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Imperio De Pasiones - Capítulo 15

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Capítulo 15: Capítulo 14: Redención en la penumbra.

El silencio reinaba en el despacho imperial, interrumpido solo por el leve crujido de la pluma rasgando un pergamino. La luz del mediodía entraba oblicua por los altos ventanales, proyectando sombras alargadas sobre las alfombras orientales. Sentado tras el pesado escritorio, el emperador César revisaba, uno por uno, los documentos que se apilaban frente a él: títulos de tierras, permisos de explotación, herencias de antiguos nobles que ahora pasaban a dominio de la corona. Cosas que antes revisaba con frialdad… pero hoy, sus pensamientos se escapaban, se perdían, como arena entre los dedos.

Apoyó la pluma en el tintero con un suspiro largo, cerró los ojos un instante y se recostó en el respaldo de su silla.

Eduard..

El nombre se le clavó en la mente. Lo recordaba de niño: reservado, callado, pero siempre obediente. No era como Carlos, que desde pequeño gritaba lo que quería, rompía juguetes y golpeaba sirvientes sin motivo. Eduard, en cambio, se escondía en los jardines, hablaba poco y lo observaba todo en silencio… siempre en silencio.

César se pasó una mano por la barba, incómodo con el recuerdo. La verdad era que nunca lo crió. Apenas le prestó atención. Lo mantuvo al margen, como si fuera una sombra incómoda de un error del pasado. Mientras alzaba a Carlos con elogios y regalos, a Eduard lo dejaba solo, confiando en que el tiempo o los libros se encargarían de formarlo. Nunca se detuvo a mirarlo de verdad. No le dio palabras ni afecto, ni dirección. Tal vez porque le recordaba demasiado a ella… o tal vez porque nunca quiso admitir que también era su hijo.

Y sin embargo, Eduard creció. Más educado, más respetuoso que su hermano. Más humano. ¿Cómo era posible que aquel niño que apenas recibió nada… hubiese salido tan distinto?

Pero al final… quizás solo lo había herido.

Lo había aislado. Le había negado afecto, atención, hasta una palabra amable. Mientras que a Carlos… a Carlos le dio todo. Demasiado. Lo llenó de lujos, de privilegios, de halagos. Le perdonó cada falta, le cubrió cada escándalo. Cerró los ojos demasiadas veces, incluso cuando el niño humillaba a los demás por mero placer.

Se llevó las manos al rostro, frotándose los ojos con fuerza.

—¿Qué hice…? —susurró para sí mismo, como si esperara que las paredes le respondieran.

A uno lo ignoró por completo. Al otro, le permitió todo.

A Eduard le negó su mirada, su tiempo, su voz. A Carlos, le negó el límite que da el amor verdadero.

¿Qué habría pasado si no los hubiese comparado desde el principio?

¿Y si hubiese tratado a ambos como iguales?

¿Sería Eduard como Carlos? ¿O Carlos como Eduard? ¿Habría alguna diferencia?

Tal vez sí. Tal vez no.

Tal vez ya era demasiado tarde para saberlo.

El peso del silencio se hizo más denso. Tomó una copa de vino sin tocar y la giró en sus manos, contemplando el líquido rojo.

—Dieciocho años… —murmuró con amargura—. Tardé dieciocho años en abrir los ojos.

El papel que tenía delante era un informe de administración de tierras, nada relevante… hasta que un nombre resaltó entre líneas: mansión Rubethia, una de las propiedades más antiguas de la familia imperial, ubicada en una región remota, alejada de todo. Nadie la había usado en años. También figuraban villa dorada, una mansión rodeada de colinas floridas, y casa hermandad, casi un castillo, fuerte, aislado, segura.

Pasó los dedos por los nombres, pensativo.

Una idea le cruzó la mente. Extraña. Inesperada. Pero no imposible.

¿Y si los enviaba allí?

Leyla. Eduard. Lejos del palacio. Lejos de Carlos. Lejos del veneno que los rodeaba. Podrían vivir en paz, sin la presión de la corte, sin el peligro constante. Al principio, cuando supo que su hijo se veía con una sirvienta, se sintió ofendido, incluso furioso. ¿Cómo podía desviar su atención del deber imperial por una criada? Había pensado en separarlos para encaminarlo hacia un destino más digno: una alianza con alguna princesa o con una noble poderosa. Por eso… por eso había dejado que Carlos tomara a Leyla como amante. Porque pensó que así, tal vez, Eduard se alejaría, como el buen hijo que era, obediente hasta el último aliento.

Pero Carlos… Carlos no la quiso. La violó.

La copa tembló en sus manos. La dejó sobre el escritorio con fuerza, derramando unas gotas sobre un papel.

—Maldito seas, Carlos… —masculló entre dientes—. ¿Qué clase de monstruo he creado?

Había querido que su hijo mayor fuera como él: apuesto, fuerte, astuto. Pero nunca quiso que fuera… eso. Un depravado sin conciencia. Un psicópata narcisista que solo se preocupaba por sí mismo, por su placer, por su poder. Ahora no sabía qué temía más: que Carlos tuviera hijos, o que Eduard se volviera como él… si lo empujaban demasiado.

Porque sí… podía sentirlo.

Al enterarse de la violación, Eduard podría arder de ira. Si amaba a esa joven, si de verdad la amaba, podría partirle el cráneo a su hermano con sus propias manos. Y si no encontraba justicia… tal vez buscaría venganza.

Se llevó una mano al pecho. ¿Y si Eduard perdía el control? ¿Y si se volvía como Carlos… o peor?

¿Y si lo odiaba a él también?

¿Y si lo mataba?

Después de todo, la sangre de Rubethia llevaba siglos gestando locura. Asesinos. Paranoicos. Traidores. ¿Sería este un ciclo que se repetiría?

Volvió a mirar los papeles de las propiedades.

Mansión Rubethia , villa dorada y casa hermandad..

Lejanos. Silenciosos y Disponibles.

—Quizá… quizá si los envío lejos… si están juntos, si le doy paz a Eduard… —se detuvo, meditando—. Tal vez Carlos los deje en paz. Tal vez… eso calme la tempestad.

Pero también había un riesgo. Si les daba esa libertad, Carlos podría reaccionar peor. Podría buscarlos. Podría intentar hacerles daño. Y si Eduard lo enfrentaba… el imperio podría perder a uno… o a ambos.

—¿Qué es lo correcto…? —murmuró—. Si dejo que Leyla viva, Eduard vivirá. Pero Carlos querrá destruirlos. Si elimino a Leyla… Eduard me odiará. Y podría matarme. A mí o a su hermano.

Suspiró hondo, se cubrió el rostro con ambas manos.

—Dioses… ¿qué maldición pesa sobre esta familia?

No había decisión fácil. Ni salida limpia.

Finalmente, alzó la vista. Encerrado entre papeles, mapas y nombres de fincas y mansiones, el emperador encontró, por primera vez en muchos años, una mínima chispa de arrepentimiento.

Quizá había fallado como padre.

Quizá aún podía enmendar algo.

Quizá.

Tomó uno de los papeles, mojó la pluma y comenzó a escribir instrucciones sobre el mantenimiento y abastecimiento de la mansión Rubethia. Un lugar tranquilo. Rodeado de bosques. Con suficiente personal. Seguro.

—Que no falte nada —murmuró para sí mismo mientras escribía—. Ni alimento… ni médicos… ni paz.

Y con ese gesto silencioso, el emperador, por primera vez, intentó proteger a su hijo.

Pasaron minutos.

El emperador dejó la pluma a un lado, con las manos levemente manchadas de tinta. La copa de vino seguía intacta, olvidada. Se quedó allí unos segundos más, respirando hondo, mientras el sol del mediodía avanzaba lentamente por el ventanal. Las cortinas pesadas temblaban con la brisa que lograba filtrarse apenas.

Suspiró una vez más, esta vez con resignación, y se incorporó con esfuerzo. Caminó hacia la gran puerta que daba al pasillo. La abrió de par en par.

Dos guardias, firmes como estatuas, lo flanquearon con una leve inclinación de cabeza. El emperador los observó un instante y luego, con voz firme y grave, ordenó:

—Traedme a Danniel. De inmediato.

—Sí, su majestad —respondieron al unísono, antes de marcharse con paso veloz por el corredor.

César se quedó allí, de pie, observando el mármol pulido del suelo del palacio. Cuántos años habían pasado por aquellas paredes… Cerró la puerta sin prisa y volvió a su escritorio, sentándose con pesadez. Sus dedos tamborileaban sobre el papel aún húmedo con la tinta de su decisión. Una decisión que, por primera vez en años, nacía más del corazón que del deber.

Pocos minutos después, se escucharon pasos discretos y una leve llamada en la puerta.

—Adelante —dijo César sin levantar la vista.

La puerta se abrió con suavidad.

—Me mandó llamar, su majestad.

—Sí, Danniel. Toma asiento —respondió el emperador, señalando el sillón frente al escritorio.

Danniel, acostumbrado a la reserva y gravedad de su señor, obedeció sin preguntas. Se sentó, manteniendo la espalda recta y las manos sobre las rodillas.

—¿En qué puedo servirle?

César lo miró fijamente. Por unos segundos no respondió. Luego, con calma, tomó el pergamino que había escrito minutos antes y se lo extendió.

—Necesito que viajes a esta propiedad, a una de las mansiones antiguas de Rubethia. Toma este documento. Ahí está todo lo que debe prepararse antes de que mi hijo llegue.

Danniel tomó el papel y comenzó a leer, sus cejas alzándose apenas al recorrer las líneas con los requisitos: provisiones suficientes, presencia médica discreta, mobiliario en perfecto estado, un entorno seguro y tranquilo. Al terminar, alzó la mirada hacia el emperador, con cierta reserva.

—¿Está seguro… de enviarlo allí, majestad?

César asintió, con expresión impenetrable.

—Más seguro que de muchas decisiones que tomé antes.

—¿Él irá solo? —preguntó Danniel con cautela.

—No —respondió el emperador tras un breve silencio—. La sirvienta Leyla irá con él.

Danniel no dijo nada por unos segundos, aunque la sorpresa se notaba en la tensión de sus hombros. Luego asintió lentamente.

—Entiendo. Entonces… ¿esto es una especie de… exilio discreto?

César apoyó ambos codos sobre el escritorio y entrelazó las manos.

—No. Es… una retirada estratégica. Por su seguridad. Por la de ella. Y quizá por la del imperio también.

Danniel inclinó la cabeza con respeto.

—Haré lo necesario. Partiré esta misma tarde.

—Asegúrate de que todo esté listo antes de que lleguen. Quiero que ese lugar sea… un refugio.

—Así será, su majestad.

El lacayo se levantó, hizo una profunda reverencia y se encaminó a la puerta. Justo antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro.

—¿Desea que le comunique esto al príncipe Carlos?

César negó con la cabeza.

—No. Cuando llegue el momento… se lo diré yo mismo.

Danniel hizo una última inclinación y salió, cerrando la puerta con suavidad.

La habitación quedó nuevamente en silencio.

El emperador se recostó en su asiento, sintiendo el peso de los años en los hombros. Miró el espacio donde momentos antes estuvo su hombre de confianza. El leve eco de la conversación aún flotaba en el aire.

¿Hacía lo correcto?

¿O simplemente intentaba salvar lo poco que quedaba de su nombre?

No tenía respuestas. Solo un deseo: que Eduard no lo odiara más de lo necesario… y que esa joven pudiera tener una vida lejos del infierno que él mismo había contribuido a crear.

Se llevó una mano al pecho. Por primera vez en mucho tiempo, el emperador sintió algo que no reconoció de inmediato: culpa.

Más tarde…

El sol de la tarde teñía de cobre las murallas imperiales de Rubethia cuando el carruaje del príncipe Eduard cruzó finalmente los portones del palacio. Las ruedas avanzaban sobre los adoquines como si el tiempo mismo se hubiera vuelto lento, pausado, sereno.

El carruaje se detuvo frente a la escalinata principal, y Eduard descendió con natural elegancia. Había regresado tras una corta estadía en Orinzuly, y aunque el viaje lo había agotado, sus ojos brillaban. Llevaba en una mano su capa y, en la otra, con sumo cuidado, una taza de porcelana blanca con relieves tallados e incrustaciones de lapislázuli. Una joya pequeña y delicada que le había sido obsequiada por la emperatriz Ciel, como recuerdo del palacio extranjero. Al instante en que la vio, supo que era para Leyla.

Un guardia apostado junto a las escaleras, al verlo, enderezó la postura y se llevó el puño al pecho con reverencia.

—Su alteza… ¿desea que anuncie su llegada al emperador?

Eduard negó con la cabeza suavemente, con una sonrisa breve.

—No es necesario. Lo saludaré más tarde, cuando esté más presentable. Que lleven mis cosas a mis aposentos y tengan cuidado con el baúl menor —añadió, haciendo un gesto hacia el carruaje —. Hay objetos delicados allí.

—Sí, mi señor —respondió el guardia, girándose de inmediato para transmitir las órdenes.

Eduard avanzó entonces por los pasillos amplios del palacio, con sus techos altos sostenidos por columnas de mármol oscuro y tapices históricos colgando de las paredes. La luz entraba por las galerías de cristal y proyectaba reflejos cálidos sobre el suelo bruñido.

El príncipe caminaba sin prisa, observando los rincones con una nostalgia suave, como si todo aquello que veía hubiera cambiado solo ligeramente en su ausencia. Su corazón, sin embargo, latía con calma, incluso con cierta ilusión. Imaginaba el rostro de Leyla, sus ojos azules, su voz dulce. Quizás se sorprendería al verlo de vuelta, pensaba. Quizás se sonrojaría, como siempre, y bajaría la mirada.

Los sirvientes que pasaban a su lado se detenían, inclinaban la cabeza, y murmuraban algo apenas audible entre ellos. Eduard notaba esas miradas fugaces, esas palabras entre dientes. Pero no les dio importancia. Quizás sorprende mi regreso, pensó.

A medida que avanzaba, su inquietud comenzó a despertar. No veía a Margaret, ni tampoco a Leyla, y eso sí le resultaba extraño. Decidió preguntar. Detuvo a una doncella que llevaba una bandeja de frutas.

—¿Has visto a Leyla? ¿O a Margaret?

La joven bajó la cabeza, torpe y nerviosa.

—L-lo siento, su alteza… no… no sabría decirle…

Siguió andando. Se cruzó con dos jardineros y les preguntó también. La respuesta fue la misma: evasiva y apresurada. Eduard frunció el ceño, más confundido que alarmado.

¿Qué ocurre? ¿Por qué nadie me dice en donde están?

Cuando dobló uno de los corredores del ala este, vio a Sofía. La reconoció al instante.

—Sofía —la llamó con voz clara.

Ella se giró al oír su voz y, al verlo, se quedó paralizada por un segundo. Su expresión fue de sorpresa.

—P-príncipe Eduard… —dijo, haciendo una rápida reverencia.

—¿Dónde están Leyla y Margaret? Nadie parece saberlo.

—Están… en su habitación, alteza.

—¿En su habitación? —Eduard frunció el ceño—. ¿Desde cuándo?

Ella desvió la mirada, sin saber si debía responder.

—Desde hace un par de días. No han salido mucho… supongo que tienen sus razones.

—¿Razones? ¿Qué tipo de razones?

—No me corresponde a mí decirlo, mi señor. Pero… están allí. Quizás… quizás ellas le expliquen.

Eduard sintió un pequeño nudo formarse en su estómago. Por primera vez, algo se sintió distinto. No alarmante, no todavía… pero sí desconcertante. Aun así, asintió con cortesía.

—Gracias, Sofía.

Ella se inclinó una vez más y se marchó sin añadir palabra.

Eduard avanzó por el último corredor. Frente a él se alzaba la puerta de la habitación que sabía era de ellas.

Tocó tres veces.

Uno…

Dos…

Tres golpes secos.

Margaret escuchó los tres golpes en la puerta, rompiendo el silencio espeso de la habitación.

Estaba sentada junto a la cama, con las manos entrelazadas y la mirada fija en el rostro de Leyla, que dormía profundamente entre las sábanas, con el cabello extendido como un río de oro desordenado sobre la almohada. Su respiración era leve, y su piel seguía más blanca de lo habitual.

Al oír los golpes, Margaret se levantó de inmediato, aunque con suavidad para no despertar a su amiga. Caminó hacia la puerta, y al abrirla, una figura familiar se alzó frente a ella.

—Ho—alcanzó a decir Eduard, esbozando una sonrisa.

Pero antes de que pudiera pronunciar más, Margaret, con los ojos muy abiertos, le cerró la puerta en la cara, con una mezcla de pánico y desconcierto.

Hubo un breve silencio. Luego, la puerta volvió a abrirse lentamente.

—…la —terminó de decir Eduard.

—Dioses… —suspiró Margaret, llevándose una mano al pecho, abrumada.

—¿Qué pasa? —preguntó Eduard, bajando la voz de inmediato—. ¿Por qué están aquí dentro? ¿Leyla… está enferma?

—No, ojalá fuera eso… —musitó Margaret con voz baja y temblorosa —. Entra. Pero no hables fuerte… por favor.

Eduard entró con pasos silenciosos, mirando a su alrededor hasta que sus ojos se posaron en una cama. Allí estaba Leyla, envuelta entre las cobijas. Dormía, acurrucada, con una expresión frágil, y el rostro vuelto hacia el lado donde había reposado Margaret.

Eduard se acercó con delicadeza. Sus dedos rozaron el rostro de ella, una caricia apenas perceptible sobre su mejilla pálida. Sus cabellos dorados estaban despeinados, y tenía unas sombras violetas bajo los ojos.

Eduard dejó la taza de porcelana sobre la mesa de noche.

—Margaret… ¿qué le pasó? —susurró con voz entrecortada —. ¿Está enferma? ¿Se desmayó? Dímelo… por favor.

Margaret bajó la mirada. Tenía las manos temblorosas y los labios apretados. Miraba un punto invisible sobre la alfombra.

—No… no es tan simple… —murmuró.

—Margaret… —Eduard se incorporó y le puso una mano en el hombro —. Te estoy pidiendo que me digas la verdad. No me ocultes nada. ¿Qué ha pasado?

Ella soltó un sollozo ahogado. Las lágrimas brotaron, cayendo silenciosas por sus mejillas.

—Cuando te fuiste… ella fue… —tragó saliva, como si pronunciarlo fuera una tortura —. Fue… abusada.

Eduard se quedó helado.

Sus ojos se abrieron con incredulidad, y dio un paso atrás. Sus labios se movieron, pero ningún sonido salió al principio. Entonces, con voz ronca, balbuceó:

—¿Abusada…? ¿Cómo? ¿Qué… qué clase de abuso? ¿Qué estás diciendo?

—Fue… una violación, Eduard —dijo Margaret, con rabia—. Carlos… tu hermano… fue él.

El mundo pareció detenerse.

Eduard sintió que todo el aire de la habitación desaparecía. Miró sus manos. Temblaban, sin que pudiera detenerlas. Era como si su cuerpo hubiera comenzado a reaccionar antes que su mente.

—No… no puede ser… —murmuró con voz rota—. ¿Carlos? ¿Carlos le hizo eso a ella?

Margaret asintió con los ojos rojos.

—Él la mandó a llamar… y yo no pude acompañarla. Me confié… como una idiota. Pensé que era solo para interrogarla… pero fue un capricho sucio, una perversión más. La obligó, la encerró con él. Leyla no pudo defenderse…

Eduard cerró los puños. Sentía el pecho a punto de estallar. Su rostro se desfiguró de dolor. No dijo nada, no gritó, no lloró. Solo miró a Leyla, frágil y dormida.

De pronto, se levantó de golpe, sin hacer ruido.

—¡Eduard! —exclamó Margaret, saliendo de su estupor—. ¡Por favor, no hagas nada!

Él caminó hacia la puerta apresurado. Su mirada estaba oscurecida. Era como si una tormenta hubiera despertado en su interior.

—¡Escúchame! ¡Hazlo por Leyla! ¡No puedes actuar así! —Margaret corrió tras él y le agarró del brazo con desesperación.

Eduard se aparto con un gesto firme, apenas la miró.

—No me detengas, Margaret.

—¡Te lo ruego! ¡No puedes! ¡No ahora! ¡No así!

Pero Eduard ya había abierto la puerta, y antes de que ella pudiera alcanzarlo de nuevo, salió apresurado por el pasillo.

Margaret quedó en la puerta, sollozando, con la mano aún estirada hacia el vacío. Entonces cerró la puerta con suavidad… y se dejó caer de rodillas.

Los pasos de Eduard resonaban por los pasillos. No caminaba… avanzaba como una tormenta. Tenía los puños apretados, la mandíbula tensa y la respiración agitada.

A mitad de un pasillo, vio a una sirvienta. La detuvo de un tirón brusco, sujetándola del brazo con fuerza.

—¿Dónde está Carlos? —gruñó con la voz quebrada por la ira.

La muchacha se estremeció.

—E-en el salón del té dorado… c-con la princesa Carlota…

Eduard no dijo nada más. La soltó sin mirarla y aceleró el paso. Atravesó corredores, escaleras, pasillos, empujando sin cuidado a quienes se cruzaban en su camino. Dos sirvientes cayeron al suelo al intentar apartarse a tiempo.

Al llegar frente al salón del té dorado, dos guardias se interpusieron.

—Su Alteza, el príncipe Carlos está en una reunión privada…

—Muévanse —dijo Eduard, clavándoles la mirada —. Tengo derecho a entrar. ¡Soy un puto príncipe, no un extraño!

Y sin darles tiempo a reaccionar, empujó la puerta de un golpe. La madera crujió con fuerza al golpear la pared.

Carlos se giró de inmediato. Estaba sentado frente a Carlota, tomando té.

—¿Qué diablos haces? —rugió, levantándose—. ¡Estoy con mi prometida! ¡Lárgate!

Pero Eduard no lo escuchaba. Sus ojos estaban clavados en él como cuchillos. Cruzó la sala en segundos y lo embistió con un puñetazo directo al rostro que lo hizo tambalearse hacia atrás.

Carlos reaccionó de inmediato. Se limpió la sangre de la boca y devolvió el golpe.

—¡¿Perdiste la cabeza, imbécil?! —gritó, lanzando un puñetazo que Eduard esquivó por poco.

Ambos se enzarzaron en una pelea. Eduard lo sujetó del cuello y lo estrelló contra la mesa, rompiendo la porcelana que se derramó entre gritos de Carlota. Carlos forcejeó, logró soltarse y le dio una patada en las costillas, haciendo que Eduard retrocediera un segundo.

—¡Te voy a partir la cara! —bramó Carlos, lanzándose sobre él.

Pero Eduard era más fuerte, lo levantó del suelo y lo tiró contra la pared. El cuerpo de Carlos golpeó los estantes de madera, cayendo al suelo con un gemido. Intentó levantarse, pero Eduard lo pateó en el estómago. Una, dos, tres veces.

—¡Maldito seas! —gritaba entre dientes—. ¡Cómo pudiste tocarla! ¡Cómo te atreviste!

Carlota chillaba, paralizada en la esquina, hasta que corrió hacia la puerta.

—¡Guardias! ¡Ayuda! ¡Lo va a matar!

Los guardias intentaron entrar, pero Eduard sacó un cuchillo de su cinturón y lo apoyó en el cuello de Carlos, que yacía jadeando, con la boca ensangrentada.

—¡Un paso más y lo mato! —gritó, con los ojos desquiciados.

Carlos intentó hablar, pero el filo tocaba su piel. Tragó saliva, con el rostro cubierto de sangre, jadeando.

—E-estás loco… —susurró, con voz rasposa —. Todo esto… por una sirvienta.

Eduard le estampó el puño en la cara otra vez. La sangre salpicó el suelo de mármol.

—¡Por ella! ¡Porque tú no vales nada! ¡Porque tú no eres más que un cerdo cobarde que se esconde detrás de un título!

Los guardias retrocedieron, uno de ellos corrió a buscar refuerzos y avisar al emperador. Eduard no paraba. Lo golpeaba con rabia, con odio, con todo lo que había callado desde niño.

Carlos, aún con fuerza, intentó levantar el cuchillo con una mano temblorosa, pero Eduard lo vio y se lo arrebató de un manotazo, clavándolo en la mesa a centímetros de su cabeza.

—¡Ni siquiera mereces morir por mi mano! —gruñó, jadeando, con los nudillos sangrando.

Carlos apenas podía respirar. Sus ojos estaban hinchados, su rostro deformado por los golpes. El salón del té estaba hecho un caos.

Minutos después llegaron más guardias y el emperador en persona. César entró rápido, seguido por tres hombres armados. Se detuvo al ver la escena: Carlos tirado en el suelo, cubierto de sangre y jadeando, y Eduard de pie, tembloroso, con el pecho agitado y los ojos enrojecidos.

—¡¿Qué demonios ha pasado aquí?! —rugió el emperador, atónito.

Los guardias se abalanzaron sobre Eduard y lo sujetaron con fuerza. Esta vez él no luchó. Solo bajó la cabeza, como si toda la energía se le hubiera evaporado.

—¡Llamen a los médicos! ¡Ahora! —ordenó César al ver el estado de su hijo mayor.

Eduard alzó el rostro y miró a su padre directamente a los ojos.

—Ahora entiendes, ¿verdad? —dijo con voz baja —. A este monstruo es al que tú criaste.

El silencio tras las últimas palabras de Eduard se volvió denso como el humo. Nadie se atrevía a hablar, ni siquiera respirar. El emperador César se mantuvo inmóvil por un segundo, contemplando el caos: su hijo mayor, el heredero de Rubethia, tirado en el suelo con el rostro destrozado; y su hijo bastardo, ensangrentado, con los ojos llenos de dolor.

Finalmente, César giró apenas el rostro hacia los guardias.

—Llévenlo a mi despacho. Ahora.

Eduard no se resistió. Dejó que las manos de los soldados lo tomaran por los brazos, aunque ya no era necesario sujetarlo: toda la rabia que lo había impulsado parecía haberse volcado por completo.

Mientras lo escoltaban, César se acercó lentamente a Carlos.

Su hijo mayor yacía semiinconsciente, con la nariz rota, el labio reventado y ambos ojos hinchados como una uva. Jadeaba, con dificultad, tragando aire entre gemidos. Tenía los brazos alrededor del abdomen, encogido como si intentara protegerse.

César se arrodilló ante él, lo miró fijamente con decepción.

—No me mires así… —dijo con voz grave —. Tú te lo buscaste.

Carlos intentó hablar, pero solo salió un hilo de sangre entre sus dientes. César se levantó sin más palabras.

Al salir del salón, No se detuvo al ver a los médicos entrar corriendo con cajas y vendajes.

No volvió la vista atrás.

Más tarde, en el despacho imperial, el ambiente era denso, cargado de un silencio amargo.

César estaba sentado tras su gran escritorio, con las manos entrelazadas y la mirada fija en su hijo menor, que permanecía frente a él, desplomado sobre el asiento. Eduard no hablaba, no parpadeaba siquiera. Solo respiraba de forma entrecortada, aún con la sangre seca en los nudillos. Tenía los ojos perdidos, fijos en un punto invisible del suelo.

El emperador hizo un gesto leve con la mano.

—Déjennos solos.

Los guardias se inclinaron y salieron sin pronunciar palabra, cerrando la puerta con suavidad tras ellos.

Pasaron varios segundos.

César suspiró y se recostó hacia atrás, observando con atención el rostro de su hijo. Había rabia allí… pero más que nada, vacío.

—¿Sabes qué pasaría si hubieses matado a tu hermano esta tarde?

Eduard no respondió. Ni siquiera levantó la cabeza.

César apoyó los codos sobre la mesa y cruzó las manos.

—Te habrían acusado de alta traición. Aunque seas príncipe, no lo habrías evitado. ¿Quieres eso? ¿Terminar ejecutado por asesinar al heredero del imperio?

El silencio persistía.

—Todo por una sirvienta —continuó, con voz más áspera—. ¿De verdad vale tanto para ti? ¿Una muchacha común? Rubia. De ojos claros. ¿Sabes cuántas señoritas así hay en el mundo? En los mercados de Orinzuly, en los jardines de Tophato, en las plazas de Perlithy… ¿Cuántas nobles o plebeyas tienen esa cara?

Eduard cerró lentamente los ojos. No quería escuchar, pero César no se detenía.

—Tu hermano puede ser un idiota, no lo niego. De hecho, lo es. Y tal vez se merezca una paliza o algo peor. Pero es el futuro emperador, Eduard. El próximo rostro de Rubethia.

Eduard no reaccionó. Seguía mirando hacia el suelo, con los labios tensos.

César lo notó. Le incomodaba ese silencio. Era como hablar con un cadáver.

—Si tú lo hubieras matado… —repitió, más bajo —. No solo habrías destruido tu vida. Habrías desatado una guerra dentro de estas paredes. Y por una simple muchacha. Una… una criada, Eduard.

Eduard alzó un poco la mirada. Sus ojos estaban fríos. Tristes. Pero no lloraba. Solo habló, por fin, con una voz seca y vacía.

—No es una simple criada.. ella es mi Leyla.

César apretó la mandíbula. Por un momento pensó en golpear la mesa. Pero no lo hizo.

—Entonces… ¿la amas tanto como para matar por ella?

Eduard no respondió. Pero no lo negó.

César se quedó quieto. Luego, bajó la vista y suspiró.

—Tu hermano ya debe estar escupiendo veneno. No tardará en exigir tu castigo. Lo conozco. Gritará frente al Consejo que intentaste asesinarlo. Que eres un traidor. Un peligro para la estabilidad del imperio.

César hizo una pausa. Su mirada se endureció.

—Va a querer que te destierre. O peor aún… que te ejecuten por conspirar contra el futuro emperador. Y te aseguro que muchos lo apoyarán. Algunos por miedo, otros por conveniencia. Porque es más fácil callar cuando quien grita es el heredero de la corona.

Se inclinó hacia adelante, con el tono más bajo.

—Yo no quiero eso.

El silencio en la sala era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. César respiró hondo.

—No me interesa desterrarte. Ni arrastrarte por los pasillos como a un criminal. Eres mi hijo, Eduard. Tal vez… no el hijo que crié bien, ni el que entendí. Pero no permitiré que Rubethia te devore. No todavía.

Tomó una hoja de papel del escritorio y la dobló con lentitud.

—Por eso… te haré una propuesta.

El emperador se recostó en su trono de madera y observó a Eduard con gravedad. Su voz se volvió más firme:

—No podrás quedarte en la corte. No después de lo que hiciste. El escándalo ya corre por los corredores como pólvora húmeda. La corte quiere sangre… y si no se la doy, buscarán desangrarse entre ellos. Así que… tú desaparecerás.

Levantó el papel y lo dejó caer sobre el escritorio con un golpecito seco.

—Aquí está el nombre de una mansión. Rubethia. A días del palacio, lejos de todo, olvidada por el tiempo. Nadie irá a buscarte allí. Ni nobles, ni cortesanos, ni consejeros. Ni Carlos.

César mantuvo la mirada fija en su hijo, que seguía en silencio.

—Te quedarás allí. Te llevarás a la sirvienta. Vivirán fuera del alcance de la capital, lejos de la porquería que este imperio se ha vuelto. Y en silencio. Hasta que… yo diga lo contrario.

Eduard parpadeó varias veces, sintiendo que el mundo a su alrededor giraba de un modo extraño. La idea de que su propio padre, el emperador César, estuviera dándole permiso para vivir con Leyla, lejos del palacio, sonaba casi irreal.

—¿Me está diciendo que… que puedo irme a vivir con ella? —balbuceó, con la voz temblorosa, incapaz de creer lo que acababa de escuchar—. ¿De verdad? ¿Con… con Leyla? ¿Lejos de todo esto?

César lo miró con severidad.

—No fue una decisión fácil —respondió con sinceridad —. Pero lo hago por tu bienestar, Eduard. No quiero que sigas aquí, consumido por la tristeza o la ira por una sirvienta. Ni que Carlos, tu hermano, use esto para vengarse, contigo o con ella.

El silencio volvió a instalarse en la habitación, mientras Eduard intentaba asimilar cada palabra.

—¿Entonces… me permitirá ser feliz? ¿De verdad quiere que viva con Leyla? ¿Que deje atrás el palacio?

César asintió, lento pero firme.

—Sí. Pero debes alejarte de aquí por completo. Dejar a tu hermano atrás. Le diremos a Carlos que tú y Leyla fueron exiliados, que ya no formáis parte del palacio. Él creerá esa historia y se centrará en sus deberes, en el trono.

Eduard frunció el ceño, incrédulo.

—¿Esto no es una trampa, verdad? —preguntó, con voz de desconfianza—. ¿No está jugando conmigo? ¿No es un modo de deshacerse de mí?

El emperador negó con la cabeza, la expresión seria.

—No, Eduard. No es una trampa. A veces hacer lo correcto implica tomar decisiones que parecen duras, pero son por el bien mayor. Quiero que estés a salvo. Que estés lejos de la corrupción y las peleas que destruyen este lugar.

Eduard respiró hondo, mirando fijamente al padre que hasta hace poco parecía un muro imposible de atravesar.

—No puedo creer que me esté diciendo esto… —murmuró, casi para sí mismo—. ¿Después de todo lo que ha pasado, realmente quiere que tenga una vida tranquila? ¿Que tenga una familia, un hogar?

César se mantuvo serio.

—Eso es lo que quiero, Eduard. No solo por ti, sino porque no mereces ser una víctima más en esta guerra de poder y mentiras. Mereces algo mejor.

Eduard sonrió débilmente, como si no pudiera creer la oportunidad que se le abría ante los ojos, pero su curiosidad y nerviosismo lo vencieron.

—¿Y cuándo nos iremos? —preguntó —. ¿Cómo será todo?

César cruzó los brazos y, con un tono firme, respondió:

—Mañana, en la madrugada. Deben salir antes de que despierte el palacio. Tú y Leyla —hizo una pausa —, tendrán que ser discretos. No quiero que Carlos se entere de nada. Yo me encargaré de su comida, su comodidad y todo lo que necesiten en la mansión.

Eduard asintió con entusiasmo.

—¿Y la mansión? —preguntó—. ¿Está todo listo para nosotros?

—Danniel ya fue enviado esta misma tarde para preparar todo. No tardarán muchos días en llegar, aunque probablemente él llegue antes que ustedes para que todo esté perfecto.

Eduard bajó la mirada por un momento, asimilando cada palabra, y luego levantó la vista.

—Está bien, padre. Haré todo lo que me pida. Cuidaré la mansión, cuidaré de Leyla. No lo defraudaré.

César asintió, satisfecho, y sus labios se curvaron en una ligera sonrisa.

—Perfecto. Le diremos a Carlos que fue un exilio, que fueron expulsados del país. Pero en secreto, tú y Leyla tendrán todo lo que necesitan para vivir en paz.

—Gracias, padre. No sabe cuánto significa esto para mí.

César fingió despreocupación, acomodándose en su silla mientras alzaba una mano para indicarle que podía retirarse.

—No hay de qué. Ve y cuéntale todo a Leyla, pero hazlo con cuidado. Esto debe quedar entre nosotros por ahora.

Eduard hizo una reverencia y salió del despacho satisfecho.

Cuando la puerta se cerró, César soltó un largo suspiro, apoyando la cabeza entre las manos.

—¿Estoy haciendo lo correcto? —murmuró para sí mismo —. Sólo el tiempo lo dirá..

Después…

Eduard caminaba por los pasillos del palacio con una sonrisa inevitable en el rostro. Sus pasos eran livianos, como si se hubiese soltado un enorme peso de encima. Los sirvientes que lo veían pasar se detenían a observarlo, algunos bajaban la mirada, otros murmuraban entre ellos con desconcierto.

—¿No es que casi mata al príncipe heredero…? —susurró una doncella a otra, escondiendo la boca tras su delantal.

—Sí… pero míralo, camina como si nada… como si estuviera feliz —respondió otra.

Pero Eduard no los escuchaba. bajaba escaleras, cruzaba galerías, pasillos alfombrados… con la mente fija en un solo lugar. En una habitación. En ella.

Mientras tanto, en esa habitación, Leyla estaba recostada, incorporada levemente entre almohadones. Su piel seguía pálida, sus ojos hundidos, pero estaba despierta, más lúcida que por la mañana. Margaret, sentada a su lado, le tomaba la mano en silencio, pensativa.

La puerta fue tocada suavemente. Margaret se sobresaltó un poco. Soltó con cuidado la mano de Leyla, que giró la cabeza con cierta dificultad.

—Debe ser un sirviente… —dijo Margaret en voz baja.

Se levantó, caminó hasta la puerta y la abrió. Al ver a Eduard, su expresión pasó de la sorpresa a la desconfianza.

—¿Y ahora qué? —preguntó cruzándose de brazos y saliendo para cerrar la puerta tras ella—. ¿No crees que fue suficiente con abandonarme llorando?

Eduard sonrió, visiblemente nervioso.

—Lo sé… lo sé. Estuvo mal. Me dejé llevar. Estaba… estaba muerto de furia, de celos, de impotencia. No podía soportar la idea de que él… —suspiró— Pero ahora traigo buenas noticias. Algo que lo cambia todo.

—Eduard… ¿qué hiciste? ¿Fuiste con él? ¿Con tu hermano? ¿No me digas que…?

—Le di la paliza que merecía —respondió con una sonrisa satisfecha.

Margaret se llevó la mano a la frente.

—¡Dioses, eres un loco! ¿Y si lo hubieras matado? ¿Y si ahora vienen por ti?

—Escúchame —interrumpió Eduard con voz firme—. Gracias a eso… surgió una oportunidad. Una oportunidad real. Por eso, por favor, déjame verla. Necesito hablar con ella.

Margaret entrecerró los ojos, aún desconfiada. Finalmente suspiró y abrió la puerta para que pasara.

Eduard entró con pasos suaves. Leyla alzó la vista y al verlo, sus ojos se llenaron de lágrimas sin entender del todo por qué. Él caminó hasta la cama, se arrodilló junto a ella y la abrazó con fuerza, con ternura, con todo el amor que llevaba cargando.

—Cariño… —susurró— Estoy aquí… Ya estoy aquí.

Leyla lo abrazó débilmente.

—Te extrañé tanto… —murmuró ella.

—Yo te extrañé más de lo que las palabras pueden explicar —dijo él mientras le besaba la frente, los párpados, las mejillas.

Margaret cerró la puerta con llave desde dentro y se acercó lentamente, sin interrumpir.

—Te fuiste y me dejaste sola con Leyla —. ¿Sabes lo que fue eso para ella?

Eduard bajó la mirada, avergonzado.

—Lo sé. Me cegó la rabia. No lo pensé… y lo siento, de verdad.

Leyla intentó sonreír a través de las lágrimas.

—Margaret me contó que fuiste a verlo, ¿no es cierto? ¿Lo golpeaste?

Eduard suspiró.

—Lo hice. Y no me arrepiento.

—¡Eduard! —reprochó Margaret.

—¡Lo merecía! Por cada lágrima derramada, por cada noche en que Leyla durmió temblando. Por haber hecho lo que hizo.

Leyla lo miró.

—¿Y si te hubieran matado por eso..?

—Entonces habría muerto sabiendo que defendí lo que amo —respondió él sin titubeos.

Hubo un breve silencio.

—Pero no pasó —añadió con suavidad—. Porque ocurrió algo… inesperado.

Se inclinó hacia Leyla y le susurró algo al oído. Ella abrió los ojos, lentamente, hasta que su boca quedó entreabierta por la sorpresa.

—¿Qué…? —susurró— ¿Una mansión? ¿Nosotros… juntos?

Eduard sonrió, y con un dedo le cerró los labios.

—Sí. Mi padre lo permitió. Dijo que nos dejará vivir juntos… lejos del palacio. Que tú y yo podremos estar en paz… y que tú también vendrás —dijo mirando a Margaret.

—¿Yo? —dijo Margaret con escepticismo—. ¿Y tú crees que le creo a ese hombre?

—No tienes que creerle. Créeme a mí. No tiene razón para mentirme. Dijo que es por el bien de todos. Para que Carlos no busque venganza. Para que no me hunda en la tristeza. Lo hará parecer un exilio, pero en realidad será… libertad.

Margaret lo miró, dudando.

—No me digas que te tragaste ese cuento de que el emperador ahora se volvió bueno de la noche a la mañana.

—No. Pero creo que, por una vez, está cansado de conflictos. Dijo que no quiere más peleas por una “sirvienta”, que le da igual si soy feliz con ella, siempre y cuando esté lejos del trono. Me lo dijo así… con sus propias palabras.

Leyla aún lloraba en silencio.

—No entiendo… ¿por qué me dejaría estar contigo?

—Porque, aunque nunca lo diga, creo que me quiere a su manera —dijo Eduard—. Y porque sabe que, si no me alejaba ahora, habría terminado matando a Carlos. O muerto en la horca.

Margaret cruzó los brazos.

—¿Y cuándo se supone que partimos?

Eduard miró por la ventana, hacia la noche.

—Madrugada. En un carruaje discreto. Guardias leales. Nadie sabrá. Ni cartas, ni noticias. Solo tú, Leyla y yo. Viviremos allí… y Danniel ya está preparando todo. Fue enviado este mediodía.

—¿Y cómo piensas llevarla hasta allá? —preguntó Margaret señalando a Leyla.

—En mis brazos —respondió Eduard con dulzura—. No dejaré que dé un solo paso si le duele. Tú solo empaca lo necesario… y deja algo atrás para hacer creíble el exilio.

Leyla sollozó y murmuró:

—Confío en ti… si tú dices que todo estará bien… lo intentaré.

Eduard la acarició con ternura.

—Estaremos bien. Te lo juro.

Margaret suspiró, resignada.

—Entonces vamos a necesitar maletas. Y mucha suerte.

Eduard y Leyla seguían tomados de la mano. Los ojos de Eduard no se despegaban de los de ella, como si temiera que todo fuese un sueño.

—Volveré pronto… —dijo finalmente —. En unas horas, cuando la madrugada comience. Iré a empacar lo necesario y regresaré por ti. Te llevaré en brazos hasta el carruaje… como siempre quise hacerlo.

Leyla asintió con una pequeña sonrisa, apenas visible. Margaret los miró a ambos y suspiró, cansada.

—Por Lyra… ojalá todo salga bien —dijo en voz baja—. Prepararé mantas, muchas, para que Leyla no pase frío… Y algo de aceite de lavanda para sus dolores. Tal vez sirva durante el viaje, hasta que estemos a salvo.

Eduard volteó hacia ella y asintió con gratitud.

—Gracias, Margaret. Una vez que lleguemos, espero que haya un médico allí que nos atienda; le pediré que cure sus heridas. Seguro que será uno de los mejores del imperio, ya que mi padre dijo que tendría todo lo necesario listo.

Los ojos de Leyla se llenaron de lágrimas otra vez, pero esta vez eran distintas: no eran de pena, sino de alivio.

—Eduard… —susurró mientras tomaba ambas manos de él entre las suyas y las besaba—. Gracias… por todo lo que estás haciendo por mí… por nosotras.

Él inclinó el rostro hacia ella y la besó con dulzura en los labios.

Luego, con cuidado, soltó sus manos y las dejó reposar sobre la manta que cubría a Leyla. Se incorporó lentamente, aún sin despegar completamente la mirada de ella.

—Recuerden… —dijo mientras caminaba hacia la puerta—. En cinco horas, cuando el palacio duerma más profundamente… regresaré. Buscaré a un guardia leal para que nos ayude con las maletas. Yo me encargaré de llevar a Leyla. No quiero que haga ni un esfuerzo.

Margaret asintió en silencio, ya mentalmente repasando lo que debía preparar. Leyla le sonrió débilmente desde la cama.

Ya en la puerta, Eduard se volvió una última vez.

—Descansa, Leyla —dijo con ternura—. El viaje será largo… y quiero que sueñes con lo que nos espera.

Antes de que Eduard saliera por completo, Margaret se adelantó unos pasos y dijo con serenidad:

—Ah, antes de que lo olvide… —dijo mientras giraba la llave con un leve *clic*—. Ya abrí la puerta..

Eduard le dedicó una sonrisa agradecida y asintió con un gesto amable.

—Gracias, Margaret… por todo —respondió con sinceridad—. No sé qué haríamos sin ti.

Hizo una leve inclinación de cabeza en señal de respeto, sin añadir nada más, y luego abrió la puerta y se marchó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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