Imperio De Pasiones - Capítulo 7
- Inicio
- Imperio De Pasiones
- Capítulo 7 - Capítulo 7: Capítulo 6: Las sombras del linaje.
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 7: Capítulo 6: Las sombras del linaje.
La mañana comenzó con el suave resplandor del sol filtrándose a través de las ventanas del palacio. Catalina se levantó de la cama con una energía inusitada, tarareando una melodía alegre mientras se arreglaba con rapidez.
Sofía, al escuchar el tarareo, entró en la habitación y, al verla tan animada, se acercó con una expresión algo confundida.
-¿Qué te pasa hoy, Catalina? -preguntó, observándola mientras ajustaba su vestido.
-Estoy bien, Sofía, muy bien -respondió, con tono de satisfacción.
Sofía levantó una ceja, claramente desconcertada por la repentina actitud de Catalina.
-¿Y por qué te encuentras tan bien? Si es lo mismo todos los días.
Catalina se giró hacia ella, con una sonrisa traviesa.
-Es un secreto, Sofía -respondió, ajustando su vestido con calma.
Sofía suspiró, cruzando los brazos.
-A veces no te entiendo, Catalina.
-No tienes que entenderlo, solo disfruta del momento. -Con una ligera sonrisa, añadió-: ¿Me acompañas al comedor?
Sofía, aunque todavía desconcertada, aceptó.
-Está bien, vamos.
Catalina con un gesto amable, le agarró del brazo.
-Vamos, Sofía. A ver si el día nos sorprende.
Juntas, salieron de la habitación y se dirigieron al comedor.
Al llegar al comedor, Catalina y Sofía se sentaron junto a la mesa. Mientras el aroma del café llenaba el aire, ambas tomaron una taza, acompañándola con unas galletas de avena.
Sofía, mientras daba un sorbo a su café, no pudo evitar preguntar.
-En serio, Catalina, dime, ¿qué te pasa hoy? ¿Por qué estás tan… agradable?
Catalina soltó una risita ligera.
-¿Ves a Leyla? -preguntó, señalando a lo lejos, donde Leyla conversaba con Margaret.
Sofía siguió la mirada de Catalina y, al ver a Leyla, frunció el ceño.
-Sí, ¿qué tiene que ver? -respondió, aún sin comprender.
-Sé un secreto sobre ella -dijo en voz baja.
Sofía, emocionada, no tardó en preguntar.
-¿De verdad? ¡Cuéntame! ¿Qué es?
Pero Catalina, con una sonrisa juguetona, negó con la cabeza.
-No, querida, ya te enterarás en su momento. No puedo difundirlo ahora.
-¿Es algo muy malo? -preguntó, interesada.
Catalina asintió con expresión grave.
-Sí, es lo peor que una sirvienta puede hacer.
Sofía, al escuchar eso, comenzó a pensar rápidamente, tratando de adivinar de qué se trataba.
-¿Tiene que ver con el príncipe?
Catalina levantó un dedo frente a sus labios, sonriendo.
-Shh, ya lo sabrás, Sofía. Pero por ahora, es mejor que te quedes con la duda.
Sofía se quedó pensativa, sabía perfectamente que Catalina era una de esas personas que no podía guardar un secreto por mucho tiempo, por lo que no entendía qué tan importante o peligroso podía ser este en particular. ¿Realmente era tan malo?
Mientras..
Carlos encontró un cordero herido, tendido en el suelo con la pata rota. La pequeña criatura temblaba, sus ojos asustados buscaban consuelo en él. Carlos se arrodilló y lo acarició con suavidad.
Lentamente, sacó un cuchillo oculto, y lo hundió en el cuerpo del cordero. El animal baló de dolor, Carlos continuó apuñalándolo con furia, observando cómo la sangre brotaba y cómo la vida se extinguía en los ojos del cordero.
Cuando todo quedó en silencio, con su cuchillo, cortó la tripa del animal y se la llevó a su boca, masticándola con calma mientras la sangre aún caliente le corría por las manos.
Carlos despertó. Solo había sido un sueño, uno recurrente, pero no le daba importancia. Tampoco le perturbaba.
Se incorporó lentamente, estirando su cuerpo con calma antes de dirigirse al armario. Rebuscó entre sus prendas y, sin demasiada atención, se vistió.
Una vez listo, caminó hacia el balcón. El aire fresco de la mañana lo recibió mientras su mirada se posaba en los jardines. Abajo, la servidumbre trabajaba en silencio, atendiendo las flores y barriendo los senderos de piedra.
Carlos observó la escena sin verdadero interés.
Pensaba en Leyla y en lo que pudo haber hecho la noche anterior. Su imagen se colaba en su mente sin permiso, dominando sus pensamientos hasta volverlo loco.
Le irritaba imaginarla en otro lugar, con alguien más. La idea de que, en la oscuridad de la noche, pudiera estar con otro hombre lo carcomía por dentro. Y si ese hombre era Eduard…
Carlos apretó la mandíbula. Solo pensar en ello le resultaba insoportable.
-Espero que Catalina haya descubierto algo útil… -murmuró con impaciencia.
Su mirada se posó en sus manos.
-Más le vale a Leyla no tener algo con ese bastardo… porque si lo está, juro que lo mato.
Apretó los puños con fuerza.
-Si tan solo no hubieras nacido… -susurró con amargura- Mi madre estaría viva… y Leyla sería mía.
Carlos intentó calmarse. Era absurdo que alguien como él, de sangre noble y con poder, se obsesionara con una simple sirvienta. No podía comprenderlo. Suspiró, intentando encontrar una explicación lógica. Quizás era solo porque la encontraba atractiva…
Pero en el fondo, sabía que no era solo eso.
Ese pensamiento lo irritaba, lo carcomía por dentro, como un niño mimado que no soporta ver una juguete en manos ajenas.
Carlos decidió dejar de lado sus pensamientos inútiles y se dirigió al comedor para desayunar junto a su padre y su hermano. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de entrar, se encontró cara a cara con Eduard.
-Vaya, vaya, Eduard… Tan puntual que casi creería que no puedes esperar por las sobras.
Eduard apretó la mandíbula.
-No estoy de humor para aguantar tus estupideces, Carlos. Quítate de mi camino.
Eduard lo empujó a un lado y entró al salón, Se sentó en su lugar junto a su padre, mientras Carlos, con el ceño fruncido, entraba detrás y tomaba asiento.
-Te estaba esperando, Carlos. Tengo noticias -dijo el emperador, fijando su mirada en su hijo.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Carlos —dijo César con gravedad—, ya estás en la edad adecuada. Es momento de que te prepares… porque pronto tendrás que casarte.
Carlos se quedó petrificado. Durante unos segundos, su mente quedó en blanco; no esperaba aquello, no tan de pronto, no tan brusco.
César continuó sin darle espacio para reaccionar:
—Ya he elegido una esposa para ti. Muy pronto asumirás tu papel como corresponde.
La mandíbula de Carlos se tensó. Su respiración se agitó. Finalmente estalló:
—¿Y qué ocurre si no quiero casarme todavía? ¡No soy una pieza de ajedrez para tus alianzas!
El emperador elevó la mirada, endurecida como piedra.
—No tienes opción, Carlos. Es tu deber con el imperio. La línea imperial necesita asegurarse. Y necesitas un heredero.
Carlos apretó los puños y se inclinó hacia adelante, indignado.
—¿Y por qué no puedo escoger yo a mi esposa? ¿Por qué siempre tengo que obedecer tus decisiones como si mi vida te perteneciera?
César exhaló lentamente, pero sin perder una pizca de autoridad.
—Porque tus decisiones no afectan solo tu vida. —Su voz bajó, firme —. El imperio depende de alianzas, y un matrimonio puede fortalecer o destruir siglos de estabilidad. Algún día lo comprenderás.
Carlos no contestó. Solo cruzó los brazos, tragándose la furia a medias, sin dar su brazo a torcer pero incapaz de seguir discutiendo.
A su lado, Eduard continuó comiendo en silencio absoluto, cuidando de no atraer atención hacia sí.
Entonces César retomó, esta vez con un tono más grave:
—Y no es únicamente cuestión de política. La magia… la verdadera magia… está desapareciendo. Lo que antes abundaba ahora solo se encuentra en ciertos linajes. —Sus ojos se fijaron en Carlos con un peso que casi podía sentirse—. Tu esposa debe venir de una familia que aún conserve ese don. Solo así aseguraremos que la magia permanezca viva en nuestra sangre y en Rubethia.
Carlos bufó, incapaz de ocultar su frustración.
—Vaya, pues suena más a un contrato que a un matrimonio. Pero claro… si el imperio lo quiere, no tengo elección, ¿cierto? —Entonces giró la cabeza lentamente hacia Eduard, con una sonrisa torcida—. Aunque… si se trata de magia, ¿por qué no lo hace él? Él tiene algo de magia, ¿no? Que se case él. ¿O es que su deber no cuenta?
La incomodidad se sintió como una ráfaga helada.
César frunció el ceño, tajante.
—Ese no es un asunto que debas mencionar otra vez. —Alzó una mano, cortando la conversación con un gesto definitivo—. Basta. Coman.
Carlos no se quedó callado. La furia lo estremecía, agitándole el pecho.
—No quiero casarme con nadie que tú escojas —insistió, con la voz tensa—. ¡Quiero elegir a quien yo ame! ¿O eso también lo vas a decidir tú?
César lo miró con cansancio, pero Carlos ya estaba cruzando una línea.
—Eres un maldito… —escupió al suelo, a pocos centímetros del pie del emperador.
Eduard sintió cómo se le helaba la sangre. Aquello no era simple insolencia: era traición directa al respeto imperial.
El emperador se levantó sin decir palabra. Su sombra cayó sobre la mesa.
Y, con un movimiento rápido, le cruzó el rostro a Carlos con una bofetada contundente.
El golpe resonó en el salón como un látigo.
La mejilla de Carlos se encendió en un rojo violento.
César temblaba. No de rabia, sino de agotamiento.
—Ya basta —dijo, su voz quebrándose apenas—. He soportado demasiado de ti… incluso tus ataques contra tu hermano. —Apretó los puños—. Te sobreprotegí… te malcrie..
—¿Por qué? —lo interrumpió Carlos, con una sonrisa torcida—. ¿Porque me quitaste a mi madre?
El silencio cayó como una losa.
—¿Porque ese bastardo —señaló a Eduard— hizo que ella se quitara la vida?
¿O porque tú te metiste en la cama de todas esas putas baratas mientras ella sufría sola? ¡Maldito seas!
—¡CÁLLATE! —rugió César, dando un paso adelante, desgarrado—. ¡No sabes nada! ¡Nada!
Su voz se quebró otra vez.
—Te mimé porque te amaba… —respiró hondo—. Y te sobreprotegí porque eras mi último lazo con ella. Te amo, hijo..
Carlos se rió, amarga y dolorosamente.
—No me amas. Me compadeces. Tu culpa es la que me crió, no tu cariño.
César cerró los ojos por un instante. Algo dentro de él simplemente se apagó.
Entonces se dio la vuelta, sin mirar a nadie, y comenzó a alejarse con pasos pesados.
—¡Huye! —vociferó Carlos, aún con lágrimas contenidas en los ojos, pero sin dejar de escupir veneno—. Huye como siempre. ¡Eso es todo lo que sabes hacer como hombre!
Eduard también decidió retirarse.
La incomodidad le pesaba en los hombros; no había encontrado ni una sola palabra que poner entre tanta discusión.
Cuando sus pasos se perdieron en el pasillo, Carlos finalmente dejó caer la máscara.
Las lágrimas comenzaron a rodar sin control, y él las apartaba con brusquedad, como si quisiera borrarlas antes de que tocaran su piel.
Sollozaba en silencio, temblando… hasta que la tristeza se quebró y dio paso a un ardor feroz.
—Los hombres no lloran —se dijo entre dientes.
La rabia lo consumió de golpe.
Con un grito ahogado, barrió la mesa con el brazo, haciendo volar platos, copas y jarras contra el suelo.
El estruendo llenó el salón, sustituyendo momentáneamente el vacío que le devoraba el pecho.
Aquella disputa, aunque breve, abrió un tajo profundo entre el emperador y sus hijos. No fue solo un intercambio de gritos: fue como arrancar la costra de antiguas heridas que ambos habían preferido ignorar, pues..
César, el emperador del Gran Imperio Rubethia, había ascendido al trono siendo apenas joven. Su matrimonio con la emperatriz Rose II fue un enlace político cuidadosamente planeado, pero para Rose, significó mucho más que eso. Ella se enamoró de César, entregándole no solo su lealtad, sino también su corazón.
Por desgracia, el amor no fue mutuo. César, veía a Rose como una obligación más que como una compañera.
Durante años, César había mancillado su matrimonio con la emperatriz.
No eran romances secretos ni amores prohibidos: solo encuentros fugaces con doncellas cuyo nombre jamás recordaba.
Eran rostros anónimos, sombras del palacio que él utilizaba para calmar impulsos, sin pensar en las consecuencias ni en el dolor que causaba.
Durante el sexto año de su matrimonio, César inició un amorío con una doncella. La relación, aunque breve, tuvo consecuencias perdurables. La amante quedó embarazada poco tiempo después de que Rose tuviese un heredero. Así, ambos hijos nacieron con apenas unos años de diferencia: Carlos, legítimo y primogénito de Rose, y Eduard, hijo de la amante de César.
Rose soportó la infidelidades con dignidad hasta que el nacimiento de Eduard la destrozó. Descubrir que César había tenido un hijo fuera del matrimonio fue devastador.
En un acto de desesperación, la emperatriz se quitó la vida. Su muerte fue un escándalo silenciado rápidamente por el emperador, quien no solo eliminó todo rastro de la madre de Eduard, sino que ocultó la verdad tras un manto de mentiras.
Desde su infancia, Carlos cargó con el peso de la traición que había costado la vida de su madre. La presencia de Eduard, su medio hermano, era un recordatorio constante de ese doloroso pasado. Esto alimentó un profundo rencor en Carlos hacia Eduard, manifestándose en insultos y humillaciones desde temprana edad.
Más tarde..
Carlos estaba de pie, con las manos cruzadas detrás de la espalda, mirando por el balcón de su habitación.
Cuando la puerta se abrió, Catalina sintió la atmósfera pesada. Hizo una reverencia.
-Alteza..
Carlos no se giró de inmediato.
-¿Descubriste algo?
Catalina sonrió, saboreando la información que traía.
-Sí, su alteza. Seguí a Leyla anoche.
Carlos se giró lentamente.
-¿Y?
Catalina alzó la barbilla, disfrutando el momento.
-Fue a un jardín secreto. escondido tras unos arbustos. Nunca lo había visto antes.
-¿Jardín secreto?
-Sí… y no estaba sola.
El silencio se volvió espeso.
-¿Con quién?
Catalina sonrió con malicia.
-Con su hermano… el príncipe Eduard.
Carlos sintió cómo la rabia le quemaba las entrañas.
Dio un paso hacia Catalina, luego otro, hasta quedar a solo centímetros de su rostro. Catalina no tuvo tiempo de reaccionar cuando Carlos la agarró bruscamente del cabello.
-¡Agh! -Catalina intentó soltarse, pero el agarre de Carlos era fuerte.
-Dime dónde está ese maldito jardín. Ahora.
-L-lo llevaré, su alteza… ¡P-pero suéltame, por favor!
Carlos la soltó de repente, haciéndola caer al suelo de golpe, Catalina se llevó las manos a la cabeza.
-Muévete -ordenó él con desprecio-. No tengo todo el día.
Salieron del palacio en absoluto silencio. Atravesaron senderos floridos, pasando junto a otros jardines bien cuidados, hasta que Catalina los guió hacia una zona más apartada. Allí, oculto tras una muralla de arbustos espesos, se encontraba el jardín olvidado.
Carlos apartó las ramas con una mano y entró.
Lo que encontró fue un lugar abandonado, cubierto de maleza y flores. Había rastros de esplendor, pero ahora solo quedaba decadencia.
Catalina señaló un banco de piedra cubierto de musgo.
-Aquí estaban anoche.
Carlos se quedó mirando el sitio en silencio.
-Más te vale que no estés mintiendo -dijo, con frialdad.
-No lo haría, majestad -aseguró ella rápidamente-. Ahora, si me permite, debo retirarme.
Sin esperar respuesta, Catalina dio media vuelta y se marchó, dejándolo solo en el jardín.
Carlos exhaló lentamente, recorriendo con la mirada el lugar donde Leyla y Eduard habían estado juntos.
El pecho le ardía.
¿Por qué Eduard la tenía y él no?
Se sentó en el banco de piedra, pasando los dedos por su superficie fría y áspera.
Sospechaba que Leyla y Eduard se veían a solas, pero tenerlo confirmado le destrozó.
Carlos pensaba que amaba a Leyla, y por eso el dolor era tan profundo. Creía que la merecía más que Eduard, que ella debería amarlo a él. Apretó los puños con rabia.
Pero Eduard se la había arrebatado. Por eso Leyla no le prestaba atención, todo por culpa de él.
Carlos miró el jardín, tan hermoso como Leyla. Observó una flor y pensó:
-Te amo Leyla, tanto que duele… Pero tú amas a Eduard, a ese maldito..
Carlos permaneció en el jardín, absorto en sus pensamientos. Quería a Leyla solo para él y buscaba la manera de separarla de Eduard. Agobiado, dejó escapar un suspiro y, por un momento, simplemente contempló la belleza del lugar.
En tanto…
Después del desayuno, Eduard caminaba por los pasillos del palacio con la mente ocupada.
Sus pasos se detuvieron cuando, más adelante, distinguió a Leyla trapeando el mármol del corredor.
Miró a ambos lados, asegurándose de que nadie estuviera prestando demasiada atención, y se acercó con calma.
Cuando estuvo a su lado, no la tocó, pero inclinó ligeramente la cabeza para hablarle en un susurro.
—Buenos días —murmuró.
Leyla dio un respingo leve. No esperaba verlo tan cerca.
—Eduard… —sus ojos recorrieron el pasillo, inquietos—. No deberías venir a hablarme aquí. Hay gente pasando.
Él mantuvo las manos detrás de la espalda, como si solo fuera un príncipe inspeccionando el trabajo de una sirvienta cualquiera.
—Solo quería saludarte —dijo en voz baja—. No tardaré.
Leyla volvió al quehacer sin mirarlo directamente, pero su tono se suavizó.
—Pues saluda rápido —respondió casi en un susurro—. Catalina siempre chismea desde temprano. No quiero darle material nuevo.
Eduard bajó un poco la voz.
—No te preocupes. Solo vine a ver cómo estabas…
Leyla detuvo el trapeador por un instante. Su voz perdió firmeza.
—Estoy bien.. —susurró—. Margaret me dijo que tuviste una mañana complicada.
Eduard desvió la mirada hacia los ventanales, fingiendo indiferencia.
—Padre y Carlos discutieron. Nada nuevo. Esta vez por el matrimonio que arreglaron para él.
Leyla chasqueó la lengua suavemente.
—Ojalá eso lo mantenga ocupado y deje tranquila a las doncellas…
Hubo un silencio breve. Eduard, sin mirarla directamente, añadió en un susurro casi imperceptible:
—Ojalá deje de fijarse en ti.
Leyla apretó el trapeador entre sus dedos.
—Eduard… —lo regañó muy bajito, sin enojo pero con temor—. No digas esas cosas aquí.
Él inclinó la cabeza, aceptando el reclamo.
—Tienes razón. Perdón..
Leyla volvió a fregar el piso, sin levantar la vista.
—Será mejor que te vayas antes de que alguien empiece a preguntar por qué el príncipe está hablando conmigo tanto rato.
Eduard dio un pequeño paso hacia atrás.
—Nos vemos más tarde —murmuró, apenas audible.
Leyla asintió, manteniendo la mirada fija en el suelo, como si nada hubiera ocurrido.
Y Eduard se alejó por el pasillo como si solo hubiese pasado a supervisar… aunque ambos sabían que había sido mucho más que eso.
De pronto, el sonido de pasos rápidos retumbó por el pasillo. Margaret apareció cargando una cubeta llena de agua grisácea, con el ceño ligeramente fruncido.
—Listo —anunció, secándose la frente con la manga—. Ya terminé el otro lado del pasillo. Todo impecable. Mejor vayamos al ala oeste antes de que esas viejas entrometidas vengan a inspeccionar.
Leyla asintió en silencio y la siguió. Caminaron unos pasos hasta que, incapaz de contener sus pensamientos, Leyla habló.
—Margaret… —dijo en voz baja—. ¿Por qué me estás acompañando a todos lados últimamente?
Margaret dio un resoplido burlón.
—Ay, Leyla. No te hagas la tonta. Ambas sabemos por qué.
Leyla bajó la mirada hacia su propio brazo, donde todavía quedaba un leve moretón escondido bajo la tela.
—¿Es por lo que pasó…? Carlos ya no se ha vuelto a aparecer. Creo que está ocupado con otras cosas.
Margaret entrecerró los ojos.
—No se ha aparecido porque yo estoy contigo —respondió con firmeza—. Y va a seguir siendo así.
Leyla sintió un nudo en la garganta. Le dio un empujoncito suave en el hombro.
—Gracias… de verdad.
Margaret ladeó una sonrisa torpe, casi tímida.
—Para mí eres única en este palacio lleno de idiotas. Alguien tiene que cuidarte. Eres como… no sé… una flor en medio de espinas.
Leyla la miró con ternura.
—No sabía que fueras tan poética.
—Yo tampoco —gruñó Margaret—. Se me salió. No te acostumbres.
Ambas rieron, caminando más tranquilas… hasta que escucharon murmullos a pocos pasos.
Un grupo de guardias estaba recostado contra la pared, cuchicheando con descaro.
—La chiquilla rubia… la de ojos azules —decía uno—. Esa sí que está buena. Yo la llevaría a mi cama aunque me cortaran la manos después.
—Yo también —añadió otro—. Es una dulzura. Seguro grita precioso.
Margaret se quedó inmóvil dos segundos.
Luego, sin pensarlo, caminó directo hacia ellos.
—¡Oigan! —soltó, levantando la cubeta.
Los guardias se giraron, confundidos justo un instante antes de que Margaret les vaciara todo el contenido sucio encima.
—¡¿Pero qué mierda te pasa?! —gritó uno, sacudiéndose el agua maloliente.
—Lo que me pasa —contestó Margaret, tirando la cubeta al suelo— es que tengo oídos. Y ustedes tienen menos cerebro que una gallina sin cabeza.
Otro guardia se acercó furioso.
—¿Estás loca? ¡Podrías perder el trabajo!
—¿Y ustedes podrían perder los dientes si siguen hablando así de una compañera! —replicó Margaret, con los puños listos.
Leyla llegó corriendo, alarmada.
—¡Margaret! ¿Qué haces? Por favor, basta —pidió, tomándola del brazo—. No te pelees con ellos.
Uno de los guardias se limpió la cara y cambió de actitud al ver a Leyla.
—Tranquila, preciosa —dijo con voz insinuante—. Nadie quiere problemas contigo. Si quieres, puedo—
No terminó la frase.
Margaret le escupió directo en la cara.
El guardia quedó paralizado, incrédulo.
—¡AY! ¡¿Pero qué demonios te pasa, maldita loca?! —chilló él, limpiándose.
—Eso fue por abrir la boca —escupió Margaret, desafiante.
Leyla, horrorizada, tiró de ella con fuerza.
—¡Vámonos ya! —suplicó.
Margaret aún quería pelear, pero Leyla la arrastró por el pasillo mientras los guardias gritaban insultos detrás.
—¡Ojalá te congelen el culo, maldita histérica! —bramó uno.
Margaret levantó el brazo en señal de burla sin mirar atrás.
—¡Y ojalá se te caiga el tuyo por usarlo de cerebro! —respondió a gritos.
Leyla solo podía correr y rezar para que nadie más los hubiera visto.
Cuando al fin dejaron atrás a los guardias, Leyla prácticamente arrastró a Margaret hasta un salón vacío.
El eco de sus pasos rebotó en las paredes mientras Leyla cerraba la puerta, intentando recuperar el aliento.
—Margaret… —dijo al fin, mirando a su amiga con el ceño fruncido—. ¿Qué pasó allá? ¿Por qué insultaste a esos guardias? Casi te matan.
Margaret, todavía furiosa, se pasó una mano por el cabello.
—No quiero hablar de eso —bufó—. Me da asco.
Leyla suspiró, acercándose un poco.
—Puedes confiar en mí. ¿Qué fue lo que dijeron?
Margaret apretó los labios, como si el simple recuerdo le revolviera el estómago.
—Fue asqueroso —soltó, mirando al suelo—. Todos los hombres son iguales. Creen que pueden decir lo que quieran..
Leyla inclinó la cabeza, preocupada.
—¿Qué es lo peor que podrían haber dicho…?
Margaret levantó la vista lentamente y respondió sin rodeos:
—Querían sexo contigo.
Leyla sintió cómo el calor subía de golpe a su rostro, mezclado con una punzada de vergüenza y algo parecido al asco.
Se cubrió la boca con una mano.
—¿Eso dijeron… de mí? —susurró, casi sin voz.
—Sí —respondió Margaret, con rabia —. Y si pudiera, les partiría la cara a todos. Nadie debería hablar de ti así. ¡Nadie!
Leyla bajó la mirada, sintiendo un nudo en el pecho.
Se sentía expuesta. Vulnerable. Humillada.
—No puedo creerlo… —murmuró—. ¿De verdad hablan así? ¿Tan vulgar… tan cruel?
Margaret apretó los puños.
—No solo así. Peor. Y por eso los enfrenté. No voy a permitir que esos idiotas te falten el respeto. Tú no te lo mereces, Leyla.
Pero Leyla no respondió.
Se quedó quieta, tragando su incomodidad, sintiendo una decepción profunda hacia el mundo que la rodeaba.
—A veces pienso… —dijo con voz temblorosa— que la especie del otro género está perdida. Que todos los hombres son así. Que no les importa lo que digan ni a quién hieran.
Margaret iba a contestar, pero Leyla levantó una mano para detenerla.
—Pero no es verdad —continuó, bajando la vista—. No todos son así. Margaret, tú lo sabes. Eduard… él no es así.
Leyla se cubrió la cara con ambas manos.
—Olvidemos esto… —dijo, respirando hondo—. Ya no importa. Es mejor que volvamos a nuestros deberes antes de meternos en más problemas.
—Leyla… —murmuró Margaret, dando un paso al frente—. ¿De verdad no te das cuenta de lo que dicen a tus espaldas? De lo que podrían hacerte si te agarran sola…
De pronto, Leyla explotó.
—¡Lo sé! —exclamó, con los ojos brillantes—. ¡Claro que lo sé! La gente es mala, Margaret. Hablan sin pensar. Inventan cosas. Juegan con el honor de otros como si nada. Y no les importa si lastiman. ¡Nunca les importa!
Margaret la miró en silencio.
—Pero también sé… —continuó Leyla, respirando con dificultad— que hay personas buenas. Tú eres una. Eduard también. No todos son oscuridad en este palacio.
Se secó los ojos rápidamente, obligándose a recomponerse.
—Vamos… tenemos trabajo que hacer.
Margaret asintió despacio.
No insistió más.
Y ambas, sin decir otra palabra, retomaron su camino por otro pasillo.
Al atardecer..
La biblioteca imperial estaba sumida en un silencio antiguo. Las estanterías, altas como torres, guardaban siglos de secretos que muy pocos se atrevían a tocar.
Carlos entró sin prisa, pero con una determinación fría que helaba la sangre.
El eco de sus botas resonó entre los estantes.
Sabía exactamente qué buscaba.
Hacía años —cuando era apenas un niño aburrido en sus clases— su preceptor le había hablado de una ley caída en desuso, una que podría… “beneficiarlo.”
Entonces, no le prestó atención.
Ahora, sí.
Camino entre cajas de documentos, globos terráqueos cubiertos de polvo y pergaminos amarillentos. Sus dedos repasaban los lomos de cada tomo.
—Tiene que estar aquí… —murmuró, inquieto.
En una esquina olvidada, encontró un conjunto de pergaminos enrollados con cintas rotas y un libro sin título.
Desenrolló el primer pergamino.
Leyó, y sonrió.
—Así que… exististe de verdad —susurró—. Ley de unión imperial ampliada…
Su mirada se oscureció.
—Con esto… Leyla podría ser mía. No importaría nada más. Nada.
Siguió leyendo con devoción malsana, recorriendo cada línea como si fueran las palabras de un oráculo. La ley detallaba normativas antiguas, formas de unir sangre noble con “compañías adicionales aprobadas por el consejo.”
—Compañías… —repitió con voz baja—. Amantes… imperiales.
Apretó el pergamino entre los dedos.
El latido en su pecho se aceleró.
Pensar en Leyla lo consumía.
Era un veneno dulce, una necesidad que no podía controlar.
Una obsesión que lo perseguía incluso en sueños.
—Es… como una maldición —admitió para sí mismo, con una risa tensa—. Y no quiero curarme.
Abrió el libro sin título. Allí, los detalles eran más explícitos. Normas, requisitos, permisos… procesos para reactivar leyes antiguas con el aval del emperador.
—Perfecto —murmuró—. Si mi padre aprueba esta restauración… nadie podría decir nada. Nadie..
Fantaseó un segundo.
Leyla bajo su techo.
Leyla a su lado.
Leyla obligada a pertenecerle.
Se mordió el labio, sintiendo un escalofrío recorrerle la columna.
—Sí… —susurró, casi con devoción—. Esta es la salida. Esta es la manera.
Guardó el pergamino, el libro y otros documentos en un fajo que sostuvo contra su pecho. Su respiración era agitada pero controlada.
—Debo practicar —dijo en voz baja, mirándose reflejado en el cristal de una vitrina—. Debo convencer a mi padre. No con gritos. No hoy.
Con calma. Con inteligencia.
Con una máscara impecable.
Ladeó la cabeza, estudiando su propia expresión como si fuera un actor frente a un espejo.
—Padre… —ensayó con un tono dócil que jamás usaba—, he estado estudiando leyes antiguas… Creo que sería beneficioso restaurar la Unión Imperial Ampliada…
Hizo una pausa, analizando su propia sonrisa.
—No… suena falso.
Probó otra vez, esta vez con un toque de vulnerabilidad fingida, casi trágica.
—Padre, he encontrado algo que podría reforzar el imperio… y asegurar nuestra línea. Una ley que podríamos… recuperar.
Sonrió.
—Eso es. Suena perfecto.
Tomó los documentos bajo el brazo y salió de la biblioteca, con paso firme.
Camino a sus aposentos, su mente repetía una sola frase:
—Leyla será mía. Aunque el mundo se quiebre.
Y su sombra, proyectada contra la pared, parecía la de alguien que ya había cruzado un punto sin retorno.
Mientras..
En el despacho imperial, César repasaba documentos acumulados en su escritorio. Sellos oficiales, informes militares, solicitudes de audiencia…
Nada fuera de lo habitual.
Hasta que un sobre diferente llamó su atención.
El sello era azul, brillante como el cielo, con un emblema inconfundible:
El Hipocampo coronado de Orinzuly, el imperio del este.
César arqueó una ceja.
No era común recibir correspondencia directa de ellos, y menos aún con un lacre tan ornamentado.
Rompió el sello y desplegó la carta.
A Su Majestad, César I,
Emperador del gran imperio Rubethia,
guardián del norte y protector de la magia roja.
Desde los salones dorados de Orinzuly, os hacemos llegar nuestros saludos y nuestros deseos de prosperidad.
Nos complace anunciar que nuestra heredera, la princesa Ciel II de Orinzuly, ha sido desposada formalmente con el archiduque Darion Valrest, y que la ceremonia imperial tendrá lugar durante el próximo equinoccio del verano.
Ambos ascenderán, tras la unión, como soberanos conjuntos de Orinzuly, marcando el inicio de una nueva era para nuestro imperio.
Es tradición que nuestras bodas reales se celebren ante los ojos de la nobleza de nuestras tierras. Sin embargo, esta unión trasciende costumbres: será la primera boda imperial en tres siglos abierta a las dinastías soberanas de los demás continentes.
Es por ello que, con el mayor honor, extendemos nuestra mano hacia Rubethia.
Invitamos a Su Majestad César I, así como a sus herederos y acompañantes designados, a asistir a este acontecimiento que simboliza paz, continuidad y alianza entre nuestros imperios.
La ceremonia se llevará a cabo en el palacio de los vientos, seguido de siete días de festividades, banquetes y reuniones diplomáticas entre las familias imperiales asistentes.
Su presencia será considerada un gesto de respeto y fraternidad entre nuestras coronas.
Que la luz de los ancestros guíe su viaje.
Con la bendición de Lyra y la autoridad del trono de Orinzuly,
Emperador Raenos.
César dejó caer lentamente la carta sobre el escritorio, meditando cada palabra.
Una boda imperial, en Orinzuly.
Y no una boda cualquiera… sino una abierta a las demás familias imperiales.
—Muy inusual… —murmuró, entrelazando los dedos.
Por lo general, los matrimonios imperiales se consideraban asuntos internos, a menos que se tratara de una unión entre dos personas de diferentes imperios o que buscara establecer una alianza estratégica.
Que Orinzuly abriera sus puertas era extraño.
Podría ser una oportunidad.
Reforzar alianzas, observar a otros herederos y demostrar fuerza.
Pero también era consciente de que Rubethia enfrentaba sus propios desafíos: el inminente matrimonio de Carlos con la princesa Carlota de Arcuarza, la inestabilidad emocional de su hijo, las disputas por la sucesión y el misterio en torno a la desaparición de la magia.
Demasiados asuntos pendientes.
—Aun así… —dijo en voz baja— asistir no sería mala idea. Aunque por el momento… es complicado.
Tomó nuevamente la carta, pasándola entre sus dedos mientras sus pensamientos se perdían.
—Tendré que pensarlo —concluyó, dejándola finalmente sobre la mesa.
Mientras la carta reposaba sobre el escritorio, César no avanzaba al siguiente documento.
Sus ojos estaban puestos en los papeles, pero su mente viajaba lejos.
Golpeó suavemente la mesa con los dedos, un ritmo seco, inquieto.
El comentario de Carlos —esa venenosa alusión al supuesto amorío entre Eduard y Leyla— regresó a su memoria como un eco molesto.
«Rumores… solo rumores», se dijo.
Chismes de sirvientas, intrigas baratas.
Basura de pasillos.
Sin embargo… algo en él no lograba dejarlo ir del todo.
No porque creyera que Eduard fuese capaz de algo tan imprudente, sino porque César conocía demasiado bien la clase de habladurías que podían destruir la vida de una doncella.
Especialmente si esa doncella era joven, bonita… y despertaba envidias.
—Quizá solo quieren manchar a la muchacha —pensó, masajeándose la sien—. O tal vez buscan arruinar a Eduard… como si ya no tuviera suficiente.
Pero otra parte de sí —una parte que apenas admitía— se preguntaba lo impensable:
¿Y si era cierto?
¿Y si Eduard, su hijo bastardo, se había encariñado con una sirvienta… igual que él una vez?
El pensamiento le provocó un ardor incómodo en el pecho, no de enojo, sino de reconocimiento.
Porque por más que hubiera intentado borrarlo de la historia, Eduard era la prueba viviente de sus errores.
O de su debilidad.
O de su humanidad.
César cerró los ojos por un instante.
La madre de Eduard.
No era un tema que le gustara recordar.
Tampoco uno que se permitiera mencionar.
Pero el rostro de aquella mujer seguía apareciendo, nítido, en los rincones más vulnerables de su memoria.
A diferencia de otras amantes de su juventud —rostros borrosos, nombres olvidados— ella había sido distinta.
No.
Él la había amado, aunque jamás lo admitiría en voz alta.
Había sido la única que lo miró como un hombre y no como un emperador.
La única que le habló sin miedo.
La única que no buscó favores, poder ni posición.
Y por eso, justamente por eso, la había destruido.
Sacudió la cabeza, cansado de sus propios recuerdos.
—Estupideces del pasado —murmuró.
Se incorporó en su asiento, como si el simple acto de enderezar la espalda pudiera ahuyentar la melancolía.
Pero el nombre de Leyla volvió a cruzar su mente.
Rumores..
César frunció el ceño.
—Es imposible —se dijo—. ¿Por qué Eduard se fijaría en alguien así…?
Pero otra voz interna —más cruda, más sincera— respondió sin pedir permiso:
«¿Y tú por qué te fijaste en ella?»
El emperador apretó la mandíbula.
Quizás los rumores eran falsas habladurías.
Quizás Carlos solo estaba vengándose con palabras.
Quizás Leyla era solo una joven trabajadora atrapada en un palacio lleno de bocas maliciosas.
Pero si había un mínimo indicio de verdad…
Si Eduard estaba caminando por el mismo sendero que una vez llevó a César a la ruina..
Entonces había un problema mayor.
—No lo permitiré —susurró, aunque no sabía a quién iba dirigida esa promesa.
Ni si era protección…
…o miedo.
El emperador permaneció inmóvil, con los codos apoyados en el escritorio y las manos entrelazadas frente a su boca.
Sus pensamientos habían tomado otro rumbo.
—No… —murmuró en su interior—. No puedo permitir que cometa el mismo error.
La imagen de Leyla, aunque nunca la había mirado de cerca, se coló en su mente como una sombra ajena. Una simple doncella. Una joven bonita, sin duda. Fácil de lastimar.
Y fácil —demasiado fácil— de destruir a un hombre que aún no entendía el peso de sus decisiones.
—Leyla podría destruirlo… —susurró, casi con un dejo de miedo.
Destruirlo como su madre destruyó parte de él… o como él destruyó a la madre de Eduard.
No estaba seguro de cuál de las dos versiones era más verdadera.
Apretó los párpados.
Eduard era bueno. Un muchacho sensible. Reservado. Solitario.
Un hijo criado sin madre… y sin un padre que supiera cómo abrazarlo.
César tragó saliva, sintiendo un ardor amargo en la garganta.
—Le faltó tanto… —admitió al fin.
Desde el día en que aquel niño llegó al mundo, su mera existencia fue un escándalo. El consejo había pedido su expulsión inmediata, alegando que un bastardo con sangre imperial podía convertirse en una amenaza.
Y su madre…
Esa muchacha de manos suaves y ojos temerosos…
Una sirvienta sin rango, sobre la cual recaería toda la culpa y la vergüenza.
El consejo no solo quería expulsarla.
También quería marcarla como traidora por “seducir” al emperador.
La hubieran destrozado, literalmente.
César lo sabía.
Por eso reconoció a Eduard.
No por valentía, ni por honor.
Sino porque ella habría muerto y el niño con ella.
—Fue mi error… —admitió, con un nudo en la voz—. Mi error, y mi castigo.
Eduard creció en el palacio, pero nunca tuvo hogar. Nunca tuvo brazos que lo esperaran. Nunca tuvo un padre que se agachara a su altura y le dijera que estaba orgulloso de él.
El emperador cerró los ojos.
—Le di más amor a Carlos… —susurró, con vergüenza hundiéndole los hombros—. Más atención… más calor.
No porque Carlos fuese mejor hijo.
Ni porque su madre, Rose, hubiese sido emperatriz.
Sino porque amarlo era fácil.
Amar a Eduard… siempre dolía un poco.
Era mirarse en un espejo roto donde él mismo se veía como un hombre débil, incapaz de proteger a la mujer que había dicho amar.
Por eso lo mantuvo a distancia.
Por eso lo trató con frialdad.
Por eso lo convirtió en un recordatorio viviente de su vergüenza.
Pero Eduard… nunca fue culpable.
César apoyó los dedos en la frente, respirando con dificultad.
—Estuve mal… —admitió en voz baja—. Lo traté injustamente. Le negué afecto que necesitaba. Lo hice menos que su hermano… por algo que no fue culpa suya.
Y ahora, después de tantos años, justo cuando Eduard parecía sonreír un poco más…
Justo cuando por fin tenía una amiga…
Una joven que lo hacía reír, que lo escuchaba y que le daba un pedazo de humanidad que él mismo jamás supo darle…
Aparecían rumores de un amor prohibido.
César volvió a abrir los ojos, fríos y duros.
—No permitiré que la historia se repita.
No permitiría que la vida de Eduard sea quebrada por una mujer.
Pero tampoco…
tampoco quería arrebatarle la única luz que ese muchacho tenía.
Esa contradicción le pesó como una corona demasiado grande.
—Necesita compañía —admitió con amargura—. Necesita a alguien que lo cuide. Que lo entienda… porque yo no se hacerlo.
Pensó en Leyla, una flor pequeña creciendo entre piedras.
Una joven gentil, asustada, frágil.
Eduard siempre buscaba protegerla.
Y eso… eso era lo que más lo inquietaba.
Porque proteger puede convertirse en amar.
Y amar puede convertirse en un abismo.
El emperador respiró hondo.
—No sé qué debo hacer… —confesó, por primera vez en mucho tiempo.
César permaneció sentado unos minutos más, en silencio, como si intentara escuchar sus propios pensamientos ordenarse.
Al final, tomó una decisión.
No sabia si era la correcta, pero sabía que no podía seguir sentado esperando que las sombras se hicieran más largas.
Se enderezó y levantó la voz.
—Guardias —llamó.
La puerta se abrió casi al instante. Dos soldados entraron con la espalda recta, seguidos por un joven delgado, de uniforme sencillo: Danniel, el lacayo más fiel del emperador, desde siempre.
Los tres hicieron una reverencia.
Danniel, nervioso como siempre cuando era convocado directamente, habló primero.
—Su Majestad… ¿qué desea exactamente?
César los miró uno por uno, evaluándolos antes de dar la orden.
—Necesito que me traigan a la joven Leyla —dijo con calma tensa—. La sirvienta, amiga de mi hijo Eduard.
Hubo un ligero movimiento en el rostro de Danniel, rápido, casi imperceptible.
—¿Es por los rumores, Majestad? —preguntó antes de pensarlo.
César lo fulminó con la mirada.
—No seas entrometido —respondió con un filo peligroso en la voz—. Solo trae a la muchacha.
Danniel palideció.
—Mis más sinceras disculpas, Majestad —balbuceó, bajando la cabeza rápido—. Iré de inmediato.
—Vayan —ordenó César, desviando la vista hacia sus documentos sin realmente verlos—. Y tráiganla ahora.
Los guardias le dieron un golpe al pecho con el puño cerrado, saludando, y se retiraron.
Danniel fue el último en salir, cerrando la puerta tras de sí.
Los tres caminaban por el pasillo silencioso, el aire lleno del olor a cera y piedra fría. No habían avanzado demasiado cuando uno de los guardias, el más joven, soltó un resoplido.
—¿Para qué querrá el emperador ver a esa muchacha…? —murmuró.
El otro guardia, más corpulento, bajó la voz.
—¿Leyla, cierto? La blanquita de ojos grandes… —hizo un gesto con la mano, como si delineara una silueta—. Está preciosa, eso sí. No me extraña que medio palacio hable de ella.
El delgado rió con un chasquido suave.
—Preciosa es poco. Si yo pudiera… —se detuvo un segundo, mirando a su compañero con picardía—. Bueno, ya sabes.
Danniel giró la cabeza de inmediato, fulminándolo con la mirada.
—¡Eh! —soltó entre dientes—. Cállate. No digas esas estupideces.
El guardia robusto levantó las cejas con falsa inocencia.
—Vamos, Danniel. No digas que no lo has pensado. La chica es linda, demasiado para ser solo una sirvienta.
—Y demasiado dulce para aguantar este nido de buitres —agregó el delgado, riendo para sí—. Si no fuera por ese rumor del príncipe Eduard, yo—
Danniel se detuvo de golpe.
—Ni lo termines —lo cortó con un tono que no dejaba espacio para discusión—. Hablan como bestias. ¿No tienen vergüenza?
Los guardias se miraron y soltaron risitas.
—Mírenlo —bromeó el robusto—. Por ser el lacayo favorito se cree comandante.
—Relájate —añadió el otro—. Solo estamos diciendo lo que todos piensan. Esa chica está bien buen..—
—¡Dije que se callen! —interrumpió Danniel, rojo de ira—. Ni una palabra más sobre ella. Ni una.
El silencio cayó por un instante, hasta que el corpulento soltó un suspiro.
—Bueno… —murmuró—. Igual me pregunto qué le quiere decir el emperador. ¿La va a castigar? ¿La van a echar? Con esos rumores… no me sorprendería.
—Sí —susurró el delgado, inclinándose un poco—. Si de verdad hay algo con el príncipe… pobre chica. El emperador no anda para bromas.
Danniel apretó la mandíbula.
—Dejen de suponer tonterías —dijo con dureza—. El emperador decidirá lo que tenga que decidir. No ustedes.
Los guardias rieron otra vez, más bajo.
—Como digas, Danniel —dijo el robusto—. Pero te juro que si yo fuera el príncipe… también la miraría dos veces.
—O tres —añadió el delgado, con una risa indecente.
Danniel les lanzó una mirada helada.
—Una más —advirtió—. Y los reporto por conducta inapropiada. A ver si siguen tan valientes luego.
Eso los hizo callar al fin.
Y así, el trío siguió caminando por el palacio.
Tras media hora recorriendo pasillos, escaleras y corredores interminables, los tres finalmente divisaron a Leyla en un ala tranquila del palacio.
Leyla y Margaret estaban agachadas, limpiando el suelo junto a un ventanal que dejaba entrar una luz suave.
—Ahí está —murmuró uno de los guardias, acomodándose el cinturón.
Ambos guardias avanzaron primero, con sonrisas demasiado confiadas.
—Buenos días, bellezas —dijo el robusto, inclinando la cabeza como si fuera un noble—. ¿No se cansan de iluminar estos pasillos?
Margaret torció la boca con asco.
Leyla solo frunció los labios, incómoda.
El guardia delgado agregó con un tono descarado:
—Si yo trabajara cerca de ustedes, seguro limpiaría con más entusiasmo… especialmente si una de ustedes me diera un beso.
—No empiecen —cortó Danniel de inmediato, metiéndose entre ellos con un ceño severo.
Leyla y Margaret levantaron la vista, sorprendidas.
Danniel carraspeó, enderezando la espalda.
—Señorita Leyla… el emperador solicita su presencia en su despacho. De inmediato.
Leyla sintió cómo el balde casi se le resbalaba de las manos.
—¿El emperador…? —susurró— ¿P-pero… por qué?
Danniel guardó silencio unos segundos, como buscando la forma más suave de decirlo.
—Es un asunto serio —respondió al fin—. No puedo revelar más.
Leyla tragó saliva. Margaret se acercó un paso, poniéndose instintivamente entre ella y los hombres.
—Yo la acompaño —dijo firme.
Uno de los guardias soltó una pequeña risa.
—Lo siento, pero el emperador pidió a leyla, no a usted, corazón.
—Y yo digo que voy con ella, imbecil—replicó
—No se meta, mujer —respondió el otro guardia, sacudiendo la mano como si espantara a una mosca—. No es asunto suyo.
Danniel intervino de nuevo, con un cansancio evidente:
—Basta. Esto es entre Leyla y el emperador. Ninguno de nosotros puede interponerse. ¿Acaso quieren que nos acusen de desobedecer una orden directa?
El silencio que siguió fue pesado.
Leyla respiró hondo y tocó suavemente el brazo de Margaret.
—Está bien… —susurró—. Iré. No puedo negarme… es el emperador, después de todo.
—Aun así… —murmuró Margaret, con un hilo de preocupación—. Mucho cuidado, ¿sí?
—La cuidaremos nosotros —dijo el guardia robusto, con una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora… pero no engañaba a nadie.
Margaret lo miró como si fuera veneno
.
—Yo no confío en un par de viejos calientes —escupió.
—¿Viejos? —protestó el otro—. Estoy en mi mejor edad, preciosa.
—Sí, para morir —replicó Margaret.
—Suficiente. Vámonos ya. La paciencia del emperador no es larga… y menos hoy.
Leyla sintió un nudo en el estómago. Con un último vistazo a Margaret —que la miraba con los ojos llenos de advertencia— respiró hondo.
Y dio el primer paso hacia el despacho imperial.
Los pasos de Leyla resonaban apenas contra el suelo.
Al llegar frente a las grandes puertas de madera, los dos guardias se colocaron a cada lado.
Uno de ellos empujó la hoja derecha con solemnidad.
—Pase, señorita —dijo, sin perder la formalidad.
El otro añadió:
—El emperador la espera.
Danniel caminó a su lado, recto y serio.
Leyla tragó saliva.
El enorme despacho imperial la recibió con un silencio profundo, casi reverencial. El olor a tinta fresca y madera antigua flotaba en el aire.
La luz cálida del atardecer se derramaba desde los ventanales altos, puliendo el contorno de la figura del emperador.
César estaba de pie, de espaldas a ambos, mirando por la ventana.
Leyla avanzó unos pasos y se inclinó en una reverencia impecable, aunque sus rodillas temblaban bajo el vestido.
—S-su alteza… —murmuró con voz frágil.
César no se volvió aún, pero la escuchó.
—Puedes sentarte, jovencita —ordenó, con un tono que no era duro… pero tampoco suave.
Leyla obedeció. Se sentó en el borde del asiento, sin apoyar completamente la espalda, las manos entrelazadas sobre el regazo. Un gesto que ocultaba su inquietud.
César entonces giró apenas la cabeza.
—Danniel.
El lacayo dio un paso adelante.
—Sí, majestad.
—Puedes retirarte. Te agradezco tu diligencia.
—Por supuesto, su alteza.
Danniel se inclinó con una reverencia medida. Antes de salir, le dedicó a Leyla un vistazo.
Cerró la puerta con cuidado. El leve clic del cerrojo pareció más fuerte de lo normal.
Leyla se quedó sentada allí, sintiendo cómo el aire se espesaba a su alrededor. Podía escuchar su propio corazón, rápido, desordenado. Bajó la mirada y comenzó a jugar con sus dedos, enredando uno con otro, como un modo infantil de retomar el control.
César permanecía aún de pie, mirando por la ventana, sin hablar.
Y ese silencio… ese silencio valía más que cualquier cosa.
El emperador se giró y ocupó su lugar en el asiento.
Leyla permaneció sentada frente a el, con las manos entrelazadas sobre su regazo, moviendo los dedos sin darse cuenta.
César la observó unos segundos en silencio antes de comenzar a hablar.
—He notado algo —dijo al fin, con voz grave—. Desde que tú apareciste en la vida de mi hijo… Eduard ha cambiado.
Leyla levantó apenas la mirada.
—¿Cambió… para bien, su alteza?
—Para bien —confirmó César—. Está más tranquilo, más… luminoso. —Se inclinó un poco hacia ella—. Eso no pasa desapercibido.
Ella no respondió; solo dedicó una sonrisa tímida.
César continuó con un suspiro cansado:
—Pero también he escuchado rumores. Rumores que sirvientas se encargan de repetir sin descanso.
Leyla apretó los dedos.
—Son mentiras, su alteza. No… no hay nada indebido. Todo lo que dicen está exagerado o inventado.
El emperador la observó con calma tensa.
—Entonces dime… ¿por qué alguien inventaría algo así de ti?
Leyla respiró hondo, el pecho temblándole apenas.
—Porque cuando una persona es vulnerable, siempre habrá alguien que intente romperla… solo para recordar que puede hacerlo.
César entrecerró los ojos, como si esas palabras hubieran tocado algo que no esperaba.
—¿Sabes el daño que esos rumores le causarían a mi hijo si fueran ciertos? —preguntó—. No solo a su nombre… sino a su vida entera.
—Lo sé —susurró Leyla—. Sé que lo perjudicaría. Él es un príncipe… y lo que digan de él importa más que lo que digan de cualquier sirvienta.
El emperador ladeó la cabeza.
—No es apropiado que una sirvienta sea tan cercana a uno de mis herederos —dijo, sin dureza, pero con firmeza—. Las amistades entre clases tan distintas no están bien vistas. Y aquí… todo se juzga.
Leyla bajó la mirada.
—Entiendo ese malestar —respondió con voz débil—. Y lo lamento si causé algún problema.
—No se trata solo de malestar —corrigió César, apoyando una mano sobre el escritorio—. Podrías provocar destrucción. Este imperio castiga sin piedad lo que considera incorrecto. Y tú… tú no soportarías el peso de un escándalo.
Leyla no respondió. Tenía la garganta apretada.
—Entonces dime —repitió el emperador, sin apartar la mirada—. Si entiendes lo peligroso que es… ¿por qué eres amiga de mi hijo?
Ella abrió la boca, intentando formar una respuesta, pero él levantó la mano.
—No me digas que es porque se te permitió. Quiero la verdad. ¿Por qué lo estimas?
La joven respiró hondo. Esta vez, su voz salió más segura.
—Porque él estaba solo, su alteza. Muy solo. —Su tono se suavizó—. Siempre me pareció que caminaba por el palacio como si nadie lo viera… como si él mismo creyera que no tenía derecho a existir.
César parpadeó, sorprendido por la precisión de aquella descripción.
—Era como una sombra —continuó Leyla—. Silencioso. Cansado. Triste. Y… no sé por qué, pero quise acompañarlo. Escucharlo. Hacerlo sentir… menos invisible.
Desvió la mirada hacia sus propias manos.
—Ahora… lo veo un poco más vivo. Más seguro. Quizás no sea por mí, pero… yo lo aprecio. Mucho. Como se aprecia a un hermano. Solo eso.
Hubo un silencio muy largo.
Finalmente, César asintió.
—Es… admirable —dijo, sin sarcasmo—. Y genuino. Puedo verlo.
Pero enseguida, su expresión se endureció.
—Aun así, Leyla, este palacio no se mueve por lo que es admirable, sino por lo que es conveniente. Y necesito que entiendas algo con claridad.
Leyla levantó lentamente la mirada.
—No quiero verte tan apegada a mi hijo.
Ella abrió ligeramente los labios, sorprendida, pero no dijo nada.
César apoyó las manos sobre la mesa, inclinándose apenas hacia ella.
—No quiero que el consejo comience a levantar sospechas. No quiero a los nobles usando tu nombre como arma. Y no quiero un escándalo que pueda caer sobre Eduard. Él ha sufrido demasiado… y no permitiré que su futuro se destruya por una amistad que los demás jamás comprenderán.
Leyla agachó la cabeza, moviendo los dedos con nerviosismo.
—Sí… su alteza. Entiendo.
Leyla mantuvo la cabeza baja unos segundos más. El silencio del despacho parecía aplastar el aire.
Finalmente, se puso de pie con movimientos lentos.
—Gracias por recibirme, su alteza… —murmuró, sin atreverse a mirarlo a los ojos.
Hizo una reverencia profunda, impecable, aunque sus manos temblaran.
—Haré lo que pidió. Prometo… mantener distancia.
César asintió apenas, sin pronunciar una palabra.
—Puedes retirarte —dijo al fin, con un tono que intentaba sonar neutro.
Ella dio un paso atrás, luego otro, y se dirigió a la puerta. Cuando su mano tocó el pomo, se detuvo un instante.
No se giró.
Solo respiró hondo.
Y salió.
La puerta se cerró con suavidad, como si incluso la madera temiera hacer ruido.
César permaneció inmóvil unos segundos, mirando la puerta por donde ella se había ido. Luego soltó el aire con fuerza y se dejó caer en su asiento, pasándose una mano por el rostro.
—Le estoy quitando lo único que hace sonreír a ese chico… —susurró.
Y no sabía si lo hacía por protegerlo…
…o por miedo a perder el control de algo más.
Recordó la expresión de Leyla: la forma en que mordió su propio labio para no quebrarse, el brillo apagado en sus ojos, la angustia cuando él mencionó al consejo, los rumores, el peligro.
Ella no tenía la culpa de nada.
Era solo una joven intentando sobrevivir en un mundo que no estaba hecho para ella.
Y él…
Él la había convertido en una amenaza sin quererlo.
—Quizás… fui demasiado duro —admitió entre dientes.
Se inclinó hacia atrás, dejando caer la cabeza contra el respaldo del sillón, mirando el techo como si allí estuviera la respuesta.
Eduard estaba creciendo.
Y por primera vez en muchos años, parecía tener algo parecido a una familia, aunque fuera pequeña.
Una amiga.
Y él había pedido que eso se quebrara, aunque fuese “solo un poco”.
—No quiero destruirlo… —dijo, casi como un ruego—. Solo quiero protegerlo.
Pero en su pecho, una duda serpenteaba:
¿Protegerlo de qué?
¿Del mundo?
¿O de repetir sus propios errores?
Golpeó el escritorio suavemente con los nudillos, sintiendo un martilleo crecerle en la sien.
—Lyra… dame claridad.
Pero la habitación siguió tan silenciosa como siempre.
Y César quedó allí, en su gran despacho, rodeado de mapas, pergaminos e imperios enteros… sintiéndose por un instante como el hombre más pequeño del mundo.
Al caer la noche..
La noche había apagado casi todo el palacio, pero el viejo jardín —ese rincón desatendido donde las hojas secas parecían susurrar historias— aún respiraba una calma distinta.
Leyla estaba sentada sobre el césped tibio, con las piernas recogidas y las manos apoyadas detrás, mirando las estrellas como si buscara respuestas en ellas. La brisa nocturna le acariciaba el cabello, llevándose apenas un poco del peso que le comprimía el pecho.
El silencio la envolvía… hasta que unas pisadas suaves, casi dudosas, se acercaron por detrás.
—¿Leyla…? —susurró Eduard.
Ella no se movió. Solo parpadeó, ahogando cualquier emoción que amenazaba con asomarse.
Eduard se acercó con cautela, como si temiera romper algo frágil.
—¿Estás bien? —preguntó, bajando la voz, inclinándose un poco para mirarle el rostro.
Leyla forzó una pequeña sonrisa que no engañaría ni a un ciego.
—Sí… sí, estoy bien.
Eduard frunció el ceño. A él no podía engañarlo.
—No lo estás —dijo con una ternura que le suavizaba el tono—. ¿Qué pasó?
Ella bajó la mirada, y un rubor leve le subió por las mejillas, mezclado con una angustia que no había podido dejar atrás desde el despacho del emperador. Intentó responder, pero la garganta se le cerró al instante.
—Yo… yo solo… —murmuró.
Pero no pudo continuar.
Las lágrimas se derramaron sin permiso. Primero dos, silenciosas. Luego un llanto suave, tembloroso, que rompió el aire tranquilo del jardín.
—Oh… Leyla… —susurró Eduard, sorprendido, dolido.
Sin pensarlo, se sentó junto a ella, tan cerca que sus hombros casi se rozaban. Le ofreció su brazo, sin imponerlo, esperando a que ella se refugiara si quería.
Y Leyla lo hizo.
Se inclinó hacia él, escondiendo el rostro en su hombro mientras el llanto, por fin liberado, la sacudía.
Eduard rodeó su espalda con un gesto tímido, nervioso al principio, pero que se volvió firme cuando sintió lo mal que estaba.
—Ya… ya está… —murmuró con dulzura —. Tranquila, mi niña… tranquila, tranquila..
La meció despacio, como si el simple balanceo pudiera sostenerla un poco.
Leyla intentó hablar entre sollozos, pero solo salían jadeos cortados.
—L-Lo siento… —alcanzó a decir, apenas audible—. No quería que me vieras así…
—No tienes que disculparte —susurró Eduard, apoyando suavemente la mejilla en su cabeza—. Puedes llorar conmigo. Puedes decirme lo que sea… cuando puedas.
Él la abrazó un poco más fuerte, protegiéndola del viento.
—Estoy aquí —le aseguró—. Siempre voy a estar aquí.
El llanto de Leyla fue menguando poco a poco, como si cada lágrima que caía en el hombro de Eduard se llevara un poco del nudo que llevaba clavado desde la audiencia con el emperador.
Eduard seguía allí, cálido y paciente.
Le acariciaba la espalda con movimientos lentos.
Cuando por fin ella pudo respirar sin que se le quebrara la voz, se separó apenas unos centímetros, suficiente para levantar la mirada húmeda hacia él.
—Eduard… —murmuró—. El… el emperador me llamó a su despacho.
Él se tensó, pero no la interrumpió.
Leyla tragó saliva y continuó:
—Me… me habló sobre los rumores. Dijo que… que no debía estar tan cerca de ti. Que podría… —sus ojos se humedecieron otra vez, pero respiró hondo—. Que podría destruir tu vida. Tu nombre. Tu futuro.
Eduard sintió un latido seco en el pecho.
Leyla siguió, intentando mantener la voz estable:
—Y me pidió distancia. Que no… que no estuviera tan cerca de ti como antes.
Que… —sus dedos se apretaron entre sí—. Que era peligroso que yo fuera tu amiga.
Eduard cerró los ojos, un instante apenas, antes de exhalar hondo. Le acomodó un mechón húmedo que se había pegado a su mejilla.
—Leyla… —susurró, inclinándose para rozar su frente con la suya —. No te preocupes. Seguro lo hizo solo para… proteger la imagen del palacio. Ya sabes cómo es.
Ella negó con la cabeza.
—No… —dijo—. Él dijo que era para protegerte a ti. A ti, Eduard.
El príncipe se quedó en silencio.
Un silencio que pesó.
Un silencio que, por primera vez en mucho tiempo, no era doloroso… sino desconcertado.
¿Protegerlo a él?
¿A él, el hijo que apenas recordaba tener padre?
¿A él, el bastardo que siempre caminó por los pasillos como si respirara de prestado?
La mano de Eduard tembló al seguir acariciándole la espalda, pero no se detuvo.
—Quizás… —murmuró, con un hilo de amargura que intentó ocultar—. Quizás solo le importa el imperio. La sucesión. La imagen.
Bajó la mirada hacia las manos de Leyla, aún temblorosas entre las suyas.
—No a mí.
Pero ella levantó su rostro y lo miró, con sinceridad.
—Yo sí —susurró.
Y entonces Eduard no pudo evitarlo.
Se inclinó y posó un beso breve, delicado, en su frente.
Luego otro, en su sien. Suave y
Protector.
Como si temiera romperla.
Leyla cerró los ojos, dejando que esa calidez se instalara en ella, en lugar del miedo.
Eduard apoyó su frente contra la de ella, respirando el mismo aire.
—No voy a dejar que esto nos arrebate lo que tenemos —dijo, con una firmeza—. Aunque tengamos que esperar todo el día… aunque tengamos que escondernos de todo el mundo… siempre tendremos este jardín.
Rozó su mejilla con la yema de los dedos, con cariño.
—Mientras exista este rincón —continuó— tendremos al menos un momento para estar juntos. Para hablar. Para reír. Para… —su voz se suavizó—. Para amarnos.
Leyla apoyó la cabeza en su pecho, dejando que esa promesa se grabara en ella.
—Gracias… —susurró—. Por no dejarme sola.
Eduard la rodeó con ambos brazos, abrazándola.
—Nunca vas a estar sola conmigo..
Y así, en el jardín olvidado, bajo el cielo lleno de estrellas y el abrazo tímido de dos corazones que no deberían haberse encontrado, el mundo entero pareció detenerse.
Por un instante que sería suyo para siempre.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com