Issei en el grand line - Capítulo 26
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Capítulo 26: Capitulo 25: Dificultad
El muelle de la Isla del Duelo se había convertido en un escenario de pesadilla. La sangre aún fresca se mezclaba con el polvo y las astillas de madera, formando un charco oscuro y viscoso que reflejaba la luz del sol como un espejo roto. Los cuerpos de los heridos yacían esparcidos, algunos siendo atendidos por los pocos valientes que se atrevían a moverse, otros simplemente esperando, con la mirada perdida en el cielo, que la pesadilla terminara.
Y en medio de ese caos, dos figuras se enfrentaban.
Issei Hyoudou respiraba con dificultad, su pecho subiendo y bajando al ritmo de un corazón que latía con la furia de un tambor de guerra. La Boosted Gear en su brazo izquierdo pulsaba con un calor reconfortante, como si Ddraig mismo estuviera animándolo desde dentro. Frente a él, a unos diez metros de distancia, Daz Bones —Mr. 1— se mantenía en pie con una calma que resultaba más aterradora que cualquier rugido de bestia. Su camisa blanca, antes impecable, ahora estaba rasgada y manchada de sangre, pero su expresión era la de alguien que aún no había comenzado a pelear en serio.
—Has durado más de lo que esperaba —dijo Mr. 1, su voz cortante como el filo de una navaja—. La mayoría de mis objetivos caen en los primeros segundos. Tú eres diferente.
Issei no respondió. Sus ojos estaban fijos en las manos de su oponente, en la forma en que la luz del sol se reflejaba en sus dedos. No eran dedos normales. Eran cuchillas. Delgadas, curvas, mortales. Y no solo sus dedos. A medida que Mr. 1 se movía, Issei podía ver cómo otras partes de su cuerpo cambiaban de forma: el borde de su mano se volvía una hoja, su antebrazo una espada, incluso la punta de sus codos parecían estiletes.
—¿Qué demonios eres? —preguntó Issei, sin poder ocultar su asombro.
—Soy un hombre que ha comido una Fruta del Diablo —respondió Mr. 1, sin dar más detalles—. Mi cuerpo es mi arma. No necesito espadas, ni puñales, ni ningún otro artificio. Soy, en esencia, una hoja viviente.
Issei tragó saliva. Había oído hablar de las Frutas del Diablo, de esos extraños frutos que otorgaban poderes imposibles a cambio de la capacidad de nadar. Había enfrentado a usuarios antes: Numena, con su Fruta Suave-Suave que la volvía intangible, y Mesmer, con su hipnosis mental. Pero ninguno de ellos se había convertido literalmente en un arsenal andante. Esto era diferente. Esto era aterrador.
“Usuario”, la voz de Ddraig resonó en su mente, grave y urgente. “Ese hombre es peligroso. Su cuerpo es acero. Tus golpes normales no le harán daño. Necesitarás Haki. Y necesitarás Boost.”
Lo sé, pensó Issei, apretando los puños. Pero no puedo permitir que se acerque a Naira y Camila. No otra vez.
Mr. 1 dio un paso adelante, y ese simple movimiento fue suficiente para que Issei entrara en estado de alerta máxima. No hubo advertencia, no hubo diálogo adicional. El asesino simplemente atacó.
El primer movimiento de Mr. 1 fue un tajo horizontal con su brazo derecho, ahora convertido en una cuchilla curva de un metro de largo. Issei, gracias a su Haki de Observación, sintió el ataque un instante antes de que ocurriera y se lanzó hacia atrás, esquivando por centímetros. El filo pasó tan cerca de su cuello que sintió el viento frío en la piel.
—Rápido —comentó Mr. 1, sin inmutarse—. Pero no lo suficiente.
Su siguiente ataque fue una estocada directa, su brazo extendiéndose como una lanza. Issei giró sobre sí mismo, evitando el impacto, y respondió con un puñetazo al costado de Mr. 1. El impacto fue sólido, pero la sensación fue como golpear una pared de acero. Mr. 1 ni siquiera parpadeó.
—Haki de Armadura —dijo Mr. 1, notando el tenue brillo negro en los nudillos de Issei—. Impresionante para alguien de tu edad y experiencia. Pero aún es débil. No puede penetrar mi defensa.
Issei retrocedió, evaluando la situación. Cada ataque que lanzaba era inútil. Cada golpe que conectaba era absorbido por el cuerpo acerado de su oponente. Y mientras tanto, Mr. 1 seguía avanzando, sus cuchillas silbando en el aire, buscando su sangre.
“¡BOOST!”
El primer aumento de poder recorrió el cuerpo de Issei como una corriente eléctrica. Sintió cómo sus músculos se tensaban, cómo su velocidad aumentaba, cómo su percepción se agudizaba. Ahora, los movimientos de Mr. 1 parecían un poco más lentos, un poco más predecibles.
Issei contraatacó con una ráfaga de golpes, cada uno cubierto por un tenue brillo de Haki de Armadura. Los impactos resonaron como campanas en el muelle, haciendo eco entre los edificios. Mr. 1 bloqueaba algunos, esquivaba otros, pero por primera vez, Issei logró hacerlo retroceder un paso.
—Interesante —murmuró Mr. 1, su expresión cambiando de indiferente a ligeramente interesada—. Ese artefacto en tu brazo… aumenta tu poder, ¿verdad? No es solo Haki. Es algo más.
—No es asunto tuyo —respondió Issei, lanzando otro golpe.
Pero Mr. 1 ya se había adaptado. Sus movimientos se volvieron más fluidos, más impredecibles. Ya no solo atacaba con los brazos; ahora usaba sus piernas, convertidas en guillotinas, para barrer el suelo. Issei saltó para evitar una patada que habría cortado sus tobillos, pero en el aire quedó expuesto. Mr. 1 aprovechó la oportunidad y lanzó un tajo ascendente que alcanzó el brazo de Issei.
El corte fue superficial, gracias al Haki de Armadura que aún recubría su piel, pero el dolor fue agudo. Issei aterrizó mal, rodando sobre el hombro para recuperar el equilibrio, y se puso de pie con una mueca de dolor.
—Tu Haki es decente —dijo Mr. 1, caminando hacia él con paso lento y deliberado—, pero el mío es mejor. He entrenado en el Nuevo Mundo. He enfrentado a usuarios de Haki que te harían parecer un niño. No eres una amenaza para mí.
“No le hagas caso, usuario”, rugió Ddraig. “Su arrogancia es su debilidad. Sigue aumentando tu poder. Llegará un momento en que su defensa no sea suficiente.”
Issei asintió mentalmente. “¡BOOST!”
El segundo aumento lo golpeó como una ola. Su cuerpo ya no era el de un humano normal; era el de una bestia en ciernes. Sus músculos se hincharon ligeramente, sus venas resaltaron bajo la piel, y una energía casi visible parecía emanar de él. Los espectadores, los pocos que aún observaban desde las ventanas y los tejados, contuvieron el aliento. Esto no era una pelea normal. Esto era algo más.
Issei cargó de nuevo, esta vez con una velocidad que dejó una estela de polvo a su paso. Sus puños, ahora cubiertos por un Haki de Armadura más denso, llovieron sobre Mr. 1 como martillos. El asesino bloqueaba, esquivaba, pero ya no podía hacerlo con la misma facilidad. Cada golpe de Issei lo hacía retroceder un paso más, cada impacto resonaba con un sonido más profundo.
—¡Toma esto! —gritó Issei, y lanzó un puñetazo directo al rostro de Mr. 1.
El asesino se inclinó hacia atrás, esquivando por poco, pero el viento del puñetazo le rozó la mejilla, dejando una marca roja. No era sangre, pero era una señal. Issei le había hecho daño. No mucho, pero suficiente para demostrar que podía.
Mr. 1 se enderezó, y por primera vez, algo parecido a la irritación cruzó su rostro. —Estás empezando a molestarme.
Su cuerpo entero comenzó a transformarse. No solo los brazos y las piernas; ahora su torso se cubrió de cuchillas, formando una armadura de filos que lo hacía parecer una máquina de guerra ambulante. Issei sintió un escalofrío. Esto no era solo un hombre con habilidades; era un monstruo diseñado para la destrucción.
Mr. 1 atacó con una ferocidad renovada. Sus movimientos eran más rápidos, más precisos, más letales. Issei intentó esquivar, pero esta vez los cortes llegaron. Un tajo en el hombro. Una estocada en el costado. Un corte superficial en la mejilla. La sangre comenzó a manchar su ropa, y el dolor, aunque soportable, era un recordatorio constante de que estaba perdiendo.
“¡TERCER BOOST!”
El poder explotó en su interior. Issei sintió cómo la energía recorría cada fibra de su ser, cómo sus sentidos se agudizaban hasta el punto de percibir el latido de los corazones de los espectadores. Ahora, los movimientos de Mr. 1 no eran solo más lentos; eran predecibles. Podía ver el ángulo de cada corte antes de que ocurriera, podía sentir la intención detrás de cada ataque.
Esquivó un tajo que habría partido su brazo, se agachó para evitar una patada-guillotina, y respondió con un puñetazo en el estómago de Mr. 1. El impacto fue sólido, y esta vez, el asesino no lo absorbió sin más. Retrocedió, sus ojos mostrando una chispa de sorpresa.
—Tres aumentos —murmuró Mr. 1, como si estuviera tomando notas mentales—. Tu poder aumenta en intervalos regulares. No es solo Haki. Es un artefacto… o una habilidad innata. Interesante.
—No soy un espécimen para tu estudio —gruñó Issei, y atacó de nuevo.
Pero Mr. 1 ya había aprendido. En lugar de enfrentar los golpes de Issei directamente, comenzó a usar su Haki de Observación para anticiparlos. Issei lanzaba un puñetazo, y Mr. 1 ya se había movido. Issei intentaba un gancho, y Mr. 1 ya estaba esquivando. Era como pelear contra una sombra, una sombra que además podía cortarte en pedazos.
“¡CUARTO BOOST!”
El poder siguió creciendo. Issei ahora se movía a una velocidad que desafiaba la comprensión de los espectadores comunes. Sus golpes eran tan rápidos que el ojo no podía seguirlos, solo ver el después: el polvo levantado, el aire desplazado, el impacto sordo contra el cuerpo acerado de Mr. 1.
Pero Mr. 1 seguía esquivando. No todos los golpes, pero suficientes. Su Haki de Observación era de otro nivel. No solo predecía los movimientos de Issei; los sentía antes de que Issei mismo decidiera lanzarlos. Era como si pudiera leer su mente, anticipar cada intención, cada cambio de peso, cada respiración.
—¿Cómo…? —jadeó Issei, mientras un tajo le rozaba el brazo—. ¿Cómo puedes esquivar todo?
—He entrenado en el Nuevo Mundo —respondió Mr. 1, con una calma que resultaba insultante—. Allí, el Haki es una necesidad, no una opción. Tú apenas estás comenzando a despertar el tuyo. Yo lo he perfeccionado durante años.
“Usuario, está diciendo la verdad”, confirmó Ddraig, su voz grave. “Su Haki de Observación es superior al tuyo. No puedes engañarlo con movimientos predecibles. Necesitas ser más imprevisible. Necesitas superar su percepción.”
¿Y cómo se supone que haga eso?, pensó Issei, mientras esquivaba otro ataque.
“Con poder bruto. Si tu velocidad es tal que su Haki no puede seguirla, entonces no importa que pueda anticipar tus movimientos. No podrá reaccionar a tiempo.”
Issei asintió mentalmente. Era una estrategia simple, pero efectiva. Si no podía engañar al Haki de Observación de Mr. 1, entonces lo abrumaría con pura fuerza.
“¡QUINTO BOOST!”
El quinto aumento fue como un terremoto interno. Issei sintió que sus huesos crujían, que sus músculos se estiraban más allá de sus límites naturales, que su corazón latía con la fuerza de un martillo hidráulico. Su visión se volvió borrosa por un instante, pero luego se aclaró, más nítida que nunca. El mundo parecía moverse en cámara lenta.
Cargó contra Mr. 1 con un rugido, sus puños lloviendo sobre el asesino como una tormenta de granizo. Mr. 1 intentó esquivar, pero esta vez, la velocidad de Issei era demasiado. Un golpe alcanzó su hombro. Otro, su costado. Un tercero, directo al rostro.
Mr. 1 retrocedió, escupiendo sangre. Su expresión, antes impasible, ahora mostraba una mezcla de sorpresa y algo parecido al miedo. No esperaba que Issei pudiera aumentar tanto su poder en tan poco tiempo.
—No está mal —dijo Mr. 1, limpiándose la sangre de los labios—. Pero aún no es suficiente.
Su cuerpo comenzó a girar, convirtiéndose en ese torbellino de cuchillas que había derrotado a Marily. Issei, confiado en su nueva velocidad, intentó bloquear, pero los golpes venían de todos lados, demasiado rápido, demasiado afilados. Un tajo le abrió el brazo. Otro, el costado. Un tercero, la mejilla.
Issei retrocedió, jadeando. La sangre brotaba de sus heridas, pero no era grave. Su Haki de Armadura, aunque no tan fuerte como el de Mr. 1, aún le protegía de los peores cortes. Pero estaba claro que no podía seguir así.
“Usuario, necesitas más poder”, insistió Ddraig. “Este hombre es un adversario formidable. No subestimes su capacidad de adaptación.”
Lo sé, pensó Issei. Pero no puedo seguir aumentando indefinidamente. Mi cuerpo tiene un límite.
“Llegaremos a ese límite cuando sea necesario. Por ahora, sigue.”
Issei respiró hondo, concentrándose. “¡SEXTO BOOST! ¡SÉPTIMO BOOST!”
Dos aumentos consecutivos. La energía explotó en su interior como un volcán en erupción. Issei sintió que su cuerpo estaba al borde de romperse, que cada fibra muscular protestaba, que cada hueso crujía bajo la presión. Pero también sintió el poder. Un poder abrumador, casi incontrolable, que le llenaba de una confianza peligrosa.
Mr. 1 lo observaba con una expresión que ahora era de absoluta concentración. Había dejado de subestimar a su oponente. Sabía que este combate ya no era un simple trabajo de eliminación; era una lucha por su propia supervivencia.
—Impresionante —admitió Mr. 1, mientras sus brazos se convertían en cuchillas aún más largas—. Nunca había visto a alguien aumentar su poder de esta manera. Pero aún así, no es suficiente para derrotarme.
—Veremos eso —respondió Issei, y atacó.
La velocidad de Issei era ahora tan grande que los espectadores apenas podían seguirlo. Era un borrón escarlata que se movía entre los filos de Mr. 1, esquivando por centímetros, golpeando con una fuerza que hacía temblar el suelo. Mr. 1, por su parte, había dejado de intentar esquivar y se concentraba en bloquear, usando su cuerpo de acero como escudo.
Pero incluso el acero tiene límites. Los golpes de Issei, potenciados por siete Boosts y reforzados por su Haki de Armadura, comenzaron a dejar marcas en el cuerpo de Mr. 1. No eran heridas profundas, pero eran visibles: abolladuras, grietas, pequeñas fisuras en la superficie metálica.
—¿Cómo…? —murmuró Mr. 1, mientras un golpe le deformaba el hombro—. Tu Haki… se ha vuelto más fuerte.
—Es lo que pasa cuando te enfrentas a alguien que no se rinde —respondió Issei, lanzando otro puñetazo.
Pero Mr. 1 no era un adversario fácil. A pesar de estar a la defensiva, seguía buscando oportunidades para contraatacar. En un momento de descuido de Issei, sus brazos se convirtieron en cuchillas gemelas y ejecutó un doble tajo que alcanzó a Issei en el pecho y el brazo.
Issei retrocedió, sintiendo el ardor de los cortes. Pero esta vez, el dolor era diferente. No era superficial; era profundo, como si las cuchillas hubieran penetrado más allá de su Haki.
—¿Ves? —dijo Mr. 1, recuperando algo de su arrogancia—. Tu Haki aún no es lo suficientemente fuerte. El mío sigue siendo superior. Puedes golpearme todo lo que quieras, pero yo también puedo dañarte.
Issei miró sus heridas. La del pecho era superficial, pero la del brazo… la del brazo sangraba más de lo debido. Mr. 1 había logrado cortarlo a pesar de su Haki de Armadura. Eso significaba una cosa: su Haki era inferior al de Mr. 1, y por lo tanto, no podía anular completamente su poder.
“Es cierto, usuario”, confirmó Ddraig, con una gravedad inusual. “El Haki no es solo una cuestión de voluntad; también es una cuestión de entrenamiento y experiencia. Mr. 1 ha perfeccionado el suyo durante años. El tuyo apenas está despertando. Si él es más hábil, su Haki puede anular el tuyo y causarte daño real.”
Issei apretó los dientes. Era una realidad dura de aceptar, pero no podía negarla. Su Haki era débil comparado con el de este asesino. Pero eso no significaba que fuera a rendirse.
“¡OCTAVO BOOST!”
El octavo aumento fue el más doloroso hasta ahora. Issei sintió que su cuerpo entero se incendiaba, que sus músculos se desgarraban y se reparaban en un ciclo infinito, que su voluntad se tensaba como una cuerda a punto de romperse. Pero también sintió algo más: una claridad. Una comprensión repentina de que el poder no era solo fuerza bruta, sino también control.
—¿Otra vez? —murmuró Mr. 1, incrédulo—. ¿Cuántos aumentos puedes hacer?
—Los suficientes —respondió Issei, y esta vez, su voz era diferente. Era más calmada, más segura.
Atacó de nuevo, pero ahora sus movimientos eran más fluidos, más eficientes. Ya no desperdiciaba energía en golpes que no iban a conectar. Cada puñetazo estaba calculado, cada esquiva era precisa. Y lo más importante: su Haki de Armadura se había vuelto más denso, más sólido.
Mr. 1 intentó bloquear, pero esta vez, el primer golpe de Issei no solo lo hizo retroceder; lo hizo tambalearse. El segundo golpe le deformó el antebrazo. El tercero le rompió una costilla.
—¡Imposible! —exclamó Mr. 1, mientras escupía sangre—. ¡Tu Haki… se ha igualado al mío!
—No —respondió Issei, con una sonrisa que no tenía nada de amable—. Lo ha superado.
El combate cambió por completo. Ahora Issei era el agresor, y Mr. 1, el defensor. Cada golpe de Issei dejaba una marca en el cuerpo acerado del asesino, cada impacto resonaba con un sonido más profundo, más definitivo. Mr. 1 intentó usar su Haki de Observación para anticipar los ataques, pero la velocidad de Issei era tal que su percepción no podía seguirla.
—¡Maldición! —gruñó Mr. 1, mientras un puñetazo le desfiguraba la mejilla—. ¿Qué clase de monstruo eres?
—Soy alguien que protege lo que ama —respondió Issei, y lanzó una ráfaga de golpes que dejaron a Mr. 1 tambaleándose.
“¡NOVENO BOOST!”
El noveno aumento fue la sentencia. Issei sintió que su poder alcanzaba un pico, un punto de inflexión donde ya no había vuelta atrás. Su cuerpo entero brillaba con una energía escarlata, y sus puños, cubiertos por un Haki de Armadura tan denso que parecía sólido, se preparaban para el golpe final.
Mr. 1, viendo que su fin se acercaba, hizo un último intento desesperado. Convirtió todo su cuerpo en una cuchilla gigante, una guillotina de acero que cayó sobre Issei con la fuerza de un meteorito.
Issei no esquivó. Dio un paso adelante, levantó su puño derecho, y en un movimiento que fue casi perezoso, golpeó la cuchilla de frente.
El impacto fue ensordecedor. Una onda expansiva recorrió el muelle, levantando polvo y astillas. Los espectadores cerraron los ojos, tapándose los oídos. Cuando el polvo se disipó, la escena era clara.
Issei estaba de pie, su puño aún extendido, su rostro cubierto de sangre y sudor pero con una sonrisa de victoria. Frente a él, Mr. 1 yacía en el suelo, su cuerpo desfigurado, sus brazos y piernas doblados en ángulos imposibles. Había volado varios metros antes de estrellarse contra una roca fuera de la ciudad, la cual se había partido en dos por el impacto. El asesino de Baroque Works estaba inconsciente, derrotado.
La Boosted Gear emitió un pulso de luz, y una voz resonó en la mente de Issei: “Reset.”
Los nueve Boosts se anularon de golpe, y Issei sintió cómo la energía lo abandonaba como un río que se seca. El cansancio lo golpeó con la fuerza de una ola, haciéndole doblar las rodillas. Jadeaba, respiraba con dificultad, pero se mantuvo en pie. No podía caer. No aún.
—Lo lograste —dijo una voz detrás de él.
Era Camila. Tenía los brazos manchados de sangre, pero no la suya. Había estado ayudando a Naira a atender a los heridos. Ahora, con los ojos brillantes de admiración y alivio, se acercó a Issei y lo abrazó.
—Lo lograste —repitió, su voz quebrada.
Naira se unió a ellos, también manchada de sangre, también con los ojos húmedos. —Creí que… creí que ibas a morir.
—No es tan fácil matarme —respondió Issei, con una sonrisa débil—. Todavía tengo un harén que construir.
Las risas nerviosas de las chicas se mezclaron con los sollozos. Pero la tranquilidad duró poco. Un gemido llamó su atención.
Marily, la espadachina de la espada negra, estaba despertando. Sus vendas estaban empapadas de sangre, y su rostro era una máscara de dolor, pero sus ojos, al ver a Issei de pie y a Mr. 1 en el suelo, se abrieron de par en par.
—¿Él…? —preguntó, su voz débil.
—Derrotado —respondió Camila, con un orgullo evidente—. Issei lo derrotó.
Marily miró a Issei, y en sus ojos no solo había agradecimiento. Había admiración. Y algo más, algo que Issei no supo identificar pero que Naira y Camila notaron de inmediato.
Los habitantes de la isla, los que habían presenciado el combate desde las ventanas y los tejados, comenzaron a salir de sus escondites. Al principio, con cautela, como si temieran que Mr. 1 pudiera levantarse de nuevo. Pero al verlo inmóvil, esposado con cadenas de piedra marina que alguien había traído, la cautela se transformó en euforia.
—¡Lo logró! —gritó alguien.
—¡Derrotó al asesino!
—¡Viva el cazarecompensas!
Los vítores llenaron el puerto. La gente se acercó a Issei, algunos para darle palmadas en la espalda, otros para agradecerle, otros simplemente para ver de cerca al hombre que había vencido a quien había matado a su rey. Issei, abrumado por la atención, solo atinó a sonreír débilmente.
—¿Qué hacemos con él? —preguntó Camila, señalando a Mr. 1.
La pregunta flotó en el aire. Mr. 1 yacía en el suelo, inconsciente, esposado con kairoseki. Era un prisionero de alto valor, pero también una amenaza. Si lo entregaban a la Marina, y si las sospechas de que Mr. 0 era un Shichibukai eran ciertas, entonces no sería difícil que lo liberaran sin consecuencias. Pero si lo mataban… Issei no era un asesino. No podía quitar una vida a sangre fría.
—Es decisión de la isla —dijo Issei, finalmente—. Él mató a su rey. Él hirió a su gente. Ellos deciden.
Los habitantes se reunieron en círculo, discutiendo en voz baja. Algunos pedían su muerte, otros su encarcelamiento, otros que lo entregaran a la Marina para que enfrentara la justicia oficial. La discusión se prolongó, pero al final, una voz se alzó por encima de las demás.
—Que se pudra en el mar —dijo un anciano, el mismo tendero que había perdido una pierna—. Que los Reyes Marinos hagan con él lo que él hizo con nosotros.
La propuesta fue aceptada. Mr. 1 fue cargado hasta un bote pequeño, atado de pies y manos, y empujado mar adentro. No lo hundieron de inmediato; simplemente lo dejaron a la deriva, inconsciente, a merced de las olas y de las criaturas que habitaban en ellas. No era una muerte rápida, pero era la que la isla había decidido.
Issei observó el bote alejarse, y sintió un escalofrío. No era venganza lo que sentía, sino una tristeza profunda. Este hombre había sido un asesino, sí, pero también había sido un instrumento de algo más grande. Baroque Works. Mr. 0. El Shichibukai. Todo eso seguía ahí, esperando.
Marily, apoyada en Camila, se acercó a Issei. Su rostro estaba pálido por la pérdida de sangre, pero sus ojos brillaban con una intensidad que contrastaba con su debilidad.
—Issei —dijo, usando su nombre por primera vez—. Te debo una vida. Si alguna vez necesitas algo, mi espada estará a tu disposición.
Issei la miró, y por un momento, vio más allá de las palabras. Vio admiración, sí, pero también una chispa de algo que no se atrevió a nombrar. Naira y Camila, a sus espaldas, intercambiaron una mirada de resignación cómica. Otra más, decían sus ojos. Claro, otra más.
—Gracias, Marily —respondió Issei, con una sonrisa cansada—. Pero por ahora, solo necesito dormir una semana entera.
La risa de Marily fue débil, pero genuina. Y mientras el sol se ponía sobre la Isla del Duelo, tiñendo el cielo de rojo y naranja, los tres cazarecompensas y la espadachina herida se dirigieron al Sueño Escarlata. El barco, pequeño pero resistente, los recibió con la calma de un hogar flotante.
Esa noche, mientras Issei dormía profundamente, agotado por el combate, Naira y Camila velaban su sueño. Marily, en una hamaca improvisada, también descansaba, su espada negra a su lado.
—¿Crees que se unirá a nosotros? —preguntó Camila en voz baja.
—No lo sé —respondió Naira, con una sonrisa enigmática—. Pero si lo hace, tendremos que comprar un barco más grande.
Las dos rieron, y el sonido de su risa se perdió en el mar, llevado por el viento hacia el horizonte. La Bestia Escarlata había rugido una vez más, y esta vez, su eco llegaría lejos. Muy lejos. Hasta los oídos de Mr. 0, que ya estaba planeando su siguiente movimiento.
La batalla había terminado, pero la guerra contra Baroque Works apenas comenzaba.
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El rincón en la azotea que Akira había descubierto se convirtió, por una hora mágica, en un santuario aislado del caos que Motohama había sembrado en la Academia Kuoh. Sentados en el suelo formando un círculo íntimo, compartieron no solo la comida, sino una complicidad que era tan palpable como la brisa suave que acariciaba sus rostros. El almuerzo de Yukira, meticulosamente preparado, el bento ligeramente desordenado pero lleno de corazón de Akira, y los pasteles que Motohama había comprado, se mezclaron en un festín que sabía a normalidad conquistada.
Mientras comían, riendo de anécdotas triviales y planeando su salida a la pastelería, Motohama permitió que su guardia se relajara. Pero en un rincón de su mente, siempre alerta, el análisis estratégico continuaba. Sabía que los cambios que estaba introduciendo en el ecosistema social de Kuoh no pasarían desapercibidos para sus gobernantes de facto. Rias Gremory, la Heiress de la Casa Gremory, y Sona Sitri, la táctica y meticulosa Presidenta del Consejo Estudiantil, no eran solo estudiantes. Eran piezas clave en el tablero sobrenatural de la ciudad.
Hasta ahora, ninguna de ellas había mostrado un interés particular en él más allá de lo anecdótico. Él era solo “el amigo pervertido de Hyoudou”. Pero ahora, con dos chicas claramente sobrenaturales —una Miko exiliada con un aura espiritual purificada y una portadora de un Sacred Gear legendario— aferrándose a él de manera tan pública y posesiva, era cuestión de tiempo antes de que sus radares se activaran. Lo único que lo salvaba por el momento era que tanto Yukira como Akira habían aprendido a enmascarar sus energías espirituales y demoníacas respectivamente, blendiéndose en el fondo humano de la escuela. Era un escudo temporal, pero frágil. Un paso en falso, una muestra de poder, y la atención de las dos Devil estaría sobre él, con todas las complicaciones que eso conllevaba.
El timbre que marcaba el fin del almuerzo sonó como un recordatorio sobrio de que la tregua había terminado. Con suspiros de resignación, recogieron sus cosas. El regreso a las aulas prometía ser tan turbulento como la salida.
Mientras descendían por las escaleras hacia el edificio principal, Motohama y Yukira se prepararon para separarse de Akira en el cruce de pasillos que llevaba a las aulas de tercer año. El momento de la despedida se cargó de una tensión dulce y anticipatoria. Akira, con su característica falta de inhibición, no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad.
Justo en medio del pasillo, con estudiantes fluyendo a su alrededor como un río alrededor de unas rocas, Akira se detuvo, se puso de puntillas y, frente a las miradas atónitas de decenas de testigos, tomó el rostro de Motohama entre sus manos.
“Hasta luego, Motohama-kun,” murmuró, y antes de que él pudiera responder, selló sus labios con los suyos en un beso apasionado, aunque breve. No fue un beso casto o tímido; fue una declaración de propiedad, de afecto y de desafío, dirigida no solo a él, sino a todos los que lo rodeaban.
El efecto fue instantáneo y eléctrico.
Un coro de gritos ahogados y exclamaciones de “¡Eeeeeh?!” resonó en el pasillo. Las chicas que secretamente odiaban a Motohama por su perversión, pero que ahora también lo temían, se llevaron las manos a la boca, sus rostros una máscara de horror e indignación. ¿Cómo se atrevía una chica tan linda a besarlo así? ¿Y en público?
Los chicos, por su parte, experimentaron una agonía colectiva. Algunos se agarraron el pecho, fingiendo un ataque al corazón. Otros se dieron la vuelta, incapaces de soportar la visión. Un murmullo de pura y densa envidia llenó el aire. “¡Ese maldito Motohama!”, “¿Qué tiene que yo no tenga?”, “¡El universo es injusto!”.
Akira, completamente imperturbable, se separó con una sonrisa triunfal y un guiño a Yukira. “¡Nos vemos después de clases, Yukira-neesan!” Luego, giró sobre sus talones y se mezcló con la multitud que se dirigía a tercer año, dejando atrás un reguero de caos emocional.
Motohama, con los labios aún calientes y el sabor a Akira y a pastel de fresa, se ajustó las gafas, tratando de parecer impasible. Yukira, a su lado, simplemente sonrió con una suave exasperación. “Akira-chan siempre sabe cómo hacer una salida,” comentó en un tono que era tanto de reproche como de afecto.
El regreso a su aula fue menos dramático que la salida, pero la atmósfera había cambiado. Las miradas ya no eran solo de curiosidad o desprecio; ahora tenían un nuevo matiz: resignación. Motohama había escalado en la jerarquía social de la escuela de una manera que nadie podía comprender. Ya no era solo un pervertido; era un pervertido exitoso, y eso lo hacía aún más desconcertante y aterrador.
Yukira se dirigió a su asiento al otro lado del salón con su habitual gracia, ignorando las miradas que la seguían. Motohama se hundió en su silla, sintiendo el peso de cien preguntas no formuladas cargando sobre él.
Fue entonces cuando su percepción se enfocó en Nino Nakano. Ella estaba sentada dos filas más adelante y un poco a la izquierda, lo suficientemente cerca como para que él pudiera ver la tensión en sus hombros. No se había vuelto para mirarlo ni una vez. Su postura era rígida, y mantenía la cabeza baja, fingiendo una concentración intensa en su libro de texto que era tan falsa como transparente.
Motohama podía sentir la vergüenza y la furia irradiando de ella como calor. Su jugada maestra de la mañana, revelar no solo sus medidas sino el color y material de su ropa interior, había sido un golpe bajo devastador. Para una chica como Nino, cuya arma principal era el control y una actitud de superioridad bien pulida, haber sido expuesta de esa manera, con una precisión sobrehumana, era una humillación catastrófica.
Él podía imaginar fácilmente su tormento interno. Todos lo saben, debía de estar pensando. Todos los chicos del salón… están imaginándome con nada más que esa seda lila. Mis amigas… no puedo ni mirarlas a los ojos. Cada risa, cada susurro… debe de ser sobre mí. Su mundo social, ya de por sí complicado por su situación académica familiar, se había reducido a un infierno de autoconsciencia. No ayudaba en absoluto el hecho de que, gracias a la agudizada percepción de Motohama, él pudiera ver el tenue rubor que teñía la nuca de Nino cada vez que un chico pasaba cerca de su escritorio o que un grupo de chicas cuchicheaba y luego miraba en su dirección.
Ella estaba atrapada. Por un lado, lo odiaba con una intensidad que probablemente podría fundir acero. Por otro, y esto era lo que más la mortificaba, tenía que admitir, muy en el fondo de su alma, que él era un tutor excepcional. Las dos sesiones que habían tenido, aunque motivadas por el chantaje más ruin, habían sido las más productivas de su vida académica. Él poseía una habilidad casi mágica para simplificar conceptos, para encontrar el ángulo perfecto que hacía click en su mente testaruda. Bajo su tutela, había resuelto problemas de física que antes le parecían jeroglíficos indescifrables y había entendido reglas gramaticales del inglés que siempre la habían eludido.
Era una dicotomía exasperante: su salvador académico era al mismo tiempo su verdugo social. Y esa noche, tendría que sentarse frente a él de nuevo, en su propia casa, y pretender que no quería clavarle un tenedor en la mano por lo que le había hecho.
Motohama, por su parte, sentía un prurito de remordimiento. Había usado su “don” de la manera más baja posible para ganar una batalla trivial. Pero al mismo tiempo, no se arrepentía. Había funcionado. Le había dado un respiro y había establecido un nuevo parámetro de poder. Sin embargo, sabía que con Nino, la guerra estaba lejos de terminar. Ella no era como las otras chicas que podían ser silenciadas con vergüenza. Ella era inteligente, tenaz y rencorosa. Guardaría su rabia, la incubaría, y buscaría la oportunidad perfecta para devolverle el golpe.
El profesor de literatura entró y comenzó la clase, hablando de los clásicos del período Heian. Pero las mentes de muchos en el salón, incluyendo la de Motohama y sin duda la de Nino, estaban en otra parte. Motohama miraba la espalda rígida de Nino y se preguntaba cómo manejaría la próxima sesión de tutoría. ¿Intentaría sabotearla? ¿Se negaría a participar? ¿O, impulsada por su deseo de mejorar sus calificaciones y quizás, solo quizás, por un minúsculo respeto por su habilidad docente, tragaría su orgullo y cooperaría?
Solo el tiempo lo diría. Por ahora, Motohama se recostó en su silla, observando cómo la luz de la tarde se filtraba por la ventana e iluminaba el polvo flotante en el aire. Su vida se había vuelto un equilibrio precario entre el mundo sobrenatural lleno de ángeles caídos, yokais princesas y poderes de percepción mortal, y el mundo terrenal, pero igualmente peligroso, del drama adolescente, los rumores despiadados y la compleja psicología de cinco hermanas idénticas y problemáticas. Y, pensó con un suspiro interno, la tarde apenas comenzaba. La tutoría con las Nakano se avecinaba, y con ella, la siguiente batalla en la guerra peculiar que había emprendido.
El regreso a casa de Motohama después de un día escolar que podía calificarse como un terremoto social de magnitud 9.0, fue recibido con la ahora familiar y caótica calidez de su hogar convertido en santuario sobrenatural. Al cruzar la puerta, el aroma a incienso de Yukira y el tenue olor a ozono que siempre rodeaba a Kalawarner se mezclaban con el reconfortante aroma a estofado que, para su sorpresa, provenía de la cocina.
Kalawarner estaba reclinada en el sofá con la elegancia indolente de un gato, viendo un drama humano en la televisión con una expresión de aburrido desdén. Sin embargo, al verlo entrar, sus ojos escarlata se iluminaron con un destello de interés predatorio. Fue la primera en moverse, deslizándose del sofá con una fluidad sobrenatural que la llevó frente a él en un instante.
“Bienvenido a casa, querido,” murmuró, y sin darle tiempo a soltar su mochila, lo envolvió en un abrazo y capturó sus labios en un beso profundo y posesivo. Era un beso de reclamación, diseñado para borrar cualquier rastro de las otras chicas que pudiera llevar encima, especialmente después del espectáculo público de Akira. Cuando se separó, dejó a Motohama ligeramente sin aliento. “Te extrañé,” añadió con una sonrisa que era pura provocación.
Detrás de ella, apareció Mirai. Se movía con más soltura que el día anterior, pero aún con una lentitud cautelosa que delataba sus heridas sin cicatrizar del todo. Su rostro se iluminó con una sonrisa tímida pero genuina al verlo, y su cola de lobo, ese delator infalible de sus emociones, comenzó a moverse de un lado a otro con un entusiasmo energético que contrastaba con la precaución de sus pasos.
“¡Motohama-kun!” dijo, acercándose para recibir su propio beso de bienvenida. Este fue más dulce, más contenido, pero no menos sincero. Era el beso de alguien que todavía no podía creer su buena suerte.
Fue entonces cuando Akira, con las manos en las caderas, y Yukira, con una ceja elegantemente arqueada, hicieron coro desde la entrada de la cocina.
“Nosotras también estamos aquí, ¿saben?” dijo Akira, con un tono de falsa indignación.
“Sí, un ‘hola’ no estaría mal,” añadió Yukira, aunque una sonrisa jugueteaba en sus labios.
Kalawarner lanzó una mirada de fastidio por encima del hombro. “Él es el único que importa. Ustedes son… mobiliario decorativo.”
Mirai, sonrojándose ligeramente, asintió en acuerdo tácito. “L-Lo siento, pero es verdad. Motohama-kun es el centro.”
Akira y Yukira intercambiaron una mirada y soltaron suspiros simultáneos de exasperación divertida. Era imposible enojarse de verdad; la dinámica, aunque absurda, funcionaba para ellas.
Motohama, atrapado en el centro de este torbellino de afectos competitivos, no pudo evitar sonreír. “Bienvenidas a casa, ustedes dos también,” dijo, dirigiendo una sonrisa a Akira y Yukira, quienes finalmente se acercaron para recibir sus propios besos de saludo, más rápidos pero no menos cariñosos.
El tiempo antes de su sesión de tutoría con las Nakano era un bien preciado. Motohama, a pesar de su poder y su creciente confianza, sentía un profundo desgano ante la perspectiva de enfrentarse de nuevo a Nino y al ambiente cargado de la casa de las quintillizas. Pero el honor, y el contrato verbal con el señor Nakano, lo obligaban. Aprovechó cada minuto de esa hora de paz, sentado en el sofá con Mirai recostada cuidadosamente a su lado, su cabeza sobre su hombro, mientras Akira le contaba animadamente sobre su “victoria” ante las chicas de tercer año y Yukira servía té para todos. Kalawarner observaba desde su sillón, haciendo comentarios sarcásticos pero dejando claro que, de alguna manera retorcida, también era parte de este círculo.
Pero el reloj avanzaba inexorablemente. Cuando llegó la hora, Motohama se levantó con un suspiro que provenía de lo más profundo de su alma.
“Tengo que irme,” anunció, sintiendo el peso de la responsabilidad académica y el fastidio de tener que lidiar con más drama adolescente.
“Buena suerte con las problemáticas, cariño,” dijo Kalawarner sin apartar los ojos de la televisión.
“¡No dejes que esa Nino te intimide!” lo alentó Akira.
“Ve con cuidado, Motohama-sama,” susurró Yukira.
Mirai le dio un apretón de mano de apoyo. “Regresa pronto.”
Se despidió de cada una con un beso rápido en los labios, un ritual que ya empezaba a sentirse natural, y se encaminó hacia el apartamento de las Nakano con la determinación de un soldado yendo al frente.
Al llegar, tocó la puerta. Fue Miku quien abrió, pero algo era diferente. Normalmente, las hermanas vestían ropa casual y cómoda en casa. Hoy, Miku llevaba un suéter holgado de cuello alto y unos jeans. No era algo extraño por sí mismo, pero combinado con la forma en que evitó su mirada y se cruzó de brazos instintivamente sobre su pecho, delataba una causa específica.
Ah, pensó Motohama, Nino les contó. Sin duda, la segunda hermana había dado un reporte detallado de su nueva y aterradora habilidad pervertida. Las defensas habían sido levantadas. Si antes lo veían como una amenaza baja y chantajista, ahora lo veían como un espía de élite con visión de rayos X.
Entró al apartamento. El ambiente era palpablemente tenso. Las cinco hermanas estaban en la sala, y notó que todas, en mayor o menor medida, vestían capas extrañas o ropa más holgada de lo habitual. Itsuki incluso llevaba una chaqueta gruesa puesta dentro de casa. Fue un esfuerzo conmovedor pero inútil.
Porque su habilidad, afinada y ahora expandida, no se dejaba engañar por la tela. Sus ojos, sin siquiera enfocarse en ello, captaron las líneas y formas subyacentes. Podía percibir el algodón blanco sencillo de Miku bajo su suéter, el deportivo negro de Yotsuba, los shorts de dormir de Itsuki bajo sus capas, y el encaje negro que Ichika, siempre confiada, aún se atrevía a llevar. Y, por supuesto, la seda lila de Nino, que ahora parecía una burla directa a sus intentos de ocultación. Sin embargo, se guardó muy bien de comentarlo. Ya había sembrado el terror suficiente por un día.
“Bien,” comenzó, colocando su carpeta sobre la mesa e ignorando deliberadamente la tensión. “Empecemos. Itsuki-san, vamos a repasar esos problemas de porcentajes que te dieron problemas la última vez.”
La sesión avanzó con una frialdad profesional por parte de Motohama. Explicó, desglosó y guió con una paciencia que contrastaba brutalmente con la imagen del monstruo pervertido que habían construido en sus mentes. Poco a poco, la tensión inicial comenzó a ceder, reemplazada por la familiar frustración y luego la comprensión que su enseñanza solía provocar.
Fue Yotsuba, siempre la más directa y despreocupada, quien rompió el hielo más allá de lo académico. Mientras trabajaban en un problema de geometría, lo miró con curiosidad.
“Oye, Motohama-sensei, ¿qué te gusta hacer? Cuando no estás… ejem… estudiando o… haciendo otras cosas.” Su mirada fue significativa, refiriéndose claramente a su harem.
Motohama, sin levantar la vista del cuaderno de Yotsuba, respondió con una sinceridad absoluta y descarada. “Leer. Videojuegos. Manga. Anime.” Hizo una pausa breve y luego añadió, como si estuviera mencionando otro hobby cualquiera: “Y porno.”
Un coro de atragantamientos y toses llenó la sala. Ichika se puso roja como un tomate, Miku bajó la cabeza tan rápido que sus auriculares casi se caen, e Itsuki dejó caer su bollo. Yotsuba parpadeó, procesando la información con su typical despreocupación. Nino lanzó una mirada que podría haber derretido hierro.
“¡Eres un degenerado sin esperanza!” le espetó.
Motohama se encogió de hombros. “Preguntaste, yo contesté. La honestidad es una virtud.”
Itsuki, recuperándose, vio una oportunidad para cambiar el tema a algo más seguro. “¿Y… y comida? ¿Qué te gusta comer?”
“Katsudon,” respondió él instantáneamente, un destello de nostalgia pasando por sus ojos. “El empanizado perfectamente crujiente, el cerdo tierno, el huevo ligeramente dulce… Es reconfortante.” Luego, casi para sí mismo, añadió: “Aunque ya tiene mucho que no lo cocino. Tal vez lo haga cuando regrese a casa hoy.”
La declaración cayó en la sala con un efecto inesperado. Todas, incluso Nino, lo miraron con sorpresa.
“¿Tú… cocinas?” preguntó Ichika, incapaz de ocultar su asombro.
“Claro,” dijo Motohama, como si fuera lo más normal del mundo. “Vivo solo con mi padre la mayor parte del tiempo. Alguien tiene que hacerlo.”
Fue entonces cuando Nino no pudo contenerse más. Su orgullo culinario, una de sus mayores fuentes de confianza, fue directamente desafiado. “¡Ja! Apuesto a que es comestible, en el mejor de los casos. No cualquiera puede cocinar un Katsudon decente.”
Motohama la miró, y por primera vez esa noche, una sonrisa ligeramente burlona se dibujó en sus labios. “¿Apuestas?”
Los ojos de Nino brillaron con un fuego competitivo. “¡Sí! ¡Hagamos uno ahora! ¡Veremos quién lo hace mejor!”
Las otras hermanas miraron la escena con una mezcla de horror y fascinación. Esto era una locura. Pero también era la interacción más genuina que habían tenido con él.
Sin más preámbulos, se trasladaron a la cocina. Fue un duelo surrealista. Nino, con la precisión y el cuidado de una chef experta, comenzó a preparar su versión, empanizando meticulosamente el cerdo y friendo con una técnica impecable. Motohama, en cambio, se movía con una eficiencia práctica y relajada. Sus movimientos eran rápidos, seguros, y carecían de la elegancia de Nino, pero había una fluidez en ellos que hablaba de experiencia.
Cuando ambos platos estuvieron listos, se llevaron a la mesa. El Katsudon de Nino era hermoso a la vista, perfectamente dispuesto. El de Motohama parecía más… casero, menos refinado.
Las hermanas probaron primero el de Nino. Como siempre, estaba delicioso. Luego, con un escepticismo palpable, probaron el de Motohama.
Hubo un silencio. Luego, unos “mmm” sincronizados. Los ojos de Itsuki se abrieron de par en par. Yotsuba sonrió ampliamente. Miku asintió lentamente. Incluso Ichika pareció impresionada.
El de Motohama era… increíble. El empanizado era más ligero y sorprendentemente más crujiente. La salsa tenía una profundidad de sabor ligeramente diferente, un toque de algo que no podían identificar (un secreto de su vida pasada que recordaba vagamente), que lo hacía más complejo y satisfactorio. Era, innegablemente, mejor.
El rostro de Nino se descompuso. La derrota era amarga en su paladar. “¿C-como…?”
Motohama la miró seriamente, sin rastro de burla ahora. “Por la misma razón por la que eres buena en algunas materias y pésima en otras, Nakano-san. La práctica, la apertura a aprender y, a veces, escuchar a otros. En la cocina y en los estudios, no se trata de juzgar primero. Se trata de entender. Si quieres mejorar, debes dejar de asumir que ya sabes todo y estar dispuesta a aprender, incluso de alguien como yo.”
Sus palabras, dichas con una calma y una certeza que no admitían réplica, golpearon a Nino con más fuerza que cualquier insulto. No era una reprimenda iracunda; era una evaluación fría y precisa de su mayor defecto: su terquedad y su orgullo desmedido. Se quedó mirando su propio Katsudon, ahora sabiendo que era inferior, y una profunda reflexión comenzó a arraigar en ella.
El resto de la sesión de estudio fue notablemente diferente. La tensión se había disuelto, reemplazada por una curiosidad renovada y una comodidad incipiente. Las hermanas hicieron preguntas con menos reticencia, y Motohama respondía con la misma eficiencia, pero ahora con un dejo de… ¿era camaradería?
Cuando Motohama miró el reloj y anunció que era hora de irse, hubo un coro genuino de decepción.
“Ya termina?” preguntó Yotsuba.
“La próxima sesión,” anunció Motohama mientras guardaba sus cosas, “haré un examen para evaluar su progreso.”
Un nerviosismo palpable recorrió a las hermanas.
“¿Un examen?” preguntó Itsuki, con voz temblorosa.
“¿Va a ser muy difícil?” añadió Miku.
Motohama sacudió la cabeza, una sonrisa tranquila en sus labios. “No verán nada que no hayamos cubierto hasta ahora. Si han prestado atención y hacen los ejercicios que dejé, no tienen por qué preocuparse.”
Eran palabras simples, pero por primera vez, sonaron como una declaración de apoyo, no como una amenaza velada. Al despedirse y salir del apartamento, Motohama sintió que algo había cambiado. Ya no era solo el chantajista aterrador o el tutor eficiente. Había mostrado una pizca de humanidad, una habilidad mundana que ellas respetaban, y había plantado una semilla de duda en la fortaleza de Nino.
El camino a casa lo hizo con un paso más ligero. La guerra con las Nakano no había terminado, pero quizás, solo quizás, había ganado la primera batalla hacia una paz genuina. Y con la perspectiva de un Katsudon casero esperándolo en su propio hogar, rodeado de sus cuatro novias, el futuro, por una noche, parecía sorprendentemente brillante.
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