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Hierro y Sangre - Capítulo 164

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Capítulo 164: Capítulo 165: El Eco de la Resistencia

(Narra Aelnora)

El mundo exterior volvió a tener colores, aunque estos fueran los tonos pardos y grises de un poblado minero que apenas comenzaba a despertar lejos de la sombra del volcán. Salir de la caja de Viktor fue como nacer de nuevo; el aire del pueblo no era puro, sabía a hollín y a mineral, pero no quemaba los pulmones ni apestaba a la carne podrida del Padre Tomás.

Yunque nos dejó frente a una casona de piedra que servía como casa de sanación. El ajetreo fue inmediato. Viktor, usando ese carisma que ahora me resultaba sospechoso, convenció a los sanadores locales de que éramos viajeros asaltados por bandidos.

Ayudé a cargar a Ulm. El gigante era una masa de músculos inertes. Dentro de la clínica, los sanadores palidecieron al ver la magnitud de sus heridas, pero con mi guía y todo lo que pude usar de mi energía, logramos estabilizarlo. El esternón estaba hundido, una herida que habría matado a cualquier humano, pero la fisiología de Ulm era tan terca como su voluntad. Después de que la magia y pocines devolvieron los huesos a su lugar, lo dejaron bajo observación estricta, rodeado de ungüentos de hierbas y vendas limpias.

Raven, por su parte, fue instalado en una cama contigua. Estaba consciente, aunque su rostro era una máscara de palidez. En cuanto pudo hablar, no pidió medicina, sino comida. Lo vi devorar caldos espesos y carne roja con una avidez animal, buscando recuperar cada gota de la sangre que había vertido para salvarnos.

Finalmente, me acerqué a Einar. Estaba sentado en un banco de madera, mirando hacia la ventana con una expresión indescifrable. Me senté a su lado y, con delicadeza, comencé a desatar las correas de la garra de oricalco.

—Déjame ver —susurré.

Einar soltó un suspiro largo y pesado mientras se quitaba el artefacto. Cuando la mano quedó al descubierto, sentí una punzada de dolor en mi propio pecho. Sus dedos estaban entumecidos, pálidos y contraídos en una posición antinatural. La piel estaba marcada por cicatrices viejas y nuevas, pero lo peor era la rigidez. Intentó mover el índice y apenas logró un temblor patético.

Invoqué mi luz curativa. El fulgor ámbar envolvió su extremidad, y vi cómo sus facciones se relajaban momentáneamente.

—Lindo truco el de la garra en llamas, por cierto —dije, intentando aligerar el ambiente—. Nos ha sido de mucha ayuda.

Einar soltó una risa seca, sin apartar la vista de su mano.

—Tu magia alivia el dolor, grandulona, pero mi mano no se arregla —dijo, y su voz sonaba como piedra rozando piedra—. El clavo que hizo esto… debió tener magia profana muy poderosa. Mi mano cada día se mueve menos. Se quedó así, en forma de garra, negándome el arco para siempre. Ya no soy el arquero que conociste.

Me quedé en silencio, manteniendo el flujo de luz sobre sus nervios destrozados. La pérdida de su identidad como arquero era una herida que ninguna oración podía cerrar por completo.

—Cuando volvamos —continuó él, cerrando el puño con dificultad—, le diré a Aeris que rediseñe la garra. Ya no necesito que dispare virotes. Necesito que refuerce el interior, que sea una extensión de lo que queda de mí. Por momentos, aún mis nervios destrozados sienten el calor del fuego. Prefiero afilar el metal y encender las garras a intentar disparar de lejos con una mano que ya no responde.

Le tomé la mano con ambas mías y le di un beso suave en los nudillos.

—Así lo haremos, druida —le aseguré—. Por ahora, quédate aquí con los demás. Necesitas que terminen de limpiarte las heridas y que comas algo sólido. Estás en los huesos.

—¿Y tú qué harás? —preguntó, sujetando mi mano con la poca fuerza que le quedaba.

—Yo no estoy herida físicamente, y mi núcleo sanó casi por completo en el camino gracias a la carpa de Viktor. Iré a recorrer el pueblo en busca de una capilla o un lugar seguro para mis oraciones… si es que algo así existe en este rincón del mundo.

Einar frunció el ceño, su instinto protector saltando de inmediato.

—Ten cuidado, grandulona. No sabemos en qué o en quién creen aquí… ni siquiera sabemos exactamente dónde estamos. Este lugar se siente extraño.

—Seré cuidadosa —le prometí, levantándome—. Mientras tanto, vigila a Valka por mí. Debe comer para recuperar fuerzas. Seguro intentará escaparse a beber en cuanto se sienta un poco mejor; no la dejes salir, al menos no antes del anochecer y solo si ha comido suficiente.

Einar soltó una carcajada de verdad esta vez. —Jaja, está bien, grandulona. Así será. Me encargaré de la fiera.

(Narra Aelnora)

Dejé la casa de sanación sintiendo una extraña mezcla de alivio y ansiedad. Al salir, vi a Gorrash caminar hacia las afueras del poblado; el orco necesitaba el silencio de la naturaleza para meditar y limpiar el hedor de la magia de las Llagas de su espíritu. En la plaza central, Viktor ya había montado un pequeño espectáculo. Estaba sentado sobre un barril, tocando una melodía alegre que contrastaba con la seriedad del pueblo, mientras los lugareños, curiosos y cautelosos, arrojaban algunas monedas de plata a su sombrero.

Caminé por las calles empedradas, buscando un símbolo, una señal. Piedra Gris era un pueblo de trabajadores, de gente con las manos curtidas por el pico y la pala. Finalmente, en una esquina apartada, vi un arco de piedra con el grabado de una lágrima de cristal.

Mi corazón dio un vuelco. Era una capilla de Luxa.

Entré con cautela, esperando encontrar el abandono o la profanación que la Inquisición solía dejar a su paso. Pero el interior estaba limpio, humilde y lleno del aroma a flores frescas. Un hombre mayor, que estaba encendiendo una vela en un rincón, se giró al verme. Mi sorpresa debió ser evidente en mi rostro.

—¿Por qué esa cara, hija? —preguntó el hombre con voz amable.

—La Inquisición… —respondí por instinto, bajando la voz—. Creí que no permitirían que un templo de la Antigua Fe permaneciera abierto.

El hombre se llevó un dedo a los labios y me hizo señas para que nos acercáramos a las sombras de una columna.

—Baje la voz, forastera —susurró—. Su influencia es cada vez menor en estas tierras. Hay rumores, historias que traen los bardos y la gente de las cantinas sobre una resistencia. Dicen que en el norte y en el este, la gente ha empezado a levantarse. Eso inició movimientos en cientos de poblados; decenas de nuevos grupos se resisten a la “Nueva Fe” de los Capuchas Rojas.

Lo miré con asombro. La idea de que no estábamos solos en esta lucha me dio un vuelco de esperanza.

—Además —continuó el anciano—, hay quienes susurran que la cúpula de la Iglesia está corrupta hasta la médula. Otros dicen cosas peores… que pactaron con demonios para obtener su poder. Yo no sé qué creer, solo sé que la fe por los otros dioses ya no se deja aplastar tan fácilmente. A dónde van los Capuchas Rojas ahora encuentran resistencia; ya no pueden quemar templos cuando les da la gana sin que el pueblo se les eche encima.

—¿Incluso el ejército? —pregunté.

—Incluso parte del Ejército Imperial está en la resistencia. Entre los soldados también hay una variedad de dioses que son adorados en secreto. El hierro no siempre sigue al dogma, hija mía. Además, si crees en los rumores, la misma reina es adepta a los antiguos dioses.

—Es bueno escuchar eso —dije, sintiendo un nudo de emoción en la garganta—. Ahora, si me permite, buen hombre, iré al altar a rezar. Necesito hablar con Ella.

El hombre asintió y me dejó sola. Caminé hacia el pequeño altar donde una estatua de madera de Luxa me observaba con ojos serenos. Me arrodillé y cerré los ojos, dejando que mi espíritu se abriera.

De repente, el aire en la capilla cambió. El olor a incienso desapareció, reemplazado por el aroma de la hierba recién cortada y el sol de la mañana. Abrí los ojos y ya no estaba en la pequeña capilla, ni el pueblo de piedra. Estaba en medio de un campo abierto, un prado infinito bajo un cielo de un azul imposible. Frente a mí, una figura de luz caminaba con gracia.

Era Luxa. Su presencia era abrumadora, una mezcla de amor infinito y una autoridad que hacía temblar las estrellas.

—Sabemos lo que haces con las Llagas, Aelnora —dijo la Diosa, y su voz no era un sonido, sino una vibración en mi alma—. Y es por eso por lo que algunos dioses intervendrán en esta guerra. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras el tejido de la creación se desgarra. Nosotros nos encargaremos de los males que acechan en los planos superiores, pero su muerte no supone el fin de las Llagas. Ustedes juegan su parte y nosotros la nuestra. Cada uno en su lado del tablero para alcanzar el fin común.

Me quedé maravillada, sintiendo la calidez de su mirada. Era una sensación de pertenencia que nunca había experimentado con tal intensidad. Pero una duda que me carcomía desde hacía tiempo subió a mis labios.

—Madre… —susurré—. He visto visiones. He sentido cosas… ¿Es verdad que somos dos gotas idénticas? ¿Que en esencia somos lo mismo?

Luxa asintió con una sonrisa que contenía la sabiduría de las eras.

—Si —respondió con sencillez—. Quién o cómo accede a la divinidad es algo que no debes comprender por ahora, hija mía. Las reglas de este universo son complejas y a veces crueles. Pero si en esencia somos lo mismo, solo jugamos diferentes roles en este tablero. Tú eres mi mano en la tierra, y yo soy tu eco en la eternidad.

La visión comenzó a desvanecerse, devolviéndome gradualmente a la penumbra de la capilla. Me quedé allí un largo tiempo, con el rostro bañado en lágrimas, pero con una determinación que nunca antes había sentido. No éramos solo un grupo de parias huyendo de la muerte; éramos los elegidos de un bando que finalmente estaba empezando a contraatacar.

Me levanté, me ajusté la túnica y salí de la capilla. El sol ya estaba bajando en el horizonte. Tenía hambre y una necesidad imperiosa de beber un trago helado de cerveza. Me dirigí hacia la taberna del pueblo, donde el humo y el ruido de las risas ya empezaban a desbordarse por las ventanas.

Necesitaba saber que seguía viva después de hablar con una diosa en un campo infinito.

(Narra Aelnora)

El olor de la taberna de Piedra Gris era una mezcla reconfortante de aserrín húmedo, guiso de cordero y cerveza fermentada. Me senté en una mesa apartada, en un rincón donde las sombras me ofrecían un refugio momentáneo del peso de mi propia divinidad. Mis manos, que aún conservaban el rastro del calor de Luxa, se cerraron alrededor de una jarra de barro fría. Necesitaba que el alcohol adormeciera el eco de la voz de la Diosa en mi cabeza.

No pasaron ni diez minutos antes de que una figura familiar recortara la luz de la entrada. Caminaba con esa arrogancia felina que ni las quemaduras ni el agotamiento podían borrar.

—¿Buscas compañía, grandulona? —preguntó Valka, dejándose caer en el banco frente a mí con un suspiro de satisfacción.

Solté una risa suave, la primera que sentía genuina en días.

—Sabía que vendrías a beber tan pronto como te fuera posible, mercenaria.

Valka hizo una mueca, tocándose una de las vendas en su brazo.

—Habría estado aquí hace horas, créeme. Pero dejaste un perro guardián muy eficiente. Einar se tomó muy en serio su papel de carcelero. No me quitó el ojo de encima hasta que me terminé el último trozo de ese estofado insípido.

—Einar no es un perro, Valka —respondí, aunque la mención de su nombre me trajo a la mente su discurso en el trineo, esa libertad que me había otorgado y que todavía me quemaba en el pecho.

—Y tú no eres una santurrona, elfa —replicó ella con una chispa de malicia en los ojos—. Así que bebamos hasta vomitar y luego sigamos bebiendo aún más. Nos lo hemos ganado después de ver a un cura explotar en una nube de tripas.

Bajé la mirada a mi jarra, dudando por un segundo. La formación en el templo, los años de disciplina… todo parecía tan lejano.

—Hoy sí, Valka. Después de todo lo que ha pasado, de las Llagas y de sentir que el mundo se deshace… solo necesito una señal para saber que los dioses no me juzgan por esto. Por querer olvidar un poco.

Casi como si el universo estuviera escuchando, un borracho en la mesa del centro se puso en pie, tambaleándose con su tarro en alto.

—¡Salud por los dioses! —gritó con una voz rasposa que llenó el local.

—¡POR LOS DIOSES! —respondieron al unísono una docena de hombres y mujeres, chocando sus jarras con un estruendo que hizo vibrar las vigas de madera.

Valka estalló en carcajadas y me señaló con la barbilla.

—Ahí está tu señal, hermana. El cielo ha hablado a través de un minero ebrio.

Sonreí, dejando que la última barrera de mi resistencia cayera. La jarra de cerveza de Valka llegó en ese momento, espumosa y oscura. Ella la levantó, esperando mi brindis.

—Por ti, amiga… salud —dijo, y sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que no tenía nada que ver con la bebida.

—Por ti, Valka —respondí. Chocamos los tarros y bebí un trago largo, sintiendo el amargor refrescante de la cebada bajando por mi garganta.

(Narra Valka)

Pedimos un plato de cecina salada y más cerveza. Aelnora comía con una delicadeza que me resultaba fascinante, incluso cuando sus mejillas empezaron a teñirse de un rosa suave por el alcohol. La elfa era hermosa en el campo de batalla, bañada en luz ámbar, pero aquí, bajo la luz mortecina de las velas de sebo, era devastadora.

—No te preocupes por el dinero —le dije, masticando un trozo de carne seca—. Hoy invita la casa… o bueno, invito yo.

—¿De dónde sacaste para pagar todo esto? —preguntó ella, entornando los ojos.

—Digamos que las monedas encontraron su camino desde la carpa de Viktor hasta mis bolsillos. Considéralo una tasa de transporte por habernos metido en esa caja de madera —reí, y ella me acompañó, su risa volviéndose más libre con cada trago.

Seguimos bebiendo. La conversación fluyó desde las tonterías del bardo hasta el miedo real que sentimos frente a Melody. Pero bajo las palabras, había otra corriente. Mis dedos rozaron los suyos sobre la mesa de madera rugosa. Sus pupilas estaban dilatadas, y cada vez que yo hacía una insinuación sobre lo bien que se veía sin la placa de acero, ella se mordía el labio inferior, enviando una descarga eléctrica directo a mi entrepierna.

—Ya pedí una habitación arriba… —solté de golpe, bajando la voz mientras me inclinaba hacia ella—. ¿Me acompañas, grandulona? O prefieres seguir fingiendo que los dioses te están mirando.

Aelnora se quedó inmóvil un instante. Vi el conflicto en sus ojos, la lucha entre la clériga y la mujer que Einar le había pedido que fuera. Finalmente, suspiró, un sonido cargado de rendición y deseo.

—Sí, Valka. Vamos.

Me puse en pie de inmediato, dejando un puño de monedas de plata sobre la mesa que harían que el tabernero nos recordara como santas durante un mes. Tomé a Aelnora de la mano y la guié hacia las escaleras de madera crujiente. Ella subía con pasos un poco erráticos, pero con una determinación que me aceleró el pulso.

(Narra Aelnora)

El cuarto era pequeño, privado y olía a cera y a limpio. Valka cerró la puerta tras nosotras y puso el cerrojo con un clic que resonó como una sentencia. En la mesa de noche había más cerveza, pero ya no la necesitábamos.

Valka se giró hacia mí. La luz de la luna entraba por la pequeña ventana, bañando sus cicatrices en un tono plateado. Ya no había burlas, solo una urgencia que nos consumía a ambas. Ella se acercó, rodeando mi cuello con sus manos ásperas de guerrera, y me besó con una pasión que me hizo olvidar mi nombre, mi rango y mi fe.

—Esta noche —susurró contra mis labios—, solo somos piel y sangre, elfa.

Me deshice de mi túnica con dedos torpes, dejando que la prenda cayera al suelo. Valka hizo lo mismo, revelando un cuerpo que era un mapa de supervivencia y fuerza. Al contacto de nuestra piel, solté un gemido ahogado. Era el calor que Einar había mencionado; era vivir al máximo en esta piel, en este ciclo.

La cama crujió bajo nuestro peso. Valka era fuego, una tormenta de caricias agresivas y besos hambrientos que me obligaron a arquear la espalda. Yo le respondí con la misma intensidad, explorando cada rincón de su cuerpo, desde los hombros marcados por el peso de la espada hasta la curva de su cadera. Ya no había magia, solo la conexión física y brutal de dos seres que sabían que el mañana no estaba garantizado.

Me perdí en ella, en su olor a cuero y sudor, en la forma en que sus manos buscaban mi luz interior mientras yo buscaba su sombra. Fue una danza de entrega total, donde la vergüenza se disolvió en el placer y la curiosidad de la que habló Einar se convirtió en una realidad vibrante. En la oscuridad de esa habitación, mientras el pueblo extraño dormía y nuestros amigos sanaban en el hospital, nosotras construimos un refugio hecho de carne y deseo.

(Narra Valka)

Aelnora era luz, pero en la cama se movía con una fuerza que me sorprendió. Sus manos recorrieron mis quemaduras con una suavidad que me hizo estremecer, convirtiendo el dolor residual en un combustible para el placer. Me hundí en ella, buscando la paz que solo el agotamiento absoluto puede traer.

Cuando finalmente nos quedamos quietas, entrelazadas bajo las mantas delgadas, el silencio era sagrado. Escuché su corazón latir contra mi pecho, un ritmo constante que decía: estoy viva, estoy aquí.

—Tenías razón, mercenaria —murmuró ella, besando mi hombro—. Los dioses no nos juzgan por esto.

—Los dioses están demasiado ocupados peleando su propia guerra, grandulona —respondí, rodeándola con mis brazos—. Disfruta el silencio. Mañana el mundo volverá a intentar matarnos, pero esta noche… esta noche le ganamos al destino.

Me quedé dormida con el aroma de su cabello en mi nariz, sabiendo que, pasara lo que pasara en el volcán o en las tierras que seguían, este momento en un pueblito perdido estaba grabado en el pergamino del destino, y, sobre todo, en mi propia sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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