IMPERIUS - Capítulo 33
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Capítulo 33: CAPÍTULO 32: CRÓNICAS DEL PRINCIPADO DE VHARYON – PARTE 3
XII. LA TENSIÓN DE LOS DOS LEONES
La relación entre Alexión Vharyos y Kassandros Stormhaven constituye uno de los capítulos más complejos de la era imperial. Ambos eran hombres de extraordinaria capacidad, ambos leales a Orión, ambos convencidos de que su visión de la defensa imperial era la correcta.
Pero donde Kassandros veía la fuerza como la base de toda seguridad —la Sombra del León, como llegó a llamarse—, Alexión representaba la precisión estratégica, el golpe calculado desde la altura. Sus métodos chocaban: Kassandros prefería la infantería pesada y la presencia intimidante; Alexión, la movilidad aérea y el ataque quirúrgico.
La Batalla de Astarum los forzó a cooperar, y la victoria demostró que sus enfoques eran complementarios. Pero la tensión nunca desapareció completamente. Cuando el Senador Dromer advirtió a Lucerio Stormhaven sobre el “creciente poder de Kassandros”, estaba tocando un nervio que Alexión, en su fuero interno, compartía: ¿podía el Imperio permitirse dos centros de poder militar, incluso si ambos eran leales?
La respuesta de Orión I fue característica: no eligió entre ellos, sino que equilibró sus responsabilidades, manteniendo a ambos lo suficientemente ocupados como para que ninguno pudiera consolidar autoridad absoluta sobre el otro.
QUINTA PARTE: EL PRINCIPADO EN LA ERA IMPERIAL
Vharyon desde el Año I al Año XXII
XIII. LA TRANSFORMACIÓN ECONÓMICA
Bajo el reinado de Orion I, el Principado de Vharyon experimentó una transformación que sus ancestros de las Ciudades Flotantes apenas habrían reconocido. Lo que había sido una potencia financiera regional se convirtió en el centro nervioso económico de un imperio interestelar.
Los bancos de Nubecorona, que una vez habían prestado a reinos terrestres, ahora manejaban flujos de capital entre mundos. La Divisa de Viento, respaldada por las reservas aéreas del Principado, se convirtió en la moneda estándar para el comercio interestelar, superando incluso al antiguo estándar imperial de oro.
Kyros I, aún Alto Príncipe en el año XXII, supervisó personalmente esta expansión. Bajo su liderazgo, Vharyon no perdió su alma en el proceso de modernización; más bien, refinó su esencia. Las Ciudades Flotantes, lejos de volverse anacronismos, se convirtieron en símbolos de la continuidad: mientras el Imperio conquistaba mundos alienígenas, Vharyon recordaba a todos de dónde venían.
XIV. LA CUESTIÓN DE LA SUCESIÓN VHARYON
Una sombra se cierne sobre el futuro del Principado: Kyros I envejece, y no tiene heredero directo. La Rama Secundaria, que ha proporcionado gobernantes durante siglos, se estrecha.
Los ojos se vuelven inevitablemente hacia Alexión Vharyos, el descendiente de Evander I, el hombre que ha servido fielmente al Imperio mientras construía su propia leyenda. ¿Podría regresar a Vharyon para reclamar el trono flotante? ¿Debería?
La pregunta es más compleja de lo que parece. Alexión ha construido su vida en el servicio imperial. Sus lealtades, sus amistades, su visión del futuro están ancladas en Varethia, no en Nubecorona. Para él, ser Alto Príncipe sería un retiro, una reducción de su influencia actual.
Pero para Vharyon, tener a un descendiente directo de Evander I en el trono sería una renovación mítica, un retorno a las raíces después de siglos de gobierno pragmático.
XV. EL LEGADO DE CASSIOPEIA
Veintidós años después de que Orión I ascendiera al trono, la influencia de Cassiopeia Vharyon sigue permeando el Imperio. Su hijo, ahora el emperador más exitoso desde el propio Magnus I, gobierna con la serenidad que ella le enseñó. Sus nietos —Apolonio, Lucerio, Cassian— han sido educados en parte en Vharyon, continuando la tradición de “perspectiva elevada” que ella inició.
El Principado, en reconocimiento de su contribución, mantiene sus aposentos en el Palacio de los Vientos exactamente como ella los dejó: una biblioteca privada, un balcón orientado hacia las tormentas del este, y una colección de mapas estelares que ella misma comenzó a anotar, anticipando la expansión interestelar que su hijo realizaría.
“Mi madre no vivió para ver el Imperio que imaginaba”, dijo Orion en el vigésimo aniversario de su coronación. “Pero cada decisión que tomo, cada alianza que forjo, cada batalla que evito mediante la diplomacia, es una página que añado a su crónica inconclusa.”
APÉNDICE: LÍNEAS GENEALÓGICAS VHARYON
Rama Principal (Descendientes de Evander I)
Evander I El Primer Vuelo (Fundador, desaparecido)[Generaciones intermedias no registradas en documentos imperiales]Alexión Vharyos (Lord Estratega, Duque de los Cielos, vivo en Año XXII)
Rama Secundaria (Gobernantes desde la sumisión a Stormhaven)
Damian III Vharyos (firmante de los Pactos de Altura con Magnus I)
[Sucesión de gobernantes pragmáticos]Theron V Vharyos (tío de Cassiopeia)
Kyros I Vharyos (Alto Príncipe reinante, Año XXII)
Rama Imperial (Matrimonios con Stormhaven)
Cassiopeia Vharyon → Casada con Hadrian StormhavenOrion I Stormhaven (Emperador reinante)Apolonio Stormhaven (heredero)Lucerio StormhavenCassian Stormhaven[Descendencia continúa]
EPÍLOGO: LA CORONA QUE FLOTA
En el Salón del Viento de Nubecorona, la Corona de Nubes sigue girando sobre el trono vacío cada vez que un nuevo Alto Príncipe es coronado. Los físicos del Principado han desarrollado teorías sobre los campos de fuerza que la sostienen; los poetas prefieren creer que es el propio Evander I, desde algún plano superior, quien mantiene el símbolo de su legado.
Veintidós años después del ascenso de Orion I, el Principado de Vharyon enfrenta su futuro con la misma serenidad estratégica que Cassiopeia enseñó a su hijo. Las Ciudades Flotantes ya no son el centro político del mundo —ese honor pertenece a Varethia— pero mantienen algo más valioso: la perspectiva.
Desde las alturas, los Vharyos observan un Imperio que se extiende por múltiples mundos, gobernado por un emperador que lleva su sangre en las venas y sus lecciones en el corazón. Y en los días de tormenta, cuando los relámpagos iluminan las nubes alrededor de Nubecorona, algunos aseguran escuchar, llevado por el viento, una voz antigua que susurra:
“Sobre las nubes, más allá del honor, la verdadera sabiduría reside en ver todo el tablero.”
FIN DE LAS CRÓNICAS DEL PRINCIPADO DE VHARYON Compiladas en el Año XXII del Reinado de Orion I, Emperador de Stormhaven, Protector de las Alturas, Hijo del Viento
Año 693 D.F.I. – Principado de Vharyon, Palacio de Nubecorona
Las tormentas electromagnéticas de Vharyon nunca descansaban. Esa era la primera lección que cualquier visitante aprendía: en este rincón del imperio, el cielo siempre gruñía. Para Kyros I Vharyos, ese escudo natural había sido durante décadas su mayor aliado contra la mirada curiosa de Varethia. Pero esa noche, mientras observaba desde la penumbra de su salón privado cómo una corbeta de diseño híbrido perforaba las nubes grises, no pudo evitar que algo frío le recorriera la espalda. No era miedo, exactamente. Era la certeza de que ciertas puertas, una vez abiertas, no se cerraban.
No había guardias en el espigón. Solo el viento, golpeando los cristales reforzados con una persistencia que sonaba casi a advertencia.
Cuando las puertas se deslizaron, la figura que emergió hizo que Kyros ajustara inconscientemente el peso de su cuerpo. No era la torpeza pesada que los cronistas imperiales describían en sus informes sobre los caudillos de Kraag Zul’Kar. Este individuo se movía con una economía de gesto que Kyros reconoció de inmediato: era la fluidez de quien ha aprendido que cada movimiento en el campo de batalla puede ser el último. La piel pálida, casi carente del tono verdoso que marcaba a los orcos puros, y la simetría perturbadoramente humana de sus facciones, creaban una disonancia visual que Kyros encontró más inquietante que cualquier deformidad. El hombre —si es que podía llamárselo así— llevaba una armadura oscura y despojada de identidad. Ni el estandarte de Gor’Maath, ni el emblema de clan alguno. Solo metal negro y la promesa de violencia contenida.
—El iridio ha dejado de fluir hacia Varethia —dijo Kyros, sirviendo dos copas de licor oscuro que había elegido precisamente porque su aroma a tierra quemada enmascaraba el nerviosismo—. Tal como acordamos.
La copa permaneció suspendida en el aire mientras Kyros continuaba, consciente de que estaba hablando demasiado rápido pero incapaz de detenerse:
—Orión me está enviando oro para mendigar combustible. Oro, Mal’Ghor. Como si fuéramos mercaderes de segunda categoría. Su flota está paralizada, y Kassandros se atrinchera en Azh’Kareth como un perro rabioso protegiendo un hueso que no es suyo. —Kyros dejó la copa sobre la mesa con un chasquido más fuerte de lo pretendido—. El Imperio se está devorando a sí mismo.
El mestizo tomó la copa. No bebió. Sus ojos —de un gris tormentoso que Kyros no pudo evitar asociar con ciertos retratos de la dinastía Stormhaven, esa misma mirada que Lucius II había tenido en su juventud, que Aetrian había heredado y perfeccionado— se clavaron en él con una intensidad que hizo que Kyros sintiera el impulso infantil de verificar que sus ropas estuvieran en orden.
—Mi hermano te envía sus saludos, Kyros.
La voz era profunda, sí, pero desprovista del acento gutural que los informes atribuían a “Mala Sangre”. Sonaba… educada. Esa fue la palabra que cruzó por la mente de Kyros antes de que el miedo la borrara. Educada. Como quien ha pasado años estudiando en bibliotecas oscuras.
—Darius está complacido —continuó Mal’Ghor—. Has cerrado la garganta del León justo a tiempo.
Kyros asintió, lento, consciente de que cada gesto suyo estaba siendo catalogado y archivado en algún lugar de esa mente híbrida.
—Espero que Darius comprenda el precio —dijo, y esta vez logró controlar el temblor en su voz—. Este bloqueo me está costando el escrutinio de Alexión en la capital. Me mira ahora con sospecha, Mal’Ghor. Si Orión descubre que el Alto Príncipe de Vharyon está financiando el regreso del hijo de Aetrian Stormhaven… —dejó que la oración se disolviera en el aire, porque ambos sabían el final.
—¿Estáis listos para actuar?
—Aún no.
La respuesta cayó como una losa. Mal’Ghor se acercó al ventanal, y por un momento Kyros vio algo en su perfil que no supo interpretar: ¿era cansancio? ¿O esa tensión particular que precede a las lágrimas en quienes han aprendido a no derramarlas?
—Orión todavía tiene demasiados hombres leales —dijo el mestizo, observando los relámpagos como quien lee un mapa—. La Guardia Carmesí no se ha desmoronado. Se ha fragmentado, sí, pero los fragmentos siguen siendo afilados. Debemos dejar que Kassandros y los príncipes hagan el trabajo sucio. Que se desangren entre ellos. —Una pausa. El trueno retumbó distante—. Cuando el León esté herido y exhausto, nosotros seremos el golpe de gracia. No antes. La paciencia es la única virtud que los orcos puros no entienden, Kyros. Y es la única que nos mantendrá vivos.
El reflejo de Mal’Ghor en el cristal empañado por la lluvia pareció distorsionarse. O quizás fue solo la luz. Pero algo en su postura cambió: los hombros se relajaron una fracción de centímetro, la mandíbula dejó de trabajarse con tanta fuerza. Kyros habría jurado que estaba viendo a un hombre abandonar el presente.
(Tres meses atrás. Veyrahn IV)
El viento sobre las llanuras de ceniza tenía un sabor metálico que Mal’Ghor aún podía reconstruir en su memoria: hierro, sal, y algo dulce que nunca logró identificar. Tal vez era el olor de la mentira cuando finalmente madura.
Recordaba con precisión fotográfica el interior de esa tienda de campaña. La tela gruesa que amortiguaba el sonido del exterior. La mesa improvisada donde dos hombres que no se amaban fingían negociar la paz. Orión, con esa arrogancia que llevaba como una segunda piel, creyendo que estaba contemplando a un bárbaro impresionado por la majestuosidad imperial. Y Kassandros, al fondo, con esa tensión en los hombros que delataba a quien ha aprendido a odiar desde la cuna.
Mal’Ghor había forzado su voz hasta hacerla áspera. Había ensanchado los ojos, imitando la vulnerabilidad que esperaban ver. Había dejado escapar esa risa gutural que había practicado durante meses frente a espejos de campaña, hasta que sonó convincente incluso para sus propios oídos.
“Nos retiramos”, había dicho, y la palabra le había sabido a miel venenosa. “No sabíamos que el Imperio tenía huesos de hierro.”
La mentira más dulce de su vida. Porque mientras Orión asentía con esa sonrisa de depredador que confunde la cortesía con la debilidad, mientras Kassandros apenas disimulaba su desprecio por ambos, Mal’Ghor estaba midiendo distancias. Calculando ángulos de escape. Memorizando rutas de suministro y posiciones de artillería.
Y pensando en Darius.
Esa noche, cuando la tregua quedó sellada con firmas que ninguno de los dos firmantes respetaría, Mal’Ghor regresó a su nave insignia. No era una embarcación orca pura: demasiado limpia, demasiado silenciosa, demasiado eficiente. Darius la había diseñado así, enseñándole que la verdadera fuerza no necesita ostentación.
En la penumbra del puente de mando, Mal’Ghor dejó caer la máscara. Literalmente. Se quitó el collar de colmillos que identificaba a “Mala Sangre” y lo arrojó sobre la consola. Luego se lavó las manos —tres veces, como había visto hacer a Darius en los días difíciles— antes de activar el comunicador encriptado.
Los movimientos que ejecutó eran precisos, casi rituales. Darius se los había enseñado durante noches interminables en los páramos de Gor’Maath, cuando el hijo legítimo del trono robado le instruía en geometría de combate y logística imperial. Cosas que ningún orco puro conocía. Cosas que ningún orco puro quería conocer.
La estática cedió paso a un orbe holográfico azulado. Y allí estaba.
Darius Stormhaven tenía treinta años, pero en sus ojos habitaba una vejez que Mal’Ghor había visto antes solo en los ancianos de las tribus, en quienes la esperanza ha sido reemplazada por algo más resistente. Los hombros anchos bajo la túnica simple. La mirada serena que no se parecía a nada de lo que Mal’Ghor había conocido en su vida de violencia.
—¿Se tragaron el anzuelo, hermano?
La voz de Darius era cálida. Siempre cálida, incluso cuando hablaban de muerte. Esa era la primera cosa que Mal’Ghor había aprendido a amar en él: que el frío del mundo no había logrado congelar esa parte de su corazón.
—Por completo —respondió Mal’Ghor, y se permitió algo que no se permitía frente a nadie más. Una sonrisa. Pequeña, casi avergonzada, pero real—. Orión se cree invencible. Pero ya lo estás consumiendo por dentro, Darius. No lo ves en sus ojos, pero yo sí. La paranoia. Cada mirada que lanza a Kassandros, cada vez que sus propios hijos entran en la habitación y él calcula distancias de ataque. —Mal’Ghor se inclinó hacia el holograma, bajando la voz, aunque estuvieran en un canal encriptado—. Se miraban entre ellos con más desconfianza de la que me tenían a mí. La trampa está puesta. El falso emperador morderá el anzuelo de su propia arrogancia.
El holograma de Darius asintió. Pero algo cruzó su rostro —facciones que eran el espejo de Aetrian Stormhaven, de quien Darius solo conservaba un retrato robado de la corte imperial y el recuerdo de una voz que le hablaba de justicia en las noches de Gor’Maath. Una sombra. Rápida, casi imperceptible.
—¿Y Val’Kora? —preguntó, y su tono adquirió esa dureza que Mal’Ghor conocía bien. La dureza que venía cuando hablaban de Helena—. ¿Encontraste a los últimos perros de Magnus?
La sangre de Mal’Ghor respondió antes que su voz. Un calor familiar, el de la venganza que se ha cocinado durante años hasta alcanzar la temperatura perfecta.
No había matado colonos inocentes en Val’Kora. Esa era otra mentira que alimentaba el mito de “Mala Sangre”. Había cazado. Uno por uno, con la paciencia que Darius le había enseñado. Mercenarios que veinte años atrás se habían infiltrado en Gor’Maath con insignias de disidentes orcos. Que habían encontrado a Helena durmiendo en su tienda, indefensa, y habían cumplido la orden que Magnus IV enviara desde Varethia. Que habían escapado luego al refugio que el Imperio les proporcionaba en Val’Kora, creyendo que el paso del tiempo los había hecho olvidos.
Se habían equivocado.
—Nuestra madre está vengada, Darius —susurró Mal’Ghor al holograma, apretando el puño hasta que los nudillos perdieron color y la piel protestó—. Gritaron. Todos ellos. Les dije quién enviaba el mensaje antes de que terminaran. No queda nada de ellos, Darius. Ni cenizas que esparcir.
Una pausa. El silencio entre ambos estaba cargado de algo que no necesitaba palabras.
—Ahora solo nos queda reclamar lo que es tuyo por derecho de sangre.
—Lo que es nuestro —corrigió Darius, y la intensidad de su mirada hizo que Mal’Ghor alzara la vista, sorprendido—. Tú eres mi hermano, Mal’Ghor. No mi sirviente. No mi espada. Cuando el trono sea mío, habrá un lugar para ambos. Un Imperio donde la sangre no defina el valor. Donde un mestizo pueda caminar con la frente alta, y donde un príncipe exiliado pueda dormir sin pesadillas.
Mal’Ghor no respondió. En su mundo, los mestizos como él eran carne de esclavitud o carroña de batalla. Esa era la ley escrita en el hierro de Gor’Maath desde antes de su nacimiento. Pero Darius… Darius le había enseñado a leer en la lengua común cuando ambos eran apenas adolescentes, escondiéndose de los instructores de Kraag. Le había mostrado tratados de estrategia imperial robados de incursiones a mundos conquistados. Le había hablado de geometría, de poesía, de esa extraña noción humana llamada “dignidad”.
Y cuando Darius había propuesto esta farsa —que Mal’Ghor fingiera ser el bruto caudillo “Mala Sangre” mientras servía de espada y escudo para la causa— Mal’Ghor había aceptado sin dudar.
No por ambición. Por amor.
Porque en Darius veía algo que ningún orco puro ni ningún humano de la corte imperial podía ofrecerle: un hermano. Alguien que lo miraba y veía a Mal’Ghor, no a una abominación. Alguien que compartía el vientre de la mujer que ambos amaban, de formas diferentes, pero igual de profundas.
(Presente. Palacio de Nubecorona)
El relámpago iluminó el salón como un flash de cámara, borrando el recuerdo y devolviendo a Mal’Ghor al presente con una violencia que lo hizo parpadear. Kyros lo observaba desde su sillón, con esa curiosidad clínica que los aristócratas desarrollan para mantener distancia emocional.
—¿En qué piensas, general? —preguntó, y la pregunta sonó casual, pero Mal’Ghor detectó la trampa.
—En la arrogancia de mi primo Orión —respondió, girándose con una fluidez que contradecía el peso de sus recuerdos—. Él cree que el Decreto de Purificación salvará su trono. Que purgando a Kassandros y controlando a sus hijos, restaurará la pureza de la dinastía. —Mal’Ghor permitió que una sonrisa tocara sus labios, la primera auténtica desde que entró en la habitación—. No sabe que mientras ellos se disputan una corona manchada de sangre, el verdadero dueño de la casa ya está cruzando el umbral. Que Darius no viene a reclamar un trono vacío. Viene a sentarse en él mientras Orión todavía se pregunta por qué sus aliados no responden a sus llamadas.
Kyros levantó su copa. El licor oscuro brilló a la luz de otro relámpago.
—Por Darius Stormhaven —dijo, y su voz adquirió la solemnidad de quien apostó todo en un número de la ruleta—. El verdadero León. Y por la armada de Gor’Maath, que limpiará el palacio para él.
Bebió. Mal’Ghor no lo imitó.
—Mantén a tus orcos en la frontera —dijo el Alto Príncipe, limpiándose los labios con un gesto que pretendía ser elegante—. Cuando el iridio deje de llegar definitivamente a Varethia y los motores imperiales se apaguen… ese será el día en que la historia de este universo se reescriba.
Mal’Ghor asintió. La venganza de su madre estaba saldada, sí. Pero la justicia para su hermano apenas comenzaba. Y esa era una deuda que pagaría con creces.
En algún lugar de Gor’Maath, en una fortaleza oculta donde ningún espía imperial había penetrado jamás, Darius Stormhaven esperaba. No con la impaciencia del ambicioso, que mira el reloj cada cinco minutos. Sino con la paciencia del que ha aprendido a esperar treinta años en las sombras, contando cada día como una pequeña victoria.
Hijo de Aetrian. Nieto de Lucius II. Sobrino del usurpador Magnus IV. Primo menor del emperador reinante.
Y legítimo heredero de todo.
El trono del León Carmesí le pertenecía por derecho. No por conquista, como Orión. No por supervivencia, como Kassandros. Por derecho. Por la sangre de su padre, asesinado antes de que pudiera conocerlo. Por la memoria de su madre, silenciada por el miedo de un tirano.
Pronto, muy pronto, el universo lo sabría.
Y entonces, finalmente, podrían dejar de fingir.
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