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Incriminada por la Mafia - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 El informe de Nico
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3: Capítulo 3: El informe de Nico 3: Capítulo 3: El informe de Nico *Alessandro*
Me quedé mirando la pantalla de mi ordenador un rato más.

Estaba aburrido.

El negocio era aburrido.

No era para esto para lo que había asumido el puesto de mi padre.

Sabía que esto era tan importante y formaba parte del juego tanto como mis otras funciones, pero las hojas de cálculo y las reuniones de negocios me aburrían como el infierno.

Lo que no me aburría, sin embargo, era mi nueva contable, Rebecca.

Ojos verdes, largas ondas de pelo castaño, piel bronceada.

Mierda, era despampanante.

Probablemente había sobrepasado algún tipo de límite entre jefe y empleada esta tarde, pero no pude evitarlo.

Nunca antes había hecho algo así.

No soy el tipo de hombre que coquetea con sus empleadas o las complace con algún tipo de ilusión romántica.

Pero con Rebecca, no tenía ni idea de qué me había pasado.

Y, a decir verdad, parecía que a ella le interesaba.

Si le hubiera molestado por un solo segundo, me habría dado la vuelta y no la habría vuelto a molestar.

Pero de verdad creí que podría estar devolviéndome el coqueteo.

Quizá era una ilusión.

Cualquier hombre estaría desesperado por su atención.

Era una mujer menuda, pero con buenas curvas.

Y esos labios carnosos y rosados, joder, era en todo lo que podía pensar.

Pero su físico no era lo único que me mantenía despierto toda la noche.

Algo en sus ojos, algo en la forma en que me miró durante la reunión, me hizo sentir extraño.

Una sensación extraña, pero de las buenas.

Nunca había sentido esto con nadie.

Y ya había estado con suficientes mujeres en mi vida como para estar seguro de ello.

Quizá debería invitarla a salir.

Si no le interesaba, podría rechazarme, y yo podría volver a desear a mi camarera favorita del bar de al lado.

Aunque no le llegaba ni a la suela de los zapatos a Rebecca.

Rebecca era ingeniosa, rápida y tenía el tipo de inteligencia que yo admiraba.

Algo en ella me hacía sentir desafiado, y cada vez que estaba cerca, apenas podía controlar mis pensamientos sobre lo que quería hacerle.

Quizá era un poco joven para mí, pero parecía tan madura y segura de sí misma que solo hacía que quisiera conocerla más.

Miré por la puerta de mi despacho hacia donde la mayoría de las luces de la oficina estaban apagadas.

Maldita sea.

He perdido mucho tiempo aquí.

Necesitaba recuperar mi vida personal.

Alguien pasó por delante de la puerta de mi despacho.

Reconocí el traje azul y el pelo rubio arenoso.

—Nico —lo llamé desde dentro de la sala.

Se dio la vuelta y entró en mi despacho.

—¿Qué hay de nuevo?

—preguntó, dejándose caer en la silla al otro lado de mi escritorio.

—¿Qué sabes de la nueva contable?

¿Rebecca Johnson?

—pregunté, intentando no parecer demasiado curioso o interesado.

—No mucho.

Veintipocos años, trabajó en una empresa antes que nosotros que llevaba las cuentas de una cadena de supermercados.

Buenas referencias.

Revisé sus archivos para ver si tenía alguna conexión familiar, pero no la tiene —se encogió de hombros, recostándose despreocupadamente en la silla y estirando las piernas frente a él.

—¿Eso es todo lo que sabes?

—pregunté con las cejas arqueadas.

—Eso es todo lo que sé —confirmó.

Noté que quería preguntar más, pero no le di la oportunidad.

—De acuerdo.

¿Qué pasa con este lío de los Bianchi?

Estoy harto de que Matteo me esté acosando por una entrega.

Te dije que no quería seguir haciendo ningún trato con ellos.

Esos hijos de puta siempre nos joden —resoplé.

—Ah, me pareció que hoy estabas de mal humor —reflexionó Nico con una sonrisa socarrona.

—No estoy de mal humor —espeté.

—Eso, señor, es estar de mal humor —señaló Nico.

Tenía razón.

No solía ser tan borde.

Simplemente estaba cansado y estresado.

Quería quitarme de en medio a la familia Bianchi.

Esta enemistad había durado generaciones y ya estaba bien.

—Tienes razón —suspiré—.

Solo quiero que esto se solucione.

—Lo entiendo.

Envié a unos tipos a su casa esta tarde.

Hizo falta un poco de persuasión extra con ellos —sonrió, abriendo la chaqueta de su traje para revelar una pistola metida en un bolsillo especial en el interior—.

Espero que Matteo y sus hombres consigan encontrar la entrega.

Solté una risita.

Nico tenía un don para las palabras.

Y para las pistolas.

Era un tirador experto, y constantemente me recordaban por qué era mi mano derecha.

También era un hombre de negocios brillante, lo que significaba que podía alternar entre el negocio familiar y nuestros trabajos diurnos sin problemas.

—Mantenme informado.

Debería haberle disparado al cabrón cuando tuve la oportunidad —confesé con amargura.

En realidad no lo decía en serio.

La violencia nunca fue mi forma de hacer negocios, a menos que fuera extremadamente necesario.

Normalmente, solo cuando tenía que proteger a mi propia gente.

Y siempre me aseguraba de que mis hombres siguieran las mismas reglas.

—Ya veo los titulares.

«El CEO y Jefe de la Mafia Alessandro Russo elimina a la competencia».

—Nico extendió las manos frente a él como si estuviera viendo aparecer las palabras mientras hablaba.

—Eres un dramático.

Me aseguraría de que nunca saliera en las noticias —me reí.

—¿Dónde está la gracia de eso?

Necesitamos un poco de drama en esta ciudad —replicó Nico.

—Creo que la Ciudad de Nueva York ya tiene todo el drama que puede soportar —le recordé.

—Estás perdiendo tu toque.

Te estás haciendo viejo.

En nuestros días de juventud, lo habrías dejado en la cuneta.

Habría sido hermoso —reflexionó Nico.

Hice una mueca.

Mi pasado no era algo de lo que estuviera orgulloso, pero intentaba recordarme constantemente que había nacido en todo esto.

Realmente no tuve elección mientras crecía, así que aprendí e hice lo que tenía que hacer.

—Me estoy haciendo demasiado viejo para esas cosas.

Me gusta mantener las manos limpias —admití.

Nico gruñó en señal de acuerdo.

—Lo entiendo.

A veces me pregunto cómo sería si empezáramos a hacer todo bien, ya sabes, a legalizarlo todo.

—Eso es lo que intento hacer.

Quiero que esta enemistad se acabe, y quiero empezar a hacer las cosas según las reglas —le dije.

Era una de las primeras veces que lo admitía en voz alta, pero la verdad es que me sentó bien desahogarme.

Todavía habría que hacer mucho para que eso sucediera, pero pensar en ello no hacía daño.

El hecho de que ahora solo dos de mis departamentos blanquearan dinero, en lugar de todos, era un testimonio de lo mucho que había conseguido ajustar a la ley.

Era un proceso lento, pero parecía que la mayoría de mis hombres se subieron al carro con facilidad.

A nadie le gustaba tener que mirar por encima del hombro todo el tiempo.

El crimen organizado era el estilo de nuestros padres.

De nuestros abuelos.

Era una forma de vida agotadora y le ponía fecha de caducidad a casi todos los que conocías y amabas.

Ahora mismo tenía dos primos en la cárcel, esperando el juicio.

Por no hablar de la gente que murió trágicamente por malos tratos.

Simplemente ya no merecía la pena.

El tema de los negocios me parecía aburrido, claro, pero era mejor que la cárcel.

Y la culpa.

—¿Por qué me has preguntado por la nueva contable?

¿Ya has terminado de jugar con esa camarera?

—bromeó Nico.

Sabía que se moría por preguntármelo.

No debería haber bajado la guardia ni haber permanecido en silencio tanto tiempo.

—Trabaja para mí —resoplé.

El hecho de que pensara que Rebecca era increíblemente atractiva e intrigante era algo que prefería guardarme para mí.

Conociendo a Nico, nunca dejaría de darme la lata con eso.

—Eso sería una novedad en ti, es verdad —añadió Nico—.

Pero, ¿de verdad sería tan malo invitarla a salir?

Lo miré entrecerrando los ojos.

—Mezclar placer con negocios nunca acaba bien —le recordé—.

Y acaba de empezar a trabajar aquí.

No quiero tener que contratar a otra persona en menos de una semana.

No da buena imagen para el negocio.

—Bueno, quizá no sea tan malo que se vaya.

Es demasiado lista para nuestro propio bien.

¿Eso que dijiste que detectó en la reunión de negocios?

Va a poner a toda esta empresa de rodillas, empezando por ti —bromeó Nico, esta vez un poco más serio.

—¿Alguien te ha dicho alguna vez lo alentador que eres?

Lo digo en serio, eres un gran amigo.

Realmente genial dando charlas de ánimo —puse los ojos en blanco.

—Oye, mi objetivo es servir —se rio Nico, simulando una reverencia desde su silla.

—Es lista y bastante tentadora —reflexioné, cediendo a su curiosidad.

Quizá que Nico me animara era todo lo que necesitaba para hacer algo al respecto.

—Joder, claro que lo es.

¿Parece interesada?

—preguntó con curiosidad.

—No lo sé.

Eso me pareció por un breve segundo esta tarde.

Tuve que contenerme para no inventar razones para seguir volviendo a su despacho —me hurgué las uñas, intentando parecer despreocupado.

—Yo digo que lo intentes.

Te dirá que no si no está interesada.

¿Qué podrías perder?

—respondió.

Mi ego.

Pero no se lo dije.

—Podría demandar a la empresa y llevarnos a todos a la quiebra, y entonces todo el mundo perdería sus trabajos legales y todos tendríamos que volver al negocio criminal a tiempo completo —dije.

—Simplemente intenta mantener el trabajo fuera de los temas de conversación si alguna vez salís en una cita —sugirió—.

Hay algunas cosas que no necesita saber, ¿verdad?

Y no tienes que contarle todo tu pasado, solo divertirte.

No es como si te fueras a casar con la mujer.

Le fruncí el ceño, pero tuve que admitir que tenía razón.

Pero eso tampoco se lo diría nunca.

—Vete a casa, Nico.

Es muy tarde.

Tú también tienes que recuperar tu vida personal —le dije, poniendo fin a este tema.

Ya me estaba dando dolor de cabeza.

—¿Qué vida personal?

Desde que Regina se fue, solo voy a casa a comer pizza fría —bromeó.

—Es difícil conocer a alguien nuevo si siempre estás trabajando hasta tarde y comiendo pizza fría —lo regañé.

—Sí, sí, mira quién habla —replicó Nico—.

Tú también deberías irte.

Ve a ver a esa camarera.

Quítate a Rebecca de la cabeza.

—Eso ya no tiene el mismo atractivo que antes —me quejé.

—Oh, estás bien pillado —rio Nico, poniéndose de pie para irse—.

Me largo de aquí antes de que empieces a hablar de sentimientos.

—Sí, sí, pues vete a la mierda —me reí, despidiéndolo con un gesto de la mano.

Desapareció por el pasillo.

Oí el tintineo de los ascensores unos instantes después.

Debería haberme ido con él.

Aun así, tenía demasiado que hacer.

Necesitaba revisar los informes de envío de la semana pasada antes de reunirme mañana con los chicos de envíos y recepción.

Leí los informes unas cien veces, pero las cifras se negaban a quedarse grabadas.

La niebla mental me estaba matando.

Consideré tomar más café, pero no pude obligarme a levantarme para ir a por otra taza.

Ni siquiera me gustaba tanto el café.

Simplemente parecía un salvavidas en estos días.

Mi mente volvió a Rebecca.

Solo llevaba aquí dos días y ya estaba buscando excusas para verla, para hablar con ella.

Nico tenía razón, era una fuerza a tener en cuenta.

Quería encontrar su número y llamarla esta noche, pero eso sería cruzar un límite, sin duda.

Hace un par de años, celebré mi trigésimo quinto cumpleaños.

Entonces pensaba que tenía la vida resuelta.

Estaba listo para ocupar el lugar de mi padre en la empresa y en la familia, todavía me iba bien con las mujeres, y Nico y yo acabábamos de empezar a reducir nuestras misiones extracurriculares.

Ahora, sin embargo, me sentía solo.

Estaba en la cima, pero era un lugar solitario.

No tenía a nadie con quien compartir mi éxito.

¿Cómo sería eso?

Imaginé a una esposa, quizá una familia dentro de unos años.

También quería un perro.

Sin embargo, me parecía imposible traer a alguien a este estilo de vida.

Me parecía temerario siquiera pensar en traer niños a esta vida algún día.

Yo había nacido en ella, y había perdido mucho por eso.

¿Podría vivir conmigo mismo si algún día le hiciera eso a una esposa y a un hijo?

Era una de mis principales motivaciones a la hora de hacer que todo el negocio fuera por el buen camino.

Si pudiera legalizarlo todo, acabar por fin con esta disputa con los Bianchi, podría aspirar a tener una vida lo suficientemente segura como para encontrar el amor algún día.

En este punto, parecía una quimera.

Sentía que siempre tenía que cuidarme las espaldas, preocupándome por mí y por la gente que me importaba.

Pero iba a cambiar eso, aunque fuera lo último que hiciera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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