Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Imperio De Pasiones - Capítulo 4

  1. Inicio
  2. Imperio De Pasiones
  3. Capítulo 4 - Capítulo 4: Capítulo 3: Recuerdos del ayer.
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 4: Capítulo 3: Recuerdos del ayer.

La luz de la mañana se filtraba suavemente a través de las cortinas de la habitación de Leyla, iluminando su rostro mientras se despertaba. Aunque el día comenzaba con una tranquilidad que rara vez experimentaba, su mente se encontraba ocupada por los recuerdos de su niñez, aquellos que nunca había podido dejar atrás.

Recordaba cómo su madre había llegado junto a ella al palacio para trabajar como sirvienta. Aunque inicialmente solo aceptaron a su madre, pues Leyla aún era demasiado joven para trabajar, fue gracias a la insistencia de ambas que finalmente ella también fue aceptada.

Su madre era una mujer fuerte, siempre laborando con una sonrisa en el rostro, a pesar de las dificultades que enfrentaba. Leyla la observaba con admiración, mientras se encargaba de las tareas de la cocina y la limpieza.

En su tiempo libre, su madre y Leyla solían encontrarse en los jardines del palacio. A veces, en las tardes cálidas, se sentaban bajo el árbol más grande del jardín, y su madre le contaba historias sobre los nobles y las personas que visitaban el palacio.

-No olvides, Leyla, que aquí, como en cualquier parte, todos somos iguales. Solo que algunos tienen más que otros -le solía decir, acariciándole el cabello.

Una tarde, mientras su madre se encargaba de una de sus tareas diarias, Leyla, que entonces era solo una niña, jugaba cerca de la fuente del jardín. Fue allí donde conoció a Eduard. Aquel niño, se acercó a ella con una sonrisa amigable, sin tener idea de quién era.

-¿Te gustaría jugar? -le preguntó Eduard.

Leyla no dudó en aceptar y ambos exploraron los jardines del palacio.

Un día, mientras los dos se escondían en su habitación, Eduard le preguntó:

-Si fueras una princesa, ¿qué harías?

Leyla, sonriendo, pensó por un momento y luego respondió:

-Sería buena y ayudaría a todos, como mi madre.

A partir de ese día, su relación floreció, y el tiempo pasó, y los recuerdos de aquellos días de juegos y risas se volvieron más distantes.

La madre de Leyla, quien había sido su apoyo constante, enfermó de manera repentina. Leyla aún recordaba el dolor de verla debilitada día tras día, hasta que un amanecer, la enfermedad se la llevó. A partir de ese momento, Leyla se quedó sola, sin su madre y sin el consuelo que esa figura le había dado durante su vida.

El vacío que dejó su madre resultó devastador, pero la conexión entre Leyla y Eduard nunca se desvaneció. A medida que crecían, el cariño que ella sentía por él se transformó en un profundo amor.

Leyla dejó escapar un suspiro, alejando sus pensamientos. Sabía que no podía permitirse el lujo de quedarse atrapada en el pasado; aún tenía que cumplir con su deber. Con ese pensamiento en mente, recorrió los pasillos mientras el palacio empezaba a cobrar vida con los primeros movimientos de la mañana.

Tenía la sensación de que sería un buen día, y dejó que ese sentimiento la acompañara mientras se adentraba en el ir y venir de la vida palaciega.

Atravesó un pasillo principal y salió al patio trasero, donde se encontraba una de las huertas de verduras del palacio. No era un lugar descuidado, sino un espacio limpio y ordenado, bañado por la luz suave de la mañana. El aroma fresco de la tierra húmeda se mezclaba con el de las hojas verdes agitadas por la brisa. Allí, Leyla, en compañía de otras sirvientas, se agachó para cosechar zanahorias, tomates, pepinos y otras hortalizas variadas, arrancándolas con cuidado del suelo y apilándolas a un lado para su posterior limpieza.

Mientras Leyla y las demás sirvientas cosechaban las verduras, tres de ellas se detuvieron un momento, dejando que la frustración escapara entre sus palabras.

—¿Viste al joven príncipe esta mañana? —susurró la primera, dejando caer un pepino a un costado—. Siempre tan presumido… ni se inmuta mientras nosotras nos llenamos de mugre.

—¡Y el otro! —interrumpió la segunda, arqueando una ceja—. Se cree que puede vivir sin mover un dedo. Apuesto a que ni sabe cómo huele la tierra fresca.

—Ja —rió la tercera, mientras limpiaba sus manos en el delantal—. Los nobles viven como si el mundo fuera suyo, y nosotros aquí, arrodilladas desde antes del amanecer, cargando, limpiando, sudando… y ni un gracias.

—Lo peor —dijo la primera, dejando escapar un bufido—, es que se creen superiores solo por el oro y los títulos. ¿Creen que con eso compran el respeto?

—Y lo intentan —añadió la segunda —. Pero no saben nada. No tienen ni idea de lo que es trabajar de verdad…

—Es divertido, si lo piensas —susurró la tercera, inclinándose un poco hacia las otras—. Porque podemos verlos desde aquí, en toda su vanidad, y saber que no hacen nada mientras nosotras movemos todo el palacio.

Leyla se inclinó para arrancar una zanahoria de la tierra aún húmeda; la sostuvo entre sus manos y, mientras sacudía con suavidad la tierra que la cubría, pensó en silencio: “Cuánto hablan sin saber…” con un dejo de molestia. “Ellas jamás han tratado de verdad al príncipe Eduard. Si lo conocieran aunque fuera un poco, entenderían que no es como los demás. Él no mira por encima del hombro, ni desprecia a los que servimos. Al contrario, siempre demuestra una gentileza sincera. Aunque su carácter es callado y reservado, cada palabra y cada gesto suyo lleva la calidez de alguien que trata a todos con el mismo respeto.”

“Aunque…”, pensó Leyla,“no se equivocan del todo. Muchos nobles carecen de empatía, viven rodeados de comodidades, delicados, sin haber tocado jamás la tierra ni servido a nadie. Son engreídos y mimados… Pero, aun así, no todos son iguales.”

Una de las tres sirvientas dejó de arrancar verduras y clavó la mirada en Leyla, que trabajaba en silencio, apartada de sus cuchicheos.

Con un gesto de desconfianza, murmuró en voz alta:

—Oye tú… ¿cómo era que te llamabas? ¿Leyla, no?

Leyla, sobresaltada por el repentino llamado, levantó la vista y respondió con calma:

—Sí… soy Leyla.

La muchacha la observó de arriba abajo con cierto resquemor.

—¿Y por qué tan callada? Apenas has dicho una palabra desde que empezamos.

Leyla bajó la mirada de nuevo hacia la tierra y contestó suavemente:

—No soy de hablar mucho. Prefiero guardar silencio.

La segunda sirvienta soltó una risita mientras se limpiaba las manos en el delantal.

—Ah, ya entiendo. Eres de esas retraídas que se pasan la vida pensando.

—No es nada raro pensar —replicó Leyla con serenidad—. Simplemente… me gusta más escuchar que hablar.

La tercera se inclinó hacia adelante.

—¿Ah, sí? Pues bien callada no te quedas cuando hablas con el príncipe menor.

El rostro de Leyla se tensó de inmediato.

—Él es… un amigo —dijo vacilante—. Solo por eso converso con él, de vez en cuando.

—¿De vez en cuando? ¡Si siempre los vemos hablando! Todos los días parece que encuentras un motivo para estar cerca de él.

La primera asintió con fingida sorpresa.

—Con razón me resultabas conocida. Así que tú eres esa Leyla, la que se lleva tan bien con el príncipe. Vaya rareza.

Leyla apretó la zanahoria que tenía en las manos y replicó con frialdad:

—No es asunto de ustedes.

La tercera no tardó en interrumpirla con tono burlón:

—No te hagas la dura. A todas nos parece extraño… ¿qué tendrá de especial que hables con el príncipe Eduard? Y no solo con él… también con el príncipe Carlos.

—Eso no es cierto —respondió Leyla con firmeza, aunque su voz tembló un poco.

Las sirvientas se miraron entre sí, compartiendo risitas maliciosas.

—Claro que sí —insistió la segunda—. El príncipe Carlos no pierde oportunidad de rondarte, de coquetearte. Todas lo hemos visto.

—¡No es así! —protestó Leyla, sintiendo el calor subirle al rostro.

La primera chasqueó la lengua, como si no le diera importancia a su negación.

—Anda, no te pongas nerviosa. Si hasta parece que lo disfrutas. Seguro que buscas llamar su atención.

Las tres rieron con veneno, mientras Leyla guardaba silencio, incómoda, tratando de concentrarse en la cosecha.

—Mírenla, siempre tan calladita —dijo una de las sirvientas, sacudiéndose la tierra de las manos—. Se cree mejor que nosotras porque no abre la boca.

—Sí, parece muda —rió otra —. Seguro piensa que, si guarda silencio, nadie notará que anda cerca de los nobles.

—Bah, callada no más para fingir inocencia —añadió la tercera, con tono burlón—. Pero quién sabe qué secretos esconde detrás de esa cara de santa.

—Tal vez espera que un noble venga a sacarla de esta vida de suciedad —suspiró una, imitando una voz soñadora y ridiculizando—. “Ay, señor príncipe, lléveme lejos de mi labor”.

Rieron estruendosamente, mirando de reojo a Leyla. Ella, sin levantar la vista de las hortalizas que ordenaba en silencio, apretó con fuerza las manos contra el delantal. No respondió, no les miro, pero en su interior la rabia crecía, ardiendo como una llama.

Más tarde…

Más tarde, mientras regaba las rosas de un jardín, Leyla respiró hondo y dejó que el aroma de las flores calmara su ánimo. Aunque las burlas de las sirvientas aún le pesaban, se prometió no dejar que su espíritu se marchitara. El agua caía suave sobre los pétalos, Y con cada gota, sentía una serenidad que se expandía lentamente en su interior.

Aquella serenidad no tardaría en desvanecerse. El príncipe Carlos, que se hallaba conversando con un sirviente, le ordenó retirarse al instante en cuanto sus ojos vieron a Leyla, inclinada sobre las rosas, regándolas con delicadeza. Sin prisa, comenzó a avanzar hacia ella.

Leyla, advirtiendo su presencia, prefirió aparentar indiferencia y continuó con su labor, evitando mirarlo. Entonces, Carlos, con una leve sonrisa y un ademán de galantería, hizo una reverencia y dijo en tono cortés:

—Vuestra belleza compite con las rosas, Leyla. Y aunque ellas florezcan bajo el sol, dudo que alguna logre igualar lo que eres..

Leyla apenas levantó la vista al escuchar sus palabras, su expresión se mantuvo serena, sin dar señales de agrado. Continuó moviendo la regadera con calma, dejando que el agua cayera.

—Las rosas no necesitan comparaciones, alteza —respondió con voz baja —. Ellas crecen por sí mismas, sin esperar elogios.

Carlos dio un paso más cerca, inclinándose con elegancia, como si las flores fueran solo una excusa para acercarse a ella.

—Quizá no esperen elogios —dijo con un tono seductor, observando su perfil—, pero yo no puedo evitar dárselos… o dártelos a ti, Leyla. ¿Es un crimen acaso notar lo evidente?

Ella apretó los labios, impasible. Giró hacia otra hilera de rosales, fingiendo que la conversación no la afectaba.

—Los elogios no cambian la tierra ni el agua, señor. Las flores siguen necesitando cuidados, no palabras.

Carlos soltó una breve risa, encantado con la frialdad que encontraba en ella. Caminó a su lado, con las manos a la espalda, inclinándose un poco para observarla de cerca mientras ella intentaba esquivarlo.

—Qué severa eres conmigo —susurró, con una sonrisa ladeada—. Cualquiera en vuestro lugar sonreiría ante un cumplido, pero parecéis blindada, como un muro.

—Tal vez porque los muros son necesarios en un palacio —replicó Leyla con calma.

Carlos la miró con intensidad, como si quisiera descifrar sus pensamientos.

Dio un suave suspiro teatral y dijo:

—Entonces haré lo que todo buen caballero hace ante un muro… buscaré la manera de cruzarlo.

Leyla se detuvo un instante, alzó la mirada y lo miró por primera vez con seriedad.

—Se equivoca, alteza. Algunos muros existen para proteger lo que hay dentro. Y no se derriban con halagos.

Carlos esbozó una sonrisa confiada

.

—Yo podría derribar cualquier muro, Leyla… —dijo en voz baja, con un brillo en la mirada—. No necesitaría más que estar contigo para que desapareciera esa distancia que insistes en mantener.

Leyla soltó un pequeño bufido, apretando la regadera entre sus manos, y giró hacia otro cantero de flores. El agua cayó en un hilo constante mientras caminaba despacio, fingiendo no escucharle.

—Tengo trabajo que hacer, alteza —respondió sin mirarlo, con un tono seco—. No me interesa perder el tiempo en conversaciones inútiles.

Carlos la siguió de cerca, sin molestarse por su indiferencia.

—¿Conversaciones inútiles? —repitió con una sonrisa pícara —. Yo pensaba que era un honor acompañarte, aunque sea mientras riegas flores. ¿O acaso tu silencio es más digno de atención que mis palabras?

Leyla apartó un mechón de su rostro con la mano libre y suspiró, sin detenerse.

—El silencio, al menos, no distrae ni interrumpe.

—Entonces déjame ser tu interrupción favorita —replicó él, inclinándose un poco más cerca, tratando de atrapar su mirada.

Ella mantuvo los ojos fijos en los rosales, en la forma en que el agua perlaba los pétalos, negándose a ceder.

—No tengo tiempo para jugar, príncipe. Mis obligaciones no esperan.

Carlos rió suavemente, disfrutando de su resistencia.

—Pero yo sí esperaría por ti —susurró, con voz seductora—. ¿No es halagador que un hombre como yo deje de lado todo por estar aquí, siguiéndote entre espinas y rosas?

Leyla detuvo el riego un instante, girando apenas el rostro hacia él, con expresión seria.

—No lo es. Significa que descuida lo que en verdad debería importarle.

—¿Y si lo que me importa eres tú? —contestó sin titubeos.

Ella bufó con un dejo de fastidio y retomó su tarea, avanzando hacia otra hilera de flores.

—Entonces debería buscarse mejores prioridades.

Carlos la siguió.

—¿Mejores prioridades que tú? —preguntó con un tono suave —. No creo que existan.

—Lo dice porque no sabe lo que es trabajar de verdad —replicó Leyla, girándose lo justo para clavarle una mirada firme—. Para mí, estar aquí tiene valor; para usted, es solo un pasatiempo.

Carlos se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa.

—Me hieres, Leyla. Yo no estoy aquí por capricho… estoy porque me atrae algo más que las flores.

—Si tanto aprecia la compañía, debería buscar a alguien que disfrute de sus juegos —respondió ella, seca.

Él la siguió sin rendirse, inclinándose otra vez hacia ella, bajando la voz.

—No me interesan los juegos… solo me interesa descubrir cuánto tiempo más podrás resistirte a escucharme.

Leyla apretó los labios, respiró hondo y respondió con frialdad, sin dejar de regar:

—El tiempo suficiente, alteza.

Carlos estaba a punto de añadir otro de sus comentarios cuando, de pronto, Leyla giró la regadera con aparente descuido. El agua salió en un chorro inesperado, mojando parte de su hombro y deslizándose por su pecho.

El príncipe se quedó inmóvil, mirando la tela oscura de su atuendo empapado. Por un instante, sus facciones se endurecieron.

Leyla, con calma, lo observó de reojo y musitó:

—Oh… parece que lo he mojado, alteza. Le ruego me disculpe.

Carlos respiró hondo, alzando la vista hacia ella. Durante un segundo pareció a punto de reprenderla, pero al ver la serenidad en su rostro, la tensión en sus labios se transformó en una sonrisa tranquila.

—Qué peligrosa eres, Leyla —dijo con una voz grave, entre queja y halago—. Primero me rechazáis con palabras, y ahora intentáis ahogarme en medio de un jardín.

Leyla inclinó apenas la cabeza, retomando con naturalidad el riego de las flores.

—Le aseguro que no fue más que un accidente.

—¿Accidente? —repitió él, acercándose un poco más —. Entonces temo por mi suerte… porque si así lucen vuestros descuidos, terminaré viniendo todos los días a arriesgarme.

Ella lo ignoró, concentrada en los rosales.

—El agua se seca pronto, alteza. No debería preocuparse.

Carlos bajó la vista a la tela húmeda y soltó una risa breve, suave, como si ya no quedara rastro de enojo en él.

—No me preocupo —respondió, con galantería—. Si algo he aprendido hoy, es que incluso una mancha de agua puede ser un regalo, si viene de ti.

Enderezó la espalda con elegancia y, dando un paso atrás, inclinó la cabeza en una reverencia.

—Me retiraré, antes de tentar demasiado a vuestra regadera. Debo cambiarme… aunque confieso que no me pesa este accidente.

Con una última sonrisa encantadora, giró sobre sus talones y se alejó del jardín, dejando tras de sí un aire ligero de perfume.

Leyla dejó escapar un suspiro de alivio al verlo marcharse. Al fin había logrado apartarlo, y esa torpe salpicadura de agua, lejos de ser un accidente, había sido su manera de obligarlo a retirarse.

Después, en la cocina…

La cocina bullía de actividad. Las mesas largas estaban cubiertas de harina, frutas frescas, cuencos de madera y jarras con miel espesa. El aroma dulce del azúcar tostándose en los hornos se mezclaba con el de la canela y el cacao recién molido.

En medio de aquel vaivén, Leyla trabajaba con concentración en un brazo de reina. Extendía con delicadeza la esponjosa masa sobre un paño enharinado, la bañaba con una capa brillante de mermelada de frambuesas y, con paciencia, comenzaba a enrollarla para darle forma.

A su alrededor, otras sirvientas se apresuraban con sus propias labores: unas decoraban tartas con nata, otras batían huevos enérgicamente, mientras unas más se disputaban la última jarra de leche fresca. Sin embargo, el bullicio habitual de la cocina pronto fue interrumpido por un murmullo que flotó hasta los oídos de Leyla.

A sus espaldas, en un rincón no muy discreto, Catalina cuchicheaba con un par de sirvientas más. Sus risas ahogadas y susurrantes dejaban claro que eran sobre ella.

Leyla se detuvo por un instante con la espátula en la mano, sus dedos aún manchados de mermelada, y sus ojos, aunque fijos en el pastel, se tensaron al reconocer el tono venenoso en aquellas voces que buscaban herir sin atreverse a hacerlo de frente.

—¿La vieron? —murmuró Catalina, con esa sonrisa torcida—. Se hace la inocente, pero todos sabemos que no es más que una arrastrada.

—Yo también lo creo… siempre busca la manera de acercarse a los príncipes. ¿O me van a decir que es pura casualidad que siempre esté donde ellos aparecen?

Catalina arqueó una ceja, satisfecha.

—Casualidad, dicen… nada de eso. Esa muchacha es una zorra.

—Yo la vi sonreírle al príncipe Eduard el otro día en el pasillo —intervino otra, bajando un poco la voz—. Fue una sonrisa demasiado atrevida para una sirvienta.

—¡Eso! —exclamó Catalina, con fingida indignación—. Y no olviden cómo se queda quietecita cuando Carlos le habla. No lo rechaza, no se aparta… al contrario, parece que le gusta.

—Pues sí… —añadió una más, encogiéndose de hombros—. Con tanta “casualidad”, ya no parece inocente, sino una arpía.

Catalina chasqueó la lengua.

—Ofrecida, zorra y arrastrada. Así deberían llamarla en lugar de Leyla. Y ya verán… tarde o temprano todos descubrirán lo que en realidad es.

Las demás soltaron risitas ahogadas.

Catalina siempre había sido una sirvienta envidiosa, acostumbrada a inventar rumores sobre los demás para divertirse a costa de ellos; sin embargo, resultaba extraño lo obsesiva que se mostraba con Leyla.

Margaret había llegado hacía apenas unos minutos cuando sus oídos captaron los cuchicheos venenosos que se deslizaban por la cocina como serpientes. Reconoció de inmediato las voces.

Margaret ladeó el rostro y vio a leyla junto a una mesa de madera, batiendo crema. Fingía estar absorta en su tarea, retraída en su propio silencio, como si las palabras no le alcanzaran. Pero Margaret sabía que cada murmullo le dolía.

Con pasos firmes y el rostro endurecido, dejó lo que tenía en las manos y avanzó hacia el grupo.

—¿Y a qué viene tanto cuchicheo? —soltó con voz seca, clavando los ojos en Catalina—. ¿Por qué pierden el tiempo hablando estupideces en vez de trabajar?

Catalina arqueó una ceja, con su habitual sonrisa insolente.

—¿Estupideces? —replicó con fingida inocencia—. No hablamos nada malo. Solo conversamos. No te metas donde no te llaman.

Margaret no parpadeó, avanzó un paso más.

—No me vengas con farsas. Sé muy bien lo que estabas diciendo. Hablabas de mi amiga, Catalina. Y si tienes un poco de sentido común, será mejor que cierres la boca antes de que te saque la mierda aquí mismo, delante de todas.

Un murmullo recorrió la cocina.

Las sirvientas retrocedieron, tensas.

Pero Catalina no cedió. Su sonrisa se torció más y escupió con malicia:

—Cálmate, ¿quieres? Parece que fueras una yegua desbocada… Siempre tan bruta, tan ridícula. No sé cómo alguien como tú se cree con derecho a defender a esa arrastrada.

Las demás empezaron a balbucear excusas, nerviosas, asegurando que no habían dicho nada malo, que todo era simple conversación.

Leyla, con la cuchara aún en la mano, dejó de trabajar y miró la escena. Otros sirvientes habían detenido sus labores, atentos, expectantes. Ella se adelantó, intentando calmar la tormenta.

—Margaret, por favor… no hagas nada.

Margaret la apartó con el brazo, sin apartar un segundo la vista de Catalina.

—No te metas, Leyla. Ahora te estoy defendiendo.

Catalina soltó una risita cruel, entre dientes.

—Qué estúpida eres, Margaret. Tan fácil de provocar… No sabes ni distinguir entre una crítica y un comentario. ¿O es que te duele porque sabes que tu “amiguita” es lo que decimos? Una zorra barata que se ofrece al primero que le sonríe. ¿Eso es lo que defiendes? ¿Una sirvienta ofrecida y calentona?

En un solo movimiento, Margaret tomó el cuchillo que reposaba sobre la mesa y lo colocó contra el cuello de Catalina.

El filo brilló bajo la luz de la cocina, y el aire se volvió pesado, denso, cortante.

Los sirvientes gritaron y retrocedieron de inmediato.

Catalina, tragando saliva, quedó inmóvil, con el acero frío acariciándole la piel.

—¿Estúpida, dijiste? —escupió Margaret —. Te advierto algo, Catalina: si vuelves a abrir esa puta boca sucia para escupir mierda contra mi amiga, te rajo la garganta de oreja a oreja y te dejo desangrándote aquí mismo.

Apretó un poco más el cuchillo, obligándola a contener un jadeo.

—Tú y tu séquito de ratas creen que pueden ensuciar la reputación de una mujer decente con sus chismes de cloaca… pero yo no tolero a las víboras. Y menos a una malnacida como tú.

Catalina empezó a sudar frío, incapaz de moverse.

—Cierra la puta boca —prosiguió Margaret, con un tono gélido—. Porque te lo juro por mi vida que si sigues hablando, no habrá rincón en este palacio donde puedas esconderte de mí. Te encontraré, y ese día no solo será un cuchillo lo que sientas en el cuello.

La mirada de Catalina estaba fija en Margaret, y su respiración era entrecortada.

Margaret apartó el cuchillo y lo lanzó sobre la mesa, donde chocó con un estruendo metálico.

Leyla corrió hacia ella, tomándole el brazo con firmeza.

—¡Margaret! Eso fue demasiado… demasiado atrevido.

Margaret resopló, sin apartar su mirada de Catalina.

—Tal vez. Pero a veces el miedo es el único lenguaje que entienden las víboras. Tú sigue trabajando, Leyla. Yo estaré aquí contigo.

Y dicho eso, la guió de regreso a su mesa.

Catalina, con el cuello todavía marcado por el roce del filo, se quedó de pie, muda, mientras las otras sirvientas la miraban. Sus manos temblaban, pero en el fondo de sus ojos no solo había miedo… también un odio ardiente, venenoso, que hervía en silencio.

—Algún día… —murmuró con los dientes apretados—. Algún día me las pagarán.

Mientras…

Eduard se hallaba en una de las vastas bibliotecas del palacio. Estaba sentado junto a un alto ventanal por el que se derramaba la luz del día, bañando las páginas abiertas frente a él. Sus labios se movían apenas, murmurando en voz baja las palabras de un antiguo volumen que contenía biografías de emperadores de antaño.

El silencio solemne del lugar fue quebrado de pronto por el retumbar pesado de la gran puerta al abrirse. El eco recorrió todo el salón, obligando a Eduard a levantar la mirada. Al ver quién interrumpía su calma, sus ojos se toparon con los de su hermano. Carlos lo observaba con esa expresión de desprecio que lo acompañaba siempre que lo tenía enfrente. Avanzó unos pasos firmes hacia él, dejando que sus botas resonaran contra el suelo.

Cuando estuvo a escasos metros, con una sonrisa torcida en el rostro, soltó:

—Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí? El bastardo de ojos rubí jugando a ser sabio. Me pregunto si los libros no se manchan de porquería cada vez que tus manos los tocan.

Eduard, sin inmutarse demasiado ante la burla, pasó una página con calma y alzó apenas la vista hacia su hermano. Sus labios se curvaron en una media sonrisa.

—Vaya sorpresa… ¿qué haces aquí, Carlos? —dijo con sorna—. Pensaba que los libros no eran de tu agrado… o es que, acaso, viniste a aprender a leer.

—No te hagas el gracioso conmigo, hermanito. No he venido hasta aquí para toparme con la escoria que tengo enfrente. He venido a disfrutar de mi tiempo, y tu presencia lo ensucia todo.

Eduard sin inmutarse, le respondió con calma:

—Yo llegué primero, Carlos. Y si de disfrutar se trata, créeme que yo lo hago mejor. Para mí el placer está en los libros, algo que dudo que tú logres entender. Así que, si te incomoda mi presencia, puedes marcharte a cualquiera de las otras bibliotecas imperiales…

—¿Irme yo? No, prefiero quedarme aquí… me divierte ver cómo un puerco se las ingenia para leer.

—Entonces dime, ¿qué es más estúpido? ¿Que un puerco sepa leer… o que un idiota se quede mirándolo como si fuera un espectáculo?

La calma de Carlos era solo una fachada, y su irritación reprimida finalmente estalló en rabia.

—¿De verdad crees que eres mejor que yo por pasar tu tiempo aqui, bastardo? —escupió, con los dientes apretados—. No eres más que un engendro, un inútil que ni sabe lo que es el mundo de verdad. Todo este tiempo pensando que puedes competir conmigo… ¡ja! Qué ridículo.

Eduard cerró los ojos un instante, suspiró y volvió a mirar a su hermano con calma.

—Si quieres perder tu tiempo insultándome, adelante. Yo no voy a perder más palabras contigo.

—¿No vas a responderme? —gritó Carlos, su voz vibrando en la biblioteca—. ¿Es que acaso te da miedo? ¿O solo quieres fingir que eres mejor que yo con tus palabras vacías?

—No, Carlos… no es miedo. Es aburrimiento. Estoy cansado de repetir lo que ya sabes y de escuchar tus balbuceos. Así que habla todo lo que quieras, escúpeme tus insultos… yo me retiro y te dejo aquí, hablando solo como un niño rabioso.

Carlos avanzó, intentando acorralarlo, con los puños ligeramente apretados:

—¡No te vas a salir con la tuya, bastardo! No puedes simplemente ignorarme. Esto es mío… este lugar, estas paredes, hasta el aire que respiras. Todo me pertenece, y tú eres solo un maldito intruso que se atreve a mirarme como si fuera igual que yo.

Eduard, se levantó del asiento y dio un paso atrás:

—Pues lamento decepcionarte, Carlos. Este lugar no te pertenece a ti. Y si para ti es un triunfo gritar y soltar palabras vacías, enhorabuena… disfrútalo mientras puedas. Yo, en cambio, me voy.

Carlos bufó, no hizo más que quedarse allí, inmóvil, mientras Eduard recogía sus cosas y se dirigía hacia la gran puerta.

—Eres un maldito bastardo… y te desprecio como nunca podría despreciar a nadie.

Eduard, siguió caminando sin mirar atrás.

—Créeme, Carlos… yo también te desprecio.

Con eso, se alejó, dejando tras de sí el eco de sus pasos. Carlos, consumido por la ira, gritó con un rugido que parecía desgarrar el aire y, en un arranque de violencia, golpeó con fuerza la mesa donde Eduard había estado sentado, haciendo que los libros y pergaminos temblaran ante el impacto.

Eduard caminaba lentamente por un largo corredor, sosteniendo dos libros firmemente entre el brazo. El cansancio se acumulaba en sus hombros, no solo por el peso de los volúmenes, sino por el agotamiento de tener que enfrentarse una y otra vez a su hermano. Cada encuentro con Carlos parecía drenarlo, dejándolo fatigado y con la sensación de cargar un peso innecesario sobre sus hombros.

Si tan solo hubiera nacido en otra familia, pensó en silencio, dejando escapar un suspiro que parecía mezclarse con el aire. Estaba harto de la actitud de niño mimado de Carlos, de sus gritos, de su arrogancia y de cómo se comportaba como si todo le perteneciera.

Le daba impotencia al recordar su conducta, no solo hacia él, sino ante todos: su arrogancia, sus desplantes y su falta de respeto incluso hacia su propio padre, que por alguna razón soportaba esas conductas sin intervenir demasiado.

Aún más, sentía un resentimiento constante por la forma en que Carlos coqueteaba con Leyla. Eduard sabía que no podía hacer demasiado al respecto; cualquier movimiento demasiado evidente sería malinterpretado, y entonces surgirían rumores, y todos asumirían que entre Leyla y él había algo más de lo que realmente existía.

Y sin embargo, por dentro lo devoraban los celos. Cada mirada insinuante de Carlos hacia ella era como un hierro candente clavándose en su pecho. No solo le dolía ver a su hermano acercarse a Leyla, sino que un temor más oscuro lo consumía: el miedo a que algún día Carlos dejara de lado sus juegos y la lastimara de verdad.

Eduard apretó los libros con más fuerza, sintiendo el enfado subirle por el pecho.

Caminó un poco más, con el ceño fruncido, intentando liberar la tensión mientras pensaba que algún día todo esto tendría que cambiar.

Al anochecer…

Carlos recorría los pasillos del palacio con el rostro sombrío, mientras el recuerdo de Eduard seguía ardiendo en su interior como una llaga infectada.

Al girar por uno de los corredores, sus ojos se toparon con una figura conocida. Era Leyla, que descendía con prisa por las escaleras de mármol. Al verlo, su cuerpo se tensó como si hubiese sentido un escalofrío, e instintivamente intentó girar sobre sus talones para tomar otro camino.

Carlos, veloz, cruzó el pasillo y la interceptó, apresando con firmeza su mano.

—¿Acaso pensabas escapar de mí, Leyla? —su voz era grave.

Ella lo miró con los ojos tensos, intentando liberarse sin levantar demasiado la voz:

—No es así, señor… yo solo iba a buscar algo que olvidé.

Carlos sonrió de medio lado, tiró suavemente de su brazo, obligándola a quedar más cerca de él.

—No me mientas… —susurró, inclinándose apenas hacia su rostro—. Puedo verlo en tus ojos, puedo sentirlo en tu manera de temblar. No buscas nada, lo que intentas es huir de mí.

Leyla apartó la mirada, pero Carlos sostuvo su barbilla con dos dedos, obligándola a volver a verlo.

—¿Sabes lo que eres para mí? —preguntó en un murmullo —. Una ratoncita asustada, que corre de un lado a otro buscando escondites. Pero… —una leve risa ronca escapó de su garganta— yo soy el gato, Leyla. Y los gatos siempre atrapan a sus presas, tarde o temprano.

Ella trató de zafarse, alzando un poco la voz con nerviosismo.

—No soy una presa, y usted no es ningún cazador.

Carlos ladeó la cabeza, como si aquello le resultara fascinante.

—Oh, claro que lo soy. —apretó un poco más su mano—. Tú corres, yo persigo… ¿acaso no lo entiendes? El juego ya está escrito. Tú huyes porque sabes que terminarás en mis manos. Y yo disfruto cada instante de la caza.

—No es un juego… —replicó ella con un dejo de molestia.

Carlos acercó sus labios a su oído, su voz descendió en un susurro helado:

—Todo lo es, pequeña ratoncita. Y recuerda algo… los ratones jamás escapan del cazador.

Leyla, con un gesto brusco, se soltó del agarre de Carlos, retrocediendo un par de pasos mientras lo miraba con los labios apretados.

—No soy ninguna ratoncita para su diversión, alteza —dijo con firmeza —. Soy solo una criada que intenta cumplir con su trabajo… pero usted no deja de interponerse en mi camino.

Carlos arqueó una ceja, esbozando una sonrisa de malicia.

—¿Acaso insinúas que te acoso, pequeña? —preguntó en un tono suave, casi seductor.

Leyla respiró hondo y negó con la cabeza.

—No lo digo así… pero resulta demasiado sospechoso que un príncipe siempre aparezca en los lugares donde yo me encuentro. No importa a dónde vaya… siempre está usted.

Carlos avanzó un paso, inclinándose ligeramente hacia ella.

—Tal vez no sea casualidad —susurró con un deje burlón—. Tal vez es el destino… ya sabes, esas cosas del amor que nos unen, aunque intentemos resistirnos.

Leyla apretó los puños.

—No, príncipe. No lo confunda. El amor no funciona así. El amor no se fuerza ni se impone. El amor no nace de la persecución, ni de un destino que alguien más dicta. El amor se elige… y yo jamás lo elegiría a usted.

—¿En serio… no me elegirías jamás? —dijo con voz baja, casi dolida—. Qué cruel eres conmigo, Leyla. Ni siquiera imaginas lo que me hiere escucharlo.

Leyla le sostuvo la mirada.

—No, príncipe… no es dolor lo que siente. Lo que le duele no soy yo, es su ego. Usted no soporta que alguien le diga que no, eso es todo.

Carlos entrecerró los ojos, como si aquellas palabras lo hubieran atravesado, y respondió con una sonrisa amarga.

—¿De verdad crees que no sería capaz de amarte?

Leyla suspiró, agotada de la insistencia, y negó con la cabeza.

—Esta conversación es innecesaria, alteza. No tiene valor alguno… ni para mí, ni para usted. Es perder el tiempo.

Carlos frunció el ceño, ofendido por su desdén.

—Claro que importa —replicó, con voz grave—. Me importa más de lo que imaginas.

Pero Leyla ya se estaba apartando, guardando la compostura.

—Es mejor que sigamos caminos distintos, príncipe. No busco pleitos, ni juegos de caza. Déjeme en paz y ahórrese el capricho.

Carlos la observó con una sonrisa torcida, esa sonrisa que escondía más obsesión que afecto.

—Me gusta cómo eres mala conmigo —confesó, como si disfrutara el rechazo.

Leyla arqueó una ceja, incrédula.

—¿Entonces es usted masoquista?

Carlos rio suavemente, acercándose otro paso.

—Solo contigo, Leyla. Porque cada vez que te alejas, me obligas a perseguirte. Y mientras tú huyas, yo seguiré siendo el cazador… y tú, mi pequeña presa.

Leyla respiró hondo y, conteniendo su molestia, inclinó apenas la cabeza en una reverencia formal.

—Entonces, alteza… que tenga buenas noches.

Se dio la vuelta con calma, dispuesta a marcharse.

Carlos la siguió con la mirada, y cuando ella ya se alejaba por el pasillo, dejó escapar su despedida en un murmullo:

—Adiós… pequeña ratoncita.

Más tarde…

Leyla caminaba con calma hacia el jardín olvidado. El día había sido largo y agotador, pero no le importaba; lo único que deseaba era ver a Eduard y asegurarse de que él estuviera bien. Al llegar, lo encontró de pie frente a un banco de piedra, con la mirada perdida en la luna plateada.

Sonrió con ternura y, sin decir palabra, se acercó para rodearlo con un abrazo por la espalda. Eduard se estremeció apenas al sentirla, pero enseguida tomó sus brazos con suavidad, correspondiendo al gesto.

—Mi querida Leyla… —murmuró con calidez—. Qué dicha tenerte aquí. ¿Cómo estás?

—Bien —respondió ella en voz baja, aunque en su tono había un matiz cansado.

Eduard ladeó el rostro, intentando mirarla por encima del hombro, con una sonrisa incrédula.

—¿De veras? —preguntó con suavidad—. Tus palabras dicen que sí, pero tu voz parece contarme otra historia.

Leyla soltó una pequeña risa resignada y se apartó lo suficiente para mirarlo a los ojos.

—Ha sido un día complicado… —confesó al fin—. Pero ahora que estoy aquí contigo, siento que todo pesa menos.

Eduard alzó una mano y le acarició la mejilla con ternura.

—Ojalá pudiera quitarte todo ese cansancio —dijo con sinceridad—. Si estuviera en mis manos, no dejaría que nada te lastimara.

Leyla sonrió suavemente y apoyó su frente en el pecho de él.

—Con solo verte, Eduard, ya encuentro fuerzas para seguir.

Eduard la miró con seriedad y, tras un instante de silencio, murmuró:

—Dime la verdad, Leyla… ¿por qué estás tan agotada?

Ella suspiró, abrazándolo con más fuerza y apoyando la cabeza en su pecho.

—Es lo mismo de siempre… —dijo en un susurro—. Cuchicheos, peleas… Y aparte…

Se detuvo un segundo, como dudando en continuar.

—¿Aparte de qué? —preguntó Eduard, inclinándose para verla a los ojos.

—Carlos… —admitió al fin, con voz cansada.

Eduard frunció el ceño, apretando la mandíbula.

—Ese idiota nunca deja de cortejarte… —espetó con rabia —. Como si todo le perteneciera.

—No es nada, Eduard… —respondió ella con suavidad, acariciándole la espalda para calmarlo—. De verdad, puedo soportarlo.

Él negó con la cabeza, aún molesto.

—Sí es algo. Me duele que te hable así… que intente acercarse a ti.

Leyla suspiró y lo abrazó más fuerte.

—No es nada, en serio. Puedo con ello.

—¿Y si algún día se sobrepasa? —preguntó Eduard.

—Lo dudo mucho —respondió ella, intentando tranquilizarlo—. Siempre hay muchos testigos alrededor, y tu padre lo reprendería si intentara algo así.

Eduard bajó la mirada, entre incrédulo y frustrado.

—Mi padre… no es precisamente estricto —dijo en voz baja—. Muchas veces parece prestarle más atención a Carlos que a mí. Pero aun así… no es tan duro como debería ser.

Leyla acarició su mejilla con ternura y murmuró:

—Dejemos el tema, Eduard. Estoy cansada.

Él suspiró y asintió con cierta resignación.

—Está bien… Pero si algún día llegara a pesarte demasiado, prométeme que me lo dirás.

Leyla lo miró a los ojos, esbozando una pequeña sonrisa.

—Ya lo sé… —dijo en un murmullo—. Me protegeras..

Ambos se sentaron juntos en el banco, dejando que el silencio los envolviera por unos instantes. Leyla levantó la mirada hacia el cielo, sus ojos iluminados por las estrellas.

-Es una noche hermosa, ¿no crees? -dijo, rompiendo el silencio.

Eduard siguió su mirada hacia el firmamento.

-Sí, lo es. Las estrellas siempre me han fascinado. Es como si fueran un recordatorio de lo vasto que es el mundo, de cuántas cosas aún no conocemos.

-Cuando era niña, mi madre y yo solíamos mirar las estrellas juntas -comentó Leyla, con un tono nostálgico-. Ella decía que cada estrella representaba un sueño, y que si brillaban lo suficiente, significaba que esos sueños tenían esperanza.

Eduard la miró con ternura.

-Tu madre era una mujer sabia. Creo que sus palabras tienen mucho sentido.

Leyla giró el rostro hacia él, notando cómo sus ojos reflejaban la luz de las estrellas.

-¿Y tú? ¿Tienes algún sueño, Eduard?

Él tardó un momento en responder, como si estuviera reflexionando profundamente.

-Mi mayor sueño… es encontrar un lugar donde no importe quién soy o qué espera el mundo de mí. Un lugar donde pueda ser feliz, contigo.

Leyla sintió su corazón acelerarse ante la sinceridad de sus palabras. Extendió una mano y la colocó sobre la de él.

-Eres más fuerte de lo que crees, Eduard. Y aunque el mundo sea cruel a veces, quiero que sepas que siempre estaré a tu lado.

Eduard apretó suavemente su mano, inclinándose hacia ella.

-Mientras tú estés conmigo, las estrellas siempre parecerán más brillantes.

Leyla sonrió, sintiendo cómo el calor de sus palabras disipaba el frío de la noche.

El silencio entre ellos se extendió unos segundos más, apenas interrumpido por el canto lejano de un ave nocturna. Leyla suspiró suavemente, y sin mirarlo, dijo en voz baja:

-Hoy estuve pensando mucho en mi madre… y en cómo llegamos al palacio.

Eduard giró el rostro hacia ella, atento.

-Después de contarte la historia de la cuncuna amarilla… no he dejado de recordala. A veces siento que fue ayer cuando me la contó por primera vez.

Eduard sonrió con ternura, con la mirada anclada en su rostro.

-Es una historia hermosa, Leyla… y tuviste la fortuna de escucharla de los labios de una mujer muy buena.

Ella asintió, bajando la mirada.

-Sí… era buena. Y la extraño… la extraño todos los días.

Eduard no respondió al instante. En su lugar, se acercó un poco más y se acurrucó junto a ella, envolviéndola con su calor.

-Es normal extrañar a quienes hemos amado… Pero creo -dijo, levantando la mirada hacia el cielo- que nunca se van del todo. Al morir… nos convertimos en estrellas. Y si eso es cierto… entonces tu madre debe ser la más bella de todas.

Leyla sonrió con un dejo de pena, mirando las constelaciones que adornaban la noche.

-No sé cuál de todas será ella -murmuró-. Pero me gusta pensar que… tal vez, me está mirando ahora.

-Estoy seguro de que sí -dijo Eduard con voz serena-. Ella siempre estará allí… velando por ti.

Leyla giró hacia él y lo abrazó con suavidad, dejando que su cabeza reposara sobre su hombro. Eduard suspiró, esta vez con un matiz melancólico, y bajó la mirada hacia el suelo.

-¿Estás bien? -le preguntó Leyla, notando el cambio en su expresión.

-Sí… solo que… pensé en algo.

-¿En qué?

Eduard dudó un instante, como si luchara con sus pensamientos.

-Es algo tonto.

-Nada es tonto -dijo ella con dulzura-. Es normal pensar en cosas, pero no es bueno guardarse lo que duele.

Él suspiró profundamente, y finalmente lo dijo:

-Estaba pensando en lo que significa una madre. Yo nunca tuve una… no sé lo que es sentir el amor de una madre.

Leyla, conmovida, levantó una mano temblorosa y le acarició el rostro con ternura.

-No te preocupes…

-Es solo que -continuó él, con voz baja- al escucharte hablar de la tuya, siento una tristeza que no sé cómo explicar. Porque no conocí a la mía. Fue desterrada tras mi nacimiento.

Leyla apretó los labios, sintiendo un nudo en el pecho.

-Seguro ella no quiso apartarse de ti -dijo con suavidad-. Tal vez fue obligada… y te amó con todo el corazón, aunque no pudo estar a tu lado.

Eduard negó con la cabeza lentamente.

-Eso nunca se sabrá. No hay información sobre ella. Todo fue borrado… como si nunca hubiera existido. Como si mi origen fuera una mancha para el imperio.

Leyla lo miró, queriendo encontrar las palabras adecuadas, pero sabiendo que nada podría llenar ese vacío. Él, en silencio, tomó sus manos entre las suyas y las acarició con delicadeza.

-Ni siquiera sé cómo era su rostro -susurró-. Me hubiera encantado… al menos… ver sus ojos. Pero heredé todo de mi padre: su cabello, su piel, su físico… y estos ojos rubí, símbolo maldito del linaje imperial.

Leyla lo observó, con los ojos empañados por una tristeza compartida.

-Estoy segura de que fue una mujer hermosa…

-No lo sé -dijo él, casi en un suspiro.

Ella le acarició las manos, sintiendo la impotencia arder en su pecho.

-Lo siento, Eduard. No sé cómo ayudarte. No sé cómo consolarte… me siento inútil.

-No lo eres, Leyla. Tu compañía… ya es todo lo que necesito.

Leyla bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas, y pensó en todo lo que él nunca tuvo. Pensó en el vacío que él mismo tal vez no sabía que llevaba consigo.

“¿Cómo se consuela a alguien que no conoció el consuelo?”, se preguntó.

Tomó aire y lo miró.

-Eduard… -dijo con suavidad-. Todo lo que te pasó… no fue tu culpa.

Él la miró, sin entender al principio.

-¿Qué…?

-No fue tu culpa que tu madre fuera apartada -insistió ella-. No fue tu culpa nacer. No fue tu culpa que otros decidieran desterrarla y borrar su historia. No lo fue.

Eduard entrecerró los ojos, como si esas palabras dolieran más que aliviar, pero Leyla no apartó la mirada.

-A veces -continuó-, cuando las cosas son demasiado injustas, tratamos de darnos alguna explicación, aunque no la haya. Pensamos que quizás si hubiéramos sido diferentes, si no hubiésemos existido, tal vez el mundo no habría sido tan cruel. Pero eso no es verdad. Tú no tienes la culpa de nada. Fuiste un niño, y fuiste amado. Quizás nunca lo viste, pero estoy segura de que tu madre te amó. Y tal vez lloró cada noche por no poder tenerte en brazos.

Eduard bajó la mirada, con los labios entreabiertos, en silencio.

-El que borren su nombre, su rostro, sus recuerdos… no borra el amor que pudo haberte tenido -agregó Leyla-. El amor real no desaparece con los decretos ni con los silencios. El amor… se queda. En ti. En tu manera de hablar. En tu ternura. En tu dolor.

Eduard parpadeó varias veces, como si intentara contener algo que no quería dejar salir.

Leyla extendió la mano y le acarició el cabello, lentamente, como si él fuera frágil. Luego apoyó su frente contra la de él.

-Tú no estás solo, Eduard. Nunca lo estuviste. Aunque no tuvieras una madre que te abrazara de niño… aunque te arrebataran su voz, su rostro, su historia… estás aquí. Y yo estoy contigo.

Eduard cerró los ojos, sintiendo el temblor leve de su propia respiración.

-Tú eres luz -susurró Leyla-. Incluso cuando no lo crees. Y si el mundo te negó algo tan vital… no te preocupes. Yo… voy a quedarme. Y si me dejas, voy a seguir cuidándote, escuchándote. Día tras día. Sin importar cuánto duela el pasado.

Eduard entreabrió los ojos.

-Gracias… Leyla.

Ella sonrió con dulzura, y lo abrazó de nuevo, más fuerte. Allí, bajo el cielo estrellado, el dolor no desapareció… pero por primera vez, dejó de sentirse solo.

Cuando la noche avanzó, Eduard suspiró, rompiendo el cómodo silencio que compartían.

-Es tarde, Leyla. Será mejor que volvamos antes de que alguien note nuestra ausencia.

Leyla asintió con una leve sonrisa, aunque en el fondo le dolía la idea de separarse.

-Tienes razón. No queremos levantar sospechas.

Eduard se puso de pie y extendió una mano hacia ella para ayudarla a levantarse. Cuando Leyla se incorporó, no soltó su mano de inmediato. Ambos se miraron, con un brillo cálido en sus ojos.

-Gracias por venir esta noche -murmuró Eduard-. Estar contigo me da fuerzas para enfrentar lo que venga.

Leyla apretó su mano con suavidad, respondiendo con ternura:

-Siempre estaré aquí para ti, Eduard. Pase lo que pase.

Finalmente, se soltaron y comenzaron a caminar en direcciones opuestas, asegurándose de no ser vistos. Eduard regresó a su habitación, mientras Leyla se dirigía al área destinada al personal del castillo. Ambos lo hicieron con pasos silenciosos, pero sus corazones latían con fuerza por el recuerdo del otro.

En su habitación, Eduard se dejó caer en la cama, mirando el techo con una sonrisa tranquila. Cerró los ojos y permitió que los recuerdos de la noche llenaran su mente. Poco a poco, el sueño lo envolvió, y pronto se encontró soñando con Leyla, con su risa y la forma en que sus ojos brillaban bajo la luz de las estrellas.

Mientras, Leyla se acercaba a la habitación de la servidumbre.

Vio una sombra asomarse a lo lejos. Se asustó, pero la figura desapareció rápidamente. Leyla aunque estaba preocupada, decidió ignorarlo y continuó caminando. Entró en la habitación con cuidado, tratando de no hacer ruido, y se acostó en su cama. Miró por la ventana a las estrellas durante unos minutos antes de quedarse dormida.

Al soñar, se encontraba nuevamente en el jardín, pero esta vez no estaba sola; su madre la aguardaba allí con los brazos abiertos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo