Incriminada por la Mafia - Capítulo 1
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
1: Capítulo 1: Para empezar 1: Capítulo 1: Para empezar *Rebecca*
No había dormido mucho.
Un poco de corrector bajo los ojos para ocultar las ojeras y un café helado para animarme un poco me ayudaron a disimular la ansiedad.
Este era el trabajo de mis sueños y estaba impaciente por empezar.
Aun así, me obligué a comerme un cruasán para desayunar, para que el estómago se me asentara lo suficiente como para poder hacer algo hoy.
—Jamie, me voy a trabajar —le grité a mi compañera de piso.
Jamie apareció en el umbral de la puerta, medio vestida y sonriéndome radiante.
—¡Buena suerte!
Lo vas a bordar —me aseguró con una sonrisa.
Antes de que pudiera decir nada más, desapareció de nuevo en su dormitorio.
Dejé que la puerta se cerrara tras de mí, asegurándome de echar bien la llave antes de bajar las escaleras para ir al tren.
El trayecto a la oficina no era largo, pero el tren solía llenarse rápidamente y no me apetecía nada tener que codearme con desconocidos.
Como esperaba, el metro estaba ajetreado, lleno de gente que intentaba llegar al trabajo.
A veces, me quedaba pensando en qué estarían haciendo, ¿cuáles serían sus historias?
Pero, hoy, estaba demasiado distraída por los nervios.
Me bajé del metro un par de paradas después, subiendo las escaleras a toda prisa.
La oficina era visible desde aquí, y se cernía sobre mí, amenazante y esperanzadora a la vez.
Supongo que el resultado solo dependía de lo que yo hiciera con la oportunidad.
Recorrí la calle a toda prisa y entré por las puertas principales.
Había una mujer en la recepción que me sonrió educadamente mientras yo corría hacia la zona de los ascensores y pulsaba el botón de la planta veintiuno.
Mientras las puertas del ascensor se cerraban, respiré hondo para calmarme.
Estaba preparada para esto.
Había trabajado duro para llegar hasta aquí.
Merecía ser contable en una empresa como esta.
Cuando la puerta se abrió, esbocé una sonrisa de confianza, erguí los hombros y me aseguré de que no tuviera ni un pelo fuera de su sitio.
Caminé con determinación hacia mi despacho, deteniéndome para hablar con una mujer en un escritorio de la entrada.
—Buenos días —saludé.
Ella me miró y sonrió ampliamente.
Se puso de pie para saludarme, tendiéndome la mano para estrechar la mía.
Su apretón de manos fue firme, pero no demasiado fuerte.
No era una mujer con algo que demostrar.
Ya la admiraba.
—Buenos días.
Debes de ser Rebecca.
Estaba muy ilusionada por tener a otra mujer joven en esta planta, estamos en clara minoría —dijo mientras sonreía, caminando conmigo hacia mi despacho—.
Me llamo Veronica, seré tu asistente.
Algo en Veronica hizo que confiara en ella al instante.
Era encantadora y carismática.
Su pelo negro, largo y liso, tenía una elegancia que yo solo podía soñar con alcanzar.
Sus ojos eran de un cálido color marrón y almendrados.
Vestía elegantemente, con un traje de pantalón moderno pero funcional que me hizo preguntarme dónde compraría la ropa.
—Encantada de conocerte, Veronica.
Así es, soy Rebecca.
—Entré en el despacho para echar un vistazo al espacio.
Cuatro paredes desnudas, algunos archivadores y un bonito escritorio de estilo capitán con una silla de oficina detrás era todo lo que llenaba el espacio.
Un lienzo en blanco.
Me explicó brevemente todo lo que necesitaba saber en mi primer día, pero desde mis entrevistas, ya me habían informado de qué esperar.
Aun así, era agradable saber que tendría a mi lado a alguien tan franca y servicial como Veronica.
—¿Ya conoces a Alessandro?
—me preguntó en un susurro—.
Las otras chicas de la planta lo llaman «el Dios Romano».
—Se rio.
No iba a decirle que no me hacía especial ilusión conocerlo.
Por lo que había oído, Alessandro era un jefe muy frío y serio.
Desde luego, no era la parte del trabajo que más esperaba.
—Todavía no.
Entre tú y yo, ¿es una exageración ese título?
—pregunté con una sonrisa.
Veronica me entregó un fajo de papeles dentro de una carpeta.
—Tienes una reunión con él en una hora, así que podrás comprobarlo por ti misma.
En esta carpeta he incluido todo lo que creo que querrás saber de antemano.
Tu documentación de nueva empleada también está ahí, así que querrás tomarte un momento para rellenarla antes de que acabe el día.
—Me sonrió y me saludó con un pequeño gesto de la mano antes de darse la vuelta para marcharse.
—Debes de ser un ángel —le dije—.
Muchas gracias.
—No hay de qué.
Llámame si necesitas algo —dijo antes de desaparecer de la habitación.
Me senté en mi escritorio para estudiar la información que me había dado.
En la parte superior de la pila de papeles, había un horario para la semana.
Como me dijo Veronica, tenía una reunión en poco menos de una hora con Alessandro.
Estaba un poco nerviosa por cómo sería conocerlo cara a cara.
Hice lo que pude por concentrarme en la información que me había dado para preparar la reunión.
Había varias páginas de seguimiento de presupuestos y algunos informes de pérdidas y ganancias que eran un pequeño rompecabezas.
Los repasé hasta que estuve segura de que sabía de lo que hablaba.
Cuando levanté la vista para mirar la hora, ya tenía que dirigirme a la sala de conferencias.
Recogí mis notas y me las llevé.
No estaría de más parecer preparada.
Veronica me levantó el pulgar en señal de aprobación mientras yo me dirigía a la sala de conferencias.
También me habían hecho un recorrido por la oficina en mi última entrevista, así que estaba bastante segura de que iba en la dirección correcta.
Aun así, cuando entré en la sala de conferencias y estaba completamente vacía, no dejé de comprobar mi horario para asegurarme de que estaba en el lugar adecuado.
Efectivamente, estaba en la sala correcta, así que me pasé los dedos por mi pelo castaño ondulado y esperé que alguien más apareciera pronto.
Me ajusté la blusa, asegurándome de que estuviera colocada exactamente como debía.
Arreglarme la ropa era un gesto nervioso que desearía poder controlar, pero me costaba mantener las manos quietas.
Oí a unos hombres hablar al otro lado de la puerta.
Veronica tenía razón, era un departamento predominantemente masculino.
La puerta se abrió y cuatro hombres entraron.
No tuve mucho tiempo para analizarlos a todos mientras empezaban a tomar asiento, porque un quinto hombre entró justo después y la visión me dejó petrificada por un instante.
Un Dios Romano, sin duda.
Tenía el pelo y los ojos oscuros, con una mirada ardiente y cautivadora.
Una barba bien cuidada cubría su cincelada mandíbula.
Era alto, casi llenaba el umbral de la puerta.
Sus anchos hombros se unían a un pecho bien musculado.
Incluso con el traje puesto, era evidente que estaba en forma.
Se me hizo la boca agua al verlo.
Él se limitó a devolverme la mirada, y los dos nos quedamos congelados en ese instante.
No creía haberme sentido tan atraída por un hombre en mi vida.
¿Debería alguien tan guapo trabajar en una oficina?
¿No debería ser modelo o algo así?
Y la forma en que sus ojos me estudiaban me hizo sentir desnuda en el acto.
Estaba segura de que él sabía el impacto que su presencia causaba en las mujeres.
Era imposible que un hombre tuviera tanta confianza en sí mismo sin saber que podía tener a quien quisiera con un chasquido de dedos.
Finalmente, como si nunca hubiera existido, el hechizo se rompió cuando el hombre se aclaró la garganta.
—Señorita Johnson, lamento que la hayamos hecho esperar —dijo a modo de saludo.
Se sentó a la cabecera de la mesa, sacó un gran expediente del archivador que tenía detrás y se giró para mirarnos al resto.
—Bueno, supongo que deberíamos empezar.
Caballeros, esta es Rebecca Johnson, es la nueva jefa del departamento de contabilidad.
—El hombre dirigió esa mirada ardiente para centrarla por completo en mí, y tragué saliva—.
Soy Alessandro Russo.
Sé que todavía no nos han presentado formalmente.
—Es un placer conocerlos, a todos ustedes.
Tengo muchas ganas de trabajar aquí —respondí, intentando no sonar demasiado nerviosa o emocionada.
Que era exactamente como me sentía después de ver lo guapo e intimidante que era mi jefe.
Asintió hacia mí.
—Vayamos a lo aburrido, entonces.
Los hombres se turnaron para repasar los informes de pérdidas y ganancias de sus respectivos departamentos.
Cada uno era jefe de un departamento diferente, y me sentí un tanto honrada de estar en una reunión tan importante.
Todo lo que informaban coincidía con los informes que Veronica me había preparado.
Sin embargo, eso no hizo más que confirmar mis sospechas.
Había algo que no cuadraba.
Algunos de los departamentos estaban generando demasiados beneficios.
Podía ver el beneficio medio por unidad vendida de los dos departamentos en cuestión, y el número medio de unidades vendidas.
No era una discrepancia enorme, pero las cuentas no cuadraban.
Intenté repasar los números de nuevo en mi cabeza antes de decir nada.
Pero, efectivamente, estaba entrando demasiado dinero.
Odiaba empezar con un lío, pero se me daba bien solucionarlos.
Quería asegurarme de que los informes de ingresos fueran precisos, y para ello los números debían coincidir.
—¿Alguien tiene alguna pregunta?
—preguntó Alessandro, arqueando sus cejas perfectas.
—Sí, de hecho —añadí, atrayendo la atención de todos hacia mí.
Este era el momento en que iba a demostrar que era digna de este puesto.
Intenté ignorar el ardor en mi piel causado por los ojos de mi jefe sobre mí y me concentré en las notas que tenía delante.
—He notado que hay un par de departamentos que están generando un poco más de dinero de lo que sus ventas me harían creer.
¿Podrían los jefes de esos departamentos enviarme informes más detallados para que pueda investigarlo?
—Junté las manos sobre mis notas y me giré para mirar a los dos hombres que estaban a cargo de esos departamentos.
Se erizaron, balbuceando una respuesta sin sentido.
Arrugué el ceño, confundida por la reacción.
¿Quizá sintieron que los estaba señalando por algo?
No era mi intención, solo quería ayudar.
Finalmente me giré para mirar a Alessandro.
Para mi sorpresa, parecía dispuesto a atravesarme el alma con sus ojos de halcón.
Como todos los demás, él también parecía disgustado.
—No tiene que preocuparse por nada de eso ahora.
Aprecio su éxito.
Y es su primer día, no querrá empezar a implantar nuevos procedimientos ahora —ordenó en un tono casi frustrado, ignorándome.
—Oh, de acuerdo.
Claro —respondí, confundida por su respuesta.
Definitivamente no me esperaba este tipo de reacción.
Fue grosero.
Estaba un poco horrorizada por su tono poco amable.
Creía haber notado algo importante.
No intentaba cambiar ningún tipo de política, solo quería ver los informes de un par de meses anteriores.
¿Cómo se suponía que iba a hacer mi trabajo así?
Era confuso.
Quizá el tipo era solo un cretino controlador.
Eso tenía sentido para mí.
Era el jefe de una empresa, probablemente era un engreído.
No importaba lo guapísimo que fuera; si era un creído, ya podía ver lo difícil que sería para mí hacer mi trabajo.
Le resté importancia.
Anoté las extrañas discrepancias en mis propias notas, junto con otra nota para no volver a mencionarlo.
Claramente, les gustaban las cosas como estaban.
—¿Algo más?
—preguntó Alessandro, apartando la mirada de mí.
Casi dejé escapar un suspiro de alivio que no sabía que estaba conteniendo cuando sus ojos se apartaron de mí.
Hubo un murmullo general de «no» por parte de los otros hombres.
Yo permanecí en silencio, sin interés en contribuir más por miedo a que me menospreciaran de nuevo.
—Bueno, si eso es todo, demos por terminada la reunión —dijo Alessandro, dando un golpe en la mesa.
Los otros hombres empezaron a recoger sus cosas.
Lo tomé como una señal para marcharme.
No iba a quedarme para una charla trivial.
No había nada de qué hablar.
Prefería preguntarle a Veronica si Alessandro siempre estaba tan malhumorado.
Ella estaba al tanto de todo en esta empresa, así que hablaría con ella antes de volver a sacar un tema así.
Recogí mis cosas y salí de la sala sin mirar a nadie.
Fue vergonzoso que me llamara la atención de esa manera, sobre todo delante de todos.
Apenas podía creer que me hubiera tratado con tanta dureza en mi primer día.
Al volver a mi despacho, Veronica me detuvo en la entrada.
—¿Qué tal ha ido?
—preguntó con curiosidad.
—No lo sé.
Alessandro parece un poco malhumorado —admití.
«Malhumorado» no era realmente la palabra que quería usar para describirlo, pero pensé que sería poco profesional decirle a mi asistente que nuestro jefe me parecía un cretino.
Era cierto que no podía dejar de imaginar cómo se sentirían sus grandes manos en mi piel o lo increíble que sería que me acorralara contra la pared del despacho, pero eso tampoco podía decírselo.
—¿En serio?
—Veronica pareció sorprendida—.
No parece propio de él.
Me encogí de hombros, sin querer alargar la conversación.
Tenía mucho que ponerme al día si quería entender cómo funcionaba esta empresa y cómo se suponía que debía hacer mi trabajo sin cabrear a mi jefe.
O imaginarlo dentro de mí.
Estaba tan jodida.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com