Issei en el grand line - Capítulo 27
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Capítulo 27: Capitulo 18: Una sesion tensa
El rincón en la azotea que Akira había descubierto se convirtió, por una hora mágica, en un santuario aislado del caos que Motohama había sembrado en la Academia Kuoh. Sentados en el suelo formando un círculo íntimo, compartieron no solo la comida, sino una complicidad que era tan palpable como la brisa suave que acariciaba sus rostros. El almuerzo de Yukira, meticulosamente preparado, el bento ligeramente desordenado pero lleno de corazón de Akira, y los pasteles que Motohama había comprado, se mezclaron en un festín que sabía a normalidad conquistada.
Mientras comían, riendo de anécdotas triviales y planeando su salida a la pastelería, Motohama permitió que su guardia se relajara. Pero en un rincón de su mente, siempre alerta, el análisis estratégico continuaba. Sabía que los cambios que estaba introduciendo en el ecosistema social de Kuoh no pasarían desapercibidos para sus gobernantes de facto. Rias Gremory, la Heiress de la Casa Gremory, y Sona Sitri, la táctica y meticulosa Presidenta del Consejo Estudiantil, no eran solo estudiantes. Eran piezas clave en el tablero sobrenatural de la ciudad.
Hasta ahora, ninguna de ellas había mostrado un interés particular en él más allá de lo anecdótico. Él era solo “el amigo pervertido de Hyoudou”. Pero ahora, con dos chicas claramente sobrenaturales —una Miko exiliada con un aura espiritual purificada y una portadora de un Sacred Gear legendario— aferrándose a él de manera tan pública y posesiva, era cuestión de tiempo antes de que sus radares se activaran. Lo único que lo salvaba por el momento era que tanto Yukira como Akira habían aprendido a enmascarar sus energías espirituales y demoníacas respectivamente, blendiéndose en el fondo humano de la escuela. Era un escudo temporal, pero frágil. Un paso en falso, una muestra de poder, y la atención de las dos Devil estaría sobre él, con todas las complicaciones que eso conllevaba.
El timbre que marcaba el fin del almuerzo sonó como un recordatorio sobrio de que la tregua había terminado. Con suspiros de resignación, recogieron sus cosas. El regreso a las aulas prometía ser tan turbulento como la salida.
Mientras descendían por las escaleras hacia el edificio principal, Motohama y Yukira se prepararon para separarse de Akira en el cruce de pasillos que llevaba a las aulas de tercer año. El momento de la despedida se cargó de una tensión dulce y anticipatoria. Akira, con su característica falta de inhibición, no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad.
Justo en medio del pasillo, con estudiantes fluyendo a su alrededor como un río alrededor de unas rocas, Akira se detuvo, se puso de puntillas y, frente a las miradas atónitas de decenas de testigos, tomó el rostro de Motohama entre sus manos.
“Hasta luego, Motohama-kun,” murmuró, y antes de que él pudiera responder, selló sus labios con los suyos en un beso apasionado, aunque breve. No fue un beso casto o tímido; fue una declaración de propiedad, de afecto y de desafío, dirigida no solo a él, sino a todos los que lo rodeaban.
El efecto fue instantáneo y eléctrico.
Un coro de gritos ahogados y exclamaciones de “¡Eeeeeh?!” resonó en el pasillo. Las chicas que secretamente odiaban a Motohama por su perversión, pero que ahora también lo temían, se llevaron las manos a la boca, sus rostros una máscara de horror e indignación. ¿Cómo se atrevía una chica tan linda a besarlo así? ¿Y en público?
Los chicos, por su parte, experimentaron una agonía colectiva. Algunos se agarraron el pecho, fingiendo un ataque al corazón. Otros se dieron la vuelta, incapaces de soportar la visión. Un murmullo de pura y densa envidia llenó el aire. “¡Ese maldito Motohama!”, “¿Qué tiene que yo no tenga?”, “¡El universo es injusto!”.
Akira, completamente imperturbable, se separó con una sonrisa triunfal y un guiño a Yukira. “¡Nos vemos después de clases, Yukira-neesan!” Luego, giró sobre sus talones y se mezcló con la multitud que se dirigía a tercer año, dejando atrás un reguero de caos emocional.
Motohama, con los labios aún calientes y el sabor a Akira y a pastel de fresa, se ajustó las gafas, tratando de parecer impasible. Yukira, a su lado, simplemente sonrió con una suave exasperación. “Akira-chan siempre sabe cómo hacer una salida,” comentó en un tono que era tanto de reproche como de afecto.
El regreso a su aula fue menos dramático que la salida, pero la atmósfera había cambiado. Las miradas ya no eran solo de curiosidad o desprecio; ahora tenían un nuevo matiz: resignación. Motohama había escalado en la jerarquía social de la escuela de una manera que nadie podía comprender. Ya no era solo un pervertido; era un pervertido exitoso, y eso lo hacía aún más desconcertante y aterrador.
Yukira se dirigió a su asiento al otro lado del salón con su habitual gracia, ignorando las miradas que la seguían. Motohama se hundió en su silla, sintiendo el peso de cien preguntas no formuladas cargando sobre él.
Fue entonces cuando su percepción se enfocó en Nino Nakano. Ella estaba sentada dos filas más adelante y un poco a la izquierda, lo suficientemente cerca como para que él pudiera ver la tensión en sus hombros. No se había vuelto para mirarlo ni una vez. Su postura era rígida, y mantenía la cabeza baja, fingiendo una concentración intensa en su libro de texto que era tan falsa como transparente.
Motohama podía sentir la vergüenza y la furia irradiando de ella como calor. Su jugada maestra de la mañana, revelar no solo sus medidas sino el color y material de su ropa interior, había sido un golpe bajo devastador. Para una chica como Nino, cuya arma principal era el control y una actitud de superioridad bien pulida, haber sido expuesta de esa manera, con una precisión sobrehumana, era una humillación catastrófica.
Él podía imaginar fácilmente su tormento interno. Todos lo saben, debía de estar pensando. Todos los chicos del salón… están imaginándome con nada más que esa seda lila. Mis amigas… no puedo ni mirarlas a los ojos. Cada risa, cada susurro… debe de ser sobre mí. Su mundo social, ya de por sí complicado por su situación académica familiar, se había reducido a un infierno de autoconsciencia. No ayudaba en absoluto el hecho de que, gracias a la agudizada percepción de Motohama, él pudiera ver el tenue rubor que teñía la nuca de Nino cada vez que un chico pasaba cerca de su escritorio o que un grupo de chicas cuchicheaba y luego miraba en su dirección.
Ella estaba atrapada. Por un lado, lo odiaba con una intensidad que probablemente podría fundir acero. Por otro, y esto era lo que más la mortificaba, tenía que admitir, muy en el fondo de su alma, que él era un tutor excepcional. Las dos sesiones que habían tenido, aunque motivadas por el chantaje más ruin, habían sido las más productivas de su vida académica. Él poseía una habilidad casi mágica para simplificar conceptos, para encontrar el ángulo perfecto que hacía click en su mente testaruda. Bajo su tutela, había resuelto problemas de física que antes le parecían jeroglíficos indescifrables y había entendido reglas gramaticales del inglés que siempre la habían eludido.
Era una dicotomía exasperante: su salvador académico era al mismo tiempo su verdugo social. Y esa noche, tendría que sentarse frente a él de nuevo, en su propia casa, y pretender que no quería clavarle un tenedor en la mano por lo que le había hecho.
Motohama, por su parte, sentía un prurito de remordimiento. Había usado su “don” de la manera más baja posible para ganar una batalla trivial. Pero al mismo tiempo, no se arrepentía. Había funcionado. Le había dado un respiro y había establecido un nuevo parámetro de poder. Sin embargo, sabía que con Nino, la guerra estaba lejos de terminar. Ella no era como las otras chicas que podían ser silenciadas con vergüenza. Ella era inteligente, tenaz y rencorosa. Guardaría su rabia, la incubaría, y buscaría la oportunidad perfecta para devolverle el golpe.
El profesor de literatura entró y comenzó la clase, hablando de los clásicos del período Heian. Pero las mentes de muchos en el salón, incluyendo la de Motohama y sin duda la de Nino, estaban en otra parte. Motohama miraba la espalda rígida de Nino y se preguntaba cómo manejaría la próxima sesión de tutoría. ¿Intentaría sabotearla? ¿Se negaría a participar? ¿O, impulsada por su deseo de mejorar sus calificaciones y quizás, solo quizás, por un minúsculo respeto por su habilidad docente, tragaría su orgullo y cooperaría?
Solo el tiempo lo diría. Por ahora, Motohama se recostó en su silla, observando cómo la luz de la tarde se filtraba por la ventana e iluminaba el polvo flotante en el aire. Su vida se había vuelto un equilibrio precario entre el mundo sobrenatural lleno de ángeles caídos, yokais princesas y poderes de percepción mortal, y el mundo terrenal, pero igualmente peligroso, del drama adolescente, los rumores despiadados y la compleja psicología de cinco hermanas idénticas y problemáticas. Y, pensó con un suspiro interno, la tarde apenas comenzaba. La tutoría con las Nakano se avecinaba, y con ella, la siguiente batalla en la guerra peculiar que había emprendido.
El regreso a casa de Motohama después de un día escolar que podía calificarse como un terremoto social de magnitud 9.0, fue recibido con la ahora familiar y caótica calidez de su hogar convertido en santuario sobrenatural. Al cruzar la puerta, el aroma a incienso de Yukira y el tenue olor a ozono que siempre rodeaba a Kalawarner se mezclaban con el reconfortante aroma a estofado que, para su sorpresa, provenía de la cocina.
Kalawarner estaba reclinada en el sofá con la elegancia indolente de un gato, viendo un drama humano en la televisión con una expresión de aburrido desdén. Sin embargo, al verlo entrar, sus ojos escarlata se iluminaron con un destello de interés predatorio. Fue la primera en moverse, deslizándose del sofá con una fluidad sobrenatural que la llevó frente a él en un instante.
“Bienvenido a casa, querido,” murmuró, y sin darle tiempo a soltar su mochila, lo envolvió en un abrazo y capturó sus labios en un beso profundo y posesivo. Era un beso de reclamación, diseñado para borrar cualquier rastro de las otras chicas que pudiera llevar encima, especialmente después del espectáculo público de Akira. Cuando se separó, dejó a Motohama ligeramente sin aliento. “Te extrañé,” añadió con una sonrisa que era pura provocación.
Detrás de ella, apareció Mirai. Se movía con más soltura que el día anterior, pero aún con una lentitud cautelosa que delataba sus heridas sin cicatrizar del todo. Su rostro se iluminó con una sonrisa tímida pero genuina al verlo, y su cola de lobo, ese delator infalible de sus emociones, comenzó a moverse de un lado a otro con un entusiasmo energético que contrastaba con la precaución de sus pasos.
“¡Motohama-kun!” dijo, acercándose para recibir su propio beso de bienvenida. Este fue más dulce, más contenido, pero no menos sincero. Era el beso de alguien que todavía no podía creer su buena suerte.
Fue entonces cuando Akira, con las manos en las caderas, y Yukira, con una ceja elegantemente arqueada, hicieron coro desde la entrada de la cocina.
“Nosotras también estamos aquí, ¿saben?” dijo Akira, con un tono de falsa indignación.
“Sí, un ‘hola’ no estaría mal,” añadió Yukira, aunque una sonrisa jugueteaba en sus labios.
Kalawarner lanzó una mirada de fastidio por encima del hombro. “Él es el único que importa. Ustedes son… mobiliario decorativo.”
Mirai, sonrojándose ligeramente, asintió en acuerdo tácito. “L-Lo siento, pero es verdad. Motohama-kun es el centro.”
Akira y Yukira intercambiaron una mirada y soltaron suspiros simultáneos de exasperación divertida. Era imposible enojarse de verdad; la dinámica, aunque absurda, funcionaba para ellas.
Motohama, atrapado en el centro de este torbellino de afectos competitivos, no pudo evitar sonreír. “Bienvenidas a casa, ustedes dos también,” dijo, dirigiendo una sonrisa a Akira y Yukira, quienes finalmente se acercaron para recibir sus propios besos de saludo, más rápidos pero no menos cariñosos.
El tiempo antes de su sesión de tutoría con las Nakano era un bien preciado. Motohama, a pesar de su poder y su creciente confianza, sentía un profundo desgano ante la perspectiva de enfrentarse de nuevo a Nino y al ambiente cargado de la casa de las quintillizas. Pero el honor, y el contrato verbal con el señor Nakano, lo obligaban. Aprovechó cada minuto de esa hora de paz, sentado en el sofá con Mirai recostada cuidadosamente a su lado, su cabeza sobre su hombro, mientras Akira le contaba animadamente sobre su “victoria” ante las chicas de tercer año y Yukira servía té para todos. Kalawarner observaba desde su sillón, haciendo comentarios sarcásticos pero dejando claro que, de alguna manera retorcida, también era parte de este círculo.
Pero el reloj avanzaba inexorablemente. Cuando llegó la hora, Motohama se levantó con un suspiro que provenía de lo más profundo de su alma.
“Tengo que irme,” anunció, sintiendo el peso de la responsabilidad académica y el fastidio de tener que lidiar con más drama adolescente.
“Buena suerte con las problemáticas, cariño,” dijo Kalawarner sin apartar los ojos de la televisión.
“¡No dejes que esa Nino te intimide!” lo alentó Akira.
“Ve con cuidado, Motohama-sama,” susurró Yukira.
Mirai le dio un apretón de mano de apoyo. “Regresa pronto.”
Se despidió de cada una con un beso rápido en los labios, un ritual que ya empezaba a sentirse natural, y se encaminó hacia el apartamento de las Nakano con la determinación de un soldado yendo al frente.
Al llegar, tocó la puerta. Fue Miku quien abrió, pero algo era diferente. Normalmente, las hermanas vestían ropa casual y cómoda en casa. Hoy, Miku llevaba un suéter holgado de cuello alto y unos jeans. No era algo extraño por sí mismo, pero combinado con la forma en que evitó su mirada y se cruzó de brazos instintivamente sobre su pecho, delataba una causa específica.
Ah, pensó Motohama, Nino les contó. Sin duda, la segunda hermana había dado un reporte detallado de su nueva y aterradora habilidad pervertida. Las defensas habían sido levantadas. Si antes lo veían como una amenaza baja y chantajista, ahora lo veían como un espía de élite con visión de rayos X.
Entró al apartamento. El ambiente era palpablemente tenso. Las cinco hermanas estaban en la sala, y notó que todas, en mayor o menor medida, vestían capas extrañas o ropa más holgada de lo habitual. Itsuki incluso llevaba una chaqueta gruesa puesta dentro de casa. Fue un esfuerzo conmovedor pero inútil.
Porque su habilidad, afinada y ahora expandida, no se dejaba engañar por la tela. Sus ojos, sin siquiera enfocarse en ello, captaron las líneas y formas subyacentes. Podía percibir el algodón blanco sencillo de Miku bajo su suéter, el deportivo negro de Yotsuba, los shorts de dormir de Itsuki bajo sus capas, y el encaje negro que Ichika, siempre confiada, aún se atrevía a llevar. Y, por supuesto, la seda lila de Nino, que ahora parecía una burla directa a sus intentos de ocultación. Sin embargo, se guardó muy bien de comentarlo. Ya había sembrado el terror suficiente por un día.
“Bien,” comenzó, colocando su carpeta sobre la mesa e ignorando deliberadamente la tensión. “Empecemos. Itsuki-san, vamos a repasar esos problemas de porcentajes que te dieron problemas la última vez.”
La sesión avanzó con una frialdad profesional por parte de Motohama. Explicó, desglosó y guió con una paciencia que contrastaba brutalmente con la imagen del monstruo pervertido que habían construido en sus mentes. Poco a poco, la tensión inicial comenzó a ceder, reemplazada por la familiar frustración y luego la comprensión que su enseñanza solía provocar.
Fue Yotsuba, siempre la más directa y despreocupada, quien rompió el hielo más allá de lo académico. Mientras trabajaban en un problema de geometría, lo miró con curiosidad.
“Oye, Motohama-sensei, ¿qué te gusta hacer? Cuando no estás… ejem… estudiando o… haciendo otras cosas.” Su mirada fue significativa, refiriéndose claramente a su harem.
Motohama, sin levantar la vista del cuaderno de Yotsuba, respondió con una sinceridad absoluta y descarada. “Leer. Videojuegos. Manga. Anime.” Hizo una pausa breve y luego añadió, como si estuviera mencionando otro hobby cualquiera: “Y porno.”
Un coro de atragantamientos y toses llenó la sala. Ichika se puso roja como un tomate, Miku bajó la cabeza tan rápido que sus auriculares casi se caen, e Itsuki dejó caer su bollo. Yotsuba parpadeó, procesando la información con su typical despreocupación. Nino lanzó una mirada que podría haber derretido hierro.
“¡Eres un degenerado sin esperanza!” le espetó.
Motohama se encogió de hombros. “Preguntaste, yo contesté. La honestidad es una virtud.”
Itsuki, recuperándose, vio una oportunidad para cambiar el tema a algo más seguro. “¿Y… y comida? ¿Qué te gusta comer?”
“Katsudon,” respondió él instantáneamente, un destello de nostalgia pasando por sus ojos. “El empanizado perfectamente crujiente, el cerdo tierno, el huevo ligeramente dulce… Es reconfortante.” Luego, casi para sí mismo, añadió: “Aunque ya tiene mucho que no lo cocino. Tal vez lo haga cuando regrese a casa hoy.”
La declaración cayó en la sala con un efecto inesperado. Todas, incluso Nino, lo miraron con sorpresa.
“¿Tú… cocinas?” preguntó Ichika, incapaz de ocultar su asombro.
“Claro,” dijo Motohama, como si fuera lo más normal del mundo. “Vivo solo con mi padre la mayor parte del tiempo. Alguien tiene que hacerlo.”
Fue entonces cuando Nino no pudo contenerse más. Su orgullo culinario, una de sus mayores fuentes de confianza, fue directamente desafiado. “¡Ja! Apuesto a que es comestible, en el mejor de los casos. No cualquiera puede cocinar un Katsudon decente.”
Motohama la miró, y por primera vez esa noche, una sonrisa ligeramente burlona se dibujó en sus labios. “¿Apuestas?”
Los ojos de Nino brillaron con un fuego competitivo. “¡Sí! ¡Hagamos uno ahora! ¡Veremos quién lo hace mejor!”
Las otras hermanas miraron la escena con una mezcla de horror y fascinación. Esto era una locura. Pero también era la interacción más genuina que habían tenido con él.
Sin más preámbulos, se trasladaron a la cocina. Fue un duelo surrealista. Nino, con la precisión y el cuidado de una chef experta, comenzó a preparar su versión, empanizando meticulosamente el cerdo y friendo con una técnica impecable. Motohama, en cambio, se movía con una eficiencia práctica y relajada. Sus movimientos eran rápidos, seguros, y carecían de la elegancia de Nino, pero había una fluidez en ellos que hablaba de experiencia.
Cuando ambos platos estuvieron listos, se llevaron a la mesa. El Katsudon de Nino era hermoso a la vista, perfectamente dispuesto. El de Motohama parecía más… casero, menos refinado.
Las hermanas probaron primero el de Nino. Como siempre, estaba delicioso. Luego, con un escepticismo palpable, probaron el de Motohama.
Hubo un silencio. Luego, unos “mmm” sincronizados. Los ojos de Itsuki se abrieron de par en par. Yotsuba sonrió ampliamente. Miku asintió lentamente. Incluso Ichika pareció impresionada.
El de Motohama era… increíble. El empanizado era más ligero y sorprendentemente más crujiente. La salsa tenía una profundidad de sabor ligeramente diferente, un toque de algo que no podían identificar (un secreto de su vida pasada que recordaba vagamente), que lo hacía más complejo y satisfactorio. Era, innegablemente, mejor.
El rostro de Nino se descompuso. La derrota era amarga en su paladar. “¿C-como…?”
Motohama la miró seriamente, sin rastro de burla ahora. “Por la misma razón por la que eres buena en algunas materias y pésima en otras, Nakano-san. La práctica, la apertura a aprender y, a veces, escuchar a otros. En la cocina y en los estudios, no se trata de juzgar primero. Se trata de entender. Si quieres mejorar, debes dejar de asumir que ya sabes todo y estar dispuesta a aprender, incluso de alguien como yo.”
Sus palabras, dichas con una calma y una certeza que no admitían réplica, golpearon a Nino con más fuerza que cualquier insulto. No era una reprimenda iracunda; era una evaluación fría y precisa de su mayor defecto: su terquedad y su orgullo desmedido. Se quedó mirando su propio Katsudon, ahora sabiendo que era inferior, y una profunda reflexión comenzó a arraigar en ella.
El resto de la sesión de estudio fue notablemente diferente. La tensión se había disuelto, reemplazada por una curiosidad renovada y una comodidad incipiente. Las hermanas hicieron preguntas con menos reticencia, y Motohama respondía con la misma eficiencia, pero ahora con un dejo de… ¿era camaradería?
Cuando Motohama miró el reloj y anunció que era hora de irse, hubo un coro genuino de decepción.
“Ya termina?” preguntó Yotsuba.
“La próxima sesión,” anunció Motohama mientras guardaba sus cosas, “haré un examen para evaluar su progreso.”
Un nerviosismo palpable recorrió a las hermanas.
“¿Un examen?” preguntó Itsuki, con voz temblorosa.
“¿Va a ser muy difícil?” añadió Miku.
Motohama sacudió la cabeza, una sonrisa tranquila en sus labios. “No verán nada que no hayamos cubierto hasta ahora. Si han prestado atención y hacen los ejercicios que dejé, no tienen por qué preocuparse.”
Eran palabras simples, pero por primera vez, sonaron como una declaración de apoyo, no como una amenaza velada. Al despedirse y salir del apartamento, Motohama sintió que algo había cambiado. Ya no era solo el chantajista aterrador o el tutor eficiente. Había mostrado una pizca de humanidad, una habilidad mundana que ellas respetaban, y había plantado una semilla de duda en la fortaleza de Nino.
El camino a casa lo hizo con un paso más ligero. La guerra con las Nakano no había terminado, pero quizás, solo quizás, había ganado la primera batalla hacia una paz genuina. Y con la perspectiva de un Katsudon casero esperándolo en su propio hogar, rodeado de sus cuatro novias, el futuro, por una noche, parecía sorprendentemente brillante.
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