Imperio De Pasiones - Capítulo 12
- Inicio
- Imperio De Pasiones
- Capítulo 12 - Capítulo 12: Capítulo 11: Silencio bajo amenaza.
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 12: Capítulo 11: Silencio bajo amenaza.
Esa mañana, las campanas comenzaron a resonar con su acostumbrado tono solemne. César, mientras revisaba unos documentos, pensaba en la llegada de la princesa Carlota y la emperatriz Calista al palacio al día siguiente… y la verdad es que no lo tenía de mal humor, más bien se sentía complacido.
Pero esa calma se resquebrajó de golpe.
Unos pasos presurosos rompieron el silencio del pasillo exterior y, sin siquiera anunciarse, un lacayo irrumpió en la oficina del emperador César, empujando las puertas con torpeza y agitación.
-¡Emperador! ¡Emperador, por favor! -gritó.
César alzó la mirada de los documentos que estaba firmando con fastidio evidente. Tenía los ojos cargados de ojeras y el ceño fruncido por el estrés.
-¿Qué demonios quieres, Danniel? -bramó con voz ronca-. ¿No ves que estoy ocupado? ¿Acaso no sabes tocar la maldita puerta?
El joven lacayo se detuvo, respirando con dificultad. Su rostro estaba pálido, y sus manos temblaban.
-Mil perdones, su alteza -murmuró, inclinando la cabeza-, pero… ha ocurrido algo terrible… algo que ha pasado desapercibido…
César frunció aún más el entrecejo.
-¿Terrible? ¿Qué podría ser tan grave como para irrumpir de esta forma? -gruñó.
El joven tragó saliva con fuerza. Luego, decidió hablar sin rodeos.
-Su alteza… el príncipe Carlos… él… ha abusado de una sirvienta.
César se quedó inmóvil.
-¿Qué dijiste? -preguntó con voz baja, como si no hubiera comprendido.
-El príncipe… forzó a una joven -repitió Danniel con más firmeza-. Y no a cualquiera… a Leyla. La amiga del príncipe Eduard.
El bolígrafo resbaló de entre los dedos de César y cayó con un leve sonido sobre el escritorio. El emperador permaneció en silencio unos segundos, su expresión se volvió pétrea. Luego, se incorporó lentamente de su asiento.
-¿Cómo demonios sabes eso? -preguntó en voz grave-. ¿Cuándo sucedió? ¿Por qué nadie me dijo nada antes?
—Todo comenzó hace cuatro días… —murmuró Danniel, bajando la mirada mientras sus manos temblaban ligeramente—. La señora de alto rango, Lilyan, fue quien me lo comentó primero. Dijo que la propia Margaret le pidió que me informara.
Al principio pensé que era solo un chisme más… pero el rumor empezó a crecer.
—Hablé con varias sirvientas… —continuó con un suspiro—. Muchas dijeron lo mismo: que la joven Leyla no se ha levantado de la cama desde entonces. No come… no habla… apenas reacciona. Y Margaret… —tragó saliva— no se separa ni un instante de su lado.
-Eso no prueba nada -interrumpió César, tratando de mantenerse escéptico-. ¿Y si solo son habladurías de criadas aburridas?
-No, su alteza -insistió Danniel-. No es solo un rumor. Después de lo ocurrido, el príncipe mandó a llamar a criadas para que limpiaran su habitación. Una de ellas me dijo que la escena era horrible. Además, dos guardias que vigilan los pasillos cercanos a sus aposentos escucharon gritos… gritos agudos, de mujer, y luego sollozos. No fue una discusión. Dicen que fueron gritos desgarradores, de terror.
El emperador apretó los puños con fuerza, sus nudillos se pusieron blancos. Sus ojos rubís brillaban con furia.
-Ese malnacido… -murmuró con la mandíbula tensa-. Siempre ha sido un problema, pero esto… esto es inaceptable. No voy a permitir que manche el nombre de este palacio con semejante bajeza. ¡Ni aunque sea mi propio hijo!
Danniel se estremeció ante la rabia del emperador, que de inmediato se volvió hacia uno de los guardias apostados en la puerta.
-¡Tráiganme al príncipe Carlos! -ordenó con voz atronadora-. ¡Ahora! ¡Que se presente ante mí de inmediato! ¡Y que nadie se atreva a tocarlo ni a justificarlo!
El guardia asintió y salió a toda prisa.
César se dejó caer nuevamente en su silla, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos frente a su rostro.
-Le pedí que se controlara, pero ese maldito es incapaz de hacer algo bien.
Pasaron apenas unos minutos cuando las puertas de la oficina del emperador se abrieron de nuevo. Esta vez, con altivez y sin anunciarse, entró Carlos, luciendo su arrogancia habitual como si fuese un cristal.
-Padre -dijo con desdén-. ¿Para qué tanta urgencia? Apenas ha salido el sol y ni siquiera he tomado el desayuno. ¿A qué debo esta inesperada audiencia?
César lo miró con una mezcla de desprecio y decepción. Su mandíbula estaba tensa, sus ojos ardían de ira.
-No te hagas el idiota, Carlos -espetó-. Quiero que confieses lo que hiciste. Aquí y ahora.
Carlos arqueó una ceja. Se encogió de hombros con fingida inocencia.
-¿Confesar? No he hecho nada malo. He estado comportándome, justo como me pediste.
César se irguió, apoyando con fuerza ambas manos sobre la mesa.
-¡No me mientas! -bramó-. Ya sé la verdad. Abusaste de Leyla… la misma muchacha que, en tu delirio, querías convertir en tu concubina. ¡Y lo hiciste a la fuerza!
Carlos no respondió de inmediato. Mantuvo una expresión tranquila, como si aquello no le afectara en lo absoluto. Sus labios se curvaron en una sonrisa breve.
-Lo intenté, sí -dijo con cinismo-. Quise convencerla… incluso fui amable. Pero la muy estúpida se negó, así que tomé lo que debía ser mío. No veo cuál es el escándalo.
Un silencio helado llenó la sala. César parpadeó, incrédulo. Luego golpeó la mesa con el puño, haciendo temblar los documentos y la tinta.
-¡Eres un monstruo! ¡Un imbécil arrogante sin control! -le gritó-. ¿Sabes lo que has hecho? ¿Te das cuenta de la magnitud de tu acto? ¡La has destruido! La pobre niña está en cama, sin moverse, sin hablar, sumida en un estado traumático que tú mismo provocaste. Y lo peor… ¡todo el palacio lo sabe! Las cocineras, los lacayos, los soldados. Si la emperatriz Calista y la princesa Carlota se enteran, exigirán que te azoten públicamente. ¿Es eso lo que quieres?
Carlos alzó los hombros con indiferencia y soltó una risotada seca.
-Ella se lo buscó -dijo, como si hablara del clima-. Me provocaba con su carita inocente. Pero no quiso aceptar lo que le ofrecía… así que la obligué. Fin del asunto.
César quedó inmóvil. Sus manos temblaban. Tardó un momento en hablar, pero cuando lo hizo, su voz fue grave.
-Se acabó, Carlos -sentenció-. Por no cumplir tu palabra, por deshonrar este palacio, por traer vergüenza a nuestro apellido… la ley imperial que tanto codiciabas, la que te habría asegurado el control total sobre concubinas, No solo sera suspendida… será abolida para siempre. Y ni siquiera yo, como emperador, podré restablecerla. Esta vez no habrá marcha atrás.
Carlos palideció ligeramente, pero enseguida reaccionó con violencia.
-¡¿Qué?! ¡Eso es una injusticia! -vociferó- ¡Soy tu hijo! ¡Soy tu primogénito, el legítimo heredero! ¡Merezco ese poder! ¡Merezco tu apoyo!
-¡Lo perdiste hace años! -rugió César-. Te he consentido como a ningún otro. Te he dado todo lo que has pedido, he cerrado los ojos a tus escándalos, he callado tus excesos. ¡Pero ya no más! ¡Estoy harto de ti! ¡Harto de tu ego enfermo! ¡De tu sed de poder, de tu desprecio por los demás!
Carlos dio un paso hacia adelante y, con rabia, barrió con el brazo todo lo que había sobre la mesa: papeles, tinteros, sellos y plumas volaron por el aire y cayeron al suelo.
-¡Eres un viejo cobarde! -gritó, fuera de sí-. ¡Te pudres en ese trono mientras yo espero mi momento! ¡Tú y ese bastardo de Eduard! ¿Ahora piensas dárselo a él? ¿A él?
-¡Cállate! -tronó César, poniéndose de pie-. ¡Cállate ya, maldita sea! No soporto más tu voz de loco. Si me entero de que la princesa Carlota o su madre descubren lo que hiciste, juro por los dioses que no solo te azotaré yo mismo… ¡te expulsaré del palacio por meses! ¡Y te dejaré en una finca lejana para que aprendas a comportarte como un hombre y no como una bestia!
Carlos escupió en el suelo, cerca del escritorio, con desprecio.
-Haz lo que quieras… -murmuró con furia-. Pero no he terminado. Algún día tú y ese bastardo se arrodillarán ante mí.
Dicho eso, se dio media vuelta. Empujó bruscamente a los guardias que le abrían paso y salió de la oficina con pasos resonantes.
César se dejó caer nuevamente en su asiento. Cerró los ojos, suspiró profundo, y se llevó una mano al pecho.
Sentía el corazón golpearle el pecho como si quisiera salir. La decepción era un veneno lento que ya comenzaba a hacer efecto.
-¿Qué hice…? -susurró para sí mismo, con la mirada perdida en el vacío-. ¿En qué lo convertí?
El eco de los pasos de Carlos aún retumbaba en los pasillos cuando se oyó un golpe suave en la puerta. César, aún con el rostro sombrío, no respondió al instante. Sus ojos repasaban lentamente el caos en su escritorio: papeles manchados de tinta, plumas rotas, sellos imperiales caídos al suelo.
Su respiración era pesada, como si cada inhalación contuviera años de frustración.
La puerta se entreabrió con cautela, y por la rendija se asomó el joven Danniel, el mismo lacayo que había traído el informe minutos antes. Se mantenía respetuoso, pero su preocupación era evidente.
-¿Su alteza…? -dijo con voz baja-. ¿Se encuentra bien? ¿Desea que le traiga algo?
César alzó la mirada lentamente hacia él. Carraspeó, intentando recuperar la compostura, y se irguió en el asiento como el emperador que aún era.
-Acércate, Danniel -ordenó con voz grave.
El joven obedeció sin titubear y avanzó hacia el centro de la estancia, esquivando con cuidado los restos del estallido de ira de Carlos. Se detuvo frente al escritorio, esperando instrucciones.
-Escucha con atención -dijo César con tono frío-. A partir de este instante, nadie en este palacio -ni cocinera, ni criada, ni caballerizo- deberá pronunciar palabra alguna sobre lo sucedido con la sirvienta Leyla. Ningún rumor, ningún comentario al oído, ningún susurro en los pasillos. Ni siquiera una mirada sospechosa.
Danniel tragó saliva. El aire se volvió más denso con cada palabra del emperador.
-Lo entiendo, emperador.
-No he terminado -lo interrumpió con un gesto seco-. Reunirás a cuatro guardias de confianza. Irán a la servidumbre y les darás este mensaje, palabra por palabra: “Cualquier lengua que mencione el nombre de Leyla junto al de Carlos, será arrancada de raíz. Y si el rumor continúa, las cabezas rodarán. No habrá piedad.”
Danniel asintió, con los labios apretados y el pulso acelerado.
-Sí, señor. Lo haré ahora mismo.
-Y si descubres que algún lacayo anda con habladurías o alguna criada repite lo que escuchó… -César lo miró directo a los ojos- me lo traes de inmediato. Sea hombre o mujer, joven o anciano. Me importa una mierda. Esto no puede trascender las murallas del palacio. ¿Está claro?
-Clarísimo, su alteza.
Hubo un instante de silencio. Danniel ya se preparaba para retirarse cuando se atrevió a preguntar, con voz más suave:
-¿Y… qué pasará con la señorita Leyla?
César desvió la mirada hacia el ventanal. Una bruma matinal comenzaba a cubrir los jardines, pero no podía ver la belleza de la escena.
Suspiró, largo y grave, y luego respondió:
-De eso… se encargará Eduard cuando llegue. -Guardó silencio un momento, como si sopesara el futuro-. Sé que estará furioso… pero sabré contenerlo. Haré lo que sea necesario.
Danniel inclinó la cabeza en señal de respeto.
-Como ordene, Su alteza.
El lacayo dio un paso atrás, se giró y desapareció con premura por las puertas dobles, que se cerraron tras él con un crujido pesado.
César volvió a quedarse solo, en medio del desorden. Apoyó los codos sobre el escritorio y se cubrió el rostro con las manos. La ira se había ido desvaneciendo, pero el vacío que dejaba era peor.
Su imperio estaba envenenado desde dentro. Su hijo mayor era un monstruo. Y Leyla… una joven que solo quería vivir tranquila, había pagado el precio de su silencio como padre y emperador.
Levantó lentamente la vista, observando la destrucción sobre su mesa.
-Todo por no haberlo detenido antes… -susurró.
Se quedó allí, inmóvil, rodeado por el eco de su propio fracaso
Mucho después…
El comedor de la servidumbre —amplio, con largos ventanales y mesas de madera que habían visto años de trabajo— estaba más agitado de lo normal. Las cocineras golpeaban ollas, el vapor subía desde calderos rebosantes, y las sirvientas se movían con cucharones, trapos y fuentes entre las manos.
Pero la atmósfera estaba cargada, pesada y venenosa.
Los susurros se entremezclaban como humo oscuro entre las mesas.
Y un nombre se repetía una y otra vez, como un eco maldito:
Leyla.
—Dicen que no ha salido del cuarto —susurró una sirvienta joven, fingiendo preocupación mientras limpiaba un plato.
—¿Y qué esperabas? —respondió otra, con un tono áspero—. Si se metió donde no debía. Mejor que se quede ahí.
—Todo por andar provocando al príncipe Carlos —añadió una tercera—. ¿Qué creía? ¿Que jugar con fuego no iba a quemarla?
—Yo siempre dije que era demasiado dulzona para ser tan inocente —escupió otra mujer, meneando la cabeza—. Cuando una se mete con un príncipe, sabe a lo que va.
Varias rieron entre dientes.
Otras cuchicheaban:
—Dicen que ya está embarazada…
—Que lloraba después pero bien que fue…
—Y ahora todas tenemos que aguantar este drama por culpa de ella…
Hasta que—
Las puertas se abrieron de par en par.
Danniel entró con paso firme, acompañado de cuatro guardias armados. El sonido de las botas resonó con un peso que apagó todas las voces.
Las sirvientas se quedaron inmóviles. Algunas tragaron saliva. Otras fingieron indiferencia.
Danniel se detuvo en el centro del comedor, se quitó los guantes con deliberada calma… y habló.
-Escuchen bien, porque esta será la única vez que se diga con claridad. Y a quienes no comprendan, les juro por los dioses que aprenderán… cuando vean sangre correr por los suelos.
El silencio se hizo absoluto.
-Por orden de Su Majestad, el emperador César Rubethia, se decreta que cualquier lengua que mencione el nombre de Leyla junto al de Carlos, será arrancada de raíz. Y si el rumor continúa, las cabezas rodarán. No habrá piedad.
Varias sirvientas palidecieron.
Pero aun así, algunas rebeldes soltaron su veneno.
—¡¿Ahora nos matarán por hablar?! —gritó una mujer de cabello trenzado—. ¡Lo que le pasó a Leyla fue injusto!
—¡Nos quieren callar! ¡Y todo por culpa de esa niña! —gritó otra.
—Si no hubiera jugado con el príncipe, nada de esto pasaba —añadió una más, llena de rencor—. ¡Y ahora nosotras tenemos que pagar!
-Sí. Las estamos callando. Porque esto no es un mercado. No son campesinas libres ni damas de cuentos. Sirven al trono. Y cuando el trono da una orden, se cumple. O se muere.
Los guardias avanzaron y sacaron sus espadas.
El sonido del metal heló la sangre de todas.
Una de las sirvientas murmuró:
—Y todo porque esa niña quiso jugar a ser noble… ¡y ahora todas pagamos!
Otra replicó:
—Lo que pasa es que pensó que podía manipular al príncipe Carlos… ¡pero él no es alguien con quien jugar!
Y una más añadió:
—Siempre se hace la inocente… pero todas sabemos la verdad. Ella lo buscó.
El veneno se hacía más fuerte.
Más injusto.
Más podrido.
Pero Danniel continuó, dando otro paso al frente:
—Vamos cerrando el ortito, queridas… —dijo con una sonrisa helada—. Porque si escucho una sola palabra más sobre este asunto, si una sola sílaba vibra en esta sala, si una lengua siquiera se atreve a rozar el nombre del príncipe Carlos junto al de esa muchacha…
Hizo una pausa lenta, dejando que el silencio se volviera insoportable.
—…estos hombres —señaló a los guardias— las escoltarán hasta el campo de ejecución más cercano. Allí, el amanecer será lo último que vean antes de que el filo bese su cuello.
Un escalofrío recorrió la estancia.
Varias sirvientas se taparon la boca instintivamente.
Otras apretaron los ojos con fuerza, como si pudieran borrar lo que habían escuchado.
Danniel siguió caminando entre las mesas.
—Ustedes creen que esto es injusto —continuó, sin perder la calma—. Creen que abrir la boca y rebuznar su opinión sirve de algo.
Se engañan.
En este palacio, la justicia no tiene valor.
Aquí solo manda el emperador.
Se detuvo bruscamente, clavando los ojos en un grupo que aún lo miraba con rabia.
—Y la voluntad del emperador es esta: silencio absoluto.
Ni comentarios,
ni susurros,
ni miraditas entre ustedes creyéndose inteligentes.
Frunció el ceño, endureciendo aún más el tono:
—Si Leyla está como está, no es asunto de ustedes. Y lo que haya hecho el príncipe Carlos tampoco lo es. Así que métanse bien esto en la cabeza:
ustedes no opinan sobre la familia imperial. Nunca.
Las mujeres del comedor bajaron la mirada, tragándose la rabia y la curiosidad que antes esparcían sin pudor.
Danniel dio un chasquido seco con los dedos.
—Guardias.
Extiendan el mensaje, todo el palacio queda advertido.
Los guardias chocaron los puños contra el pecho y se alinearon para marcharse con él.
La tensión quedó flotando en el aire, aplastante y amarga.
Pero allí, al fondo del comedor, permanecían Sofia y Catalina, quietas, observando la escena con ojos atentos. Cruzaron una mirada cómplice, mientras el resto de las criadas, intimidadas por las amenazas, volvían poco a poco a sus tareas, fingiendo normalidad.
Catalina se inclinó ligeramente hacia Sofía, y le murmuró al oído:
-No es culpa del príncipe Carlos, ¿sabes? Estoy segura de que Leyla se lo buscó…
Sofía soltó una risa sarcástica.
-Por supuesto -respondió con desdén-. Con esa forma de caminar, de mirar, no me extraña que terminara donde terminó. Seguramente hasta lo provocaba. No me sorprendería que ya esté esperando un hijo…
Ambas rieron, discretas pero con deleite, como dos serpientes saboreando su veneno. Luego Sofía se acomodó un mechón de cabello tras la oreja y murmuró con fingido interés:
-Voy a ir a verla. Tengo curiosidad por saber en qué estado está la pobrecita. Te juro que te contaré todo, hasta el último suspiro.
-Hazlo. No me lo perdería por nada del mundo.
Después de dejar a Catalina sola, Sofía se dirigió a uno de los cuartos de servicio.
Sofía se detuvo frente a la puerta de la pequeña habitación. La madera era antigua, el pomo frío. Llamó con tres toques suaves. Desde dentro, unos pasos lentos se acercaron, y fue Margaret quien abrió. Su rostro reflejaba cansancio, pero aún así esbozó una sonrisa educada.
-Sofía -murmuró-. ¿Qué haces por aquí?
-Vengo a ver cómo está… -respondió Sofía con voz melosa, bajando ligeramente la cabeza, como si su gesto pudiera lavar sus verdaderas intenciones-. No he dejado de pensar en ella desde que me enteré. Pobrecilla…
Margaret le hizo una seña para que entrara. El cuarto era estrecho, con una pequeña cama al fondo, donde Leyla yacía acurrucada de lado, envuelta en una manta. Apenas se distinguía su rostro pálido.
-Sigue sin comer -informó Margaret en voz baja, sentándose al borde de la cama mientras Sofía avanzaba con cautela-. Le duele todo. Apenas se mueve… las marcas siguen ahí. Y la herida… la entrepierna… no ha sanado.
Sofía se acercó despacio, deteniéndose junto a la cabecera. Observó a Leyla en silencio, luego dejó escapar un suspiro forzado.
-Qué tragedia… -murmuró, inclinándose para rozar con delicadeza los cabellos dorados de la joven-. Me parte el alma verla así. Y si supieras lo que ocurrió esta mañana…
Margaret alzó la mirada.
-¿Qué pasó? -preguntó con impaciencia-. Dime.
Sofía se apartó un paso, como si necesitara espacio.
-Un lacayo del emperador… ese tal Danniel. Entró al comedor con cuatro guardias armados. No vino a pedir. Vino a ordenar. Dijo que estaba prohibido hablar del príncipe Carlos y de lo ocurrido con Leyla. Que cualquier lengua que pronunciara su nombre junto al de ella sería arrancada de raíz. Y que si el rumor continuaba… nos cortarían la cabeza.
Margaret se quedó helada unos segundos. Luego, una chispa de furia encendió sus ojos.
-¡Malditos cobardes! -escupió-. ¿Así planean resolverlo? ¿Con amenazas? ¿Callando a todos como si aquí no hubiera pasado nada? ¡Eso es encubrimiento! ¡Eso es proteger a un monstruo!
-Lo sé -dijo Sofía, bajando la cabeza con aparente pena-. Estoy contigo, Margaret. Pero… ¿qué podemos hacer? Nos matarán si seguimos hablando. Nos cortarán la cabeza sin pestañear.
Margaret bufó, se puso de pie de golpe y comenzó a caminar de un lado al otro de la habitación.
-¡Es tan injusto! -murmuró apretando los puños-. ¡Tan sucio! Ese bastardo de Carlos debería estar pudriéndose en una celda. ¡Y en cambio está desayunando como si nada hubiera pasado!
Sofía miró a Leyla una vez más, con fingida compasión. Pasó los dedos por su cabello de nuevo, más lento esta vez.
-Parece tan frágil… como si pudiera quebrarse si la tocas demasiado fuerte -murmuró con voz lánguida.
Margaret no respondió al gesto, pero lo notó. Se sentó otra vez junto a la cama, y murmuró:
-Si Eduard estuviera aquí… nada de esto habría pasado.
-¿Eduard? -preguntó Sofía con aparente ingenuidad, frunciendo el ceño-. ¿Por qué dices eso?
Margaret parpadeó, como si se diera cuenta de su error.
-Es solo que… -titubeó-. Desde que eran niños… Leyla y él fueron muy cercanos. Muy buenos amigos. Se conocían desde los quince.. tal vez antes. Él siempre la cuidó. Pensé que… si estuviera aquí, él podría… hacer algo. Ayudar. Después de todo, es hijo del emperador.
Sofía forzó una sonrisa, fingiendo comprensión.
-Claro… ahora entiendo. Es normal pensar eso cuando alguien cercano está herido. A veces desearíamos que viniera un salvador.
Margaret asintió en silencio, pero su mirada no se suavizó.
-Él la habría defendido. No lo dudo. No habrían logrado silenciar esto tan fácilmente si Eduard estuviera cerca.
Sofía se enderezó, limpiándose arrugas del vestido.
-Bueno, sólo quería saber cómo estaban… y contarte lo ocurrido. Si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme.
Margaret no respondió, solo miró de reojo cómo Sofía salía de la habitación, cerrando la puerta tras ella con suavidad.
Cuando el clic del picaporte sonó, Margaret giró hacia Leyla, le acomodó la manta con ternura, y le susurró:
-Resiste, Leyla… No estás sola. No permitiré que esto se entierre en el olvido.
Mientras tanto, en lo más profundo de su sueño, Leyla flotaba entre nubes suaves como algodón. El cielo era de un azul pálido, y una brisa dulce acariciaba su piel. Alrededor de ella, docenas de mariposas blancas sobrevolaban en círculos, como si danzaran al ritmo de una melodía celestial que sólo ellas podían oír.
De pronto, comenzaron a alinearse en el aire, formando una figura luminosa que descendía lentamente. Una de ellas, la más brillante, comenzó a expandirse hasta convertirse en una silueta resplandeciente. Ante los ojos de Leyla se alzó una mariposa gigantesca hecha de pura luz, que poco a poco tomó forma humana.
Era una mujer de piel morena, cabello negro como la noche y ojos que no parecían tener pupilas, sino que brillaban con una luz serena y envolvente. Vestía una túnica blanca que ondeaba como si flotara. De sus manos emanaba una energía cálida, reconfortante, como el abrazo de una madre que regresa tras siglos de ausencia.
Leyla se acercó con pasos tímidos, sin emitir palabra. Algo en su interior le decía que no debía temer. Entonces, con voz suave, preguntó:
-¿Quién eres?
La figura sonrió con dulzura.
-Soy Mercy -respondió-. La diosa de la misericordia.
Leyla abrió los ojos con asombro, dio un paso atrás y bajó la mirada con respeto.
-Soy Leyla… aunque seguro ya lo sabes.
-Claro que lo sé -dijo Mercy, inclinándose apenas hacia ella-. Conozco tu alma, conozco tu historia. Sé lo que has vivido. Has caminado entre sombras sin una madre que te proteja… Rodeada de víboras que se alimentan de tu dolor, de tu silencio, de tu bondad.
Leyla tragó saliva, luchando contra un nudo en la garganta.
-¿Qué es esto? ¿Es real?
-Más real que cualquier muro de piedra que te encierra -susurró la diosa-. He venido a ti para aconsejarte, para ofrecerte amor y consuelo. No podré protegerte siempre… pero sí puedo estar contigo ahora. Puedo guiarte. En estos días, yo velaré por ti.
Leyla bajó la cabeza, sus labios temblaban.
-Conozco tu nombre… Todos en el mundo te conocen. Sé cuál es tu misión. Y aún así… no creo merecer tu ayuda. No soy nadie para una diosa tan poderosa como Lyra.
Mercy sonrió con tristeza y alzó una mano, acariciando la mejilla de Leyla con la yema de sus dedos.
-Oh, mi niña… Toda criatura en este mundo merece amor. Incluso aquellas que creen ser pequeñas e insignificantes. Y tú, Leyla… tú llevas dentro una luz que ni siquiera tú comprendes todavía. Has sido buena en un mundo cruel, has amado sin condiciones. Y aunque te han herido, aún sigues viva.
Leyla cerró los ojos ante el contacto, y sus palabras salieron como un lamento:
-Diosa Mercy… ¿por qué yo? ¿Por qué me ha pasado esto? ¿Acaso hice algo mal? Tal vez… tal vez fue mi culpa.
-Shhh… -susurró la diosa-. No, Leyla. Nada de esto es tu culpa. El mal que otros siembran no es reflejo de tu alma. Es reflejo de la oscuridad en ellos, no en ti.
La diosa posó sus manos sobre las de ella.
-A veces -prosiguió Mercy con voz baja y clara-, las almas que más brillan son las que más sufren. El mundo no sabe qué hacer con su luz, y por eso la intenta apagar. Pero esa luz no nace de tu rostro, Leyla, ni de tu andar. Nace de dentro. De tu bondad, de tu fe… incluso de tu ternura cuando nadie la merece. Eso es lo que no soportan los corazones torcidos.
Leyla suspiró con dolor.
-¿Y por qué yo…? ¿Por qué yo tengo que cargar con esa luz? ¿Por qué parece que desde pequeña estoy condenada a estar sola… a ser herida?
Mercy entrecerró los ojos, con ternura, y se inclinó un poco más hacia ella.
-No viniste al mundo para cargar el dolor de otros. Pero en cada era, hay almas elegidas. No para ser mártires, sino para mostrar algo distinto. Para despertar algo dormido en los demás. Tú no has sido olvidada, Leyla. Aunque el mundo haya sido cruel contigo, los cielos… no lo han sido. Lyra te ha visto. Yo te he visto.
Leyla se abrazó a sí misma, bajando la cabeza.
-Pero me siento sucia, manchada… rota.
Mercy le acarició el cabello, como una madre lo haría con su hija.
-Tú no estás rota. Estás herida. Pero incluso una herida puede convertirse en símbolo de fuerza… si no se la oculta con vergüenza. No fue tu culpa, Leyla. Y aunque ahora sientas que te quebraron por dentro… lo que eres, lo que verdaderamente eres, no puede romperse. Eres más que este momento.
Leyla no pudo evitar soltar un sollozo. Se limpió las lágrimas con las manos, temblorosas.
-Siento que si Eduard hubiese estado, todo sería distinto. Nada de esto… nada de esto habría pasado.
Mercy sonrió con calidez.
-Eduard te ama. Te habría protegido con su propia vida, si hubiese sabido lo que estaba por pasar. Pero incluso los más valientes deben partir a veces, y los hilos del destino no siempre pueden cambiarse. Sin embargo, él volverá. En tres días. Y cuando llegue, deberás decirle la verdad.
Leyla respiró hondo. El pecho le ardía.
-Margaret dijo que me cuidaría. Lo prometió. Pero cuando la necesité… no hizo nada.
-Margaret te ama. Pero no puede ver el futuro, hija mía. Ella nunca habría imaginado que ocurriría algo así. No puedes cargarle a ella una culpa que no le pertenece. A veces los protectores también fallan… no por falta de amor, sino por no saber el tamaño del peligro. Margaret no te soltó… simplemente no pudo prever la herida.
Leyla bajó la mirada.
-Tienes razón… Ella lloró conmigo. Me abrazó cuando yo solo quería desaparecer.
-Y eso, hija mía, también es protección. A veces no se puede evitar la herida, pero sí se puede impedir que nos hundamos en ella. Margaret lo ha hecho. Y ahora yo estoy aquí para hacer lo mismo. No puedo cambiar lo que ya ocurrió. Pero puedo darte guía, consuelo, presencia. No estás sola.
Mercy le tomó la mano y la envolvió entre las suyas, que parecían hechas de luz.
-Prométeme algo. Quédate en esta habitación. No hables con nadie más, no respondas a quien intente provocarte. No abras la puerta a serpientes disfrazadas de amigas. Es por tu bien. Tres días. Sólo tres. Eduard vendrá… y entonces podrás abrir tú corazón sin temor.
Leyla, con lágrimas en los ojos, asintió.
-Lo haré… mi diosa.
Mercy sonrió y, con un último roce en su frente, se desvaneció suavemente como una brisa.
Leyla abrió los ojos despacio. Un haz de luz dorada tocaba su rostro: era la luz de la mañana filtrándose por la ventana. El sueño se había ido… pero la calidez en su pecho, aún no.
Margaret se había sentado junto a la cama de Leyla, sin atreverse a moverse, como si el más leve suspiro pudiera romper la frágil calma que se había instalado tras la pesadilla de los últimos días.
Cuando vio a Leyla parpadear lentamente, como si despertara de un sueño lejano, se incorporó de inmediato, apoyándose con cuidado en el borde del colchón.
-¿Leyla…? -murmuró con voz entrecortada-. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo? Por favor… háblame..
Leyla se incorporó con cuidado, con un suspiro débil.
-Estoy bien… solo un poco mareada. Creo que necesito algo de sopa…
Al oír su voz, Margaret rompió en llanto y la abrazó con fuerza.
-Dioses… gracias… pensé que no volverías a hablarme… Lo siento tanto, Leyla. Perdóname, por favor…
Leyla la rodeó con los brazos, y le acarició la espalda con ternura.
-No tienes por qué disculparte… ya no importa, Margaret.
Margaret no se apartó.
-Te fallé… no estuve cuando más me necesitabas.
Leyla, con una leve sonrisa triste, le secó las lágrimas con sus dedos.
-No me fallaste. Me cuidaste como nadie. Tú estuviste conmigo cuando nadie más lo hizo. Me hablaste cuando yo no podía responderte. Me abrazaste cuando sentía que el mundo se venía abajo. No pudiste prevenir lo que pasó… pero me diste lo único que necesitaba. Te quiero, Margaret.
Los ojos de Margaret brillaron.
-Y yo te quiero a ti, Leyla.
Se abrazaron otra vez, esta vez más despacio, con la dulzura de quienes se encuentran después de una larga oscuridad. Afuera, el viento soplaba suave contra los cristales.
Margaret no podía ocultar la alegría en su rostro. Por su parte, Leyla sentía un leve calor en el pecho, un consuelo que comenzaba a encenderse entre tanto dolor. Estar junto a Margaret, sentir su abrazo, le devolvía un poco de paz.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com