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Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 10

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10: Capítulo 9 10: Capítulo 9 Annelise ya no pudo siquiera terminar de comer.

La comida le resultó amarga, no porque no estuviera deliciosa, sino por la maldita amenaza de Aleksei.

Él no tenía ni la menor idea de quién era ella en realidad y aun así, se atrevió a desafiarla.

Ella no quería imaginarse lo que ocurriría si él se enterase de la verdad.

Y Annelise lo que necesitaba era tener nuevamente su arma bajo su dominio.

Una hora más tarde, varios sirvientes irrumpieron en el dormitorio con el rostro frívolo e inexpresivo.

—Tiene que darse un baño para después ponerse su vestido de boda—le dijo una mujer con el rostro curtido de arrugas.

Sostenía utensilios de baño en las manos y detrás de ella, había más criados con lo necesario para vestirla.

—¿Y el vestido?

—preguntó Annelise.

—Después de su baño—gruñó la mujer.

—Bien, en ese caso, gracias.

Yo puedo bañarme sola.

—Por órdenes del joven Reznikov, la ayudaremos en todo.

A regañadientes, dejó que entre tres mujeres la “ayudaran” a asearse, pero sintió más como algún tipo de escrutinio minucioso que un simple baño.

Cada movimiento era observado.

Cada gesto corregido.

No la lavaban: la preparaban.

Le desenredaron el cabello con dedos fríos, le frotaron la piel como si buscaran marcas invisibles, como si el cuerpo que tocaban no fuera suyo, sino propiedad en tránsito.

Annelise mantuvo la barbilla en alto, aunque por dentro hervía.

No era vergüenza lo que sentía.

Era rabia.

Rabia por estar rodeada de extraños.

Por no tener su arma.

Por saberse vigilada incluso cuando cerraba los ojos.

Cuando terminaron, la envolvieron en una bata clara y la sentaron frente al espejo.

La mujer de las arrugas tomó el peine.

—No se mueva.

—No soy una muñeca —murmuró Annelise.

—Hoy sí —respondió la mujer sin mirarla—.

Hoy es lo que él decidió.

Le peinaron el cabello con una precisión casi cruel, tirando más de lo necesario.

Cada tirón era una advertencia silenciosa: aquí no mandas tú.

Cuando por fin la llevaron de nuevo a la habitación, el vestido ya estaba listo.

Era hermoso.

Demasiado hermoso para lo que significaba.

Las telas claras, el corte antiguo, la caída suave… todo gritaba “pureza”.

Y eso le dio ganas de reír.

—¿Eso es todo?

—preguntó, seca.

—Es lo que él eligió —respondieron.

La vistieron como se viste a alguien que va a ser entregado, no celebrado.

Cuando terminaron, se miró al espejo.

No se reconoció.

No porque no fuera ella… sino porque sabía que esa imagen no contaba su historia real.

—Pueden irse —dijo al fin.

Cuando quedó sola, apoyó ambas manos en el tocador.

Respiró lento.

No era una novia.

Era una prisionera con vestido bonito.

Y juró, frente a su propio reflejo: Aleksei Reznikov le había quitado el arma… pero no le había quitado la voluntad.

Y eso, tarde o temprano, iba a costarle caro.

Sola en la habitación, Annelise respiró hondo.

El vestido pesaba.

No por la tela… sino por lo que significaba.

Escuchó pasos acercándose por el pasillo.

Lentos.

Seguros.

No necesitó mirar la puerta para saber quién era.

La manija giró.

Aleksei entró sin prisa, como si la habitación le perteneciera desde siempre… y ella también.

Sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo con una calma peligrosa.

—Te ves exactamente como quería —dijo—.

Silenciosa.

Contenida.

A punto de romperte.

—No me rompo —respondió ella, firme—.

Me doblo… y luego regreso más fuerte.

Él sonrió, pero no fue una sonrisa bonita.

Se acercó hasta quedar frente a ella, lo bastante cerca como para que Annelise sintiera su presencia como una presión en el aire.

—Eso es lo que crees —murmuró—.

Aquí no gana el más fuerte… gana el que tiene el control.

—Y tú no me tienes.

Aleksei inclinó un poco la cabeza, divertido.

—No todavía.

Alzó la mano y tomó un mechón de su cabello entre los dedos, sin jalarlo, sin acariciarlo… solo sosteniéndolo, como quien mide algo que pronto va a usar.

—Me quitaste el arma —dijo ella—.

Eso no te hace poderoso.

Te hace cobarde.

Sus dedos se tensaron un poco.

—No —corrigió—.

Me hace paciente.

Porque lo que quiero de ti no es que dispares… es que decidas.

—¿Decida qué?

—Cuándo dejar de pelear.

La soltó de golpe y dio un paso atrás.

—La ceremonia empieza en una hora.

No intentes huir.

No grites.

No te escondas.

Porque cada vez que lo intentes… aprenderás algo nuevo sobre lo que soy capaz de hacer por conservar lo que es mío.

Annelise alzó la barbilla.

—No soy tuya.

Aleksei se giró en la puerta.

—Eso —dijo sin mirarla— es lo único que aún puedes creer sin que te lo quite y otra cosa—, su mirada se concentró en la caja pequeña que él le había dado en el comedor—.

No olvides ponerte el collar de perlas.

Y la puerta se cerró.

Y por primera vez desde que había llegado a esa mansión, Annelise entendió algo con absoluta claridad: No estaba luchando solo contra un hombre peligroso.

Estaba luchando contra un sistema entero… y contra el tiempo.

Los Falkenheim eran crueles, sí, pero tal parecía que los Reznikov eran mucho peor, comenzando con las ideas retorcidas que tenían ante los cadáveres de sus oponentes.

Se miró al espejo y alejó cualquier indicio de lágrimas.

Era una misión peligrosa y no iba a permitir verse fallar.

Sacó el collar de perlas y se lo colocó en el cuello.

Ahora comprendía por qué la criada había dicho que él decidió ese vestido y todo lo demás.

Tanto las perlas como el vestido eran del mismo color, dando a entender que absolutamente todo lo que pasaba ahí, era premeditado.

Nada pasaba por casualidad.

Annelise se quedó inmóvil varios segundos.

No temblaba.

No lloraba.

Pero algo dentro de ella se estaba afilando.

Caminó hasta la puerta, indecisa y luego regresó hasta el espejo y se miró.

La tela clara, el peinado perfecto, la imagen de una mujer dócil que no existía.

Sonrió apenas.

—No sabes lo que acabas de provocar, Aleksei Reznikov… Los sirvientes regresaron para escoltarla.

Dos a cada lado.

Como si fuera peligrosa.

Como si ya lo supieran.

Mientras avanzaba por los pasillos interminables de la mansión, memorizaba salidas, giros, puertas, ventanas altas, escaleras ocultas.

No iba desarmada del todo.

Annelise era astuta.

Solo estaba esperando.

El salón civil era privado, elegante, frío.

Mármol, cristal, flores blancas que no olían a nada.

Aleksei ya estaba allí.

De traje oscuro.

Quieto.

Imponente.

Como una estatua que respiraba lento.

Cuando la vio entrar, sus ojos se endurecieron.

Ella sostuvo su mirada sin bajar la cabeza.

No como una novia.

Como una rival.

Incluso el ambiente se tornó más silencioso y gélido de lo que ya estaba.

Los “invitados” no eran más que sirvientes y hombres armados.

Vaya ceremonia tan infernal.

Se colocaron frente a frente.

Tan cerca que el aire entre ambos parecía arder.

—No huiste —murmuró él.

—No soy cobarde —respondió ella.

—Tampoco eres libre.

Annelise inclinó apenas el rostro.

—Eso todavía no lo decides tú.

El juez empezó a hablar, pero sus palabras se perdieron entre la tensión que los envolvía.

Firmas.

Testigos.

Frases legales que sonaban como cadenas invisibles.

Cuando les pidieron que se miraran a los ojos… Aleksei se acercó lo suficiente para que solo ella pudiera oírlo.

—Después de hoy, cada paso que des… será dentro de mi territorio.

Ella sonrió, lenta.

—Entonces te advierto algo, Reznikov… A los territorios que piso, los conquisto.

Las firmas cayeron sobre el papel.

El sello marcó el final de algo… y el inicio de una guerra privada.

Lo que mantuvo a Annelise un poco relajada fue que su nombre no estaba en ese papel, sino el de aquella pobre chica infeliz a quien tuvo que suplantar para llevar a cabo la misión.

Si decidía huir de verdad, no habría poder legal que la atara a esa familia demente.

Cuando los declararon unidos, no hubo beso.

Solo miradas que prometían fuego.

Y mientras los aplausos sonaban alrededor, Annelise pensó una sola cosa: No vine a esta mansión a ser esposa.

Vine a sobrevivir.

Y si era necesario… A destruirlo desde dentro.

Ella fingió una sonrisa antes de darse media vuelta para sentarse en alguna parte porque estaba segura de que si permanecía de pie más tiempo, soportando el frío, iba a desmayarse.

Le habían ordenado no llevar su abrigo porque tenía que verse estupenda y su ego se lo permitió, pero comenzaba a flaquear.

Apenas se sentó, cuando sintió la presencia de Aleksei junto a ella.

Lo primero que Annelise advirtió con total claridad, fue aquel tatuaje que él tenía en ambos lados de su cuello, que era exactamente igual.

Parecían dos flores negras geométricas, con líneas firmes y angulosas, muy amenazantes para ser simples tatuajes.

Él arrastró una silla para situarse frente a ella, seguramente para molestarla.

Sus ojos grises estaban fijos en el collar de perlas que tenía en el cuello.

Entonces Annelise entrecerró los ojos y estornudó en su cara gracias al frío.

—¡Cuida tus modales!

—le ladró, asqueado y le lanzó un pañuelo a la cara.

—Me obligaron a no usar un abrigo—sorbió por la nariz, usando el pañuelo y sonrió—.

No es parte de tu plan si me enfermo, ¿o sí?

Aleksei puso los ojos en blanco y se levantó de la silla perezosamente.

Annelise pensó con orgullo que por fin se había deshecho de él por el resto de la noche, pero ese chico hizo algo que ni siquiera su padre, Erich Falkenheim, había hecho con ella.

Lo observó quitarse el saco y ponérselo sobre los hombros con suavidad.

—Iré por tu abrigo, no te muevas de aquí—le ordenó.

Ella tragó saliva.

Tal vez en momentos delicados, a esa gente rusa se le daba por ser buenas personas.

—No puedo dejar que te resfríes porque mañana consumaremos el matrimonio y no quiero que te la pases estornudando en mi cara—murmuró en su oreja antes de dejarla sola.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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