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Issei en el grand line - Capítulo 31

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Capítulo 31: Capitulo 30: Descifrado y la isla en el cielo

El Grand Line era un monstruo caprichoso, una bestia de mil cabezas que cambiaba de humor con la misma facilidad con la que un niño pequeño pasaba de la risa al llanto. En la primera mitad de la ruta, apodada “El Paraíso” por aquellos lo bastante insensatos como para navegar sus aguas, el clima era impredecible pero manejable. Tormentas repentinas, calmas chichas que duraban días, nevadas en pleno verano, olas que surgían de la nada como puños de un dios furioso. Todo eso era moneda corriente para cualquier navegante que se aventurara más allá de la seguridad de los cuatro mares.

Pero los rumores hablaban de algo peor. Mucho peor. En la segunda mitad del Grand Line, el Nuevo Mundo, el clima no era simplemente impredecible: era demente. Allí, las islas se movían de lugar, las brújulas magnéticas eran completamente inútiles, y las tormentas podían desgarrar un barco como si fuera de papel. Los pocos que regresaban del Nuevo Mundo hablaban de cielos que llovían fuego, de mares que hervían sin motivo, de vientos que podían arrancar la piel de los huesos. Era un lugar donde solo los más fuertes, los más locos o los más desesperados se atrevían a navegar.

Issei Hyoudou, de pie en la proa del Vuelo del Dragón mientras el barco surcaba una ola particularmente alta, pensaba en todo esto con una mezcla de respeto y anticipación. No era un navegante experto como Naira, ni un marinero curtido como Camila, pero incluso él podía sentir la diferencia entre los mares que había conocido y este océano impredecible que ahora surcaban.

—Tierra a la vista —anunció Naira desde el timón, su voz calmada pero firme—. Bueno, no exactamente tierra. Es un banco de niebla. Uno denso.

Issei entrecerró los ojos y, efectivamente, en el horizonte se alzaba una pared de bruma blanquecina que parecía devorar la luz del sol. Era como si alguien hubiera dibujado una línea en el océano: a un lado, el azul brillante del mar y el cielo; al otro, una masa algodonosa y opresiva que prometía tragarse el barco entero.

—¿La rodeamos? —preguntó Camila, que estaba ajustando las velas junto a Marily.

—Imposible —respondió Naira, negando con la cabeza—. Se extiende hasta donde alcanza mi percepción. Si intentamos rodearla, perderíamos días, quizás semanas. Y el Log Pose no se desvía. Tenemos que atravesarla.

—¿Es peligroso? —preguntó Robin, que había subido a cubierta con su libro bajo el brazo.

—Depende de lo que haya dentro. Podría ser solo niebla… o podría haber rocas, arrecifes, o algo peor. —Naira hizo una pausa, sus ojos cerrándose mientras concentraba su Haki de Observación—. No siento nada hostil. Solo… silencio. Mucho silencio.

—Eso suena ominoso —comentó Marily, su mano descansando sobre la empuñadura de Noche Serena.

—Lo es —admitió Naira—. Pero no tenemos opción. Issei, ¿qué opinas?

Issei se giró hacia su tripulación, su expresión seria. Momentos como este eran los que definían a un capitán. No se trataba de elegir entre lo bueno y lo malo, sino entre lo malo y lo peor.

—Atravesamos —dijo, con firmeza—. Con cuidado, con precaución, pero atravesamos. No vamos a dejar que un poco de niebla nos detenga.

—Bien dicho —respondió Naira, una sonrisa de orgullo asomando en sus labios—. Tripulación, a sus puestos. Reducid la velocidad a la mitad. Marily, tú y Camila vigilad la proa. Robin, usa tus ojos adicionales para cubrir los flancos. Issei, quédate cerca del timón por si necesitamos fuerza bruta.

Las órdenes se cumplieron con la eficiencia de una tripulación que había aprendido a trabajar junta. En cuestión de minutos, el Vuelo del Dragón se adentró en el banco de niebla, y el mundo exterior desapareció.

La niebla era espesa como sopa de algas. La visibilidad se redujo a apenas unos metros más allá de la proa. Los sonidos se volvieron extraños, distorsionados: el chapoteo de las olas contra el casco resonaba como un eco lejano, y el viento, que antes silbaba entre las jarcias, ahora gemía con un tono bajo y melancólico. La temperatura descendió varios grados, y un frío húmedo se coló bajo la ropa de todos.

—Esto es como navegar dentro de un fantasma —murmuró Camila, estremeciéndose.

—No digas eso —respondió Marily, aunque su voz también sonaba tensa—. No quiero pensar en fantasmas ahora.

Robin, que había hecho brotar varios ojos adicionales en los costados del barco, informó con calma. —No veo nada anormal. Solo agua, niebla, y más niebla. Es como si el mundo se hubiera vaciado.

—Es desconcertante —admitió Naira—. Pero mientras no haya peligro…

No terminó la frase. Porque en ese preciso momento, algo emergió de la niebla frente a ellos. Algo enorme.

Era un barco. O lo que quedaba de uno. Un cascarón destrozado, sin mástiles, sin velas, sin vida. La madera estaba ennegrecida por el fuego o la putrefacción, y las algas cubrían la obra muerta como un sudario verde. Flotaba a la deriva, empujado por corrientes invisibles, un fantasma de madera que emergía de la bruma como un mal presagio.

—Es un pecio —dijo Issei, su voz baja—. Un barco hundido.

—No exactamente —corrigió Robin, entrecerrando los ojos—. No está hundido. Está… vacío. Mira las velas. No están. Mira el timón. Destrozado. Alguien, o algo, lo dejó así.

—¿Supervivientes? —preguntó Camila.

Naira concentró su Haki de Observación, su mente extendiéndose hacia el pecio como una red invisible. —No. No hay nadie. Ni vivos ni muertos. Está completamente abandonado.

Un silencio incómodo se instaló en la cubierta. Todos miraron el barco fantasma mientras el Vuelo del Dragón lo adelantaba lentamente, su casco crujiendo con un sonido que parecía un lamento.

—Continuemos —dijo Issei, finalmente—. No podemos hacer nada por ellos, sean quienes fueran.

—De acuerdo —respondió Naira, y ajustó el rumbo para alejarse del pecio.

El resto de la travesía a través del banco de niebla transcurrió sin más incidentes, aunque la sensación de estar siendo observados no abandonó a la tripulación hasta que, horas después, emergieron de nuevo a la luz del sol. El cielo azul y el mar brillante fueron recibidos con un suspiro colectivo de alivio.

—Bien, eso fue… perturbador —dijo Marily, sacudiéndose la humedad de su kimono.

—Solo es un recordatorio —respondió Robin, con su tono enigmático—. El Grand Line no perdona los errores. Ese barco cometió uno, y pagó el precio.

—Pues nosotros no cometeremos ninguno —afirmó Issei, con determinación—. Somos el Vuelo del Dragón. Y ningún mar, por loco que sea, nos va a detener.

Sus palabras fueron recibidas con sonrisas y asentimientos. Incluso Robin, normalmente reservada, esbozó una pequeña sonrisa.

Fue durante la segunda semana de navegación cuando Nico Robin hizo una petición que sorprendió a todos.

Estaban reunidos en la sala de mapas, alrededor de la gran mesa de madera donde Naira había desplegado las cartas de navegación. El sol de la tarde entraba por los ojos de buey, proyectando rectángulos de luz dorada sobre el suelo, y el balanceo suave del barco mecía el ambiente con una cadencia hipnótica.

—Issei —dijo Robin, su voz cuidadosamente neutra—. Me gustaría ver la pieza de ajedrez.

Issei, que estaba a punto de dar un bocado a una manzana, se detuvo con la fruta a medio camino de su boca.

—¿La pieza? ¿Por qué?

—Por curiosidad —respondió Robin—. Has mencionado que es un objeto de otro mundo, que emite una energía inusual, y que es la única pista que tienes para regresar a tu hogar. He estado pensando en ello desde que nos conocimos. Quizás… quizás pueda ayudarte.

—¿Ayudarme cómo?

—Sé leer los poneglyphs —dijo Robin, su tono simple pero cargado de significado—. Es un lenguaje antiguo, prohibido por el Gobierno Mundial, que solo un puñado de personas en el mundo pueden entender. Si tu pieza tiene alguna inscripción, algún símbolo, cualquier cosa que se parezca a un lenguaje escrito… podría ser el idioma de los poneglyphs.

Issei intercambió una mirada con Naira. Su prometida asintió lentamente.

—No perdemos nada con intentarlo —dijo Naira—. Si Robin puede leer algo que nosotros no, quizás obtengamos información nueva.

—Está bien —accedió Issei, levantándose—. Esperad aquí.

Salió de la sala de mapas y se dirigió a su camarote. La pieza de ajedrez estaba guardada en un pequeño cofre de madera junto a su cama, envuelta en un paño de terciopelo para protegerla. La había encontrado en el fondo del mar, semanas atrás, y desde entonces había sido su posesión más preciada. Una Evil Piece incompleta, un fragmento de su mundo original, la única esperanza que tenía de regresar a casa.

Cuando volvió a la sala de mapas, todos los ojos se posaron en el pequeño objeto que sostenía en la palma de su mano.

Era un peón de ajedrez, tallado en un material que parecía ébano pero que no era exactamente madera. Vetas de color púrpura oscuro recorrían su superficie, brillando débilmente bajo la luz como si tuvieran vida propia. Su forma era idéntica a la de cualquier peón de ajedrez común: una base redonda, un fuste estilizado, y una cabeza esférica en la cima. Pero la energía que emanaba era cualquier cosa menos común.

—Es hermoso —murmuró Marily, inclinándose para observarlo mejor—. Parece vivo.

—Eso dice Ddraig —respondió Issei—. Emite una energía que él reconoce, pero no es una pieza de ajedrez normal. Es como un faro.

—¿Puedo? —pidió Robin, extendiendo la mano.

Issei depositó la pieza en la palma de Robin con cuidado, como si entregara un tesoro frágil. Los dedos de la arqueóloga se cerraron alrededor del peón, y por un instante, su expresión cambió. Algo brilló en sus ojos, algo que no era solo curiosidad profesional.

—Es cálida —dijo, en voz baja—. Como si tuviera su propia temperatura.

—Siempre está así —confirmó Issei—. No importa si hace frío o calor. La pieza siempre está tibia.

Robin asintió lentamente y se llevó la pieza al camarote que ocupaba, prometiendo analizarla con detenimiento. Las horas siguientes transcurrieron con una lentitud exasperante para Issei, que no podía dejar de preguntarse qué estaría descubriendo la arqueóloga.

En su camarote, Robin había colocado la pieza sobre su escritorio, bajo la luz del ojo de buey. La había examinado desde todos los ángulos, usando sus conocimientos de arqueología, de historia antigua, de lenguajes olvidados. La superficie del peón era lisa, sin inscripciones visibles. Pero cuando forzó la vista, cuando entrecerró los ojos y se concentró con la intensidad de quien ha pasado años descifrando los secretos más ocultos del mundo, vio algo.

Eran marcas. Diminutas, casi invisibles, grabadas en la superficie del peón con una precisión microscópica. No eran arañazos ni imperfecciones. Eran caracteres. Símbolos. Letras.

Y Robin los reconoció.

—El dialecto de los poneglyphs —susurró, su corazón acelerándose—. Está escrito en el lenguaje de los poneglyphs.

Lo que siguió fueron horas de trabajo minucioso. Robin transcribió cada símbolo, cada carácter, cada línea, usando papel y tinta que había traído consigo. No era un texto largo, pero sí complejo. Algunos caracteres eran arcaicos, variantes que no había visto en los poneglyphs que había estudiado anteriormente. Pero el significado general era claro.

Cuando finalmente salió de su camarote, el sol ya se había puesto. La luna brillaba en lo alto, y el Vuelo del Dragón navegaba plácidamente sobre aguas tranquilas. En la sala de mapas, Issei, Naira, Camila y Marily la esperaban con impaciencia.

—¿Qué has encontrado? —preguntó Issei, poniéndose en pie.

Robin colocó la hoja de papel sobre la mesa. Su letra era pulcra y precisa, cada carácter dibujado con el cuidado de una erudita.

—La pieza tiene una inscripción —dijo, su voz calmada pero intensa—. Escrita en el lenguaje de los poneglyphs, el mismo que usaban las antiguas civilizaciones para registrar sus conocimientos. He transcrito lo que dice. Y es… revelador.

Todos se inclinaron sobre la hoja. Los caracteres eran incomprensibles para ellos, pero debajo, Robin había escrito una traducción al lenguaje común.

El texto decía:

“Tú que vienes de otro mundo, busca las 5 piezas del ajedrez esparcidas por este mundo. Una vez las consigas, regresa al punto de inicio de tu aventura. Allí te espera un camino de regreso a casa, y de paso, una recompensa. 1 pieza has encontrado. Las demás serán más difíciles de obtener.”

El silencio que siguió fue absoluto. Issei leyó el texto una vez, dos veces, tres veces. Su expresión pasó de la sorpresa a la esperanza, y de la esperanza a la frustración.

—¿Cinco piezas? —dijo, finalmente—. ¿Tengo que encontrar cinco piezas?

—Eso parece —respondió Robin—. La pieza que tienes es una de cinco. Las otras cuatro están esparcidas por el mundo.

—¿Y la última parte? —preguntó Camila, señalando las palabras finales—. “Las demás serán más difíciles de obtener”. ¿Qué significa eso?

—No lo sé con certeza —admitió Robin—. Pero puedo especular. Si esta pieza estaba en el fondo del mar, relativamente accesible para alguien con las capacidades de buceo de Issei, es posible que las otras estén en lugares más peligrosos. Protegidas por algo. O por alguien.

—¿Por alguien poderoso? —preguntó Marily.

—Es lo más probable. El texto no especifica, pero la advertencia es clara. Esta pieza fue fácil de encontrar en comparación con las que vienen.

Issei se dejó caer en una silla, su mente procesando la información. Cinco piezas. Había encontrado una. Quedaban cuatro. Y según el texto, serían más difíciles de obtener. ¿Qué significaba eso? ¿Estarían en posesión de piratas poderosos? ¿En ruinas antiguas llenas de trampas? ¿En islas custodiadas por bestias legendarias?

—No sirve de nada especular —dijo, finalmente, su voz recuperando su determinación—. No sabemos dónde están las otras piezas. Ni siquiera tenemos pistas. Lo único que podemos hacer es seguir adelante, buscar información, y esperar encontrarlas por el camino.

—Una actitud práctica —comentó Robin—. Me alegra que lo veas así.

—Pero al menos ahora sabemos algo —intervino Naira, su tono optimista—. Sabemos cuántas piezas hay. Sabemos que al reunirlas todas podremos abrir un camino de regreso. Eso es más de lo que sabíamos ayer.

—Cierto —admitió Issei—. Y eso es gracias a ti, Robin. —Levantó la mirada hacia la arqueóloga, sus ojos llenos de gratitud—. En serio, gracias. Sin ti, nunca habría sabido lo que dice la pieza.

Robin sonrió, una sonrisa que, por una vez, parecía genuinamente cálida. —Para eso estoy aquí. Para ayudar.

Issei tomó la pieza de la mesa donde Robin la había dejado y la sostuvo en su mano. El peón de ébano con vetas púrpura brilló débilmente, como si respondiera a su toque.

—Cinco piezas —repitió, en voz baja—. Volveré a casa. Y llevaré a todas conmigo.

Sus palabras no iban dirigidas a nadie en particular, pero resonaron en la sala como una promesa. Naira, Camila y Marily intercambiaron miradas. Ellas ya habían aceptado acompañarlo a su mundo cuando llegara el momento. Pero escucharlo decirlo, con esa determinación tranquila, renovaba su decisión.

Esa noche, Issei guardó la pieza en su camarote, en el mismo cofre donde la había tenido siempre. Pero ahora, al mirarla, no veía solo un objeto misterioso. Veía un mapa. Un mapa con cinco destinos, de los cuales solo uno conocía. Los otros cuatro lo esperaban en algún lugar del vasto mundo de One Piece. Y él, Issei Hyoudou, el futuro Rey del Harem, los encontraría.

Costara lo que costara.

Los días siguientes transcurrieron con la rutina habitual, pero con una energía renovada. La revelación del texto en la pieza había insuflado nueva motivación a toda la tripulación. Saber que había un objetivo concreto, cinco piezas que encontrar, un camino de regreso a casa, hacía que cada día de entrenamiento tuviera un propósito aún más definido.

En el gimnasio del barco, Issei sudaba la gota gorda mientras realizaba su rutina diaria de Boosts. Su cuerpo, cada vez más adaptado al poder de la Boosted Gear, aceptaba las duplicaciones de energía con menos resistencia que antes.

—Boost —dijo, activando el Sacred Gear por quinta vez consecutiva.

El guantelete verde brilló en su brazo izquierdo, y una ola de poder recorrió su cuerpo como un escalofrío eléctrico. Su fuerza se había multiplicado por treinta y dos veces desde el inicio de la sesión, y aunque el esfuerzo era considerable, ya no sentía que sus músculos fueran a desgarrarse.

—Boost.

Sexta duplicación. Sesenta y cuatro veces su poder base. El aire a su alrededor vibraba con la energía acumulada.

—Boost.

Séptima. Ciento veintiocho veces. Su respiración se aceleró, su corazón bombeaba como un tambor de guerra.

—Boost.

Octava. Doscientas cincuenta y seis veces. Las venas de sus brazos se marcaban bajo la piel, y sus ojos adquirían un leve brillo verde, reflejo del poder de Ddraig.

—Boost.

Novena. Quinientas doce veces. Su cuerpo temblaba. Podía sentir cada fibra muscular protestando, pero se mantuvo firme.

—Boost.

Décima. Mil veinticuatro veces. El gimnasio entero se estremeció. Las paredes reforzadas crujieron, y los muñecos de entrenamiento se tambalearon. Issei apretó los dientes, luchando por contener el poder que amenazaba con desbordarse.

—¡Suficiente! —exclamó Camila, que entrenaba a su lado—. Issei, para. Vas a romper algo.

Issei exhaló lentamente, dejando que el poder acumulado se disipara. El brillo verde de sus ojos se desvaneció, y su cuerpo, aunque tembloroso, se mantuvo en pie.

—Diez Boosts —dijo, con una sonrisa cansada pero satisfecha—. Sin colapsar. Estoy mejorando.

—Eres un animal —comentó Camila, sacudiendo la cabeza—. ¿Cómo puedes soportar tanto poder?

—Ddraig dice que mi cuerpo se está adaptando —respondió Issei, secándose el sudor de la frente—. Algo sobre el factor draconiano en mi sangre. No lo entiendo del todo, pero mientras me haga más fuerte, no me quejo.

—No es solo el factor draconiano —intervino Ddraig en su mente—. Es tu voluntad. Tu determinación. Eres el portador con menos talento natural que he tenido en milenios, pero también eres el que más se esfuerza. Eso cuenta más de lo que crees.

—Gracias, Ddraig. Creo.

—No te acostumbres a los cumplidos. Sigue entrenando.

Mientras Issei se recuperaba, Camila reanudó su propia rutina. Su Haki de Armadura había alcanzado un nivel notable: ahora podía cubrir completamente sus brazos, sus piernas y su torso con la capa negra protectora. Cuando concentraba su voluntad, su cuerpo brillaba como el metal pulido, y los golpes que antes la habrían derribado ahora apenas la hacían retroceder.

Pero su verdadero orgullo era su Haki de Observación. Lo había despertado por completo, y aunque aún no alcanzaba el nivel prodigioso de Naira, podía sentir intenciones hostiles con claridad y anticipar ataques sencillos con una fracción de segundo de antelación. En el mundo del combate, una fracción de segundo era la diferencia entre esquivar una espada y recibirla en el pecho.

—Estás mejorando mucho —dijo Marily, que observaba el entrenamiento desde un rincón—. Tu Haki de Armadura es casi tan bueno como el mío.

—Casi —respondió Camila, sonriendo—. Pero tú tienes una espada negra. Eso te da ventaja.

—Y tú tienes determinación. Eso es más valioso.

Marily se levantó y desenfundó Noche Serena. La hoja negra absorbió la luz de las lámparas como un agujero en la realidad. —¿Practicamos?

Camila asintió y desenfundó Filo Errante. Las dos espadachinas se enfrentaron en el centro del gimnasio, sus armas chocando con un sonido metálico que resonó en todo el barco.

Para Marily, este entrenamiento era crucial. Su Haki de Observación, que durante semanas se había resistido a cualquier mejora, finalmente había dado una señal de avance. Era algo minúsculo, casi imperceptible: la capacidad de sentir presencias cercanas sin necesidad de verlas. Si cerraba los ojos y se concentraba mucho, podía percibir dónde estaban Camila, Issei, Naira. No sus intenciones, no sus movimientos, solo su ubicación. Pero era un comienzo.

—He oído que por fin has mejorado tu Haki de Observación —dijo Camila, mientras sus espadas danzaban en una secuencia de ataques y paradas.

—Un poco —admitió Marily—. Todavía estoy lejos de vosotros. Pero puedo sentir presencias. Eso es más que hace una semana.

—Cada avance cuenta. No te rindas.

—No lo haré.

En cubierta, Naira estaba de guardia en el timón, aunque su atención estaba dividida entre la navegación y lo que ocurría bajo sus pies. Su Haki de Observación, afinado hasta niveles casi sobrenaturales, le permitía seguir el entrenamiento de sus compañeros sin necesidad de estar presente. Podía sentir sus movimientos, sus emociones, incluso sus niveles de fatiga.

—Issei ha llegado a diez Boosts —murmuró para sí misma, una sonrisa orgullosa en sus labios—. Camila y Marily están entrenando espadas. Todos están progresando.

—¿Y tú? —preguntó Robin, que estaba sentada en un barril cercano, su libro de historia abierto sobre el regazo—. Tú también has estado entrenando.

—Mi Haki de Observación ha aumentado su alcance —respondió Naira—. Antes podía sentir a unos cientos de metros. Ahora, creo que puedo alcanzar el kilómetro. Quizás más si me concentro. Y puedo distinguir mejor las intenciones. Antes eran como sombras borrosas. Ahora son más nítidas.

—Un kilómetro —repitió Robin, impresionada—. Eso es extraordinario.

—Es útil para la navegación. Puedo percibir tormentas antes de que lleguen, bancos de peces, barcos enemigos. Pero aún me falta mucho. He oído historias sobre usuarios del Haki de Observación que pueden ver el futuro con segundos de antelación. Yo solo siento lo que está ocurriendo ahora.

—El futuro es un concepto resbaladizo —comentó Robin—. Quizás sea mejor no verlo.

—Quizás —concedió Naira—. Pero en este mundo, cualquier ventaja es poca.

Robin cerró su libro y observó el horizonte. Habían pasado diez días desde que zarparon de la Isla de los Sabios, y el Vuelo del Dragón avanzaba a un ritmo constante. Según sus cálculos, llegarían a Water 7 en aproximadamente dos semanas y media, si el clima se mantenía estable.

—¿Crees que encontraremos más pistas sobre las piezas en Water 7? —preguntó Robin.

—No lo sé —respondió Naira—. Pero es nuestro próximo destino. Y si hay información que encontrar, la encontraremos.

Había algo diferente en Marily D. Vroe. Algo que Naira y Camila habían notado hacía días, pero que Issei, en su infinita densidad para los asuntos del corazón, seguía sin percibir.

La espadachina de la Isla del Duelo siempre había sido coqueta, por supuesto. Desde que se unió a la tripulación, sus elegantes kimonos rojos, sus miradas pícaras y sus movimientos calculadamente sensuales habían sido una fuente constante de distracción para Issei y de exasperación para sus novias. Pero aquello era parte de su personalidad, una fachada que usaba tanto para provocar como para protegerse.

Ahora, sin embargo, algo había cambiado. Su coquetería seguía presente, pero se había vuelto más suave, más genuina. Ya no se trataba solo de llamar la atención de Issei, sino de estar cerca de él. De ayudarle. De apoyarle.

Durante los entrenamientos, Marily se colocaba deliberadamente junto a Issei. Si él practicaba su Haki de Armadura, ella estaba allí para ofrecerle consejos. Si él se frustraba porque no lograba un nuevo límite de Boosts, ella era la primera en animarlo. Sus dedos rozaban los de él al ajustar su postura, sus miradas se encontraban con una frecuencia que no era casual, y su voz, antes cargada de ironía, ahora estaba teñida de un afecto que no podía disimular.

—¿Has notado algo raro en Marily? —preguntó Camila a Naira una tarde, mientras ambas observaban desde la barandilla cómo Issei y Marily entrenaban en cubierta.

—Lo he notado —respondió Naira, con una sonrisa resignada—. Está enamorada. Completamente.

—Eso pensé. —Camila suspiró—. ¿Cuánto tardará Issei en darse cuenta?

—Mi apuesta es que no se dará cuenta hasta que ella se lo diga directamente. Y aun así, probablemente necesitará que se lo repitan.

—Es tan denso…

—Lo es. Pero también es parte de su encanto. No se da cuenta de que las mujeres se enamoran de él porque no lo espera. No se cree tan atractivo como realmente es.

—Eso es ridículo —dijo Camila—. Ha derrotado a Mr. 1, ha salvado islas enteras, tiene un cuerpo esculpido por el entrenamiento, y su sonrisa, cuando no está babeando por unos pechos, es… agradable.

—¿Agradable? —Naira arqueó una ceja—. Vamos, Camila. Puedes admitirlo. Te gusta su sonrisa.

—Mucho —admitió Camila, sonrojándose ligeramente—. Me gusta todo de él. Incluso cuando es un pervertido incorregible.

—Entonces entiendes lo que siente Marily.

—Lo entiendo. Y sé que, tarde o temprano, se unirá a nosotras oficialmente. Solo espero que Issei se dé cuenta antes de que la pobre tenga que declararse en medio de una batalla.

—Eso sería muy al estilo de Issei, la verdad.

Ambas rieron, una risa cómplice de hermanas de harén que habían aprendido a compartir y a aceptar.

Mientras tanto, en cubierta, Issei y Marily terminaban su sesión de entrenamiento de espada. Bueno, de entrenamiento para Issei; Marily apenas necesitaba practicar los fundamentos.

—Tu postura ha mejorado —dijo Marily, guardando Noche Serena en su vaina—. Ya no sostienes la espada como si fuera un bate de béisbol.

—Gracias —respondió Issei—. Aunque todavía me siento torpe. No sé cómo haces para que parezca tan fácil.

—Años de práctica. Y un buen maestro. —Marily sonrió, una sonrisa cálida que iluminó su rostro—. Pero tienes potencial. Solo necesitas confiar más en ti mismo.

—Eso mismo dice Ddraig.

—Entonces Ddraig y yo estamos de acuerdo. —Marily dio un paso hacia Issei, su mano rozando su brazo—. Deberías escucharnos más a menudo.

Issei la miró, y por un instante, algo brilló en sus ojos. No era la típica mirada pervertida que dirigía a los pechos de las mujeres. Era una mirada más profunda, más consciente. Como si, por un segundo, hubiera visto a Marily no como una compañera atractiva, sino como la mujer que realmente era.

Pero el momento pasó. Issei parpadeó, su cerebro volviendo a su estado habitual.

—Sí, bueno, seguiré practicando —dijo, rascándose la nuca—. Gracias por la ayuda, Marily.

—De nada —respondió ella, su voz un poco más suave de lo normal—. Siempre que necesites ayuda, aquí estoy.

—Eres muy amable —dijo Issei, completamente ajeno a la profundidad de lo que acababa de decir—. Últimamente has estado muy… amable. Es genial.

Marily suspiró interiormente. Amable. La palabra resonó en su mente como un pequeño fracaso. Había estado dejando pistas durante semanas, había coqueteado abiertamente, había entrenado a su lado, se había preocupado por él, y lo único que Issei notaba era que era “amable”.

—Sí —dijo, con una sonrisa resignada—. Soy muy amable.

Esa noche, durante la cena, Marily se sentó al lado de Issei, un poco más cerca de lo necesario. Sus hombros se tocaban, y cuando Issei se giró para hablar con Naira, el brazo de Marily rozó el suyo. Issei no pareció notarlo.

Naira y Camila intercambiaron una mirada. Otro día, otra señal perdida. El harén crecía, pero el Rey del Harem seguía siendo ciego a las flores que florecían a su alrededor.

El decimocuarto día de navegación amaneció con un cielo despejado y un mar en calma. El Vuelo del Dragón avanzaba a buena velocidad, impulsado por un viento favorable que Naira aprovechaba con la maestría de una navegante experta. La tripulación había establecido una rutina tan cómoda que casi olvidaban lo peligroso que podía ser el Grand Line.

A media mañana, una silueta familiar apareció en el cielo. Un ave grande, de plumaje blanco y gris, con un morral de cuero cruzado sobre el pecho, volaba directamente hacia el barco.

—News Coo —anunció Camila, que estaba de guardia en la proa.

El pájaro mensajero aterrizó sobre la barandilla con la precisión de un veterano, graznó un saludo, y sacó un periódico enrollado de su morral. Naira, que estaba al timón, le pagó con unas monedas y le ofreció una galleta como propina. El News Coo picoteó la galleta, graznó agradecido, y alzó el vuelo de nuevo.

—Noticias frescas —dijo Naira, desenrollando el periódico—. Veamos qué ha pasado en el mundo.

La portada mostraba una fotografía borrosa de lo que parecía ser un hombre corpulento, de cabello oscuro y rizado, con una barba negra y desaliñada. La imagen estaba tomada a distancia, probablemente por un testigo asustado, y no se distinguían bien los rasgos. Pero el titular era llamativo:

“¿BARBANEGRA A LA VISTA? RUMORES DE UN NUEVO PIRATA EN JAYA”

Issei, que había subido a cubierta justo en ese momento, se quedó paralizado al escuchar esas palabras.

—¿Barbanegra? —repitió, su voz tensa.

—¿Lo conoces? —preguntó Naira, extrañada por su reacción.

Issei no respondió de inmediato. Su mente había viajado a otro mundo, a otra época, a las clases de historia en la Academia Kuoh. Él nunca había sido un estudiante brillante, y la historia le aburría soberanamente. Pero había nombres que todo el mundo conocía, nombres que habían trascendido el polvo de los libros para convertirse en leyendas. Y uno de esos nombres era Barbanegra.

Edward Teach. El pirata más temido de su época. El hombre que había aterrorizado los mares del Caribe, que había saqueado ciudades enteras, que había luchado contra la Marina Real británica y había ganado. Su barba negra y espesa, sus mechas encendidas durante las batallas, su ferocidad inigualable. Era una figura mítica, casi tanto como los dragones o los dioses antiguos.

Y ahora, en este mundo extraño, estaba escuchando ese mismo nombre.

—En mi mundo —dijo Issei, su voz baja—, Barbanegra era el pirata más famoso de la historia. Un hombre tan terrible que su nombre se usaba para asustar a los niños. No era un mito. Fue real. Y si en este mundo hay alguien que lleva ese nombre…

—Déjame leer el artículo —interrumpió Naira, volviendo su atención al periódico—. Puede que no sea lo que piensas.

Leyó en voz alta, para que todos pudieran escuchar:

“…según informes de testigos presenciales en la isla de Jaya, un pirata de apariencia formidable ha sido avistado en la zona. Los testigos describen a un hombre corpulento, de cabello oscuro y rizado, con una barba negra y desaliñada. Se desconoce su nombre real o su afiliación, pero los lugareños han comenzado a llamarlo ‘Barbanegra’. Las autoridades de la Marina no han confirmado la veracidad de estos rumores, y algunos oficiales sugieren que podría tratarse de un imitador o de una confusión con otro pirata. Hasta el momento, no se ha emitido ninguna recompensa oficial…”

Naira bajó el periódico. Issei exhaló un suspiro de alivio.

—Son solo rumores —dijo Camila—. Testigos no confirmados, descripciones vagas. Puede que ni siquiera sea un pirata real.

—Además, aunque lo fuera —añadió Marily—, no es el mismo Barbanegra de tu mundo. Este es otro hombre, otra historia.

—Lo sé —respondió Issei, aunque su voz aún tenía un deje de tensión—. Pero es un nombre que carga con mucho peso. En mi mundo, Barbanegra era sinónimo de muerte y destrucción. No puedo evitar reaccionar al oírlo.

—Es comprensible —dijo Robin, que había salido a cubierta atraída por la conversación—. Los nombres tienen poder. Sobre todo cuando vienen de otro mundo.

—¿Tú crees que este Barbanegra sea peligroso? —preguntó Marily.

—Todo pirata en el Grand Line es peligroso —respondió Robin—. Pero si es un recién llegado, como sugiere el artículo, no debería ser una amenaza inmediata. Los piratas novatos suelen ser aplastados rápidamente, o aprenden a ser discretos. Si este Barbanegra ha logrado mantenerse en el anonimato hasta ahora, es porque es inteligente. O porque es mucho más fuerte de lo que parece.

—De cualquier manera —intervino Issei—, no es nuestro problema ahora. Nuestro objetivo es Water 7 y las piezas de ajedrez. Si Barbanegra se cruza en nuestro camino, nos ocuparemos de él. Si no, no lo buscaremos.

Dobló el periódico y lo dejó sobre un barril. Pero en el fondo de su mente, el nombre resonaba como un eco distante. Barbanegra. En su mundo, una leyenda. En este mundo, un misterio.

Y por alguna razón, Issei presentía que ese nombre volvería a aparecer en su vida.

Mientras el Vuelo del Dragón navegaba hacia Water 7, a miles de kilómetros de distancia, otra tripulación vivía su propia aventura. Una aventura que, sin que ellos lo supieran, estaba conectada con la de Issei por los hilos invisibles del destino.

La tripulación de Monkey D. Luffy, los Sombreros de Paja, había zarpado de Alabasta dos semanas y media atrás. La despedida había sido agridulce. La princesa Nefertari Vivi, su amiga y compañera de batalla, había decidido quedarse en su reino para ayudar en la reconstrucción. Pero la Marina, siempre oportunista, estaba buscando a los responsables de la caída de Crocodile, y Luffy no quería involucrar a Vivi en más problemas.

Así que la despedida fue sutil, casi silenciosa. Un adiós con el puño alzado hacia el cielo, un gesto que Vivi entendió perfectamente desde la costa. Lágrimas contenidas, promesas no dichas, y el Going Merry alejándose hacia el horizonte mientras el sol se ponía sobre Alabasta.

La siguiente isla en el Log Pose era Jaya, un lugar que los mapas describían como “la isla de los sueños perdidos”. Tardaron dos semanas y media en llegar, navegando bajo cielos despejados y sobre mares tranquilos. Pero cuando arribaron al puerto de Mock Town, lo que encontraron no fueron sueños, sino burlas.

—¿Una isla en el cielo? —Un pirata corpulento, de cabello rubio y sonrisa despectiva, se rió en la cara de Luffy—. ¡Eso es un cuento para niños! ¡La isla del cielo no existe!

El pirata se llamaba Bellamy. Tenía una recompensa de 55 millones de berries, una tripulación de matones a su servicio, y una Fruta del Diablo que le permitía transformar sus piernas en resortes. Era joven, arrogante, y creía firmemente que los sueños eran para los débiles. Que los verdaderos piratas vivían en el presente, no en fantasías.

Luffy, Zoro y Nami estaban en un bar de Mock Town cuando Bellamy y su banda entraron. Las burlas comenzaron casi de inmediato. Bellamy se rió del sueño de Luffy de encontrar la isla del cielo, se rió de su tripulación, se rió de sus ambiciones. Luffy, sentado en la barra, no respondió a las provocaciones.

—¿No vas a hacer nada? —preguntó Nami, nerviosa.

—No —respondió Luffy, su voz tranquila—. No vale la pena.

Pero Bellamy no se conformó con burlas verbales. Se abalanzó sobre Luffy y comenzó a golpearlo, sus puños impulsados por la Fruta del Diablo impactando contra el cuerpo de goma una y otra vez. Luffy no se defendió. Zoro, a su lado, tampoco. Ambos recibieron una paliza brutal, ante la mirada horrorizada de Nami y la diversión sádica de los presentes.

Cuando Bellamy se cansó, escupió al suelo y se fue, riendo. Luffy y Zoro quedaron tirados en el suelo, magullados y sangrando. Nami, furiosa y confundida, los ayudó a levantarse y los sacó del bar.

—¿Por qué no os defendisteis? —les reprochó—. ¡Os podían haber matado!

—No valía la pena —repitió Luffy, limpiándose la sangre de la boca—. Golpear a alguien que no cree en los sueños no tiene sentido. No le habría dolido de verdad.

—Además —añadió Zoro, con su estoicismo habitual—, si hubiéramos peleado, habríamos causado problemas. Y todavía tenemos que encontrar la isla del cielo.

Nami los miró como si estuvieran locos. Quizás lo estaban. Pero también eran los hombres más determinados que había conocido.

Mientras caminaban por las calles de Mock Town, un hombre de tamaño masivo se cruzó en su camino. Era corpulento, con el pecho peludo, varios dientes rotos o mellados, una nariz torcida y pronunciada, y una barba negra y desaliñada que le cubría la mandíbula. Su cabello, largo y rizado, caía bajo un pañuelo negro. Su aspecto era imponente, casi salvaje, pero sus ojos brillaban con una extraña inteligencia.

Era el mismo hombre con el que Luffy había tenido un breve encontronazo horas antes. Ambos estaban comiendo en una taberna: Luffy, carne; el hombre, un pastel de cereza. Habían estado a punto de pelearse por diferencias de gustos, pero el incidente no había llegado a más. Ahora, al ver a Luffy y Zoro magullados, el hombre sonrió. Era una sonrisa fea, llena de dientes rotos y oscuros, pero extrañamente carismática.

—La era de los sueños… ¿ha terminado? —dijo en voz alta, aunque no parecía dirigirse a nadie en particular—. ¡ZAHAHAHA! ¡Los sueños de las personas nunca terminan!

La gente a su alrededor lo miró como si estuviera loco. Murmullos, miradas de desprecio, algún insulto ahogado. Pero el hombre no se inmutó. Sus palabras, aparentemente sin sentido, resonaron en el aire como un eco del pasado.

Luffy y Zoro lo observaron en silencio. Algo en aquel hombre los perturbaba. No era miedo. Era… reconocimiento. Como si sus instintos les dijeran que estaban ante alguien mucho más peligroso de lo que aparentaba.

—Vámonos —dijo Nami, tirando del brazo de Luffy—. Este lugar está lleno de gente rara.

Se fueron. Pero las palabras del extraño quedaron flotando en el aire. Los sueños de las personas nunca terminan.

Esa misma tarde, Luffy y los demás buscaron información sobre la isla del cielo. Preguntaron en tabernas, en tiendas, en el puerto. La mayoría se rió de ellos. Pero un nombre siguió apareciendo: Montblanc Cricket.

Cricket vivía en un extremo de la isla, en una casa a medio construir rodeada de libros y mapas. Era un hombre de mediana edad, con el cuerpo castigado por años de buceo y exploración, y un extraño peinado que parecía una castaña en la cabeza. Era descendiente de Montblanc Noland, un explorador legendario que, según los libros de historia, había mentido sobre la existencia de una ciudad de oro y había sido ejecutado por ello. Noland el Mentiroso, lo llamaban.

Pero Cricket creía en su antepasado. Creía que la ciudad de oro existió realmente. Y creía que, cuatrocientos años atrás, había sido lanzada al cielo por una corriente ascendente de agua conocida como el Knock Up Stream.

—La isla del cielo existe —dijo Cricket, sus ojos brillando con la certeza de un hombre que ha dedicado su vida a una obsesión—. Y yo sé cómo llegar.

Explicó lo del Knock Up Stream, una corriente de agua que surgía del fondo del mar y se elevaba hacia las nubes con una fuerza incontenible. Era peligroso, mortal, una locura. Pero era el único camino.

Luffy, por supuesto, estaba encantado. Una isla en el cielo, alcanzada por un géiser gigante. Era la aventura perfecta.

Pero antes de que pudieran prepararse, ocurrió un incidente. Bellamy y su banda atacaron a Cricket, robándole el oro que había recolectado durante años de buceo. Cuando Luffy se enteró, su expresión cambió. La calma que había mantenido en el bar desapareció, reemplazada por una furia fría y concentrada.

—Voy a recuperarlo —dijo, simplemente, y se fue.

Encontró a Bellamy en el mismo bar donde lo habían humillado horas antes. El pirata de los resortes se rió al verlo.

—¿Has vuelto por más? —se burló—. ¿O has venido a pedirme que te enseñe cómo luchar?

Luffy no respondió. Cerró el puño.

—¿Sabes qué es lo que realmente importa en este mundo? —preguntó Bellamy, activando su Fruta del Diablo. Sus piernas se transformaron en resortes—. ¡El poder! ¡La riqueza! ¡El presente! ¡No los sueños estúpidos!

Se impulsó hacia Luffy a una velocidad increíble. Era un ataque devastador, el mismo que había derrotado a docenas de piratas en Mock Town.

Pero Luffy ya no estaba jugando.

Su puño se cubrió de una determinación invisible, de una voluntad que trascendía lo físico. Sin siquiera usar su Fruta del Diablo, sin estirar el brazo, sin gritar el nombre de ningún ataque especial, Luffy golpeó. Un solo puñetazo, directo al rostro de Bellamy.

El impacto fue brutal. Bellamy salió volando hacia atrás, su cuerpo estrellándose contra la pared del bar, atravesándola, y cayendo inconsciente al suelo. Su mandíbula estaba rota, su orgullo destrozado. La pelea había durado un segundo. Un golpe. Solo uno.

—No te metas con los sueños de mis amigos —dijo Luffy, y se fue.

Recuperó el oro de Cricket y se lo devolvió. El viejo explorador, con lágrimas en los ojos, les deseó suerte en su viaje a la isla del cielo. Les advirtió de los peligros, les dio instrucciones para encontrar el Knock Up Stream, y les dijo que, si sobrevivían, serían leyendas.

Al día siguiente, el Going Merry se preparó para zarpar. El Knock Up Stream aparecería en un punto específico del océano, en un momento específico del día. Si lo perdían, tendrían que esperar meses para el siguiente.

Cuando llegaron al punto señalado, un barco les cerró el paso. En la proa, sonriendo con su boca llena de dientes rotos, estaba el mismo hombre de la barba negra que habían encontrado en Mock Town.

—¡Zehahaha! —rió—. ¡Sombrero de Paja! ¡Tu recompensa ha subido! ¡Cien millones de berries! ¡Y tu amigo espadachín, Roronoa Zoro, vale sesenta millones!

Era una trampa. El hombre, que era conocido como Barbanegra, había estado buscando a Luffy para capturarlo y entregarlo a la Marina. Pero el destino tenía otros planes.

En ese preciso momento, el mar comenzó a agitarse. Una sombra gigantesca creció bajo la superficie del agua. Y entonces, con un rugido ensordecedor, el Knock Up Stream estalló.

Una columna de agua, más ancha que cualquier barco, se elevó hacia el cielo como el puño de un dios furioso. El Going Merry fue arrastrado por la corriente, girando y elevándose hacia las nubes a una velocidad vertiginosa. Barbanegra y su tripulación, atrapados en la periferia de la corriente, fueron lanzados hacia atrás.

—¡MALDICIÓN! —gritó Barbanegra, mientras el barco de Luffy desaparecía en las alturas—. ¡Se me escapó!

Pero en el fondo de sus ojos oscuros, una chispa de admiración brilló. Ese chico, Sombrero de Paja, tenía algo. Algo que valía la pena perseguir.

La isla del cielo esperaba. Y con ella, una nueva aventura para los Sombreros de Paja.

De vuelta en el Vuelo del Dragón, los días transcurrían con la monotonía del mar abierto. Habían pasado tres semanas desde que zarparon de la Isla de los Sabios, y Water 7 estaba cada vez más cerca. Según los cálculos de Naira, llegarían en aproximadamente una semana, si el clima se mantenía favorable.

El entrenamiento continuó sin descanso. Issei alcanzó los once Boosts consecutivos, un logro que dejó a Ddraig genuinamente impresionado. Camila refinó su Haki de Armadura hasta el punto de poder mantenerlo activo durante combates prolongados sin agotarse. Marily, aunque su progreso en el Haki de Observación seguía siendo lento y frustrante, había logrado avances significativos en su técnica de espada, incorporando movimientos que había aprendido observando a Camila y a Issei.

Naira, mientras tanto, había ampliado su rango de percepción hasta casi dos kilómetros en condiciones óptimas. Podía sentir no solo presencias y emociones, sino también patrones climáticos, corrientes marinas, e incluso las vibraciones del fondo del océano. Su Haki de Observación era, sin discusión, el más desarrollado de toda la tripulación.

Robin había comenzado a entrenar su propio Haki de Observación bajo la tutela de Naira, con resultados modestos pero alentadores. No era un prodigio, pero era perseverante, y cada pequeño avance la llenaba de una satisfacción que no había sentido en años.

—Esto es extraño —comentó una noche, durante la cena—. He pasado veinte años sobreviviendo sin Haki. Ahora que estoy aprendiendo, me pregunto cómo pude vivir sin ello.

—El Haki no es esencial para sobrevivir —respondió Naira—. Pero ayuda. Mucho.

—Cierto. —Robin tomó un sorbo de su té—. Si hubiera sabido Haki cuando era niña, quizás… —No terminó la frase.

Un silencio respetuoso se instaló en la mesa. Nadie presionó a Robin para que continuara. Todos sabían que su pasado era una herida abierta, y que solo el tiempo podría cerrarla.

Issei, sentado entre Naira y Marily, observaba a su tripulación con un orgullo silencioso. Habían recorrido un largo camino desde que llegó a este mundo, solo y desorientado. Ahora tenía un barco, una tripulación, un objetivo. No estaba solo. Y mientras tuviera a estas personas a su lado, sabía que podría enfrentar cualquier desafío.

—Una semana más —dijo, en voz alta—. Y llegaremos a Water 7.

—No puedo esperar —respondió Camila—. Necesito estirar las piernas en tierra firme.

—Y yo necesito comprar más libros —añadió Robin.

—Y yo necesito encontrar un carpintero que revise el casco —dijo Naira—. El Vuelo del Dragón ha recibido algunos golpes durante el viaje.

—Y yo… —Marily hizo una pausa dramática—. Necesito un baño caliente.

Todos rieron. Incluso Robin, que cada día se integraba más en la dinámica del grupo.

En el horizonte, el sol se ponía, tiñendo el cielo de tonos naranjas y dorados. El Vuelo del Dragón avanzaba hacia el este, hacia Water 7, hacia el próximo capítulo de su aventura.

Y en algún lugar, esparcidas por el mundo, cuatro piezas de ajedrez esperaban ser encontradas.

La cuarta y última semana de navegación fue la más dura. No porque hubiera peligros o tormentas, sino por la pura monotonía. El mar, por muy hermoso que fuera, se volvía repetitivo después de casi un mes. Las mismas olas, el mismo horizonte, el mismo balanceo constante. Incluso los entrenamientos, por intensos que fueran, empezaban a sentirse rutinarios.

Issei pasaba largas horas en cubierta, mirando el horizonte con impaciencia. Había algo en él que anhelaba la acción, el movimiento, el caos de una nueva isla. El barco era cómodo, espacioso, bien equipado. Pero seguía siendo un espacio limitado. Y después de un mes, incluso el mejor barco se sentía como una prisión flotante.

—¿Cuánto falta? —preguntó por enésima vez a Naira.

—Tres días —respondió ella, con paciencia infinita—. Quizás dos, si el viento sigue así.

—Dos días… —Issei suspiró—. Puedo aguantar dos días.

—Has aguantado un mes.

—Sí, pero ahora que falta tan poco, el tiempo pasa más lento. Es como una tortura.

—Te prometo que cuando lleguemos, te dejaré correr por la primera playa que encontremos. Como un perro al que han soltado la correa.

—¿Me estás comparando con un perro?

—Uno muy lindo. —Naira sonrió y le dio un beso en la mejilla—. Mi perro dragón favorito.

Issei resopló, pero la sonrisa en sus labios desmentía su indignación fingida.

En el castillo de proa, Marily estaba sentada con las piernas cruzadas, los ojos cerrados, concentrándose en su Haki de Observación. Había logrado sentir presencias cercanas sin necesidad de verlas, pero solo si se concentraba intensamente. Era un avance minúsculo, casi insignificante en comparación con los prodigiosos talentos de Naira o Camila. Pero para ella, era un mundo nuevo.

Podía sentir a Issei junto al timón, su presencia cálida y familiar. Podía sentir a Camila en el gimnasio, practicando sus movimientos. Podía sentir a Robin en su camarote, leyendo. No eran imágenes claras, solo… ecos. Destellos de conciencia. Pero eran reales.

—Estoy mejorando —murmuró para sí misma—. Poco a poco.

Abrió los ojos y miró hacia Issei. Él estaba riendo por algo que Naira le había dicho, su risa franca y alegre resonando en la cubierta. El corazón de Marily se aceleró.

—Solo un poco más —susurró—. Pronto se lo diré.

Pero no hoy. Hoy todavía no. Quizás mañana. O pasado. O cuando llegaran a Water 7. El momento adecuado llegaría, estaba segura.

Mientras tanto, en el camarote de Robin, la arqueóloga había sacado la hoja de papel donde había transcrito el texto de la pieza de ajedrez. La leyó una vez más, sus dedos recorriendo los caracteres antiguos.

“Busca las 5 piezas del ajedrez esparcidas por este mundo.”

Cinco piezas. Una encontrada. Cuatro por encontrar.

—Water 7 —murmuró Robin—. Quizás allí encontremos la segunda.

Dobló la hoja y la guardó en su libro. El sol de la tarde entraba por el ojo de buey, proyectando un rectángulo dorado sobre su escritorio.

Afuera, el mar continuaba su eterno balanceo. El Vuelo del Dragón avanzaba hacia su destino, cada minuto más cerca de la Ciudad del Agua.

Y en el horizonte, invisible aún, Water 7 esperaba.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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