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IMPERIUS - Capítulo 2

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Capítulo 2: CAPÍTULO 1: LA SANGRE DEL IMPERIO

Bajo un cielo cubierto de nubes grises, el fragor de la guerra nunca cesaba. Orión Stormhaven, con su armadura carmesí manchada de sangre y polvo, observaba el horizonte desde su puesto en la fortaleza avanzada de Norathis. A sus veintitrés años, ya era un veterano de incontables batallas, forjado en el fuego de la guerra desde su adolescencia. La brisa salada del mar traía consigo el eco distante del combate, pero ese día, un mensajero trajo noticias que lo helaron más que cualquier campo de batalla.

Apolonio y Cesarión Stormhaven, los herederos del emperador habían caído en combate. Asesinados en una emboscada vil mientras comandaban una expedición en las Islas Negras. Orión tomó la carta con manos firmes, pero en su interior sintió un peso hundirse en su pecho. La caligrafía era la de su tío, Magnus IV Stormhaven, “El Titán”, y no había duda de que la ira imperial se desataría con brutalidad.

Kassandros Varethia, su primo bastardo y capitán de su guardia personal, permaneció en silencio a su lado. Sus ojos oscuros no mostraban sorpresa. Quizás porque entendía mejor que nadie el destino de los herederos del emperador. Quizás porque siempre supo que su padre nunca permitiría una afrenta semejante sin derramar océanos de sangre.

En Varethia, la capital imperial, la furia de Magnus IV ya se manifestaba. En el gran salón del palacio, los comandantes que habían estado bajo el mando de Apolonio y Cesarión fueron encadenados ante el trono. Sus rostros estaban pálidos, sabían que no habría piedad.

—¡Incompetentes! —rugió el emperador, su voz reverberando en las paredes de mármol negro—. ¡Mis hijos murieron por su cobardía, por su ineptitud!

Uno de los generales cayó de rodillas. —Majestad, fue una trampa… nos superaban en número… no tuvimos oportunidad…

El emperador ni siquiera dejó que terminara. Con un gesto de su mano, un verdugo imperial desenvainó su espada y de un solo tajo limpio decapitó al general. La cabeza rodó por el suelo dejando un rastro de sangre en los mosaicos dorados.

Magnus IV se volvió hacia el resto. —Cada uno de ustedes es culpable. Si no fueron traidores, fueron incompetentes. Y yo no tolero ninguna de las dos cosas.

Uno a uno, fueron ejecutados. Los pocos que quedaron con vida fueron condenados a la esclavitud, enviados a las minas de los dominios del imperio. Pero la ira del emperador no se detendría allí. Varios nobles cercanos a Apolonio y Cesarión fueron arrestados bajo sospecha de conspiración. Las mazmorras de la capital estaban repletas, y los cadáveres comenzaban a apilarse en las plazas.

Orión cerró los ojos. Sabía lo que esto significaba. El imperio se teñiría aún más de rojo, y él, como comandante supremo de las legiones imperiales, sería el brazo ejecutor de esa venganza.

—Debemos regresar a la capital —dijo Kassandros con voz baja, pero firme.

Orión asintió, mirando una vez más hacia el horizonte. La guerra nunca terminaba, y ahora, la lucha más peligrosa se libraría dentro del mismo imperio.

La mañana siguiente llegó con un cielo teñido de tonos escarlata y dorado. Los enormes acorazados del Ejército Imperial surcaban las alturas, atravesando densas nubes mientras descendían en formación sobre Varethia. Desde la cubierta, Orión observaba la majestuosa capital extendiéndose ante sus ojos: una ciudad de torres doradas y cúpulas imponentes, pero ahora cubierta por un aire de opresión. Algo había cambiado en el corazón del imperio. Un silencio espectral dominaba las calles, y aunque desde el cielo todo parecía en orden, el Gran Duque sabía que el fuego del emperador había consumido la ciudad desde dentro.

Cuando las naves se aproximaron a los muros, la Guardia Imperial ya estaba en posición, formando un bloqueo en la plataforma de aterrizaje principal. Eran soldados de élite, vestidos con armaduras de negro y oro, con lanzas en alto y rifles listos para disparar si la situación lo exigía. Al frente, un capitán de la guardia avanzó unos pasos, su expresión severa, pero con un rastro de incomodidad en el rostro.

—Gran Duque Orión Stormhaven. —Su tono era firme, midiendo cada palabra—. Por orden de Su Majestad, ningún ejército tiene permitido cruzar las puertas de Varethia. Puede ingresar, pero sin sus tropas.

Detrás de Orión, cientos de guerreros esperaban en formación, listos para actuar si su comandante daba la orden. Un viento gélido cruzó el puerto, intensificando la tensión.

Orión clavó la mirada en el capitán.

—Soy el comandante Imperial. No necesito permiso para entrar a mi propia capital.

El capitán sostuvo su mirada, aunque una sombra de duda cruzó sus ojos.

—Las órdenes vienen directamente del emperador. No podemos…—

Antes de que pudiera terminar la frase, una figura se adelantó con determinación. Kassandros Varethia. Su mano se cerró sobre la empuñadura de su espada y la desenvainó con un movimiento seco, el metal reflejando bajo la luz del sol.

—¿Sabes con quién estás hablando? —dijo con una voz cargada de veneno—. ¿Desde cuándo un simple perro del emperador se atreve a negarle la entrada al León Carmesí?

Los soldados de la guardia se tensaron al instante. Algunos instintivamente llevaron la mano a sus armas, y el aire pareció volverse más denso. El más mínimo movimiento en falso podía desatar la violencia.

Orión levantó una mano y Kassandros detuvo su avance a regañadientes, aunque su agarre sobre la espada no aflojó.

—No habrá derramamiento de sangre aquí. —La voz de Orión resonó con autoridad mientras daba un paso al frente, sin apartar la vista del capitán—. Dile a mi tío que he llegado. Entraré a la ciudad con mi escolta personal. Nada más.

El capitán tragó saliva, asintió de inmediato y dio una orden para que despejaran el camino.

Orión giró el rostro hacia Kassandros, con una mirada afilada como una cuchilla.

—No hagas estupideces. No aún.

Kassandros resopló y envainó su espada.

—Dependerá de cuántos idiotas quieran interponerse en nuestro camino.

Orión avanzaba por los pasillos del palacio, su capa ondeaba tras él con cada paso. A su lado, Kassandro caminaba en silencio, la tensión marcada en su expresión. Regresaban a la capital, pero no como héroes. No había celebraciones ni vítores, solo el peso de un Imperio que se desmoronaba.

—Esto es un desastre —murmuró Kassandro—. El canciller no es más que una marioneta, y mi padre…

Se calló de golpe. No hacía falta decir más. Ambos conocían la verdad, pero ponerla en palabras no cambiaría nada.

Orión mantuvo la vista al frente.

—Magnus IV ha gobernado con hierro y fuego. Ahora ese fuego está consumiendo todo lo que construyó.

Kassandro apretó los puños.

—Y nosotros solo podemos verlo arder.

Antes de que Orión pudiera responder, una voz conocida los interrumpió.

—Pensé que al menos me saludarían antes de empezar a conspirar.

Orión giró la cabeza y vio a Thessalia acercándose. Su vestido negro ceñido realzaba su porte imperial, pero sus ojos reflejaban cansancio.

Orión suspiró, aunque no pudo evitar que un leve gesto de alivio cruzara su rostro.

—Hermana —dijo Kassandro con una media sonrisa.

Thessalia se cruzó de brazos.

—Al menos tú pareces feliz de verme. Orión solo frunce el ceño y habla como si todo estuviera perdido.

Orión arqueó una ceja.

—¿Y acaso no lo está?

Ella lo miró fijamente y luego soltó un suspiro.

—Sigues siendo igual de dramático.

Se acercó primero a Kassandro, tomándolo por los hombros y dándole un apretón antes de apoyarse un instante en él. Luego se giró hacia Orión y lo abrazó sin esperar permiso.

Él tardó un momento en corresponder el gesto, pero cuando lo hizo, sintió cómo parte de la tensión abandonaba su cuerpo.

—No tienes idea de lo difícil que ha sido sostener todo esto —susurró Thessalia contra su hombro—. Padre no escucha, la corte está dividida, y cada día es más difícil evitar que alguien haga una locura.

Orión se apartó lo justo para mirarla a los ojos.

—Estoy aquí ahora.

Thessalia asintió, aunque su expresión seguía cargada de preocupación.

—¿Por cuánto tiempo?

Orión no respondió.

Antes de que pudieran seguir hablando, un grupo de nobles pasó cerca. Uno de ellos se detuvo al ver a Orión.

Era Duke Castor Velian, un hombre de unos cuarenta años con una postura firme. Su cabello castaño oscuro estaba atado en la nuca y su túnica llevaba el emblema de su casa: un águila dorada sobre fondo azul.

—Gran Duque Stormhaven, es un honor verle de nuevo.

Orión inclinó levemente la cabeza.

—Duke Velian. No esperaba encontrarte aquí.

El duque sonrió, pero sus ojos permanecieron fríos.

—Uno debe estar donde se decide el futuro del Imperio. Y últimamente, todo se define en esta ciudad… o eso parece.

Orión sostuvo su mirada, midiendo sus palabras. Velian siempre había sido difícil de leer.

—Las decisiones correctas deben tomarse antes de que todo se venga abajo —dijo al fin.

El duque inclinó la cabeza en un gesto casi imperceptible.

—Entonces más vale que las tomes pronto.

Sin más, se dio la vuelta y se alejó.

Orión lo siguió con la mirada. Algo en su tono le dio un mal presentimiento.

—¿Qué crees que quiso decir con eso? —murmuró Kassandro.

Orión apretó la mandíbula.

—Nada bueno.

El Funeral

La catedral imperial estaba llena. Nobles, generales y miembros del clero ocupaban su lugar con expresiones solemnes. La única excepción era el emperador.

Magnus IV Stormhaven se mantenía inmóvil en el centro, la mirada fija en los dos ataúdes frente a él. No lloraba. No se movía.

Parecía una estatua esculpida en piedra.

A su lado, la emperatriz tenía la cabeza baja, las manos entrelazadas con fuerza. Thessalia permanecía junto a ella, la única de los tres hijos sobrevivientes que tenía derecho a estar ahí.

Orión observó la escena desde la primera fila. Kassandro estaba a su lado, con el rostro endurecido.

—Nunca lo había visto así —murmuró Kassandro.

Orión asintió despacio.

—Yo tampoco.

El Titán de Stormhaven, el hombre que había derribado imperios y aplastados reinos estaba roto.

Y un emperador roto era más peligroso que uno en guerra.

Esa misma noche, mientras la ciudad volvía poco a poco a la calma tras el funeral, Orión y Kassandro permanecían en los aposentos, analizando mapas y estrategias sobre la guerra en el frente. La capital estaba en tensión, los rumores sobre traiciones y conspiraciones se multiplicaban, y ambos sabían que no podían permitirse un solo error.

—Si reforzamos la guarnición en las islas del sur, podremos frenar cualquier intento de incursión marítima —dijo Orión, señalando un punto en el mapa—. Pero eso nos dejará con menos tropas en la frontera este.

Kassandro frunció el ceño.

—La frontera este ya es un problema. Los nobles están inquietos, y si sienten que el ejército está dividido, podrían actuar por su cuenta.

Orión suspiró, pasándose una mano por el rostro.

—¡Maldita sea! Es como jugar una partida en la que el tablero está en llamas.

Antes de que Kassandro pudiera responder, una presencia silenciosa los interrumpió.

La puerta se abrió sin previo aviso, sin que ningún guardia anunciara la llegada de nadie. Ambos se tensaron de inmediato, llevándose las manos a las armas.

Una figura encapuchada avanzó hasta quedar bajo la tenue luz de las velas. El largo manto negro apenas dejaba ver su rostro, pero la presencia era inconfundible.

Orión y Kassandro se postraron de inmediato.

—Majestad… —murmuraron al unísono.

La figura bajó la capucha con lentitud, revelando el rostro severo del emperador Magnus IV Stormhaven. Sus ojos cansados recorrieron la habitación antes de detenerse en ellos.

—No hay necesidad de formalidades aquí —dijo con voz grave, casi agotada—. No esta noche.

Orión levantó la cabeza, aún sorprendido.

—Tío…

Kassandro, más reacio a abandonar el protocolo, tardó un segundo más en hablar.

—Padre…

Magnus dejó escapar un leve resoplido, apenas una sombra de lo que alguna vez pudo haber sido una sonrisa.

—Es bueno verlos. Ambos.

El emperador avanzó hasta la mesa donde estaban los mapas, observándolos en silencio. Luego suspiró y se pasó una mano por el rostro.

—Les debo una disculpa. No debería haberlos recibido así. Sé que esperaban algo más… digno.

—No hay necesidad de disculpas —dijo Orión de inmediato—. Ha sido un día largo para todos.

Magnus asintió despacio y luego señaló el mapa con un gesto.

—Hablemos del frente. ¿Cómo está la situación?

Orión y Kassandro intercambiaron una mirada antes de responder.

—Complicada —admitió Kassandro—. Los reinos vasallos están inquietos, la guerra se prolonga y el consejo imperial está dividido. No podemos confiarnos.

Magnus dejó escapar un gruñido bajo.

—No confío en nadie.

Orión apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose ligeramente.

—Por eso estamos aquí.

El emperador alzó la vista y lo miró fijamente. Durante un largo momento, no dijo nada, como si estuviera sopesando algo en su mente. Luego, finalmente, habló.

—En los próximos días, estableceré un nuevo heredero. La estabilidad del Imperio depende de ello… y espero contar con su apoyo.

Orión sintió el peso de esas palabras caer sobre la habitación como una losa. Kassandro también pareció sorprendido, pero se mantuvo en silencio, expectante.

—Haré lo que sea necesario para preservar Stormhaven —dijo Orión con firmeza.

—Siempre —añadió Kassandro.

Magnus los observó por un instante más y luego, por primera vez en mucho tiempo, su expresión pareció suavizarse.

—Su presencia aquí me tranquiliza más de lo que imaginan.

Se giró hacia Orión.

—Quiero que tus tropas ingresen a la ciudad de inmediato. Necesito que patrullen las calles y mantengan el orden. No podemos permitir ni un solo desliz.

Orión asintió sin dudarlo.

—Haré los arreglos ahora mismo.

Magnus asintió, satisfecho, y miró a ambos con una sombra de cansancio en sus ojos.

—Nos esperan tiempos oscuros… pero juntos, podremos enfrentarlos.

Sin más, el emperador dio media vuelta y desapareció en la noche, dejando a Orión y Kassandro con una sensación de incertidumbre y un nuevo peso sobre sus hombros.

Durante los siguientes días, el Imperio guardó luto. Siete días de duelo oficial fueron decretados en honor a los caídos, y las ciudades se llenaron de banderas negras, templos en silencio y ceremonias de homenaje. Las campanas de la capital resonaban cada amanecer y anochecer, recordando a todos la pérdida sufrida en la guerra.

Sin embargo, el luto no detuvo la política. La sombra de la sucesión era una preocupación latente, y el emperador Magnus IV sabía que no podía postergar más el asunto. Así que, al octavo día, convocó una reunión en el Gran Salón del Consejo con los más altos nobles del Imperio.

Los duques y marqueses más influyentes se sentaron a la mesa imperial, junto con generales veteranos y miembros del alto clero. La pregunta que flotaba en la sala era la misma que inquietaba a toda la nación: ¿Quién heredaría el trono si Magnus IV pereciera?

Muchos nombres fueron considerados. Se habló de la princesa Thessalia, su única hija legítima, quien, aunque inteligente y astuta, no tenía experiencia militar ni el favor de los altos mandos del ejército. Se mencionó a algunos nobles con lazos sanguíneos lejanos con la Casa Stormhaven, aunque fueron descartados rápidamente. Y, sorprendentemente, el nombre de Kassandro apareció en la discusión.

—Es hijo del emperador, aunque bastardo —comentó el duque de Varest—. Ha servido fielmente a la familia, y su linaje es indiscutible.

—Pero no tiene derechos sobre la corona —replicó un marqués—. ¿Acaso piensan cambiar la ley?

El emperador guardó silencio mientras escuchaba la discusión. Aunque la idea de Kassandro como heredero era debatida, la mayoría coincidió en que había un candidato más fuerte: Orión Stormhaven.

—Es el más capaz de todos —afirmó el canciller imperial—. Su liderazgo en el campo de batalla ha asegurado victorias cruciales. Los soldados lo respetan, la nobleza lo reconoce, y su sangre es legítima.

Magnus IV escuchó cada argumento sin revelar su pensamiento. Cuando la discusión se agotó, se puso de pie, y con un simple gesto impuso silencio en la sala.

—Mi decisión está tomada —anunció con su voz grave—. Orión Stormhaven será mi heredero.

El murmullo se esparció por la sala, pero nadie se atrevió a cuestionarlo. La ceremonia para oficializar su nombramiento se celebraría en uno de los lugares más solemnes del Imperio: el Santuario de los Reyes, en una de las regiones sagradas a las que Magnus solo acudía en momentos de gran importancia.

La Ceremonia del Heredero

Días después, el Santuario de los Reyes estaba abarrotado de nobles, generales y figuras de renombre. Su arquitectura imponente, construida con antiguas piedras negras y coronada por estandartes imperiales, representaba siglos de historia.

Bajo la inmensa cúpula del templo, los candidatos estaban de pie frente al emperador: su hija Thessalia, su sobrino Orión, y su hijo bastardo Kassandro. Aunque Kassandro no tenía derechos legítimos al trono, su nombre había sido mencionado en la deliberación y, por ello, se le permitió estar presente en el acto.

Los sacerdotes entonaban cánticos solemnes mientras Magnus IV avanzaba con paso firme hasta quedar frente a Orión. Lo miró a los ojos durante unos segundos, como si quisiera asegurarse de que la decisión que estaba tomando era la correcta.

Entonces, con voz clara, proclamó a Orión Stormhaven como su heredero imperial.

—Desde este día en adelante, Orión llevará el peso de la corona sobre sus hombros, y cuando mi tiempo termine, él guiará a este Imperio.

Orión inclinó la cabeza solemnemente mientras el emperador colocaba sobre él el manto carmesí, el símbolo del heredero. Los nobles presentes aplaudieron con respeto, y los soldados presentes golpearon el suelo con sus lanzas en señal de aceptación.

Pero la ceremonia aún no terminaba.

El emperador se volvió hacia los presentes y, con un tono aún más grave, pronunció su siguiente decreto:

—Es deber de mi familia preservar nuestro linaje. La sangre de los Stormhaven debe mantenerse pura y fuerte, para que nuestro legado nunca se vea comprometido.

La sala quedó en un silencio sepulcral. Muchos sabían lo que venía, pero aun así la tensión era palpable.

—Por ello, decreto que mi hija Thessalia se unirá en matrimonio con mi sobrino, Orión Stormhaven. De su unión, nacerá el futuro del Imperio.

El impacto de sus palabras fue inmediato. Orión mantuvo la compostura, aunque su mandíbula se tensó levemente. Thessalia, en cambio, apenas reaccionó, como si ya hubiese anticipado aquella decisión.

Los nobles intercambiaron miradas. Algunos asentían con aprobación, otros parecían incómodos. No era raro que las casas imperiales recurrieran a este tipo de uniones para fortalecer su linaje, pero seguía siendo un tema delicado.

Kassandro, de pie junto a los demás, mantuvo la vista baja, aceptando sin palabras su lugar en la jerarquía de la familia.

Magnus IV dio un paso atrás, observando a su familia con severidad.

—Este es el destino de los Stormhaven. Nuestro linaje no se debilitará.

Los sacerdotes volvieron a cantar, sellando la ceremonia. A partir de ese día, Orión no solo era el heredero del Imperio, sino que tenía la responsabilidad de engendrar la próxima generación de emperadores.

La ceremonia había terminado, y con ella llegó la celebración. En los grandes salones del Santuario de los Reyes, se dispuso un banquete digno de la ocasión. Largos tablones de madera oscura rebosaban de carne asada, frutas exóticas y copas de vino especiado. Las luces de las lámparas doradas iluminaban la estancia con un resplandor cálido, y la música de los bardos llenaba el aire con melodías solemnes.

Los nobles brindaban por el nuevo heredero, algunos con genuina admiración y otros con la frialdad de quien solo acata órdenes. Orión se mantenía en su lugar, aceptando los saludos con cortesía, pero en su interior hervía de rabia contenida.

No por la sucesión. Aquello lo había esperado desde hace tiempo. Lo que realmente lo inquietaba era el matrimonio impuesto con su prima Thessalia.

No tardó mucho en encontrarla. Thessalia, vestida con un atuendo imperial de tonos azul profundo y plata, se mantenía apartada, conversando con un pequeño grupo de nobles. Su porte era sereno, su expresión imperturbable, como si la decisión de su padre no hubiese significado nada para ella.

Orión no lo soportó más. Se abrió paso entre los asistentes hasta llegar a ella y, sin preocuparse por las miradas ajenas, le habló en voz baja pero firme.

—Necesitamos hablar.

Thessalia arqueó una ceja, pero asintió con calma. Se despidió de su grupo y lo siguió fuera del gran salón, hacia uno de los balcones del santuario. Desde allí, se veía la noche extendiéndose sobre las colinas, y las luces de las antorchas reflejándose en los muros de piedra.

Orión se giró hacia ella, cruzándose de brazos.

—¿Cómo puedes estar tan tranquila después de lo que ha dicho mi tío?

Thessalia lo miró con una leve sonrisa, sin rastro de incomodidad.

—Porque lo esperaba.

—¿Lo esperabas? —Orión frunció el ceño—. ¿Y no te molesta?

Ella suspiró, apoyándose contra la barandilla del balcón.

—Molestarme no cambiaría nada, ¿o sí? Mi padre ha tomado una decisión, como lo ha hecho toda su vida. No esperaba que me diera libertad para escoger con quién casarme.

Orión apretó la mandíbula.

—Pero esto es distinto. Nos han convertido en piezas de ajedrez para preservar la dinastía.

Thessalia lo miró fijamente, con una expresión ahora más seria.

—Orión, nacimos dentro de esta familia. Nunca fuimos libres. Ni tú ni yo. Mi destino siempre ha estado ligado al trono, al igual que el tuyo. Lo sabes tan bien como yo.

Orión sintió un peso en el pecho. Sabía que tenía razón, pero eso no hacía que fuera más fácil de aceptar.

—No es justo —murmuró él.

Thessalia esbozó una leve sonrisa y apoyó una mano en su hombro.

—No. No lo es. Pero si vamos a cargar con esta responsabilidad, al menos no tenemos por qué ser enemigos en ello.

Orión sostuvo su mirada por un momento, antes de soltar un suspiro. Quizás no cambiaría nada que se resistiera, pero al menos ahora entendía que no estaba solo en esto.

Orión y Thessalia regresaron al salón con pasos tranquilos, aunque la conversación que acababan de tener seguía pesando sobre sus hombros. La música continuaba, las copas seguían alzándose en brindis, y las sonrisas falsas se esparcían entre los nobles como si todo estuviera en orden. Pero Orión lo sabía: aquella noche no era más que un juego de apariencias.

El emperador Magnus IV se encontraba en la mesa principal, observando todo con su mirada afilada, como un cazador que vigila su presa. A su lado, Kassandro permanecía en silencio, su expresión tan inescrutable como siempre. Orión se preguntó qué pensaría su primo bastardo de todo esto. Después de todo, había sido considerado en la sucesión, pero había sido descartado por su sangre.

Al llegar a la mesa, el emperador alzó su copa y habló con su voz grave, acallando la música.

—Brindo por mi sobrino, el futuro emperador. Que su liderazgo sea fuerte, su espada certera y su voluntad inquebrantable.

Los nobles repitieron el brindis y bebieron, pero Orión notó algunas miradas tensas, especialmente entre los más ancianos del consejo. No todos estaban de acuerdo con su nombramiento.

Luego, el emperador posó su mirada en Thessalia.

—Y también brindo por mi hija, quien cumplirá con su deber para con el imperio.

Thessalia inclinó la cabeza con una sonrisa cortés, pero Orión sintió su mandíbula tensarse. Era un recordatorio para ambos.

El ambiente en la mesa cambió cuando un mensajero irrumpió en la celebración, jadeando y con el rostro desencajado. Se arrodilló ante el emperador y entregó un pergamino lacrado con el sello del Consejo de Guerra. Magnus lo tomó y lo rompió sin titubear, sus ojos recorriendo las líneas escritas con rapidez.

Un silencio se extendió en el salón cuando el emperador chasqueó la lengua y cerró el pergamino con un gesto de molestia.

—Parece que la paz nos duró poco.

Orión y Kassandro intercambiaron una mirada.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Kassandro con voz tranquila.

Magnus dejó el pergamino sobre la mesa y habló con frialdad.

—El Archipiélago de Thal’Dorien ha levantado estandartes de guerra otra vez. Uno de nuestros puestos fronterizos ha sido reducido a cenizas.

Orión sintió cómo la sangre le hervía en las venas. Aquella región siempre había sido problemática, pero esta vez, estaban declarando abiertamente la guerra.

El emperador Magnus se puso de pie con un gesto autoritario.

—Se acabó la celebración. Orión, Kassandro, nos reuniremos de inmediato con el Consejo de Guerra.

La música cesó por completo. Los tiempos de festejo habían terminado.

Tras la ceremonia en la que Orión fue nombrado heredero, la delegación imperial emprendió el camino de vuelta a Varethia. El viaje fue solemne, pero la capital estaba lejos de descansar. La guerra seguía en curso, y el emperador Magnus IV ya tenía en mente los próximos movimientos.

El cielo sobre la capital estaba cubierto por densas nubes cuando la flota imperial regresó a Varethia. La ciudad aún guardaba luto por la muerte de los hijos del emperador, pero la guerra no daba tregua. No había tiempo para lamentos ni ceremonias adicionales. Magnus IV, apenas puso un pie en el palacio, convocó a su consejo de guerra para discutir la siguiente fase de la campaña en Thal’Dorien.

Orión descendió de su nave con la mente cargada de pensamientos. La ceremonia de sucesión, la inesperada decisión del emperador y la conversación con su prima aún lo inquietaban, pero debía enfocarse en lo inmediato. Había dejado la mayor parte de su ejército en Norathis para asegurar la estabilidad del territorio conquistado, pero antes de ocuparse de la guerra, había algo más que no podía ignorar.

Caminó a paso firme por los corredores del palacio, acompañado por Kassandros. Había un hombre en prisión, alguien que solía ser un oficial de confianza y que ahora estaba condenado por la muerte de Apolonio.

—No puedo creer que haya dejado pasar esto —dijo Orión en voz baja.

—No lo dejaste pasar —respondió Kassandros con su tono tranquilo y distante—. Solo que hasta ahora tienes el poder para hacer algo al respecto.

Orión frunció el ceño. Sabía que Kassandros tenía razón. En aquel entonces, solo era un general más, sin influencia suficiente para cuestionar un juicio imperial. Pero ahora era el heredero del trono. Si su palabra aún no era ley, pronto lo sería.

El Fuerte Valerian se alzaba en los cimientos de la ciudadela, un laberinto de piedra oscura donde se encarcelaba a traidores, criminales de alto rango y prisioneros que el imperio prefería mantener en las sombras. Mientras descendían por los estrechos pasillos iluminados por antorchas, el aire se volvía más denso, impregnado de humedad y del olor rancio de la desesperación.

El carcelero los recibió con una inclinación torpe, sorprendido por la inesperada visita.

—Príncipe Orión, lord Kassandros… ¿a qué debo el honor?

—Vengo a ver a… —Orión se detuvo un momento antes de pronunciar el nombre—. Varek.

El carcelero parpadeó, como si hubiera escuchado mal.

—Mi señor… ¿el capitán Varek?

—Sí. Ábreme su celda.

El hombre dudó, pero ante la mirada de Orión, asintió y tomó un manojo de llaves.

—Siganme.

El chirrido de los cerrojos resonó en la penumbra. Cuando la puerta se abrió, la figura de Varek emergió de la oscuridad, sucia y maltrecha, pero con la mirada intacta.

Orión dio un paso al frente.

—Tenemos que hablar.

Varek se levantó lentamente de su rincón en la celda, encadenado de muñecas y tobillos. Su cabello, antes corto y bien cuidado, estaba desaliñado, y su rostro mostraba las cicatrices de días de encierro sin recibir más que lo mínimo para sobrevivir. Aun así, cuando sus ojos se encontraron con los de Orión, no había desesperación en ellos. Solo rabia contenida.

—Hacía tiempo que esperaba verte, Orión —dijo con voz ronca, pero firme.

El príncipe cruzó los brazos.

—Deberías estar muerto, si lo que dicen de ti es cierto.

Varek sonrió con amargura.

—Y sin embargo, aquí estoy. ¿No es curioso? Me llaman traidor, asesino, cobarde… pero en vez de ejecutarme, me mantienen encerrado. Como si no supieran qué hacer conmigo.

Orión intercambió una mirada rápida con Kassandros, quien permanecía en la sombra, observando en silencio.

—Quiero saber la verdad —dijo Orión—. Desde el principio. ¿Cómo murió Apolonio?

El gesto de Varek se endureció, y sus manos se crisparon en los grilletes.

—La verdad es que nos enviaron a una emboscada. Lo sabían. Sabían que el enemigo estaba preparado. Pero nos mandaron igual.

—¿Quién? —preguntó Orión.

Varek lo miró fijamente antes de responder.

—El Alto Consejo Militar.

El silencio cayó como una losa. Kassandros dejó escapar un susurro casi inaudible.

—Sabían que Apolonio iba a morir.

Orión sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Dame nombres.

Varek negó con la cabeza.

—Si los tuviera, ya estarían muertos. Solo sé que alguien dentro del consejo filtró información al enemigo. Cuando llegamos, ya nos estaban esperando con una fuerza que superaba el doble de la nuestra. Resistimos todo lo que pudimos, pero fue inútil. Apolonio murió en el campo. Yo traté de llevar su cuerpo de vuelta, pero me capturaron. Y cuando logré regresar… ya habían decidido que yo era el culpable.

Orión apretó los puños.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

Varek rió sin humor.

—¿Y quién me iba a creer? El emperador ya había perdido un hijo y necesitaba alguien a quien culpar.

Orión lo miró en silencio, sintiendo cómo una ira fría comenzaba a asentarse en su pecho.

—Voy a sacarte de aquí —dijo finalmente.

Kassandros levantó una ceja.

—¿Estás seguro de eso?

Orión no lo dudó.

—Sí. Si lo que dice es cierto, alguien mató a Apolonio desde dentro. Y lo vamos a descubrir.

Varek lo miró con una mezcla de esperanza y escepticismo.

—Si me sacas de aquí, príncipe… ya no habrá vuelta atrás.

Orión dio un paso adelante y lo miró fijamente.

—Nunca la hubo.

Más tarde, Orión se dirigió al palacio para reunirse con el emperador antes del consejo de guerra. Lo encontró en sus aposentos, mirando mapas de las regiones en conflicto.

—Quiero ir contigo al frente —dijo Orión sin rodeos.

Magnus IV dejó el mapa sobre la mesa y lo miró con calma.

—No podemos darnos ese lujo. El trono no puede quedar vacío.

—No confío en el canciller —replicó Orión.

El emperador frunció el ceño.

—Debes dejar esa rivalidad. El canciller es un hombre de Estado. No puedes gobernar con desconfianza en todos.

Orión apretó los puños.

—No se trata de eso. Se trata de lo que es mejor para el imperio.

Magnus IV suspiró y le dio una palmada en el hombro.

—Lo mejor para el imperio es que haya orden. Tú te quedas. Yo partiré a la guerra.

Orión no pudo evitar una sensación de inquietud. Mientras su tío marchaba a la batalla, él se quedaría en la capital, un lugar donde las guerras no se libraban con espadas, sino con palabras y traiciones.

Orión observó a su tío en silencio por un momento antes de hablar.

—Hay algo más que debes saber. Liberé al capitán Varek.

El emperador levantó la vista de los mapas, su expresión permaneció neutra, pero sus ojos se afilaron con interés.

—Varek… —murmuró—. ¿El mismo que fue acusado de la muerte de Apolonio?

—Sí —afirmó Orión sin titubeos—. No confío en la versión oficial de lo que ocurrió ese día. Varek fue parte de su guardia, lo conozco desde hace años. No es un traidor.

Magnus IV entrecerró los ojos y apoyó ambas manos sobre la mesa, como si sopesara sus palabras.

—¿Y qué te dijo?

Orión cruzó los brazos.

—Que hubo una emboscada, que alguien movió nuestras tropas a una posición vulnerable. Y que él solo siguió órdenes.

El emperador no respondió de inmediato. Caminó alrededor de la mesa con las manos cruzadas a la espalda, sumido en sus pensamientos.

—Si lo liberaste —dijo finalmente—, asumo que piensas mantenerlo cerca.

—Lo he asignado a mi guardia personal —confirmó Orión—. Si alguien lo quería fuera del tablero, ahora está protegido.

Magnus IV lo observó durante un largo momento, su mirada penetrante buscando algo en los ojos de su sobrino. Finalmente, asintió.

—Es tu decisión, y cargarás con las consecuencias de ella. Solo asegúrate de que tu confianza esté bien colocada.

Orión sostuvo la mirada de su tío.

—Siempre lo hago.

El emperador no respondió de inmediato, pero en su semblante se reflejaba la gravedad de la situación. La guerra avanzaba, las sombras del pasado volvían a la superficie, y el destino del imperio pendía de hilos cada vez más delgados.

Orión salió del palacio con el ceño fruncido, sintiendo cómo la frustración le ardía en el pecho. No podía entender por qué su tío insistía en ir a la guerra mientras él debía quedarse en la capital. ¿De qué servía ser el heredero si no podía estar en el campo de batalla, donde realmente se decidía el destino del imperio?

Apretó los puños y caminó con paso firme por los pasillos exteriores del palacio, buscando algo que le permitiera despejar su mente. Justo entonces, se cruzó con Lord Callidus, un hombre de mediana edad con una barba bien recortada y ropas adornadas con los emblemas de su casa. Era uno de los nobles más influyentes en el consejo, un estratega experimentado con años de servicio en la armada imperial.

—Lord Callidus —lo llamó Orión, deteniéndose frente a él—. Necesito saber la situación en el archipiélago. ¿No sería más sensato movilizar todas nuestras fuerzas de una vez?

El noble lo miró con curiosidad antes de responder.

—Mi señor, la situación en el archipiélago es tensa, pero no desesperada. Los rebeldes han consolidado su control sobre algunas islas menores, pero nuestras flotas aún dominan las rutas principales.

Orión negó con la cabeza, impaciente.

—Eso no durará si no actuamos rápido. Si el emperador está dispuesto a marchar al frente, ¿por qué no enviar la fuerza completa y acabar con esto de una vez?

Callidus cruzó los brazos, observándolo con un gesto de respeto, pero también con la calma de quien ha visto demasiadas campañas.

—Porque la guerra no solo se gana con fuerza bruta, mi señor. Si enviamos todas nuestras tropas a un solo frente, dejamos la capital y el resto de nuestras posesiones vulnerables. Además, los otros reinos y potencias están observando. Si perciben debilidad, podrían aprovechar la oportunidad.

Orión exhaló con frustración, comprendiendo la lógica, pero sin compartirla del todo.

—Entonces, ¿vamos a seguir prolongando este conflicto?

—Vamos a asegurarnos de que lo ganemos sin perder más de lo necesario —respondió Callidus con firmeza—. El emperador lo sabe, por eso ha tomado esta decisión.

Orión permaneció en silencio unos segundos, masticando sus pensamientos. Seguía sin gustarle la idea, pero quizás había más en juego de lo que él podía ver desde su posición. Aun así, no estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados.

—Gracias por la información, Lord Callidus —dijo finalmente, aunque su tono indicaba que aún tenía asuntos que resolver.

El noble inclinó la cabeza y continuó su camino, dejando a Orión con la mirada fija en el horizonte. Si no podía ir a la guerra junto a su tío, encontraría otra forma de asegurarse de que el imperio no cayera en el caos.

“En Imperius, la sangre de reyes y la de traidores corre por los mismos ríos… y todos beben de ellos.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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