Imperio De Pasiones - Capítulo 2
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Capítulo 2: Capítulo 1: Entre la Lechuza y el Cuervo.
Desde hacía años, casi desde que ambos tenían memoria, Leyla y Eduard habían compartido miradas que decían más de lo que se atrevían a admitir. Lo suyo no nació de un día para otro: creció despacio, como esas historias destinadas a existir incluso cuando nadie debería descubrirlas.
Leyla, una simple doncella, y Eduard, el príncipe bastardo, habían tejido en secreto un vínculo tan frágil como prohibido, pero imposible de arrancar del corazón.
Aquella mañana, Leyla despertó en silencio, como siempre. Era una muchacha sencilla y discreta, pero poseía una belleza tan natural que llamaba la atención incluso cuando trataba de ocultarse. Esa misma belleza, delicada pero luminosa, provocaba la envidia de varias jóvenes del servicio, quienes no perdían oportunidad de inventar chismes para opacar lo que jamás podrían imitar.
Mientras avanzaba por los pasillos rumbo a sus tareas, alcanzó a oír a un grupo de sirvientas murmurar sobre el príncipe Eduard. Comentaban que, una vez más, había discutido con su hermano mayor, Carlos, durante el desayuno, incluso frente a su padre. Leyla no se sorprendió. Para ella, Carlos siempre había sido arrogante, caprichoso y excesivamente orgulloso de su título. En silencio, lo consideraba un completo tonto, aunque sabía bien que nunca podría decirlo en voz alta.
Leyla avanzaba por el pasillo aún fresco de la mañana cuando vio, a la distancia, la figura de Eduard. Caminaba con su porte habitual, recto pero cansado, como si el día ya hubiera sido más largo de lo debido. Al reconocerla, su expresión se suavizó.
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, él inclinó ligeramente la cabeza.
—Buenos días, Leyla.
—Buenos días, mi príncipe —respondió ella con una reverencia sencilla.
Eduard sonrió apenas.
—Te juro que algún día aprenderás a saludarme sin tanta formalidad.
—Si tú dejas de fingir que eres tan serio por las mañanas —replicó ella suavemente.
No era una burla abierta; era el tipo de intercambio que solo ellos compartían. Una complicidad construida a lo largo de años. Desde jóvenes, habían encontrado en el otro algo que nadie más parecía ofrecerles: compañía sin intereses, sinceridad sin juicios. El emperador, consciente de la soledad de Eduard, nunca se opuso a esa amistad. Incluso la alentó, siempre que se mantuviera dentro de los límites del respeto. Y todo el palacio lo sabía: Leyla era una de las pocas personas con las que el príncipe realmente se sentía él mismo.
Eduard ofreció caminar a su lado, un gesto discreto que Leyla aceptó con naturalidad.
—Escuché que tu mañana fue… agitada —comentó ella con tono cuidadoso.
—Agitada es una forma muy amable de decirlo —suspiró él—. Carlos empezó a discutir conmigo antes incluso de que terminara el primer plato.
Leyla no pudo evitar sonreír.
—A veces me pregunto si realmente desayunan… o si simplemente asisten a un duelo verbal matutino.
—Créeme que lo segundo. Yo solo quiero comer —respondió Eduard, alzando las manos con resignación—. Pero mi hermano cree que cada día es una oportunidad nueva para recordarme algo que no necesito escuchar.
Leyla guardó silencio un momento. Lo conocía lo suficiente para entender cuánto lo agotaban esas peleas.
—Debe ser difícil —dijo finalmente—. No crecí con hermanos, así que no puedo imaginarlo por completo… pero no debe ser fácil convivir con alguien tan… temperamental.
Eduard soltó una risa baja.
—“Temperamental”. Qué elegante manera de decir que Carlos es insoportable.
—No quise decir exactamente eso —respondió ella, aunque la sonrisa la traicionaba.
—Pero es cierto —añadió él—. Carlos es… complicado. Todo lo convierte en competencia. Siempre tiene que demostrar algo, incluso cuando nadie le pide nada.
Leyla lo observó de reojo.
—Aun así… supongo que todas las familias tienen sus conflictos.
—Sí, pero la mía se esmera —respondió Eduard con humor cansado—. A veces pienso que la nuestra es más un campo de batalla que un hogar.
—Bueno —dijo Leyla—, la familia imperial es… peculiar.
—Esa palabra otra vez —comentó él con una media sonrisa—. Cuando dices “peculiar”, suena como si intentaras no decir algo peor.
—Es que no puedo ser grosera —se defendió ella con suavidad—. No sería apropiado.
—Conmigo puedes. Siempre has podido —respondió él, mirándola de manera sincera.
Caminaron unos pasos más, y el silencio que se formó no era incómodo; era cercano.
—Me alegra haberte encontrado —murmuró Eduard—. Haces que el día parezca menos pesado.
Leyla bajó la mirada, sintiendo un calor suave en el pecho.
—Y tú haces que el palacio parezca menos frío —respondió, sin pensarlo demasiado.
Eduard se detuvo un instante, sorprendido por la sinceridad simple de sus palabras, pero no comentó nada.
Solo siguió caminando a su lado, por el corredor principal, donde los ventanales dejaban entrar una luz dorada que hacía brillar las armaduras de los guardias imperiales apostados a cada lado. En cuanto vieron a Eduard, todos inclinaron la cabeza con respeto.
Él respondió con un gesto leve, acostumbrado pero siempre educado. A su lado, Leyla mantuvo el ritmo, procurando parecer indiferente a tanta solemnidad. Aun así, se sentía un poco fuera de lugar cada vez que cruzaban por esos pasillos.
Cuando el último guardia volvió a su posición, Eduard habló en voz baja, lo justo para que solo ella lo oyera.
—Siempre he creído que si algún día estornudo frente a ellos, me harán una reverencia al sonido.
Leyla soltó una risa inmediata, intentando taparla con una mano.
—Eduard…
—Es en serio —añadió él—. Imagínalos… “Salud, su alteza”, inclinando la cabeza como si mi estornudo fuera una bendición divina.
—No seas exagerado —dijo ella, aunque reía de nuevo—. No creo que te reverencien por estornudar.
—¿No? —preguntó él con fingida sorpresa—. Estoy casi seguro de que uno de ellos quiso hacerlo la última vez. Creo que movió un poquito el casco.
—Tal vez estaba ajustándoselo —respondió Leyla, divertida.
—O tal vez estaba impresionado por la majestuosidad de mi estornudo —insistió Eduard con solemnidad falsa—. Tengo una presencia imponente, ¿sabes?
Leyla rodó los ojos con suavidad.
—Tienes muchas cosas, pero “imponente” no es la primera que se me ocurre.
Eduard fingió ofenderse.
—Eso me duele profundamente. Espera, déjame recomponer mi orgullo herido.
—Seguro que se te pasará —dijo ella sin mirarlo, sonriendo.
Él alzó ligeramente una ceja.
—¿Tan transparente soy?
—Totalmente —respondió Leyla con un tono que solo usaba con él—. Te conozco desde que eras más pequeño.
Eduard soltó una carcajada genuina.
—No era tan pequeño.
—Lo suficiente —replicó ella—. Me acuerdo perfectamente de cuando te escondías detrás de las cortinas para no ver a los instructores.
—No me escondía… —empezó a decir él, pero se detuvo al ver la expresión de ella—. Está bien, tal vez un poco.
—Un poco mucho —aclaró Leyla con gracia.
—En mi defensa —dijo él, levantando las manos—, ese instructor gritaba como si lyra le hubieran dado una sola misión en la vida: destruir mis oídos.
Leyla se rió de nuevo, esta vez sin intentar contenerse.
—Extraño esos días —añadió ella—. Todo era más simple.
Eduard la miró con un brillo suave en los ojos mientras seguían caminando.
—Sí… lo era.
Un guardia abrió la puerta del siguiente corredor en cuanto los vio acercarse.
Ambos pasaron sin dejar de caminar, y cuando volvieron a estar solos, Eduard adoptó un tono más ligero.
—Por cierto, Leyla… ¿ya desayunaste?
—Aún no. Apenas empezaba mis tareas cuando te encontré.
—Entonces fuiste salvada —dijo él con fingida solemnidad.
—¿Salvada?
—Claro —respondió Eduard—. El desayuno del palacio está terrible hoy. Creo que la cocinera beth decidió castigarme en solidaridad por mis discusiones con Carlos.
—No creo que la cocinera tenga tanto tiempo libre como para planear una venganza —dijo Leyla, riendo.
—Tú no la conoces tan bien como yo. Esa mujer es capaz de usar el pan duro como arma.
—Claro que la conozco bien, Eduard. Trabajo junto a ella casi todos los días —dijo con un suspiro divertido—. Y sí… es una señora cascarrabias. Mucho.
Él la miró con expresión ofendida, como si esperara un veredicto distinto.
—¿Entonces por qué no me crees cuando digo que me odia? —insistió, poniendo una mano en el pecho con dramatismo contenido—. Yo sé perfectamente que no le agrado.
Leyla soltó una risa breve, tratando de no llamar la atención.
—No te odia, Eduard… —respondió ella, subiendo la voz apenas lo necesario para que él la escuchara claramente—. La señora Beth es así con todos. Con todos. Te lo prometo.
Eduard frunció los labios, con ese modo particular de parecer ofendido.
—¿Con todos? ¿Incluso contigo?
—Conmigo, con las otras sirvientas, con los cocineros, con las personas que llegan de visita… —enumeró Leyla—. Incluso con los mensajeros que no hablan mucho. Es su forma de ser.
—Pues entonces debe odiar a todo el mundo —replicó él.
—Eso sí —dijo Leyla entre risas.
Eduard ladeó la cabeza, pensativo.
—Entonces no soy un caso especial…
—Solo en su paciencia —añadió ella—. Créeme, la señora Beth respeta a la familia imperial, pero eso no significa que no fantasee con aventarles una olla cuando nadie mira.
Eduard abrió los ojos con sorpresa.
—¿Una olla?
—Una grande —dijo Leyla con absoluta seriedad fingida—. Creo que ya ha pensado en el ángulo exacto para atinarte en la coronilla.
Él se llevó una mano al cabello, horrorizado.
—¿Tan grave es?
—Muchísimo —dijo Leyla, riéndose otra vez—. Aunque creo que solo lo haría en su imaginación. Es fiel a su deber… pero no tanto a su simpatía.
Eduard soltó una carcajada clara, una de esas risas que no permitía a nadie más escuchar.
—Lyra nos proteja de la señora Beth —dijo él, elevando la mirada como quien reza—. Es la verdadera autoridad del palacio.
—Eso sí puedo confirmarlo —respondió Leyla—. A veces creo que ella manda más que todos nosotros juntos.
Sus risas se mezclaron mientras caminaban, compartiendo la cercanía del otro sin necesidad de nada más.
A lo lejos, sin que ninguno de los dos lo advirtiera, una figura observaba la escena desde el corredor superior del palacio. El emperador, con las manos enlazadas detrás de la espalda y el porte imponente que imponía respeto incluso en silencio, seguía a su hijo con la mirada seria, aunque no dura.
No albergaba malos pensamientos… pero tampoco buenos del todo.
Le agradaba ver a Eduard acompañado —después de todo, ese niño había crecido más solo que cualquier príncipe—. Recordaba con pesar los años en que apenas hablaba, siempre apartado, como si temiera ocupar demasiado espacio en un mundo que nunca lo recibió con brazos abiertos. Por eso, ver a su hijo riendo junto a alguien, aunque fuera una sirvienta, tenía algo de alivio para él.
Pero también le inquietaba.
No por Leyla en sí, sino por lo que representaba.
Era una sirvienta, y era mujer.
Dos detalles que podían convertirse en un arma de doble filo: o lo fortalecían… o lo destruían. Un afecto inocente podía transformarse en algo más profundo, algo que la corte jamás vería con buenos ojos. Y el emperador, aunque era un hombre rígido, no era ciego. Sabía reconocer la cercanía cuando la veía.
Aun así, no quería pensar lo peor. No hoy.
“Una amiga no le hará daño”, se dijo para sí, obligándose a soltar un suspiro que llevaba retenido desde hacía años. “No después de tanta soledad…”
Decidió apartar aquellas ideas antes de que crecieran demasiado. Giró sobre sus talones con discreción y continuó su camino, dejando atrás el eco suave de las risas de ambos jóvenes, sin saber que ese lazo inocente sería el inicio de una historia que algún día corrompería al imperio.
Más tarde, ese mismo día..
Leyla barría el suelo del pasillo con movimientos meticulosos y silenciosos, la escobilla rozando las losas gastadas mientras su mente estaba distraída. La luz tenue de la tarde entraba por las ventanas altas, dibujando sombras alargadas que parecían acompañarla en aquella rutina.
De pronto, sintió una presencia cerca, un aura fría que le erizó la piel antes de que pudiera voltear. Carlos apareció a su lado, apoyado con una sonrisa ladeada y los ojos brillantes.
—Leyla —dijo con voz baja y afilada—. No esperaba encontrarte aquí, tan entregada a tus tareas. Pareces mucho más encantadora de lo que cualquiera podría imaginar.
Ella apenas levantó la vista, sin dejar de barrer, y respondió con voz firme:
—Estoy trabajando, señor. Es lo que debo hacer.
Carlos se acercó un paso más, la mirada fija en ella con intensidad creciente.
—Pero no puedes negar que esta ropa te queda bien… incluso mejor de lo que cabría esperar —susurró—. Hay algo en ti, una chispa que no pasa desapercibida, ni siquiera para alguien como yo.
Leyla detuvo la escoba por un instante, respirando profundo para no perder la calma.
—No sé qué busca, pero estoy aquí para cumplir con mis deberes, no para entretener a quien se lo proponga.
Él soltó una carcajada baja, divertida por su desafío.
—Vamos, Leyla. No seas tan rígida. Solo intento ser sincero. No todos los días se tiene la oportunidad de acercarse a alguien tan… especial.
—No me interesa su sinceridad, príncipe. Le pido que se retire. Tengo que terminar mi trabajo y luego irme.
La sonrisa de él se ensanchó, y sin aviso, le tomó la barbilla con un gesto posesivo, inclinándola hacia él, como si quisiera obligarla a mirarlo.
—No es tan fácil que me quite de encima, pequeña —murmuró con voz ronca—. Deberías aprender a disfrutar un poco más de la atención.
Leyla reaccionó rápidamente, apartando el rostro y dándole un golpe leve en la mano que aún la sujetaba.
—Le he dicho que se vaya —advirtió, la voz vibrando con coraje—. No pienso tolerar esto.
Carlos la miró, evaluando su reacción, pero algo en la firmeza de Leyla lo hizo retroceder un poco. Con una última sonrisa cargada de desdén, soltó su mano.
—Por ahora me retiraré, pero no creas que esto termina aquí —dijo, dando media vuelta y alejándose con paso lento y arrogante.
Leyla se quedó inmóvil un momento más, con la respiración agitada, antes de retomar su tarea con una carga emocional más pesada sobre sus hombros.
Catalina, una sirvienta de lengua afilada y mala intención, había presenciado la escena, aunque no logró captar lo que decían. Silenciosa, se retiró sin llamar la atención y se dirigió a la habitación donde descansaban varias sirvientas.
Al entrar, se acomodó en un rincón y comenzó a murmurar para captar la atención.
-¿Han visto a Leyla hoy? La vi muy cerca del príncipe Carlos, demasiado cerca para ser casualidad -dijo con una sonrisa.
Las otras sirvientas, que hasta ese momento charlaban despreocupadas, voltearon intrigadas.
-¿En serio? -preguntó una, arqueando una ceja-. Leyla siempre ha sido una chica sencilla, pero esto suena a que anda jugando con fuego.
-Pues no me extrañaría -añadió otra con un tono cuchicheante-. Con lo fácil que se hace querer, no creo que le cueste mucho.
-Seguro quiere sacar provecho -sentenció una tercera, meneando la cabeza-. Ya saben cómo es ella, siempre buscando problemas.
Catalina, disfrutando el efecto de sus palabras, se acomodó mejor y siguió soltando veneno.
-Y no crean que esto es nuevo -empezó con aire conspirador-. Hace tiempo que la he visto coqueteando por aquí y por allá. Con un príncipe o con otro, lo mismo da.
-¿De verdad? -preguntó otra sirvienta, cada vez más intrigada.
-Por supuesto -intervino Catalina-. Por eso hay que tener cuidado. No vaya a ser que se convierta en una amenaza para las otras y termine ascendiendo sin merecerlo.
-Además -añadió otra-, el príncipe Eduard anda detrás de ella, seguro que su hermano Carlos no lo va a permitir. Eso solo puede traer problemas.
-Sí, y ya sabes cómo se las gasta Carlos -dijo Catalina con una sonrisa maliciosa-. No le gusta que nadie le quite la atención, mucho menos su hermano.
Las sirvientas intercambiaron miradas nerviosas y algunas soltaron risitas.
-Esto se va a poner interesante -susurró una de ellas-. Mejor estar atentas.
Catalina asintió con satisfacción y bajó la voz, aunque no demasiado.
-Por ahora, solo miren y escuchen. En cuanto pase algo, seré la primera en saberlo. Y entonces, lo sabrán.
Margaret, la única amiga de Leyla en el palacio, escuchó estas palabras en silencio, incapaz de soportar su mención. Salió de la oscuridad, donde había estado observando en silencio, y dio un paso al frente.
-¡Basta de hablar mierda de mi amiga! -exclamó con voz firme-. ¿Acaso no tienen nada mejor que hacer que difamar sin pruebas? Cierren la puta boca de una vez.
Una sirvienta, sin poder contenerse, respondió con descaro:
-Si Leyla no fuera tan atrevida, no tendríamos motivos para hablar mal de ella.
Margaret se acercó rápidamente a la mujer y, sin avisar, la empujó con fuerza.
-¡Cállate! -le ordenó, clavándole la mirada-. La vida de los demás no es asunto tuyo ni de nadie de aquí.
Catalina la miró con desprecio y le espetó:
-Margaret, cálmate, no es para tanto…
Margaret giró hacia Catalina con una mirada llena de desprecio.
-De todas las sabandijas que rondan este lugar, tú eres la peor -dijo con veneno-. Una rata negra entrometida que no hace más que echarle tierra a Leyla por pura envidia.
Catalina le respondió con desdén.
-Eres una maldita llorona, no aguantas ni una palabra sin explotar como una perra rabiosa.
Sin pensarlo dos veces, Margaret le propinó una cachetada que dejó la mejilla de Catalina rojiza.
-Cállate o te partiré el culo en dos -advirtió con tono amenazante.
Catalina, sorprendida y dolida, quedó muda, bajando la vista con impotencia.
Margaret lanzó una mirada fulminante al resto de las sirvientas, ninguna se atrevió a decir una palabra. Luego, sin pronunciar nada más, Margaret se giró y salió de la habitación, dejando tras de sí un silencio denso como la niebla.
Margaret no había podido evitar enfadarse pues llevaba años siendo el pilar más firme en la vida de Leyla. Se conocieron cuando Leyla llegó al palacio con apenas catorce: tímida, reservada, casi invisible. Margaret, dos años mayor y con carácter de fuego, fue la primera en acercarse.
Mientras Leyla intentaba pasar desapercibida, Margaret se ganaba enemigos por decir lo que pensaba, y a veces también por soltar algún golpe cuando la paciencia se le agotaba. Precisamente por eso se hicieron amigas: Leyla necesitaba alguien que la defendiera del veneno de las sirvientas, y Margaret necesitaba a alguien que calmara su temperamento.
Con el tiempo, se volvieron inseparables. Margaret alejó a quienes intentaban humillar a Leyla, y Leyla se convirtió en el único lugar donde Margaret podía descansar de su propio caos.
Margaret avanzaba por el corredor; cada paso suyo sonaba a protesta. La furia le hervía tanto que casi no veía por dónde iba… hasta que, al doblar una columna, se encontró con Leyla.
La joven seguía barriendo el suelo de mármol. Tenía la mirada perdida, como si su mente hubiese volado a algún rincón donde la realidad no podía alcanzarla.
—Oye —chascó los dedos Margaret frente a su cara—. Vuelve a tu cuerpo, que ya me estas asustando.
Leyla parpadeó, regresando del limbo, y abrió los ojos de golpe al verla.
—¿Marga? No te escuché venir… perdón, estaba… —su voz se apagó un poco.
—Estabas quién sabe dónde —bufó Margaret, cruzándose de brazos—. Eres increíblemente distraída. Si un día te secuestran, yo ni me entero.
Leyla sonrió con cansancio.
—Es que cuando trabajo, no sé en qué pensar. Mi mente se va sola… —miró el suelo por un instante—. A veces es más fácil perderse que estar aquí.
Margaret suspiró.
—Pues despiértate, porque vengo a contarte algo que te va a revolver el estómago.
—¿Otra vez Catalina? —preguntó Leyla sin sorpresa.
—¡Otra vez Catalina! —confirmó Margaret, indignada, gesticulando —. Sigue hablando de ti… como siempre. Y esta vez no se guardó nada.
Leyla solo sacudió la cabeza.
—No hay que hacerle caso. Se aburrirá..
—¿Aburrirse? —Margaret lanzó una carcajada amarga—. Esa mujer tiene más veneno que una serpiente. No se cansa nunca.
—Estoy bien —repitió Leyla.
Margaret negó con fuerza.
—No, no estás bien, pero no importa, porque vengo a decirte algo más. —Se inclinó hacia ella, bajando la voz—. Catalina te vio hablando con el príncipe Carlos.
Leyla soltó un suspiro corto, de esos que cargan fastidio.
—Y entonces inventó algo, ¿verdad?
—Dijo que eras una trepadora —gruñó Margaret, apretando los puños como si quisiera romperlos contra una pared—. Que te haces la santa pero andas cazando príncipes.
Leyla se sonrojó, esta vez de irá, y arrugó el gesto.
—No le hagas caso —murmuró, aunque sus mejillas ardían—. No alimentes sus tonterías.
—¡¿Cómo no voy a hacerle caso?! —protestó Margaret—. Tú te haces la tranquila, pero yo sé que te molesta. Y a mí también. Esa tipa me tiene harta. Te juro que un día voy a…
—Margaret —interrumpió Leyla, levantándose del suelo—. Cuida tu lenguaje, por favor.
—Es la verdad —refunfuñó la otra, poniéndose también de pie—. Quiero darle una lección a esa… ¡esa! —mordió el aire, sin decir la palabra—. Odio que difamen a la gente que quiero. ¿Por qué todos te atacan? ¿Por qué no dejan de meterse contigo?
Leyla se acercó, más calmada, y tomó la mejilla de su amiga entre los dedos, obligándola a mirarla.
—Ya, tranquila —susurró con una sonrisa suave—. La vida es así. Siempre habrá alguien que hable, que invente, que envidie. No podemos detenerlos. Y aunque una haga las cosas bien, ellos igual van a seguir. No vale la pena gastar energía en eso.
Margaret bajó la mirada, aún con el pecho tenso.
—Aun así… me da rabia —murmuró—. Porque no te lo mereces.
—Lo sé —respondió Leyla, acariciándole un segundo el rostro—. Pero estoy contigo. Y eso hace que todo sea más fácil.
Margaret resopló, todavía enfadada, pero un poco más tranquila.
—Igual la odio.
—Lo sé —dijo Leyla.
Ambas soltaron un suspiro casi al mismo tiempo y, sin pensarlo demasiado, Margaret pasó su brazo por el de Leyla. Leyla hizo lo mismo, dejándose llevar por ese gesto familiar.
Juntas, tomadas del brazo, se alejaron del pasillo rumbo a otro sector del palacio, hablando en voz baja mientras sus pasos resonaban suavemente sobre el mármol.
Más tarde..
cuando el sol ya se deslizaba detrás de las torres del palacio y el cielo comenzaba a teñirse de un azul profundo, Eduard caminó por el corredor que conducía al gran comedor imperial.
Las antorchas recién encendidas proyectaban un brillo cálido en las paredes, y el aroma de las especias anunciaba que la cena estaba por comenzar.
Un guardia abrió la puerta apenas lo vio acercarse.
Eduard entró en silencio, con esa compostura que había aprendido a mantener frente a su familia. La sala era amplia, solemne, dominada por una mesa larga de madera oscura pulida hasta brillar.
En el centro, como siempre, estaba el emperador: espalda recta, mirada penetrante, manos entrelazadas sobre la mesa mientras esperaba a sus hijos.
Carlos ya estaba sentado, acomodado con un aire de importancia casi teatral, jugueteando con el borde de su copa mientras fingía no notar a su hermano.
Eduard respiró hondo y ocupó su lugar, justo frente a Carlos. Sintió la presión de su mirada antes incluso de levantar los ojos, como si un alfiler le rozara la piel.
El silencio inicial era espeso, como si la mesa estuviera cubierta por una capa invisible de hielo.
Eduard permanecía en mudez, cortando su comida con movimientos mecánicos.
-Eduard, ¿te ocurre algo? -preguntó César, mirándolo con desinterés.
-Nada, padre. Solo estaba pensando -respondió, manteniendo la voz calmada.
-Quizá piensa en cómo encajar en su papel -dijo Carlos, con una sonrisa sarcástica-. No es fácil ser príncipe cuando no naciste para ello.
El comentario cayó como una piedra en la mesa. El emperador frunció el ceño ligeramente, pero no dijo nada. Era un tema que prefería evitar.
Eduard levantó la mirada, sus ojos color rubí clavándose en los de Carlos.
-No nací para esto, pero estoy aquí, ¿no? -respondió con frialdad-. Alguien tiene que hacerlo bien.
Carlos soltó una carcajada, inclinándose hacia atrás en su silla.
-Por favor, no actúes como si eso fuera un mérito. Todos sabemos por qué estás aquí. Si no fuera por la insistencia de tu madre, no tendrías ni un pie en este palacio.
-¡Carlos! -interrumpió el emperador, su voz grave resonando en el salón-. Ya es suficiente.
Carlos alzó las manos en un gesto de rendición, pero su sonrisa permaneció.
-Como digas, padre. Solo intentaba aclarar las cosas.
Eduard apretó los puños bajo la mesa.
Después de un breve silencio, el emperador volvió a hablar.
—Estoy cansado de estas disputas constantes. ¿Creen que no tengo suficientes problemas con los senadores, los gremios y los nobles del norte como para además soportar sus riñas de niños? ¿Qué esperan lograr con esto?
Eduard lo miró por un momento.
—Yo no espero nada, padre. Aprendí hace tiempo que esperar algo de esta familia es perder el tiempo.
César lo miró fijamente, pero no respondió.
Carlos rompió el silencio con voz seca:
—Lo único que esperaba era que me devolvieran lo que es mío: una familia sin intrusos. Pero eso, parece, ya es imposible.
—¿Intruso? —repitió Eduard, sin alzar la voz, pero con dureza —. Yo no pedí nacer. Y mucho menos ser criado aquí, entre desprecios y mentiras.
El emperador se puso de pie con lentitud. Su figura se alzó rígida, imponente.
—Este no es el lugar para revivir viejos pecados —dijo con frialdad—. Y tampoco es el momento.
—¿Y cuándo será, padre? —insistió Eduard—. ¿Cuándo dejarás de fingir que no sabes por qué mi presencia les arde tanto?
César lo miró largo rato, hasta que, finalmente, dijo:
—Cuando entiendas que no todo debe decirse. Hay verdades que no sirven a nadie.
Carlos chasqueó la lengua y se puso de pie también, con aire desdeñoso.
—Bonita forma de decir que prefiere el silencio a la vergüenza.
—Carlos —advirtió César, más cansado que autoritario.
—Tranquilo, padre. No seguiré.
Se volvió hacia la puerta, pero antes de marcharse, lanzó una última mirada burlona a Eduard.
—Buen apetito, hermano.
Eduard también se levantó, sin mirar a ninguno, murmuró:
—Gracias por recordarme, cada mañana, quién soy en esta familia..
Eduard avanzó por los pasillos, aún con la tensión encajada en los hombros. El eco de sus pasos se mezclaba con el silencio pesado del palacio, hasta que algo capturó su mirada y lo obligó a detenerse.
Frente a él, un imponente retrato mostraba a su padre junto a Carlos, ambos vestidos con la elegancia propia de la familia imperial, rodeados por un aura de orgullo cuidadosamente pintada. A los lados, otros cuadros engalanaban el muro: la difunta emperatriz, antiguos monarcas, parientes que el tiempo había convertido en leyendas.
Pero entre todos esos rostros ilustres, faltaban dos ausencias que ardían como heridas abiertas.
No había imagen alguna de su madre. Ni una sombra, ni un nombre, ni una historia. Para él y para todos, ella era un enigma: la mujer desconocida que había dado a luz al hijo ilegítimo del emperador y desaparecido después, como si nunca hubiera existido.
Y tampoco había un retrato suyo, ninguno.
Ningún artista había sido llamado para inmortalizarlo. Ningún cuadro proclamaba su presencia en el linaje imperial. Era un bastardo nacido fuera del matrimonio, tolerado por deber, pero jamás celebrado.
En esos muros llenos de memoria, su vida y la de su madre no tenían un lugar. Y esa verdad, pintada con silencios, pesaba más que cualquier insulto.
—Observando lo que nunca tendrás… —Una voz grave se deslizó detrás de él como una daga fría.
Eduard giró apenas la cabeza. Carlos estaba allí, de pie, con una sonrisa ladeada que no buscaba disimular su desprecio. La luz tenue realzaba la dureza de sus facciones y el brillo arrogante de sus ojos.
—Solo miraba un cuadro —respondió Eduard con calma, aunque tensó ligeramente la mandíbula.
—Cuadro que cuenta más de lo que parece —replicó Carlos, acercándose un paso—. ¿Sabes qué veo yo? Una verdad pintada al óleo: Un hijo digno junto a su padre… y ningún bastardo estorbando.
Eduard apartó la vista del lienzo y lo miró de frente.
—Quizá porque prefiero vivir fuera de las farsas.
Carlos soltó una breve risa seca.
—No te engañes, hermano, nunca has formado parte de esos cuadros porque nunca tendrás los mismos privilegios que yo. En este palacio, tú eres solo un intruso, un extraño que no pertenece aquí.
Eduard permaneció en silencio unos segundos. La penumbra del pasillo se colaba entre los ventanales altos, y la luz anaranjada de las antorchas proyectaba sombras alargadas en el suelo.
Finalmente, habló con una voz grave.
—Sí… —asintió despacio, sin apartar la vista—. Soy un extraño en esta familia… y un bastardo. Nunca he formado parte de tus retratos, ni de las historias que cuentan en los banquetes. Pero no soy como tú, Carlos.
El mayor soltó una carcajada fría.
—¿No? ¿Y qué eres entonces? Eres una sombra que se arrastra por los pasillos esperando que alguien lo note… Una mancha que mi padre tolera porque le recuerda una noche de placer.
—Puede que seas el heredero, el hijo legítimo, el que posa junto al emperador con la corona en la cabeza… pero eres un narcisista sin corazón. Todo en ti está podrido: tu orgullo, tu manera de mirar a los demás como si fueran juguetes para tu diversión, tu incapacidad para amar algo que no sea tu propio reflejo.
Carlos frunció el ceño, dando un paso al frente.
—Yo nací para gobernar. Tú, para vivir bajo mi sombra.
—No —interrumpió Eduard con fuerza—. Yo nací para ser libre de esa podredumbre que llamas corona. Tal vez mi madre no fue una emperatriz, y tal vez para ti eso me hace menos… pero prefiero llevar la marca de un bastardo antes que convertirme en un hombre vacío como tú.
Los labios de Carlos se torcieron en una sonrisa.
—No te engañes, hermano. La sangre que corre por tus venas es la misma que la mía. Y por más que lo niegues, nunca dejarás de ser lo que eres: el error de mi padre.
Eduard lo sostuvo con la mirada, sin pestañear.
—Puede que mi sangre sea la misma… —pausó, y su voz se volvió más baja— pero no mi corazón. Y esa, Carlos… es la diferencia que nunca podrás borrar.
Carlos lo observó con desdén. Sus labios se curvaron apenas, dispuesto a lanzar otra de sus punzantes frases, pero no alcanzó a pronunciar palabra.
—Con su permiso, alteza… —interrumpió Eduard, inclinándose en una reverencia exagerada, cargada de sarcasmo—. Me retiraré a mis aposentos, no vaya a ser que mi presencia de *bastardo* contamine su aire.
La reverencia era tan profunda que rozaba la burla, un golpe a la soberbia de su hermano. Sin esperar respuesta, Eduard se enderezó y comenzó a caminar.
Carlos lo siguió con la mirada. Sus puños se apretaron, y cuando la figura de Eduard se perdió, su atención se desvió hacia el gran retrato que colgaba en la pared: él, junto a su padre, el emperador César, ambos con la misma expresión altiva.
—Maldito engendro… —murmuró entre dientes, apenas audible, antes de dejar escapar una retahíla de groserías, cada una más venenosa que la anterior, dirigidas a ese hermano que, para él, jamás dejaría de ser una mancha en la sangre imperial.
Más tarde, ya entrada la medianoche..
Eduard se escabulló del palacio en silencio. Caminó por pasillos oscuros, bajó escaleras de servicio y cruzó jardines adormecidos, cuidando de no cruzarse con ningún guardia.
Siguió avanzando hasta llegar a la zona más alejada del recinto, donde la perfección imperial cedía paso al abandono. Allí se encontraba el jardín olvidado, el rincón que él y Leyla compartían en secreto: un antiguo jardín que perteneció a la madre del emperador y que, tras su muerte, fue dejado a la deriva hasta llenarse de maleza, flores salvajes y senderos olvidados.
Para todos era un espacio muerto.
Para ellos, el único lugar donde su amor prohibido podía respirar.
Eduard, apurando el paso. Había esperado todo el día para este momento, cuando finalmente podría verla lejos de los pasillos fríos y los rumores del palacio. Al llegar, la vio sentada en el banco de siempre, con la mirada fija en el cielo. Leyla parecía perdida en sus pensamientos, como si buscara respuestas entre las estrellas.
Leyla, Cuando escuchó pasos acercarse, se giró lentamente, y una sonrisa tímida apareció en su rostro. Era como si en ese instante el mundo se detuviera.
-Eduard… -susurró
-Siempre llegas primero -comentó él al acercarse, tratando de no interrumpir su ensimismamiento.
Ella esbozó una sonrisa discreta.
-Tal vez porque me gusta este lugar más que a ti -respondió con suavidad, aunque su tono tenía un deje de broma.
Eduard se sentó a su lado, manteniendo un poco de distancia, aunque no tardó en acortar el espacio entre ellos.
Leyla levantó la mirada con una pequeña sonrisa cansada.
—¿Y tú? —preguntó con suavidad—. ¿Cómo estuvo tu día?
Eduard soltó una risa baja, esa que solo aparecía cuando estaba con ella.
—Maravilloso… al principio —dijo, inclinándose un poco hacia ella—. Porque te vi en la mañana. Después de eso, ya sabes: mi hermano, obligaciones, lecciones interminables… una mezcla perfecta de estrés y aburrimiento.
Leyla sonrió con un gesto divertido, y él añadió:
—Pero basta de mí. Quiero escuchar cómo estuvo tu día.
Ella suspiró.
—Lo mismo de siempre. Nada interesante. Hice mis tareas, escuché chismes… las cosas de siempre.
Eduard frunció el ceño apenas.
—¿Chismes de qué tipo?
—Los de siempre —repitió ella, bajando la mirada hacia sus manos—. Que soy una trepadora. Que busco la atención de los príncipes… ya sabes.
Eduard apretó la mandíbula, pero con calma tomó sus manos, envolviéndolas con las suyas.
—No escuches esas estupideces —dijo con una firmeza cálida—. Tú no eres nada de lo que dicen. Eres valiosa… más de lo que cualquiera de ellas puede entender.
Leyla respiró profundo.
—Lo sé… son solo habladurías. Pero aun así… —sus dedos se tensaron un poco— me hierve la sangre escucharlas.
Eduard suspiró, acercándose un poco más.
—Tienes todo el derecho a estar enojada. No es fácil tu vida aquí… y lo sabes. Pero mírame —ladeó el rostro hasta que ella lo miró de nuevo—. Estoy aquí. Siempre voy a escucharte si lo necesitas.
Leyla esbozó una sonrisa suave.
—Gracias… aunque para eso ya tengo a Margaret —dijo en tono de broma.
Eduard abrió la boca en un gesto de indignación fingida.
—¡Vaya! —susurró—. Y pensar que creí ser tu favorito. Pero está bien… aunque Margaret no te va amar tanto como yo.
Leyla se sonrojó de inmediato, como si el calor le subiera desde el pecho hasta las mejillas.
—Si fuera así… ya me habrías besado —murmuró, intentando sonar ligera, pero la voz le tembló.
Eduard dejó de sonreír.
—¿Y si lo deseo? —preguntó en voz baja, acercándose más.
Leyla tragó saliva.
—Tal vez… sí. O tal vez no —dijo con un hilo de voz—. Puedes decidir tú.
Eduard no dudó.
Llevó una mano a su rostro, rozando su mejilla con una delicadeza que contrastaba con todo lo que sentía. Se acercó más, despacio, como si quisiera darle tiempo para alejarse.
Pero Leyla no lo hizo.
Sus respiraciones se mezclaron, cálidas en el aire frío del jardín.
Y entonces él la besó.
Un beso suave al principio, apenas un roce cálido, pero lleno de una ternura. Leyla respondió con la misma intensidad tímida, sosteniéndose de su camisa como si temiera que el momento se deshiciera.
A su alrededor, los sonidos de la noche continuaban: insectos escondidos entre la maleza, aves que se movían entre las ramas, el murmullo del viento filtrándose entre las hojas.
Cuando sus labios se separaron, ambos se quedaron quietos un instante, como si el mundo hubiese frenado solo para mirarlos. Leyla bajó la cabeza, y su rostro quedó prendido por un rubor imposible de ocultar.
Él no pudo evitar sonreír, con esa mezcla de ternura y picardía que siempre llevaba.
—¿Acaso estás sonrojada? —preguntó, con voz baja.
—No… no, es… solo el frío… o el calor, no sé.
Eduard se inclinó un poco, apoyando una mano bajo su mentón y, con la otra, apartó suavemente un mechón de su rostro.
—No me mientas —dijo con suavidad —. Siempre se te pone la carita colorada.
Ella bajó la vista, intentando ocultar la vergüenza.
—Es totalmente falso… —musitó—. Solo es el clima, eso es todo.
Él arqueó una ceja, sonriendo con complicidad.
—Ah, sí… claro. Apenas estamos en verano, así que sí, hace un poco de calor —bromeó, inclinándose un poco más cerca—. Tal vez mis caricias te ayuden a sentirte mejor.
Leyla reaccionó con un pequeño empujón, riendo a medias y reprochándole:
—¡Eres un maleducado! No puedes ser tan atrevido.
Eduard rió suavemente, manteniéndose cerca, sin soltar su mano.
—Pero eres mi doncella, Leyla. Al menos me gustaría ser un poco cariñoso contigo… siempre que tú lo permitas.
Ella lo miró, aún sonrojada, y negó con suavidad.
—No, por ahora no… solo quiero estar así, tomada de tu mano. Quiero disfrutar de este lugar contigo, de las flores, del viento… de todo.
Él asintió, entendiendo el silencio, dejando que el momento se extendiera.
—Dime… si pudieras ser cualquier ave, ¿cuál crees que serías?
Leyla se quedó pensativa, parpadeando varias veces antes de responder.
—No estaba preparada para esa pregunta… no lo sé. Tal vez… ¿tú podrías decirme cuál crees que sería?
Él la observó unos segundos, pensativo, como si estuviera examinando cada detalle de su personalidad, su postura, sus gestos.
—Creo que… podrías ser una lechuza.
—¿Una lechuza? —preguntó ella, incrédula.
Él asintió con seguridad.
—Sí. Las lechuzas son solitarias, no buscan demasiada compañía. Mantienen una actitud tranquila, silenciosa… son misteriosas y muy observadoras.
Leyla frunció ligeramente el ceño, intrigada.
—No sabía eso… me sorprende.
—Es cierto —continuó Eduard, con una media sonrisa—. Tú eres igualita a una lechuza blanca. Y eso es bueno… porque eres tranquila, pacífica, y tu percepción es aguda.
—Fascinante —dijo ella, con un tono de admiración sincera—. No sabía que las lechuzas fueran así… sería bonito ser una.
—Sí —respondió él, acercándose un poco más, pero manteniendo la distancia respetuosa—. Pero, lechuza o no, sigues siendo hermosa… y tan tranquila como siempre.
Leyla bajó la mirada, con un suave rubor aún presente, y dejó escapar una sonrisa tímida.
Él entrelazó los dedos con los de ella, apretándolos ligeramente.
—Y tú… ¿qué ave crees que yo sería?
Leyla lo miró sorprendida, frunciendo ligeramente el ceño, como si la pregunta la hubiera tomado desprevenida. Se quedó pensativa un momento, girando ligeramente la cabeza, y finalmente respondió con cautela:
—No sé… tal vez… un cuervo.
—¿Un cuervo? —repitió Eduard, arqueando una ceja —.
—Sí —afirmó Leyla con un pequeño encogimiento de hombros, jugando con sus dedos—.
—¿Y por qué un cuervo? —preguntó él, curioso, inclinándose ligeramente hacia ella.
Leyla lo pensó unos segundos, con la mirada perdida entre las flores y el cielo. Luego, con voz suave, respondió:
—Porque los cuervos son persistentes, curiosos, inteligentes… y astutos.
Eduard la observó, dejando que sus palabras calaran antes de asentir lentamente.
—Sí… tal vez sí —dijo pensativo—.
—¿Acaso no estás conforme? —preguntó Leyla.
—No… no es eso —replicó él, sonriendo ligeramente—. Solo que olvidé decir que los cuervos también son amigables con sus familiares… y eso no es muy cierto en mi caso. Pero lo demás… está correcto.
—¿Te sorprende que te compare con un cuervo? —preguntó Leyla suavemente, como tanteando su reacción.
Eduard la miró un instante, sonriendo con cierta incredulidad.
—Sí… me sorprende —admitió, bajando la mirada unos segundos antes de volver a sus ojos.
—¿Por qué? —insistió Leyla, inclinando ligeramente la cabeza.
—Porque yo no soy negro —dijo Eduard, con una sonrisa traviesa, bromeando.
Leyla lo miró de reojo y le dio un codazo en el costado.
—No bromees —replicó, sonriendo—. Y además, no hay nada de malo en ser un cuervo.
Eduard rió suavemente.
—Tienes razón… solo estaba bromeando. Lo decía porque en nuestro mundo, todo lo negro suele asociarse a los dioses corruptos.
Leyla asintió.
—Es cierto… los dioses corrompidos son un ejemplo. Su poder se volvió destructivo por su ambición y ego, y la gente olvida que no todo lo oscuro nace malo.
Suspiró, apoyando la cabeza ligeramente sobre su hombro.
—No todo lo oscuro o lo que parece malo realmente lo es —dijo suavemente—. Gracias a la oscuridad tenemos la noche, y sin ella no habría estrellas. La oscuridad y la luz se necesitan, se complementan… igual que nosotros.
Eduard la miró, conmovido por sus palabras.
—¿Entonces lo que quieres decir es que lo bueno y lo malo se complementan? Que ninguno puede existir realmente sin el otro…
Leyla asintió suavemente.
—Exactamente —respondió—. Nadie es completamente bueno ni completamente malo. Siempre hay algo en cada uno que necesita equilibrarse… algo que se complementa.
Eduard sonrió levemente, pensativo.
—Entonces… incluso nosotros, con todo lo que somos, podríamos ser como la luz y la oscuridad. Diferentes, opuestos a veces… pero necesarios el uno para el otro.
Leyla devolvió la sonrisa.
—Sí, pero… solo si queremos serlo..
Eduard sonrió y, sin pedir permiso esta vez, se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—Te quiero, Leyla. Y siempre te voy a querer.
Leyla, en silencio, apoyó su rostro contra su pecho. Luego, con ternura, le acarició la espalda mientras decía, en voz baja:
—Yo también te quiero, Eduard.
Leyla sonrió, tímida pero feliz, y después bajó la vista un momento, pensativa.
—¿Quieres que te cuente un cuento? —dijo de pronto.
Eduard arqueó una ceja.
—¿Un cuento? Mmm… suena mejor que cualquier clase con Geralt.
—Entonces escucha —dijo Leyla, acomodándose junto a él, con la cabeza sobre su hombro y la mirada perdida entre las estrellas.
—Había una vez una cuncuna amarilla —comenzó—. Vivía en lo alto de un árbol, justo debajo de un hongo rojo. Su cama estaba hecha de hojas secas. Desde allí subía cada día a las ramas, solo para mirar a los bichitos que podían volar. Las mariposas, las libélulas… los pájaros.
Leyla hizo una pausa. Su voz bajó de tono.
—La cuncuna alzaba la vista al cielo y se preguntaba con dulzura: “¿Por qué yo no puedo volar?” —dijo Leyla con una vocecita aguda, como si imitara a la pequeña criatura.
—Cada vez que veía a los demás alzar vuelo, sentía tristeza… una tristeza suave, constante. Veía a los demás elevarse y se decía a sí misma: “yo nunca podré”.
Eduard tragó saliva.
—Un día —siguió Leyla, acariciándole la mano—, la cuncuna comenzó a sentirse rara. Su cuerpo cansado, sus ojitos más lentos. Como si algo dentro de ella la empujara a detenerse. Entonces… tejió una cama de seda. Se arropó en ella… y durmió. Durmió por días y días. Tal vez semanas. Todo era oscuridad.
El silencio fue breve.
—Y cuando por fin despertó… ya no era una cuncuna. Tenía alas. Alitas suaves, hermosas, de muchos colores. Tan ligeras que el viento las hacía temblar. Miró al cielo… y esta vez no solo soñó. Voló. Voló entre las flores, entre las nubes, entre los árboles que antes solo podía mirar desde abajo. Y ya no volvió a sentir tristeza. Y colorín colorado —dijo Leyla suavemente—, este cuento se ha acabado.
Eduard no dijo nada por un momento. Solo la miró, con los ojos brillantes.
—Era más que un cuento, Leyla —murmuró finalmente—. Es la historia de alguien que sufre en silencio… y que un día descubre que puede transformarse. Que puede volar. Que merece hacerlo.
Ella asintió, sin dejar de mirarlo.
—Tal vez todos tengamos un poco de cuncuna… pero no lo sabemos hasta que algo dentro nos dice que es hora de cambiar.
—Entonces quédate conmigo hasta que me salgan alas —dijo Eduard en voz baja—. Y volaremos los dos.
Leyla cerró los ojos, sintiendo cómo su corazón latía despacio.
Después de un momento, Eduard rompió la quietud con una pregunta.
—Leyla, ¿esa historia la inventaste tú o alguien más te la contó?
Ella suspiró suavemente y respondió con una sonrisa melancólica.
—Mi madre solía contármela antes de dormir. Es una historia que siempre me daba un poco de pena, aunque no entiendo bien por qué, porque el final es feliz.
Eduard la miró con ternura y dijo:
—Quizás porque te sentías como una cuncuna pequeñita..
Leyla soltó una risita y negó con la cabeza.
—No creo. Tal vez es porque habla de alguien que tenía un sueño… y que al final logró cumplirlo.
Él asintió, conmovido.
—Es una historia hermosa. Cualquier niño se sentiría triste y feliz al mismo tiempo por la cuncuna.
Leyla se acercó un poco más, acurrucándose contra él, y susurró:
—Sí… así es.
La noche ya había caído por completo, y el frío comenzaba a colarse entre los árboles del jardín. Eduard se levantó con cuidado, sin querer romper la calma que los envolvía, pero consciente de que debía irse.
—Creo que es hora de que me vaya —dijo con voz tranquila, aunque con un dejo de tristeza.
Leyla lo miró con suavidad.
—Sí… ya es tarde —respondió.
Se quedaron en silencio un momento, mirándose como si quisieran guardar cada detalle del rostro del otro en la memoria. Luego, con un gesto natural, se acercaron y se dieron un abrazo breve pero lleno de cariño, un abrazo que hablaba de lo mucho que sentían separarse, aunque fuese por poco tiempo.
—Prométeme que volveremos a vernos—.susurró Leyla, apoyando la cabeza en el pecho de Eduard.
Él apretó suavemente su espalda y respondió con sinceridad:
—Lo prometo.
Se separaron con cuidado.
Cada uno tomó su camino, alejándose lentamente en direcciones opuestas. Mientras Eduard se perdía en la penumbra que conducía al palacio, Leyla se adentraba en las sombras del jardín.
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