de historias.
—¿Qué no estuviste ahí, colmillos? —respondió el bardo, volviendo a su tono ligero—. Fue una pelea épica. Estoy escribiendo canciones sobre todos ustedes para que el mundo, algún día, cuente su leyenda.
Gorrash soltó un bufido de incredulidad, cruzando sus brazos macizos sobre el pecho.
—Nadie lo creerá —sentenció el orco—. Dirán que son cuentos de borrachos.
Viktor sonrió, una expresión cargada de una sabiduría melancólica.
—Aun así, Gorrash… como un mito o una leyenda, como un “tal vez” o un imposible, tu nombre vivirá en la mente de millones de personas por miles de años. Gracias a esta canción, la muerte no será el final de ninguno de ustedes. Serán inmortales en el papel.
El orco se quedó pensativo, mirando el pergamino como si intentara ver su propio reflejo en las letras de tinta negra.
—Eso suena bien —admitió finalmente, sentándose junto a la mesa—. Escribe que no retrocedí ante la Llaga.
—Oh, lo haré, amigo mío —aseguró Viktor, su pluma volando sobre el papel—. Escribiré que el orco desafió a la Ira misma y vivió para contarlo.
Me recosté contra la pared de tela, el humo de mi cigarro de clavo dibujaba espirales perezosas en el aire estático de la carpa. Mis ojos, todavía sensibles por el rastro del rayo elemental, observaban a Aelnora. Estaba terminando de aplicar el bálsamo en la espalda de Valka; sus movimientos eran una mezcla de devoción técnica y algo más… algo que vibraba en el silencio que compartían, pero no podía ocultarse ante mi instinto y mis sentidos.
Me puse en pie, sintiendo el crujido de mis huesos, y me acerqué a ellas. Aelnora se tensó un poco, levantando la vista con esa mezcla de culpa y confusión que solo alguien tan pura como ella podría albergar. Valka, por su parte, me miró con un desafío silencioso, esperando el reclamo que nunca llegaría.
Me senté frente a ellas, ignorando el ardor de mis propias heridas.
—Escúchame, grandulona —dije, mirando a Aelnora directamente a los ojos, con una voz que cargaba con el peso de la naturaleza misma—. Mientras tu corazón sea mío, no me molesta que sacies la curiosidad que Valka te provoca.
Aelnora abrió la boca para protestar, pero le puse un dedo en los labios, deteniendo las palabras antes de que nacieran.
—Estamos en una maldita guerra en la que el universo mismo puede desaparecer mañana —continué, dejando que el humo se escapara entre mis dientes—. Tú y yo podríamos morir en el siguiente asalto. Nuestras almas… si lo que dice el Observador es cierto, seguirán en el ciclo. Viviremos otras vidas, en otras pieles, pero sin estos recuerdos. Sin este “nosotros”.
Valka se quedó inmóvil, escuchando con una seriedad que rara vez mostraba.
—Así que de una u otra forma, tengo razón —sentencié—. Todo lo que tenemos es esta única vida. Yo no volveré a ser Einar y tú no volverás a ser Aelnora. No veo por qué no habríamos de vivir al máximo cada experiencia disponible en esta piel, en este momento. Si la eternidad es un olvido, entonces, el ahora es lo único sagrado que nos queda.
Aelnora me miró con una profundidad nueva, una mezcla de alivio y una pasión contenida que finalmente encontró permiso para respirar. Me incliné, besé su frente con la solemnidad de un rito sagrado, y luego miré a Valka.
—Cuando se dé la ocasión…Cuídala, mercenaria. Si le haces daño, no habrá ciclo en el universo que te esconda de Fenrir.
Valka asintió, con un respeto genuino en su mirada. —Lo sé, lobo.
Me levanté y me dirigí hacia donde Raven y Gorrash descansaban, dándoles el espacio que el destino les había regalado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com