Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

Hija del Enemigo: Linaje Prohibido - Capítulo 71

  1. Inicio
  2. Hija del Enemigo: Linaje Prohibido
  3. Capítulo 71 - Capítulo 71: Capítulo 70
Anterior
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 71: Capítulo 70

En silencio, se acercó al coche de Volker y sin apartarle la mirada de encima, lo abordó, bajo el escrutinio de su hermana, que se notaba a simple vista que no deseaba dejarla ir con él.

Tras ponerse el cinturón de seguridad, Volker arrancó.

Durante diez minutos, ninguno de los dos dijo nada. El clima estaba más o menos soportable, pero, de todas maneras, había incomodidad entre los dos.

—¿A dónde me llevas? Sé perfectamente que no fue una orden de mi padre porque él fue quien envió a buscarme en otro coche con mi hermana—. Annelise fue la que cortó el frío silencio, sin mirarlo. Su mirada yacía en la ventana, lejos de él.

—Voy a aceptar tu propuesta.

De pronto, sus propias palabras le llegaron a la mente como latigazos.

“¡Me casaré contigo si prometes no buscar a Aleksei jamás!”

Annelise se estremeció en el asiento.

—No voy a buscar a ese malnacido, a menos que él me busque primero y entonces no tendré piedad—le advirtió—, pero si no me busca, a cambio de cumplir tus exigencias de no ir tras él, te vas a casar conmigo lo más pronto posible y le daremos un nieto a Erich, tal como él desea, ¿de acuerdo? Estando a mi lado, te protegeré con mi vida para que nada malo te pase a ti o a nuestro hijo, Annelise, te lo prometo.

Ella tragó saliva.

—¿Lo haces por el deseo de mi padre o por qué tú quieres hacerlo?

Volker esbozó una sonrisa torcida, bajó el cristal y escupió el chicle al exterior para después voltear a verla a través de sus lentes de sol. Y solo hasta ese momento, ella advirtió que se había cortado el cabello. Se había rebajado un poco en la parte de atrás, dejando más largo hacia adelante, haciendo que su rubio cabello se mirara más rebelde.

—Desde que estábamos en Rusia te confesé lo que sentía por ti.

—Pero no mencionaste nada de casarte conmigo.

—Porque aun tenías esperanzas de volver a encontrarte con ese idiota y no pensaba humillarme más a ti.

Annelise suspiró.

—Ahora no tienes nada de qué preocuparte. Ya nada me une a él, puedes estar tranquilo.

—Estaré tranquilo solamente el día que te cases conmigo.

—Es demasiado pronto, yo necesito reflexionar bien las cosas con respecto al duelo de mi pérdida y…

—Escucha—dijo él, suavizando la voz—, casémonos y te ayudaré a superar el duelo, ¿te parece? Quiero que estés bajo mi protección. Si te casas conmigo, tu padre ya no va a tener el poder de obligarte a hacer nada que no quieras. Serás inmune y dejarás de ser de su dominio.

Aquella idea de dejar de ser la marioneta de planes macabros de su padre no le sonaba tan mal, sin mencionar que Volker parecía estar hablando de manera sincera.

Después de pensarlo durante tres largos minutos que le parecieron eternos al chico, ella volteó a verlo.

—Está bien, Volker, me casaré contigo cuando tú quieras, pero tienes que prometer que me vas a dar mi espacio y no vas a presionarme a tener relaciones sexuales contigo.

Y deliberadamente, el rubio aparcó en la acera más cercana y le tomó la mano para besarle el dorso con emoción.

Se quitó los lentes y aventuró a tomarla de la barbilla para besarla. Sus ojos verdes ardían de deseo hacia ella.

Annelise se sorprendió y le devolvió el beso inocente que él le había dado.

Se sintió extraña por sentirse protegida en ese simple gesto íntimo, como si las palabras de Volker sobre protegerla hubieran reaccionado en ese momento y estuvieran comenzando a hacerlo.

—Jamás te obligaré a nada que no quieras, pero me encantaría mucho que, en nuestra noche de bodas, pudieras permitirme estar contigo en la cama íntimamente. Lo he deseado desde que te volví a ver…

—Entonces casémonos en una semana, Volker. En estos momentos no estoy preparada para eso, lo siento—. Añadió ella, ruborizada.

Él asintió, satisfecho con su respuesta.

—En ese caso, vamos a celebrarlo.

—¿Celebrarlo? —Annelise frunció el ceño.

Pero él no objetó nada más y puso nuevamente en marcha el vehículo, poniéndose los lentes otra vez.

Como ella no quería pensar en nada más, tampoco se quejó.

Quería olvidarse de lo que acababa de pasarle y tal vez, solo tal vez, la celebración de aquel compromiso con Volker, la ayudaría a superar ese episodio de su vida.

Por alguna razón, se sintió aliviada y optó por echarle un vistazo al rubio mientras él conducía con mucha atención.

Volker Adler obviamente no era feo y aunque era rubio, casi albino, no era el típico chico de piel traslucida sin chiste, sino que tenía un atractivo diferente. Tenía algo que hacía que voltearan a verlo con interés. Su cuerpo estaba bien trabajado, pero no exagerado. Era alto, ancho de espaldas, brazos fuertes y manos enormes y cálidas, similares a las de Aleksei Reznikov, y sus ojos verdes trasmitían muchas cosas cuando lo mirabas directamente, especialmente cuando planeaba besar.

Su nariz era recta y bien proporcionada, no tenía ninguna curvatura ni defecto. Y apenas tenía vello en el rostro que no se notaba mucho porque eran rubios.

Lo interesante de todo era que sus pestañas pese a ser rubias, se notaban bastante, especialmente porque eran largas y rizadas, que cuando parpadeaba, acariciaban sus mejillas sonrosadas.

Tenía una pequeña cicatriz en la barbilla que se camuflaba perfectamente bien cuando sonreía.

Sin embargo, el color de sus ojos, no era un simple verde. Era más bien un verde olivo, idéntico a la aceituna, que parecían tener el poder de traspasarte el alma.

Y su perfil era tan delicado y masculino al mismo tiempo.

¿Por qué no se había dado cuenta de cuan atractivo era?

—¿Qué ocurre, Mi contradicción viviente? —preguntó él, de pronto.

Ella parpadeó y sacudió la cabeza, ruborizada y volteó a otra parte. No se dio cuenta que se había quedado mirándolo con fijeza.

—¿Ahora tus apodos son más cariñosos?

Él sonrió sin mirarla y asintió.

—¿Acaso no te gusta?

Annelise soltó una risita divertida.

—Tienes demasiado ingenio que desperdicias en apodos para mí, Volker.

—Me encanta mucho usar mi cerebro para darte apodos dignos de ti, Mi caos eterno.

—Eso me da a entender que eres listo—. Vaciló Annelise.

—Demasiado, siempre y cuando esté interesado, de lo contrario, puedo parecer un imbécil—. Admitió, encogiéndose de hombros.

Aquella conversación la tranquilizó. Quizá no sería tan malo relacionarse con él después de todo.

—¿A dónde vas a llevarme ahora mismo?

—Tienes que comer y planeo que disfrutes al máximo la comida tradicional alemana antes de regresar a casa.

—No se me apetece volver muy temprano a casa y mucho menos encontrarme con mi padre.

—Bien, entonces daremos un paseo después y regresaremos tarde—. Objetó él, volviendo a agarrarla de la mano mientras conducía—. Tus deseos son órdenes para mí, Mi tragedia hermosa.

Era una cita.

La primera cita real en mucho tiempo. Ni siquiera podía discernir si había tenido una cita con Aleksei, pero en este momento, sí lo era.

Llegaron a un restaurante en donde había pocas personas y el interior era cálido, gracias a la calefacción.

Anteriormente ella había visto ese local cuando aun estudiaba y siempre quiso visitarlo porque supuestamente vendían un excelente café exportado de Latinoamérica y en ese instante, su cuerpo necesitaba fortalecerse.

—Más que hambre de comida tradicional, tengo antojo de algo dulce—. Dijo ella, echando un vistazo a los postres del mostrador.

—Primero elijamos una mesa y después pedimos que nos traigan el menú.

Volker tiró de ella hasta lo más alejado de la estancia y tomaron asiento. Enseguida se acercó un chico muy amable a dejarles la carta.

Annelise sonrió y verificó rápidamente el área de postres.

—Quiero una crepa de Nutella, fresas y crema batida, y de beber un café capuchino, pero con el café latinoamericano, por favor.

El chico asintió, anotando la orden.

—Y yo quiero un currywurst, por favor. Que las salchichas estén muy fritas al igual que las papas y para beber tráeme una cerveza simple.

Dicho eso, el joven mesero se alejó de ellos con las órdenes anotadas en su libreta.

—Comer embutidos puede ser dañino para tu salud—. Observó ella.

—Nuestro cuerpo necesita proteína y carbohidratos, Dulzura peligrosa, por eso jamás dejaré de consumirlo. Además, comer muchos dulces puede hacerte subir de peso.

Annelise se encogió de hombros.

—A las chicas nos encanta comer cosas dulces porque alivianan el alma y el corazón.

—Todo lo contrario—. Volker frunció el ceño y colocó sus lentes de sol sobre la mesa sin dejar de mirarla—. Causa diabetes e hipertensión a la larga.

La fémina rodó los ojos, sulfurada y se echó a reír.

—¡Eres un caso perdido!

Volker asintió, orgullo, esbozando una media sonrisa.

El tiempo transcurrió y pronto estuvieron degustando de sus respectivos alimentos.

Annelise le dio de probar de su crepa a él y viceversa.

—¡Está buenísimo! —exclamó ella al probar el currywurst que Volker había pedido.

—Obviamente, es lo mejor que hay…

Pero ella no se quedó con las ganas y le robó varios trozos de salchicha y papas con aderezo.

—Oye, ya te has comido tu crepa, esto es mío—. Le riñó él, riéndose.

—Pensé que no tendría demasiada hambre, lo siento—. Se avergonzó, pero eso no la detuvo de apoderarse del plato de Volker.

—Termínalo. Pediré otro plato.

Poco después, Annelise volvió a sentir las mismas nauseas como cuando estaba embarazada y corrió al sanitario del restaurante a devolver lo que había ingerido, totalmente devastada porque no sabía la razón de ello.

Volker, por su parte, se aventuró a entrar a pesar de las protestas de los trabajadores del lugar.

—¿Estás bien? —Él abrió la puerta y la halló recargada en la tapa del retrete mientras ella tiraba de la cadena.

—Ahora no sé por qué he vomitado. Ya no estoy embarazada, ¿qué pasa conmigo, Volker? —titubeó, temblando.

Tenía las mejillas pegajosas por las lágrimas al hacer el esfuerzo y la frente sudorosa.

—A ver, Dulzura peligrosa—. Susurró el rubio, poniéndose de cuclillas frente a ella—. Debe ser tal vez porque tu cuerpo sigue débil. Sufriste un aborto, no un resfriado, corazón. Ven, vamos a casa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo