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Imperio De Pasiones - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - Capítulo 3: Capítulo 2: Ecos del palacio.
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Capítulo 3: Capítulo 2: Ecos del palacio.

El palacio comenzaba a llenarse de movimiento con los primeros rayos del sol. Los sirvientes se apresuraban por los pasillos, cargando jarras de agua, pan recién horneado y pilas de ropa limpia. En uno de los salones más apartados, el joven príncipe Eduard se sentaba frente a una larga mesa de madera oscura, cubierta de libros abiertos, pergaminos enrollados y tinta fresca.

A su lado, el profesor Geralt hojeaba un tomo de historia con paciencia.

-Muy bien, alteza -dijo de repente -. Digame una cosa: ¿sabe por qué los 5 imperios llevan nombres de piedras preciosas?

Eduard se enderezó en su silla, dejando una pluma a un lado.

-Sí. Es porque al fundarse, sus líderes querían nombres que evocaran poder, belleza, valor… y también que reflejaran los colores de la magia que predominaba en cada uno.

Geralt asintió, aunque no sin dejar caer una sombra de ironía que nunca faltaba en sus clases.

-Una respuesta correcta… aunque un tanto superficial. Incluso un niño de diez años debería saberlo, es algo muy sencillo.

Eduard contuvo una sonrisa.

-Entonces vamos más a fondo -replicó el príncipe -. El Imperio Rubethia, por ejemplo, lleva ese nombre por el rubí. El primer emperador, según las leyendas, tenía ojos rojos como esa piedra. Decían que era una señal divina, un regalo del dios del amor… símbolo de que la magia roja habitaba en su sangre.

Geralt alzó una ceja.

-Mejor. Aunque, para ser riguroso, la piedra se eligió no solo por los ojos del emperador, sino por lo que representa: fuego, deseo, pasión. No hay piedra más adecuada para un imperio fundado sobre la ambición y la devoción de sus emperadores. El apellido imperial, Rubethia, proviene directamente de ahí.

Eduard asintió, bajando un poco la mirada.

-Ya lo sabía. Solo que… no lo dije todo.

-Comprensible -respondió Geralt con un gesto de aceptación -. A veces uno no dice lo que sabe, solo lo necesario.

Se acomodó la capa sobre los hombros antes de proseguir:

-Hablemos ahora de la magia. Como ya sabes, fue un regalo divino, aunque no nació de Arden, el llamado dios del amor. Él no creó el amor, pero sí fue elegido por la gran diosa Lyra para encarnarlo.

Hizo una breve pausa, dejando que las palabras calaran en el joven príncipe antes de continuar.

-Lyra, en su infinita compasión, creyó que la humanidad debía conocer ese sentimiento. No como un simple instinto, sino como algo sagrado. Fue entonces cuando confió en Arden para representar el amor entre los mortales. Desde entonces, él ha sido su guardián, su símbolo, y es por eso que aún hoy se le rinde culto. Se le pide guía en asuntos del corazón… bendiciones, protección, e incluso milagros.

Eduard se inclinó con más atención.

-La magia roja… siempre me ha parecido la más intrigante. Amor, deseo, pasión… Es fuerte, pero también peligrosa, ¿verdad?

-Exactamente. -Geralt hizo una pausa -. Es una magia profundamente emocional. Hermosa y destructiva a la vez. Lo más trágico es que está desapareciendo. No solo aquí. En decenas de imperios su presencia se debilita.

-¿Pero por qué? ¿Qué la está matando?

Geralt suspiró largo y tendido, como si esa pregunta le pesara desde hace años.

-Hay teorías. Algunos creen que es un castigo divino, una respuesta de Lyra al desorden que los hombres han provocado. Otros dicen que es porque el mundo se ha vuelto… más frío. Que ya no hay lugar para una magia basada en sentimientos tan intensos. Tal vez… la humanidad ya no sabe amar con la misma fuerza.

Eduard bajó la mirada, pensativo.

-Aunque pudiera, no podría usarla. Mi padre no me lo permite.

Geralt lo miró de reojo.

-Quizá cree que así te protege. Tal vez… guarda ese poder para cuando llegue el momento justo. Usarlo sin razón sería desperdiciarlo.

-Dicen que con la magia roja pueden hacerse amarres, pociones… cosas para que alguien se enamore -comentó Eduard en voz baja.

El maestro alzó la cabeza de golpe, con el ceño fruncido.

-Eso es brujería de mercadillo. Basura popular. Trucos torpes que manchan el verdadero arte. Un príncipe no debería mencionar esas tonterías.

-Bueno, tampoco es que pensara en usarlas -se defendió Eduard con una sonrisa inocente-. Solo lo escuché por ahí.

-De cualquier forma, poco importa. Su destino probablemente no le dejará elegir. Algún día, su padre -o su hermano- decidirá con quién ha de casarse. Con alguna princesa o dama poderosa, de este o de otro imperio.

El joven puso una cara de espanto.

-¿Casarme con una mujer? Qué horror.

Geralt dejó escapar una carcajada baja, ladeando la cabeza.

-¿Prefiere casarse con un hombre, entonces?

-¡¿Qué?! ¡No! -Eduard se estremeció, alzando las manos-. No quiero casarme con nadie. ¡Eso es todo!

-Entonces, lamento informarle que está en el linaje equivocado -dijo Geralt -. Los Rubethia no suelen tener ese tipo de privilegio. Usted no es un campesino, alteza.

-Pues que se encargue Carlos de todas esas cosas políticas. Yo prefiero vivir tranquilo…

Geralt finalmente suspiró.

-Veremos cuánto le dura esa tranquilidad, muchacho. La historia tiene sus propios planes. Y a veces… los sentimientos también.

Eduard se quedó en silencio un momento, la mirada perdida en las motas de polvo que flotaban junto a la luz del amanecer. Y aunque no dijo nada, en el fondo, deseó que esas palabras no fueran verdad.

Mientras…

Mientras tanto, Leyla se encontraba en la cocina junto a Margaret.

La cocina estaba llena de aromas a pan recién horneado y mantequilla derretida. Ambas trabajaban para preparar la comida destinada a los nobles. Leyla, con las mangas arremangadas, amasaba una porción de masa sobre la gran mesa de madera, mientras Margaret tomaba trozos de aquella mezcla y les daba forma de pequeñas bolitas redondas, pasándolas luego a una bandeja para hornearlas.

—Estás toda colorada —murmuró Margaret mientras formaba una bolita de masa entre sus manos—. ¿Te sientes bien?

—Sí… —respondió Leyla, algo sofocada—. Es solo el calor del horno… y de tanto amasar. Ya sabes cómo se pone mi piel.

Margaret la miró de reojo.

—Tienes la piel más sensible que he visto en mi vida. Con un poco de sol ya pareces un tomate.

—Lo sé… a veces siento que basta con que me miren y ya me pongo roja —dijo Leyla bajando la voz, como si le avergonzara—. En invierno es peor… me pongo azul, casi morada.

—Sí, me he dado cuenta —dijo Margaret con suavidad—. El otro día, cuando estaba lloviendo, estabas temblando y tus manos estaban heladas.

Leyla soltó una risita, un poco tímida.

—Supongo que soy un desastre con las temperaturas…

—No. Solo eres distinta —replicó Margaret con tono tranquilo—. Frágil por fuera, pero fuerte por dentro.

Leyla la miró, con una sonrisa sincera.

—Gracias… aunque igual tengo que cuidarme. En verano, si no ando con algo encima, termino quemada. Y en invierno, hecha polvo.

—Pues para eso estoy yo —dijo Margaret con tono serio—. Si el sol te quema, yo te tapo. Si el frío te congela, te caliento las manos. ¿Vale?

Leyla asintió. Sus mejillas seguían rojas, pero esta vez, no era solo por el horno.

—¿Sabes quién me salió al paso esta mañana, justo cuando iba a buscar harina? —bufó Margaret mientras aplastaba otra bolita de masa—. ¡La entrometida de Catalina!

Leyla levantó la mirada, sorprendida.

—¿Catalina? ¿Otra vez?

—Sí —dijo Margaret, girando los ojos —. Y esta vez quiso pedirme perdón por lo del otro día…

Hizo una pausa, apretando la masa con más fuerza que antes.

—Pero la miré directo a los ojos y le dije: “Si te atreves a molestar a Leyla otra vez, saco las garras. Y no estoy bromeando”.

Leyla se quedó helada un segundo.

—Margaret… —dijo casi susurrando—. No tenías que decir eso. No quiero que pelees por mí.

Margaret dejó caer la masa sobre la mesa con un golpe seco.

—Pues yo sí —respondió con un gesto firme—. No voy a quedarme quieta mientras esa víbora intenta meterse contigo. Te lo digo ahora mismo: a mí nadie me toca a las personas que quiero.

Leyla bajó la mirada, moviendo los dedos con nerviosismo.

—Pero estoy bien. De verdad. No es necesario que me defiendas.

Margaret chasqueó la lengua, fastidiada.

—Siempre dices eso, pero sé leer tu cara mejor que un libro abierto. Lo que te hizo Catalina te dejó mal. No tienes que fingir conmigo.

Leyla respiró hondo.

—No quiero problemas —murmuró—. No quiero que piensen que soy una molestia, o que necesito que alguien me cuide todo el tiempo.

Margaret suavizó su expresión al instante. Su voz, antes firme, se volvió más cálida.

—Leyla… querer a alguien no es un problema. Y preocuparse por ti tampoco. No estás sola, ¿vale?

—Está bien —susurró —. Pero… intenta no pelear. No quiero que Catalina empiece más chismes por mi culpa.

Margaret soltó una carcajada breve.

—Te prometo que no pelearé… si ella no empieza primero.

Leyla no pudo evitar sonreír.

Mientras ambas continuaban trabajando entre murmullos, con la harina esparcida por la mesa, una voz áspera cortó el aire como un cuchillo mal afilado.

—¡¿Van a seguir parloteando o van a trabajar de una buena vez?! —bramó la cocinera Beth, acercándose con las manos en la cintura y el rostro arrugado por el fastidio.

Beth era una mujer robusta, de ceño perpetuamente fruncido, mandil siempre manchado y paciencia inexistente. Tenía la costumbre de aparecer justo cuando las sirvientas bajaban un poco la voz y se permitían respirar.

—¡La nobleza quiere su desayuno caliente! —continuó—. Y ustedes aquí, hablando de estupideces como si estuvieran en la plaza del pueblo. ¡Manos a la masa, no a los chismes!

Margaret alzó la vista de inmediato, con una ceja levantada y las manos aún cubiertas de harina.

—Estamos trabajando, Beth. ¿O las bandejas llenas se hicieron solas? ¿Quieres que también respiremos más rápido, ya que estamos?

—No me hables con ese tono, mocosa —gruñó Beth, señalándola con un dedo grueso—. Si tienes tanta energía para responder, ponla en las manos. ¡Hay más masa que moldear!

—Mira que si me provocas un poco más, en vez de moldear masa te moldeo el rostro —murmuró Margaret entre dientes, dando un paso adelante.

—¡Margaret! —intervino Leyla rápidamente, sujetándola del brazo—. Por favor. Ya… ya basta. Trabajaremos en silencio, ¿sí?

Beth bufó, satisfecha de ver que al menos una de las dos tenía algo de juicio.

—Así me gusta. La próxima vez que las vea cuchicheando, las saco de la cocina a escobazos.

Y con eso, giró sobre sus talones y se marchó, refunfuñando cosas incomprensibles mientras su delantal se agitaba tras ella.

Apenas estuvo fuera de alcance, Margaret gruñó en voz baja:

—Espero que se vaya al carajo. O que al menos se tropiece y caiga al fuego.

—¡Margaret! —exclamó Leyla.

—Lo siento, lo siento… —respondió Margaret —. Es que la odio, Leyla. Tiene una lengua que corta como un cuchillo.

—Lo sé —susurró Leyla con una sonrisa paciente—. Pero no vale la pena. Ya sabes cómo es… siempre está de mal humor.

—Pues yo nací con mal humor también —replicó Margaret, retomando la masa con fuerza—, pero no ando gritando por las cocinas como si fuera una loca.

Ambas se miraron por un instante, con cansancio, y siguieron trabajando. El horno ardía y la masa seguía esperando…

Más tarde..

En el gran salón, los altos ventanales dejaban entrar la luz del sol matutino, tiñendo los mármoles. El aire olía a pan recién horneado y a carne asada. Sobre la mesa imperial se extendían bandejas de plata con frutas frescas, quesos curados, jarabes espesos, y copas de cristal llenas de vino rojo.

El emperador y el príncipe Carlos ya se hallaban en el comedor, sentados a la mesa, almorzando.

Las puertas se abrieron entonces, y Eduard entró. Llevaba aún el cabello ligeramente húmedo por el sudor del entrenamiento, y sus pasos vacilaban entre el respeto y la costumbre.

—Buenos días —saludó con una leve inclinación de cabeza—. Disculpen el retraso.

Carlos levantó la vista con una sonrisa torcida.

—Mira tú… el príncipe bastardo decidió dignarse a almorzar.

El emperador ni siquiera le dio un vistazo. Sus ojos se fijaron en Eduard.

—¿Por qué no viniste al desayuno? —preguntó con una voz fría —. Y ya que estamos, ¿por qué llegas tarde al almuerzo?

Eduard se aclaró la garganta antes de tomar asiento.

—Estuve repasando algunas lecciones con el maestro Geralt —respondió—. Y después fui a entrenar con la espada. Se me hizo más tarde de lo previsto.

Carlos soltó una carcajada breve, seca.

—¿Y ni se te ocurrió bañarte antes de venir? Hueles como un cerdo después de revolcarse en mierda.

Eduard frunció el ceño y entreabrió los labios para responder.

—Cállate..

—Carlos —interrumpió de pronto la voz del emperador, grave, seca como el mármol. Su mirada se clavó en su hijo mayor—. Modera tu lengua. No estamos en las caballerizas para que hables como un mozo vulgar.

El sonido de los cubiertos cesó. Carlos bajó la vista lentamente, sus labios se apretaron con molestia.

El emperador entonces desvió sus ojos hacia Eduard. Su expresión no fue más suave.

—Y tú —dijo con dureza—, llegas tarde. No es la primera vez. Eres un príncipe de Rubethia, no un campesino. El desayuno imperial tiene una hora y debes respetarla. Si no puedes seguir una simple rutina, ¿cómo esperas que confíe en ti para asuntos mayores?

Eduard mantuvo la mirada baja.

—Entendido, señor —musitó, sin levantar la voz.

El silencio se impuso por unos segundos. Luego, Eduard simplemente extendió la mano y tomó una pieza de fruta de una de las bandejas. Comenzó a comer despacio, ignorando la mirada punzante de Carlos, que no dejaba de observarlo. El emperador, impasible, volvió a centrar su atención en el plato frente a él.

Carlos se llevó una copa de vino a los labios, saboreándola con lentitud.

—Qué curioso —murmuró con falsa indiferencia, sin levantar la vista de su copa—. Nos piden llegar puntuales, comportarnos como príncipes… como si todos aquí lo fuéramos realmente.

El emperador levantó ligeramente la mirada, pero no dijo nada.

Eduard se tensó, su mano se detuvo a medio camino entre su cuchillo y el trozo de fruta que intentaba cortar. Fingió no haber escuchado, pero el silencio que siguió delató que todos sí lo habían hecho.

Carlos apoyó el codo sobre la mesa y miró a su hermano menor con una sonrisa ladina.

—Dime, hermano… ¿cómo es eso de ser un bastardo sentado en una mesa de emperadores? —preguntó con la voz suave, casi melosa.

Los ojos de Eduard se oscurecieron, pero no respondió. No parpadeó. No se movió.

—¿No vas a decir nada? —insistió Carlos, ladeando el rostro con falsa sorpresa—. ¿O acaso te enseñaron que un bastardo debe quedarse callado ante sus superiores?

—Carlos —advirtió el emperador con voz baja.

Carlos soltó una risa nasal, pero no se retractó.

—Solo digo la verdad. A veces es difícil distinguir qué es más inapropiado: que un bastardo se siente a nuestra mesa o que se atreva a mirar como si perteneciera aquí.

Eduard apretó los dientes, clavando la mirada en su plato. Su estómago, que momentos antes había comenzado a calmarse con los primeros bocados, se retorció.

No podía responder.

No con la herida abierta frente a todos.

—¿Terminaste? —fue lo único que Eduard dijo, en un tono bajo.

Carlos se encogió de hombros y volvió a cortar un trozo de carne, satisfecho.

—Por ahora, sí —murmuró con desprecio.

El emperador dejó el tenedor sobre el plato con un leve pero sonoro golpeteo. Miró a ambos hijos con expresión grave. Pero no dijo nada.

La gran mesa del salón relucía con tapices dorados y copas de cristal finamente talladas que capturaban la luz como pequeñas joyas. Sin embargo, en medio de tanto esplendor, la única cosa que no resplandecía era la familia imperial.

Con el paso de las horas..

El sol del mediodía se filtraba entre los árboles, dibujando sombras temblorosas sobre los senderos del jardín. Las flores abrían sus pétalos al calor, y el sonido del agua en la fuente cercana creaba una melodía suave. Entre los rosales, Leyla regaba con paciencia, inclinando apenas el rostro hacia la luz.

Eduard apareció en el sendero de piedra, con pasos tensos y una sonrisa leve que parecía esconder el cansancio. Al verla, sus hombros se relajaron un poco.

—Buenos días —dijo él, con voz apacible—. O supongo que ya es casi mediodía… El tiempo se me escapa cuando pienso en ti.

Leyla giró apenas el rostro, sin dejar de regar.

—Buenos días, mi poeta —bromeó, mirándolo por encima del hombro—. ¿Has dormido mal o es que desayunaste demasiado?

Eduard dejó escapar una pequeña risa y se acercó, apoyándose contra el tronco de un árbol cercano.

—Dormí bien… y comí poco, pero estoy bien —dijo Eduard con una sonrisa suave, como queriendo restarle importancia.

Leyla lo miró con el ceño ligeramente fruncido:

—Si sigues así, tu estómago se encogerá hasta ser del tamaño de un poroto.

Eduard soltó una risa baja.

—¿Y entonces qué harás tú? ¿Me alimentarás con una cucharita diminuta, como a un pajarillo?

Leyla también rió.

—Claro que no. Te dejaría a tu suerte. Por testarudo y por comer como un gorrión.

—Cruel destino el mío… —dijo Eduard, conteniendo otra carcajada.

Eduard se quedó observándola un momento. Sus dedos eran suaves con las flores, como si pudiera hablarles sin palabras. La manguera dejaba caer agua como una lluvia mansa, y algunas gotas salpicaban sus brazos.

—Te ves bien aquí —dijo, de pronto.

—¿Aquí? ¿Empapada, con las manos llenas de tierra?

—Exactamente. Eres como una flor que cuida de otras.

Ella bajó la mirada, sonriendo con timidez.

—Y tú pareces uno de esos lirios que no saben que son bellos… y se quejan cuando el viento los mueve.

Eduard alzó una ceja.

—¿Me estás llamando delicado?

—¿Delicado? No. Solo… algo melodramático.

Él fingió una ofensa muy seria.

—¡Injusticia! Yo solo digo la verdad del alma.

—La próxima vez escribe un poema antes de quejarte —replicó ella, con una risa suave.

Hubo un momento de silencio.

—¿Sabes algo curioso? —dijo Eduard.

—Dímelo.

—A veces, cuando camino entre los pasillos del palacio, todos hablan, todos se mueven… pero yo solo escucho tu voz.

Leyla se detuvo, sorprendida.

—¿Mi voz?

—Sí. Tal vez porque es la única que no me pesa.

Ella no supo qué responder de inmediato, así que volvió a regar las rosas en silencio. El agua siguió cayendo, como si la pausa fuera parte de la conversación.

—Tienes la costumbre de decir cosas que se quedan flotando en el aire —dijo finalmente.

—¿Y eso es bueno o malo?

—No lo sé. A veces quisiera atraparlas… pero desaparecen rápido.

Eduard sonrió, esta vez más sincero.

—No quiero que desaparezcan. Solo quiero que tú las escuches primero.

Leyla alzó la vista, y por un momento sus ojos se encontraron. El sol brilló detrás de él, haciendo que su silueta pareciera dibujada por la luz.

—Entonces deja de hablar con el aire y quédate un rato —susurró ella—. Las flores todavía tienen sed… y yo también.

—¿Tú también?

—De compañía, digo —añadió, mientras volvía a regar con una sonrisa traviesa—. No te vayas todavía.

Eduard cruzó los brazos y se sentó bajo el árbol, contemplándola.

—Entonces me quedaré hasta que la última rosa esté feliz.

—Entonces te quedarás hasta el anochecer —respondió Leyla, sin dejar de mirarlo.

Tras un breve silencio, Leyla tomó la palabra.

—¿Te has dado cuenta de que estas rosas crecen más rápido cuando les hablo? —preguntó Leyla mientras rociaba las hojas con cuidado, sin mirarlo aún.

Eduard arqueó una ceja.

—¿Ah sí? ¿Y qué les dices? ¿Secretos? ¿Canciones de cuna?

—¡No! —rió ella— Les cuento cosas bonitas. Lo que soñé, lo que vi en la cocina… Ayer les hablé de una mariposa que se posó en mi mano, y esta mañana, mira esta rosa —se inclinó hacia una flor recién abierta—, parece que me escuchó.

—Entonces, si empiezo a hablarle al limonero del patio, ¿tendrá piedad y dejará de lanzarme limones a la cabeza?

—Solo si le hablas con respeto —bromeó Leyla, alzando la regadera como si fuese un cetro.

Eduard rió, esa risa breve que siempre guardaba solo para ella.

—Tal vez deberías enseñarme tu idioma secreto de las flores. Prometo no usarlo para el mal.

—¿Y si ya lo estás haciendo y no te das cuenta? —preguntó ella con picardía—. A veces las flores se cierran cuando alguien se acerca. Quizá dicen: “¡Ah no, este otra vez!”

—¡Qué crueldad! ¿Acaso también les cuentas mis secretos? —se hizo el indignado, cruzando los brazos.

—No los tuyos, solo los míos… y alguno que otro de Margaret —añadió con una risita cómplice.

—Pobre Margaret —Eduard negó con la cabeza fingiendo preocupación—. Si esas flores hablaran, el palacio estaría en llamas cada semana.

Ambos se echaron a reír. Una brisa suave agitó las hojas.

—A veces me gustaría que el mundo fuera solo esto —dijo Eduard después de un momento de silencio cómodo—. Flores, risas y sol. Nada más.

Leyla giró un poco el rostro para mirarlo. Sus ojos eran serenos.

—Yo creo que el mundo sí es eso. Solo que a veces se nos olvida mirar.

—Por eso me gusta venir aquí contigo —respondió él sin pensar demasiado—. Porque contigo, lo recuerdo.

Leyla bajó la mirada, como si esa frase la hubiese sorprendido, pero sonrió sin decir nada. Luego, con gesto travieso, le arrojó unas gotas de agua a los zapatos.

—¡Eh! —protestó Eduard—. ¿Qué ha sido eso?

—Un bautizo floral. Ya eres parte del jardín —dijo ella, dándose la vuelta para seguir regando.

Eduard no se molestó en responder. Solo la observó un instante más, en silencio, y sonrió para sí mismo.

—¿Sabes? —dijo él de repente—. Creo que nunca he probado un pastel de cerezas que me guste tanto como el que preparaste el invierno pasado.

Leyla sonrió.

—Eso es porque eras un niño hambriento disfrazado de príncipe ese día. Te lo comiste tan rápido que ni lo probaste.

—¡Mentira! —protestó él, conteniendo la risa—. Lo saboreé… aunque puede que en medio de tres mordiscos.

Ella negó con la cabeza, y siguió regando.

Pero en ese momento, Leyla comenzó a percibir unos murmullos detrás de sí. Dos sirvientas se habían detenido junto a la verja del jardín, con canastos de ropa limpia. Se inclinaban la una hacia la otra, hablando en voz baja, aunque lo bastante alto como para que el murmullo se colara entre el sonido del agua.

—Mírala… siempre pegada al príncipe. Seguro se aprovecha de él.

—Ya sabes cómo son algunas…

Leyla fingió concentrarse en las rosas, pero sus manos se detuvieron. Miró fijamente una flor recién abierta, como si la estudiara, aunque en realidad trataba de que su rostro no delatara nada.

Eduard, que había notado la pausa, inclinó un poco la cabeza.

—¿Qué pasa?

—Nada —respondió ella, sin mirarlo.

—Leyla… —su voz se volvió más seria—. Dímelo.

Ella tragó saliva antes de contestar.

—Es solo que… a veces es difícil ser amiga de un príncipe. Siempre hay gente que habla.

Eduard dejó escapar un suspiro largo.

—Leyla… no tiene nada de malo que yo sea tu amigo y tú la mía. La gente siempre va a hablar, hagan lo que hagan. Es su pasatiempo favorito.

Ella mantuvo la vista en las rosas.

—Aun así, es inapropiado. Una amistad entre un noble y la servidumbre… entre un príncipe y una criada como yo… no es algo que se vea con buenos ojos.

Eduard ladeó una sonrisa tranquila, buscando suavizar su preocupación.

—No me importa lo que se vea con buenos ojos. Incluso mi padre lo permite. Y eso que es un viejo rancio que apenas sonríe, pero me da la libertad de pasar el rato contigo, charlar, reír… sin hacer preguntas. Si él no lo ve como un problema, ¿por qué debería verlo yo?

Leyla sacudió la cabeza suavemente, como si quisiera explicarse mejor.

—No es solo eso. Lo que quiero decir es que la gente… inventa. Les encanta llenar el aire de rumores y tonterías cuando ven a un joven y a una joven juntos. Y más si se trata de un príncipe y una sirvienta.

Hizo una pausa y apretó un poco la regadera entre sus manos.

—Siempre son los mismos rumores, y siempre caen sobre la sirvienta. Porque si se atreven a hablar mal del príncipe… las lenguas acabarían cortadas. Así que es más fácil ensuciar a la que no puede defenderse.

Eduard guardó silencio unos instantes, observándola con una expresión de calidez.

—No te preocupes por los demás, Leyla. Lo único que realmente importa… es lo que tenemos tú y yo.

Ella alzó la mirada, sorprendida. Sus ojos se encontraron por un momento y, sin poder evitarlo, un leve sonrojo tiñó sus mejillas.

Fue entonces cuando Eduard se dio cuenta de lo que acababa de decir, y del modo en que sus palabras podían escucharse si alguien más prestaba atención. Carraspeó, buscando disimular.

—Quiero decir… nuestra amistad. Eso es lo importante.

Leyla sonrió apenas, como si entendiera el tropiezo pero no quisiera incomodarlo más.

—Sí… nuestra amistad.

Leyla notó, con el rabillo del ojo, que las mismas sirvientas que habían estado cuchicheando ya se alejaban por el sendero, aunque aún había otras personas pasando cerca. La sensación de ser observada no terminaba de irse, y una ligera incomodidad se instaló en su pecho.

—Eduard… —dijo, apartando la mirada hacia las rosas—. Ya he terminado de regar estas flores. Debo seguir con mis demás tareas… Será mejor que te retires.

Él la observó por un instante, como si intentara adivinar si lo decía por cortesía o por algo más. Sin embargo, sonrió con suavidad.

—Está bien. Que el resto de tu día sea tan maravilloso como tú.

Con un movimiento ágil, se levantó del suelo y, en un gesto elegante, le hizo una ligera reverencia antes de dar media vuelta. Tomó un sendero distinto, perdiéndose entre los árboles del jardín.

Leyla permaneció inmóvil por unos segundos, mirando sus propias manos manchadas de tierra y la regadera aún goteando, como si de pronto se hubiese olvidado de lo que debía hacer. Sus pensamientos flotaban, dispersos, sin rumbo fijo, mientras el sol seguía iluminando el rincón que ambos habían compartido.

Horas después…

La cocina del palacio estaba en plena ebullición. El calor de los fogones, mezclado con el aroma a azúcar y canela, envolvía el ambiente. Sobre la gran mesa central, las sirvientas amasaban y freían calzones rotos, espolvoreando azúcar como si nevara en pleno verano. Las risas y charlas se mezclaban con el chisporroteo del aceite.

Leyla, con las mangas arremangadas y las manos cubiertas de harina, trabajaba en silencio. Removía la masa con cuidado, pero prestaba atención a las voces que iban y venían alrededor.

—Uf… —resopló una sirvienta robusta, dejando caer una bandeja—. El trabajo cada día se siente más pesado.

—Y ni hablar de cuando empiece el invierno —dijo otra, estirando la espalda con un gesto de cansancio—. Ahí sí que no tendremos descanso.

Leyla sonrió apenas y, animándose, se inclinó un poco hacia ellas.

—Bueno… yo creo que hoy no está tan—

—Es descortés interrumpir, Leyla —la cortó la mujer robusta, sin siquiera mirarla, mientras seguía cortando la masa en tiras.

La sonrisa se borró del rostro de Leyla. Bajó la mirada y murmuró:

—Lo siento… no quería—

—No pasa nada… —intervino otra, una más joven con expresión pícara—. Es que estamos hablando nosotras, ¿verdad? Tú tienes… otras conversaciones más interesantes.

Las demás rieron con complicidad.

—Claro —añadió otra, con un tono de malicia—. ¿Acaso no eres la amiguita del príncipe Eduard?

Leyla levantó la cabeza, un poco confundida por el modo en que lo dijo.

—Sí… somos amigos —respondió, intentando sonar natural.

—¿Desde cuándo? —preguntó la joven pícara, inclinándose hacia ella.

—Desde hace años… —dijo Leyla—. Desde que llegué al palacio con mi madre.

Un murmullo recorrió el grupo, y una mujer de cabello canoso frunció los labios, intrigada.

—Vaya… así que conoces bien al joven príncipe.

—¿Y cómo es? —preguntó otra, dejando la cuchara de madera a un lado para apoyarse sobre la mesa—. Porque yo siempre lo veo tan serio, tan… callado.

Leyla no pudo evitar sonreír, recordando sus momentos juntos.

—Es un joven calmado… sencillo… y dulce.

Un coro de risitas rompió el breve silencio.

—¡Dulce! —repitió una con exageración—. Ohhh… parece que a alguien le gusta el príncipe.

—¡No! —exclamó Leyla, demasiado rápido, lo que provocó más risas. Volvió a concentrarse en la masa, pero sus manos parecían moverse con torpeza.

—No te lo tomes así —dijo la pícara, con una sonrisa burlona—. Es solo que… no deja de ser raro que un príncipe pase tanto tiempo con una simple sirvienta.

Leyla respiró hondo antes de contestar.

—Lo sé… pero el emperador lo permite.

—Ah, claro —intervino la mujer canosa con un gesto de obviedad—. Porque el príncipe siempre fue muy solitario. Un muchacho encerrado en sí mismo… parecía un oso.

Las demás rieron de nuevo.

—Un oso… —repitió una, entre carcajadas—. ¡Pues entonces tú debes ser su cuidadora del zoológico!

El comentario arrancó carcajadas en la cocina. Leyla intentó sonreír, pero el calor en sus mejillas no era por el fogón.

—No es… así —murmuró, intentando defenderlo—. Él…

—Tranquila, Leyla, es broma —dijo la pícara, aunque sin perder el tono burlón—. Pero vaya… el oso y la… ¿florcita del jardín? Eso sí que suena a historia de amor.

La risa volvió a recorrer la mesa, mientras Leyla acompañaba con una risa baja y forzada, intentando disimular su incomodidad. Continuó amasando, sintiendo el peso de las miradas y las palabras sobre ella.

Solo una sirvienta.. —se recordó en silencio.

Las risitas se apagaron abruptamente cuando la voz firme y contundente de la cocinera Beth llenó la cocina.

—¡Cállense todas! —ordenó, con la mirada fija en las sirvientas—. Aquí no es lugar para chismes ni para comentarios mezquinos. Este es un lugar de trabajo, de esfuerzo. Si quieren perder el tiempo con sus cuentos, búsquense otro sitio. ¿Me han entendido?

El silencio fue inmediato. Las sirvientas bajaron la vista y retomaron sus tareas con prisa.

Leyla siguió amasando con la cabeza baja, intentando concentrarse en la textura de la masa, pero sus pensamientos la llevaron lejos.

Ya había acumulado suficiente. Las monedas de oro y plata que había ganado en estos años trabajando en el palacio no eran muchas, pero le bastarían para empezar una nueva vida.

Pensaba en una pequeña cabaña, un refugio sencillo lejos del ruido y las miradas de juicio. Un lugar con un jardín propio donde pudiera cultivar sus verduras y flores, sin miedo a que alguien murmure o señale su nombre.

Sus manos seguían el ritmo constante de amasar, sintiendo el tacto frío de la masa que poco a poco se volvía más suave y elástica.

De repente, una nalgada la hizo paralizarse. Giró con sorpresa y vio a Margaret, que la miraba con una sonrisa juguetona.

—¡Ay, Margaret! —exclamó Leyla, llevándose una mano al pecho—. Me has asustado. Juro que pensé que alguien intentaba…

Margaret rió con una calma segura.

—Tranquila, Leyla. Eso no pasará mientras yo esté cerca —dijo, dándole un pequeño codazo amistoso—. Además, ¿qué clase de amiga sería si dejara que alguien te haga daño?

Leyla suspiró y sonrió, sintiéndose aliviada.

—No sé qué haría sin ti… A veces siento que todo es demasiado —confesó—. Es como si la gente solo esperara un error para atacarme.

Margaret se remangó las mangas y se acercó para amasar junto a ella.

—Sabes que no estás sola en esto —dijo, con voz cálida—. Aquí estamos las dos, y eso es lo que importa. No dejaré que te hundas ni que te hagan sentir menos.

Leyla asintió.

—Me preocupa que nuestra amistad sea vista como algo inapropiado —murmuró—. Que hablen de mí por ser la “amiga del príncipe”, como si eso fuera un pecado.

Margaret frunció el ceño, disgustada.

—¿Y qué tiene de malo? —preguntó con vehemencia—. Tú eres quien eres, sin importar lo que digan. No dejes que esas voces te roben la paz.

Leyla se mordió el labio y luego soltó una risa suave.

—A veces pienso en todo lo que he ganado aquí… Pero también en todo lo que podría perder —dijo—. Me gustaría irme, encontrar un lugar solo mío. Un lugar donde pueda crecer, como las flores.

Margaret la miró con ternura.

—Y lo harás —aseguró—. Cuando llegue el momento, serás libre para elegir tu camino. Pero hasta entonces, no estás sola. Y no dejaré que nada ni nadie te haga dudar de tu valor.

Las dos amigas siguieron amasando en silencio, susurrando palabras suaves para no llamar la atención ni provocar un regaño de Beth. Gracias a la presencia y apoyo de Margaret, Leyla pudo sentirse más serena, como si un peso invisible se aligerara un poco más.

Cuando la noche ya había caído por completo…

Bajo el manto de la noche, el jardín olvidado parecía un mundo aparte. El viento movía con suavidad las hojas secas, y el murmullo de los insectos nocturnos se mezclaba con el lejano ulular de un ave. Leyla, sentada en un antiguo asiento de piedra cubierto de musgo, pasaba lentamente los dedos por su cabello dorado, observando el cielo tachonado de estrellas.

De pronto, un leve crujido entre las sombras interrumpió el silencio. La figura de Eduard emergió lentamente de la penumbra, su silueta recortándose contra la luz pálida de la luna. No dijo palabra. Caminó hasta ella, inclinándose lo suficiente para depositar un suave beso en su mejilla.

Leyla disimulando su timidez, señaló con una leve inclinación de cabeza el espacio vacío a su lado.

—Si quieres… puedes sentarte aquí.

Eduard obedeció sin decir palabra, acomodándose junto a ella en el banco de piedra. La cercanía se llenó de un silencio breve, roto por la voz suave de Leyla.

—¿Cómo estuvo el resto de tu día?

—Tranquilo… —respondió él, con un tono relajado—. Estuve leyendo un poco de historia y luego vi el atardecer desde la terraza.

—¿Historia? —preguntó ella, curiosa—. ¿Y qué estabas leyendo?

—Nada demasiado importante… —Eduard hizo un gesto con la mano, restándole valor—. Era sobre una antigua emperatriz, Arza. Según el libro, luchó por el derecho de las mujeres hace siglos.

—Eso suena fascinante.

—Supongo… —dijo él, esbozando una pequeña sonrisa antes de tomar la mano de ella con suavidad—. Pero mejor cuéntame tú cómo estuvo tu día. Quiero saberlo.

Leyla sonrió apenas, bajando la mirada.

—Pues… estuve ocupada con algunas tareas y, más tarde, me quedé en la cocina preparando calzones rotos.

Los labios de Eduard se curvaron en una sonrisa franca.

—Ah… así que fueron tuyos. Estaban deliciosos.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Tú los probaste?

—Claro que sí. —Su tono era sincero —. Tenían una textura increíble y suave.

—Es por una vieja receta —explicó Leyla —. Hace siglos, los calzones rotos eran un postre humilde para los campesinos, pero su sabor y textura cautivaron a la nobleza. Pero, aun así, en la cocina también nos permitimos comer algunos.

—Entiendo… —asintió Eduard—. ¿Y tú? ¿Pudiste disfrutarlos?

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No. No probé bocado esta tarde.

Eduard frunció el ceño, inclinándose un poco hacia ella.

—¿Por qué no?

—Simplemente… no quise.

—¿Te pasó algo? —insistió él.

Leyla suspiró, bajando la mirada hacia sus manos.

—Nada grave. Solo… unas sirvientas bromistas me hicieron perder el apetito.

—¿Qué te dijeron?

—Tonterías —murmuró—. Dijeron que me gustaba el príncipe… que paso demasiado tiempo contigo. Y una de ellas soltó una estupidez… algo así como que tú eres tan solitario como un oso, y yo soy tu cuidadora de zoológico.

Eduard no pudo evitar reír, el sonido grave y cálido rompió la tensión.

—No te molestes ni te pongas triste por eso.

—No puedo evitarlo —replicó ella con un hilo de frustración—. Me incomoda que esas jóvenes se burlen de mí.

—No importa lo que digan —respondió él con calma.

—Claro que importa —insistió Leyla—. Si comienzan a sospechar… algo podría ocurrirnos. Sobre todo a mí. Y… —hizo una mueca— no me gusta que te comparen con un oso.

Eduard sonrió de lado, divertido.

—Bueno… podría ser peor. Pero si soy un oso, al menos tú eres la única persona a la que dejaría entrar en mi jaula.

Leyla soltó una pequeña risa.

Eduard la atrajo con suavidad hacia sí, envolviéndola en un abrazo cálido. Su pecho se apoyó contra su cabeza y sus brazos se cerraron con delicadeza, como si quisiera transmitirle toda la calma que él sentía en ese instante.

—No deberías darle importancia a lo que dicen esas sirvientas —susurró con voz dulce—. La gente siempre encontrará algo de qué hablar, aunque no tenga sentido ni verdad.

Leyla suspiró con cansancio. Se aferró a ese abrazo un momento, luego levantó la mirada hacia él, con cierta vulnerabilidad.

—Lo sé… —empezó, con un hilo de voz—. Pero a veces no puedo evitar sentir miedo. Miedo de que alguien descubra lo que hay entre nosotros… que no solo nos queremos, sino que nos amamos de verdad.

Sus mejillas se tiñeron de un rubor suave, y apartó la mirada tímidamente.

Eduard sonrió, una sonrisa sincera que iluminó su rostro bajo la luna. Sus dedos acariciaron con ternura el cabello rubio de Leyla, apartando un mechón rebelde detrás de su oreja.

—Es cierto —dijo con convicción—. Nos amamos, y eso es lo único que importa. No importa lo que digan o piensen los demás.

Leyla lo miró, tratando de absorber aquella seguridad que él irradiaba.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? Yo siento que cada día es una batalla contra el miedo, contra los rumores, contra todo lo que podría separarnos.

Eduard la sostuvo con más fuerza, como si quisiera que ella sintiera también su fortaleza.

—No te voy a mentir —confesó con sinceridad—. Hay días en que la tensión me aplasta, en que el peso de esta vida y de nuestras circunstancias parece insoportable. Pero entonces pienso en ti, en tu sonrisa, en este lugar… Y de pronto, siento que puedo respirar. Que el mundo deja de ser un campo de batalla, y se vuelve solo un jardín donde podemos estar juntos, aunque sea por un momento.

Leyla inspiró profundamente, dejando que el aroma nocturno de las flores y el fresco de la brisa le calmara el corazón. Apoyó su cabeza en el hombro de Eduard, sintiendo que ese abrazo era un refugio seguro.

—Contigo, todo parece menos pesado —murmuró—. Como si el amor que compartimos fuera un escudo invisible que nos protege, aunque el mundo quiera derribarnos.

Eduard sonrió y apretó suavemente su mano.

—Lo es —afirmó—. Y mientras estemos juntos, no importa lo que digan. Nosotros escribiremos nuestra propia historia, una donde el amor no sea un secreto ni una sombra, sino la luz que guía cada uno de nuestros días.

Leyla cerró los ojos y por un instante se dejó llevar por esa promesa.

—Entonces, prometamos cuidarnos —dijo con voz dulce—. No solo de los demás, sino también de nuestros propios miedos.

La brisa nocturna de verano los envolvió en un manto de calma, y Leyla se sintió cada vez más relajada en compañía de Eduard.

Después de unos minutos en silencio, Eduard rompió la quietud con una sonrisa suave y preguntó:

—¿Leyla? ¿Conoces al sol?

Ella soltó una risa ligera.

—¡Ay, Eduard! —dijo entre risas—. ¿Cómo no voy a conocer al sol? Es el dios Tempo, ese que aparece cada mañana y se esconde cada atardecer. ¿Crees que alguien en este mundo no sabe eso?

Él rió con ella.

—Lo sé, lo sé —respondió—. Pero el sol no es solo un dios cualquiera. Es hermoso, poderoso, el dador de vida. Es luz pura que atraviesa la oscuridad y nos acompaña todo el día. Así como tú iluminas mis mañanas, Leyla.

Ella bajó la mirada por un instante, tocando suavemente sus manos, sintiendo esa ternura que siempre la envolvía.

—¿De verdad piensas así? —preguntó con dulzura.

—Claro que sí —aseguró Eduard, apretando suavemente sus dedos—. Por eso, para mí, tú eres mi pequeño solecito.

Leyla alzó la mirada, un poco sonrojada, y le advirtió con una sonrisa traviesa:

—No te pases de bobo.

—No, no es broma —insistió él con seriedad en su tono—. Tu cabello dorado brilla como los rayos del sol, y tus ojos azules son el cielo mismo que quiero contemplar sin descanso. Me fascina perderme en ellos.

Ella rió de nuevo, cubriéndose un poco la cara con las manos, mientras él la miraba embobado.

—Para, Eduard, me estás haciendo sonrojar —confesó con timidez.

—Pero te ves hermosa así —replicó él, acariciándole la mejilla con ternura—. Esa carita roja es la más linda que he visto.

—¡Parezco un camarón! —exclamó ella con una carcajada.

Eduard sonrió divertido y le susurró con cariño:

—Pues entonces, eres un camarón bastante bonito.

Leyla lo miró con ternura y por un momento se quedó pensativa, jugueteando con un mechón de su cabello.

—No sé con qué compararte a ti —confesó finalmente—. Eres tan… distinto a todo lo que conozco.

Él la observó con paciencia, sin prisa, y le respondió con voz suave:

—No te preocupes, solecito. Yo puedo ser lo que tú quieras que sea. Un amigo, un sueño, un refugio… lo que necesites.

Pasaron varios minutos más conversando, sumergidos en una burbuja donde el tiempo parecía detenerse. Las palabras fluían suaves entre risas y confidencias, hasta que Leyla, mirando hacia el cielo con un suspiro, dijo:

—Ya es tarde, Eduard. Creo que es hora de que cada uno regrese a su habitación.

Él asintió con un leve gesto de tristeza, como si quisiera detener ese momento que sabía que pronto terminaría. Sin embargo, se levantó y, con delicadeza, la ayudó a ponerse de pie. Sus manos se entrelazaron con suavidad mientras comenzaban a caminar.

Después de unos pasos, Eduard se detuvo y, con una voz baja y un poco vacilante, le dijo:

—Aquí es donde nos separamos.

Leyla lo miró con una sonrisa tímida y, antes de que él pudiera reaccionar, se acercó y le dio un dulce beso en los labios. La sorpresa se reflejó en los ojos de Eduard, pero sin dudarlo, rodeó con suavidad su cintura, acercándola un poco más.

Ella se apartó con ternura, sus mejillas teñidas de un sonrojo delicado, y susurró:

—Hasta mañana, Eduard.

—Hasta mañana, Leyla —respondió él, con anhelo.

Ambos se separaron lentamente, tomando caminos opuestos para evitar a los guardias y criados que patrullaban el palacio. Cada uno con el corazón un poco más ligero.

Eduard llegó a su habitación y, aunque el día había sido largo, pensó para sí mismo que el final de la noche había valido totalmente la pena.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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