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Imperio De Pasiones - Capítulo 16

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Capítulo 16: Capítulo 15: Camino a lo incierto.

La madrugada había caído por completo sobre Rubethia. El cielo aún estaba oscuro, y el silencio del palacio era casi absoluto. A esa hora, ni las aves se atrevían a cantar. Eran aproximadamente las cinco de la mañana.

En el dormitorio, todas las sirvientas dormían profundamente.

Leyla dormía en su cama, agotada por todo lo vivido en los últimos días. Su rostro estaba tranquilo, su respiración lenta y regular. A su lado, Margaret se había mantenido despierta toda la noche.

No había perdido el tiempo. Había empacado con cuidado todo lo necesario mientras las demás dormían. Lo hizo en completo silencio, sin encender una sola vela, solo guiándose con la tenue luz que se filtraba desde la ventana. No quería levantar sospechas ni provocar preguntas innecesarias. Guardó los vestidos más importantes de Leyla, algunos objetos personales y todo lo que pudieran necesitar durante su nueva vida lejos del palacio.

A las cinco en punto, la puerta del dormitorio se abrió con mucho cuidado. Margaret se giró de inmediato. No hizo falta preguntar. Sabía quién era.

Eduard entró en silencio, acompañado por un guardia de confianza.

Apenas cruzaron una mirada, Margaret le entregó las maletas al guardia sin decir palabra. Él asintió y se marchó con ellas en dirección a la salida trasera del palacio.

Eduard se acercó despacio a la cama de Leyla. Se agachó junto a ella y la observó unos segundos. El verla ahí, dormida, tan frágil, le generó ternura. No quiso despertarla. En su lugar, la rodeó con cuidado y la levantó en brazos. Leyla, durmiendo, se aferró a su pecho sin abrir los ojos. Solo murmuró su nombre en voz baja:

-Eduard…

Él bajó la mirada, y salió con ella en brazos. Margaret los siguió en silencio.

Bajaron por unas escaleras secundarias que evitaban el ala principal del palacio. Era una ruta pensada para no llamar la atención. El guardia los esperaba al final del pasillo, junto a una puerta que daba a una salida exterior. El aire era frío y el cielo seguía oscuro.

Un carruaje listo, con un cochero de confianza, aguardaba junto a una entrada del palacio. No era un carruaje lujoso, sino uno común, como los que se usaban para transporte de mercancías. Era la forma más segura de salir sin levantar sospechas.

Eduard subió al interior con Leyla aún dormida en brazos y se acomodó con ella sobre su regazo. Margaret subió después, acomodándose frente a ellos.

El cochero cerró la puerta trasera con suavidad, subió a su asiento, y sin hacer preguntas, dio la orden a los caballos.

El carruaje comenzó a moverse, alejándose del palacio por un camino lateral. Detrás quedaba el lugar que los había marcado para siempre: un imperio lleno de secretos, traiciones y chismosos. Adelante, una mansión lejana los esperaba, con la promesa de una vida distinta, aunque aún incierta.

Ninguno habló durante el primer tramo del viaje. Solo el crujido de las ruedas sobre el empedrado rompía el silencio. Margaret mantenía la mirada en la ventana, atenta. Eduard bajó la vista hacia Leyla, que se había acurrucado aún más contra él, buscando calor.

Margaret continuaba con la mirada fija en la ventana, observando cómo todo a su alrededor estaba teñido de azul. Ese azul de antes del amanecer, frío y espeso, que parecía envolver las cosas en una calma extraña.

Suspiró y desvió la mirada hacia el interior del carruaje. Miro como Leyla estaba envuelta en varias mantas que Margaret misma había preparado antes de salir.

-¿Cómo se llama la mansión? -preguntó Margaret en voz baja, rompiendo el silencio sin brusquedad.

Eduard alzó la vista hacia ella, con el rostro sereno.

-Mansión Rubethia -respondió-. Así se ha llamado siempre.

-¿Rubethia? ¿Como el imperio? -Margaret arqueó una ceja.

-Sí -asintió-. Es una de las propiedades más antiguas de la familia imperial. En su momento, se utilizaba para recibir a nobles de otros países o como casa de descanso para miembros de la corte. Está a unos días de la capital, lo suficientemente apartada como para que nadie nos moleste.

Margaret lo observó con atención.

-¿Has estado allí antes?

Eduard bajó la vista hacia Leyla, acariciando con cuidado uno de los mechones que se asomaban entre las mantas.

-Fui una vez, cuando tenía ocho años. Mi padre me llevó… No fue un viaje largo, pero sí extraño. Recuerdo que no quería estar conmigo. Llevaba varios días molesto por algún tema de política. Aun así, insistió en mostrarme la mansión como si fuera algo importante que debía conocer..

-¿Y por qué está vacía ahora?

-La cerraron hace varios años -explicó Eduard-. Después de un conflicto con el emperador de Ambary. Había planes para alojarlo allí, pero durante las negociaciones mi padre y él tuvieron un desacuerdo bastante grave. Hubo acusaciones… y al final mi padre decidió cancelar todo. Por seguridad, la mansión fue cerrada indefinidamente.

Margaret frunció el ceño.

-¿Y desde entonces nadie ha vivido allí?

-Nadie, al menos no de forma permanente. Pero siempre ha tenido mantenimiento. Lacayos y sirvientes rotan por allí cada semana para conservarla. Los jardines, la cocina, las habitaciones… todo se mantiene en orden.

-¿Es segura?

-Lo es -dijo con firmeza-. No hay registros recientes de uso. Ni siquiera nadie recuerda que existe, al menos que el emperador lo mencione. Y nadie pensará en buscarnos allí..

Margaret asintió lentamente.

-¿Y cómo es por dentro?

-Grande. Silenciosa. Un poco fría en invierno, pero acogedora si se prepara bien. Tiene salones antiguos, muchos ventanales, una biblioteca y jardines.

-¿Crees que Leyla se acostumbrará?

Eduard apretó suavemente el cuerpo de Leyla contra el suyo.

-No lo sé -admitió con honestidad-. Pero lo que sí sé es que mientras esté conmigo y a salvo… haré todo lo posible para que sea feliz. No importa dónde estemos. No importa lo lejos que estemos del palacio.

Margaret lo observó unos segundos más.

-Te creo -murmuró finalmente-. Y espero que tú también creas en ti. Porque ahora no hay vuelta atrás, príncipe.

Eduard asintió sin apartar la mirada de Leyla.

-Nunca volveré atrás..

Más tarde, alrededor de las diez de la mañana…

En la habitación de Carlos, las cortinas estaban corridas y el ambiente permanecía en penumbra. El aire era denso, con un leve aroma a hierbas medicinales y tinturas. El silencio solo era interrumpido por los ocasionales suspiros contenidos de Carlota y el leve crujir del piso bajo los pasos del médico.

Carlos yacía en la cama, con el torso desnudo y cubierto por vendas. Su cuerpo estaba lleno de moretones. Su labio estaba partido y el dolor en las costillas lo obligaba a mantenerse casi inmóvil.

Carlota estaba sentada en una pequeña banca de madera junto al lecho, con las manos sobre el regazo. No decía nada. Solo lo miraba, con el ceño ligeramente fruncido, como si no supiera bien qué hacer o decir.

El médico, un hombre delgado, de cabellos grises y voz medida, terminaba de ajustar una venda sobre el hombro del príncipe.

-Las costillas no están fracturadas, por suerte -dijo mientras se enderezaba lentamente-, pero sí hay contusiones severas. Va a sentir dolor al moverse por varios días. Evite esfuerzos innecesarios.

Carlos gruñó entre dientes, intentando incorporarse un poco, pero el ardor lo obligó a soltar un suspiro frustrado y volver a recostarse.

-¿Y cuánto tiempo durará esto? -preguntó con la voz áspera.

El médico echó un vistazo a sus notas y luego volvió a mirarlo.

-Las heridas superficiales cerrarán en unos cinco a siete días. Los moretones… sanarán con el tiempo. Cada cuerpo responde de manera distinta, pero en general, desaparecerán en unas semanas. Le recomendaré compresas frías y descanso absoluto. Si siente fiebre o dificultad para respirar, mande a llamarme de inmediato.

Carlos frunció el ceño, claramente irritado.

-No puedo estar semanas sin moverme -murmuró.

-Con todo respeto, alteza -respondió el médico sin alterar el tono-, si fuerza su cuerpo, el dolor empeorará y su recuperación se retrasará. Su organismo necesita reposo. No es una sugerencia. Es una orden médica.

El príncipe no respondió. Se limitó a apretar los dientes y mirar al techo con furia.

El médico se giró hacia Carlota y asintió con respeto.

-He dejado todo lo necesario en la mesa: vendas limpias, ungüentos, y la mezcla para el té que debe tomar antes de dormir. Alguien vendrá a revisarlo esta tarde. Si algo cambia, avísenme.

-Gracias, médico..-dijo Carlota con una inclinación de cabeza leve.

El médico se retiró, dejando tras de sí un silencio denso. El sonido de la puerta cerrándose lentamente marcó el fin de su visita.

Carlos giró apenas el rostro hacia Carlota.

Ella lo miró por unos segundos, sin saber si hablar. Finalmente, abrió la boca:

-¿Te duele mucho?

Carlos no respondió de inmediato. Solo exhaló despacio, dejando que el aire saliera como una queja muda.

-He tenido peores heridas… -murmuró al fin-. Pero esto… esto no me lo esperaba de él.

Sus ojos se entrecerraron.

-Eduard pagará por esto. Te lo juro.

Durante unos minutos más, ninguno habló.

Finalmente, Carlota rompió el silencio.

-¿Por qué…? -dijo en voz baja -. ¿Por qué tu hermano te atacó de esa forma? No parecía una pelea común… Parecía que quería… matarte.

Carlos desvió la mirada hacia la ventana. Sus labios se apretaron un poco.

-No fue nada -masculló-. Ese maldito me tiene rabia desde hace años. Siempre ha sido así.

-¿Rabia por qué?

Carlos soltó una risa seca, amarga, que terminó en una mueca de dolor.

-No tienes idea, Carlota… Eduard siempre ha sido un resentido. Desde que tiene memoria. Me odia por ser el primogénito, por tener lo que él no. Lo disimula con esa cara de mártir, pero en el fondo… me odia.

Carlota frunció el ceño, ladeando un poco la cabeza.

-¿Pero alguna vez te había hecho algo así? ¿Algún otro ataque, una pelea?

Carlos negó lentamente.

-No. Nunca me había levantado la mano. Ni una vez. -Apretó la mandíbula y volvió a cerrar los ojos por un momento, como si reviviera la escena-. Pero esta vez… explotó. Me miraba con los ojos desbordados de furia, como si hubiera estado esperando ese momento toda su maldita vida.

Carlota bajó la mirada un instante. Luego, se inclinó suavemente hacia él y le acarició el rostro con la yema de los dedos, justo sobre la piel que no estaba herida.

-¿Y tú? -preguntó en voz baja-. ¿También lo odias?

Carlos abrió los ojos y la miró. Por un momento, pareció vacilar.

-No… no lo odiaba. Pero ahora… no lo sé. Algo cambió. Se siente como si todo hubiera estallado de golpe, y no entiendo por qué. Ni siquiera sé qué fue lo que lo hizo enfurecer tanto.

Carlota lo observó con atención. Se acercó, y puso su mano en la de Carlos, cubriéndola.

-Siento que estés pasando por esto. De verdad.

Carlota observaba su rostro en silencio. Aunque las vendas y los moretones cubrían parte de su piel, seguía viendo en él a un hombre que, por primera vez, no parecía tener el control de todo. Había en sus ojos una mezcla de rabia y soledad que le resultaba profundamente humana.

Con delicadeza, volvió a acariciarle el rostro. Sus dedos se movieron lentamente.

-No te preocupes más por él -susurró-. Ahora me tienes a mí… y voy a cuidar de tus heridas. Todas.

Carlos cerró los ojos unos segundos, dejándose envolver por la calidez de sus palabras. Luego, giró apenas el rostro, buscando su mano. Con algo de esfuerzo, la tomó entre la suya, con suavidad pero evidente torpeza por el dolor. La acercó a sus labios y la besó con lentitud, dejando que su boca descansara sobre los dedos de ella unos instantes.

-Gracias -murmuró-. Por tu bondad… y por tu belleza. -Abrió los ojos para mirarla-. No tienes idea de lo que significa tener a alguien como tú cerca, justo ahora.

Carlota sostuvo su mirada, y durante un momento todo se quedó en silencio entre los dos.

-Entonces… -dijo ella en voz baja-, déjame ayudarte a sanar.

De pronto, la puerta se abrió con suavidad. Un par de pasos firmes resonaron en el umbral antes de que la figura del emperador César cruzara la entrada, imponente como siempre, aunque su semblante lucía más relajado de lo habitual.

Su mirada recorrió brevemente la escena: Carlos recostado, vendado, y Carlota sentada a su lado, aún con la mano entrelazada con la de su prometido.

-Buenos días -dijo con voz grave.

Dirigió primero la mirada a la joven, y su rostro se suavizó visiblemente.

-Ah, princesa Carlota -saludó con una sonrisa -. Qué alegría verla tan temprano. Espero que no haya sido una noche difícil.

Carlota se levantó de la banca con respeto, haciendo una leve reverencia.

-Buenos días, Su alteza. No, todo estuvo bien. Solo… acompañándolo.

El emperador asintió, complacido, y luego giró la mirada hacia su hijo mayor.

-Carlos… -dijo, más serio ahora, deteniéndose junto a la cama-. ¿Cómo estás?

Carlos ladeó apenas el rostro hacia él, sin abandonar su expresión severa.

-Adolorido, pero vivo.

-Ya veo -respondió el emperador.

Carlos lo observó en silencio unos segundos, con el rostro endurecido. Luego, frunció el ceño y, con la voz áspera, habló:

-¿Acaso no le preocupa verme así?

El emperador mantuvo la mirada fija en él, sin alterarse.

-Tú mismo lo dijiste -respondió con calma-. Estás vivo. Y eso es lo importante.

Carlos suspiró con irritación.

-Claro… -murmuró con amargura-. Por supuesto, ahora no le preocupa nada, ni el hecho de que ese desgraciado me haya hecho esto.

-Deja de decir tonterías -interrumpió César de inmediato, con un tono firme.

El ambiente se tensó por un instante. Carlota, que aún estaba de pie a un lado de la cama, bajó ligeramente la cabeza, incómoda.

El emperador giró hacia ella con una expresión más amable.

-Princesa Carlota -dijo-, ¿sería tan amable de dejarnos a solas por un momento? Necesito hablar con mi hijo… en privado.

Ella asintió al instante, sin discutir.

-Claro, Su Majestad -respondió con cortesía.

Le dirigió una última mirada a Carlos, y luego caminó hacia la puerta en silencio. La abrió con suavidad y, al salir, la cerró tras de sí, dejando a padre e hijo a solas.

Carlos frunció el ceño con fastidio, aún molesto por la fría actitud de su padre.

-Dime, ¿qué te trae aquí? Si mi estado no te importa y lo que tu hijo me hizo no te afecta, ¿por qué estás aquí?-preguntó con voz tensa.

El emperador lo miró largo rato, sin parpadear. Finalmente soltó un suspiro pesado.

-He venido a saber cómo te encuentras. Y aunque te cueste aceptarlo, estoy profundamente decepcionado de ti. Esa paliza, te la ganaste.

Carlos parpadeó, incrédulo. Iba a decir algo, pero César levantó una mano, como si le pesara continuar.

-¿De verdad pensaste que podías humillar a tu hermano, provocarlo una y otra vez, y que no reaccionaría? ¿Qué esperabas? ¿Que se arrodillara y te pidiera perdón por existir?

Carlos bufó, girando el rostro con desdén.

-Él se lo buscó… es un idiota que cree que puede tenerlo todo.

-¡Cállate! -espetó el emperador con voz firme -. Sabes bien que Eduard ha entrenado desde niño. Mientras tú jugabas a ser príncipe, él sudaba en el patio de armas. Lo retaste sabiendo que tiene más fuerza que tú. Si se hubiese endurecido un poco más en ese momento, te habría matado… y lo sabes.

Carlos apretó los dientes.

-Ya basta -espetó, girando la cabeza con molestia-. No quiero hablar más de él. Solo dime para qué viniste… si no fue a ver cómo estoy.

César se irguió y dejó caer las manos tras la espalda.

-Vine a hablarte… de tu hermano -dijo con frialdad.

Carlos lo miró de reojo, irritado.

-No quiero oír de ese maldito.

-¡Te callas y escuchas! -ordenó César con voz autoritaria-. Después de lo que pasó… después de que medio palacio escuchara la pelea, y considerando la gravedad de tus heridas… no tuve otra opción.

Carlos lo observó con suspicacia, aguardando.

-¿Qué hiciste? -preguntó con cautela.

El emperador lo miró a los ojos y habló con seriedad.

-Tuve que exiliarlo.

Carlos se enderezó ligeramente, sorprendido.

-¿De verdad lo hiciste?

-Sí. -César asintió con firmeza-. Era eso o afrontar las murmuraciones en la corte. Ya empezaban a hablar de intento de asesinato entre príncipes. No podía permitir que eso creciera. Así que tomé una decisión antes de que todo empeorara: lo envié lejos, a otro país.

Carlos soltó una risa larga y seca.

-Eso debiste hacerlo hace años… Te tomó demasiado tiempo.

Pero la sonrisa le duró poco. César alzó una ceja y continuó:

-No te emociones tanto -dijo en tono grave-. También tuve que echar a esa sirvienta… y a su amiga.

La expresión de Carlos se descompuso de inmediato.

-¿Qué? -espetó, incrédulo-. ¿Echaste a Leyla del país? ¿Cómo pudiste…?

-No empieces -interrumpió César con severidad-. Lo hice por tu bien. No te quejes ahora como un niño mimado. Si Eduard no estaba y ella seguía aquí, tú habrías seguido detrás de esa mujer como un perro. Te habrías olvidado de tus deberes. ¿Eso es lo que quieres ser? ¿Un futuro emperador esclavo de un capricho?

Carlos bufó con rabia, apretando el puño.

-¡Eso es una estupidez! Era una simple sirvienta, ¿cómo pudiste echarla del país como si fuera…?

-Precisamente por eso -interrumpió César con tono tajante-. Por ser una simple sirvienta, no debía representar una distracción para ti. Ni para tu matrimonio, ni para tu cargo. No podía permitir más rumores ni más descontrol.

Carlos se removió con dificultad en la cama.

-¿Siguen en el palacio? -pregunto.

El emperador negó con la cabeza.

-No. Fueron expulsados esta madrugada. Y para evitar que volvieran a encontrarse… los envié a países distintos.

Carlos se quedó en silencio. La rabia le ardía por dentro, le oprimía el pecho, pero no podía moverse. Solo apretó los dientes con fuerza.

-No te muevas -ordenó su padre, con frialdad-. Sana primero. Tu boda está cerca y no pienso permitir que llegues al altar con ese rostro lleno de golpes… ni con la cabeza llena de estupideces.

Carlos se giró hacia la pared, conteniendo un gruñido de ira. Mientras, el emperador se mantuvo de pie, observando a su hijo.

Carlos permaneció unos segundos en silencio, hasta que finalmente soltó con voz rasposa.

-Usted no sabe cuánto… cuánto la amaba.

El emperador lo observó con el ceño fruncido, sin dejarse conmover por las palabras de su hijo.

-Eso no fue amor, Carlos. Fue obsesión. Un capricho descontrolado. Incluso te permití tenerla cerca, no te prohibí que la tomaras como concubina si eso te hacía feliz… -su voz bajó ligeramente-. Pero fuiste un imbécil. Perdiste el control. La forzaste. Y eso… eso no se perdona.

Carlos lo miró dolido.

-¡Y usted qué! -escupió, alzando ligeramente la voz-. ¡Usted también fue un maldito! ¡Estando casado con mi madre se acostaba con otras! ¡Por eso nació el bastardo de Eduard!

César no se inmutó. Mantuvo la vista fija, pero su expresión se endureció.

-Sí -admitió con franqueza -. Fui un idiota. Engañé a tu madre, y eso es una de las cosas de las que más me arrepiento en esta vida… Pero nunca, ¡nunca!, violé a una mujer. Jamás golpeé ni humillé a quien no lo merecía. Lo tuyo fue otra cosa, Carlos. Lo tuyo fue cobardía.

-Usted es un hipócrita… Tal vez no le puso una mano encima a mi madre, ¡pero la destruyó igual! Se iba con otras mientras ella sufría sola. ¡Lloraba por usted todas las malditas noches!

El emperador desvió la mirada por un instante, como si aquellas palabras le clavaran un dardo en el pecho. Luego, exhaló con cansancio.

-No lo sé -murmuró finalmente-. Tal vez tengas razón. Tal vez fui peor de lo que creía. Pero al menos intento enmendar mis errores… por el bien del imperio. Por el bien de todos. Algo que tú, hasta ahora, no has hecho.

Se acercó un poco más a la cama, su figura imponente contrastando con el cuerpo herido de su hijo.

-Ahora cállate -ordenó con firmeza-. Cállate y quédate quieto. Deja de buscar excusas, de culpar al mundo… y al menos una vez, Carlos, aprende a conformarte con las consecuencias de tus actos.

Carlos apretó los dientes con furia.

El emperador se quedó un momento más observando a su hijo, como si quisiera decir algo más… pero al final solo giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta con paso firme.

Al abrirla, un destello de luz de la mañana se coló en la habitación.

A unos metros, en el pasillo silencioso, Carlota estaba de pie junto a una de las grandes ventanas del corredor. Su figura se recortaba contra el marco, envuelta en la luz tenue del día. Tenía los brazos cruzados y la mirada perdida en los jardines exteriores. No escuchaba lo que pasaba dentro, pero su rostro estaba tenso. Había comprendido que la conversación entre padre e hijo no había sido fácil.

El emperador la vio y se detuvo un instante.

-Princesa Carlota, puede pasar. Ya hemos terminado.

Ella giró con rapidez y caminó hacia la puerta. Al entrar, lo primero que notó fue a Carlos, aún recostado, pero visiblemente más molesto que antes. Su mirada estaba fija en el techo, el ceño fruncido, la mandíbula apretada.

Carlota se detuvo unos segundos cerca de la entrada.

-¿Está todo bien? -preguntó con suavidad, mirando alternativamente a César y a Carlos.

El emperador sonrió levemente, como si intentara quitarle peso a lo ocurrido.

-Todo bien. Solo que… mi hijo es de temperamento fuerte. Ya lo irá conociendo -dijo con tono sereno -. No se preocupe, princesa. Usted también se acostumbrará. -Hizo una breve reverencia con la cabeza-. Que tenga un buen día.

Y sin más, se marchó, cerrando la puerta tras de sí.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Carlota se acercó sin prisa, observando con atención el semblante crispado de Carlos. Él no la miró, no dijo una palabra. Sus ojos seguían clavados en el techo.

Ella se sentó a su lado, en la misma banca de madera. No preguntó nada.

Simplemente alargó la mano y con ternura comenzó a acariciarle el cabello, pasándolos dedos con cuidado entre los mechones oscuros.

Carlos no reaccionó al principio. Pero poco a poco, su expresión dejó de estar tan tensa. Su cuerpo, aunque adolorido, se relajó apenas. Sus ojos se mantuvieron abiertos, fijos en algún punto invisible del techo.

Más tarde…

El mediodía se colaba suavemente por los vitrales del salón de té, tiñendo los mármoles del suelo con tonos cálidos y difusos. La emperatriz Calista, erguida y elegante, sostenía una delicada taza de porcelana entre las manos. Frente a ella, el emperador César permanecía sentado en un sillón de respaldo alto, su expresión severa, la frente surcada por pensamientos densos.

Durante varios minutos, ninguno dijo una palabra. Solo se escuchaba el tintinear del metal en la loza y el lejano murmullo de las fuentes en los jardines.

Calista fue la primera en romper el silencio.

-César -dijo con voz tranquila, sin mirarlo aún-. Me parece justo que empieces a contarme lo que realmente pasó ayer.

Él levantó la vista apenas, sin sorpresa. Tomó su taza con una mano y bebió un sorbo sin prisa.

-No fue más que una riña entre hermanos -respondió-. Algo sin importancia.

Calista giró su rostro hacia él y arqueó una ceja.

-¿Una riña entre hermanos? Tu hijo amaneció cubierto de moretones y aún no puede incorporarse sin ayuda. No soy ingenua. Lo que ocurrió fue algo más grave… y quiero saberlo.

César suspiró con suavidad.

-Eduard llegó a su límite -dijo finalmente, dejando la taza sobre el platillo con un leve clic-. Años de tensión, de humillaciones, de sentirse menospreciado. Ayer simplemente… explotó.

-¿Explotó? -repitió ella, mirando hacia la ventana-. ¿Sabes que estuvo a punto de matarlo?

César asintió lentamente.

-Lo sé. Por eso tuve que actuar.

Calista lo observó en silencio un instante.

-No podemos permitir que este tipo de escenas se repitan -dijo finalmente-. Mucho menos ahora. Carlos será emperador. Y un futuro emperador no puede permitirse distracciones, ni amenazas… ni resentimientos.

-Por eso he tomado una decisión -dijo César con firmeza-. He enviado a Eduard lejos del imperio.

Los ojos de Calista se abrieron apenas, sorprendida por la frialdad de sus palabras.

-¿Lo exiliaste?

-Sí. No fue una elección fácil. Pero necesaria. Estos dos no pueden coexistir bajo el mismo techo. Cada encuentro entre ellos termina en conflicto. Y esta vez… estuvo demasiado cerca del desastre. El palacio ya empezaba a murmurar sobre intento de fratricidio. Si no intervenía, la situación se salía de control.

Calista cruzó las piernas con lentitud, pensativa.

-¿Y no crees que eso puede dejar una herida aún más profunda entre ellos?

-Tal vez sí. Pero es preferible una herida a un crimen -replicó el emperador sin vacilar-. Prefiero tener un hijo lejos que enterrarlo.

El silencio volvió a caer entre ellos por unos segundos.

-Dime la verdad -dijo ella, con tono más suave-. ¿Carlos siempre fue así con él?

César bajó la mirada hacia su taza.

-Sí -confesó-. Siempre lo fue. Y yo lo permití. No lo alenté, pero tampoco lo corregí. Pensaba que Eduard debía fortalecerse por sí mismo… que esa dureza lo forjaría.

-Criar dos hijos no es sencillo. Pero uno espera que un emperador sepa cómo guiar a sus propios herederos.

-No sabía cómo hacerlo -admitió él-. Cuando nacieron, yo era un hombre cerrado, torpe para lo emocional. Veía a mis hijos como piezas de ajedrez en el gran tablero del imperio. No sabía qué hacer con el amor… ni cómo mostrarlo. A Carlos le di todo. A Eduard, distancia.

-Y ahora ambos están rotos -murmuró Calista, con un dejo de tristeza.

-Sí -respondió César, con resignación en la voz-. Uno, atrapado en el orgullo y la ambición. El otro, cargando un corazón lleno de heridas que no supo confesar. Y todo por mi torpeza como padre.

Calista se inclinó levemente hacia él.

-¿Aún crees que es tarde para reparar lo que hiciste?

-No lo sé -respondió él, cruzando los brazos-. Solo sé que por ahora, deben estar lejos. Tal vez con el tiempo… puedan entenderse. Pero ahora mismo, uno es el próximo emperador… y el otro, un peligro para su estabilidad.

-¿Eduard ya partió?

-Sí. Salió esta madrugada. Con discreción, para evitar rumores.

Calista suspiró.

-Lo siento, César. Siento que te tocara cargar con tanto…

Él asintió.

-Cargar con el poder significa también cargar con la culpa. Y la mía… no es poca.

Calista tomó otro sorbo de su té y luego, con un movimiento lento, dejó la taza sobre el platillo. Se mantuvo unos segundos en silencio, observando cómo la porcelana humeante comenzaba a perder su calor.

-Tal vez… -dijo finalmente, con un suspiro- sea mejor que dejemos atrás por ahora los temas pesados. La boda se aproxima, y aún quedan preparativos por afinar.

César asintió con cierta solemnidad, cruzando las manos sobre la mesa.

-Sí. Es cierto. No falta mucho ya. Y será una celebración importante para ambas casas… y para ambos imperios. La alianza con Arcuarza consolidará nuestra posición en el continente. A nivel político, será una unión impecable.

Calista sonrió apenas, con esa elegancia serena que la caracterizaba.

-Y no solo política, espero. Si bien todo esto se tejió con conveniencia diplomática… sigo siendo madre. Y como madre, solo deseo que Carlota encuentre la dicha que yo no tuve.

El emperador inclinó la cabeza con respeto.

-Lo entiendo -respondió con tono más cálido-. Y créeme que comparto ese deseo. He estado observándolos últimamente… y debo decir que Carlos parece más sereno a su lado. Tal vez… la presencia de Carlota le esté trayendo algo que ni yo, ni nadie más, pudo ofrecerle.

Calista volvió a tomar su taza, pero esta vez no bebió. Se limitó a mirarla mientras hablaba:

-Yo también lo he notado. Carlota está más… cercana. Se ha vuelto más paciente con él, más suave. Siempre fue una joven reflexiva, pero ahora parece más entregada. Como si estuviera aprendiendo a querer.

-Hacen una buena pareja -afirmó César-. Visualmente, incluso. Pero también en carácter. Ella es luz donde él es sombra. Y a veces… eso equilibra.

-Eso espero -dijo Calista con una sonrisa leve -. Carlos es un joven complicado. Intenso, impulsivo… a veces inaccesible. Pero si alguien puede ayudarlo a calmar su fuego, esa es mi hija. Siempre ha tenido un corazón fuerte, pero sereno. Aunque no sé si eso será suficiente con el tiempo.

-Carlos necesita tiempo… y guía -respondió César-. Pero sobre todo, alguien que no lo tema. Y Carlota no parece temerle. Le habla, y él la escucha. Al menos, más que a mí.

Calista se permitió una pequeña risa, apenas un aliento de ironía.

-Eso tampoco es tan difícil, César. Tú no eres precisamente el hombre más fácil de escuchar.

César arqueó una ceja, pero la acompañó con una risa discreta.

-Buen punto.

Ambos se miraron, y el ambiente se alivianó levemente.

-Solo espero que todo salga bien -dijo Calista en voz más baja, como si se hablara también a sí misma-. Que la ceremonia sea hermosa… que la gente la recuerde. Que mi hija no termine atrapada en una vida que no le pertenece… Que Carlos no la hiera. Ni con palabras, ni con ausencias.

César bajó la mirada, pensativo, y asintió.

-Te lo prometo, Calista -dijo al fin, con voz grave-. Haré lo posible para que todo salga como debe. Para que esa unión no solo fortalezca imperios, sino que al menos, les dé una oportunidad de ser felices.

-Gracias -respondió ella con sincera gratitud -. Porque a estas alturas… la felicidad también debería contar, ¿no crees?

El emperador no respondió de inmediato. Solo miró por la ventana, hacia los jardines soleados, y murmuró casi para sí:

-A veces, cuesta recordar que también tenemos derecho a ella.

-Tienes razón César, tienes razón…

Y así, sin más palabras, ambos se quedaron allí, compartiendo el silencio. La emperatriz Calista retomó su taza y bebió con lentitud, mientras el emperador César, con la mirada perdida en la ventana, sostenía la suya sin volver a llevársela a los labios.

Mientras…

Mientras tanto, el carruaje avanzaba constante por los caminos de tierra bordeados de árboles. Las ruedas crujían con suavidad sobre el terreno, y el trote regular de los caballos acompañaba el silencio del interior. Aún faltaba para llegar a la mansión, y el paisaje que se deslizaba por la ventanilla apenas mostraba colinas distantes.

Leyla seguía dormida, profundamente, su cabeza recostada en el pecho de Eduard. Él la sostenía con delicadeza, su mirada, sin embargo, no se apartaba de su rostro. Observaba su respiración tranquila, la forma en que sus párpados temblaban ligeramente al soñar, y el gesto pacífico que rara vez podía conservar en el palacio.

Margaret observaba por la pequeña ventanilla lateral, en silencio. No había hablado mucho desde que partieron, pero ahora, después de horas de trayecto, rompió el silencio con voz baja, casi como si le costara decidir si debía hablar o no.

-¿De verdad… confías en tu padre, Eduard?

Él tardó unos segundos en responder. No dejó de mirar a Leyla mientras hablaba.

-Quiero pensar que sí -dijo al fin-. Tampoco tengo motivos para creer que me ha mentido. Nunca ha sido un hombre cariñoso, ni justo, eso es cierto… pero siempre fue directo. Incluso cuando sus palabras dolían. Me decía la verdad, aunque fueran insultos.

Margaret cruzó los brazos.

-Yo acepté venir… por ella. Por Leyla. No por confianza -dijo con firmeza-. Si algo llega a salir mal, si esto resulta ser una trampa, prefiero estar cerca para protegerla.

Eduard la miró, agradecido, aunque con el rostro serio.

-Lo sé, Margaret. No tienes idea de cuánto valoro eso. -Hizo una pausa, y bajó la vista hacia Leyla-. Pero no creo que esto sea una trampa. Puede que mi padre tenga muchos defectos… pero no es un hombre de juegos. Me dijo que quería mi seguridad.

-¿Y tú le creíste solo por eso? -preguntó Margaret con escepticismo-. ¿De verdad piensas que el emperador, de la noche a la mañana, decidió volverse bueno?

Eduard se encogió ligeramente de hombros.

-No lo sé. Tal vez no se volvió bueno. Tal vez simplemente se dio cuenta de que seguir manteniéndome en el palacio, al lado de Carlos, era peligroso. Después de la paliza que le di… probablemente pensó que si no me sacaba de allí, podía matarlo en cualquier momento. O peor… que todo el imperio se enterara de lo que realmente pasa dentro de esas paredes.

Después de unos minutos de silencio, habló sin apartar la vista de la ventanilla, mientras el paisaje desfilaba lentamente ante sus ojos.

-¿Eso te hace confiar en él?

Eduard giró su rostro hacia ella, con una leve sonrisa.

-No confío en su corazón, Margaret. Pero confío en que, al menos esta vez, no tiene razón para mentirme. Nos quiere lejos. Y yo también quiero estar lejos. Si su decisión fue una forma elegante de sacarme del tablero… entonces, bien. Al menos gané algo que en el palacio nunca tendría.

Su mirada descendió de nuevo hacia Leyla.

-Paz. Y la posibilidad de ser feliz con la mujer que amo.

Margaret lo observó unos segundos más. No respondió de inmediato. Solo suspiró, resignada, y se recostó contra la pared del carruaje, con los brazos cruzados.

-Solo espero que tengas razón. Porque si no… si algo llega a salir mal, no quiero que te culpes por confiar en quien no debía.

-Lo sé -murmuró él-. Pero ahora… solo quiero pensar que tenemos un nuevo comienzo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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