Imperio De Pasiones - Capítulo 8
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Capítulo 8: Capítulo 7: El secreto al descubierto.
Después de su encuentro con el príncipe Carlos el día anterior, Catalina se sentía satisfecha.
Con una sonrisa astuta, se dirigió a la lavandería, donde estaba asignada para trabajar.
No podía evitar pensar en lo complicada que se le iba a poner la vida a Leyla ahora que Carlos estaba al tanto de sus encuentros a escondidas con Eduard.
Pues.. desde que Leyla llegó al palacio, Catalina se había sentido consumida por la envidia hacia su belleza. En un mundo donde las mujeres de cabello claro eran consideradas las más hermosas, Catalina, con su cabello oscuro, se sentía eclipsada.
Su resentimiento hacia Leyla era tal que no podía evitar desear que se fuera del palacio; su mera presencia le hacía hervir la sangre.
Pero esta vez, la rabia que sentía hacia Leyla era secundaria. Lo que realmente la llenaba de satisfacción era saber que pronto la echarían del palacio para siempre, y apenas podía contener la risa al pensarlo.
Catalina tarareaba una melodía mientras fregaba la ropa con energía.
A su lado, una sirvienta la observó con curiosidad antes de preguntarle:
-Te ves de buen humor hoy, Catalina. ¿Cómo estás?
-Muy bien -respondió ella sin siquiera mirarla, continuando con su tarea.
La sirvienta, intrigada, insistió:
—No sé… escuché por ahí que te traes algo entre manos.
Catalina soltó una carcajada despreocupada y sacudió la cabeza.
—Oh, eso. Nada importante. Ya todos lo sabrán a su debido tiempo.
La sirvienta asintió, aunque algo escéptica.
-Bueno… si tú lo dices. Aun así, te noto extrañamente feliz.
Catalina sonrió con un brillo malicioso.
-Simplemente me siento… expectante. Quién sabe, cualquier cosa puede pasar.
-Eso es cierto -coincidió la sirvienta-. Hay que mantener una actitud positiva.
Antes de que Catalina pudiera responder, una voz interrumpió la conversación.
-¡Buenos días! -saludó Leyla al aparecer en la entrada de la lavandería-. ¿Ya tienen ropa limpia para secarla al sol?
Catalina se giró y la saludó con un entusiasmo inusual.
-¡Por supuesto, Leyla! Justo aquí tengo algunas prendas listas.
Leyla, algo sorprendida por el tono alegre de Catalina, se acercó con su canasto, y Catalina le entregó la ropa con una sonrisa.
-Dime, Leyla, ¿cómo estás en este hermoso día?
Leyla parpadeó, desconcertada.
-Bien… ¿y tú?
-Excelente -respondió Catalina, inclinando la cabeza con fingida dulzura-. Me alegra saber que tú también estás bien.
Leyla, sin saber cómo reaccionar ante aquella actitud tan inusual, simplemente le agradeció y se despidió, marchándose con el canasto en brazos.
Apenas desapareció, la sirvienta junto a Catalina le cuestionó.
-¿Por qué fuiste tan amable con ella?
-Quién sabe… -murmuró. – También puedo ser dulce con víboras como ella.
La sirvienta asintió con una risa nerviosa, sin atreverse a cuestionar más. Por mucho que Catalina sonriera, seguía siendo la misma de siempre.
Después..
Leyla se acercaba a Margaret, esta la recibió con los brazos cruzados y una ceja en alto.
-¿Por qué tardaste tanto? -preguntó con impaciencia.
Leyla suspiró antes de responder.
-Solo me quedé pensativa mientras venía.
Margaret la miró con curiosidad.
-¿Pensativa? ¿Por qué?
-Es solo que… Catalina estaba rara.
Margaret bufó con desdén.
-Esa siempre es rara. No le des importancia.
-No, no es eso… -insistió Leyla-. Hoy estaba demasiado rara. Fue… amable conmigo.
Margaret entrecerró los ojos, desconfiada.
-¿No te escupió veneno en lugar de palabras?
Leyla negó con la cabeza.
-Incluso me preguntó cómo estaba hoy.
Margaret soltó una risa seca, incrédula.
-Dudo mucho que haya cambiado de actitud. Esa mujer es una lagartija escurridiza, Leyla. No confíes en ella.
-Pero, ¿y si de verdad…?
-No, Leyla. -Margaret le sostuvo la mirada – No confíes en ella.
Pasaron varios minutos en silencio mientras trabajaban junto a las demás sirvientas, el sonido de la ropa húmeda agitándose con el viento llenaba el espacio.
Leyla, absorta en sus pensamientos, colgaba unas sábanas blancas con la ayuda de Margaret.
-¿Y ahora en qué estás pensando? -preguntó Margaret, lanzándole una mirada curiosa-. No me digas que sigues dándole vueltas a lo de Catalina y su actitud.
Leyla negó con la cabeza.
—La verdad… hay algo más que me preocupa —murmuró.
—¿Qué cosa ahora? —preguntó Margaret, frunciendo el ceño—. ¿Qué te está rondando la cabeza?
Leyla colgó una sábana con movimientos lentos, y cuando estuvo segura de que nadie escuchaba, murmuró:
—Ayer el emperador me llamó a su despacho..
La expresión de Margaret se endureció al instante. Bajó la prenda que sostenía y se acercó un paso.
—¿Qué… qué pasó? —preguntó en voz baja.
Leyla tragó saliva.
—Me… pidió que me mantuviera alejada de Eduard —confesó—. Dijo que los rumores podían dañarlo. Que era peligroso para él que yo estuviera demasiado cerca.
Margaret chasqueó la lengua y negó con la cabeza, ya resignada.
—Sabía que esto iba a pasar. —Suspiró profundo—. Aquí todo lo que respira cerca de un príncipe se convierte en escándalo.
Leyla apretó los labios, mirando al suelo.
—Lo sé… pero duele.
Hubo un silencio breve; solo el sonido de sábanas húmedas agitadas por el viento.
Leyla dio un paso hacia Margaret y se inclinó lo justo para que solo ella oyera.
—Aun así… iremos al jardín. Como siempre.
Margaret retrocedió, alarmada.
—¿Qué? ¡No, Leyla! —susurró —. Eso es lo primero que deberías dejar de hacer. ¿Y si los descubren? Te podrían echar… o algo peor.
Leyla bajó la mirada, temblando apenas.
—Lo sé. Pero lo amo, Margaret. ¿Qué hago? No puedo… no puedo dejarlo solo ahora.
Margaret soltó un bufido.
—Por los dioses, Leyla. Eres tan cursi. —La señaló con un dedo—. Vas a terminar metida hasta el cuello. ¿No piensas en otra cosa que no sea Eduard?
Leyla se quedó quieta. No respondió de inmediato. Siguiendo con su tarea, tomó otra sábana, la sacudió suavemente y la colgó bajo el sol.
El viento jugaba con los bordes blancos como si quisiera llevárselos.
—Antes sí pensaba en otras cosas —murmuró al fin—. Antes soñaba con irme de aquí. Pensaba… que si ahorraba lo suficiente, compraría una casita con jardín.
Margaret abrió mucho los ojos.
—¿Una casita? ¿Con jardín?
—Sí —Leyla sonrió con dulzura melancólica—. Algo pequeño, con flores. Un lugar donde nadie me mandara.
Margaret la observó largo rato.
—Eso es… hermoso. Y realista. —Le tocó el brazo con suavidad—. No todo sueño se cumple, pero ese… ese sí podrías hacerlo posible algún día.
Leyla bajó la mirada.
—Ya no —respondió con un hilo de voz—. Ahora… lo amo a él. ¿Cómo voy a dejarlo? ¿Quién le daría cariño en este palacio? ¿Quién lo miraría como yo lo hago? No puedo abandonarlo… no con la familia que tiene.
Margaret cerró los ojos un instante, respirando hondo, como si la confesión le doliera a ella también.
—Entonces… —musitó, retomando una sábana— más vale que esta noche nadie los vea.
Leyla asintió lentamente.
Ambas siguieron colgando la ropa.
El viento soplaba suave.
El sol calentaba las telas blancas.
Y sin que ninguna lo dijera en voz alta, las dos sabían que cada paso que Leyla daba… la acercaba más a un borde del que ya no habría retorno.
Más tarde..
Durante el desayuno, Carlos permaneció inusualmente callado. No hizo comentarios, no discutió con nadie, ni siquiera desvió una mirada hacia Eduard. Solo comía en silencio, con el ceño levemente fruncido, como si cada pensamiento le pesara.
No era normal verlo así.
El emperador lo observó desde el extremo de la mesa. No dijo una palabra, pero su mirada calculadora lo siguió más de una vez.
César podía reconocer cuando uno de sus hijos tenía algo importante en mente… y Carlos, claramente, estaba elaborando algo.
Pero no insistió.
A veces, obligar al silencio a hablar solo lo volvía más terco.
Carlos terminó su comida casi sin tocarla, se levantó con una reverencia rápida y salió del comedor. Pensaba, una y otra vez, en cómo presentar su petición… cómo convencer a su padre de que aceptara la antigua ley que había encontrado en sus investigaciones.
Ya entrado el mediodía, el emperador había regresado a su despacho. Se encontraba revisando documentos, inspeccionando mapas y leyendo informes de los distintos territorios.
De pronto, las puertas dobles del despacho imperial se abrieron de golpe.
Carlos entró sin anunciarse, el sonido del portazo retumbó como un trueno.
César levantó la cabeza de inmediato, irritado.
—¡Por todos los dioses, Carlos! —exclamó, golpeando la mesa con la palma abierta—. ¿Cuántas veces debo repetir que no entres así?
Carlos respiró hondo, fingiendo calma.
—Perdón, padre. No es mi intención faltar al protocolo… pero traigo un asunto de extrema importancia. —Hizo una breve inclinación de cabeza—. Su alteza.
César cerró los ojos un segundo, conteniendo la molestia.
—Bien —dijo—. Habla y rápido. Desde el desayuno noté que estabas inquieto, así que ya imaginaba que vendrías por algo.
Carlos avanzó hasta situarse frente al escritorio, enderezando los hombros.
—Es respecto a la ley de unión imperial ampliada, padre.
César frunció el ceño al instante.
—¿Qué hay con esa ley? Fue abolida hace siglos para desterrar la decadencia de la corte.
Carlos dio un paso más.
—Quiero que vuelva a existir.
El emperador se quedó en silencio. Su expresión pasó de molestia… a incredulidad.
—¿La ley que permitía concubinas oficiales? —arqueó una ceja—. ¿Una ley que llenó palacios de intrigas, bastardos y guerras internas? ¿Para qué carajos querrías revivir eso?
Carlos no titubeó.
—Porque es necesaria. Porque la abolición fue un error movido por orgullo. Y porque… —sus ojos se endurecieron— …si esa ley siguiera vigente, tú no habrías destruido a tu propia familia.
César apretó la mandíbula, incómodo.
—No invoques el pasado, Carlos.
—Lo haré —replicó él sin miedo—. Tú tuviste una amante. Una mujer que te dio un hijo. Pero como la ley ya no existía, tuviste que esconderlo todo. Mentiste. Engañaste a mi madre, humillaste a la corona. Y las consecuencias fueron…
César golpeó suavemente la mesa con la mano.
—Basta.
Carlos no se detuvo.
—No deseo repetir tu historia. —Su voz se volvió más fría—. Quiero tener concubinas legales. Y no pienso esconder a ninguna. Especialmente… a Leyla.
El emperador abrió los ojos, sorprendido.
—¿Leyla? —repitió, lentamente—. ¿La joven sirvienta? ¿La amiga de Eduard?
—Ella misma.
La reacción del emperador fue inmediata: un gesto de desagrado profundo.
—Imposible. No tiene rango, ni apellido, ni historia. Es una sirvienta. No puede ser concubina de un futuro emperador.
Carlos sonrió con suficiencia.
—No es una simple sirvienta. Es hermosa, lista… y es la amante de Eduard.
A César se le heló la sangre.
—Eso no puede ser verdad —gruñó—. Ella lo negó ayer mismo. Ella dijo…
Carlos rió, burlón.
—¿Le crees? Padre, por favor. Una criada asustada dirá cualquier cosa. Pero yo tengo testigos. Esa sirvienta Catalina me lo dijo con lujo de detalles.
César resopló, pasándose una mano por el rostro.
—Siempre lo temí… —murmuró, con un cansancio que caló en la habitación—. Temí que esa amistad se transformara en algo prohibido. Que Eduard, tan solo… tan hambriento de afecto… se aferrara a la primera sonrisa amable que le ofrecieran.
—Eduard no puede tener una amante así —continuó, su voz más dura—. Él no puede.
—Es un príncipe bastardo. A él no se le concede nada fuera de lo estrictamente correcto. Su vida ya es inestable. Su lugar en esta familia ya es frágil.
Y Leyla… Leyla lo empeorara todo.
Carlos aprovechó el momento.
—Precisamente. Si ella queda como mi concubina, dejará de ser un peligro. Estará bajo control. Eduard quedará lejos de ella. El escándalo se apaga. Todos ganan.
—¿No te oyes, Carlos? —César hizo un gesto de frustración—. ¿Quieres reclamar como concubina a la joven que posiblemente ama a tu hermano?
—¿Y qué? —respondió el príncipe sin remordimiento—. Él no tiene derecho a tenerla. Él no puede formar un vínculo así. Yo sí.
El emperador lo observó con frialdad.
—Eduard no puede tenerla, pero tú sí… ¿por qué?
Carlos sonrió, seguro de sí.
—Porque soy el heredero. Porque puedo proteger el honor del imperio. Porque, padre, a mí me perdonan lo que a Eduard jamás le tolerarán.
César no pudo negarlo. Aquello era simple política.
Carlos se acercó aún más, bajando la voz.
—Además… si legalizas la antigua ley, mi concubina será algo normal, casi esperado. Nadie se atreverá a cuestionarlo. Pero si no lo haces… —sus labios se curvaron en una amenaza — …entonces tú repetirás tu propia tragedia. Y esta vez, con dos hijos involucrados.
César cerró los ojos un segundo.
El peso del pasado arreció como una tormenta.
La muerte de la emperatriz y el niño que nació marcado por su pecado.
No quería vivir eso de nuevo.
—Carlos… —su voz se quebró apenas— no sabes lo que pides.
—Sí lo sé —respondió él, firme—. Y lo vas a conceder.
Silencio.
Finalmente, César exhaló, derrotado en parte.
—Muy bien —dijo con un tono grave—. Haré lo posible por restaurar la ley. No será rápido ni sencillo… pero circulará nuevamente entre los consejeros.
Carlos sonrió… triunfal.
—Perfecto. Y ahora, necesito tiempo. Quiero que Eduard esté lejos. Quiero hablar con Leyla sin interferencias.
César tardó unos segundos antes de responder.
—Se celebrara una boda imperial en Orinzuly. Enviaré a Eduard como representante. Le tomará dos semanas en ir y volver.
—Excelente —dijo Carlos, satisfecho—. Tiempo suficiente para convencerla… o quebrarla si es necesario.
El emperador lo miró con severidad, casi con asco.
—No me gusta este juego tuyo.
—No es un juego —replicó Carlos—. Es política.
César respiró hondo y volvió a sentarse.
—Aun así, tengo condiciones —dijo, firme—. Te comportarás como un futuro emperador: sin caprichos, sin escándalos, sin deshonras para la princesa Carlota. Si fallas… si un solo rumor sale de tu conducta… destruiré esa ley antes de que toque la luz del día.
Carlos apretó los dientes.
—Lo haré —dijo con resignación amarga—. Cumpliré.
Se inclinó en una falsa reverencia y salió sin esperar respuesta.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió.
César pasó ambas manos por su rostro.
—Eduard no puede tenerla… —susurró con tristeza, casi suplicando a la nada—. Ese niño no puede darse el lujo de amar así.
No él.
No en un imperio como este.
Golpeó el escritorio con rabia.
—Pero Carlos… —apretó los dientes— si él la reclama, ella estará protegida. Bajo control. Alejada de mi hijo.
Suspiró.
Miró sus manos.
—Siempre temí que Leyla fuese su punto débil.
Al atardecer..
El sol de la tarde bañaba los pasillos con un resplandor cálido, como si el palacio quisiera fingir que no escondía secretos ni venenos.
Era un día bello… demasiado bello para un lugar donde tantas cosas se estaban torciendo.
Leyla y Margaret avanzaban por el corredor en dirección a los baños del sector este, donde debían limpiar las bañeras de mármol y reponer toallas.
Ambas cargaban cubetas y trapos, avanzando entre sombras doradas proyectadas por el sol.
Margaret caminaba rápido.
—Apura el paso, Leyla, que hoy nos toca fregar hasta que el mármol brille —dijo, aunque su tono no era regaño, sino rutina.
—Ya voy… —respondió Leyla, pensativa.
Al doblar la esquina, un sonido suave las hizo detenerse.
La puerta de los baños chirrió y lentamente y se abrió apenas.
Catalina apareció en el marco con un vestido limpio, sin cubetas, sin trapos… sin nada que justificara su presencia allí.
Su sola figura contrastaba con el ambiente de trabajo.
Margaret entrecerró los ojos.
—¿Y tú qué estás haciendo aquí? —preguntó sin molestarse en ocultar la hostilidad.
Catalina no respondió de inmediato.
Entró con pasos tranquilos, paseando la mirada por las jarras de agua, los pisos aún húmedos, las sombras cristalinas reflejadas en el suelo… y finalmente, a Leyla.
—Solo pasaba para ver cómo iban las cosas —dijo con una sonrisa suave—. Con un día tan hermoso afuera… pensé que quizá aquí estarían más frescas.
—Aquí lo único fresco es el agua de las tinajas —replicó Margaret, acomodando su cubeta con brusquedad.
Catalina ladeó la cabeza, observándolas con una amabilidad falsa que no engañaba a nadie.
—Me sorprende que sigas trabajando aquí, Leyla —comentó de pronto—. Pensé que, después de ciertos… movimientos en el palacio, te habrían cambiado de lugar.
Leyla se tensó.
—¿Cambiarme? ¿Por qué lo harían?
Catalina se encogió de hombros.
—Oh, ya sabes… A veces, una palabra en el oído equivocado… o una mirada fuera de lugar… puede cambiar mucho la suerte de alguien. Solo quería saber si alguien importante te llamó a hablar. Nada más.
Margaret dejó caer un trapo dentro del agua con un chapoteo sonoro.
—¿Qué mierda estás insinuando?
Catalina elevó una mirada inocente.
—Nada, Margaret. Solo soy amable.. pregunto por cortesía.
—Pues métete tu cortesía donde no le llegue el sol —gruñó Margaret—. Aquí no jugamos a los rumores. Y tú tampoco deberías.
Catalina ignoró el comentario. Caminó unos pasos dentro de los baños, tocando el borde de una bañera como si inspeccionara la limpieza. Su sonrisa amable se mantuvo, pero sus ojos… no. Ahí brillaba algo agudo, malicioso.
Finalmente se dio vuelta.
—Bueno. No las molesto más. Solo quería saludar.
Y sin despedirse, salió del baño con la misma suavidad con la que había entrado.
Cuando la puerta se cerró, Margaret soltó el aire que estaba conteniendo.
—Esa no vino aquí por casualidad —murmuró, frunciendo el ceño—. Está tanteando algo. Y no me gusta.
Leyla apretó un trapo entre los dedos.
—A mí tampoco. Pero personas como ella… últimamente están por todas partes. Egoístas. Envidiosas. No les importa quién sangra mientras ellas consiguen lo que quieren.
Margaret hundió las manos en la cubeta de agua tibia.
—Exacto. Antes por lo menos fingían respeto. Ahora solo miran por sí mismas. Ya nadie piensa en el cariño, ni en el otro. Es como si este palacio hubiera olvidado cómo amar.
Leyla suspiró, mirando el reflejo del sol sobre el mármol húmedo.
—Tal vez… pero yo sigo creyendo que queda bondad. Aunque esté escondida.
Margaret la miró con un gesto suave, casi resignado.
—Ojalá tengas razón. Porque si no… este Imperio solo será una sombra brillante bajo el sol.
Ambas retomaron su labor, el agua sonaba al golpear contra las bañeras, y el sol seguía entrando por las ventanas, cálido, indiferente.
Como si nada malo pudiera pasar en un día tan hermoso.
Mientras, Catalina caminaba con paso rápido hacia los jardines, murmurando entre dientes, irritada. Todavía no comprendía cómo era posible que Leyla siguiera trabajando con normalidad, tan tranquila, después de todo lo que ella misma le había confesado al príncipe Carlos: los encuentros nocturnos, las citas secretas, las miradas prohibidas entre ella y Eduard.
¿Qué más necesitaba Carlos para deshacerse de esa estúpida?
Enredada en su frustración, Catalina no se percató de que el piso estaba mojado.
Resbaló de pronto y cayó estrepitosamente de trasero, con un golpe seco que resonó en el pasillo.
—¡Mierda! —exclamó, pero enseguida se tapó la boca con ambas manos, mirando a su alrededor.
Un par de sirvientas que pasaban por allí detuvieron el paso por un segundo. No dijeron nada, pero se taparon la boca mientras reían por lo bajo y continuaban su camino.
Catalina, sonrojada hasta las orejas, se incorporó con torpeza. Al hacerlo, notó que su trasero estaba empapado.
Mirando al piso se dio cuenta que había sido recién trapeado, y aunque el resto de su ropa seguía seca, la mancha en su falda era notoria.
—Perfecto… —farfulló—. Todo por pensar en esa maldita.
Con el ceño fruncido y el vestido húmedo, llegó finalmente a los jardines.
El sol seguía brillando alto, calentando los arbustos y dejando pequeñas gotas en las hojas, restos del riego matutino.
Entre los rosales, Catalina vio a Sofía recogiendo ramas frescas para los floreros del palacio. La joven levantó la vista y sonrió de inmediato.
—Buenos días, Catalina. —comentó con suavidad.
—Buenos días —respondió Catalina con un tono seco, agachándose para comenzar a cortar algunas flores, haciendo todo lo posible por ignorar la humedad incómoda en su falda.
Sofía la observó un momento… y su sonrisa se volvió traviesa.
-¿Qué te pasó, Catalina? ¿Andabas regando las plantas con el culo?
Catalina se congeló un segundo, luego se sonrojó. Dio un leve resoplido y murmuró:
—Fue solo un accidente. Resbalé más temprano en el pasillo… Nada más.
Sofía soltó una risa ligera.
—El palacio siempre encuentra formas creativas de hacernos quedar en ridículo —bromeó—. No eres la primera.
Catalina fingió no escucharla y siguió cortando flores.
Después de unos instantes, Sofía preguntó con un tono juguetón:
—Bueno, ¿y qué hay del famoso secreto de Leyla? Ese que no quieres decirme. ¿Algún adelanto hoy?
Catalina suspiró profundamente, girando las tijeras entre sus dedos.
—La verdad… no entiendo por qué no ha pasado nada —dijo, frustrada—. Se lo conté todo al príncipe Carlos. Pensé que la sacarían del palacio de inmediato… pero ahí sigue. Como si fuera la favorita de todos.
Sofía arqueó una ceja, interesada.
—¿Tan grave es?
Catalina dudó un momento, pero luego asintió.
—Es algo que yo jamás haría. Es… indecente. Ordinario.
Sofía, ahora realmente intrigada, dejó de cortar.
—¿Qué es lo que sabes, Catalina?
Catalina miró a su compañera, sintiendo el peso del chisme ardiente en la lengua.
—No es solo amistad entre Leyla y el príncipe Eduard. Es más. Mucho más.
Sofía se quedó inmóvil.
—¿Los viste?
Catalina habló en voz más baja:
—Sí. No es un rumor. Los vi con mis propios ojos. Una noche salí de mi habitación para ir a la cocina. Vi a Leyla caminando rápido hacia los jardines. Me parecía extraño… así que al día siguiente se lo mencioné al príncipe Carlos. Él me pidió que la siguiera.
—¿Y lo hiciste?
Catalina asintió.
—La primera noche la perdí… pero la segunda logré esconderme bien. La vi colarse al jardín viejo, ese olvidado por todos. Y ahí estaba él. Eduard. Se hablaban como… como amantes.
Palabras dulces, promesas, tonterías de enamorados. Me quedé helada.
Sofía abrió los ojos, genuinamente sorprendida.
—Eso… es muy serio, Catalina.
—Lo sé —dijo ella, sin disimular su disgusto—. Por eso pensé que Carlos haría algo. Pero no. No ha movido un dedo. Y eso me confunde. Él… mira a Leyla de una forma que no me gusta.
Sofía bajó la mirada.
—Dicen que Carlos tiene un temperamento oscuro. Y que… que ha matado animales por diversión.
Catalina tragó saliva; sabía que era cierto.
—Por eso no entiendo por qué no actúa —susurró—. Si siente algo por ella, debería ser peor… ¿no?
Sofía negó despacio.
—No te confíes, Catalina. Cuando algo pase… podría ser lo peor para Leyla.
Catalina soltó una risa maliciosa.
—Pues se lo merece. Por andar jugando con los príncipes como mosquita muerta.
Sofía sacudió la cabeza, pero no dijo nada más.
Juntas, siguieron recogiendo las flores bajo el sol brillante de la tarde, llenando los cestos con rosas frescas que pronto decorarían los pasillos del palacio.
Más entrada la noche..
Cuando los pasillos se habían despejado y el sol se hundía en el horizonte. El lacayo Danniel tocó con suavidad la puerta de la habitación de Eduard.
—Su alteza… —dijo con una leve inclinación—. El emperador solicita su presencia.
Eduard, que llevaba un rato mirando por la ventana sin realmente ver nada, parpadeó, sorprendido por el llamado.
Asintió, se arregló la capa y siguió al mensajero con paso silencioso.
El despacho estaba iluminado por el resplandor dorado de las antorchas.
César esperaba de pie, junto a su mesa.
Con mapas, informes y sellos esparcidos por el borde, como si llevara allí un largo rato.
Al verlo entrar, el emperador cerró el pergamino que revisaba y lo observó con atención.
—Eduard —lo saludó con un gesto de cabeza—. Siéntate, por favor.
El príncipe obedeció. Notó que su padre lo miraba con un detenimiento extraño, como si buscara leer algo más allá de su expresión.
—He estado observándote estos días —comenzó César, con un tono que quiso sonar casual, pero no lo era—. Te noto… distraído. Inquieto. Como si tu mente estuviera a kilómetros del palacio.
Eduard contuvo el aliento.
—Estoy bien, padre —respondió, manteniendo la voz serena—. Solo he tenido muchas tareas con mis estudios y el maestro Geralt.
César ladeó la cabeza.
—Geralt me dijo que te ha visto… disperso —añadió con calma—. Y yo también lo noto. No puedo ignorarlo.
Eduard mantuvo la postura.
—Se equivoca. Todo está en orden.
César lo miró unos segundos más, como si analizara ese “todo” palabra por palabra.
—También he escuchado —continuó lentamente— que pasas mucho tiempo con la joven Leyla. Que se han vuelto… muy cercanos.
Eduard mantuvo el rostro imperturbable.
—Leyla es solo una amiga —mintió con absoluta suavidad—. Nada más.
César exhaló suavemente, una exhalación que tenía más de resignación que de creencia.
—Entiendo —respondió el emperador, aunque era evidente que no lo hacía realmente—. A veces, las amistades se vuelven una distracción. Especialmente cuando uno es joven.
Eduard bajó la mirada, pero no corrigió nada. No negó, no confirmó. Solo dejó la mentira flotar entre ambos.
César lo observó con seriedad, pero no insistió. No esta vez.
—Bien —dijo al fin, cambiando de tono—. Al margen de eso, te mandé llamar por otro motivo.
Eduard levantó la vista, esperando el verdadero motivo de aquella reunión.
—Necesito enviarte a Orinzuly —anunció César, sin rodeos—. Irás como representante oficial de la corona en la boda de la princesa Ciel II y el archiduque Darion Valrest.
Eduard abrió los ojos, sorprendido.
—¿Yo? —preguntó, incrédulo—. ¿Por qué yo? Carlos es el heredero. Él debería representar al imperio, no yo.
César apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose un poco hacia él.
—Tu hermano no puede ir —explicó con voz grave—. Está comprometido con los preparativos de su boda con la princesa Carlota. Su llegada al palacio es inminente y hay asuntos diplomáticos que requieren su presencia aquí.
Eduard frunció ligeramente el ceño.
—Aun así… —replicó en voz baja— no tiene sentido que vaya yo. Soy… —hizo una pausa, casi con amargura— …solo un hijo secundario.
César golpeó suavemente la mesa, negando con firmeza.
—Eres un príncipe. Y eres competente. —Sus ojos se suavizaron apenas—. No quiero que pienses que te envío por descarte. Te envío porque confío en que podrás manejar la situación con respeto y buen juicio. Y… —agregó, bajando un poco la voz— quizás un cambio de ambiente te haga bien.
Eduard sostuvo su mirada, sintiendo que había un trasfondo que su padre no estaba diciendo, pero no se atrevió a preguntar.
—¿Cuándo debo partir? —murmuró finalmente.
—Mañana al amanecer —respondió César, sin titubeos—. La delegación estará lista. Es un viaje largo, y no deseo retrasos.
Eduard bajó la cabeza en señal de obediencia.
—Haré lo que ordene, padre.
César lo miró con una mezcla de cansancio… y una tristeza que no se atrevía a nombrar.
—Bien —dijo suavemente—. Puedes retirarte.
Eduard se levantó, hizo una reverencia impecable y se dispuso a salir. Pero justo antes de cruzar la puerta, César habló de nuevo, con una voz apenas audible:
—Eduard…
El príncipe se detuvo, pero no se giró.
—No olvides esto: creo en ti, incluso cuando tú no creas en ti mismo. No lo estropees. Y cuida tu corazón… no todos podrán hacerlo por ti.
Eduard parpadeó, sorprendido. No esperaba esas palabras… ni ese tono.
—Sí, padre —susurró.
Luego salió, dejando atrás el salón, que de pronto pareció demasiado grande… y un padre que, por primera vez en años, parecía pequeño bajo la luz de la luna.
En el jardín olvidado..
El jardín respiraba una calma distinta aquella noche. Las flores marchitas se mecían apenas con la brisa suave, y entre los árboles viejos filtraban destellos plateados de la luna. Era un rincón del palacio que nadie reclamaba, pero que para ellos dos era casi un santuario.
Eduard avanzó por el sendero silencioso, aún con las palabras de su padre resonando en la mente. Sentía el peso del viaje encima antes incluso de partir, no por el camino ni por la misión…
Sino por Leyla.
Cuando atravesó los arbustos que bordeaban el claro, la vio.
Leyla ya estaba allí, recostada sobre el césped, con los brazos extendidos y la mirada perdida en el cielo estrellado.
La luz de la luna delineaba su perfil con una suavidad casi irreal, como si el firmamento hubiera decidido posarse sobre ella solo para adornarla.
No lo escuchó llegar de inmediato. Parecía sumida en una especie de paz melancólica.
Eduard se detuvo a unos pasos, observándola con un nudo en la garganta.
Finalmente, Leyla giró el rostro y lo vio.
Su expresión se iluminó suavemente, con una mezcla de alivio y ternura.
—Llegaste… —susurró, incorporándose un poco.
Dio unos pasos más hacia ella, sintiendo que el viento nocturno era menos frío que la noticia que debía darle.
Eduard se tumbó a su lado con suavidad, rozando apenas su hombro.
—Buenas noches… —murmuró él.
Leyla giró el rostro hacia él, sonriendo levemente.
—Buenas noches, mi príncipe.
Hubo un instante de silencio, cómodo. Luego, Eduard le preguntó:
—¿Cómo estuvo tu día?
Leyla exhaló, dejando que la brisa jugara con su cabello.
—No tan mal. Nada emocionante… solo trabajo, ya sabes. —Se encogió de hombros—. ¿Y el tuyo?
Eduard desvió la mirada hacia el cielo, finalmente suspiró.
—Mi padre me llamó a su despacho.
Leyla se incorporó un poco, tensa.
—¿Para qué? —preguntó con un hilo de voz.
—Nada grave… —mintió con cuidado—. Solo me dijo que me veía distraído, que parecía tener muchas cosas en la cabeza. —Forzó una sonrisa triste—. Y tenía razón.
Leyla frunció los labios, preocupada.
—¿Y…? ¿Eso era todo?
Eduard negó suavemente.
—Me dio un encargo.
Leyla ladeó la cabeza.
—¿Qué tipo de encargo?
El príncipe tragó saliva.
—Debo viajar a Orinzuly. Para asistir a una boda imperial en representación de la corona.
Leyla se sentó por completo, con los ojos grandes.
—¿Te vas…? —susurró.
—Por unos días —respondió él, intentando sonar tranquilo.
Pero Leyla apartó la mirada, clavando los ojos en la hierba.
—Unos días contigo fuera se sienten como una eternidad. —Su voz tembló apenas—. Cuando no estás… todo se vuelve más frío. Más vacío.
Eduard la observó con ternura.
—Tienes a Margaret —intentó decir con suavidad.
—Pero yo te amo a ti, Eduard. —Sus palabras se derramaron sin filtros—. No es la compañía de cualquiera lo que me falta… es la tuya. Tu voz, tu calor. Aunque sean solo unos minutos aquí…
Eduard tomó aire, sintiendo cómo el pecho se le apretaba. Se inclinó un poco, acercándose a ella.
—Mi padre confía en mí, y yo… quiero estar a la altura de sus expectativas. Sé que no será fácil estar lejos, pero te prometo que haré el viaje lo más rápido posible y te traeré regalos.
Leyla bajó la cabeza, sus manos retorciéndose en su falda.
—Los regalos me dan igual… —murmuró—. Lo único que quiero es que vuelvas pronto. No me sirve nada de Orinzuly si tú no estás aquí.
Eduard sonrió con dulzura. Se acercó más y apoyó su frente contra la de ella. Sus respiraciones se mezclaron.
—Volveré a ti, Leyla. —susurró—. Lo juro. No dejaré que pase más tiempo del necesario. Antes de que la luna cambie completamente… estaré aquí, en este mismo lugar. A tu lado.
Ella cerró los ojos.
—Te esperaré..
Después de unos minutos de silencio, mientras la brisa nocturna jugaba con los mechones de su cabello, Leyla bajó la mirada y murmuró con culpa en la voz:
—Perdóname… no debería alterarme así. Es solo un viaje, lo sé… pero cuando pienso en que te irás… siento que los días sin ti se alargaran como si fueran años. Ya nos vemos tan poco, siempre escondidos… y cuando no estás, todo se vuelve más pesado..
Eduard giró suavemente su rostro hacia el suyo y le acarició la mejilla con los dedos.
—Lo entiendo, Leyla —respondió con voz baja—. Dos semanas pueden parecer una eternidad… para nosotros lo son. Pero volveré. Es una responsabilidad como príncipe, debo asistir. No puedo negarme. Pero regresaré a ti, te lo prometo.
Leyla tragó saliva, intentando mantener la compostura.
—Lo siento… —repitió—. También me asusté porque pensé que el emperador te llamaría para preguntarte sobre… sobre nosotros.
Eduard esbozó una sonrisa tranquila, tratando de aliviar el nudo que ella llevaba en el pecho.
—No te preocupes por eso —le aseguró—.No insinuó nada. Todo está bajo control, ¿sí? Nadie nos sigue, nadie sospecha nada… Estamos a salvo.
No dejaré que nada te pase.
Las palabras parecieron aflojarle los hombros a Leyla, y sin pensarlo dos veces, se inclinó hacia él y lo rodeó con los brazos, buscando consuelo en su pecho.
—Por Lyra… —susurró contra su cuello— que así sea. Que todo esté bien.
Eduard deslizó una mano por su espalda, acariciándola con suavidad.
Leyla respiró hondo, como si tratara de disipar la melancolía que aún quedaba suspendida entre ambos. Entonces se incorporó un poco y, con una sonrisa tímida, dijo:
—Eduard… ¿quieres jugar conmigo?
Él parpadeó, sorprendido por el cambio repentino de energía.
—¿Jugar? —preguntó —. ¿A qué exactamente?
Leyla entrelazó los dedos sobre sus rodillas y ladeó la cabeza.
—A “adivina qué soy”.
Eduard soltó una risa suave.
—¿De todos los juegos del mundo escogiste ese? Sabes que siempre pierdo.
—Por eso mismo —replicó ella con una risita—. Quiero que nos riamos un poco antes de que te vayas.
Eduard negó con la cabeza.
—De acuerdo. Pero tú empiezas. Dame tus mejores pistas.
Leyla se aclaró la garganta exageradamente.
—Primera pista… —dijo alzando un dedo—. “Soy algo pequeño y vivo, pero parezco bailar cuando hay viento.”
Eduard frunció el ceño.
—¿Una hoja?
Leyla sonrió.
—No.
—¿Una pluma? —probó él.
—Tampoco.
Eduard se inclinó hacia ella, mirando su sonrisa misteriosa.
—Una chispa… ¿del fuego?
Leyla negó con la cabeza.
—No tienes ni idea, ¿verdad?
—Ninguna —admitió él riendo.
—Era… ¡una flor!
Eduard suspiró con dramatismo.
—Muy bien, dame otra. Quiero al menos acertar una.
Leyla se acomodó en el césped y levantó dos dedos.
—Segunda pista. “Soy algo que se encuentra en todos lados, aunque no siempre se nota. Sigo a todos… pero nadie puede tocarme.”
Eduard entrecerró los ojos, pensativo.
—¿Una persona?
—No —respondió ella con una risita.
—¿El eco?
—Tampoco.
Eduard se pasó una mano por el cabello, frustrado.
—Dame una pista extra —pidió.
Leyla se acercó un poco más, bajando la voz.
—A veces desaparezco cuando es de noche… pero vuelvo por la mañana.
Eduard abrió los ojos, incrédulo.
—¿La sombra?
—¡Exacto! —aplaudió Leyla, radiante—. ¡Sabía que esta la adivinarías!
—Bueno, era eso o empezar a desesperarme —respondió él riendo.
Leyla dio un pequeño empujón a su brazo.
—Te toca la última. Esta será fácil.
—Lo dudo —murmuró Eduard.
Ella levantó tres dedos.
—“Tercera pista: soy algo que todos desean. Algunos me buscan toda la vida. Otros lo pierden sin darse cuenta.”
Eduard la miró, intrigado.
—¿Dinero?
Leyla puso una expresión ofendida.
—¿De verdad piensas que escogería algo tan aburrido?
—Bien… entonces… ¿poder?
—No.
—¿Libertad?
Leyla sonrió de una forma suave, casi nostálgica.
—No exactamente.
Eduard suspiró.
—¿Puedes darme una pista más? Esta parece una adivinanza difícil.
Leyla inclinó la cabeza hacia él, quedando muy cerca.
—A veces soy cálido. A veces duermo. A veces desaparezco… pero cuando vuelvo, cambio todo a mi alrededor.
Eduard se quedó en silencio unos segundos… y poco a poco su expresión se suavizó.
—¿El amor?
Leyla lo miró fijamente… y asintió.
—Sí. Eso era.
Eduard tragó saliva.
—Esa sí podía haberla adivinado.
—Pero no lo hiciste —se burló ella con cariño.
Él sonrió y negó con la cabeza, derrotado.
—Deberías dejarme ganar alguna vez.
—Jamás —respondió Leyla acercándose aún más—. Me gusta cuando te esfuerzas.
Eduard soltó una risa baja.
—Entonces seguiré esforzándome… por ti.
Leyla apoyó su frente en la de él, ambos aún sonriendo por el pequeño juego.
Por un largo momento quedaron en silencio, con los brazos entrelazados y las respiraciones mezclándose suavemente en medio del aroma húmedo de la hierba y el murmullo lejano de la noche. El cielo se extendía sobre ellos como un manto oscuro tachonado de estrellas, y la luna, casi llena, bañaba el jardín olvidado con un brillo plateado que hacía sentir que aquel lugar era un mundo aparte.
Leyla apoyó su cabeza en el pecho de Eduard, escuchando los latidos tranquilos que siempre la reconfortaban, y él acariciaba su espalda con lentitud.
—Eduard… —susurró ella alzando la mirada tras unos segundos— ¿Sabes bailar?
Eduard arqueó una ceja, por la pregunta inesperada.
—Claro que sí —respondió con una sonrisa suave—. Desde pequeño tuve un instructor. Mi padre insistía en que un príncipe debía dominar tanto el baile como la espada.
Leyla abrió los ojos con curiosidad.
—¿Y cuál se te da mejor? ¿La espada… o el baile?
Eduard se encogió de hombros.
—Ambos requieren precisión, equilibrio y ritmo. No son tan distintos como parecen. —rió leve— Diría que ninguno me resulta difícil.
Leyla se incorporó un poco más, hasta quedar sentada. Luego, sin previo aviso, extendió su mano hacia él.
—Entonces… baila conmigo —dijo con timidez.
Eduard soltó una carcajada suave, incrédulo.
—¿Contigo? ¿Y acaso tú sabes bailar?
Leyla negó de inmediato, sonrojándose.
—No. —admitió— Pero tú puedes enseñarme. Solo un poco… para no pensar tanto en tu viaje.
Eduard la miró unos segundos, y la ternura que le despertaba ella lo envolvió por completo. Tomó su mano con cuidado y se levantó, arrastrándola a ella con él.
Cuando estuvieron de pie uno frente al otro, Eduard soltó su mano solo para hacerle una reverencia impecable.
—¿Desea bailar conmigo, señorita? —preguntó con tono elegante, aunque su rostro reía.
Leyla hizo una pequeña reverencia, torpe pero sincera.
—Sería un honor, mi príncipe —susurró, intentando sonar formal aunque apenas controlaba la risa.
Eduard tomó su mano derecha con suavidad y luego colocó la otra sobre la cintura de Leyla. Ella respiró hondo, sorprendida por la cercanía y por lo cálido que era su toque. Él, paciente, acomodó sus movimientos a los de ella.
—Primero… sigue mi ritmo —le indicó, moviendo lentamente sus pasos sobre el césped.
Leyla intentó imitarlo, con pasos pequeños, algo descoordinados al principio.
—Así… eso es —dijo él, guiándola—. No mires tus pies, mírame a mí.
Ella levantó la mirada obedientemente, y el contacto de sus ojos fue tan intenso que casi se olvidó del movimiento.
—No me mires así… —murmuró ella entre risas nerviosas— me harás caer.
—Si caes —respondió Eduard, acercándola un poco más— te sostendré.
El baile siguió fluyendo despacio, torpe en ocasiones cuando Leyla dudaba o pisaba el césped irregular, pero cada error daba paso a risas suaves que se deshacían en la noche. Eduard corregía su postura con toques ligeros, guiándola.
Poco a poco, Leyla se soltó, dejando que sus pasos siguieran el compás imaginario que él marcaba.
La luna los cubría, el viento apenas los rozaba y, entre giros lentos, sus cuerpos parecían diseñados para encontrarse.
Eduard habló en un murmullo:
—Sabes… creí que esta noche sería triste, pero contigo… cada momento se vuelve algo hermoso.
Leyla apoyó su frente contra su pecho mientras seguían moviéndose.
—Y yo pensé que nunca bailaría contigo —susurró— pero aquí estoy..
Él sonrió, bajó un poco la cabeza y posó su mejilla sobre su cabello.
Y así, entre risas, tropiezos y pasos lentos, ambos siguieron bailando bajo el cielo nocturno, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.
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