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Imperio De Pasiones - Capítulo 13

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Capítulo 13: Capítulo 12: El arribo de la prometida.

Cinco carruajes de alto linaje avanzaban en fila solemne por la avenida principal que conducía al corazón del Palacio Imperial de Rubethia. Las ruedas, adornadas con el emblema del imperio Arcuarza, giraban con armonioso ritmo sobre los adoquines grises, acompañadas por el trote acompasado de los caballos y el ondear de los estandartes.

Dentro del primero, la princesa Carlota permanecía sentada junto a la ventanilla, observando en silencio los muros que se alzaban ante ella como gigantes antiguos. Sus ojos estaban ausentes, y su barbilla descansaba en la palma enguantada de su mano.

-Erguida, hija -susurró su madre, la emperatriz Calista, sin apartar la vista del frente-. Recuerda quién eres. La corona no se hereda solo por sangre, también por dignidad.

-Sí, madre -musitó Carlota, acomodándose con delicadeza.

Calista volvió a mirarla de reojo, notando la palidez de su rostro y la inseguridad en sus gestos. Pero no dijo más. Sabía que su hija estaba nerviosa, y aunque el deber pesara como plomo, no era momento de debilidades.

Al llegar a la entrada del palacio, una formación impecable de soldados de gala aguardaba en línea, con armaduras bruñidas que reflejaban el sol de la mañana. Detrás de ellos, diez sirvientas del servicio imperial, con vestidos impecables, inclinaban sus cuerpos en reverencia profunda.

En el centro de la escalinata de mármol esperaba el emperador César, imponente como una estatua viviente. A su lado, el príncipe Carlos mantenía una postura recta, los brazos cruzados detrás de la espalda y el ceño marcado. Su mirada no mostraba emoción alguna; apenas un gesto rígido y distante se dibujaba en su rostro.

El cochero del primer carruaje descendió rápidamente y abrió la puerta con una reverencia. Primero bajó la emperatriz Calista, vestida con un elegante vestido turquesa adornado con bordados de hilo de plata. Su cabello color plateado, recogido en un moño bajo, brillaba bajo la luz del sol. Sus ojos azules, de un límpido, recorrieron el lugar con calma y firmeza.

Luego descendió Carlota, envuelta en su vestido rosa pastel de tela ligera que parecía flotar alrededor de ella. Sus ojos de color cuarzo y cabello rosado destacaban mientras descendía con precaución, tomando la mano del cochero sin dirigir la mirada a nadie. Mantuvo la cabeza baja, consciente de las miradas fijas en ella como si fuera frágil.

El emperador César descendió los escalones con paso seguro, esbozando una sonrisa medida mientras abría los brazos.

-Emperatriz Calista -dijo con voz profunda, inclinándose con cortesía-. Rubethia se honra al recibir a tan distinguida soberana. Que este encuentro sea el inicio de una unión fuerte y próspera entre nuestros pueblos.

Calista sonrió levemente y extendió su mano enguantada.

-Emperador César. Es un placer finalmente ver con mis propios ojos lo que tantos poemas describen. Rubethia es tan majestuosa como su linaje promete.

César besó suavemente su mano, luego volvió a mirarla con gesto diplomático.

-Espero que el viaje no haya sido demasiado agotador. Sé que las montañas entre Arcuarza y Rubethia pueden ser… implacables.

-Lo fueron -respondió Calista con suavidad-, pero una emperatriz se acostumbra a caminos escarpados. Al fin y al cabo, todo sendero que lleva al deber siempre tiene espinas.

-Y sin embargo, usted las pisa con gracia -respondió César, con una sonrisa-. Me alegra verla llegar con salud.

En ese momento, el emperador hizo un ademán hacia su hijo.

-Permitidme presentaros a mi heredero: el príncipe Carlos de Rubethia.

Carlos dio un paso al frente, forzando una sonrisa cortés, lo suficientemente creíble para un espectador distraído, pero hueca a los ojos atentos. Su mirada era fría, como si todo aquello le resultara una pérdida de tiempo.

-Su alteza-dijo Carlos con una reverencia apenas inclinada-. Es un honor recibirla.

-Príncipe Carlos -respondió Calista con voz pulida-. Vuestra reputación ha cruzado las fronteras. Espero que también lo haya hecho vuestra disposición a forjar una alianza duradera.

-Por supuesto -replicó Carlos, sin alterar su expresión-. Haré lo que se espera de mí.

La emperatriz no dijo nada más, pero su sonrisa apenas cambió, como si interpretara cada palabra detrás de esa máscara educada. Entonces el emperador se volvió hacia su hija.

-Y esta, sin duda, es la princesa Carlota -dijo César, suavizando su tono-. Bienvenida, joven dama. Rubethia se engalana con vuestra presencia.

Carlota alzó la mirada apenas, sus mejillas teñidas de rubor. Hizo una reverencia temblorosa.

-Gracias, su alteza… estoy… muy honrada de estar aquí.

El emperador sonrió con ternura fingida, como si hablara con una niña pequeña.

-Estoy seguro de que Rubethia sabrá apreciar vuestra dulzura. Permitidme presentaros a vuestro prometido.

Carlos dio un paso más, alzando levemente la mano enguantada.

-Carlota -dijo, inclinando la cabeza-. Espero que vuestro tiempo aquí sea… placentero.

Ella lo miró por un instante, insegura.

-Gracias… príncipe Carlos. Es un honor.

Él fingió otra sonrisa. Fue leve y mecánica.

César rompió el silencio con un gesto elegante.

-Acompáñenos al interior. Se ha dispuesto un desayuno en honor a vuestra llegada.

Todos ingresaron al palacio, avanzando por largos pasillos adornados con tapices antiguos y vitrales que dejaban pasar la luz matinal en haces multicolores. El eco de sus pasos sobre el mármol se mezclaba con el suave crujido de las sedas y el murmullo de las doncellas que caminaban discretamente a la retaguardia.

Finalmente, las puertas de roble tallado se abrieron con solemnidad, revelando el gran salón. Allí, sobre la mesa imperial dispuesta con esmero, los esperaba un festín digno de la realeza: finas bandejas rebosantes de pasteles de frutas, bizcochos espolvoreados con azúcar dorada, tartas de crema y canela, y pequeños dulces bañados en miel. Entre las porcelanas humeaban tazas de té perfumado y jarros de cristal llenos de jugos frescos, todo dispuesto con tal perfección que parecía sacado de una pintura.

El ambiente estaba impregnado del aroma a vainilla, cítricos y especias, mientras los sirvientes, atentos, aguardaban la señal para comenzar a servir.

El emperador hizo un gesto con la mano, invitando a los presentes a sentarse donde les resultara más cómodo.

-Por favor -dijo con voz serena pero firme-, esta mesa es para compartir sin rigidez. Que cada quien elija su lugar.

La emperatriz Calista se acomodó con elegancia en uno de los asientos centrales, y su hija, Carlota, tomó lugar a su lado, recogiendo discretamente los pliegues de su vestido. Se sentó con cautela, como si temiera perturbar algo con solo moverse, y mantuvo la mirada baja mientras observaba en silencio la variedad de manjares dispuestos ante ella.

El emperador alzó una sonrisa con aprobación y ordenó con voz clara:

-Que se sirva el desayuno.

Inmediatamente, los sirvientes comenzaron a moverse con precisión casi coreografiada. Carlota levantó tímidamente la mirada hacia uno de ellos, un joven de uniforme pulcro que sostenía una bandeja de tazas.

-¿Podría traerme té de canela, por favor? -pidió con voz suave.

El sirviente asintió con una reverencia y se alejó en busca de su pedido.

Mientras tanto, sus ojos viajaron, curiosos pero cautelosos, por la mesa repleta de delicias. Dudaba entre una tarta de frambuesa y un pastel de almendra cuando la voz de Carlos interrumpió sus pensamientos.

-¿Quieres que te dé mi opinión? -preguntó con una sonrisa que, aunque amable, parecía un poco ensayada.

Carlota lo miró de reojo, sorprendida por el gesto. Asintió con un pequeño movimiento de cabeza, sin saber exactamente cómo responder.

Carlos se inclinó un poco hacia ella, sin dejar de mirar los dulces.

-Los berlines espolvoreados con azúcar… -dijo, señalando un plato con esmero-. Son mis favoritos. Crujientes por fuera, suaves por dentro. Si nunca los has probado, deberías hacerlo ahora.

Carlota esbozó una leve sonrisa. Tomó con delicadeza uno de los berlines y lo colocó sobre su pequeño plato de porcelana. Luego lo probó con discreción, llevándose una pequeña porción a los labios.

-Gracias… están deliciosos -susurró.

Carlos no respondió. Solo la observó por unos segundos antes de apartar la mirada con indiferencia.

A unos pasos de ellos, la emperatriz Calista sostenía una conversación animada con César, ambos con tazas de té en la mano.

-Debo admitir que el recibimiento ha superado mis expectativas -comentó ella con tono cálido-. Tu hospitalidad sigue siendo espléndida, César.

-Es un deber, pero también un placer -respondió él con media sonrisa-. Hace años que no compartíamos una mesa, Calista. El tiempo ha sido cruel con esa distancia.

-Los asuntos de estado siempre lo son -dijo ella, girando ligeramente su taza-. Pero es bueno ver que, al menos ahora, el destino decide reunirnos… aunque sea por otros motivos.

-Motivos importantes, sin duda -asintió César, observando de reojo a los jóvenes-. Nuestros imperios han permanecido demasiado tiempo aislados. Esta unión es una oportunidad para escribir una nueva historia… más sólida, más unida.

-Así es. Y, si me permites ser franca, Carlos parece más… maduro de lo que imaginaba. Sé que mi hija es reservada, pero confío en que se adaptará con el tiempo.

-Carlos es disciplinado -afirmó el emperador-. A veces demasiado. Pero sabrá cumplir con su deber.

Calista inclinó la cabeza con una expresión amable.

-No espero menos. Mi hija es todo lo que tenemos… y deseo que su futuro no solo esté marcado por alianzas políticas, sino por un mínimo de felicidad. Aunque sea en pequeñas dosis.

César la miró por unos segundos, y su expresión se suavizó.

-Te lo prometo. Haré lo que esté en mis manos para que tu hija no solo sea respetada… sino también protegida.

Calista bebió un sorbo de té, satisfecha con la respuesta, aunque sus ojos no dejaban de observar a su hija.

Mientras los adultos conversaban en la cabecera de la mesa, Carlos desvió su atención hacia la joven princesa a su lado. Se giró ligeramente, apoyando un codo con soltura sobre la mesa, fingiendo interés mientras sus ojos se entrecerraban con aparente curiosidad.

-Y dime, princesa Carlota… -dijo con una sonrisa suave, ladeando el rostro-, ¿qué ocupa tus días? Estoy seguro de que tienes pasatiempos tan refinados como tú.

Carlota levantó la mirada, algo nerviosa, y acomodó las manos sobre su regazo con delicadeza.

-Bueno… -respondió con voz baja- me gusta leer. Y también disfruto mucho de las fiestas de té. Además… el baile y la música me hacen sentir en paz. Toco algunos instrumentos.

-¿Ah, sí? -Carlos alzó las cejas con interés fingido-. Qué interesante… Se nota que eres una joven estructurada, muy educada. Todo en su justo lugar.

Carlota esbozó una sonrisa tímida y asintió.

-Eso suelen decirme -respondió, bajando la mirada.

-Yo soy… un poco más salvaje -añadió él con una media sonrisa-. Me gusta la caza. La emoción de la persecución, el aire libre, el pulso acelerado.

-¿Has ido de cacería estos días? -preguntó Carlota.

Carlos negó con un suspiro.

-Lamentablemente no. He estado… ocupado con ciertos compromisos -dijo, mirándola de reojo.

-¿Y a dónde vas cuando cazas? -insistió Carlota con suavidad.

-A veces a los bosques cercanos al palacio, otras a las praderas. También viajo a algunos pueblos donde abundan bestias salvajes. Tengo un salón personal donde conservo las cabezas más memorables. -Su tono fue casi casual, como si hablara de trofeos decorativos.

Carlota frunció levemente el ceño, sin querer parecer irrespetuosa.

-Eso suena… un poco terrorífico.

Carlos soltó una breve risa.

-No es para tanto. Cazar ayuda a liberar tensiones. El estrés, la ira… uno vuelve renovado.

-Entonces… es bueno para la salud -murmuró ella, intentando seguirle el ritmo.

-Se podría decir que sí -dijo Carlos.

En ese momento, el sirviente regresó con el té de canela. Carlota lo recibió con una sonrisa y agradeció con un leve gesto. Tomó la taza con ambas manos y bebió con lentitud, cuidando de no hacer ruido.

Carlos la observó con atención, apoyando una mano bajo el mentón.

-Eres… muy frágil y delicada, princesa. Como una flor -susurró, bajando la voz-. Pero no cualquier flor… una de esas que no se encuentran en cualquier jardín. Una que merece ser cuidada con esmero.

Carlota se sonrojó al instante. Bajó la vista y murmuró, casi sin voz:

-Gracias… es muy amable.

Carlos le dedicó una sonrisa, esta vez más amplia y encantadora.

-La amable eres tú. Y muy bonita, si me permites decirlo. Te pareces mucho a tu madre… aunque con una dulzura más… reservada.

Carlota asintió en silencio, aún ruborizada. Sus dedos jugueteaban con el borde de la taza.

Carlos continuó conversando con Carlota con un encanto meticuloso.

-Entonces… ¿te gusta la música? -preguntó él, ladeando el rostro mientras la observaba beber el té con delicadeza-. Debo confesarte que hay algo fascinante en una mujer que toca instrumentos. Es como si sus manos no solo acariciaran cuerdas… sino también el alma de quien la escucha.

Carlota sonrió con timidez, bajando la mirada.

-Me gusta el piano… y el arpa, en especial.

-Ah, el arpa -repitió Carlos con voz baja-. Un instrumento tan etéreo… como tú. Me encantaría escucharte tocar alguna vez. Aunque temo que, si lo haces, terminaré por enamorarme de la melodía… o de quien la ejecuta.

Ella se sonrojó bastante y soltó una risita nerviosa, sin saber cómo responder.

-No soy tan buena como para tanto…

-Permíteme ser juez de eso -dijo él con una sonrisa ladeada-. Y si no es por tu habilidad… será por tu encanto.

Conversaron un rato más sobre temas ligeros: los jardines del palacio, el clima de la región, las diferencias entre ambos imperios. Carlota fue relajándose poco a poco, encantada por la atención que recibía y la fluidez de la charla. Tras el desayuno, cuando las tazas ya estaban vacías y el sol se filtraba por los altos ventanales, Carlos se levantó y se acercó a la emperatriz Calista con una leve reverencia.

-Su alteza… -dijo en tono formal-. Me preguntaba si podría tener el honor de mostrarle a la princesa los jardines del palacio. Sería un paseo breve, solo para que conozca la belleza de este lugar… y, con suerte, para que se lleve una buena primera impresión.

Calista sonrió, complacida con la actitud del príncipe.

-Por supuesto, príncipe Carlos. Me parece una excelente idea. Carlota necesita conocer su nuevo hogar. Además, será bueno que conversen lejos de los muros.

Carlota se levantó de su asiento, insegura. Carlos se adelantó con cortesía, ofreciéndole el brazo.

-¿Me permites, princesa?

Ella dudó un segundo, luego asintió con una suave sonrisa, colocando su mano sobre su brazo. Juntos comenzaron a caminar por los pasillos del palacio, saliendo por una arcada hacia los jardines bañados por el sol matinal. Las flores, aún frescas por el rocío, despedían un aroma suave y envolvente.

Mientras caminaban, Carlos le señalaba algunas esculturas, rosales y fuentes. Él hablaba con galantería, haciendo preguntas sobre las flores favoritas de Carlota, sus colores preferidos, y dejando caer piropos envueltos en metáforas.

-¿Sabes? Si fueras una flor, sin duda serías una dalia. Elegante, serena… pero con una belleza que exige ser contemplada.

-Yo… no sé qué decir cuando me dice esas cosas -admitió Carlota, sonrojada.

-No digas nada -replicó él, con una sonrisa-. Solo sigue caminando a mi lado. Eso ya me basta.

Sin embargo, mientras pasaban por uno de los senderos laterales, Carlota notó a un grupo de sirvientas que caminaban en dirección contraria. Algunas las reconocía del desayuno, otras eran nuevas. Cuando pasaron cerca, creyó escuchar murmullos a media voz. Al principio no entendió, pero entre las frases susurradas, una llegó a sus oídos:

-…actuando como si nada después de lo que hizo…

Sus pasos se volvieron más lentos. Su cuerpo aún colgaba del brazo de Carlos, pero su mente se había desviado. Volvió el rostro ligeramente, fingiendo interés por una flor, mientras intentaba escuchar más. Pero los murmullos se alejaron con rapidez.

La incomodidad se apoderó de ella. Sintió una punzada en el pecho. ¿Acaso hablaban de ella? ¿Había causado alguna impresión negativa? ¿O se referían a su compromiso con Carlos?

-¿Pasa algo? -preguntó Carlos, notando su cambio de expresión.

-No… nada -murmuró Carlota con una sonrisa rápida-. Solo… escuché algo.

-¿Alguien te ha dicho algo impropio? -inquirió él, frunciendo apenas el ceño-. Si es así, dímelo. Puedo encargarme de ello en un instante.

-No, no… no fue así -mintió ella, apartando la mirada-. Tal vez solo imaginé cosas. Estoy un poco cansada, eso es todo.

Carlos la miró unos segundos, luego soltó una pequeña risa y, sin soltarla, se inclinó un poco hacia ella.

-No dejes que los susurros turbien tu día, princesa. Aquí… la mayoría guarda secretos. Y los secretos son como las flores marchitas: mejor no olerlos.

Carlota asintió débilmente, pero no pudo evitar preguntarse qué secretos escondía él…

Mientras…

Mientras Carlos y Carlota paseaban entre fuentes y rosales, en el salón principal, los emperadores permanecieron sentados en los sillones imperiales, acompañados solo por un par de sirvientes que discretamente llenaban las copas con vino de cerezas y cuidaban de no interrumpir el diálogo.

-El próximo equinoccio nos dará tiempo suficiente para organizar una boda digna de ambos imperios -comentó César con voz firme, mientras deslizaba los dedos por el borde de su copa-. El Gran Salón Dorado será adecuado. Tiene capacidad para quinientos invitados y vistas directas al lago. Los vitrales fueron restaurados el año pasado.

-Suena apropiado -respondió Calista, con una sonrisa cortés, pero sin desviar la mirada de su copa-. Aunque… me preocupa menos el lugar y más la persona con la que mi hija compartirá el resto de su vida.

César la miró con atención. Calista era elegante, pero no ingenua. Había una advertencia delicada entre sus palabras.

-Sé por qué lo dice -dijo el emperador tras un leve suspiro-. Ha escuchado rumores… y no la culpo. Carlos no siempre ha sido el más… disciplinado de mis hijos.

-He escuchado más que rumores, César -dijo ella con tono sereno, pero con precisión-. Se habla de mujeres, de desplantes, incluso de violencia. No es algo que se diga una vez y se olvide. Y, francamente, no quiero que Carlota se convierta en un trofeo que él utilice para limpiar su reputación.

César frunció ligeramente el ceño y se inclinó hacia adelante.

-Carlos ha tenido sus errores, lo admito. Pero es un joven ambicioso, preparado para gobernar. Ha vivido bajo exigencias muy duras… Y la presión de un linaje como el nuestro no es fácil de llevar. Le aseguro que está cambiando. Esta unión es una nueva etapa para él, y para todos nosotros.

Calista asintió lentamente.

-Eso espero. Porque Carlota, aunque tímida, es noble de espíritu. No ha sido criada para soportar desaires ni faltas de respeto. Ha sido instruida para gobernar a través de la armonía, no del miedo.

-Y así gobernará -dijo César con tono solemne-. Esta unión no solo fortalece nuestras casas, sino que asegura una línea hereditaria poderosa.

-Una responsabilidad tan grande no puede recaer en la fragilidad de un capricho -añadió Calista con firmeza-. Quiero ver a Carlos proteger a mi hija, no solo cortejarla en público para calmar rumores.

-Le aseguro, Calista -dijo César, con una mirada más seria-, que la protegerá. Si no lo hace… será él quien tenga que enfrentarse a mí. No permitiré que la política arruine lo que podría ser la mejor etapa de nuestros imperios.

La emperatriz mantuvo su expresión imperturbable por unos segundos, luego asintió con elegancia.

-Muy bien. Entonces confiaré en su palabra, César. Por el bien de Carlota… y por el futuro de nuestras naciones.

Ambos alzaron sus copas en un brindis.

Tras el brindis, un silencio breve pero cómodo se instaló entre ambos soberanos. El sol matinal entraba por los ventanales altos del salón, tiñendo de dorado los tapices con bordados imperiales.

-Dígame, Calista -retomó César con tono más ligero-, ¿qué flores prefiere su hija para el enlace? La primavera estará en su punto más alto para entonces, y los jardines de palacio pueden adaptarse a cualquier petición.

La emperatriz se acomodó en el respaldo de su sillón, observando el brillo del vino en su copa.

-Carlota siempre ha amado las peonías y los lirios blancos. Aunque los cerezos en flor la conmueven especialmente. Si fuera posible, me gustaría que los arreglos florales tuvieran una mezcla de esos tonos… rosa suave, blanco perlado… algo delicado, sin estridencias. Ella es una joven reservada, y no le agradan las exhibiciones exageradas.

-Perfecto -asintió César-. Haré que el maestro de jardinería supervise personalmente el trabajo. Podemos traer peonías frescas desde los invernaderos del norte y cerezos del valle de Mairen. Incluso podemos preparar un sendero floral desde el altar hasta el salón de celebración. Que el aroma guíe a los invitados como un presagio de la unión.

Calista sonrió con leve aprobación.

-Una idea poética. Carlota lo apreciará. En cuanto al banquete… ¿tienen ya en mente el menú?

-He hablado con la chef real -respondió César, cruzando sus brazos-. Sugerí una mezcla de nuestras cocinas imperiales: los estofados especiados de Rubethia, el pan trenzado de queso y romero, junto a los postres de Arcuarza. Pastel de miel con crema de almendras, frutas frescas del sur, y un vino dulce de nuestra reserva más antigua.

-Interesante -asintió Calista, meditando-. Me gustaría que incluyeran también los dulces de rosas y limón que tanto le gustan a Carlota. Y té de canela. Ella no toma vino en exceso… A veces lo evita por completo.

-Lo tendremos en cuenta-dijo César con una inclinación de cabeza-. Cada mesa tendrá opciones variadas. La celebración durará tres días, y quiero que en ningún momento falte abundancia. El pueblo también participará. Habrá festejos en las plazas, bailes nocturnos y torneos de esgrima y caza.

-¿Torneos? -preguntó Calista, con una sonrisa irónica-. ¿Una forma sutil de mostrar a Carlota el vigor de su prometido?

-Tal vez no tan sutil -respondió César con una leve risa-, pero efectiva. Carlos se lucirá. Es uno de los mejores cazadores del imperio.

-Esperemos que sepa también usar las palabras con la misma destreza. Las alianzas no se ganan solo con fuerza.

-En eso coincidimos -replicó César con sinceridad.

Ambos se miraron por un instante, leyendo entre líneas, conscientes de que lo que estaban planeando era mucho más que una boda: era el símbolo de una nueva era para dos imperios que habían aprendido a mirarse de frente, después de años de diferencias.

-¿Qué opina del vestido? -preguntó César, cambiando de tema con un matiz más amable-. ¿Lo confeccionarán en Arcuarza?

-Por supuesto -respondió Calista, con orgullo-. Ya está siendo bordado con hilos de oro y cuarzos. Se necesitarán al menos tres semanas para terminarlo. Las mangas tendrán encaje de cuarzos tejido a mano por las tejedoras del sur. Carlota lucirá como una emperatriz… desde el primer día.

-Entonces haremos que el altar esté a la altura de su belleza -dijo César-. Colocaremos un dosel bordado con la unión de nuestros emblemas: el rubí de Rubethia y el cuarzo de Arcuarza, entrelazados. Una promesa al pueblo, y a la sangre que vendrá.

Calista asintió. Por primera vez, sus ojos mostraron una chispa de emoción.

-Así será. Que esta boda no solo una imperios… sino corazones.

Más tarde…

Carlos y Carlota tomaron asiento en un banco de piedra, entre parras verdes y flores enredadas que perfumaban el aire con lirios y madreselvas. Un estanque cercano dejaba oír el susurro de su fuente.

-¿Y bien? -preguntó Carlos, estirando las piernas con arrogancia disimulada-. ¿Cómo te gustaría gobernar, mi futura emperatriz?

Carlota observó un pétalo caer de una flor cercana y lo tomó entre los dedos antes de responder con la voz serena.

-Con equilibrio… y justicia. Creo que un imperio fuerte necesita no solo poder, sino también compasión. He visto lo que sucede cuando los nobles olvidan al pueblo. Gobernar no es imponer, es guiar. Quiero que nuestras decisiones beneficien a todos… no solo a los de arriba.

Carlos la miró con atención fingida, sus labios curvándose apenas en una sonrisa.

-Una visión noble… muy a tu estilo. Yo, por mi parte, prefiero la autoridad bien clara. A veces el pueblo solo necesita una voz firme que lo mantenga unido. El orden es esencial… y si podemos gobernar con belleza y elegancia como tú lo harías, entonces todos quedarán encantados.

Carlota desvió la mirada con una pequeña risa, aunque sus ojos se oscurecieron un instante. Varias sirvientas caminaban por los pasillos del jardín, cuchicheando entre ellas con la cabeza inclinada hacia los setos. Aunque no podía oír con claridad, alcanzó a percibir una palabra: “Pobrecita…”

Tragó saliva y entrelazó las manos en su regazo.

Carlos notó la tensión en su mirada.

-¿Pasa algo, princesa?

-No… -respondió, negando con la cabeza-. Solo es el aire… tal vez el cambio de clima me afecta.

-Vamos -insistió él, inclinándose un poco hacia ella-. No te creo, Carlota. Te noté inquieta. ¿Qué sucede?

Ella dudó, pero terminó hablando con sinceridad:

-Siento que todos me observan… como si me analizaran, juzgaran. A veces pienso que murmuran sobre mí, sobre cómo me visto, si soy digna de ser emperatriz… o si no encajo aquí.

Carlos soltó una carcajada breve.

-¿Eso es todo? -dijo con un tono divertido-. Te miran porque eres hermosa, Carlota. No lo pueden evitar. Seguro están comentando lo suertudo que soy de tenerte a mi lado.

Ella sonrió con dulzura y bajó la mirada.

-Eres muy amable.

-No, solo sincero -respondió, inclinándose más-. Y si te hace sentir mejor, quiero mostrarte algo.

Carlota alzó la vista, curiosa. Carlos le ofreció la mano. Ella asintió con un leve gesto y ambos se levantaron. Recorrieron un pasillo, cruzaron un salón y finalmente llegaron a una sala con vitrales de colores. Dentro, los rayos del sol caían sobre decenas de instrumentos antiguos, alineados como joyas.

-Este salón es poco conocido -comentó Carlos-. Era de mi madre. Nadie viene aquí ya.

Carlota se acercó, admirando los laúdes, violines, clavicémbalos, tambores de piel curtida, y al fondo, un arpa tallada con motivos lunares.

-¿Puedo… tocarla?

-Encantado -respondió Carlos, haciendo una reverencia.

Carlota se sentó frente al arpa. Sus dedos acariciaron las cuerdas con tanta delicadeza que las notas flotaron como pétalos en el aire. La melodía, suave y melancólica, se extendió hasta los pasillos. Afuera, los guardias y criadas se detuvieron un momento.

Carlos la miraba con expresión embelesada, aunque fingida. Cuando ella terminó, el silencio dejó una estela de calma detrás.

-Tienes un don -dijo él, aplaudiendo suavemente-. Jamás había escuchado algo tan hermoso… Bueno, excepto tu voz, tal vez.

Carlota bajó la mirada, sonrojada.

-Oh, por favor…

-No, en serio -continuó él, acercándose-. Si no fueras princesa, serías una artista aclamada. ¡Tal vez más famosa que cualquier música de la corte!

Carlota soltó una risita suave.

-Tal vez tengas razón…

Carlos le ofreció la mano de nuevo. Esta vez, al tomarla, él la sostuvo un segundo más de lo necesario. Sus ojos bajaron hacia sus labios y se inclinó para besarla, pero Carlota retrocedió con un leve sobresalto.

-Ehm… ¿y el príncipe Eduard? -preguntó de pronto, con tono nervioso-. Sé que tienes un hermano menor. Me preguntaba por qué no lo he visto aún.

Carlos se enderezó. La mención de ese nombre apagó su rostro por un instante.

-Eduard… está en Orinzuly. Asistiendo a la boda de la princesa Ciel.

-Ah, sí… la conozco. Me invitó, pero no pude asistir. Tu imperio me esperaba.

-Nuestro imperio -dijo Carlos, recuperando su tono seductor-. Pronto será también tuyo.

Carlota sonrió suavemente, luego lo miró con curiosidad.

-¿Y cómo te llevas con tu hermano?

Carlos se volvió hacia un piano, pulsando una nota con desgano.

-Nuestra relación es… complicada. Desde niños hemos sido diferentes. No hay enemistad, solo… diferencias. Cosas de hermanos.

-Oh -dijo ella, algo decepcionada-. Pensé que se llevarían mejor. Yo me llevo bien con el mío. Es reservado, pero muy dulce. Compartimos gustos, y… bueno, también fue preparado para gobernar.

Carlos apretó la mandíbula, pero no lo demostró. Con un tono más ligero, replicó:

-Eduard siempre ha sido… distinto. Pero mejor hablemos de ti.

-¿De mí?

-Sí. Quiero saber cómo fue tu infancia.

Carlota se sentó frente al piano y comenzó a tocar unas teclas al azar, sin formar aún una melodía.

-Desde pequeña fui instruida para ser emperatriz. Había horarios, estudios, protocolos. A veces sentía que el día no tenía espacio para ser niña. Pero también aprendí muchas cosas… a escuchar, a decidir, a entender la corte. Cuando podía, jugaba con mi hermano. Él también era preparado para el trono.

-Vaya -comentó Carlos, sin mucho entusiasmo-. Muy parecido a mi vida… aunque yo solía escaparme a hacer travesuras. Rompía las reglas, pero nunca causé problemas graves -añadió con una sonrisa.

-Los príncipes suelen tener vidas parecidas. Siempre preparados para lo que han nacido -dijo Carlota-. ¿Tú estás listo para esa responsabilidad?

Carlos dudó un instante.

-Algo así. Pero estoy seguro de algo… me encantaría pasar esa vida a tu lado.

Carlota lo miró con una sonrisa cálida.

-Estoy segura de que tendremos una vida maravillosa.

Carlos la observó en silencio un segundo más, y sonrió. Su sonrisa no era del todo honesta, pero convincente.

-Sí… una vida maravillosa.

En tanto..

El cuarto del servicio estaba en penumbra, pero ya no tan silencioso como días antes. Margaret había entreabierto un poco las cortinas, permitiendo que un hilo de luz cálida iluminara la habitación.

Leyla seguía en la cama, recostada contra la almohada, pero ya no parecía una estatua. Respiraba con más fuerza. Parpadeaba. Y aunque sus ojos seguían hinchados y rojos, había un pequeño destello de vida asomándose entre la tristeza.

Margaret, sentada a su lado, sostenía un plato con avena caliente.

—No tienes que terminarlo todo… —dijo con voz suave—. Solo un poco, ¿sí? Lo que tú quieras.

Muy despacio leyla comió una cucharadita.

Margaret contuvo el aire al verla comer.

Leyla tragó y cerró los ojos, como si fuera un esfuerzo enorme, pero volvió a tomar otra cucharada.

—Eso es… —susurró Margaret con un alivio que se le notaba en los ojos—. Muy bien, Leyla. Gracias… gracias por intentarlo.

Leyla apoyó la cuchara sobre el plato con un suspiro débil.

—No sé si… pueda seguir así —murmuró por primera vez, con la voz rota—. Me siento… sucia, Margaret. Como si no fuera yo.

Margaret dejó el tazón a un lado y tomó su mano con cuidado.

—Tú sigues siendo tú —respondió firme—. Nada de lo que pasó te borra. Nada.

Leyla tragó saliva, apretando la sábana entre los dedos.

—Me duele… —susurró—. Aquí —se tocó el pecho—. Y aquí… —y se tocó la sien—. Todo el tiempo. No puedo… no puedo sacarlo de mi cabeza…

Margaret acercó más su silla, inclinándose hacia ella.

—Lo sé… —dijo con un temblor en la voz—. Yo también estoy enojada. Y triste. Y me siento una inútil por no haber estado ahí…

—No digas eso —Leyla la interrumpió con un hilo de voz, apenas audible—. Tú has sido lo único… lo único bueno estos días…

Margaret abrió los ojos con sorpresa.

No esperaba escuchar eso.

Y menos en esa voz quebrada.

—Leyla… yo solo quiero que estés bien. Te juro que haré lo que sea por ayudarte.

Leyla bajó la mirada, como si algo dentro de ella se hubiese roto.

—Yo… escuché a algunas sirvientas… —dijo con una sonrisa triste que no llegó a sus ojos—. Dicen que me lo busqué. Que… que seguro lo provoqué.

Las palabras se atoraron.

Su voz tembló.

Los labios se le apretaron.

Y entonces, el muro se rompió.

Leyla se cubrió el rostro con ambas manos y comenzó a llorar.

No un llanto suave.

No un llanto silencioso.

Sino un sollozo desgarrador, ahogado, que parecía salir de lo más profundo de su alma herida.

Margaret la abrazó al instante, rodeándola con los brazos como si temiera que se desmoronara entre sus dedos.

—No les creas… —repitió una y otra vez, con lágrimas propias cayendo sobre los hombros de Leyla—. No les creas, por favor. Son víboras. No saben nada. Tú no hiciste nada malo. Nada.

Leyla apretó con fuerza el vestido de Margaret, temblando.

—Tengo miedo… —confesó entre jadeos—. No quiero volver a verlo. No quiero salir. No quiero que me miren así…

—No estás sola —susurró Margaret, acariciándole la cabeza, arrullándola como si fuera una niña—. Estoy contigo.

Estoy contigo, Leyla.

Y mientras yo respire, nadie volverá a tocarte.

La muchacha continuó llorando contra su pecho, dejando salir días de dolor acumulado.

El cuarto quedó en silencio otra vez, salvo por el murmullo lejano del viento contra las ventanas.

En ese silencio, Leyla entendió que la chica que había sido aquella noche había muerto. El abuso infligido por el príncipe Carlos no había sido una herida, sino una extirpación. No solo había marcado su carne; había arrancado de raíz su seguridad, había destrozado su inocencia y le había robado la voz.

El trauma no es el acto; es la sombra que proyecta para siempre. Comienza cuando el agresor se va, dejando un vacío que él mismo ha creado. Es un impacto sísmico que sacude los cimientos del ser, dejando la mente, el alma y el cuerpo en ruinas. Un asco profundo por sí misma se anidó en su estómago, una náusea constante por una mancha que no estaba en su piel, sino en su esencia, una suciedad invisible que sentía que todos podían ver. Se refugió en el aislamiento, no por cobardía, sino por un instinto de supervivencia. Temía las miradas, no por piedad, sino por el juicio, por esa terrible costumbre de escudriñar a la víctima en busca de una culpa que nunca le pertenece, mientras el verdugo camina libre.

Y el miedo. El miedo se había convertido en su sombra inseparable. Su mente, ahora un campo de batalla, le devolvía la escena en fragmentos afilados: la fuerza de sus manos, el peso aplastante de su cuerpo, el susurro venenoso en su oído.

Cada recuerdo era un asalto que le cortaba la respiración, un sudor frío que empapaba su frente y la ahogaba en una habitación llena de aire. Era pánico en estado puro, una alerta roja que sonaba sin cesar, convencida de que la amenaza podía volver en cualquier momento. Su cuerpo, en un último acto de protección, había decidido apagar los sentidos. La había encerrado en un silencio tan profundo que ni siquiera el amor de Margaret podía atravesarlo.

Pero lo más cruel no fue la violencia del acto en sí. Fue el robo a sangre fría de su futuro. Carlos le había arrebatado la paz, la dignidad, la posibilidad de sentir alguna vez a salvo en su propia piel. El abuso sexual no nace del deseo, sino del poder.

Él no la violó por amor, ni siquiera por una lujuria auténtica. La violó porque podía. Porque su título le otorgaba el derecho impune de creerse dueño de todo, incluso de un cuerpo que no le pertenecía. La violencia sexual es el lenguaje más puro de la dominación, la expresión más despiadada de un ego que se siente con derecho a poseer. Leyla no fue una persona para él; fue un objeto, un lienzo sobre el que descargar su furia y reafirmar su poder aristocrático, una venganza indirecta contra un hermano que había herido su orgullo.

Y así, mientras Carlos continúa su existencia entre jardines perfumados y los preparativos de su boda real, Leyla yace inmóvil en una cama, convertida en un fantasma en su propia vida, rota y sin voz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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