Hierro y Sangre - Capítulo 166
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Capítulo 166: Capítulo 166: El Silencio de la Misericordia
(Narra Aelnora)
La mañana en Piedra Gris no trajo la calidez del sol, sino un frío antinatural que calaba hasta los huesos. Me desperté antes de que la primera luz tocara los tejados, pero no fue el frío lo que me sacó del sueño, sino un sonido. Un laúd. Una melodía dulce pero cargada de un veneno que hacía que el vello de mi nuca se erizara.
A mi lado, Valka se tensó de inmediato. Sus ojos, usualmente cargados de una picardía peligrosa, estaban ahora alerta, fijos en la puerta de la habitación.
—Seguramente es Viktor —murmuró ella, aunque su mano ya buscaba instintivamente la empuñadura de sus espadas—. Ese bardo no sabe cuándo dejar de tocar.
—No es Viktor —respondí, sintiendo cómo un peso se asentaba en mi pecho—. Quédate aquí, Valka. Espera en la habitación.
Valka soltó una carcajada seca mientras se incorporaba, mostrando las cicatrices de sus hombros que yo había besado horas antes.
—No soy una damisela en apuros, elfa. Soy una guerrera. No voy a quedarme aquí bordando mientras tú sales a enfrentar lo que sea que esté allá afuera.
Me detuve frente a ella, ya con parte de mi armadura ajustada. La miré con una seriedad que detuvo su impulso.
—Lo sé, Valka. Eres la hija de perra más fuerte que conozco —dije, y por un segundo su expresión se suavizó—, pero necesito que confíes en mi esta vez. Esto no es una pelea de acero contra acero. Es algo más.
Valka me sostuvo la mirada un largo tiempo. Suspiró y terminó de vestirse con movimientos bruscos.
—Si algo sale mal, Aelnora, iré al mismo infierno a patearte el trasero y decirte “te lo dije”.
—Parece un trato justo —respondí con una sonrisa triste.
Terminé de enfundarme en mi armadura y tomé a Libertad, mi maza de guerra. El peso del hierro frío me dio una estabilidad que mi espíritu necesitaba. Al llegar a la puerta, me volví hacia ella una última vez.
—Te veo más tarde en la casa de sanación. Hoy volvemos al Colmillo de Wyvern.
—Hagas lo que hagas, elfa… no hagas nada estúpido —dijo Valka desde las sombras del cuarto—. No quiero irme de este pueblo de mierda dejando atrás tu cadáver.
Reí suavemente y salí al pasillo.
(Narra Aelnora)
Caminé por las calles desiertas de Piedra Gris. El silencio era absoluto, roto solo por el eco de mis propias botas y esa melodía persistente que parecía emanar de las mismas paredes. Al llegar a la plaza central, la vi. Melody estaba sentada en el borde de la fuente seca, tocando su laúd con una sonrisa maníaca que estiraba las cicatrices de sus mejillas.
—Llegas a tiempo para el final, clériga —dijo Melody sin dejar de tocar—. En pocos minutos, el pueblo entero y tus preciosos amigos estarán aquí. No para ayudarte, sino para lincharte. Mi música les recordará cada agravio, cada odio que han guardado. Se despedazarán entre ellos y tú serás la primera en caer.
Melody chasqueó los dedos con un gesto que imitaba burlonamente a Viktor. Al instante, una caja de madera apareció de la nada junto a ella. La pateó con desprecio y de su interior cayó Viktor. Estaba inconsciente, con el rostro desfigurado por los golpes y las ropas hechas jirones.
—No hay salvación posible —sentenció la Llaga, arpegiando una nota disonante.
No respondí con palabras. Tomé a Libertad con ambas manos y golpeé el suelo de piedra con el pomo. El impacto fue tan brutal que el metal se enterró varios centímetros en el pavimento, dejando la maza clavada y erguida como un pilar. Melody seguía con su melodía infernal, pero yo no me detuve. Tomé mi pequeño escudo de brazo, Esperanza, y lo coloqué sobre la cabeza del martillo. Proyecté mi núcleo mágico hacia el metal, expandiendo mi voluntad.
—Sanctum… Murus —invoqué.
Un domo de luz dorada y sólida estalló desde el escudo, envolviéndonos a Melody, a Viktor y a mí en un perímetro perfecto.
—Tu música no saldrá de aquí —dije, sintiendo la presión del sonido rebotando en las paredes de luz—. El pueblo está a salvo.
Melody se puso en pie, riendo descontrolada.
—¡Pero tú no! Enloquecerás de ira aquí dentro. El eco de mi canción te destrozará la mente y cuando ataques sin control… te mataré. La ira me fortalece, elfa. Entre más me odies, entre más furia sientas hacia mí… más poderosa seré.
Me acerqué un paso hacia ella. No sentía el pulso acelerado, ni el calor de la batalla. Solo una calma gélida y profunda.
—¡Odia y ataca, perra! —gritó Melody, golpeando las cuerdas con violencia.
La miré en silencio. A través del cristal del domo, vi a Einar llegar corriendo a la plaza. Se veía desesperado, gritando algo que el silencio mágico del escudo no permitía escuchar. Le hice una seña con el brazo, pidiéndole calma. Él se detuvo, confundido, pero al ver la paz en mi rostro, su actitud se relajó solo un poco, manteniéndose atento.
Melody, frustrada, miró hacia afuera.
—Quizás sea más divertido torturar al druida de nuevo —dijo, intentando caminar hacia el borde del domo.
Se estrelló contra la barrera como si fuera una pared de diamante. Al otro lado, vi a Einar soltar una risa burlona al verla fallar. La Llaga se giró hacia mí, su rostro transfigurado por una furia genuina.
—¿Por qué no puedo salir? Tu magia no era física, ni solida…¿Por qué no me estás atacando? ¿Por qué no has cedido ante la ira de mi melodía? —rugió.
La miré con una profunda tristeza.
—Porque no te odio, Melody. Eres fuerte solo porque te odias a ti misma. Por haber traicionado tu humanidad, por condenarte a ser este eco de dolor. Odias al bardo que está a tus pies porque crees que te dejó atrás, pero él tenía un destino que cumplir y tú no lo entendiste.
Di otro paso hacia ella. El aura dorada de Luxa comenzó a emanar de mi piel, iluminando el domo con una luz que no hería, sino que abrazaba.
—Estuve ante la presencia de una diosa, Melody. Su paz está conmigo, su amor y su poder me envuelven, alejando tu ira. Siento pena por ti Melody, te odias porque tu mayor virtud era tu voz y ahora, con esos cortes en tus mejillas, suena distorsionada. No te queda nada más que un laúd lleno de falsas promesas. Te compadezco. No te temo, y sobre todo… no te odio.
—¡Eres una imbécil! —gritó Melody, dejando caer el laúd al suelo—. ¡Tú no sabes nada de mí! No quieras jugar a la puta santa conmigo. ¡Si la música no te mata, lo hará el acero!
Sacó una espada de sombra de su bolsillo y corrió hacia mí. Soltó un tajo poderoso, pero su técnica era errática, alimentada por una frustración que no encontraba eco en mí. Esquivé el golpe con un paso lateral e impacté un puñetazo contundente en su abdomen. Melody cayó de rodillas, sofocada.
—Tu poder no es físico, Llaga —dije con voz plana—. Y tu música no sirve más en mí. Ríndete. No hay nada más que puedas hacer, ríndete y déjame ayudarte.
Melody comenzó a reír, una risa maniática entrecortada por la falta de aire.
—¿Eso… eso crees, estúpida? ¿Quién crees que me dio el poder? La ira no es un concepto abstracto… ¡Azhgorath! —gritó con todas sus fuerzas.
—¡AZHGORATH!
El suelo bajo el domo se rasgó y de la grieta en el suelo de piedra emergió una criatura que parecía forjada en las pesadillas del mismo infierno. Un demonio de cuerpo curtido y fuerte, hecho de magma y hierro, con grietas incandescentes de las que brotaba un humo negro. Sus cuernos eran lanzas retorcidas y sus brazos estaban cubiertos de cadenas rotas. El demonio saltó hacia mí con un rugido que hizo vibrar el aire.
No retrocedí. Llevé mi brazo hacia mi espalda, bajo la capa, y desenfundé lo que Valka me había entregado antes dejarme salir de la habitación.
En el momento en que el demonio de la ira estaba a punto de cerrarse sobre mí, lo partí en dos con un tajo ascendente de Penitencia. El acero de oricalco brilló con una luz espectral mientras cortaba la carne de magma como si fuera mantequilla. El demonio cayó al piso aullando de dolor.
—Entonces sí podemos matarlos con este metal —murmuré.
Clavé la punta de Penitencia en la sien de la criatura que se retorcía en el suelo con el cuerpo casi partido por mitad. Con un grito desgarrador, el demonio se convirtió en cenizas que se dispersaron en el aire y se extinguieron al tocar las paredes del domo.
Melody se quedó impactada. Su risa murió de golpe. El pánico inundó sus ojos y, por primera vez en años, sintió algo que no era ira: era miedo. Me acerqué a ella y puse mis manos en ambos lados de su rostro. Melody comenzó a llorar, un llanto de puro arrepentimiento y terror.
—Hazlo… —sollozó—. Acábame.
—Sanctum —invoqué suavemente.
La luz fluyó de mis palmas a sus mejillas. Vi cómo la carne desgarrada y putrefacta se cerraba, cómo las heridas se curaban hasta dejar solo una pequeña cicatriz rosada y limpia.
—¿Qué haces…? —preguntó ella, tocándose el rostro con manos temblorosas.
—Luxa me lo dijo —respondí, ayudándola a levantarse—. La muerte de un mal no significa la muerte de su Llaga, pero sí el fin de su pacto. Por eso sientes miedo, Melody. La ira ya no te controla. Ya no eres su instrumento.
Melody se desplomó en el suelo, llorando descontrolada. El peso de décadas de pecados, de recuerdos humanos y de todo el dolor que había causado la inundó de golpe.
—Si puedes lidiar con tus pecados… podrás comenzar de nuevo —le dije, desvaneciendo el escudo mágico—. Lo que hagas con esta oportunidad es asunto tuyo. Vive en paz, Melody. Ese es mi deseo para ti.
En cuanto el domo desapareció, Einar corrió hacia mí y me rodeó con sus brazos.
—¿Estás loca, grandulona? —gritó, revisándome el rostro—. ¡¿Qué mierda era esa cosa que te atacó ahí dentro?!
—Azhgorath —respondí, sintiendo el cansancio golpearme por fin—. El mal de la ira. Pero el pacto se acabó. Melody ya no es un peligro. Por favor, ve por Viktor y llévalo a la casa de sanación. Te alcanzo allí.
Einar asintió, aunque me miró con una mezcla de orgullo y preocupación. Levantó al bardo inconsciente y se alejó rápidamente.
Me quedé un momento frente a Melody. Ella seguía en el suelo, con las manos en las sienes, repitiendo una y otra vez: “mátame… mátame… mátame”.
—Ojalá pudiera curar tu mente y tu dolor —susurré—, pero solo tú puedes hacerlo.
Me di la vuelta y comencé a caminar. Pero un sonido húmedo y desgarrador me obligó a voltear. Melody había tomado su propia espada de sombra y se había rajado la garganta de un tajo certero. Una lágrima rodó por mi mejilla mientras veía cómo su cuerpo se desintegraba en partículas de luz oscura, regresando su alma al pozo primigenio. No había buscado la redención en la vida, sino en el olvido.
—Que encuentres paz en tu otra vida —murmuré.
Caminé rumbo a la casa de sanación, con el peso de Penitencia en mi mano y el silencio de la plaza a mis espaldas. La Ira se había extinguido, pero el rastro que dejaba era un camino de cenizas.
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