Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Imperio De Pasiones - Capítulo 5

  1. Inicio
  2. Imperio De Pasiones
  3. Capítulo 5 - Capítulo 5: Capítulo 4: Rumores mediocres.
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 5: Capítulo 4: Rumores mediocres.

La mañana amaneció pesada, como si el palacio hubiese despertado con el ceño fruncido.

En el comedor imperial reinaba un silencio espeso: ni el tintinear de las cucharas lograba suavizarlo.

El emperador César desayunaba con la mirada fija en su plato, rígido como un monolito.

Carlos mantenía una expresión demasiado tranquila para ser natural.

Eduard, sentado al otro extremo, trataba de concentrarse en el pan que desmigajaba entre los dedos.

Por unos minutos, solo se escuchó el crujir distante del fuego en la chimenea.

Hasta que Carlos, con ese tono que usaba cuando quería que las palabras se clavaran como agujas, rompió el silencio:

—Padre… ¿ha escuchado los rumores?

El emperador levantó la vista.

—¿Qué rumores? —preguntó.

Carlos sonrió, apenas. Como quien sostiene veneno en la lengua y disfruta dejarlo gotear.

—Los que hablan de algo entre Eduard y la pequeña Leyla.

Eduard dejó caer la miga de pan. Carlos lo miró de reojo, satisfecho.

El emperador giró el rostro hacia su hijo menor con una frialdad que podía helar la sangre.

—Dime —ordenó César—. ¿Es cierto?

Eduard no levantó la mirada. Inspiró hondo, manteniendo la voz tan neutra como pudo.

—No, señor. Solo son habladurías de sirvientas con demasiado tiempo libre. Leyla y yo… solo somos amigos. Nos queremos como hermanos. Nada más.

Carlos soltó una risa breve, venenosa.

—¿Hermanos? Entonces quizá eres un incestuoso —dijo, encogiéndose de hombros—. Porque se te ve muy cerca de ella para ser “hermanito”.

El golpe fue directo. Eduard se tensó entero.

—Carlos —gruñó el emperador, con un tono que hizo vibrar la mesa—. Cállate.

Carlos apretó los labios, pero una chispa seguía en sus ojos.

El emperador volvió a Eduard.

—Quiero la verdad —dijo sin rodeos.

Eduard alzó por fin la mirada, con esa inocencia dolida que siempre le salía natural.

—Padre… ya la dije. Solo somos amigos. Si tanto hablan es por una sirvienta envidiosa que siempre anda inventando cosas. Todo proviene de la misma persona.

Carlos arqueó una ceja, curioso.

—¿Ah, sí? ¿Y quién sería esa víbora tan talentosa?

Eduard dejó la copa en la mesa con suavidad.

—Una tal Catalina. Siempre se mete donde no la llaman. Si ve algo, lo deforma. Si escucha algo, lo exagera. Desde hace tiempo se burla de Leyla y crea chismes para que la echemos del palacio.

El emperador frunció el ceño.

—¿Cómo es eso? —preguntó, serio—. ¿Una sirvienta intentando echar a otra con rumores?

—Catalina siempre ha sido entrometida —explicó Eduard—. Todo lo malpiensa. Todo lo chismea. Al parecer encontró diversión en perseguir a Leyla. Y ahora… en meterse con nosotros también.

Carlos apoyó el codo sobre la mesa.

—Tal vez —dijo con una sonrisa ladeada—, solo tal vez… Catalina tenga algo de razón.

El emperador alzó la mano de inmediato.

—He dicho que te calles —tronó—. Ojalá la diosa Lyra no te escuche, porque lo que acabas de insinuar es un insulto a la corona.

Carlos bajó la mirada, mordiendo el interior de su mejilla.

—Es verdad —fue todo lo que respondió.

Pero su mente se quedó atrapada en la mesa, girando alrededor de la idea como una polilla cerca del fuego.

¿Era posible?

¿De verdad había algo entre esos dos?

¿O quizás.. Leyla no le hacía caso a él porque sus ojos estaban puestos en Eduard?

Un pensamiento ardiente y oscuro se encendió en su pecho.

Eduard mantiene la calma por fuera, pero por dentro está aterrado.

Pero disimula perfectamente para que nadie note su inquietud. Finge tranquilidad, termina de comer y se retira con compostura… aunque al salir, su mano tiembla.

Más tarde..

Carlos se encerró en sus aposentos. Cerró la puerta con un golpe seco, como si con ello pudiera encerrar también el torbellino que le agitaba el pecho.

El silencio de la habitación era pesado. Las cortinas rojas filtraban la luz del medio día, tiñendo el escritorio, los tapices y el propio rostro de Carlos.

Caminaba de un lado a otro, sin rumbo, como una bestia enjaulada.

¿Cómo es posible? pensaba, apretando los dientes. ¿Cómo puede fijarse en él? ¿En Eduard?

Se detuvo frente al espejo un instante, estudiando su propio reflejo: su postura altiva, su porte marcado por años de entrenamiento, su rostro que tantas damas consideraban atractivo.

Podía tener a quien quisiera… o eso creía.

Pero a Leyla, no.

Leyla —esa muchacha insignificante a ojos de todos— no lo miraba como miraba a Eduard. No reía con él. No lo buscaba. No se sonrojaba.

Y eso, para Carlos, era insoportable.

Porque lo que nadie sabía —lo que él jamás admitiría ni bajo tortura— era que desde hacía años la tenía clavada en la mente como una espina. Cuando era niño, Leyla no le importaba en absoluto: una criada más, una sombra del palacio.

Pero todo cambió el día que la vio sonreírle a Eduard… una sonrisa que jamás le había dirigido a él.

Aquello lo perturbó.

¿Por qué él?

¿Qué tiene ese bastardo que yo no tenga?

Intentó acercarse a Leyla tantas veces. Con gestos amables, con charlas superficiales, con atenciones forzadas.

Ella siempre respondía igual: educada, respetuosa… y distante. Siempre con un “lo siento, alteza, estoy ocupada” o “no sería apropiado”.

Apropiado.

Esa palabra lo atormentaba.

Se le escapó un bufido iracundo y, sin pensarlo, golpeó con fuerza el borde del escritorio.

—Maldita seas, Leyla… —murmuró entre dientes —. ¿Por qué me haces esto?

El golpe hizo vibrar la lámpara de aceite y algunos pergaminos cayeron al suelo. Pero Carlos apenas lo notó. Siguió caminando de un lado al otro, cada vez más inquieto, como si algo dentro de él arañara por salir.

¿Por qué no me miras?

¿Por qué no me eliges a mí?

¿Por qué prefieres a Eduard?

Su respiración se aceleró.

—Yo… yo podría hacerte feliz… —susurró, casi temblando de rabia y deseo mezclado—. ¿Por qué no lo ves? ¿Por qué no lo entiendes?

Se desplomó en la silla, pasando ambas manos por su rostro. Los celos lo consumían, no solo por Leyla… también por Eduard. Cada vez que los veía juntos, cada vez que escuchaba su nombre en boca de ella, algo dentro de él se deshacía y se deformaba.

Y lo peor no era su deseo.

Ni su frustración.

Ni su obsesión latente.

Lo peor era esa inquietud que acababa de nacer durante el desayuno:

¿Y si Catalina tiene razón?

¿Y si Leyla siente algo por Eduard?

¿Y si él jamás podría competir?

Una idea oscura comenzó a formarse en el fondo de su mente. Una idea que no se atrevió a pronunciar… pero que ya había echado raíces.

Porque Carlos, por primera vez, sintió miedo.

Un miedo que solo alimentaría su obsesión.

Y en el palacio, en silencio, algo comenzó a quebrarse.

Tras horas..

El jardín interior estaba casi vacío a esa hora. El sol caía de lleno sobre la tierra húmeda, y las hojas de las plantas trepadoras respiraban un calor sofocante.

Leyla, arrodillada junto a un macizo de flores, tiraba de las malezas. El sudor le corría por la frente, y su piel, siempre delicada, ardía en un tono rojizo que la hacía parecer un tomate.

Se detuvo a limpiarse la frente con el dorso de la mano cuando una sombra cayó sobre la tierra frente a ella.

Su corazón dio un pequeño salto.

Se giró lentamente.

Carlos estaba allí, de pie, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos.

Parecía una máscara más que un gesto.

—Vaya, vaya… —dijo él, con voz suave—. Qué sorpresa encontrarte aquí, Leyla. Brillas bajo el sol.

Ella se incorporó un poco, secándose otra vez la frente, sin mirarlo demasiado.

—Buenos días, su alteza —respondió con educación distante—. Debería volver adentro. El sol está fuerte… no es apropiado para usted.

Carlos soltó una risa leve.

—No me importa el sol. Además… —ladeó la cabeza, observándola con descaro—, es entretenido verte así. Pareces un camarón recién sacado de la olla.

Leyla se tensó. Una punzada de incomodidad se le clavó en el estómago, pero evitó mostrarlo.

—Estoy ocupada, su alteza —dijo, volviendo a agacharse para retomar el trabajo—. Debo terminar antes del mediodía.

Carlos fingió no escucharla. Siguió acercándose, hasta que estuvo demasiado cerca.

—Dime una cosa, Leyla… —su voz bajó, adquiriendo un filo invisible—. ¿También le dices eso a Eduard? ¿Que estás ocupada?

Leyla se quedó quieta un instante.

Luego levantó la vista despacio.

—Sí… —respondió, tratando de mantener la serenidad—. Se lo digo. Él y yo somos amigos, pero siempre tengo tareas que hacer.

El gesto de Carlos se contrajo apenas, como si algo le hubiera pinchado por dentro.

Masticó el interior de su mejilla, conteniendo la rabia detrás de una sonrisa demasiado rígida.

—No me mientas —dijo en un tono más bajo—. Sé que hay algo más entre ustedes.

Leyla sintió el sudor volverse frío. Esa acusación… ese tono… No sabía cómo moverse ni qué decir.

—No es así —susurró, apartando la mirada—. Su alteza, por favor… estoy trabajando.

Carlos alargó la mano y la tomó del brazo, apretando con fuerza.

Leyla soltó un gemido ahogado.

—Escúchame —murmuró él, inclinándose hacia ella. Su sombra cubrió todo su rostro—. Sé perfectamente cuando alguien me está ocultando algo. No soy un idiota. Y tú… —sus dedos se clavaron más— tú crees que puedes jugar conmigo, ¿verdad?

—No… no, su alteza… —Leyla intentó retirarse, pero él no la soltó—. Le juro que no hay nada. Nada entre nosotros. Eduard es solo… solo mi amigo.

—¿Amigo? —Carlos acercó su rostro tanto que Leyla pudo sentir su respiración cálida y pesada—. No uses esa palabra conmigo. No me gusta cómo suena en tu boca cuando hablas de él.

El corazón de Leyla golpeó su pecho.

—Por favor… me está haciendo daño…

Carlos la sostuvo un segundo más, hasta que notó cómo su brazo temblaba bajo su mano. Entonces la soltó, con un gesto brusco.

Leyla dio un pequeño paso atrás, llevándose la mano al lugar donde la había sujetado. La piel ya se estaba enrojeciendo, pero esta vez no por el sol.

Carlos la observó en silencio.

—Será mejor —dijo finalmente, en un tono seco— que sea cierto eso que dices. Porque si descubro que tú y él… —hizo una pausa, dejando caer la amenaza— no tienes idea de lo que puedo hacerle a tu “amiguito”.

Leyla abrió los labios, como si quisiera responder, pero no pudo.

Carlos dio media vuelta y se marchó sin mirar atrás.

Cada paso suyo dejó un rastro de tensión en el aire, como si el jardín entero contuviera la respiración.

Leyla no pudo moverse.

El silencio volvió, pero no la paz. Le latía el corazón con tanta fuerza que por un momento pensó que el sonido se escucharía por todo el jardín.

Sentía el brazo donde él la había sujetado palpitando, caliente.

Intentó frotarlo, disimular el temblor… pero no se iba. No se iba nada.

El sol le quemaba la cara, pero la quemadura interna era peor.

Era una mezcla extraña: miedo, vergüenza, rabia… y una culpa que no sabía por qué llevaba encima.

Más tarde…

Dos guardias fueron enviados en busca de Catalina. Al encontrarla en uno de los pasillos del palacio, le comunicaron:

-Catalina, el príncipe Carlos desea verla.

Catalina, visiblemente nerviosa, negó con las manos mientras daba un paso atrás.

-¡Yo no he hecho nada! ¡No he hecho nada malo! -exclamó, temía que el príncipe Carlos hubiera descubierto que era ella quien había estado difundiendo rumores sobre él y su hermano, el príncipe Eduard.

Pero los guardias no le dieron opción. La tomaron por los brazos, y aunque Catalina se resistía con todas sus fuerzas, era inútil.

-¡No he hecho nada! -gritaba mientras pataleaba, intentando liberarse.

Los gritos de Catalina resonaban en los pasillos, atrayendo la atención de otros miembros de la servidumbre, que observaban con ojos incrédulos cómo la llevaban a rastras. Catalina se retorcía como podía, pero al final fue arrastrada hasta la habitación del príncipe Carlos.

Una vez allí, los guardias la arrojaron. Catalina cayó de rodillas frente al príncipe, quien la observaba con desdén.

-Por favor, su alteza… yo no he hecho nada malo. -exclamo Catalina.

Carlos soltó una carcajada seca, disfrutando del espectáculo de su desesperación.

-Oh, Catalina, qué molesta eres -dijo con sarcasmo mientras se aclaraba la garganta. Luego continuó con un tono más serio-. Te mandé a buscar porque necesito hacerte unas preguntas.

Catalina, todavía de rodillas, asintió rápidamente.

-Lo que usted quiera, su alteza.

-Levántate del suelo, me distraes con tanto drama -ordenó Carlos, y cuando Catalina se puso de pie, agregó-Guardias, déjennos a solas.

Los hombres salieron de la habitación, cerrando la puerta tras ellos. Carlos se cruzó de brazos y fijó su mirada en Catalina.

-Sabes que eres una chismosa, ¿verdad? -empezó Carlos, con una sonrisa sardónica-. Y ahora necesito que me digas algo.

Catalina tragó saliva y lo miró, esperando a que continuara.

-¿Cómo te atreves a difamar a tu alteza imperial? -preguntó Carlos con un tono cortante.

Catalina, presa del pánico, se dejó caer nuevamente al suelo.

-¡Eso no es cierto, su alteza! Yo solo repito lo que otros ven. No invento nada, se lo juro.

Carlos la miró con frialdad.

-No te hagas la inocente. Sé que andas diciendo por ahí que mi hermano y yo estamos obsesionados con Leyla.

Catalina intentó abrir la boca para responder, pero Carlos levantó una mano para interrumpirla.

-¿Sabes lo que podría pasarte por difamar a la familia imperial? -preguntó con un tono amenazante.

Catalina palideció.

-Podría castigarte, echarte… o incluso matarte -dijo Carlos con voz gélida, mientras sus ojos se fijaban en ella.

La joven sollozó al escuchar aquellas palabras y, en un acto de desesperación, se aferró a las piernas de Carlos.

-¡Por favor, su alteza, no me haga daño! ¡Haré lo que sea!

Carlos la observó por un momento, disfrutando de su desesperación, antes de hablar.

-Eso pensé. Tal vez, si me haces un favor, podría dejarte libre.

Catalina, entre sollozos, asintió rápidamente.

-Lo que usted quiera, su alteza.

Carlos la soltó de un empujón y dio un paso hacia atrás.

-Quiero información. Quiero saber todo lo que puedas sobre Leyla y Eduard. Todo.

Catalina, aún llorando, respondió:

-Siempre los veo juntos. Platican y… y se ven muy cariñosos.

Carlos frunció el ceño, claramente poco impresionado por lo que escuchaba.

-Eso ya lo sé. No necesito que me digas lo obvio. ¿Algo más?

Catalina dudó por un momento antes de añadir:

-Anoche vi a Leyla salir de la habitación que compartimos con otras sirvientas. Regresó más tarde, pero no alcancé a ver a dónde iba.

Carlos levantó una ceja, sorprendido.

-¿Estás segura de lo que dices?

-Sí, lo juro por Lyra. La vi escabullirse por la noche, pero no pude seguirla. Solo la esperé hasta que volvió.

Carlos entrecerró los ojos, evaluando sus palabras.

-¿Y qué hacías tú despierta a esa hora?

Catalina tartamudeó antes de responder:

-Yo… fui a una de las cocinas por pan, su alteza.

-No me mientas.

Catalina, temblando, confesó:

-Tenía diarrea, su alteza. Comí fruta en mal estado y fui al baño.

Carlos soltó una carcajada burlona.

-Muy bien, puedes retirarte, pero escucha bien -dijo con un tono amenazante-: Quiero que sigas a Leyla. Observa cada movimiento que haga. Si escuchas algún rumor más, vienes directamente a mí. Pero si me mientes… -Carlos bajó la voz- te cortaré la lengua, y si intentas traicionarme, haré una alfombra con tu piel.

Catalina asintió frenéticamente, sin atreverse a levantar la mirada.

-Sí, su alteza. Le prometo que haré todo lo que me pida.

-Bien. Ahora, fuera de mi vista.

Catalina salió rápidamente de la habitación, dejando a Carlos solo. Él se dejó caer en el sofá, una sonrisa torcida curvándose en sus labios mientras pensaba en lo que Leyla podría estar haciendo.

Al anochecer..

Carlos observaba cómo la noche envolvía el cielo. Desde el balcón de su habitación, admiraba las estrellas con anhelo. Su mente viajaba hacia Leyla, imaginando cómo sería regalarle todas las estrellas.

-Leyla… ¿Alguna vez has soñado con estrellas? -Hizo una pausa y suspiró-. Si pudiera, te daría cada una de ellas.

Se cruzó de brazos, pensativo, dejando que la brisa de la noche acariciara su rostro.

-¿Qué estarás haciendo ahora? -preguntó al aire, como si esperara una respuesta. Su ceño comenzó a fruncirse ligeramente-. ¿Estarás dormida? ¿O tal vez… pensando en alguien más?

Intentó calmarse, pero las imágenes en su mente seguían atormentándolo. Finalmente, inhaló profundamente y se frotó las sienes.

-No voy a asumir nada… todavía.

Catalina me dirá si descubre algo. -Se giró, alejándose del balcón.

De pie junto a su cama, comenzó a quitarse la ropa, murmurando:

-Leyla… ¿Qué estás haciendo ahora?

Finalmente, se recostó en la cama, quedando en ropa interior. Cerró los ojos y soñó.

Mientras tanto, Catalina, con el cuerpo agotado, luchaba por mantenerse despierta. A pesar del cansancio, se mantuvo alerta. Las demás sirvientas dormían tranquilamente, mientras ella se mantenía en vela, con los ojos medio cerrados.

De repente, un leve ruido la hizo reaccionar. Era Leyla, levantándose con cuidado de la cama, comenzó a caminar hacia la puerta. Catalina, se incorporó al instante. Con movimientos torpes, se puso los zapatos y salió a seguirla.

Leyla caminaba rapido, y Catalina, al darse cuenta de la distancia que empezaba a tomar, frunció el ceño.

-¿Cómo lo hace? -murmuró para sí misma.

Leyla, ajena a la presencia de Catalina, continuó avanzando.

Catalina, frustrada, apenas podía seguir el ritmo.

-Si tan solo pudiera ser más rápida… -pensó, mientras sus pasos comenzaban a volverse pesados. Y antes de darse cuenta, Leyla ya había desaparecido.

Confusa, Catalina se apresuró a recorrer el jardín. La maleza y las sombras ocultaban a Leyla, quien, como si fuera una sombra, se desvaneció en el aire nocturno.

-No puede ser… -se dijo a sí misma, sintiendo frustración -. ¿A dónde se fue?

Regresó a la habitación, convencida de que no había forma de explicarle a Carlos que había fallado.

Al poco rato, Catalina estaba profundamente dormida, acompañada de fuertes ronquidos.

Una de sus compañeras se despertó y, para silenciar el ruido, le colocó una almohada sobre la cara.

Esto provocó que tuviera pesadillas.

En el jardín olvidado..

El jardín olvidado estaba envuelto en el silencio suave de la noche. Las hojas marchitas colgaban como pequeños susurros, y el viento movía apenas las ramas secas, como si tuviese miedo de perturbar el secreto de ese rincón escondido del palacio.

Eduard llegó primero.

Caminó nervioso entre las sombras del lugar, buscando una señal de ella, de su respiración, de su paso ligero.

Cuando la vio llegar, con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas, su pecho se apretó.

—Leyla… —susurró.

Ella intentó decir algo, pero la voz se le quebró al primer intento. Dio dos pasos hacia él y, sin poder contenerse, se desplomó contra su pecho.

Eduard la sostuvo de inmediato, envolviéndola con los brazos, como si pudiera protegerla del mundo entero solo con la fuerza de su abrazo.

Leyla escondió el rostro en su pecho y comenzó a sollozar.

Lloró como una niña que ya no puede fingir ser fuerte.

Su respiración se quebraba en pequeños jadeos, su cuerpo temblaba, y cada lágrima que caía quemaba la piel de Eduard con un dolor que no sabía cómo calmar.

—Tranquila… estoy aquí —murmuró él, acariciándole la cabeza lentamente—. Ya está, ya está…

Leyla lloraba como si todo lo que llevaba conteniendo durante años hubiese decidido romperse justo en ese instante.

—¿Qué… qué haremos, Eduard? —logró murmurar entre sollozos—. ¿Qué… qué vamos a hacer ahora?

Eduard cerró los ojos y la abrazó más fuerte.

—Desde ahora… debemos ser más cuidadosos —dijo en voz baja—. No dejarles nada que puedan usar contra nosotros.

Leyla se apartó un poco, con la cara cubierta de lágrimas, mirándolo como si el aire le faltara.

—¿Ya no podremos venir aquí? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Ya no podremos vernos?

Él negó, limpiándole las lágrimas con los pulgares.

—No, no es eso. Podemos vernos aquí… y donde tú quieras. Solo… tenemos que ser cuidadosos afuera. Con nuestras palabras. Con cómo nos miramos. Con todo.

Otra lágrima rodó por la mejilla de Leyla, y Eduard la atrapó antes de que cayera.

—No dejaré que Carlos vuelva a lastimarte —dijo, con voz firme —. Jamás. Te lo prometo. Si él te toca otra vez, si te hace daño… no lo permitiré. Tendrá que pasar sobre mí.

Leyla tembló de nuevo y lo abrazó con fuerza, aferrándose a él.

—Tengo miedo… —confesó—. ¿Qué… qué haremos si nos descubren? ¿Y si te hace algo a ti? ¿Y si… si pasa algo malo?

Eduard apoyó su frente contra la de ella, respirando su mismo aire.

—Lo evitaré… a toda costa. —Le acarició la espalda, lento, seguro—. No dejaré que nada te pase. Estás a salvo conmigo, Leyla. Siempre.

Poco a poco, la respiración de ella comenzó a calmarse. Él sentía cada suspiro, cada pequeño temblor, como si fueran ecos dentro de su propio cuerpo.

Leyla levantó la mirada, aún con lágrimas colgando de las pestañas.

—Eduard… ¿puedes…? —murmuró con vergüenza—. ¿Puedes darme besos… en el cachete?

El príncipe sonrió suave.

—Claro que sí.

Se inclinó y le dio besos en la mejilla izquierda.

Luego otros en la derecha.

Después uno cerca de la sien.

Y Leyla, por primera vez desde la tarde, soltó un suspiro que no era de miedo, sino de alivio.

—Gracias… —susurró con un hilo de voz que casi se perdía en el viento.

Eduard le pasó un brazo por los hombros y la acercó a su pecho de nuevo.

—¿Sabes qué? —dijo con un tono más ligero, buscando sacarla poco a poco de la angustia—. Hace tiempo que no jugamos a las adivinanzas.

Leyla parpadeó, sorprendida.

—Es verdad… —murmuró—. Hace mucho que no lo hacemos.

—Pues probemos ahora —propuso él—. A ver si sigue siendo divertido.

Ella lo miró con los ojos aún húmedos, pero con una chispa nueva, pequeñita, temblorosa… como una vela.

—Está bien… —susurró—. Quiero jugar.

Eduard se acomodó junto a ella en el suelo —aun cuando sabía que la tierra le mancharía la ropa—, pero poco le importaba. Estaba más pendiente de la forma en que Leyla respiraba, aún agitada, aunque ya no lloraba.

—Muy bien —dijo con un tono suave, casi juguetón—. Te daré tres adivinanzas. Si aciertas… te daré un premio.

Leyla alzó la cabeza, curiosa.

—¿Un premio? —susurró con un hilito de timidez.

Eduard sonrió con un brillo tranquilo en los ojos.

—Sí. Uno que tú elijas.

La muchacha se limpió las mejillas con el dorso de la mano, intentando parecer más compuesta de lo que estaba.

—D-de acuerdo… intentaré adivinar.

Eduard dejó escapar una risa breve.

—Primera: Tengo raíces que no se ven,

una corona que no brilla, y aunque no camino… el viento me hace bailar. ¿Qué soy?

Leyla frunció el ceño, mirando el suelo con intensidad, hundiendo el dedo en la tierra como si ahí estuviera la respuesta.

—Mm… ¿un árbol? —aventuró al fin.

—¡Muy bien! —Eduard aplaudió despacio,—. Una respuesta perfecta.

Leyla sonrió con un poco más de confianza.

—Creí que estaba mal…

—Nunca subestimes tu cabeza, Leyla —respondió él, tocándole la frente con un dedo.

Ella se ruborizó más de lo que ya estaba.

Eduard continuó.

—Segunda: No tengo boca, pero hablo.

No tengo alas, pero viajo. No tengo cuerpo, pero puedo tocarte los oídos ¿Qué soy?

Leyla abrió los ojos con sorpresa.

—¡Esa es difícil! —susurró.

—Puedes pensarlo con calma —dijo él con una sonrisa ladeada.

Leyla se quedó pensativa, mordiéndose el labio inferior. Miró a la derecha, luego a la izquierda, luego al cielo.

—¿Es… el viento? —dijo al fin, insegura.

Eduard negó con suavidad.

—Muy cerca, pero no. Era el eco.

Leyla bajó la cabeza con decepción.

—Fallé…

Eduard la tomó de la mano.

—No pasa nada. Te queda una más —susurró, con esa manera suya de hablar que la envolvía—. Y aunque falles las tres… igual te daré el premio que quieras.

Leyla lo miró desconcertada.

—¿Entonces para qué el juego?

Él sonrió.

—Para que sonrías un poco más.

El rubor se le extendió hasta las orejas.

Eduard continuó:

—Última: Soy pequeño como un suspiro,

pero puedo esconder el universo.

Me llevas contigo a donde vas,

aunque no siempre quieres que me vea.

¿Qué soy?

Leyla parpadeó varias veces.

Su garganta se movió en un trago tímido.

—Eso… eso suena muy complicado —admitió.

—Intenta —la animó él, inclinando un poco la cabeza.

Ella presionó los labios, pensó un largo rato y, muy bajito, respondió:

—¿Un… recuerdo?

Eduard se quedó en silencio un momento.

No porque la respuesta fuera correcta o incorrecta…

sino porque no esperaba que escogiera esa palabra.

—Es… —trató de decir—. Bueno, no era la respuesta que tenía en mente, pero…

Leyla bajó la cabeza, avergonzada.

—Lo sabía… me equivoqué otra vez…

Eduard la tomó suavemente del mentón y levantó su rostro.

—Lieyla… —susurró—. Tu respuesta… fue más bonita que la correcta.

Ella parpadeó.

—¿Cuál era?

—Un secreto —susurró él—. Pero un recuerdo también puede esconder universos enteros.

—Entonces… fallé dos… —murmuró.

Eduard negó despacio, acariciándole el dorso de la mano.

—Ganaste dos —corrigió—. La primera… y esta última.

Los ojos de Leyla se humedecieron un poco, pero ya no por tristeza.

Eduard lo notó y sonrió, inclinándose hacia ella.

—Y ahora —añadió con voz baja—. ¿Cuál es el premio que quieres?

Leyla lo miró, aún acurrucada en su abrazo, con esa vulnerabilidad que solo él podía ver.

—Quiero… —dijo, tragando saliva—. Quiero que te quedes conmigo… un rato más.

Eduard apoyó su frente contra la de ella, respirando a su mismo ritmo.

—Me quedaré contigo siempre que me lo pidas.

Leyla cerró los ojos y se abrazó a él.

Había pasado un largo rato desde su llegada llorando, pero ahora, con los ojos aún húmedos y las pestañas pegadas, levantó la cabeza para mirarlo.

—Eduard… —murmuró, con voz suave—. ¿Cómo… cómo supiste que Carlos me había lastimado? Tú y yo no hablamos en todo el día. Solo… aparecí aquí llorando como una niña.

Eduard bajó la mirada un instante, como si dudara entre responder o protegerla del peso de la verdad.

—Margaret vino a verme —dijo al fin, con un suspiro tenue—. Estaba completamente fuera de sí. Se preocupó tanto por ti que… casi no podía hablar. Lo único que repetía era lo mucho que quería matarlo.

Leyla abrió los ojos sorprendida.

—Margaret lo sabía… porque… —tragó saliva—… porque fui llorando hacia ella también. Pero no pudo consolarme mucho, solo… solo decía garabatos en contra de Carlos.

Eduard dejó escapar una exhalación amarga, pero no fría; amarga como el dolor.

—La entiendo —dijo, acariciándole el cabello con lentitud—. Es una buena amiga. Y a veces… cuando uno ve sufrir a alguien que quiere… se siente impotente. Eso es lo que la frustró. No poder hacer más.

Leyla bajó la mirada, asintiendo.

—Es verdad…

—Pero no estás sola —añadió él en voz baja—. Ni ella ni yo te dejaremos sola.

Leyla se aferró más fuerte a su camisa, respirando su aroma.

Eduard la sostuvo entre sus brazos un momento más, hasta que sintió que su cuerpo se suavizaba, como si finalmente pudiera descansar.

Entonces, con un tono inesperadamente delicado, dijo:

—¿Quieres que te cuente un cuento?

Leyla parpadeó con ternura.

—¿Un cuento? ¿Cuál?

Eduard acomodó una rama caída a un lado, como quien prepara el escenario para una historia secreta.

—Uno triste… pero con un final feliz —anunció.

Los ojos de Leyla se iluminaron apenas, curiosos y vulnerables.

Eduard comenzó:

—Había una vez una niña muy pequeña que vivía en un lugar donde nadie parecía verla realmente. Era como si el mundo entero hubiera sido construido sin pensar en ella. Era frágil como una flor blanca en invierno, pero tenía un corazón tan grande que, cuando amaba, lo hacía con toda su alma.

Un día, una tormenta cayó sobre su vida. Oscura, violenta, injusta. La niña pensó que nadie la escucharía si gritaba, que nadie acudiría si lloraba.

Leyla tragó con dificultad, sintiendo cómo cada palabra se le deslizaba dentro.

Eduard continuó:

—Pero lo que ella no sabía… era que, no muy lejos, había alguien que siempre la estaba buscando. Alguien que veía su luz incluso cuando ella creía estar apagada. Y cuando la tormenta por fin la alcanzó… él corrió, la encontró y la abrazó tan fuerte que la tormenta ya no pudo llevársela.

Y desde entonces… nunca volvió a estar sola. Porque alguien —aunque fuera solo una persona— la eligió como lo más valioso del mundo.

El silencio se hizo espeso entre ellos, pero era un silencio cálido, casi brillante.

Leyla, con el labio tembloroso, apoyó la frente en el pecho de Eduard.

—Gracias… —susurró con voz quebradita—. Gracias por el cuento…

Eduard la rodeó con ambos brazos, envolviéndola como si pudiera repararla solo con su calor.

Leyla se apegó aún más, casi escondiéndose en él.

—Te lo contaría mil veces si eso te hiciera sentir segura —dijo Eduard, deslizando su mano por la espalda de ella con una ternura que solo existía para ella—. No volveré a dejar que te lastimen. Nunca más.

Leyla cerró los ojos, dejando que su respiración y la de él se mezclaran en el aire tibio del jardín.

Y durante un largo rato…

solo existieron ellos dos, protegidos por el lugar donde nacieron sus secretos.

Leyla, por fin calmada, permanecía recostada sobre el pecho de Eduard mientras él acariciaba su espalda en movimientos largos y constantes. Ella respiraba al ritmo de él, acunada por la sensación de estar a salvo.

El murmullo del viento entre las hojas secas se volvió casi un arrullo.

Pasó una hora, tal vez dos.

Allí dentro, el mundo no existía.

Pero al fin, Eduard tragó saliva y habló con una voz que tenía una grieta muy pequeña, pero suficiente para doler.

—Leyla… ya es tarde —dijo con suavidad—. Debemos volver al palacio antes de que empiecen a buscarnos.

Ella no respondió de inmediato. Su cuerpo se tensó apenas, como si no quisiera soltar el refugio que había encontrado en sus brazos.

Cuando alzó la mirada, sus ojos tenían ese brillo humedecido que aparece cuando uno intenta contener un sentimiento demasiado grande.

—Sí… —susurró, aunque su voz se quebró en la última letra—. Ya lo sé.

Eduard la observó con una mezcla de ternura y pena.

Había algo devastador en ese pequeño instante: la forma en que ella aún lo sujetaba de la camisa, la forma en que él quería quedarse, aunque sabía que no debía.

Leyla respiró hondo, apartándose con delicadeza.

Se sentó bien, se acomodó el cabello y se limpió los restos de lágrimas que aún marcaban sus mejillas.

—Entonces… nos vemos mañana —murmuró ella, mirándolo como si el mañana quedara demasiado lejos.

Eduard asintió despacio.

—Mañana —repitió con una sonrisa suave, triste, cómplice.

Leyla, con el corazón latiéndole fuerte, se inclinó hacia él.

Puso una mano temblorosa en su mejilla.

Y entonces lo besó.

Fue un beso largo, profundo y tembloroso.

Hubo un instante —uno solo— en el que el mundo desapareció por completo.

Cuando se separaron, sus frentes quedaron pegadas un momento más.

—Cuídate… por favor —susurró Leyla, acariciándole la mejilla.

—Tú también —respondió él, tomando su mano y besando sus dedos—. Y si algo pasa… ven aquí. Siempre te esperaré.

Caminaron juntos unos pasos hacia la salida del jardín, y allí sus caminos se separaron: él hacia los pasillos superiores, ella hacia las cocinas.

Se volvieron a mirar una última vez.

Así, Eduard la observó desaparecer, con el pecho apretado y los dedos aún tibios del último beso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo