History academy - Capítulo 32
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Capítulo 32: La prodigiosa.
Miyamoto Musashi permanecía apartado, de pie junto a una de las columnas del pasillo exterior. No había intervenido en la sala, pero lo había escuchado todo. El eco de aquellas palabras aún flotaba en el aire: poder absoluto… y un precio inevitable. Su mirada se mantenía fija en el horizonte, como si intentara ver más allá del presente.
Raiden Shikoku lo observó unos segundos en silencio antes de acercarse. Sabía que su maestro no se apartaba por indiferencia… sino porque estaba pensando más de lo que cualquiera allí podía comprender.
Se detuvo a su lado.
—Complicaciones… complicadas con tu nieta —dijo finalmente, en un tono bajo, casi reflexivo.
Musashi no respondió de inmediato. Cerró los ojos un instante, dejando que el viento recorriera el pasillo.
Raiden soltó un suspiro largo.
—Me di cuenta… —continuó—. Gracias a mi padre, supe lo que ocurrió antes. Esto ya pasó… pero nunca imaginé que aparecería en ella.
Bajó la mirada, apretando ligeramente el puño.
—Es como si se hubiera formado de la nada… o no sé.
Musashi abrió los ojos lentamente.
—Nada aparece de la nada —respondió con calma—. Todo tiene un origen… aunque no siempre podamos verlo.
Raiden giró el rostro hacia él.
—Entonces… ¿esto también era inevitable?
Hubo un breve silencio.
Musashi observó el cielo, cubierto por nubes densas que apenas dejaban pasar la luz.
—No lo sé —admitió—. Pero lo que sí sé… Es que ese poder no es un regalo.
Raiden asintió, serio.
—Es una carga. —Mencionó Raiden, suspirando aún más en lo bajo de sus pensamientos.
—Exacto. —Musashi observo a Raiden, sus ojos observando de arriba a abajo analizando la situación de un abuelo preocupado por su nieta.
El viento sopló con más fuerza por el pasillo, haciendo ondear levemente sus ropas.
Raiden frunció el ceño.
—Si cada combate la va a desgastar… entonces pelear será lo mismo que acortar su vida.
Musashi lo miró de reojo.
—Y aun así… tendrá que pelear.
Raiden apretó los dientes.
—No quiero eso para ella.
Musashi dio un paso al frente, su voz manteniéndose firme.
—No se trata de lo que queremos —dijo—. Se trata de lo que es.
Raiden guardó silencio. Por primera vez, el peso no era de una batalla… ni de un enemigo. Era algo más profundo.
—Entonces… —murmuró Raiden— tendremos que hacerla más fuerte que ese destino.
Musashi negó levemente.
—No.
Raiden lo miró, confundido.
—¿No?
Musashi volvió a fijar la vista en el horizonte.
—Tendremos que enseñarle a elegir… cuándo usar ese poder.
El silencio volvió a instalarse entre ambos. A lo lejos, dentro del palacio, el llanto suave de la recién nacida aún podía escucharse.
Raiden respiró hondo.
—Natsumi…
Musashi cerró los ojos un momento.
—El futuro ya llegó —dijo en voz baja—. Ahora… nos toca prepararlo.
Miyamoto Musashi se marchó en silencio del recinto del clan Shikoku. Sus pasos fueron tranquilos, casi imperceptibles, alejándose de aquel lugar donde el destino acababa de manifestarse con el nacimiento de Natsumi. No dijo nada al irse. Solo suspiró.
Sabía lo que venía.
Raiden Shikoku lo observó desde la distancia, con la mirada cargada de pensamientos. Lentamente bajó la cabeza.
—Esto… requerirá un cuidado enorme… —murmuró para sí mismo—. Y un entrenamiento como nunca antes visto.
El tiempo avanzó. Los años comenzaron a pasar, y con ellos, el crecimiento de la niña.
Natsumi Shikoku no era como los demás niños. Incluso antes de entrar en una edad donde el cuerpo empieza a definirse, ya mostraba una estructura física inusual. Su cuerpo, aunque aún infantil, presentaba una musculatura sutil, firme, como si estuviera constantemente preparado.
Para algunos dentro del clan, aquello era extraño. Para otros… era esperado.
—Es su linaje —decían algunos ancianos—. La sangre del clan Shikoku no es normal.
Y tenían razón.
Mientras que un humano común necesita años de disciplina, alimentación estricta y esfuerzo constante para formar un cuerpo fuerte, en Natsumi aquello parecía surgir de manera natural. No era solo genética… era algo más profundo.
Algo que venía con ella desde el nacimiento. Y cuando cumplió diez años… El entrenamiento comenzó de verdad. En uno de los patios del clan, bajo un cielo despejado, Raiden Shikoku se encontraba de pie, observando con seriedad. A su lado estaba su hijo, Renji Shikoku, igualmente atento.
Frente a ellos… Natsumi. Sostenía una katana de madera en cada mano. Su postura aún no era perfecta, pero había firmeza en su agarre. Sus ojos rojizos estaban concentrados.
Raiden habló primero.
—Escucha bien, Natsumi.
La niña levantó ligeramente la mirada.
—Sí, abuelo.
Renji dio un paso al frente.
—Hoy no es un entrenamiento cualquiera. Hoy comienzas a aprender el estilo de dos espadas.
Natsumi inclinó la cabeza, curiosa.
—¿Dos… al mismo tiempo?
Raiden asintió.
—Así es. Es un estilo complejo. Difícil incluso para guerreros experimentados.
Renji añadió:
—Pero tú no eres como los demás.
Natsumi apretó con más fuerza las empuñaduras de madera.
—Lo sé.
Hubo un breve silencio.
Entonces Raiden continuó:
—Este estilo… fue perfeccionado por el maestro Miyamoto Musashi.
Los ojos de Natsumi brillaron ligeramente.
—¿El mismo del que hablan todos?
—El mismo —respondió Renji—. Y si vas a aprenderlo… no habrá errores.
Raiden levantó su propia katana de madera.
—Ven.
Natsumi dio un paso al frente.
—Atácame.
La niña no dudó. Se lanzó hacia adelante con ambas espadas, intentando un corte cruzado. Su movimiento era rápido, pero aún imperfecto.
Raiden desvió ambos ataques con facilidad.
—Demasiada fuerza en los brazos —corrigió—. No pienses solo en golpear.
Renji intervino, colocándose detrás de Natsumi y ajustando ligeramente su postura.
—Equilibrio. Tu cuerpo debe moverse como uno solo.
Natsumi respiró hondo.
—Entiendo…
Volvió a intentarlo. Esta vez, sus movimientos fueron más fluidos. No perfectos, pero mejores.
Raiden sonrió levemente.
—Así está mejor.
El entrenamiento continuó bajo el sol. Golpe tras golpe. Corrección tras corrección. Y en cada movimiento… Se podía sentir. El potencial. El peligro. Y el destino que crecía junto a ella.
Natsumi Shikoku seguía entrenando. Golpe tras golpe. Error tras corrección. Respiración tras respiración.
Desde fuera, todo parecía perfecto. Una niña prodigio, entrenada por su abuelo Raiden y su padre Renji, cuidada por un clan que la respetaba y protegía. Pero dentro de ella… Había otra cosa. Un deseo silencioso. Nunca lo decía. Nunca se atrevía. Pero estaba ahí.
— “Quisiera… ser normal.”
Pensaba en cosas simples. Caminar sin que la vigilaran. Reír con amigos. No sentir que cada movimiento suyo era importante, observado, medido. Aunque el clan la valoraba, aunque la amaban… no era lo mismo.
No era libertad.
—Concéntrate —dijo Raiden, rompiendo su pensamiento.
Natsumi volvió en sí justo a tiempo. El choque de madera resonó en el patio. Su katana impactó contra la de su abuelo con fuerza.
—Más firme —añadió Renji desde un lado—. No bajes la guardia.
Natsumi asintió, pero en ese instante… Algo cambió. Sus ojos rojizos brillaron por un segundo. No fue un destello normal. Fue profundo. Silencioso. Peligroso.
El aire a su alrededor vibró levemente, casi imperceptible, pero suficiente para que Raiden frunciera el ceño.
—¿Lo sentiste…? —murmuró.
Natsumi dio un paso atrás, confundida.
—Yo… no hice nada…
Pero sí lo había hecho. Sin entenderlo. Sin quererlo. En ese breve instante, algo dentro de ella respondió. Como si su cuerpo, su alma o su poder hubieran decidido actuar por cuenta propia.
Había creado algo. Su primera habilidad. Y en ese mismo momento… Muy lejos de allí… Ashiko Kochino removía una olla en la cocina, preparando comida para su esposo y su hija. El ambiente era tranquilo, casi cálido, un contraste total con el exterior del mundo.
Hasta que lo sintió. Un temblor. Ligero al inicio. Luego más fuerte. Ashiko se detuvo.
—¿Qué…?
La tierra vibró. Los utensilios cayeron. Las paredes crujieron.
A lo lejos, más allá de los límites del clan, el suelo comenzó a abrirse. Grietas enormes se extendieron como heridas en la tierra, y de ellas emergieron figuras retorcidas. Demonios Haida. Demonios infernales. Sus cuerpos estaban cubiertos de sombras y fuego. De sus bocas brotaban llamas ardientes, y sus ojos brillaban con una intención clara: destruir.
Algunos saltaron entre los árboles, moviéndose con velocidad, avanzando en dirección al clan.
No era un ataque al azar. Era organizado. Dirigido.
—Esto no es normal… —susurró Ashiko, sintiendo el peso en el aire.
Mientras tanto, en el patio… Raiden levantó la mirada hacia el horizonte. Renji hizo lo mismo. Ambos lo sintieron al mismo tiempo.
—Demonios… —dijo Renji.
Raiden apretó su katana de madera.
—No… esto es peor.
Natsumi los miró, confundida.
—¿Qué está pasando?
Raiden dio un paso al frente, su expresión endureciéndose.
—Alguien los envió.
El viento sopló con fuerza. A lo lejos, los rugidos comenzaron a escucharse. El ataque había empezado. Y esta vez… No era una coincidencia.
La comida que preparaba esa madre tan amorosa cayó por el temblor. Ashiko Kochino salió corriendo sin pensarlo. La puerta se abrió de golpe, casi arrancada por la fuerza con la que la empujó. No era una guerrera, nunca lo fue… Pero en ese instante eso no importaba. Su respiración era agitada, su pulso acelerado, y aun así su mano sostuvo con firmeza la katana.
—No voy a dejar que destruyan esto… —murmuró, más para sí misma que para alguien más.
Sus ojos recorrieron el entorno, calculando, anticipando, buscando cualquier ventaja posible. El instinto, más que la experiencia, la estaba guiando. En el patio, el caos comenzaba a desatarse.
Natsumi temblaba. No por debilidad… sino por lo que sentía dentro.
—Es… mi culpa… —susurró, con la voz quebrada.
Raiden apareció frente a ella en un instante, firme.
—No —dijo con una autoridad absoluta—. No eres tú.
Natsumi levantó la mirada. —Pero yo sentí… — Dijo ella, ese era un peso que le dolía.
—Nunca serás una carga —interrumpió Raiden, clavando sus ojos en los de ella—. Y no eres quien provocó esto.
Los gritos comenzaron a llenar el aire. Los demonios ya estaban allí.
Los guardias del clan salieron al encuentro, desenvainando sus katanas. El acero chocó contra carne y fuego en cuestión de segundos. La batalla había comenzado.
Y entonces… Uno de ellos aterrizó frente a Natsumi. El impacto levantó polvo. La criatura la observó, su boca abriéndose mientras llamas se acumulaban en su garganta.
Natsumi soltó la katana de madera. El sonido al caer fue seco. Retrocedió un paso.
—Yo… —su voz se rompió—. Yo solo quiero tener una vida normal…
El mundo pareció detenerse un segundo.
Varios voltearon a verla. Y en ese mismo instante… Muy lejos de allí… Miyamoto Musashi abrió los ojos. Había sentido el temblor. No físico. Algo más profundo. Sin decir una palabra, salió disparado.
El suelo se agrietaba bajo sus pasos. Su velocidad superó lo visible, rompiendo el aire, soportando el calor de la fricción que desgarraba su piel. No se detuvo.
No podía. Cuando llegó… Ya estaban encima de ella. Un demonio descendía con las fauces abiertas.
Pero ni siquiera alcanzó. Musashi apareció. Un solo movimiento. Su katana trazó un círculo perfecto en el aire. El corte fue limpio. La cabeza del demonio cayó antes de que su cuerpo entendiera que ya estaba muerto. El silencio duró un segundo.
Musashi habló sin girarse.
—Si quieres ser normal… pelea por tu futuro.
No sabía lo que ella había dicho antes. No lo había escuchado. Pero aun así… Sus palabras llegaron justo donde tenían que hacerlo.
Raiden apareció a su lado, colocando una mano brevemente sobre él. Una energía fluyó, estabilizando su cuerpo tras la llegada forzada.
—Atacad —ordenó de inmediato.
Y el clan respondió. El combate se intensificó.
Natsumi respiraba agitada. Miró la katana de madera en el suelo. Luego a los demonios. Luego a Musashi.
—…no sirve… —murmuró.
Musashi, sin mirarla, extendió su mano. Le entregó una katana más corta. Real.
—Entonces usa algo que sí.
Natsumi la tomó. Sus manos temblaban… pero no la soltó.
Musashi exhaló lentamente.
—Prepárate.
Y ella avanzó. Corrió. Rápido. Más rápido de lo que su cuerpo debería permitir. Un demonio atacó. Y en ese instante… Sus ojos brillaron.
—𝐍𝐨𝐜𝐡𝐞 𝐄𝐭𝐞𝐫𝐧𝐚 𝐈𝐥𝐮𝐦𝐢𝐧𝐚𝐝𝐚…
El mundo cambió. El cielo nocturno pareció descender sobre el campo de batalla. Lunas, constelaciones, fragmentos de luz y oscuridad se materializaron alrededor de ella, girando en perfecta armonía.
Cada movimiento suyo dejó un rastro. Cada paso era una órbita. Cada corte… una estrella cayendo. La velocidad, la fluidez, el poder… Todo se unificó.
El ataque se expandió. Invisible. Imparable. Y en un instante… Más de tres mil demonios fueron cortados.
El campo quedó en silencio. Cuerpos cayendo. Fuego extinguiéndose.
Natsumi cayó de rodillas.
—…kh—
Escupió sangre. Su cuerpo tembló. Raiden lo vio. Y su expresión cambió.
Miró a Renji.
—¿Le dijiste?
Renji negó con la cabeza.
—No…
Ambos lo entendieron. El recuerdo los golpeó mientras seguían luchando, abriéndose paso entre los demonios restantes.
—Tenemos que llegar a ella —dijo Raiden.
—Ahora —respondió Renji.
Y entonces… Una explosión desde el interior del clan.
Ashiko salió. La puerta detrás de ella estaba destrozada. Su katana goteaba sangre. Su respiración era irregular. Había heridas visibles en su cuerpo. Pero seguía de pie. Siguió avanzando. Cortando. Demonio tras demonio.
—¡NATSUMI! —gritó, corriendo hacia ella.
El campo ardía. El clan resistía. Y en el centro de todo… La niña que solo quería ser normal… acababa de cambiar el rumbo de la batalla.
Miyamoto Musashi y Raiden Shikoku no se detuvieron. Sus movimientos eran precisos, calculados, letales. Cada paso dentro del clan iba acompañado del sonido seco del acero cortando carne infernal. No había desperdicio, no había duda. Demonio tras demonio caía antes siquiera de comprender que había sido atacado.
El combate se extendió hacia el interior. Atravesaron patios, pasillos y estructuras del clan, limpiando cada rincón donde las criaturas habían logrado infiltrarse. A su alrededor, los soldados del clan hombres y mujeres por igual resistían con una disciplina impecable. No había gritos innecesarios, no había caos descontrolado… solo combate. Cortes limpios. Movimientos sincronizados. Supervivencia. Hasta que algo cambió. Uno de los demonios retrocedió. Luego otro. Y otro más.
—…se están retirando —murmuró Raiden, entrecerrando los ojos.
Musashi no bajó su espada.
—No es retirada —dijo—. Es orden.
Como si hubieran recibido una señal invisible, los demonios comenzaron a huir. Saltaban entre los árboles, se deslizaban por la tierra, desaparecían en la distancia.
—No los dejen escapar —ordenó Raiden.
Y ambos partieron. El suelo crujía bajo sus pies mientras avanzaban a toda velocidad. Los árboles pasaban como sombras borrosas, apenas perceptibles. A lo lejos, las figuras infernales se movían con desesperación… pero no por miedo.
Huían hacia algo.
—Están siendo guiados —dijo Musashi.
—Lo sé —respondió Raiden.
Detrás de ellos, en el clan, Renji Shikoku se mantuvo firme junto a Ashiko y Natsumi. Su postura era defensiva, su mirada alerta.
—No se separen de mí —dijo con firmeza.
Ashiko, aún herida, asintió.
Natsumi apenas respiraba con normalidad, pero mantenía la katana en sus manos.
—Estoy bien… —susurró, aunque su cuerpo decía lo contrario.
Renji no respondió. Sabía que no lo estaba. Pero también sabía… que no podía detenerse ahora.
Mientras tanto… Musashi y Raiden alcanzaron el punto de origen. Un agujero. No uno común. La tierra estaba abierta como una herida viva. De su interior emanaba calor, humo y un resplandor rojizo que no pertenecía al mundo de la superficie. Los demonios comenzaron a lanzarse dentro.
Sin dudarlo… Raiden saltó.
Musashi lo siguió. La caída fue breve. Pero el impacto… Fue otro mundo.
Sus pies tocaron suelo firme, pero el calor los envolvió de inmediato. El aire era denso, casi irrespirable. A su alrededor, el paisaje era hostil: roca negra, grietas incandescentes, llamas que surgían sin control. Un silencio pesado. Roto solo por el eco lejano de criaturas.
Raiden levantó la mirada. Arriba… el agujero. Se estaba cerrando.
—…se va a sellar —dijo.
Musashi observó sin alterar su respiración. Y entonces… Se cerró. El mundo de arriba desapareció. Quedaron atrapados.
Raiden apretó su katana.
—No conocemos este lugar.
Musashi dio un paso adelante, sintiendo el terreno.
—Pero ellos sí.
Ambos se entendieron al instante. Estaban en desventaja.
—Zona enemiga… —murmuró Raiden.
Musashi asintió levemente.
—Y rodeados.
El calor aumentaba. Las sombras se movían entre las rocas. Los demonios no habían huido por miedo… Habían regresado a casa.
Raiden bajó su presencia, controlando su energía.
—Entonces tendremos que movernos sin que nos noten.
Musashi hizo lo mismo.
—Silencio. Observación. Ataque solo si es necesario.
Raiden miró a su alrededor una última vez. —Y encontrar una salida. —Recomendó, aún así ellos piensan con tanta calma, sabiendo en el peligro que están.
Musashi avanzó primero. —O crear una. —Esto no era como en sus épocas donde derrotó a sus enemigos haciéndoles esperar.
Y así, sin hacer ruido, sin anunciar su presencia… Ambos comenzaron a adentrarse en el infierno.
El infierno no era un lugar… era una extensión. Miyamoto Musashi y Raiden Shikoku avanzaban con cautela, sus pasos medidos sobre roca incandescente y grietas que respiraban fuego. Cada movimiento era calculado, cada pausa tenía intención. No podían permitirse errores.
A lo lejos… Algo rompía la monotonía del paisaje. Un palacio. No uno común. Era vasto, desproporcionado, extendiéndose más allá de lo que la vista alcanzaba. Sus torres se perdían entre columnas de humo y su base parecía hundirse en la propia esencia del inframundo.
Raiden entrecerró los ojos.
—Ese lugar… es demasiado grande.
Musashi lo observó unos segundos, en silencio. Luego habló, con calma absoluta:
—Si te fijas bien… este sitio no tiene límites claros.
Raiden lo miró. — Mmm… —Aunque mire a su maestro de arriba abajo, el sabe que el dirá algo importante.
Musashi continuó:
—No puedo ver el final. Y no es por la distancia… Es porque no lo hay. Este lugar… Podría abarcarlo todo.
Raiden soltó un leve suspiro.
—Entonces no era el único que pensaba igual.
No había más que decir. Ambos entendían lo que implicaba. Y solamente avanzaron. Saltaban entre formaciones rocosas, evitaban corrientes de fuego que brotaban del suelo, se deslizaban por zonas donde la luz apenas llegaba. Su presencia era mínima, casi inexistente.
Se acercaron al palacio. Y luego… Ascendieron. Los tejados infernales eran irregulares, vivos, como si el propio lugar respirara. Aun así, lograron moverse sin ser detectados.
Una ventana. Una Entrada ganadora. Sin dudarlo, se deslizaron dentro. El interior era distinto. Más silencioso. Más controlado.
Caminaron entre sombras, ocultándose tras columnas y estructuras que parecían esculpidas con hueso y obsidiana. No tardaron en notar el movimiento.
Una figura. Una mujer. A primera vista… Parecía humana. Pero no lo era. Sus dientes, ligeramente visibles al hablar, eran afilados. Dos cuernos se elevaban desde su cabeza, elegantes y peligrosos. Su vestimenta era refinada, digna de alguien con poder absoluto. En su mano, un abanico cerrado. Caminaba con tranquilidad. Como si nada en ese lugar pudiera amenazarla.
Un demonio se acercó. Se inclinó levemente. —Nuestra reina, Taeyaneg— No terminó. El abanico se abrió. Un solo movimiento. Preciso. Silencioso.
La cabeza del demonio se separó de su cuerpo antes de que el eco de sus propias palabras desapareciera. El cuerpo cayó. La sangre no salpicó. Fue limpio y controlado.
Taeyaneg sonrió. No había emoción. Solo frialdad. —No te di permiso para hablar —dijo con voz suave.
El silencio volvió a llenar el lugar. Desde las sombras… Musashi y Raiden observaban. Sin moverse. Sin respirar más de lo necesario.
Ambos lo entendieron al instante. Ese lugar no era solo territorio enemigo. Era el centro de algo más grande.
Raiden, apenas moviendo los labios, susurró:
—Ella es quien está detrás de esto.
Musashi no respondió de inmediato. Sus ojos permanecían fijos en la figura de la reina. Analizando. Midiendo.
—No aún —dijo finalmente—. Pero está cerca del origen.
Taeyaneg cerró su abanico con suavidad. Y por un instante… Se detuvo. Como si hubiera sentido algo. Giró levemente el rostro. Miró hacia la oscuridad donde ellos estaban. El aire se tensó.
Raiden contuvo su energía. Musashi no parpadeó. Un segundo. Dos. Luego… Ella volvió a caminar. Como si nada. Pero esa ligera pausa… Fue suficiente.
—Nos sintió —susurró Raiden.
Musashi asintió apenas.
—Sí. —Fonfirmo Musashi.
Y en ese instante… Ambos supieron algo con absoluta certeza. No estaban tan ocultos como creían. Y en ese palacio… Cualquier error… sería el último.
El infierno vibró. No fue un temblor común. Fue algo más… como si una presencia hubiera descendido con tanto peso que incluso ese mundo hostil lo reconociera. El cielo oscuro si es que podía llamarse cielo se cubrió por completo.
Alas. Enormes. Oscuras. Cubrieron la extensión ardiente por un instante, apagando la luz rojiza del entorno. Luego descendieron, plegándose con una lentitud cargada de intención, hasta posarse sobre una montaña envuelta en fuego.
La figura aterrizó. El impacto no fue explosivo… fue contenido. Controlado. Pero el enojo… no lo estaba. Su presencia emanaba resentimiento. Un peso emocional denso, como si cargara con errores que aún no podía soltar. Y aun así… había algo más. Arrepentimiento.
—…
No dijo nada. No todavía. Sus ojos recorrieron el lugar… hasta que se detuvieron. Ahí. De pie, sobre una formación de roca negra, había otra figura.
Cubierta por una túnica. Silenciosa. Y sobre su cabeza… Una rueda giratoria. Giraba lentamente, como si no obedeciera al tiempo normal. Cada giro parecía alterar levemente el entorno, como si las leyes mismas se ajustaran a su presencia.
Aquel era Yekun. Y quien lo observaba desde las alturas… Era Lucifer. No como mito. No como leyenda. Sino como algo que existía… y cambiaba.
Lucifer descendió un poco más, sus alas plegándose por completo.
—Sigues con eso… —dijo, su voz grave, pero sin agresividad directa.
Yekun no se movió. La rueda sobre su cabeza continuó girando.
—No es “eso” —respondió con calma—. Es evolución.
Lucifer frunció ligeramente el ceño.
—Lo llamas evolución… pero todos aquí lo ven como una aberración.
Yekun giró apenas el rostro hacia él.
—Porque no lo entienden.
Un silencio breve se instaló entre ambos. Alrededor… otras figuras observaban. Ángeles caídos. Pero no eran como los demás demonios.
Había algo distinto en ellos. Más control. Más intención. No estaban consumidos. Estaban… aprendiendo.
—Los estás cambiando —dijo Lucifer finalmente.
—No —corrigió Yekun—. Les estoy mostrando una opción.
La rueda giró un poco más rápido. El aire vibró. Uno de los ángeles caídos dio un paso al frente. Su cuerpo comenzó a transformarse levemente… no de forma grotesca, sino precisa. Como si se ajustara a una nueva regla.
—Los llamamos adaptadores —continuó Yekun—. Porque eso es lo que hacemos.
Lucifer observó en silencio. No entendía o no quería entender lo que eso significaba solo asintió.
—Nos adaptamos a todo —añadió yekun—. Energía. Ataques. Entornos. Incluso… leyes.
Lucifer alzó una ceja.
—¿Leyes?
Yekun extendió levemente su mano.
—Las del universo.
La rueda giró. Y por un instante… El fuego cercano se detuvo. No se apagó. No desapareció. Simplemente dejó de comportarse como fuego. Luego volvió.
Lucifer lo notó.
—… — Se quedó callado algo incómodo, como una verdad que se podría estar asentando en su realidad.
—Ya lo entiendes —dijo Yekun—. No se trata de resistir… se trata de cambiar.
Lucifer bajó la mirada un momento. —Sigues siendo un ángel caído. —Dijo intentando sonar con un poco de orgullo.
—Sí. —Confirmo Yekun, dando una sonrisa pequeña.
—Y yo también. —Apenas podría decir esas palabras.
Otro silencio. Más pesado.
—Pero eso no significa que tengamos que seguir siendo lo mismo —añadió Yekun.
Lucifer apretó ligeramente los dientes.
—Muchos no quieren cambiar.
Yekun lo miró directamente.
—Pero tú sí.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Era como enfriar las llamas del corazón.
Lucifer no respondió de inmediato. Sus alas se movieron levemente.
—…quiero intentarlo.
Yekun asintió.
—Entonces quédate.
La rueda giró con más fuerza.
—Porque esto apenas comienza.
A lo lejos… Muy lejos… El palacio donde se encontraban Musashi y Raiden permanecía en silencio. Pero en ese mismo infierno… Algo estaba cambiando.
No todos los demonios querían destruir. Algunos… querían dejar de serlo. Querían dejar de ser un caos propio a algo más calmado y civilizado en aquella región.
Continuará…
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