Incriminada por la Mafia - Capítulo 2
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2: Capítulo 2: La segunda oportunidad 2: Capítulo 2: La segunda oportunidad En mi segundo día, me sentía decididamente menos segura.
El resto de mi primer día había transcurrido sin incidentes.
Veronica y yo hablamos un poco más sobre el incidente de la reunión durante la hora del almuerzo.
Ella seguía creyendo que no era propio de él, y yo esperaba que fuera verdad.
Me dijo que, por lo general, él era más amable con las mujeres del departamento, ya que estaba muy dominado por los hombres.
Sin embargo, mantuve la guardia alta.
No quería creer que fuera un imbécil, pero tampoco me había impresionado lo que había visto de Alessandro Russo hasta ahora.
Aun así, mientras me instalaba en mi escritorio a la mañana siguiente, me sentía inquieta e insegura.
Empecé a revisar las cifras del último trimestre, buscando facturas de algunos ingresos no cobrados.
Si no me dejaba investigar los promedios, seguro que querría que investigara el dinero que faltaba.
A todo el mundo le importa que alguien le deba dinero.
Pasé la mayor parte de la mañana haciendo eso, enviando correos electrónicos y cotejando las respuestas que llegaban con las cifras de mi hoja de cálculo.
En algún momento, justo antes del almuerzo, oí unos pasos decididos que se acercaban a mi despacho.
Era un caminar desenfadado y seguro.
Estaba segura de saber quién era.
Los pasos se detuvieron justo delante de mi despacho y oí un golpe en la puerta.
Intenté ignorar el escalofrío que recorrió mi cuerpo solo de pensar en la posibilidad de ver a Alessandro, y ordené a quienquiera que fuese que entrara.
Alessandro apareció en el umbral de mi puerta, con un aspecto aún más atractivo que el día anterior.
Llevaba un traje azul marino bien entallado, un reloj de oro en la muñeca derecha y las gafas de sol dobladas en el bolsillo de la chaqueta.
Tuve que reprimir un jadeo ante la vista.
—Señorita Johnson —saludó bruscamente.
—Señor Russo —respondí educadamente, esperando que no notara el temblor en mi voz.
«¡Contrólate, Rebecca!».
—¿Tiene un minuto?
—preguntó con seriedad.
Bajé la vista hacia mis notas.
Lo consideré un momento antes de admitir para mis adentros que me vendría bien un descanso de mirar fijamente las cifras.
Suspiré y volví a mirarlo.
—Claro —dije, intentando no sonar frustrada.
No me encantaba tener una conversación con él, pero supuse que probablemente sería algo recurrente mientras trabajara aquí.
Entró y cerró la puerta.
Eso me sorprendió, pero me mantuve serena.
—Quería disculparme por lo de ayer —empezó a decir.
Solo eso ya me sorprendió más, pero, de nuevo, no quise reconocerlo.
Mantuve una expresión reservada, pero agradable.
—Me sorprendió un poco lo rápido que captaste las cosas.
No había tenido la oportunidad de hablarte de los rangos de diferencia aceptables.
La verdad, me quedé impresionado.
Vas a ser un gran activo con lo inteligente que eres —continuó.
Vale, me sentí halagada.
Eso fue muy amable.
Estaba acostumbrada a que los hombres me piropearan la figura, o el culo, pero que halagaran mi inteligencia estaba haciendo que me derritiera.
Me enderecé un poco en mi silla.
—No es para tanto.
Debería haber hablado contigo en privado primero —admití, mientras mi confianza regresaba.
—No, hiciste exactamente lo correcto.
Debería haberte avisado de que esperaras algunas cifras extrañas antes de meterte en una reunión así.
Haré que alguien te envíe los rangos típicos para esos departamentos.
Si ves algo fuera de esos rangos, quiero saber si es alto o bajo.
Pero, mientras esté dentro de las cifras normales, no te preocupes por ello —me aseguró.
—De acuerdo, sí, estaré atenta a eso.
Gracias —le dije con sinceridad.
—De nada.
—Hizo un ademán de moverse, pero luego se volvió hacia mí, sus ojos estudiándome con atención—.
¿Todo el mundo te trata bien?
¿Te gusta tu despacho?
Me pregunté si habría oído lo que le dije a Veronica después de la reunión de ayer.
O si ella le había dicho algo.
De repente, era muy amable conmigo, mostrando preocupación por cómo me sentía.
No se parecía en nada al tipo que había visto el día anterior.
—Todo el mundo es genial —le aseguré—.
Y el despacho está bien.
En mi último trabajo, todos nos sentábamos en una especie de espacio abierto tipo corral, es agradable tener mi propio despacho.
Estoy muy contenta de estar aquí.
—Bien.
Me alegro de oírlo.
Avísame si alguien te hace pasar un mal rato.
No tolero el acoso en la oficina.
—Me sonrió, y casi se me cae la mandíbula.
Esa sonrisa brillante me habría hecho flaquear las rodillas si no hubiera estado ya sentada.
—No preveo que eso sea un problema.
Pero gracias, significa mucho —dije, esforzándome para que no me temblara la voz.
—¿Necesitas algo?
—añadió, mirando por el despacho con despreocupación.
¿Estaba prolongando su visita?
Quería que fuera verdad, pero quizá es que siempre era así de amable.
Veronica me había asegurado que era considerado y relajado con todas las mujeres de la oficina.
Ahora podía ver que era cierto.
Quizá me precipité en mi juicio de ayer.
—No, estoy bien.
Me hicieron un recorrido por la oficina durante mi última entrevista y Veronica me ha ayudado a mantenerme abastecida.
Tienes un equipo muy bueno aquí.
De verdad, estoy encantada de formar parte de él.
Le sonreí, una sonrisa genuina que sentí extenderse por mi cara.
—Me alegro de tenerte aquí.
Se inclinó un poco hacia mí desde el otro lado de la mesa, con una pequeña sonrisa ladina en los labios y sus ojos atravesándome el alma como si quisiera ver a través de mí.
Espera, ¿estaba coqueteando conmigo?
¿Estaba mal si esperaba que así fuera?
De repente sentí que me caía, con el estómago dándome vuelcos mientras consideraba esta interacción.
—Gracias —musité, apenas capaz de alzar la voz por encima de un susurro.
Veronica tenía razón.
Estaba bueno.
Inhumanamente bueno.
Oh, Dios mío, tenía que calmarme.
Tenía que pensar en algo más que decir, pero se me secó la boca.
Alessandro apoyó las manos en el borde de mi escritorio y se inclinó.
Pude oler su colonia de Versace.
Llevaba una peligrosa media sonrisa, y casi me permití perderme en ella.
—Si necesitas cualquier cosa —puso mucho énfasis en la palabra «cualquier cosa»—, no dudes en pedirla.
No supe qué me pasó, pero cuando me di cuenta, yo también me estaba inclinando hacia él, con la barbilla en la mano y el codo sobre el escritorio.
Enarqué una ceja y le sonreí.
Dos podían jugar a este juego.
—Gracias.
Me aseguraré de llamar en cuanto se me ocurra algo que necesite —le dije.
Él se rio entre dientes y se levantó, casi como si la interacción no hubiera ocurrido.
Sin embargo, mi corazón seguía acelerado en mi pecho.
Me recosté en mi silla.
—Me gustas, Rebecca.
Tienes agallas —dijo por encima del hombro mientras se iba.
¿Agallas?
¿Acaso era un gánster de los años veinte?
Aun así, me repetiría las palabras «Me gustas, Rebecca» una y otra vez en mi cabeza durante el resto del día.
Incluso después de que se fuera, aún podía oler su embriagadora colonia dentro de mi despacho.
De verdad que deseaba que hubiera una ventana que pudiera abrir para renovar el aire.
Su aroma estaba empezando a provocarme pensamientos explícitos que no debería tener sobre mi jefe.
Unos minutos más tarde, Veronica entró en mi despacho con un recipiente de comida para llevar, cerrando la puerta tras de sí.
Se dejó caer en la silla de la esquina y yo agradecí la distracción.
—Me muero por saber de qué iba eso —afirmó.
Veronica abrió el recipiente de comida para llevar y dejó ver un sándwich de pollo y patatas fritas.
Joder, qué buena pinta tenía.
Agradecí que hubiera venido a recordarme que era la hora de comer.
Saqué mi ensalada de la pequeña mininevera que había debajo de mi escritorio y me arrepentí de haberla traído.
Su comida tenía mucho mejor aspecto.
—Solo me estaba dando la bienvenida a la empresa.
Se disculpó por su comentario en la reunión de ayer.
No fue nada.
Me encogí de hombros, aunque notaba que mi tono no la convencía.
—Cerró la puerta al entrar.
Sé que me estás ocultando algo.
Veronica le dio un bocado a su sándwich y me miró con recelo.
—No, de verdad que no fue nada —dije, tratando de parecer despreocupada, en lugar de desesperadamente esperanzada.
Veronica jadeó de forma dramática, claramente sin dejarse engañar, y luego se tragó el bocado de sándwich de pollo.
—Oh, tienes que gustarle.
Nunca le he visto venir a disculparse personalmente con nadie.
Y llevo aquí tres años —dijo emocionada.
—Llevo aquí dos días.
No creo que mi jefe esté coqueteando conmigo descaradamente —intenté restarle importancia.
No podía negar que, en el fondo, esperaba que lo hiciera, y que quizá hasta yo le había devuelto un poco el coqueteo, pero no quería admitírselo a Veronica.
—Supongo que solo el tiempo lo dirá.
Veronica se encogió de hombros.
—Pero mi tiempo aquí me dice que le gustas.
Y si tienes una cita con él, quiero todos los detalles.
Esta planta está frustrantemente falta de cotilleos jugosos.
Me reí.
—Vale, claro.
Si me invita a salir, prometo contártelo todo.
Por supuesto que no creía que eso fuera a pasar nunca, pero el cambio de actitud de Alessandro me había pillado por sorpresa.
No esperaba que viniera a mi despacho a coquetear conmigo.
No lo malinterpreté, ¿verdad?
Removí la ensalada en mi lamentable cuenco de plástico.
Me pregunté si todavía quedaba tiempo suficiente para pedir comida a domicilio.
Por desgracia, solo quedaban unos minutos de mi hora de almuerzo, y necesitaba engullir mi comida si quería terminarla antes de que acabara el descanso.
Me puse a ello, escuchando a Veronica hablarme de su gato.
Me enseñó fotos y sentí una especie de envidia.
Siempre había tenido mascotas de pequeña, pero en mi apartamento de aquí no las permitían, así que llevaba años sin tener una.
Además, su gato era adorable.
Finalmente, Veronica volvió a su escritorio.
La eché de menos al instante.
Para ser alguien a quien solo conocía desde hacía dos días, estaba empezando a caerme bien.
No solo porque era un recurso increíble, sino porque era una cara amiga en una ciudad no tan amigable.
Nueva York era un lugar impresionante, y yo estaba encantada de tener un trabajo como este en una ciudad como esta, pero era difícil hacer nuevos amigos.
Le estaba eternamente agradecida a Jamie.
Era mi compañera de piso y mi mejor amiga.
También era muy divertido salir con su novia, pero ellas eran básicamente las únicas personas con las que pasaba tiempo regularmente en la ciudad.
Hablando de Jamie, estaba deseando llegar a casa y contárselo todo sobre mi interacción con Alessandro.
La tensión había sido prácticamente palpable, y me moría por volver a hablar con él.
Por supuesto, tendría que empezar la conversación contándole su amable disculpa.
Le había contado el incidente de la reunión de ayer mientras cenábamos anoche, y al instante lo había odiado.
Ahora me tocaría retractarme de mis palabras.
Aun así, me di prisa por terminar las tareas de hoy.
Era un trabajo ajetreado.
No me importaba quedarme hasta tarde cuando era necesario, pero temía que diera mala imagen como la nueva de la oficina si constantemente tenía que quedarme porque no podía terminar todo durante la jornada laboral.
Me apresuré a enviar los últimos correos del día.
Rellené algunas entradas más en el sistema informático que usaban todos los contables de la empresa y archivé mis notas del día.
Finalmente, terminé todo mi trabajo.
Veronica se despidió de mí mientras yo caminaba hacia el ascensor, ensayando lo que le iba a contar a Jamie sobre el día de hoy.
En el fondo, esperaba que Alessandro apareciera de repente para que pudiéramos tener un par de minutos a solas, pero no ocurrió.
Ignoré lo decepcionada que me sentí al salir del edificio sin volver a verlo.
Cuando llegué a casa, todavía estaba repasando mi conversación con Alessandro de esa mañana para asegurarme de que había interpretado bien sus intenciones.
¿Era posible que mi jefe buenorro estuviera interesado en mí?
¿Era posible que pudiera pasar algo con él en un futuro próximo?
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