Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 48
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48: Capítulo 47 48: Capítulo 47 Annelise apenas era consciente de lo que había ocurrido cuando le cayó la nieve encima y después a causa del entumecimiento de su cuerpo por la heladez de aquella superficie, sintió un agudo piquete en el cuello y a través de la nebulosa de su inconsciencia, alcanzó a ver el patético rostro de su hermanastro y lo amenazó con cortarle las bolas en cuanto despertara.
No sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero lo que Volker le había administrado, estaba perdiendo su efecto.
El movimiento de la camioneta la estaba mareando todavía más y aún no tenía clara su visión ni sus pensamientos.
A través de sus pestañas, logró advertir la presencia de Volker, que se hallaba frente a ella, en un asiento en dirección opuesta, porque tal parecía que habían llegado con una furgoneta especial para llevar a muchos hombres por su capacidad.
—Infeliz… —.
Logró decir Annelise, sintiendo ganas de vomitar e intentó moverse, pero sus extremidades parecían de concreto.
—Vaya, pensé que tardarías más en recuperar el conocimiento, princesa de la desdicha—.
Le respondió en tono burlón mientras abría una bolsa de frituras.
—Prometí cortarte las… bolas al despertar… Aquello provocó risitas entre los demás hombres que iban dentro de la furgoneta, pero a Volker no pareció afectarle, sino todo lo contrario.
—Estás recuperando tu humor negro, es buena señal de la morfina abandonando tu débil y escuálido cuerpo, piojo de caramelo.
Annelise parpadeó varias veces, enfocando la vista, pero todo le daba vueltas.
—Eh, señorita, calma, o vas a vomitar.
Era Drogo.
Su voz sonó muy cerca de ella.
—Déjala, si vomita, lo limpiará con su ropa—.
Canturreó el rubio, llevándose a la boca un puñado de papas.
—¿Cuánto tiempo llevamos viajando?
—preguntó Annelise a nadie en particular y como pudo, logró sentarse de golpe y cerró los ojos para evitar el mareo.
Sintió de pronto unas manos gentiles sostenerla del brazo y sabía que era Drogo porque ni en un millón de años Volker habría hecho alguna buena acción con ella.
—Alrededor de doce horas, señorita Falkenheim—.
Respondió Drogo con cierto temor.
Ella no replicó.
Se quedó en silencio y con los ojos cerrados, pensando en Aleksei y Pavel y en lo que debían estar haciendo en ese momento en aquel sitio plagado de militares rusos, imaginando lo peor de ella o en el mejor de los casos, tal vez pensarían que fue asesinada o raptada por otra organización criminal.
—¿Planean que hagamos el viaje de manera terrestre?
—Volvió a preguntar al azar porque sabía que, si abría los ojos y miraba a Volker, se le iría encima.
—Son aproximadamente dos semanas de camino si elegimos irnos por carretera, no seas estúpida.
Más adelante nos espera el avión privado de nuestro padre para llegar más rápido a casa, pero como sabrás, no podíamos aterrizar tan cerca de Yakutsk porque seríamos un blanco fácil—.
Esta vez fue su hermanastro el que despejó su duda con ironía.
Annelise frunció el ceño y por fin se animó a abrir los ojos y mirarlo con recelo.
—¿Qué?
¿Se atrevió a darte el jet solo para venir a buscarme?
Y como si hubiera dicho el chiste más gracioso del mundo, el rubio rompió a reír, dejando que el ambiente se sumiera en una incomodidad abismal.
El propio Drogo se llevó una mano a la frente y negó con la cabeza.
—Por supuesto que no—arribó Volker, limpiándose una lagrimilla por la carcajada y se llevó otro puñado de papas a la boca—.
¿Crees que desperdiciaría su jet solo por ti?
Por lógica no, así que nos espera un largo camino de diez días aproximadamente para llegar a casa y tendrás que acostumbrarte.
Annelise puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos.
Estaba volviendo a anochecer.
Definitivamente el somnífero la había puesto a dormir como un muerto y eso le asustó.
¿Cuántas cosas podría tener Volker entre su ropa para arremeter contra ella si bajaba nuevamente la guardia?
—¿Por qué me inyectaste eso?
¿Qué era?
—Le exigió saber, molesta.
—Diazepam.
Apuesto que dormiste deliciosamente, ¿no?
Esa medicina es tan exquisita, pero es una lástima que solo se consigue con receta médica de un especialista.
—¿Qué más me ocultas?
Porque no quiero que vuelvas a atacarme de esa manera mientras estoy vulnerable, infeliz—.
Siseó Annelise—.
Voy a decirle a mi padre lo que me hiciste.
Volker ladeó la cabeza y enarcó una ceja.
—¿En serio?
—Esbozó una sonrisa maliciosa—.
Porque fue él quien me dio la jeringa con ese medicamento por si tenía que recurrir a medidas drásticas, ya que te conoce bastante bien y sabe que a veces sueles ser muy tozuda.
Annelise no pudo evitar sentirse desdichada.
¿Por qué le había tenido que tocar un padre tan maldito como el suyo?
Volker de repente se inclinó hacia adelante, en dirección a ella, recargando los codos sobre sus rodillas para que Annelise notase el interés y seriedad de lo que estaba a punto de decirle.
—Y dime, ¿lograste al menos cumplir con lo que te encomendó?
Ella no respondió.
—¿No sirvieron los acostones que te diste con ese ruso para poder haber procreado a su bastardo?
—reformuló la pregunta de una forma más agresiva e hiriente, acompañada de una sonrisa lobuna—.
Porque nuestro padre al menos espera que lleves en tu vientre al primogénito de Aleksei Reznikov o habrá sido en vano enviarte a su cama.
—Eso no es de tu incumbencia, maldito cretino—.
Le escupió en la cara y el rubio no borró su sonrisa, incluso mientras se limpiaba con una servilleta la saliva de su hermanastra justo en su nariz.
—En la próxima ciudad o pueblo, pasaremos por una farmacia a comprar una prueba de embarazo para salir de dudas—.
Concluyó Volker, enderezando la espalda en el asiento.
—Vete al carajo.
—Aleksei Reznikov sabe tu identidad real, ¿verdad?
Annelise asintió mecánicamente y el rubio alzó ambas cejas.
—¿Sabes?
Aunque no lo creas, la misión que te encomendó nuestro padre me asqueó demasiado, especialmente porque pudo haber enviado a cualquier otra chica a suplantar a la verdadera prospecto de ese ruso y te envió a ti, una inútil enamoradiza que no sabe hacer las cosas como son y terminó involucrando sentimientos.
—No conoces a Aleksei—.
Lo defendió.
—Por toda la información que obtuve de él, sé que es un bueno para nada, ni su propio padre lo reconoce como un buen primogénito y la prueba más grande es haberlo obligado a casarse porque deseaba tener un nieto que sí pudiera dar la talla como su heredero legítimo—dijo Volker con diversión—, y por si fuera poco, tiene fama de ser un tipo que no tolera la traición ni las mentiras.
Me sorprende que, a pesar de que ya sabe quién eres, no te hizo daño físico y psicológico.
La fémina miró por la ventana, evadiendo la mirada intensa de su hermanastro.
—Oye—la llamó Volker.
En su voz ya no había una pizca de diversión.
Ella volteó a verlo con recelo.
—No te hizo daño, ¿verdad?
Me refiero en todos los aspectos y no es que me importe, pero quiero saber todos los detalles si en caso te agredió para cobrárselas de vuelta.
La voz de Volker se volvió dura, seria y mortífera, como si de verdad le preocupara esa simple suposición de que Aleksei le hubiese hecho daño.
Annelise casi creyó ver preocupación genuina en los ojos verdes de su hermanastro.
—No, no me hizo nada—.
Mintió, desviando la mirada nuevamente a la ventana.
—Espero no estés mintiendo solamente para salvarle el trasero, porque tarde o temprano me voy a enterar y será satisfactorio reventarle los sesos a ese ruso enfrente de ti—, le advirtió, recuperando su humor negro y su sonrisa burlona.
Drogo, que estaba junto a ella, era casi de la edad de su padre, pero un poco más joven y menos frívolo, de hecho, ni siquiera parecía ser miembro de una organización criminal, pero tal parecía que la necesidad de tener dinero fácil y en abundancia, era más importante que la paz en su alma.
—Si quiere volver a recostarse, hágalo sobre mis piernas, con confianza, señorita—le dijo amablemente y le señaló una pequeña almohada en donde ella había estado recostada—.
Pensé que le gustaría una superficie suave y la compré hace un par de días.
—Gracias, Drogo, pero estoy bien.
Dormí doce horas a regañadientes y quiero estar despierta unas horas.
Él asintió y dejó que ella enfrascara su atención en el camino.
Sin embargo, Annelise no podía hacerse la idea de que, tan solo doce horas atrás, todo iba muy bien en la huida con Aleksei y Pavel hacia Moscú, en un departamento privado en el que iban a estar a salvo tanto de Mikhail como de su padre.
Jamás pensó que los acontecimientos con los militares se volverían un problema grave, comenzando con la aparición de su hermanastro y un pelotón de su padre.
Una hora más tarde, su estómago emitió un gorjeo de hambre y se mordió el interior de las mejillas porque no quería ser una molestia, o, mejor dicho, no deseaba escuchar a Volker quejarse por escucharla decir que quería comer algo.
Saltó del susto cuando su hermanastro le lanzó suavemente una bolsa de plástico con algo en el interior.
—Come algo, llevas más de mediodía sin probar nada.
Ella frunció el ceño y destapó la bolsa, encontrando dos sándwiches envueltos en papel aluminio.
Rasgó el papel y echó un vistazo al interior de los panes.
Sintió cómo su estómago intentó proyectarse por su garganta para alcanzar aquella delicia.
Eran sándwiches de pavo ahumado con queso y jalapeño, su favorito.
Tragó saliva antes de darle el primer mordisco, que abarcó casi todo el sándwich, haciendo reír al rubio.
—Si no te bastan, aquí hay más, tú solo dime, Emperatriz de la ridiculez suprema.
—Idiota.
Volker se encogió de hombros sin dejar de reír.
—Tengo tantos apodos para ti, que cada uno es más épico que el otro.
—Cállate.
—Como gustes, Princesa de la queja perpetua y del desastre asegurado.
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