Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hierro y Sangre - Capítulo 165

  1. Inicio
  2. Hierro y Sangre
  3. Capítulo 165 - Capítulo 165: Capítulo 166: El Brindis de las Sombras
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 165: Capítulo 166: El Brindis de las Sombras

(Narra Aelnora)

El olor de la taberna de Piedra Gris era una mezcla reconfortante de aserrín húmedo, guiso de cordero y cerveza fermentada. Me senté en una mesa apartada, en un rincón donde las sombras me ofrecían un refugio momentáneo del peso de mi propia divinidad. Mis manos, que aún conservaban el rastro del calor de Luxa, se cerraron alrededor de una jarra de barro fría. Necesitaba que el alcohol adormeciera el eco de la voz de la Diosa en mi cabeza.

No pasaron ni diez minutos antes de que una figura familiar recortara la luz de la entrada. Caminaba con esa arrogancia felina que ni las quemaduras ni el agotamiento podían borrar.

—¿Buscas compañía, grandulona? —preguntó Valka, dejándose caer en el banco frente a mí con un suspiro de satisfacción.

Solté una risa suave, la primera que sentía genuina en días.

—Sabía que vendrías a beber tan pronto como te fuera posible, mercenaria.

Valka hizo una mueca, tocándose una de las vendas en su brazo.

—Habría estado aquí hace horas, créeme. Pero dejaste un perro guardián muy eficiente. Einar se tomó muy en serio su papel de carcelero. No me quitó el ojo de encima hasta que me terminé el último trozo de ese estofado insípido.

—Einar no es un perro, Valka —respondí, aunque la mención de su nombre me trajo a la mente su discurso en el trineo, esa libertad que me había otorgado y que todavía me quemaba en el pecho.

—Y tú no eres una santurrona, elfa —replicó ella con una chispa de malicia en los ojos—. Así que bebamos hasta vomitar y luego sigamos bebiendo aún más. Nos lo hemos ganado después de ver a un cura explotar en una nube de tripas.

Bajé la mirada a mi jarra, dudando por un segundo. La formación en el templo, los años de disciplina… todo parecía tan lejano.

—Hoy sí, Valka. Después de todo lo que ha pasado, de las Llagas y de sentir que el mundo se deshace… solo necesito una señal para saber que los dioses no me juzgan por esto. Por querer olvidar un poco.

Casi como si el universo estuviera escuchando, un borracho en la mesa del centro se puso en pie, tambaleándose con su tarro en alto.

—¡Salud por los dioses! —gritó con una voz rasposa que llenó el local.

—¡POR LOS DIOSES! —respondieron al unísono una docena de hombres y mujeres, chocando sus jarras con un estruendo que hizo vibrar las vigas de madera.

Valka estalló en carcajadas y me señaló con la barbilla.

—Ahí está tu señal, hermana. El cielo ha hablado a través de un minero ebrio.

Sonreí, dejando que la última barrera de mi resistencia cayera. La jarra de cerveza de Valka llegó en ese momento, espumosa y oscura. Ella la levantó, esperando mi brindis.

—Por ti, amiga… salud —dijo, y sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que no tenía nada que ver con la bebida.

—Por ti, Valka —respondí. Chocamos los tarros y bebí un trago largo, sintiendo el amargor refrescante de la cebada bajando por mi garganta.

(Narra Valka)

Pedimos un plato de cecina salada y más cerveza. Aelnora comía con una delicadeza que me resultaba fascinante, incluso cuando sus mejillas empezaron a teñirse de un rosa suave por el alcohol. La elfa era hermosa en el campo de batalla, bañada en luz ámbar, pero aquí, bajo la luz mortecina de las velas de sebo, era devastadora.

—No te preocupes por el dinero —le dije, masticando un trozo de carne seca—. Hoy invita la casa… o bueno, invito yo.

—¿De dónde sacaste para pagar todo esto? —preguntó ella, entornando los ojos.

—Digamos que las monedas encontraron su camino desde la carpa de Viktor hasta mis bolsillos. Considéralo una tasa de transporte por habernos metido en esa caja de madera —reí, y ella me acompañó, su risa volviéndose más libre con cada trago.

Seguimos bebiendo. La conversación fluyó desde las tonterías del bardo hasta el miedo real que sentimos frente a Melody. Pero bajo las palabras, había otra corriente. Mis dedos rozaron los suyos sobre la mesa de madera rugosa. Sus pupilas estaban dilatadas, y cada vez que yo hacía una insinuación sobre lo bien que se veía sin la placa de acero, ella se mordía el labio inferior, enviando una descarga eléctrica directo a mi entrepierna.

—Ya pedí una habitación arriba… —solté de golpe, bajando la voz mientras me inclinaba hacia ella—. ¿Me acompañas, grandulona? O prefieres seguir fingiendo que los dioses te están mirando.

Aelnora se quedó inmóvil un instante. Vi el conflicto en sus ojos, la lucha entre la clériga y la mujer que Einar le había pedido que fuera. Finalmente, suspiró, un sonido cargado de rendición y deseo.

—Sí, Valka. Vamos.

Me puse en pie de inmediato, dejando un puño de monedas de plata sobre la mesa que harían que el tabernero nos recordara como santas durante un mes. Tomé a Aelnora de la mano y la guié hacia las escaleras de madera crujiente. Ella subía con pasos un poco erráticos, pero con una determinación que me aceleró el pulso.

(Narra Aelnora)

El cuarto era pequeño, privado y olía a cera y a limpio. Valka cerró la puerta tras nosotras y puso el cerrojo con un clic que resonó como una sentencia. En la mesa de noche había más cerveza, pero ya no la necesitábamos.

Valka se giró hacia mí. La luz de la luna entraba por la pequeña ventana, bañando sus cicatrices en un tono plateado. Ya no había burlas, solo una urgencia que nos consumía a ambas. Ella se acercó, rodeando mi cuello con sus manos ásperas de guerrera, y me besó con una pasión que me hizo olvidar mi nombre, mi rango y mi fe.

—Esta noche —susurró contra mis labios—, solo somos piel y sangre, elfa.

Me deshice de mi túnica con dedos torpes, dejando que la prenda cayera al suelo. Valka hizo lo mismo, revelando un cuerpo que era un mapa de supervivencia y fuerza. Al contacto de nuestra piel, solté un gemido ahogado. Era el calor que Einar había mencionado; era vivir al máximo en esta piel, en este ciclo.

La cama crujió bajo nuestro peso. Valka era fuego, una tormenta de caricias agresivas y besos hambrientos que me obligaron a arquear la espalda. Yo le respondí con la misma intensidad, explorando cada rincón de su cuerpo, desde los hombros marcados por el peso de la espada hasta la curva de su cadera. Ya no había magia, solo la conexión física y brutal de dos seres que sabían que el mañana no estaba garantizado.

Me perdí en ella, en su olor a cuero y sudor, en la forma en que sus manos buscaban mi luz interior mientras yo buscaba su sombra. Fue una danza de entrega total, donde la vergüenza se disolvió en el placer y la curiosidad de la que habló Einar se convirtió en una realidad vibrante. En la oscuridad de esa habitación, mientras el pueblo extraño dormía y nuestros amigos sanaban en el hospital, nosotras construimos un refugio hecho de carne y deseo.

(Narra Valka)

Aelnora era luz, pero en la cama se movía con una fuerza que me sorprendió. Sus manos recorrieron mis quemaduras con una suavidad que me hizo estremecer, convirtiendo el dolor residual en un combustible para el placer. Me hundí en ella, buscando la paz que solo el agotamiento absoluto puede traer.

Cuando finalmente nos quedamos quietas, entrelazadas bajo las mantas delgadas, el silencio era sagrado. Escuché su corazón latir contra mi pecho, un ritmo constante que decía: estoy viva, estoy aquí.

—Tenías razón, mercenaria —murmuró ella, besando mi hombro—. Los dioses no nos juzgan por esto.

—Los dioses están demasiado ocupados peleando su propia guerra, grandulona —respondí, rodeándola con mis brazos—. Disfruta el silencio. Mañana el mundo volverá a intentar matarnos, pero esta noche… esta noche le ganamos al destino.

Me quedé dormida con el aroma de su cabello en mi nariz, sabiendo que, pasara lo que pasara en el volcán o en las tierras que seguían, este momento en un pueblito perdido estaba grabado en el pergamino del destino, y, sobre todo, en mi propia sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo