IMPERIUS - Capítulo 3
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 3: CAPÍTULO 2: LAS MAREAS DE LA GUERRA
El día de la partida del emperador Magnus IV Stormhaven quedó marcado por la marcha imponente de las tropas imperiales. Legiones de soldados se alineaban en perfecta disciplina mientras las flotas se alistaban para zarpar. Banderas con el emblema de Stormhaven ondeaban en los altos mástiles, reflejando el poderío de un imperio que no tenía intención de ceder territorio.
Orión observó en silencio desde lo alto de la fortaleza, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. No podía evitar sentir que su lugar estaba en el frente, pero su tío había dejado claro que alguien debía gobernar en su ausencia. Magnus IV no confiaba en dejar el trono vacío, y aunque Orión entendía la necesidad de asegurar el orden, le frustraba quedar relegado a la administración.
Apenas pasaron unas horas después de la partida del emperador cuando Orión convocó al consejo de guerra. Aunque tenía el título de regente, sabía que muchos nobles y oficiales aún lo veían como un joven guerrero más que como un gobernante. Su autoridad debía ser afirmada, y para ello, decidió salir de la capital.
—No se puede dirigir un imperio solo desde un trono —murmuró mientras revisaba un mapa estelar desplegado en su escritorio.
Su decisión fue clara: visitaría algunas de las regiones gobernadas por el Imperio para ver con sus propios ojos la situación de sus dominios. Quería conocer de cerca a sus súbditos, entender sus preocupaciones y evaluar personalmente la lealtad de los gobernantes locales.
—Mi señor, es arriesgado que abandone la capital en estos tiempos inciertos —advirtió un miembro del consejo.
—Es más arriesgado quedarnos ciegos ante la realidad del Imperio —replicó Orión con firmeza—. Si queremos mantener el control, debemos entender a quienes gobernamos.
Su primera parada sería en Zepharos, un reino vasallo que había sido incorporado al Imperio hace generaciones. Aunque oficialmente leal, había rumores de que su gobernante albergaba resentimientos por la falta de representación en el consejo imperial. Era el momento de descubrir la verdad.
El León Carmesí no sería un regente de mármol, sino uno que caminaría entre su pueblo.
Mientras Orión supervisaba los preparativos para su partida, su prometida apareció ante él, vestida para la ocasión. Llevaba una armadura ligera y un manto de viaje, su postura reflejaba determinación. Era evidente que no tenía intención de quedarse atrás.
—Voy contigo —dijo sin rodeos, cruzando los brazos mientras lo observaba con la misma intensidad que en los entrenamientos.
Orión suspiró, apartando la mirada hacia los mapas extendidos en la mesa. Ya había previsto que esto ocurriría.
—No es necesario —respondió con calma—. No voy a un campo de batalla, solo a evaluar la situación en los territorios vasallos.
—Aun así, sigue siendo peligroso —insistió ella, dando un paso al frente—. Si vas a conocer la opinión del pueblo, yo también debería hacerlo.
Orión negó con la cabeza.
—No voy a arriesgarte innecesariamente. Alguien debe permanecer aquí con Kassandro. Si algo sucede, quiero que tú y él se aseguren de que la capital no caiga en el caos.
Su prometida lo miró con seriedad, claramente frustrada por la decisión.
—Crees que no soy capaz de protegerme.
—No es eso —dijo Orión, suavizando su tono—. Pero si algo me ocurre, el Imperio te necesitará a ti.
Hubo un largo silencio entre ambos. Al final, ella suspiró y apartó la mirada.
—Haz lo que quieras.
Se giró con elegancia y salió de la sala sin más palabras. Orión la observó marcharse, sabiendo que aquella discusión no había terminado del todo. Pero por ahora, tenía que enfocarse en su misión.
Poco después, los preparativos estaban listos. Orión partiría con un contingente selecto, compuesto por sus hombres de confianza. Mientras subía a su nave, no pudo evitar pensar en las consecuencias de su decisión.
El León Carmesí dejaba la capital. Y con ello, los vientos de la guerra seguían soplando.
Orión siguió al Archimago Vaelthar por los pasillos de la gran ciudad flotante de Zepharos. A primera vista, el reino parecía próspero: calles limpias, ciudadanos con túnicas elegantes, mercados llenos de productos exóticos y una infraestructura que combinaba arquitectura imperial con elementos mágicos. Sin embargo, Orión sentía que algo no encajaba.
—Decidme, Archimago —dijo mientras avanzaban—, ¿qué es lo que la corte imperial no ve?
Vaelthar lo guió hasta un balcón que dominaba la ciudad. Desde allí, señaló hacia las afueras, más allá de los muros resplandecientes de la capital, donde la luz de los conductos arcanos se desvanecía en la lejanía.
—Esto es lo que ve un emperador desde su trono —explicó Vaelthar—. Un reino en orden, leal y majestuoso. Pero observad más allá de los muros.
Orión entrecerró los ojos y su visión se agudizó. Más allá del brillo de la ciudad, el paisaje cambiaba drásticamente. Las afueras estaban sumidas en la penumbra, con aldeas que apenas sobrevivían, campos marchitos y estructuras derruidas. No era la imagen de un reino floreciente, sino de una tierra desgastada y olvidada.
—¿Cómo es posible? —murmuró Orión, frunciendo el ceño—. Zepharos es uno de los reinos más ricos del imperio.
—Lo era —corrigió Vaelthar con serenidad—. Pero la guerra ha drenado nuestras reservas. La producción de cristales arcanos ha sido confiscada para abastecer el esfuerzo bélico del Imperio. Nuestros magos son reclutados para servir en los frentes y nuestra gente se queda con poco para sostenerse.
Orión sintió una punzada de incomodidad. Sabía que la guerra requería sacrificios, pero no había imaginado que el costo fuera tan alto para un reino vasallo tan crucial.
—No se nos informó de esta situación en la capital —dijo, cruzándose de brazos.
—Porque en la corte imperial solo se cuentan victorias, no las grietas que estas dejan detrás —Vaelthar lo miró con una expresión calculadora—. Vos, mi señor, sois el heredero designado. ¿Podéis permitiros ignorar estas grietas?
Orión respiró hondo. La lealtad de Zepharos era vital para la estabilidad del imperio, pero si el reino se debilitaba, pronto surgirían revueltas o, peor aún, alianzas en la sombra con enemigos del imperio.
—Esto debe corregirse —sentenció Orión—. Pero el Imperio necesita los recursos para la guerra. No podemos retirarnos ahora.
Vaelthar lo estudió en silencio antes de responder.
—No os pido que os retiréis, sino que miréis más allá del conflicto inmediato. Un imperio que solo sabe conquistar, pero no sostener, está condenado a desplomarse sobre sí mismo.
Orión no respondió de inmediato. En su interior, el guerrero y el futuro líder chocaban. Sabía que su tío jamás aceptaría reducir la presión sobre los vasallos en plena guerra, pero si Zepharos caía, otras regiones podrían seguir el mismo destino.
—Muéstrame más —dijo finalmente—. Quiero ver con mis propios ojos la verdad de este reino.
Vaelthar inclinó la cabeza con aprobación.
—Entonces preparaos, León Carmesí. Os llevaré a donde pocos nobles se atreven a pisar.
Sin dudarlo, Orión siguió al Archimago hacia las profundidades de Zepharos, dispuesto a enfrentar una realidad que amenazaba con cambiar su visión del Imperio.
Bajaron por pasadizos ocultos detrás del gran salón, descendiendo por escaleras de piedra iluminadas con antorchas encantadas que ardían con un fuego azul. A medida que avanzaban, el aire se volvía más denso, cargado de una energía que erizaba la piel de Orión. No era solo magia… era sufrimiento.
Finalmente, las puertas de metal rúnico se abrieron con un murmullo arcano, revelando una inmensa caverna subterránea. Orión se detuvo en seco.
La visión que se desplegaba ante él era espantosa. Miles de personas, hombres, mujeres e incluso niños, se encontraban reunidos en lo que parecían ser distritos enteros construidos bajo tierra. No eran casas, sino estructuras improvisadas, ruinas de un esplendor pasado, cubiertas de moho y polvo arcano. Sus habitantes vestían harapos, sus rostros marcados por la fatiga y la desesperación. Algunos tenían sus cuerpos cubiertos de marcas luminosas, rastros de magia drenada.
Orión sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué es esto? —su voz era un rugido contenido.
Vaelthar lo miró con solemnidad.
—Esto es el verdadero Zepharos, mi señor. Lo que veis en la superficie es una ilusión mantenida por la magia del Archirrey. Pero aquí, en las profundidades, se encuentra la verdad. Nuestro reino está muriendo.
Orión avanzó entre la multitud. Las personas se apartaban a su paso, sus miradas reflejaban tanto miedo como esperanza. Algunos susurraban su título: León Carmesí. Otros lo miraban con resentimiento, como si él fuese solo otro noble ajeno a su sufrimiento.
—El Archirrey ha usado su propio poder vital para sostener la grandeza de Zepharos durante décadas —continuó Vaelthar—. Pero todo tiene un precio. Su cuerpo y su mente están colapsando, y cuando él muera, la fachada del reino caerá.
Orión cerró los puños. Todo esto estaba ocurriendo en un territorio del Imperio y ni siquiera el Emperador lo sabía… o quizá lo sabía y había decidido ignorarlo.
—¿Por qué permitieron que esto llegara tan lejos?
—Porque no teníamos opción —respondió el Archimago con voz grave—. Si el pueblo de la superficie se entera de la verdad, habrá un colapso total. Se desatará el caos. Y si el Imperio descubre que el Archirrey ha fallado en gobernar, no dudará en reemplazarlo… y en castigar a Zepharos.
Orión respiró hondo, tratando de controlar la rabia.
—¿Cuánto tiempo le queda al Archirrey?
—Semanas… tal vez días.
Orión desvió la mirada hacia la multitud, hacia esos ojos que lo observaban con una mezcla de súplica y desconfianza. Esto no era solo un problema de Zepharos, sino del Imperio. Si este reino caía, otros podrían seguirle.
—Llévame con él. Ahora.
Vaelthar asintió y, sin perder más tiempo, lo guió de regreso a la superficie, hacia la torre donde el Archirrey yacía moribundo en su lecho de agonía.
Orión cruzó los grandes corredores de la torre con paso firme, sintiendo la tensión. La magia del lugar parecía más débil aquí, como si las estructuras mismas estuvieran colapsando junto con su gobernante. Vaelthar lo guió hasta una cámara rodeada de estatuas antiguas y tapices descoloridos que narraban la gloria pasada de Zepharos.
El Archirrey yacía en un lecho cubierto con telas de seda que ya habían perdido su esplendor. Su piel estaba pálida, casi translúcida, y venas de luz arcana recorrían su cuerpo como grietas en un cristal a punto de romperse. Sus ojos, hundidos y febriles, se posaron sobre Orión con una mezcla de resignación y curiosidad.
—Así que finalmente el Imperio ha enviado a uno de los suyos —su voz era apenas un susurro—. El León Carmesí, el heredero del fuego de Stormhaven…
Orión lo observó con atención. Este hombre había mantenido su reino próspero a un costo terrible. Era un sacrificio que cualquiera consideraría noble… pero no podía ignorar el precio que pagaban los ciudadanos de Zepharos.
—Valoraré vuestro esfuerzo —dijo Orión con seriedad—. No dudo de vuestro compromiso con vuestro pueblo ni de la carga que habéis llevado todos estos años… pero vuestro método ha condenado a generaciones a la miseria.
El Archirrey dejó escapar una débil risa, como si ya esperara esas palabras.
—¿Y qué habríais hecho vos en mi lugar, general? ¿Dejar que Zepharos cayera en la ruina o en manos de invasores? ¿Dejar que su gente muriera de hambre?
Orión lo miró sin pestañear.
—La guerra es una realidad, mi señor. Pero ahora estoy aquí para poner orden.
El silencio se hizo pesado en la habitación. El Archirrey cerró los ojos un momento, como si estuviera reuniendo fuerzas, y luego asintió con lentitud.
—Entonces os lo dejo a vos… si creéis que hay un camino mejor, tomadlo.
Orión se dio la vuelta sin perder más tiempo y extendió la mano hacia su cinturón, donde un cristal tallado con inscripciones arcanas comenzó a brillar. La sala se iluminó con un resplandor azul, y en cuestión de segundos, una imagen holográfica se proyectó ante él: el salón de guerra en la capital imperial.
Al otro lado del canal de comunicación, varios ministros y estrategas se volvieron para ver la imponente figura de Orión.
—Aquí el Gran Duque Orión Stormhaven, transmitiendo desde Zepharos —su voz era firme y clara—. La situación aquí es crítica. La prosperidad del reino ha sido sostenida por métodos insostenibles, y el colapso es inminente.
Los rostros al otro lado de la proyección reflejaban sorpresa y preocupación.
—Solicito el envío inmediato de recursos y suministros para mitigar la crisis. No podemos permitir que una de nuestras provincias más importantes caiga en la anarquía.
Hubo un murmullo entre los consejeros antes de que una voz respondiera:
—Entendido, mi señor. Se enviarán refuerzos y ayuda humanitaria en cuanto podamos organizar la logística.
Orión asintió.
—Pero dejad algo claro a la nobleza de Zepharos —añadió, mirando de reojo a Vaelthar—Les doy un ultimátum. A partir de este momento, el gobierno de este reino responderá directamente ante mí. Si veo que siguen permitiendo que su pueblo se hunda en la desesperación mientras ellos mantienen su estilo de vida, no tendré piedad.
El silencio al otro lado del cristal fue la única respuesta. Finalmente, una voz murmuró:
—Como ordenéis, Gran Duque.
Orión cortó la conexión y giró para mirar al Archirrey.
—Vuestro pueblo sufrirá cambios… pero sobrevivirá. Y si este reino sigue en pie, será porque aprendió a sostenerse sin condenar a su gente.
Vaelthar lo miró con atención, como si midiera sus palabras, y finalmente inclinó la cabeza con respeto.
—Tal vez, después de todo, el León Carmesí sea el líder que este Imperio necesita.
Orión no respondió. Todavía quedaba mucho por hacer.
Orión se giró con intención de marcharse, pero antes de que pudiera dar un paso, un joven se interpuso en su camino. La sala quedó en silencio al instante. Los guardias de Orión reaccionaron con reflejos entrenados, colocando manos en las empuñaduras de sus armas. La tensión se volvió sofocante.
El príncipe de Zepharos, hijo del Archirrey, se mantenía firme, con el ceño fruncido y la mirada encendida. No se arrodilló, no bajó la cabeza, sino que sostuvo la mirada de Orión con un desafío silencioso.
—No puedes venir aquí, juzgarnos y luego simplemente dar órdenes como si fuéramos tus súbditos sin voluntad —dijo, con la voz contenida pero tensa—. Nosotros somos Zepharos, no simples piezas de tu Imperio.
Vaelthar, el Archimago, se adelantó de inmediato con una reverencia.
—Perdonad la impulsividad de mi aprendiz, Gran Duque. Ha crecido en tiempos difíciles y no entiende aún el peso de la diplomacia imperial.
Orión levantó una mano, indicando a sus hombres que bajaran la guardia. Miró al joven príncipe sin inmutarse.
—Si defiendes tanto a tu pueblo, ¿por qué permites que sufras los estragos de una política que ya no funciona? —preguntó con tono tranquilo, pero con una firmeza inquebrantable—. No es orgullo lo que los mantendrá con vida, sino la capacidad de adaptarse.
El joven apretó los puños.
—Nosotros hemos sobrevivido sin la ayuda del Imperio durante años —respondió con fiereza—. Y cuando al fin voltean a vernos, lo hacen con amenazas y ultimátums.
Orión ladeó apenas la cabeza.
—No vine a dar amenazas, pero tampoco a perder el tiempo con discursos vacíos. Zepharos no puede seguir así, y lo sabes.
El príncipe inspiró con fuerza, conteniéndose, hasta que su padre, el Archirrey, alzó la voz desde su lecho con un tono cansado pero autoritario.
—Basta… No es nuestro enemigo.
El joven tensó la mandíbula, pero bajó la mirada por respeto.
Orión no apartó su atención de él.
—Si de verdad crees en lo que dices, demuéstramelo. Muéstrame lo que ves en Zepharos que yo no.
El príncipe lo miró con cautela, antes de asentir lentamente.
—Sígueme, entonces. Verás lo que significa realmente ser de este reino.
Orión mantuvo su porte firme mientras el joven príncipe se giraba con brusquedad y avanzaba hacia las puertas de la sala. Vaelthar, el Archimago, observó la escena con un suspiro silencioso antes de seguirlos, mientras los guardias de Orión mantenían la vigilancia con ojos afilados, listos para cualquier eventualidad.
El recorrido los llevó más allá de los pasillos ornamentados del palacio, cruzando corredores menos transitados y descendiendo por escaleras de piedra desgastada por el tiempo. Zepharos, con su apariencia majestuosa y su cultura mágica, ocultaba muchas sombras que Orión aún no había explorado.
—Has visto la corte y la cara amable del reino —dijo el príncipe mientras caminaban—, pero eso no es todo. Lo que te voy a mostrar es la realidad que tu Imperio ignora.
Atravesaron una gran puerta de hierro rúnico que rechinó al abrirse, revelando una ciudad subterránea oculta bajo la gran capital de Zepharos. Orión frunció el ceño al ver los estrechos callejones llenos de ciudadanos vestidos con túnicas raídas, niños de rostros delgados corriendo entre puestos de mercado improvisados, y magos menores canalizando energías arcanas solo para encender antorchas o purificar el agua.
—Esta gente no es solo pobre —murmuró Orión, analizando la escena—. Viven con miedo.
El príncipe le dedicó una mirada seria.
—Viven con miedo de que el Imperio los abandone como lo hizo antes.
Orión lo encaró de inmediato.
—No es cierto. Zepharos ha sido un reino vasallo desde hace generaciones.
—Sí, pero uno relegado a la periferia. Desde que nuestros ancestros aceptaron someterse, se nos consideró un bastión secundario, un simple puesto avanzado para la guerra. No somos Norathis ni Velkaris, con sus flotas y ejércitos. Somos una reliquia de una era olvidada.
Orión recorrió el lugar con la mirada, fijándose en los ciudadanos que bajaban la cabeza al verlos pasar. Hombres y mujeres con marcas de quemaduras arcanas, otros con cicatrices de antiguos experimentos.
—¿Qué han hecho aquí?
Vaelthar, el Archimago, respondió con voz grave.
—Zepharos fue el hogar de la investigación mágica del Imperio… pero los experimentos fallidos y la guerra nos convirtieron en esto. Nos dejaron atrás.
Orión cerró los ojos por un momento, comprendiendo el peso de aquellas palabras. No era solo la guerra lo que había empobrecido a Zepharos. Era la negligencia.
—Por eso no quieren nuestra intervención… porque creen que solo traeremos más ruina.
El príncipe asintió.
—Exactamente.
Orión inhaló hondo, antes de hablar con firmeza.
—Pero yo no vine aquí para abandonarlos de nuevo.
El joven apretó los dientes, pero esta vez no replicó. En sus ojos había rabia… pero también una chispa de esperanza.
Orión vio suficiente y se dispuso a volver a la capital. Al llegar, el Canciller y parte del alto consejo lo estaban esperando, listos para confrontarlo. Apenas cruzó las puertas de la sala del consejo, las miradas inquisitivas se posaron sobre él.
—Príncipe Orión —comenzó el Canciller con tono rígido—. Debemos hablar sobre sus recientes órdenes en Zepharos.
Los consejeros asintieron en acuerdo. Había murmullos de desaprobación en la sala. No tardaron en empezar a cuestionar sus decisiones, acusándolo de haber actuado unilateralmente sin consultar al consejo ni respetar las políticas establecidas.
—Ha enviado recursos sin aprobación. Ha interferido en el gobierno de un reino vasallo sin autorización imperial —acusó uno de los consejeros más veteranos—. Su actuar es imprudente.
Orión se mantuvo firme en su postura, dejando que su mirada recorriera la sala antes de responder.
—Lo que es imprudente es haber ignorado Zepharos todo este tiempo —su voz sonaba cortante—. ¿Saben lo que vi? Magia prohibida usada contra su propia gente, un reino que se ahoga en su propia decadencia, ciudadanos temerosos de que su propio emperador los haya abandonado.
Los murmullos crecieron. Algunos consejeros intercambiaron miradas incómodas, pero el Canciller no parecía impresionado.
—Zepharos ha permanecido estable hasta ahora. Su intervención podría traer consecuencias que aún no ha considerado —replicó con frialdad.
Orión entrecerró los ojos.
—Las consecuencias de la negligencia ya estaban a la vista. Lo único que he hecho es evitar que estallen en una crisis mayor. No voy a permitir que una región tan crucial para el Imperio se convierta en un foco de rebelión solo porque el consejo prefirió mirar hacia otro lado.
El ambiente se tensó. La confrontación parecía escalar, pero Orión no retrocedió.
—Soy el regente en ausencia del Emperador. He dado una orden, y se cumplirá. Zepharos recibirá la ayuda que necesita, pero su gobierno también ha recibido un ultimátum.
El Canciller lo observó en silencio, como si estuviera evaluándolo.
Las puertas del salón se abrieron con un golpe seco, y la atmósfera cargada de tensión se espesó aún más cuando Kassandro irrumpió en la sala. Sus ojos, fríos y afilados, recorrieron a los presentes con desdén antes de posarse en el Canciller.
—¿Desde cuándo las órdenes del regente son motivo de discusión? —soltó con una mezcla de furia y burla.
El Canciller, impasible, mantuvo su porte sereno, aunque sus dedos tamborileaban sobre el brazo de su asiento.
—Desde que el regente toma decisiones sin consultar al consejo.
Kassandro dejó escapar una carcajada seca, cruzando la sala con pasos lentos y calculados hasta quedar junto a Orión.
—Vaya, qué conveniente. Cuando conviene al Imperio, se espera que el regente tenga plena autoridad, pero cuando no, de repente el consejo reclama su lugar. ¿Dónde estabas cuando Zepharos comenzó a colapsar? ¿O cuando Orión tuvo que tomar las riendas para evitar una crisis?
Los nobles murmuraron entre sí, incómodos. El Canciller entrecerró los ojos, pero su voz se mantuvo firme.
—Zepharos sigue bajo control. Lo que hizo el regente fue una demostración innecesaria de poder.
—¿Innecesaria? —Orión finalmente habló, con tono grave y contenido, pero con un filo innegable—. Lo que vi en Zepharos no era el reflejo de un reino vasallo próspero, sino el de una tierra al borde del colapso, sofocada por las propias sombras de nuestra administración. No tenía tiempo para esperar la deliberación de este consejo.
El Canciller mantuvo la mirada fija en él, pero no replicó de inmediato.
Kassandro chasqueó la lengua y se cruzó de brazos.
Kassandro exhaló con frustración y miró a los nobles del consejo con evidente desdén.
—Esto no es un juego de palabras ni una cuestión de orgullo —dijo con un tono afilado—. Orión ha actuado con la autoridad que se le otorgó. Zepharos estaba al borde del colapso, y ustedes, en su comodidad, prefieren cuestionar su decisión en lugar de aceptar la realidad.
El murmullo entre los consejeros creció, pero ninguno se atrevió a responder de inmediato.
Orión sostuvo la mirada del Canciller y luego recorrió a los demás con una calma férrea.
—Si alguien aquí cree que mis órdenes fueron un error, que lo diga ahora. Pero que lo haga con una solución en la mano, no con reproches vacíos.
El silencio fue su única respuesta.
Kassandro dejó escapar una risa seca y se giró hacia Orión con una expresión de ironía.
—Vaya, parece que el consejo ha perdido la voz cuando se trata de tomar acción.
Orión no sonrió. En cambio, volvió a mirar al Canciller con una mirada severa.
—Mis órdenes se mantienen. Zepharos recibirá la asistencia que necesita, pero también deberá cumplir con el ultimátum que le fue dado. Esto no es negociable.
El Canciller apretó la mandíbula, pero asintió con rigidez.
—Como ordenéis, regente.
Orión sostuvo su mirada por un segundo más antes de dar media vuelta y salir del salón con paso firme. Kassandro lo siguió, mientras detrás de ellos quedaba una sala llena de nobles que, aunque callaban, claramente no estaban conformes.
Poco después, Orión salió con Kassandro y se dirigió a sus aposentos. La tensión aún pesaba sobre sus hombros, pero necesitaba un momento para organizar sus pensamientos.
Al entrar en la estancia, un sirviente se acercó en silencio, inclinando la cabeza antes de ofrecerle una copa de vino especiado. Orión la tomó sin decir palabra, girándola entre sus dedos mientras su mirada se perdía en la tenue luz de las lámparas de aceite.
Kassandro lo observó por un momento antes de hablar.
—Eso estuvo cerca —murmuró, apoyándose contra la pared con los brazos cruzados—. Por un instante, consideré que podrías tomar una decisión contundente de inmediato.
Orión soltó un resoplido antes de dar un sorbo a su copa.
—Si lo hubiera hecho, habría sido demasiado rápido para ellos. Prefiero verlos retorcerse en su propio veneno.
Kassandro dejó escapar una breve risa, pero su expresión se tornó seria de inmediato.
—El Canciller no dejará pasar esto. Has desafiado su autoridad ante todo el consejo.
Orión apoyó la copa sobre la mesa con un leve golpe.
—No es su autoridad la que debe preocuparme, sino la estabilidad del imperio. Lo que vi en Zepharos es solo una muestra de lo que ocurre en otras regiones. Si seguimos ignorando la realidad, esta guerra nos destruirá desde adentro antes de que nuestros enemigos siquiera lo intenten.
Kassandro asintió lentamente, analizando las palabras de su primo.
—Entonces, ¿qué harás ahora?
Orión se levantó, caminando hasta la ventana donde las luces de la capital brillaban en la noche.
—Lo que sea necesario.
Poco después, su prometida, Thessalia Stormhaven, llegó para hablar con él a solas. Llevaba un vestido oscuro de telas ligeras, pero su porte era el de siempre: firme, seguro, con la elegancia de alguien que sabía que su lugar en el imperio no se lo debía a nadie más que a sí misma.
—Lo que hiciste estuvo bien —dijo, cruzando los brazos mientras lo observaba con atención—. Solo que no sé qué tan bueno será para ti perder popularidad con el consejo.
Orión suspiró y miró por la ventana del salón, desde donde contemplaba la ciudad imperial iluminada y sus torres doradas. El imperio, pensó, se construyó con conquistas, no palabras.
—No me importa el consejo —gruñó, apoyando una mano en el borde de la mesa con impaciencia—. Todos ellos son hombres que jamás han pisado un campo de batalla, pero se creen con derecho a decidir el destino del imperio.
Thessalia soltó un suspiro leve y se acercó unos pasos.
—Ese es el problema, Orión. Puedes despreciarlos todo lo que quieras, pero el poder no solo se sostiene con la espada. La política es un campo de batalla diferente, y aunque lo odies, es uno en el que tienes que aprender a moverte.
Él la miró de reojo, con la mandíbula tensa.
—Yo no soy un político. No quiero serlo.
Thessalia lo sostuvo con la mirada, sin dejarse intimidar por su tono.
—Pero eres el heredero del imperio, te guste o no. Y si sigues actuando solo como un guerrero, te van a devorar antes de que siquiera puedas sentarte en el trono.
Orión se quedó en silencio. No porque no tuviera respuesta, sino porque, en el fondo, sabía que tenía razón. Pero admitirlo era otra historia.
Pasaron algunos días, y Orión se había adentrado de lleno en las tareas administrativas del imperio. No era algo que disfrutara, pero entendía que, al menos por ahora, gobernar no solo significaba liderar ejércitos, sino también mantener el orden dentro de sus propios dominios. Se dedicó a revisar informes de los generales, discutir estrategias con los consejeros y firmar decretos sobre el mantenimiento de las provincias más alejadas. Sin embargo, la burocracia lo exasperaba. Demasiadas palabras vacías, demasiados hombres preocupados por mantener su posición en la corte en lugar de ocuparse de las verdaderas necesidades del imperio.
Una tarde, sintiendo la necesidad de despejar su mente, decidió recorrer las afueras de la ciudad imperial sin escoltas ostentosas ni anuncios de su presencia. Vestía una túnica sencilla, aunque su porte y su cabello oscuro lo delataban como alguien de alto rango. Kassandro lo acompañaba, junto a un pequeño grupo de soldados vestidos de manera discreta.
Al acercarse a las periferias, observó un grupo de aldeanos reunidos frente a una de las puertas laterales del palacio. Eran aproximadamente veinte personas, principalmente ancianos y mujeres, con vestimenta desgastada. Había un ambiente de tensión en la zona, y antes de poder analizar más, presenció cómo miembros de la Guardia Imperial los apartaban y desplazaban del lugar.
—¡Retírense! —rugió uno de los oficiales de la guardia, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla—. ¡No tienen derecho a estar aquí!
Un anciano cayó al suelo con un golpe seco, su bastón rodó lejos, y una mujer intentó ayudarlo mientras los soldados seguían empujando.
Orión frunció el ceño y, sin pensarlo, hizo un gesto a Kassandro.
—Averigua qué sucede.
Kassandro asintió y avanzó unos pasos, preguntando con voz firme. Uno de los guardias imperiales lo reconoció de inmediato y adoptó una postura más rígida.
—Mi señor, solo son plebeyos causando disturbios. No hay nada que requiera su atención.
Orión apenas había avanzado un poco cuando uno de los aldeanos, un hombre de unos cuarenta años levantó la voz.
—¡Por favor! ¡Solo queremos hablar con alguien! ¡Mi hijo… mi hijo murió en la guerra y ni siquiera nos han dado su cuerpo!
Orión se detuvo en seco.
El murmullo aumentó y un nombre destacó: Galen Voskar.
El nombre no le era desconocido. Galen Voskar había sido un soldado de la Legión Carmesí, uno de los regimientos de élite del ejército imperial. Se había distinguido en batalla en las Islas Negras, luchando contra las fuerzas rebeldes que habían hostigado la frontera sur del imperio.
Orión entrecerró los ojos y miró a Kassandro, quien entendió la orden sin necesidad de palabras.
—Tráiganme a quien tenga información sobre esto —ordenó Kassandro a los guardias.
Pero antes de que los soldados pudieran moverse, una voz seca y condescendiente se hizo escuchar detrás de ellos.
—No hace falta, Gran Duque.
Orión notó la presencia de varios miembros del Consejo Nobiliario, entre ellos Duque Castor Velian, un hombre de mediana edad, de cabello oscuro bien peinado y vestido con una túnica azul con el emblema de un águila dorada sobre plata.
—Son simples campesinos —dijo Velian con desdén—. No hay razón para atender sus quejas. Lo mejor es ignorarlos y que la Guardia los disperse. No podemos permitir que la plebe comience a creer que puede exigir audiencias cada vez que le plazca.
Orión lo miró con frialdad.
—Dicen que su hijo murió en servicio.
Velian soltó un suspiro, como si la conversación lo aburriera.
—Miles de soldados mueren en servicio. Es el precio de la guerra.
—…Y exigen su cuerpo.
—Los cuerpos no siempre pueden ser recuperados —respondió Velian con indiferencia—Además, la burocracia es clara en estos asuntos. La manutención de los soldados caídos se paga cuando la administración lo determina. No podemos cambiar los procedimientos solo porque un puñado de campesinos llore más fuerte que otros.
Orión sintió enojo. Galen Voskar no era solo un campesino; murió luchando por el imperio. Si hombres como él daban su vida, lo mínimo era asegurar que sus familias recibieran lo que les correspondía.
—Llévalos al salón principal —ordenó de inmediato.
Velian frunció el ceño.
—Eso es innecesario, Gran Duque. No tiene sentido…
Orión lo ignoró y avanzó.
En cuestión de minutos, los aldeanos fueron llevados a una audiencia privada en la sala de reuniones. Se les permitió limpiar un poco el polvo del camino, aunque su incomodidad era evidente. Kassandro se mantenía a un lado, en silencio, pero atento, mientras Velian y otros miembros del consejo miraban la escena con desdén.
El padre de Galen, un hombre de cabello encanecido y rostro marcado por la fatiga fue el primero en hablar.
—Mi hijo sirvió con honor, mi señor —su voz temblaba, pero su determinación era firme—. Murió en la guerra, y nos dijeron que nos pagarían la manutención que le correspondía por su servicio. Pero han pasado meses y no hemos recibido ni una moneda. Solo queremos lo que se nos prometió… y traer su cuerpo a casa.
Orión permaneció en silencio un momento antes de girarse hacia uno de los administradores que llevaban los registros militares.
—¿Por qué no se ha pagado la compensación?
El hombre, un escriba de rostro flaco y ojos evasivos, tragó saliva antes de responder.
—Ha habido… retrasos en los pagos de algunos regimientos, mi señor. Los fondos fueron reasignados para mantener el esfuerzo de guerra en el frente…
—¿Así que robamos a los muertos para seguir luchando? —Orión interrumpió con un tono gélido.
El escriba palideció.
Velian intervino de inmediato.
—Los recursos son limitados, Gran Duque. No podemos malgastarlos en cuestiones menores cuando el imperio está en guerra.
Orión lo miró directamente a los ojos.
—Un hombre que da su vida por el imperio no es una “cuestión menor”.
El silencio en la sala fue absoluto.
Orión se levantó de su asiento y avanzó hasta quedar frente a la familia de Galen.
—Se les pagará la manutención completa de su hijo de inmediato. Y si su cuerpo puede ser recuperado, haré que lo traigan a casa.
Los ojos del anciano se llenaron de lágrimas. Su esposa sollozó, cubriéndose la boca con las manos.
Velian resopló con irritación.
—Esto sentará un precedente, Gran Duque.
Orión lo fulminó con la mirada.
—Sí. Que el imperio no olvida a los que mueren por él.
Con esas palabras, la audiencia terminó. Pero Orión sabía que esto no se detendría ahí. Había demasiados hombres como Galen Voskar, y demasiadas familias esperando justicia.
Y él se encargaría de que la recibieran.
Poco después, cuando el asunto de la compensación a la familia de Galen Voskar aún no había sido completamente zanjado, un soldado de la Guardia Imperial se acercó con paso firme a Kassandro, con el rostro tenso y una expresión que no auguraba buenas noticias.
—Mi señor, un mensaje urgente para el Gran Duque.
Kassandro tomó el pergamino sellado y lo desenrolló con un gesto ágil. Sus ojos recorrieron las líneas escritas con rapidez, y su expresión se endureció al instante.
Orión, que aún se mantenía en la sala principal con los aldeanos y los nobles del consejo, notó la reacción de su primo de inmediato.
—¿Qué ocurre? —preguntó con un tono grave.
Kassandro no respondió de inmediato. En su lugar, avanzó hasta quedar junto a Orión y le tendió el pergamino.
—Léelo tú mismo.
Orión tomó el documento y, al hacerlo, sintió una extraña pesadez en el ambiente. Sus ojos se deslizaron sobre la caligrafía, y con cada línea que leía, su semblante se volvía más sombrío.
El mensaje informaba sobre un incidente en la región de Caeloria, una de las zonas más prósperas del imperio, hogar de familias de comerciantes influyentes, altos funcionarios y nobles menores que manejaban gran parte de la riqueza de la capital.
Un joven noble, Alethius Marcellus, hijo de Duke Gaius Marcellus, había sido acusado de abusar de la hija de un aldeano y luego de negarse a hacerse responsable del embarazo que había resultado de ese crimen.
Orión cerró los ojos por un momento, sintiendo la ira bullir en su interior.
—¿Quién informó sobre esto?
—El gobernador de Caeloria recibió la denuncia directamente de la familia afectada —respondió Kassandro—. La madre de la joven fue quien llevó el caso ante las autoridades locales, pero los funcionarios intentaron encubrirlo para evitar un escándalo. Cuando los rumores empezaron a circular, el gobernador se vio obligado a redactar este informe y enviarlo directamente a la capital.
Orión dejó escapar un suspiro pesado y se pasó una mano por el rostro, tratando de contener su creciente frustración.
—Dime que al menos el bastardo de Marcellus está bajo custodia.
Kassandro negó con la cabeza.
—No. Está protegido por la influencia de su familia. Su padre, Duke Gaius Marcellus, es un hombre con muchos aliados en el consejo nobiliario. No solo ha negado cualquier acusación contra su hijo, sino que ha presionado para que el asunto sea desestimado por “falta de pruebas”.
Orión sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era la primera vez que escuchaba de nobles corruptos utilizando su influencia para evadir la justicia, pero este caso era particularmente despreciable.
—¿Quién es la joven? —preguntó finalmente, con la voz tensa.
Kassandro revisó de nuevo el pergamino.
—Elyana Tarquin, hija de Marek Tarquin, un comerciante de especias y artesanos de Caeloria. No es noble, pero su familia es influyente dentro de la economía de la región. Según la denuncia, Elyana fue atacada hace más de tres meses, pero el miedo y la presión de la casa Marcellus hicieron que su familia guardara silencio hasta ahora.
Orión dejó el pergamino sobre la mesa con un golpe seco.
Los nobles del consejo, que aún estaban en la sala tras la audiencia con los aldeanos, intercambiaron miradas incómodas. Sabían que lo que acababan de leer no era un asunto menor.
Duke Castor Velian, quien ya había mostrado su desdén por los plebeyos momentos antes, fue el primero en hablar.
—Gran Duque, este es un asunto… delicado.
Orión alzó la mirada con frialdad.
—No veo nada delicado en ello, Velian. Es un crimen.
El duque chasqueó la lengua, como si la conversación lo fastidiara.
—Es el hijo de un duque. No podemos permitir que un escándalo de esta magnitud ponga en peligro la estabilidad de nuestras relaciones con la nobleza de Caeloria.
Orión apretó los puños con fuerza.
—Lo que pone en peligro la estabilidad del imperio es que un noble pueda cometer atrocidades impunemente.
Velian arqueó una ceja, y su tono se volvió más ácido.
—¿Y qué sugieres, Gran Duque? ¿Que hagamos una demostración pública de justicia y humillemos a una de las casas más ricas de la capital?
—Exactamente.
Se produjo un silencio absoluto en la sala.
Uno de los consejeros, Lord Regulus Varro, un hombre de avanzada edad conocido por su voz mesurada y expresión analítica, intervino empleando un tono marcadamente diplomático.
—Entendemos tu postura, Gran Duque, pero piénsalo bien. Si tomas acciones drásticas contra Duke Marcellus, te ganarás un enemigo poderoso dentro del consejo.
Orión apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, mostrando ira en su mirada.
—Si el imperio no es capaz de castigar a sus propios nobles por crímenes como este, entonces no somos diferentes de los bárbaros que decimos civilizar.
Hubo un murmullo entre los nobles. Algunos asentían con cautela, otros evitaban su mirada.
Kassandro se cruzó de brazos y habló con tono despreocupado, pero con un filo peligroso en su voz.
—Si dejamos que esto pase, solo enviaremos un mensaje: que la nobleza puede hacer lo que le plazca sin consecuencias. Y, personalmente, me parece un mensaje bastante estúpido.
Velian resopló, molesto.
—¿Y qué propones entonces, Gran Duque?
Orión enderezó la postura y su expresión se endureció aún más.
—Voy a viajar a Caeloria personalmente. Voy a interrogar a Duke Gaius Marcellus y a su hijo. Y si encuentro la más mínima evidencia de que esto es cierto, haré que Alethius Marcellus enfrente juicio imperial.
Velian dejó escapar una carcajada seca.
—No puedes estar hablando en serio…
—¿Acaso parezco estar bromeando?
El silencio volvió a reinar en la sala.
Orión respiró hondo y miró a Kassandro.
—Prepara a la Guardia Carmesí. Partimos en la mañana.
Kassandro sonrió con diversión.
—Será un viaje interesante.
Horas más tarde, en sus aposentos privados, Orión discutió el asunto con Thessalia.
Ella lo escuchó sin mostrar reacción, con los dedos entrelazados. Al concluir Orión, ella inclinó la cabeza ligeramente.
—Así que planeas hacer público el asunto.
—Sí. No puedo dejar que lo encubran.
Thessalia soltó un suspiro y lo miró fijamente.
—Eso es exactamente lo que quiere Duke Marcellus. Si lo enfrentas directamente, solo reforzarás su poder al convertirlo en un enemigo abierto. En cambio…
Orión frunció el ceño.
—¿En cambio, ¿qué?
Thessalia se inclinó ligeramente hacia él.
—Oblígalo a aceptar el escándalo en privado. Que su hijo pague una dote a la familia Tarquín, que se case con la muchacha o, al menos, que la mantenga a ella y al hijo que espera. Si lo llevas ante juicio, se convertirá en una guerra política. Si lo manejas en secreto, lo doblegas sin que pueda rebelarse.
Orión se quedó en silencio, contemplando sus palabras.
—Si lo dejas vivir con la humillación —continuó Thessalia—, no te ganarás un enemigo. Te ganarás un noble endeudado contigo.
Orión respiró hondo. No le gustaba, pero tenía que admitir que era una jugada inteligente.
Finalmente, asintió.
—Mañana viajaremos a Caeloria. Pero no para castigar a Marcellus… sino para domesticarlo.
El traslado a Caeloria se efectuó de manera eficiente, mientras Orión experimentaba una firme acumulación de tensión durante el trayecto. Lo acompañaba un grupo selecto de la Guardia Carmesí, integrado por individuos de confianza plenamente conscientes de la relevancia de su presencia en la ciudad. Kassandro también formaba parte de la comitiva y, pese a la aparente seriedad de la misión, mantuvo una disposición relajada, como si enfrentara una tarea rutinaria dentro de las habituales dinámicas de la nobleza imperial.
Cuando llegaron a Caeloria, encontraron una ciudad en aparente calma. Sus calles amplias y llenas de mercados bulliciosos reflejaban la riqueza de la región, pero Orión notó las miradas furtivas de los comerciantes y la rigidez en los guardias locales. Todos sabían por qué estaba allí, y aunque la mayoría de los ciudadanos no se atrevían a mencionar el incidente en voz alta, el rumor ya había corrido.
Los visitantes llegaron al Palacio Marcellus, una imponente fortaleza adornada con columnas de mármol y banderas que exhibían la insignia del águila plateada, símbolo de la casa Marcellus. En el salón del trono, el duque Gaius Marcellus —un hombre corpulento de unos cincuenta años, cuyo rostro reflejaba el paso del tiempo— esperaba junto a su esposa y otros representantes de la nobleza local.
Orión entró decidido y miró a todos antes de fijar la vista en el duque.
—Gran Duque Stormhaven —dijo Gaius con un tono cuidadosamente medido—. Es un honor recibirlo en nuestra humilde morada.
Orión lo miró fijamente, sin corresponderle el saludo con la misma cortesía.
—Sabes bien por qué estoy aquí, Gaius.
El duque inclinó la cabeza en una leve reverencia, pero en su mirada había un destello de resentimiento apenas disimulado.
—He escuchado los rumores, mi señor. Son… desafortunados.
Orión dejó escapar un leve resoplido.
—No son rumores. Son hechos. Y estoy aquí para corregirlos.
Los nobles intercambiaron miradas tensas. Gaius, sin perder la compostura, extendió un brazo en un gesto de falsa hospitalidad.
—Por supuesto. Confiamos plenamente en su juicio, Gran Duque. Podemos discutirlo en privado.
Orión no respondió, pero dejó que lo guiara a una sala más discreta dentro del palacio, acompañado por Kassandro y algunos de sus hombres.
Dentro de la sala, un muchacho de unos veinte años esperaba de pie. Alethius Marcellus, hijo del duque, tenía una complexión delgada, pero no por falta de entrenamiento, sino porque en su semblante había una fragilidad evidente. Su rostro estaba pálido, su postura rígida y sus manos temblaban ligeramente.
Orión lo miró con desprecio. Sabía reconocer a los cobardes cuando los veía.
—¿Tienes algo que decir en tu defensa? —preguntó con frialdad.
Alethius tragó saliva.
—Yo… —Su voz apenas era un susurro—. No… no fue como dicen…
Orión sintió que la rabia le hervía en la sangre. Dio un paso al frente, reduciendo la distancia entre ambos hasta que el joven sintió su presencia como una sombra pesada sobre él.
—Mírame a los ojos y dime que no hiciste lo que se te acusa —le ordenó.
Alethius alzó la mirada con dificultad. Sus labios se abrieron, pero no pronunció palabra alguna. Sus ojos delataban el miedo de un hombre que sabía que no tenía escapatoria.
Orión apretó la mandíbula y se giró hacia el duque.
—Tu hijo es un cobarde y un criminal. En otras circunstancias, lo haría colgar en la plaza de Caeloria como advertencia.
Gaius frunció el ceño, pero mantuvo su tono conciliador.
—Gran Duque, mi hijo cometió… un error de juventud. Pero no podemos dejar que esto destruya la estabilidad de nuestra familia ni de la región. Estoy dispuesto a enmendar el daño.
Orión sonrió con amargura.
—Por supuesto que lo estás. Porque sabes que, si esto se hace público, tu casa se vería arruinada.
El duque no lo negó. Simplemente esperó.
Orión inspiró profundamente. Las palabras de Thessalia resonaban en su mente; “No te ganes un enemigo cuando puedes convertirlo en un súbdito”.
Se giró nuevamente hacia Alethius.
—Vas a hacer exactamente lo que te ordeno, y este asunto quedará enterrado. Si te rehúsas, haré que todo el imperio sepa lo que hiciste. Y créeme… lo que te harían los tribunales será mucho peor que cualquier castigo que yo pueda imaginar.
Alethius asintió frenéticamente, sus manos sudorosas temblando.
—Lo que… lo que sea necesario, mi señor…
Orión se giró hacia Gaius con frialdad.
—Tu hijo pagará una dote a la familia Tarquín. Será una suma generosa, lo suficiente para que nunca tengan que depender de nada ni de nadie. Además, se encargará del mantenimiento de Elyana y su hijo. Si ella acepta casarse con él, su posición será garantizada dentro de la casa Marcellus. Si no, seguirá siendo mantenida con todos los derechos de una dama noble.
Gaius asintió lentamente.
—Esa… es una solución aceptable.
Orión no respondió de inmediato. Su rostro permanecía rígido, su ceño fruncido con una rabia apenas contenida. Odiaba este tipo de acuerdos. Odiaba saber que el joven frente a él saldría con su vida intacta cuando, en su opinión, debía pagar con sangre.
Pero esta era la diferencia entre un guerrero y un gobernante. Orión debía pensar como lo que era: el heredero del imperio.
Se acercó a Alethius una vez más y lo miró con una intensidad que lo dejó petrificado.
—Si vuelvo a escuchar tu nombre en algo remotamente parecido a esto…
Se inclinó un poco más, dejando que su voz descendiera a un susurro gélido.
—¡Te ejecutare!
Alethius asintió rápidamente, sin atreverse a levantar la cabeza.
Orión se enderezó y miró al duque.
—Este asunto queda archivado. No quiero escuchar más sobre él.
Gaius, aunque su expresión era dura, hizo una leve reverencia.
—Aprecio su sabiduría, Gran Duque.
Orión no respondió. Se dio media vuelta y salió de la habitación.
Mientras avanzaban por los pasillos del palacio, Kassandro lo observó de reojo con una leve sonrisa.
—Te contuviste.
Orión resopló, sin detenerse.
—No me des demasiado crédito. Si ese bastardo hubiera abierto la boca de la forma equivocada, lo habría matado aquí mismo.
Kassandro rió con diversión.
—Pero no lo hiciste. Y eso es lo que hará que nos teman más que si lo hubieras ejecutado.
Orión no respondió. Solo siguió caminando, con la mandíbula apretada y el corazón latiendo con furia.
Este no era el tipo de justicia que quería impartir. Pero era el tipo de justicia que el imperio necesitaba.
La noche cayó sobre Caeloria, cubriendo los bosques y campos con un manto de sombras. Tras la intensa jornada en el palacio de los Marcellus, Orión y su comitiva decidieron quedarse en una cabaña dispuesta para su descanso. No era una simple choza, sino una construcción de madera robusta, con amplias habitaciones y suficiente espacio para albergar a la Guardia Carmesí y a los sirvientes que habían sido llamados para atenderlos.
Kassandro, siempre precavido, se encargó de organizar la vigilancia. No le gustaba el ambiente de Caeloria. Demasiadas miradas esquivas, demasiada tensión en el aire. Por más que el duque Marcellus mostrara humildad ante Orión, su orgullo había sido pisoteado, y un hombre humillado siempre era un riesgo.
—Doble guardia en la entrada y en los alrededores. Nadie entra ni sale sin mi permiso —ordenó Kassandro, ajustando el carcaj de flechas en su espalda.
Los soldados asintieron y tomaron posiciones, dispersándose entre los árboles y asegurando cada acceso a la cabaña.
Orión, por su parte, sentía el peso del día sobre sus hombros. Aunque físicamente no había sido una batalla, su mente estaba agotada. La política siempre lo dejaba con una sensación de asco, como si se estuviera ahogando en un lodazal del que nunca podría salir completamente limpio.
Decidió que necesitaba despejarse.
Salió de la cabaña, dejando atrás la calidez de la chimenea y los murmullos de los soldados dentro. Afuera, el bosque crujía con los sonidos de la noche, y el aire fresco ayudó a despejarle la cabeza. Caminó un poco más allá, hacia un pequeño riachuelo que reflejaba la luz de la luna entre las rocas.
Orinó en un tronco cercano y luego se acercó al agua para lavarse la cara y el cuello.
El agua fría le devolvió algo de lucidez, aunque el cansancio aún pesaba en sus músculos.
Fue entonces cuando sintió algo.
Un escalofrío recorrió su espalda. No estaba solo.
Levantó la vista y miró a su alrededor, pero el bosque se mantenía inmóvil. Los árboles susurraban con el viento, y el río corría con su murmullo constante.
Orión respiró hondo y volvió a agacharse para lavarse el rostro otra vez.
Fue en ese instante, cuando su vista se fijó en el agua, que lo vio.
El reflejo de una sombra detrás de él.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
En un movimiento instintivo, tomó una piedra con su mano derecha y giró con violencia, lanzándosela directamente al rostro del atacante.
Un sonido seco resonó en el aire cuando la piedra impactó en el cráneo del asesino, haciéndolo tambalearse. Pero Orión no tuvo tiempo para pensar; de la espesura surgieron otros tres hombres, todos vestidos de negro, con dagas brillando a la luz de la luna.
Era una emboscada.
Orión, desarmado y semidesnudo, no dudó un instante.
El primer asesino se lanzó contra él con un cuchillo en alto. Orión bloqueó el ataque con su antebrazo, soportando el corte superficial que la hoja le dejó en la piel. Luego giró sobre su eje, atrapó la muñeca del agresor y con un movimiento seco la quebró. El asesino soltó un grito ahogado antes de que Orión le propinara un brutal rodillazo en el rostro, quebrándole la nariz y dejándolo fuera de combate.
Pero no hubo tiempo para celebrar.
Los otros dos se abalanzaron al mismo tiempo.
Uno de ellos intentó apuñalarlo por el costado, pero Orión giró el torso y atrapó el brazo del asesino, usándolo como escudo contra el ataque del tercero. La daga enemiga se hundió en el pecho del compañero, quien soltó un grito agónico antes de desplomarse.
Aprovechando el momento, Orión tomó la hoja ensangrentada y la clavó en el cuello del segundo atacante, cortándole la garganta de un solo movimiento.
Solo quedaba uno.
El último asesino, viendo la carnicería, intentó escapar, pero Orión lo alcanzó en dos zancadas y lo tomó del cuello, arrojándolo al suelo con violencia.
—¿Quién te envió? —gruñó, con la respiración entrecortada.
El hombre, con el rostro bañado en sudor y sangre, no respondió.
Orión no tuvo paciencia. Pisó con fuerza su brazo derecho, quebrándolo en el acto.
El grito del asesino rasgó la calma de la noche.
Y eso alertó a la Guardia Carmesí.
Dentro de la cabaña, Kassandro levantó la cabeza en cuanto escuchó el bullicio.
—¡Al príncipe! —ordenó de inmediato, tomando su arco y corriendo hacia la salida.
Los soldados se movilizaron al instante, pero justo cuando Kassandro cruzó la puerta, vio dos sombras moverse entre los árboles.
No dudó.
Disparó la primera flecha con precisión letal, perforando la garganta de uno de los atacantes.
El segundo intentó huir, pero Kassandro le disparó otra flecha que se hundió en su muslo. El hombre tropezó, cayendo al suelo con un alarido de dolor, pero logró levantarse y perderse entre la espesura.
—¡Maldita sea! —Kassandro gruñó y se lanzó en persecución, pero el bosque era demasiado denso.
El asesino logró escapar.
Mientras tanto, los soldados llegaron hasta Orión.
Lo encontraron cubierto de sangre, con un cadáver a sus pies y otro hombre aun gimiendo en el suelo con el brazo destrozado.
La Guardia Carmesí formó un círculo defensivo alrededor del príncipe, con espadas desenfundadas y escudos listos.
—¡Mi señor, ¿está bien?! —preguntó uno de los capitanes.
Orión, con el pecho agitado y los nudillos aún ensangrentados, les lanzó una mirada de furia contenida.
—Busquen al que escapó. Quiero saber quién los envió.
Los soldados se dispersaron al instante, con antorchas iluminando la oscuridad mientras los perros de caza comenzaban a rastrear.
Kassandro llegó poco después, con su arco aún en la mano y el ceño fruncido.
—Uno huyó —informó, visiblemente molesto—. Pero no irá lejos.
Orión se pasó una mano por el cabello, tratando de controlar la adrenalina que aún lo recorría.
Aquello no había sido un simple ataque. Había sido una ejecución fallida.
Alzó la vista y miró a Kassandro con una expresión peligrosa.
—Averigua quién fue. Porque cuando lo haga… —hizo una pausa, su mandíbula marcada por la tensión— haré que se arrepienta de no haberme matado esta noche.
Al amanecer, la región estaba sumida en un caos silencioso. La noticia del intento de asesinato de Orión Stormhaven se había esparcido como un incendio descontrolado, y aunque la mayoría de los atacantes habían sido abatidos, uno de ellos había logrado escapar. A pesar de los esfuerzos de los soldados por seguir su rastro, el asesino parecía haberse desvanecido en la inmensidad de la noche.
Mientras tanto, el prisionero herido yacía en una habitación oscura de la cabaña, con las manos atadas y la sangre aun manchando su vestimenta. Su respiración era errática, y por momentos parecía que se aferraba a la vida solo por la fuerza de la voluntad. Orión no estaba dispuesto a dejarlo morir sin respuestas.
—Traigan a una curandera —ordenó con voz firme—. Este hombre vivirá lo suficiente para decirnos quién lo envió.
Cuando los soldados desabrocharon el cuello del prisionero para examinar mejor sus heridas, un tatuaje oscuro quedó expuesto en su piel: una marca familiar para aquellos que conocían los rincones más oscuros del imperio. Un emblema esculpido con precisión cruel: la insignia de La Mano Silente, un grupo de asesinos mercenarios cuyos contratos solo podían pagarlos aquellos con poder e influencia. Orión no necesitó escuchar explicaciones. Sabía lo que significaba. Sabía que alguien con recursos en las altas esferas había enviado a esos hombres.
El ambiente se volvió aún más tenso cuando una columna de jinetes emergió en el horizonte, avanzando con premura hacia la región. Era el duque Gaius Marcellus, acompañado por su guardia personal y seguido de cerca por el gobernador local. Ambos habían sido informados del atentado contra el príncipe y habían venido con refuerzos.
Los cascos de los caballos golpeaban el suelo con una cadencia sombría mientras se acercaban. Apenas llegaron, el gobernador descendió de su montura con expresión preocupada, pero antes de que pudiera hablar, Kassandro desenvainó su espada en un movimiento rápido y desafiante, colocándose frente al duque.
—¡Bastardo traicionero! —espetó, señalando a Gaius con la punta de su hoja—. Esto no es coincidencia. ¡Intentaste asesinar al príncipe y ahora vienes con más tropas para terminar el trabajo!
Los oficiales del duque reaccionaron al instante, desenvainando sus armas en respuesta, listos para proteger a su señor. Los soldados de Orión hicieron lo mismo, y por un breve pero eterno momento, la tensión se convirtió en una cuerda a punto de romperse.
El gobernador levantó las manos en un gesto de mediación.
—¡Deténganse! ¡Esto no tiene por qué acabar en sangre!
Gaius Marcellus, con el rostro endurecido, pero sin perder la compostura, alzó la voz sobre el tumulto:
—¡Juro por mi honor que no tengo nada que ver con esto! ¡Jamás levantaría una mano contra la sangre imperial!
Kassandro, sin embargo, no cedía. Dio un paso más, con la mandíbula apretada y la furia encendida en su mirada.
—¡Tu honor no significa nada si el príncipe está muerto! —rugió—. ¡Diles a tus hombres que bajen las armas y se sometan a la autoridad imperial, o serás declarado traidor!
Orión observaba desde las sombras del portal de la cabaña, analizando cada movimiento, cada palabra. No detuvo a Kassandro de inmediato. En su interior, parte de él quería ver cómo el duque se delataba, cómo su miedo se transformaba en una excusa que justificara la ejecución que ansiaba darle.
Pero Gaius Marcellus no flaqueó. Sus hombres lo miraban, esperando su señal, y él, con una dignidad calculada, alzó una mano para que sus tropas bajaran las armas.
Fue entonces cuando Orión decidió intervenir. Caminó lentamente hacia el centro del enfrentamiento y, con una ironía afilada, habló con un tono que era casi un susurro, pero que se sintió como un trueno en la plaza.
—Vamos, Kassandro… No seas tan precipitado —dijo con una media sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Estoy seguro de que el duque ha venido únicamente a ofrecernos su ayuda.
Gaius apretó los dientes al escuchar el veneno en esas palabras. Orión se detuvo a escasos pasos de él, observándolo con una mirada tan pesada como la de un juez antes de dictar sentencia.
—¿No es así, duque?
Un silencio tenso se instaló entre ambos, roto solo por la respiración entrecortada de los soldados, aún alerta. Finalmente, Gaius Marcellus inclinó ligeramente la cabeza.
—Por supuesto, alteza. Solo busco servir al imperio.
Orión sostuvo su mirada por un largo instante, como si estuviera decidiendo en ese momento si perdonarle la vida o no. Luego, sin decir más, giró sobre sus talones y caminó de regreso a la cabaña.
—Dejen este asunto aquí —ordenó al pasar junto a Kassandro—. Tenemos cosas más importantes que hacer.
Y con eso, la tensión se disipó, pero la guerra silenciosa entre Orión y el duque estaba lejos de terminar.
Apenas la confrontación entre Kassandro y el duque Gaius Marcellus se disipó, este último no tardó en tomar medidas. Con un movimiento de su mano, sus hombres se desplegaron estratégicamente alrededor del área, formando un perímetro de seguridad.
—No podemos permitir otro ataque —dijo el duque con gravedad—. Si La Mano Silente fue contratada para eliminar al príncipe, podrían intentarlo de nuevo.
Orión no discutió. Aunque desconfiaba de Marcellus, sabía que más tropas podrían ahuyentar a posibles asesinos. Entró en la cabaña junto al duque y el gobernador, donde el prisionero agonizaba, y se formó un ambiente tenso y receloso.
El gobernador fue el primero en hablar, su tono era conciliador, pero no podía ocultar la inquietud en su voz.
—No es común que La Mano Silente falle en una misión. Si este hombre está vivo, significa que tenían urgencia en matarte sin preocuparse demasiado por la huida.
Orión se cruzó de brazos, su mirada fija en el prisionero.
—O significa que subestimaron a sus enemigos.
Gaius Marcellus soltó una risa seca.
—Dudo que sean tan imprudentes. Esto es algo más grande.
Orión no respondió. Simplemente se inclinó sobre el prisionero, cuyo rostro estaba cubierto de sudor y sangre seca. El hombre respiraba con dificultad y su vida se escapaba poco a poco. Sin embargo, cuando Orión se acercó, vio que los labios del asesino se movían débilmente, como si intentara pronunciar un nombre.
El gobernador dio un paso adelante, afilando el oído.
—Está tratando de hablar…
Orión lo sujetó del cuello de su túnica rasgada y lo acercó más, forzándolo a mirarlo.
—¿Quién te envió? —preguntó con voz helada.
El asesino jadeó, su garganta emitió un sonido rasposo, como si cada palabra le costara un esfuerzo insoportable. Sus labios se separaron apenas y un murmullo escapó de ellos:
—El nombre es…
Pero en ese instante, la marca en su cuello brilló con un fulgor antinatural. Orión apenas tuvo tiempo de notar el extraño resplandor antes de que algo imposible ocurriera.
Un chasquido seco resonó en la habitación, seguido de un estallido visceral. La cabeza del asesino explotó como si una fuerza invisible la hubiera hecho reventar desde adentro. Sangre, fragmentos de hueso y tejido se esparcieron por la habitación, cubriendo el suelo y las ropas de los presentes.
El gobernador retrocedió con una expresión de horror, su boca abierta en un grito ahogado. Gaius Marcellus, a pesar de ser un hombre curtido en la guerra, frunció el ceño y apartó la mirada, visiblemente perturbado.
Orión, sin embargo, permaneció inmóvil. La sangre goteaba de su mejilla, pero sus ojos no mostraban ni asco ni sorpresa. Solo una impaciencia asesina.
Apretó los puños.
—Maldita sea…
Ahora entendía por qué La Mano Silente nunca dejaba cabos sueltos. Este no era un simple asesino cualquiera. La marca en su cuello no era solo un símbolo de su afiliación… era un mecanismo de defensa, un sello de muerte programado para evitar que revelaran a su contratista.
Gaius fue el primero en romper el silencio.
—Así que ni siquiera la tortura habría servido…
El gobernador se pasó una mano por el rostro, tratando de limpiarse la sangre mientras recomponía su expresión.
—Esto confirma algo… —dijo con voz temblorosa—. La Mano Silente solo acepta contratos de alto perfil. Si alguien pagó por el asesinato del príncipe, esa persona tiene poder y recursos dentro del imperio.
Orión cerró los ojos brevemente para contener su enojo. Al volver a hablar, su voz adquirió un tono firme y controlado.
—Esto no ha terminado. Solo estamos comenzando.
Luego salió de la habitación, dejando atrás los restos irreconocibles del hombre que casi logró matarlo.
“Quien domine el mar de estrellas, dominará la historia… pero quien domine los corazones, dominará para siempre.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com