Issei en el grand line - Capítulo 28
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Capítulo 28: Capitulo 27: Sobreviviente
El cielo sobre la Isla de los Sabios tenía un color plomizo que presagiaba tormenta, pero la tormenta ya había llegado y se había ido, dejando tras de sí un reguero de charcos, barro y frustración. El Vuelo del Dragón atracó en el puerto principal del archipiélago con una suavidad que contrastaba con el ambiente sombrío del lugar. No hubo multitud para recibirlos, ni niños curiosos corriendo a ver el barco nuevo. Solo unos pocos pescadores que recogían sus redes empapadas y les lanzaron miradas de cansancio antes de volver a sus tareas.
—Vaya recibimiento —murmuró Camila, ajustándose el cinturón donde colgaban sus espadas—. Parece que no estamos en la lista de invitados favoritos.
—No es personal —respondió Naira, observando el panorama con ojos analíticos—. Mira los carteles. Las excavaciones se han suspendido por las lluvias. Llevan semanas así, según las fechas. Han perdido meses de trabajo.
Issei asintió, recordando la isla desierta donde había entrenado, donde cada día de lluvia significaba un día sin caza, sin progreso, sin esperanza. Entendía la frustración. —No los juzguemos. Hagamos lo que vinimos a hacer y sigamos nuestro camino.
—¿Y la sobreviviente de Ohara? —preguntó Marily, que se había unido al grupo con su kimono rojo ajustado, aunque esta vez había añadido una capa impermeable de lona para protegerse de la llovizna persistente.
—Preguntaremos con cuidado —dijo Naira—. No queremos levantar sospechas. Si realmente está aquí, es probable que no quiera que se sepa.
Desembarcaron y se adentraron en las calles de la ciudad. El contraste con la Isla del Duelo era abismal. Allí, la vida giraba en torno al combate y el honor. Aquí, todo respiraba conocimiento. Las fachadas de las casas estaban cubiertas de pizarras con ecuaciones y diagramas. Los pocos transeúntes que caminaban apresuradamente llevaban carpetas llenas de papeles, y sus conversaciones eran fragmentos de discursos académicos.
—…la datación por carbono indica que la cerámica pertenece al período anterior a la caída del Reino Antiguo…
—…pero la estratigrafía sugiere una intrusión posterior, quizás del siglo VIII…
—…si logramos descifrar los jeroglíficos de la estela, podríamos reescribir la historia de la navegación…
Issei se sentía como un pez fuera del agua. Él era un estudiante promedio en Kuoh, con notas decentes pero sin brillo. Escuchar a estas personas hablar como si cada descubrimiento pudiera cambiar el mundo le recordaba por qué había dejado los estudios para concentrarse en su sueño pervertido. Naira, a pesar de su inteligencia, también fruncía el ceño ante tanta terminología especializada. Camila, formada en la Academia de la Marina, entendía algunos conceptos, pero la mayoría le resultaban ajenos.
Marily, en cambio, caminaba con una sonrisa de fascinación. Se detenía ante cada escaparate, cada pizarra, cada diagrama, como si pudiera absorber el conocimiento por ósmosis.
—¿Entiendes algo de esto? —le preguntó Issei, en voz baja.
—No mucho —admitió ella—. Pero me parece hermoso. Tanta gente dedicando su vida a entender el pasado. Es como la esgrima, pero con palabras y números.
—Bonita comparación —dijo Naira, con un deje de ironía—. Aunque dudo que a estos eruditos les guste que comparen sus investigaciones con un arte marcial.
—El conocimiento y la espada no son tan diferentes —respondió Marily, con serenidad—. Ambos requieren disciplina, paciencia, y la voluntad de cortar lo superfluo para llegar a la verdad.
Siguieron caminando, esquivando charcos y papeles mojados que el viento había arrastrado. La ciudad estaba bien cuidada, a pesar del mal tiempo. Los edificios eran de piedra clara, con techos de pizarra y grandes ventanales que dejaban ver bibliotecas repletas de libros. En algunas plazas, había estatuas de eruditos famosos, con inscripciones en idiomas antiguos que ni Naira podía leer.
Finalmente, encontraron una posada que también funcionaba como taberna. El letrero, desgastado por la lluvia, decía “El Papiro Mojado”. Dentro, el ambiente era acogedor pero sombrío. Unas pocas mesas estaban ocupadas por grupos de académicos que discutían en voz baja, con tazas de té humeante entre las manos. La dueña, una mujer de mediana edad con gafas de media luna y el cabello gris recogido en un moño, los recibió con una sonrisa cansada.
—Viajeros —dijo, secándose las manos en un delantal—. Hacía semanas que no veíamos caras nuevas. Supongo que vienen por provisiones.
—Sí —respondió Naira, asumiendo el papel de portavoz—. También nos gustaría obtener información sobre la ruta a Water 7. Y, si es posible, alojamiento por unos días.
—Water 7 está a más de un mes de navegación —dijo la dueña, sirviéndoles té sin preguntar—. El Log Pose les llevará directamente si siguen el rumbo correcto. Pero les aconsejo que esperen a que el clima mejore. Las tormentas en esta época son traicioneras.
—Lo tendremos en cuenta —dijo Issei, aceptando la taza con gratitud.
Mientras bebían, Issei observaba a los demás clientes. Todos parecían absortos en sus pensamientos, con los dedos manchados de tinta y los ojos enrojecidos por el insomnio. Era como estar en una biblioteca viviente, donde cada persona era un libro abierto, pero escrito en un idioma que él no entendía.
—Perdone —intervino Camila, dirigiéndose a la dueña—. Hemos oído un rumor. Dicen que en esta isla vive una superviviente de Ohara. ¿Sabe algo de eso?
El ambiente cambió. No de forma dramática, sino sutil. Algunos de los académicos levantaron la vista un momento, luego la bajaron. La dueña, sin embargo, mantuvo su expresión imperturbable.
—Ohara —repitió, como si probara una palabra amarga—. Hace años, sí, hubo una mujer que vivió aquí. Venía de lejos, con una tristeza tan profunda que parecía ahogar la luz a su alrededor. Se hacía llamar… bueno, no importa el nombre. Los eruditos la acogieron al principio, fascinados por su conocimiento. Pero cuando descubrieron quién era, cuando supieron que el Gobierno Mundial la buscaba… —Negó con la cabeza—. La traición es una mancha difícil de limpiar. Ella se fue antes de que pudieran entregarla. Nadie sabe adónde.
—¿Y no ha vuelto? —preguntó Marily.
—No. Y si volviera, no creo que se quedara. Esta isla ya no es el refugio que fue. El miedo al Gobierno Mundial corrompió a muchos. Otros, en cambio, murieron defendiendo el derecho al conocimiento. Pero ella… ella eligió la soledad.
Issei sintió una punzada de tristeza. Una superviviente, perseguida, traicionada, obligada a huir. Le recordaba a Naira, a Camila, a todas las personas que habían perdido su hogar por culpa de los poderosos.
—Gracias por la información —dijo, y pagó las habitaciones.
Los días siguientes, la lluvia no cesó. Issei y su grupo se instalaron en la posada, saliendo solo para comprar provisiones en los pocos mercados que permanecían abiertos. La mayoría de los académicos se habían refugiado en sus casas o en las bibliotecas, esperando que el mal tiempo pasara para reanudar las excavaciones. El ambiente era de una melancolía productiva, como si la lluvia misma fuera una excusa para encerrarse y pensar.
Marily, completamente recuperada de sus heridas, decidió que era momento de retomar el entrenamiento. Y no solo el suyo, sino el de Issei y Camila.
—Habéis mejorado mucho —dijo una tarde, mientras los tres se reunían en la cubierta cubierta del Vuelo del Dragón, protegidos de la lluvia por un toldo improvisado—. Pero vuestras técnicas con la espada son… cómo decirlo… rudimentarias.
—Yo nunca he usado espada —dijo Issei, encogiendo los hombros—. Siempre he confiado en mis puños y en la Boosted Gear.
—Y es un error —respondió Marily, con firmeza—. Un guerrero completo debe dominar varias armas. No para usarlas siempre, sino para entender a los que las usan. Además, una espada puede ser una extensión de tu voluntad, igual que tu Haki.
Camila, que ya tenía experiencia con el tobikuchi y ahora con su nueva espada Filo Errante, asintió con respeto. —Marily tiene razón. He visto cómo sus movimientos fluyen. Es como si la espada fuera parte de su cuerpo.
—Esa es la meta —dijo Marily, desenfundando Noche Serena. La hoja negra brilló incluso bajo la luz gris de la tormenta, un destello de oscuridad que parecía absorber la poca luz—. Pero empecemos con lo básico. Issei, toma esta espada de entrenamiento.
Le lanzó una katana de madera, bien equilibrada pero sin filo. Issei la atrapó al vuelo y la sopesó. No era como los sables de kendo que había usado en el club de investigación de Kuoh (bueno, que había visto usar a las chicas del club de kendo a través del agujero en la valla). Era más pesada, más larga, más… real.
—Postura básica —dijo Marily, colocándose frente a él—. Pies separados al ancho de los hombros. Espada al frente, con ambas manos. No la agarres con fuerza, déjala descansar. La espada es tu amiga, no tu enemiga.
Issei intentó imitarla, pero sus movimientos eran torpes. Sus brazos, acostumbrados a los golpes directos, no sabían cómo manejar un arma que requería precisión y fluidez.
—Así no —dijo Marily, acercándose. Sus dedos rozaron los de Issei al ajustar su agarre, y su pecho quedó peligrosamente cerca de su rostro. El kimono rojo, empapado por la llovizna que se colaba bajo el toldo, se adhería a su piel como una segunda capa, revelando curvas que habrían hecho babear a cualquier hombre.
Issei tragó saliva, sintiendo cómo su concentración se desvanecía. Oppai… grandes oppai… justo frente a mí…
—¿Me escuchas, Issei? —preguntó Marily, con una sonrisa pícara que indicaba que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
—S-sí —tartamudeó él—. Postura. Espada. Amiga.
Camila, que estaba calentando a un lado, suspiró con resignación. Naira, que observaba desde la entrada de la cabina, se limitó a negar con la cabeza. Ya estaban acostumbradas.
El entrenamiento continuó, y a pesar de las distracciones, Issei comenzó a entender los fundamentos. La espada no era como un puño. No se trataba de fuerza bruta, sino de ángulo, de momento, de dejar que la gravedad y la inercia hicieran su trabajo. Era más parecido al Haki de lo que había imaginado: una cuestión de voluntad aplicada a un objeto.
—Mejor —dijo Marily, después de una hora de práctica—. Pero aún te falta. Mañana seguimos.
Issei se desplomó en un barril, agotado pero satisfecho. Camila, que había estado practicando por su cuenta, se acercó a Marily.
—¿Podrías enseñarme también a mí? —preguntó, con humildad—. Mi técnica es más tosca de lo que me gustaría.
—Claro —respondió Marily, sonriendo—. Las dos somos espadachinas. Podemos aprender la una de la otra.
Y así, bajo la lluvia persistente, los tres entrenaron durante días. Issei progresaba lentamente, pero su motivación se mantenía alta gracias a las “vistas” que Marily le ofrecía cada vez que se inclinaba para corregir su postura. Era un círculo vicioso: la perversión alimentaba el entrenamiento, y el entrenamiento alimentaba la perversión.
—Es un caso perdido —murmuró Naira una noche, mientras cenaban—. Pero al menos se está volviendo más fuerte.
—Y Marily parece disfrutarlo —añadió Camila, con un deje de celos—. Demasiado, diría yo.
—Déjalas —dijo Naira, con sabiduría—. Mientras él nos quiera a nosotras también, podemos compartir.
Camila asintió, aunque en su interior aún luchaba contra la inseguridad.
Aprovechando los momentos sin lluvia, Issei y su grupo salían a recorrer la ciudad, preguntando discretamente sobre la superviviente de Ohara. La mayoría de los eruditos se mostraban evasivos, o simplemente negaban saber nada. Pero algunos, los más ancianos, recordaban a una mujer de cabello oscuro y mirada triste que había vivido en una pequeña casa en las afueras.
—Se llamaba Nico Robin —dijo una anciana bibliotecaria, después de que Issei le comprara un libro antiguo que no necesitaba—. Era muy inteligente, demasiado para su edad. Sabía leer los poneglyphs, los bloques de piedra que el Gobierno Mundial prohibió estudiar. Por eso la perseguían.
—¿Y se fue? —preguntó Naira.
—Sí. Un día, sin avisar, desapareció. Dejó la casa vacía, sus libros regados. Algunos dicen que se unió a una organización criminal. Otros, que la mataron. Yo… yo solo sé que era buena persona. Triste, pero buena.
—¿Sabe adónde pudo haber ido? —insistió Camila.
—No. Pero si siguen el rumor, quizás en Water 7 encuentren algo. He oído que allí hay gente que la ha visto. Gente que se mueve en las sombras.
Water 7. Otra vez ese nombre. Issei anotó mentalmente.
Cuando salieron de la biblioteca, la lluvia había cesado temporalmente. Aprovecharon para comprar provisiones: alimentos enlatados, medicinas, cuerdas, velas de repuesto. Issei también compró un par de manuales de navegación para Naira y un libro de poemas para Camila (porque le había dicho que le gustaba la poesía, aunque nunca lo hubiera confirmado). Para Marily, compró una piedra de afilar de alta calidad, un detalle que ella agradeció con una sonrisa que iluminó todo su rostro.
—Eres más atento de lo que pareces —dijo ella, mientras caminaban de regreso al barco.
—Intento serlo —respondió Issei, rascándose la nuca—. Mis chicas se merecen lo mejor.
—¿Todas tus chicas? —preguntó Marily, con un dejo de picardía.
—Todas —respondió él, con una sinceridad que desarmó a la espadachina.
Ella no dijo nada más, pero su sonrisa se mantuvo el resto del camino.
El desierto de Alabasta se teñía de rojo, no por la arena, sino por la sangre derramada en una guerra civil que nunca debió ocurrir. En la ciudad real de Alubarna, los combates habían cesado. Los rebeldes, liderados por Koza, habían depuesto las armas al descubrir que todo había sido una farsa orquestada por Sir Crocodile, el héroe que se había vuelto villano.
Y en la cripta real, bajo el palacio, Monkey D. Luffy se enfrentaba por tercera vez al hombre de arena.
Crocodile estaba furioso. Su plan, tejido durante años, se desmoronaba ante sus ojos. Sus ejecutivos habían caído uno a uno ante la tripulación del sombrero de paja. Mr. 1, su mano derecha, había desaparecido sin dejar rastro (aunque él aún no lo sabía, pero lo sospechaba). Y ahora, este chico elástico, este insolente novato, se negaba a morir.
—¡No entiendo! —rugió Crocodile, mientras su cuerpo se convertía en arena y se arremolinaba alrededor de Luffy—. ¡¿Por qué no te rindes?! ¡¿Qué te hace seguir adelante?!
Luffy, cubierto de sangre y magulladuras, sonrió con su característica mueca. —¡Porque mis amigos! ¡Porque no quiero que nadie más llore en este país! ¡Y porque tú me caes mal, Crocodile!
Golpeó con su puño, cubierto de sangre (su propia sangre, que impedía que la arena lo evadiera), y el impacto resonó en la cripta. Crocodile retrocedió, sintiendo el dolor por primera vez en años.
—Mocoso insolente —susurró, mientras el techo comenzaba a derrumbarse sobre ellos.
La batalla final había comenzado. El destino de Alabasta pendía de un hilo, y en otro lugar del mundo, en una isla lluviosa llena de eruditos, los hilos del destino también se tejían.
El barco de Nico Robin, una pequeña embarcación sin bandera que había alquilado en un puerto cercano, atracó en el muelle de la Isla de los Sabios en la misma tarde en que Issei y su grupo regresaban de sus compras. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto, y una niebla baja se arrastraba entre las calles como un fantasma.
Robin desembarcó con su característica elegancia, su cabello oscuro recogido en un moño bajo, y vestida con un traje que le permitía moverse con libertad. Sus ojos, de un azul profundo, escudriñaron el puerto con la cautela de quien ha aprendido que la confianza es una trampa.
—Aquí es —murmuró para sí—. La última ubicación reportada del grupo de Issei Hyoudou.
Crocodile le había ordenado seguir al cazarecompensas, averiguar sus planes, sus debilidades, y reportar. Robin no tenía intención de obedecer ciegamente, pero necesitaba mantener su fachada. Además, sentía una curiosidad genuina por ese hombre que había derrotado a Mr. 1. Daz Bones era uno de los pocos en Baroque Works que la trataban con respeto, y su derrota era… intrigante.
Caminó por las calles mojadas, reconociendo los edificios, las plazas, las bibliotecas. Había vivido aquí, años atrás, cuando huía del Gobierno Mundial. La gente la había acogido al principio, fascinada por su conocimiento de los poneglyphs. Pero cuando descubrieron su identidad, cuando el miedo a la represalia del Gobierno se apoderó de ellos, la traición fue inevitable. No todos, claro. Algunos la defendieron, le dieron tiempo para huir. Pero esos también sufrieron las consecuencias.
—No es un recuerdo agradable —musitó, mientras pasaba junto a la biblioteca donde solía pasar las tardes leyendo.
Decidió buscar alojamiento en la misma posada donde se habían hospedado los cazarecompensas. No era difícil averiguarlo; bastaba con preguntar. La dueña, la misma mujer de gafas de media luna, la reconoció al instante.
—Tú… —dijo, con una mezcla de sorpresa y temor—. Eres la de Ohara.
—Fui —corrigió Robin, con una sonrisa fría—. Ahora solo soy una viajera más. ¿Tienes una habitación?
La dueña dudó, pero finalmente asintió. —Puedes quedarte. Pero no causes problemas.
—Nunca los causo —respondió Robin, aunque ambas sabían que no era cierto.
Subió a su habitación y, desde la ventana, observó el Vuelo del Dragón atracado en el puerto. Un barco bonito, bien cuidado, con una figura de dragón en la proa. Cuatro personas: un hombre joven y musculoso, dos mujeres (una rubia, una pelirroja), y una cuarta mujer de cabello oscuro que vestía un kimono rojo. La nueva integrante, según los informes. Una espadachina.
—Cuatro —murmuró Robin—. Y según los rumores, Issei Hyoudou busca formar un harén. Qué curioso.
Decidió que al día siguiente se acercaría a ellos, fingiendo ser una viajera más. Pero esa noche, mientras la lluvia volvía a golpear los tejados, sus pensamientos se fueron a Alabasta, a Crocodile, a Luffy. El plan de su jefe estaba condenado al fracaso, lo sabía. El poneglyph en Alabasta no hablaba de Plutón, sino de Poseidón. Pero ella no le había dicho la verdad. Porque la verdad era su única arma, y no estaba dispuesta a entregarla.
Cerró los ojos y trató de dormir, pero los recuerdos de Ohara, de su madre, de los académicos que murieron por el pecado de buscar la verdad, la mantuvieron despierta hasta el amanecer.
Al día siguiente, Issei bajó solo a desayunar a la taberna de la posada. Naira y Camila estaban repasando los mapas, y Marily había ido a comprar más provisiones al mercado. La lluvia había cesado, y un tímido rayo de sol se colaba entre las nubes.
La taberna estaba casi vacía. Solo un par de eruditos tomaban té en una esquina, y una mujer de cabello oscuro leía un libro en la mesa del fondo. Issei no le prestó atención al principio. Pidió un desayuno copioso (tres platos de pescado, arroz, sopa de miso y té) y se sentó a esperar.
Fue entonces cuando la mujer levantó la vista del libro. Sus ojos azules se encontraron con los de Issei, y por un instante, algo eléctrico recorrió el ambiente. No era atracción, sino reconocimiento. Como si ambos supieran que no eran desconocidos, aunque nunca se hubieran visto.
—¿Me permite? —preguntó la mujer, levantándose y acercándose con su libro en la mano.
—Claro —dijo Issei, señalando la silla frente a él.
La mujer se sentó, y al hacerlo, Issei notó algo extraño en sus brazos. Parecían cruzarse de una manera que no era natural, como si tuvieran articulaciones adicionales. Pero parpadeó y la visión desapareció.
—Soy una viajera —dijo la mujer, con una voz suave y melódica—. Me llamo… Robin. Y usted debe ser Issei Hyoudou, el cazarecompensas.
Issei se tensó. —¿Cómo sabe mi nombre?
—En este mundo, los rumores vuelan —respondió Robin, con una sonrisa enigmática—. Usted derrotó a un ejecutivo de Baroque Works. Es normal que su nombre se haya extendido.
—¿Y usted qué sabe de Baroque Works? —preguntó Issei, con desconfianza.
—Suficiente para saber que son peligrosos. Y suficiente para saber que usted es más peligroso que ellos, al menos para sus intereses. —Cerró el libro y lo miró fijamente—. No soy su enemiga, Issei. Solo una curiosa.
Antes de que Issei pudiera responder, Naira y Camila bajaron las escaleras, seguidas de Marily que regresaba del mercado. Al ver a la mujer desconocida sentada con Issei, las tres fruncieron el ceño al unísono.
—¿Quién es ella? —preguntó Naira, con su tono de “primera esposa”.
—Se llama Robin —dijo Issei—. Dice que es una viajera.
Robin se levantó y saludó con una inclinación de cabeza. —Encantada. He oído hablar de ustedes. Cuatro cazarecompensas viajando juntos. Es una tripulación inusual.
—¿Y qué le interesa de nosotros? —preguntó Camila, con la mano en la empuñadura de su espada.
—Nada en particular —respondió Robin—. Solo que he oído que buscan información sobre la superviviente de Ohara. Y yo… bueno, yo sé algo sobre ella.
El silencio se extendió en la taberna. Los eruditos de la esquina levantaron la vista, pero rápidamente la bajaron, como si no quisieran involucrarse.
—¿Qué sabe? —preguntó Marily, con su voz tranquila pero firme.
—Que esa superviviente soy yo —dijo Robin, con una honestidad que sorprendió incluso a ella misma—. Nico Robin. La última hija de Ohara.
Issei y sus chicas se quedaron paralizados. La mujer que habían estado buscando, la que podía leer los poneglyphs, la que tenía el conocimiento de un mundo perdido, estaba sentada frente a ellos, tomando té como si nada.
—¿Por qué nos lo dice? —preguntó Naira, recuperándose primero.
—Porque he estado siguiéndolos —admitió Robin—. Por orden de Crocodile, el líder de Baroque Works. Pero no voy a hacerles daño. Solo quiero entender qué buscan. Y quizás… ofrecerles un trato.
Issei intercambió miradas con sus chicas. Esto olía a trampa. Pero también era una oportunidad. Si Robin realmente sabía leer los poneglyphs, y si los fragmentos que buscaban tenían alguna relación con esos antiguos bloques de piedra… entonces ella podía ser la clave.
—Hablemos —dijo Issei, señalando la silla—. Pero sepa que si intenta algo, no dudaremos en defendernos.
Robin sonrió, y esta vez, su sonrisa fue genuina. —Lo sé. Por eso mismo quiero hablar.
La lluvia había cesado. Un rayo de sol se coló por la ventana, iluminando la mesa donde cinco personas (cuatro cazarecompensas y una arqueóloga fugitiva) comenzaban una conversación que cambiaría el rumbo de sus vidas.
En Alabasta, en ese mismo momento, Luffy asestaba el golpe final a Crocodile, enviándolo a volar por los aires con un puñetazo que atravesó el subsuelo y llegó hasta la superficie. La guerra civil terminaba. El tirano caía. Y en el horizonte, nuevos vientos soplaban.
El viaje de Issei Hyoudou, el Rey del Harem en ciernes, acababa de dar un giro inesperado. Nico Robin, la demonio niño, la mujer que había sobrevivido a la destrucción de su hogar, ahora estaba sentada frente a él, ofreciéndole un trato.
El destino, caprichoso como siempre, tejía sus hilos en la isla de los sabios, bajo la lluvia que finalmente cesaba. El Vuelo del Dragón pronto zarparía hacia Water 7. Y con él, una nueva pasajera, quizás, o quizás una nueva enemiga. El tiempo lo diría.
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