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Izuku un corazón dividido en 2 - Capítulo 41

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41: con las manos en la masa 41: con las manos en la masa AUTOR : APOYENME CON PIEDRAS DE PODER PARA MOTIVARME A ESCRIBIR MÁS.

AUTOR : cada día los títulos son más creativos 😜 ¿si o no?, debería ver los títulos descartados de los anteriores capítulos ,uno de ellos era “antes que llegue el taxi” jajajajajaja ya se imaginan que capitulo es , otro era “tócame” ,jajajaja soy muy malo para poner nombres a cualquier cosa , me tardo más en elegir un título para el capitulo que a que me llegue la inspiración o alguna idea para escribir.

AUTOR: recuerden que NO se va agregar otra chica solo estoy dándole un poco de variedad a la historia con este capitulo único ya que me pareció una manera de mostrar el cambio de izuku y de poner a izuku en un momento incomodo .

Mientras Izuku se perdía en la intensidad del beso de Nejire, la tormenta en su mente finalmente comenzó a disiparse, dejando una claridad innegable.

Esa electricidad pura y ese amor cálido que lo envolvía le dieron la respuesta que tanto buscaba: amaba a Nejire Hado.

Pero, con la misma fuerza, amaba a Fuyumi Todoroki.

Ya no podía negarlo, ni engañarse a sí mismo; su corazón pertenecía a ambas por igual.

al principio pensó que solo se había enamorada de una pero no el se había enamorado de las 2 .

Al sentir que Izuku correspondía al beso y se rendía ante sus encantos, Nejire tomó la delantera con una pasión y un deseo arrolladores.

Comenzó a dominar el ritmo, y el peliverde, abrumado por la avalancha de emociones y la cercanía de la heroína, no ofreció ninguna resistencia, dejándose llevar por completo por el fuego del momento.

Sin romper el contacto de sus labios, Nejire comenzó a guiar a Izuku hacia atrás, caminando a ciegas por la habitación iluminada por la luz de la tarde.

Izuku sintió el borde del colchón chocar contra la parte posterior de sus rodillas y se sentó torpemente en la cama de la heroína.

Con una agilidad sorprendente, Nejire se subió a la cama y se sentó a horcajadas sobre el regazo de Izuku, pegando su cuerpo escultural estrechamente al de él.

Nejire no podía dejar de besar los suaves labios de Izuku, y tampoco quería parar.

Deseaba este momento desde aquella tarde en la azotea donde le dio su número de teléfono, recordando lo considerado que había sido él al notar quién era ella realmente.

Mientras sus manos se enredaban en los rebeldes rizos verdes, la mente de Nejire viajó a los sueños que la habían atormentado .

El primero, un sueño íntimo donde ella e Izuku se entregaban el uno al otro en una cama; el segundo, una visión romántica donde caminaban solos por la playa y él la besaba apasionadamente mientras la brisa del mar soplaba a su alrededor.

Pero al volver a la realidad, sentir el firme agarre de las manos de Izuku sobre su cintura y su respiración agitada, era infinitamente mejor y más real que cualquier fantasía .

En ese instante, Nejire solo quería una cosa: que Izuku la amara.

Que la amara por completo.

izuku se separo del beso y guiado por instintos comenzó a besar el cuello de nejire ,nejire al sentir los labios de izuku besando su cuello arqueo la espalda y soltó un pequeño gemido.

Ambos estaban tan concentrados el uno en el otro, perdidos en su propia burbuja de deseo, que el mundo exterior dejó de existir.

Toc, toc, toc.

El sonido seco y repentino de unos golpes en la puerta los hizo separarse en una fracción de segundo.

El susto fue tan grande que se pusieron de pie de un solo movimiento, como si hubieran tocado un cable de alta tensión.

—¡Nejire!

—la voz de Ryukyu resonó al otro lado de la puerta.

Absortos primero en su charla en la cafetería y luego en la intensidad de la habitación, ninguno de los dos se había dado cuenta de que las dos horas libres que Ryukyu les había concedido habían expirado por completo.

La heroína Dragón, al ver que no regresaban, había ido a buscarlos personalmente.

El pánico se apoderó de la habitación.

Nejire corrió hacia la puerta mientras intentaba, torpemente y a toda velocidad, arreglar su ropa arrugada por los movimientos bruscos y alisar su cabello desordenado.

A sus espaldas, Izuku hacía lo mismo, tirando frenéticamente de su elegante suéter rojo de cuello de tortuga para acomodarlo.

Cuando Nejire finalmente abrió la puerta, Ryukyu se encontró con una escena que no necesitaba ninguna explicación.

Nejire estaba más roja que un tomate.

Y allí, parado al borde de la cama, Izuku competía en color con ella.

Los ojos expertos y perceptivos de Ryukyu escanearon la situación en un microsegundo.

A pesar de los intentos de los jóvenes por arreglarse, la heroína notó rápidamente el cabello alborotado, la ropa desordenada de ambos, y los labios visiblemente hinchados de Nejire e Izuku.

Para rematar, la cama detrás del chico estaba delatadoramente revuelta.

Para Ryukyu, el panorama era cristalino: había llegado en el peor (o mejor) momento posible.

AUTOR: yo creo que en el mejor momento  Haciendo acopio de todo su profesionalismo como heroína y jefa de agencia, Ryukyu decidió hacerse la ciega.

Fingió no darse cuenta de absolutamente nada, aunque mentalmente anotó en su agenda que esa misma tarde tendría que sentar a Nejire para darle una seria y necesaria charla sobre el uso de condones.

—Nejire, ya pasaron más de las dos horas que te di —dijo Ryukyu con una voz firme, neutral y profesional—.

Como no apareciste, vine a buscarte a ti para que termines los papeleos.

Y a ti, Midoriya, te busco para que me entregues el documento de confirmación de recibido.

Sin añadir una sola palabra más sobre la evidente tensión en el ambiente, Ryukyu dio media vuelta y comenzó a caminar por el pasillo.

En el marco de la puerta, Izuku y Nejire se quedaron congelados como estatuas, con los corazones latiéndoles en la garganta y envueltos en un pánico absoluto por haber sido descubiertos.

Los pasos de Ryukyu se alejaron por el pasillo, dejando tras de sí un silencio denso y sepulcral en la habitación.

Izuku y Nejire se quedaron congelados cerca de la puerta, con las respiraciones aún agitadas y los corazones latiendo desbocados contra sus costillas.

Lentamente, como si temieran romper un hechizo, ambos giraron la cabeza para mirarse a los ojos.

El rubor en sus rostros era tan intenso que rivalizaba con el color del suéter de Izuku.

La timidez los invadió de golpe; la burbuja de pasión se había reventado, dejando a su paso la cruda realización de lo que acababa de suceder.

Si Ryukyu no hubiera tocado esa puerta exactamente en ese milisegundo, ambos sabían perfectamente que no se habrían detenido.

Estaban a punto de cruzar una línea sin retorno en esa misma cama.

Pasaron unos segundos de un silencio cargado de electricidad, donde ninguno de los dos sabía dónde poner las manos o adónde mirar.

Finalmente, haciendo acopio de su determinación, Izuku fue el primero en romper el hielo, aunque su voz salió un poco más ronca de lo habitual.

—Nejire…

—carraspeó suavemente, frotándose la nuca—.

Creo que deberíamos ir a la oficina de Ryukyu.

Nejire, que aún sentía sus labios hormiguear por la intensidad de los besos, simplemente asintió con la cabeza.

Tenía la garganta seca y no confiaba en absoluto en su propia voz en ese momento; temía que si abría la boca, soltaría un chillido agudo de pura vergüenza y felicidad.

Antes de salir al pasillo, ambos se miraron en el pequeño espejo de la habitación y, con movimientos rápidos y nerviosos, terminaron de arreglarse lo mejor posible.

Izuku alisó las arrugas invisibles de su suéter rojo y Nejire intentó peinar su alborotado cabello azul con los dedos, rezando para que su rostro dejara de parecer un semáforo en rojo.

Una vez medianamente presentables, salieron de la habitación y caminaron por los pasillos de regreso a la oficina principal.

Al entrar, Ryukyu los recibió con una mirada neutral, como si nada hubiera pasado.

Nejire, con la cabeza un poco gacha, caminó directamente hacia su escritorio.

Se sentó en silencio, tomó su bolígrafo y comenzó a llenar los reportes de daños a la vía pública con una concentración casi robótica, sin atreverse a levantar la vista.

Izuku, por su parte, se acercó al escritorio de la heroína Dragón.

Ryukyu le entregó el documento oficial con su firma y el sello de confirmación de recibido.

—Aquí tienes, Midoriya.

Entrégale esto al señor Endeavor de mi parte.

—S-Sí, Ryukyu-san.

Muchas gracias.

Con permiso —respondió Izuku, haciendo una rápida reverencia.

Lanzó una última y fugaz mirada hacia Nejire, quien le devolvió una sonrisa tímida pero innegablemente dulce desde su escritorio, y salió de la oficina con paso firme de regreso a la agencia de su mentor.

Apenas la pesada puerta de caoba se cerró detrás de Izuku, la actitud concentrada de Nejire se desmoronó por completo.

Dejó caer el bolígrafo sobre el papeleo, se cubrió el rostro con ambas manos y esbozó una sonrisa tan inmensa, brillante y puramente feliz, que parecía iluminar toda la habitación.

Dio un pequeño chillido ahogado de emoción, meciéndose de un lado a otro en su silla giratoria.

Desde su escritorio, Ryukyu levantó la vista de sus documentos y observó a su pupila.

Una sonrisa cálida y maternal se formó en los labios de la heroína profesional al ver a la joven tan radiante y enamorada.

Mientras tanto, Izuku ya se encontraba en el andén, subiendo al tren que lo llevaría de vuelta.

Durante todo el trayecto, intentó por todos los medios calmar su corazón acelerado, pero fue una tarea absolutamente inútil.

Se sentó junto a la ventana, mirando el paisaje urbano pasar a toda velocidad, pero su mente seguía atrapada en la habitación de la heroína.

Sus labios todavía sentían la increíble suavidad y la ardiente pasión con la que Nejire lo había besado.

El contraste entre la devoción serena de Fuyumi y el fuego eléctrico de Nejire lo tenía en un estado de sobrecarga sensorial.

Estuvo así todo el viaje, absorto en sus pensamientos, flotando en una nube de confusión y enamoramiento.

Cuando finalmente llegó a la masiva agencia de Endeavor para entregar los documentos, bajó del ascensor y comenzó a caminar por los amplios pasillos.

Iba tan sumido en sus pensamientos, reviviendo mentalmente la sensación de las manos de Nejire en su cabello, que su sentido de alerta heroico pareció haberse apagado por completo.

No se dio cuenta de que alguien salía por la intersección del pasillo justo frente a él.

Cuando se percató de la presencia de la otra persona, ya era demasiado tarde.

¡BAM!

Izuku chocó de lleno contra una figura sorprendentemente suave.

El impacto los tomó a ambos por sorpresa.

La otra persona soltó un pequeño grito ahogado al perder el equilibrio hacia atrás, y los pies de Izuku se enredaron en el proceso.

El peliverde se dio cuenta con horror de que iba a caer pesadamente encima de la persona, aplastándola contra el duro suelo de baldosas.

En una fracción de segundo, sus instintos de combate se activaron para evitar un desastre.

Con unos reflejos sobrehumanos, Izuku estiró los brazos, tomando a la persona firmemente de la cintura y de la espalda alta.

Usando su propia inercia, giró ambos cuerpos en el aire con un movimiento fluido, obligándose a sí mismo a quedar en la parte inferior para absorber el impacto.

Con un golpe sordo, los dos cayeron al suelo.

Izuku soltó un gruñido cuando su espalda chocó contra las baldosas, pero mantuvo su agarre firme y protector sobre la persona, asegurándose de que ella no sufriera ningún daño.

Aún un poco aturdido por el golpe, Izuku abrió los ojos lentamente.

Lo que encontró a escasos centímetros de su rostro lo dejó completamente sin aliento.

Unos hermosos e inconfundibles ojos azabaches lo miraban con igual o mayor desconcierto.

Una cascada de cabello negro azabache, atado en una coleta puntiaguda que ahora estaba un poco desordenada, le hacía cosquillas en la barbilla.

Izuku descubrió al instante a quién tenía agarrada tan íntimamente de la cintura y la espalda, y quién estaba actualmente recostada sobre su pecho.

Era su compañera de clases y vicepresidenta del curso 1-A: Momo Yaoyorozu.

Momo estaba congelada, con las manos apoyadas en el firme pecho de Izuku.

Su rostro, normalmente pálido y elegante, se tiñó de un rojo escarlata en cuestión de milisegundos al darse cuenta de la posición tan comprometedora en la que se encontraban.

Sus piernas estaban enredadas con las de él, y el calor corporal de Izuku traspasaba el suéter rojo, quemando sus palmas.

—¿Y-Yaoyorozu-san?

—balbuceó Izuku, con los ojos casi saliéndosele de las órbitas y el rostro ardiendo.

—¿M-Midoriya-san?

—respondió Momo en un susurro agudo, igual de paralizada por la sorpresa.

Los dos se quedaron completamente congelados, atrapados en la sorpresa y la extrema cercanía, incapaces de mover un solo músculo para separarse.

El silencio del pasillo fue roto por el sonido de unos pasos lentos y pesados, seguidos de un chasquido de lengua lleno de asco y cinismo.

Izuku y Momo giraron la cabeza ligeramente, solo para encontrarse con Katsuki Bakugo.

El rubio ceniza estaba apoyado contra la pared a unos metros de distancia, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa torcida que prometía hacerle la vida imposible a su amigo de la infancia.

Bakugo los miró de arriba abajo, negó con la cabeza y lanzó su comentario con un tono mordaz que resonó en todo el pasillo: —Otra más para tu harem, Izuku.

Eres rápido.

Sí que tienes agallas.

Después de escuchar el mordaz comentario de Bakugo haciendo eco en el pasillo, Izuku y Momo salieron de su estupor y se levantaron del suelo a la velocidad del rayo, ambos con los rostros ardiendo en vergüenza.

—¡K-Kacchan, no es lo que parece!

—exclamó Izuku, agitando las manos.

—¡Bakugo-san, se lo aseguro, fue un mero accidente automotor, por así decirlo!

—intentó justificar Momo, moviendo los brazos con nerviosismo aristocrático.

Pero Bakugo ni siquiera se detuvo a mirarlos.

Sin dejar de caminar, simplemente levantó una mano de espaldas a ellos y soltó un bufido sarcástico.

—Lo que ustedes digan —murmuró el rubio ceniza, desapareciendo por la esquina del pasillo.

Izuku soltó un suspiro pesado, dejándose caer un poco de hombros, antes de girarse nuevamente hacia su compañera.

—De verdad, lo siento muchísimo, Yaoyorozu-san.

No estaba prestando atención por dónde caminaba y te tiré al suelo —se disculpó Izuku, haciendo una leve reverencia.

—No, no, por favor, Midoriya-san.

Yo también venía distraída.

Fue mi culpa también —respondió Momo rápidamente, acomodándose un mechón de cabello suelto detrás de la oreja.

Ambos se quedaron en silencio por unos segundos, mirándose fijamente.

Momo no pudo evitarlo.

Sus ojos azabaches recorrieron a Izuku de pies a cabeza.

El aura y la apariencia de su compañero peliverde eran totalmente diferentes a lo que estaba acostumbrada a ver en la Academia U.A.

El suéter rojo de cuello de tortuga, los pantalones oscuros y ese peinado ligeramente más ordenado le daban un aire increíblemente maduro.

Ella no iba a negarlo, ni siquiera en sus pensamientos más privados: Izuku se veía sorprendentemente atractivo.

Ya no parecía el niño tímido, sino un joven héroe seguro de sí mismo.

Por su parte, Izuku la observaba con tranquilidad.

si semanas atrás, estar a solas con la vicepresidenta de la clase, y especialmente después de haber caído encima de ella, lo habría convertido en un manojo de nervios tartamudos.

Pero las cosas habían cambiado.

Al haber estado compartiendo tanto tiempo y emociones intensas con dos mujeres mayores y hermosas —a una de las cuales había besado esa misma mañana y a la otra hacía menos de una hora—, su autoestima había crecido enormemente, y su antigua timidez paralizante casi había desaparecido.

Viendo que Momo lo miraba con una expresión extraña y escrutadora, Izuku decidió romper el silencio con una naturalidad que la desarmó por completo.

—¿Qué te trae por aquí, Yaoyorozu-san?

—preguntó Izuku, llamándola por su nombre de pila con voz calmada y regalándole una sonrisa suave y segura.

Momo abrió los ojos, genuinamente sorprendida.

El chico que antes se sonrojaba hasta las orejas y era incapaz de decir dos palabras seguidas al hablar con una mujer, le estaba hablando con una serenidad pasmosa.

Esa actitud segura, combinada con su nueva apariencia, hizo que un ligero pero innegable rubor asomara en las mejillas de la joven heredera.

—Y-Yo…

eh…

—Momo carraspeó, recuperando su compostura—.

Vine con mi mentora, la heroína Uwabami, a la agencia.

Tenía que hablar con Endeavor-san sobre algunos asuntos importantes de logística.

Como no estoy autorizada para escuchar ese tipo de información clasificada, me pidió que la esperara en la recepción.

Momo lo miró de nuevo, sintiendo genuina curiosidad.

—¿Y tú, Midoriya-san?

¿Qué estás haciendo aquí y por qué no llevas puesto tu traje de héroe en horario laboral?

Izuku soltó una pequeña risa.

—Tengo un descanso médico obligatorio por cuatro días.

Salí herido en el gran incendio de esa noche —explicó, restándole importancia a sus heridas—.

Hoy, como estaba libre, Endeavor me mandó a dejar unos documentos físicos muy urgentes a la agencia de Ryukyu.

Acabo de regresar para entregar el documento de confirmación de recibido —dijo, señalando el papel oficial que llevaba en la mano.

Momo asintió, admirando su ética de trabajo incluso en sus días de descanso.

—Entiendo.

Entonces no te interrumpo más, Midoriya-san.

Debes entregar eso pronto.

—Gracias, Yaoyorozu-san.

Nos vemos luego —se despidió Izuku con una última sonrisa antes de retomar su camino hacia la oficina del Héroe Número Uno.

Al llegar frente a la imponente puerta de caoba, Izuku se detuvo, tomó aire y tocó dos veces con los nudillos.

Esperó un par de segundos en silencio, hasta que la voz grave y autoritaria de su mentor resonó desde el interior.

—Pase.

Izuku abrió la puerta y entró.

Inmediatamente, se encontró con la mirada severa de Endeavor sentado tras su escritorio, y, sentada elegantemente en una de las sillas de visitas, la mirada curiosa de Uwabami, la mentora de Momo.

La heroína serpiente se giró en su asiento al escuchar la puerta.

Al ver entrar a Izuku con su impecable atuendo de diseñador, Uwabami enarcó una ceja perfectamente delineada y se volvió hacia Endeavor con una sonrisa divertida.

—Vaya, Endeavor…

¿vas a grabar un comercial para tu agencia o por qué tienes a un modelo entrando a tu oficina?

—preguntó Uwabami con tono juguetón.

Izuku sintió que las mejillas se le calentaban de golpe por el halago directo de la heroína profesional.

Endeavor soltó un gruñido molesto, cruzándose de brazos, claramente sin humor para bromas sobre moda.

—No digas tonterías.

Él es Izuku Midoriya, mi pasante.

Tiene el día libre para recuperarse de sus heridas , pero me estaba haciendo un encargo.

Uwabami volvió a mirar a Izuku, esta vez escaneándolo de pies a cabeza con un ojo clínico y apreciativo.

Una sonrisa felina y coqueta se dibujó en sus labios mientras se acomodaba en la silla.

—Oye, niño…

—le habló Uwabami directamente a Izuku, con un tono meloso—.

Yaoyorozu-san me ha hablado mucho de ti.

Me ha contado lo increíble que eres en el combate, lo rápido que analizas las situaciones y lo buen héroe que eres en formación…

pero nunca me dijo que eras tan guapo.

Para rematar el comentario, la heroína le guiñó un ojo de forma descarada.

Toda la confianza y seguridad que Izuku había construido en los últimos días se derrumbó como un castillo de naipes.

Si bien sus mejillas ya estaban rojas, ahora el color carmesí se extendió violentamente hasta la punta de sus orejas.

¡¿Yaoyorozu-san hablaba de él con otras personas?!

¡¿Y lo elogiaba tanto?!

Abrumado por la información y la coquetería directa de una mujer adulta y profesional, Izuku desvió la mirada hacia el suelo, volviéndose repentinamente muy tímido y rascándose la nuca con nerviosismo, pareciéndose de nuevo al viejo Deku.

Endeavor, viendo la bochornosa escena frente a él y perdiendo la paciencia ante las distracciones de su oficina, puso los ojos en blanco con fastidio.

Tosió fuertemente para llamar la atención de las dos personas y cortar el coqueteo de raíz.

—Ejem.

Izuku —lo llamó Endeavor con tono severo—.

¿Ryukyu te dio algún documento?

Izuku salió de su estupor y asintió rápidamente, agradeciendo internamente a Endeavor por salvarlo de la mirada de Uwabami.

—¡S-Sí, señor!

Aquí está la confirmación.

Se acercó a paso rápido al escritorio y le entregó el papel.

Endeavor lo tomó, revisó la firma y el sello de Ryukyu por un momento, comprobando que todo estuviera en orden, y lo dejó a un lado sobre la mesa de madera maciza.

—Buen trabajo, Izuku.

Ya puedes retirarte e ir a descansar a tu habitación —dictaminó Endeavor.

—Muchas gracias.

Con su permiso —respondió Izuku.

Dio una respetuosa reverencia hacia los dos héroes y se dio la vuelta, dispuesto a escapar de allí lo antes posible y por fin procesar todo lo que había pasado en su caótico y romántico día.

Sin embargo, justo cuando su mano estaba a punto de tocar el pomo de la puerta, la voz de Uwabami resonó a sus espaldas.

—Espera un momento, Midoriya-kun…

Izuku se detuvo en seco, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda al escuchar el llamado de la heroína, preguntándose qué más podría querer decirle.

Uwabami comenzó a buscar con elegancia en el interior de un maletín de cuero que tenía descansando a un lado de su silla.

Izuku se quedó quieto, observándola.

Tras unos segundos, la heroína serpiente sacó una delgada carpeta manila y se la extendió.

—Midoriya-kun, ¿podrías hacerme un pequeño favor?

—pidió Uwabami—.

Mi reunión con Endeavor-san se va a extender bastante tiempo, y necesito que esta carpeta llegue a una agencia aliada que está a unos veinte minutos de aquí en tren.

No quiero que Yaoyorozu vaya sola por la ciudad a entregarla.

Ya que estás libre…

¿podrías acompañarla?

A Izuku, cuyo instinto siempre le impulsaba a ayudar a los demás sin dudarlo, le pareció una petición razonable y aceptó al instante.

—Por supuesto, yo la acompaño —respondió, acercándose para tomar la carpeta manila.

Al momento de entregarle el documento, Uwabami lo miró fijamente y le dedicó una sonrisa increíblemente pícara.

—Eres un chico muy amable, Midoriya-kun —le dijo con un tono cantarín.

Al ver esa sonrisa maliciosa, Izuku sintió que sus alarmas internas se disparaban.

Aquella heroína definitivamente estaba planeando algo y jugaba a ser cupido, pero sin querer darle tiempo para seguir bromeando, Izuku hizo una rápida reverencia y salió disparado de la oficina.

Bajó todos los pisos en el ascensor hasta llegar a la recepción, donde encontró a Yaoyorozu esperándolo pacientemente.

El peliverde se acercó a ella y le explicó rápidamente lo que Uwabami le había ordenado.

Momo, aunque un poco sorprendida por el encargo de su mentora, asintió, y juntos salieron de la agencia de Endeavor para dirigirse a la estación más cercana.

Al subir al tren, tuvieron suerte.

El vagón estaba casi vacío.

Se dirigieron a una esquina tranquila junto a una de las ventanas, apoyándose levemente para charlar.

La conversación fluyó de forma natural; hablaron de todo un poco, compartiendo sus experiencias en las agencias y lo mucho que habían aprendido en las últimas semanas.

El ambiente era ameno y relajado.

Sin embargo, lo que ninguno de los dos esperaba era la velocidad a la que cambiaría su entorno.

Apenas pasaron cinco minutos de charla cuando, en la siguiente parada, una auténtica marea humana irrumpió en el vagón.

Ninguno de los dos chicos se había dado cuenta de la hora: era el mediodía, la hora del almuerzo para oficinistas y estudiantes.

El infame horario pico acababa de estallar.

En un abrir y cerrar de ojos, el tren, antes casi vacío, se llenó por completo.

La masa de gente comenzó a empujar, y la fuerza de la multitud arrinconó a Izuku y a Yaoyorozu contra su esquina.

Para evitar que la avalancha de pasajeros aplastara a su compañera, Izuku se plantó firme y apoyó los brazos en la pared, uno a cada lado de la cabeza de Momo, usando su propio cuerpo como un escudo.

Pero la presión externa era demasiada, y de un momento a otro, Izuku y Yaoyorozu se encontraron en una posición increíblemente comprometedora.

Momo tenía la espalda completamente pegada contra la pared del tren, acorralada en la esquina, y justo frente a ella estaba Izuku, aplastado por la multitud a sus espaldas.

Estaban tan pegados el uno al otro que prácticamente no existía espacio entre sus cuerpos.

Sus pechos chocaban levemente con el balanceo del vagón, permitiéndoles sentir con absoluta claridad cómo los corazones de ambos latían con una rapidez frenética contra el pecho del otro.

El rostro de Izuku estaba a meros centímetros del de la vicepresidenta.

Incapaz de sostener la mirada ante tanta intimidad y cercanía, Izuku giró la cabeza bruscamente hacia la izquierda, mirando fijamente la ventana como si fuera lo más interesante del mundo.

Sus mejillas estaban ardiendo como si acabara de usar su Don, teñidas de un rojo carmesí furioso que le llegaba hasta las orejas.

Momo Yaoyorozu no estaba en un estado mucho mejor.

Su rostro, habitualmente compuesto y elegante, estaba igual o más rojo que el de Izuku.

Sus grandes ojos azabaches miraban el perfil tenso del peliverde, sintiendo el aliento cálido del chico debido a la nula distancia entre ellos.

Ella, la estudiante prodigio, nunca en su vida había esperado que su día terminara así: acorralada contra la pared de un tren, sintiendo la firmeza y el corazón desbocado de un chico, y no cualquier chico, sino su compañero de clase, Izuku Midoriya…

quien, en ese preciso momento, olía a un perfume masculino delicioso y le resultaba abrumadoramente atractivo.

En medio de ese abrumador silencio entre los dos, roto únicamente por el traqueteo metálico del vagón y el murmullo de la multitud que los aplastaba, Momo de repente escuchó un susurro cerca de su oído.

—Lo siento, Yaoyorozu…

—murmuró Izuku.

Al escuchar su disculpa, el corazón de Momo latió con mucha más fuerza, golpeando ruidosamente contra su pecho.

Aunque Izuku seguía con la cabeza girada rígidamente hacia la izquierda, negándose a mirarla para no invadir su espacio visual en una situación tan íntima, su voz le decía a Momo todo lo que él sentía.

Podía notar la genuina vergüenza, el nerviosismo y, sobre todo, su desesperado intento por ser un caballero y protegerla de ser empujada por la gente a sus espaldas.

Tragando saliva para aclarar su propia voz, Momo le respondió suavemente, tratando de calmarlo.

—No te preocupes, Midoriya-san.

Sé que no es tu culpa, el tren se llenó de repente.

Y, en el fondo de su mente, Momo estaba absolutamente segura de algo: la tranquilizaba profundamente que fuera Izuku quien estuviera frente a ella.

Si hubiera estado en esa misma situación de encierro y extrema cercanía con alguno de sus compañeros de clase más pervertidos —como Mineta o Kaminari—, o si hubiera sido un completo desconocido el que tomara el lugar de Izuku pegado a su cuerpo, ella habría preferido mil veces que la tierra se abriera y se la tragara entera en ese mismo instante.

Pero era Izuku.

El chico que siempre se rompía los huesos por los demás, el que siempre la trataba con un respeto absoluto.

Sentir los brazos de Izuku apoyados en la pared a ambos lados de su cabeza, actuando como un escudo humano contra la marea de pasajeros, la hacía sentir extrañamente protegida.

Movida por una curiosidad repentina, Momo levantó ligeramente la mirada y lo observó por una última vez antes de que el viaje terminara.

Miró su perfil.

Era una vista fascinante; el chico se veía innegablemente más maduro, con esa mandíbula un poco más definida y esa ropa que le sentaba tan bien, pero al mismo tiempo, el intenso sonrojo que le cubría las pecas le devolvía esa ternura característica que siempre lo había definido.

Era una combinación que a Momo le resultó extrañamente encantadora.

Al darse cuenta de que se estaba quedando embelesada mirándolo, y temiendo que él girara la cabeza y la atrapara in fraganti, Momo giró su propio rostro bruscamente hacia el lado contrario.

Apretó los labios, intentando que el aire frío de la ventana disipara el calor de sus propias mejillas, para que Izuku no la viera tan nerviosa.

Estuvieron así, en esa tortuosa y a la vez electrizante posición, respirando el mismo aire y sintiendo el calor del otro, durante los que parecieron los quince minutos más largos de sus vidas.

Finalmente, la voz robótica del altavoz anunció su parada.

Apenas las puertas automáticas del tren se abrieron con un siseo, el flujo de gente comenzó a salir.

En el instante en que hubo un mínimo espacio libre, Izuku y Momo salieron del vagón a la velocidad de la luz.

Prácticamente saltaron al andén, respirando profundamente el aire de la estación como si hubieran estado bajo el agua.

Ambos se separaron un par de metros de inmediato, alisándose la ropa de forma robótica y sin atreverse a cruzar miradas, tosiendo falsamente para disipar la enorme tensión que acababan de compartir.

Sin decir una palabra, comenzaron a caminar hacia la salida de la estación y se dirigieron por las calles de la ciudad hacia la agencia aliada.

Mientras caminaban uno al lado del otro, el aire fresco de la tarde ayudó a enfriar sus rostros, pero sus mentes seguían trabajando a toda marcha.

El objetivo estaba claro: entregar esa bendita carpeta manila lo más rápido posible para poder regresar a la agencia de Endeavor.

Momo solo quería volver al lado de su mentora, Uwabami, para recuperar su compostura profesional y olvidar el bochornoso incidente del tren (aunque sabía que, en el fondo de su mente, no lo olvidaría tan fácilmente).

Izuku, por su parte, tenía un objetivo mucho más desesperado.

Después de un día de absoluta y completa locura —haberle cocinado a dos chicas hermosas, haber sido besado por Fuyumi, haber correspondido los apasionados besos de Nejire en una cama, haber chocado con Momo Yaoyorozu y luego haber estado pegado a ella en un tren—, su cerebro y su corazón estaban al borde del colapso total.

Su única misión de vida ahora era regresar a la agencia, encerrarse en su cuarto bajo llave, y no salir ni ver la luz del sol hasta el día siguiente.

Tras unos diez minutos de caminata a paso veloz, el gran edificio de la agencia aliada apareció frente a ellos.

Izuku, aún sosteniendo la carpeta manila con firmeza, miró a su compañera de clases.

—Bueno…

llegamos —dijo Izuku, finalmente logrando sonreírle de nuevo, aunque un poco más cansado.

—Sí, entremos de una vez, Midoriya-san —asintió Momo, recuperando su tono de vicepresidenta.

Juntos, empujaron las puertas de cristal y entraron a la agencia, listos para entregar el documento y dar por finalizada esa inesperada, intensa y muy bochornosa misión que la heroína serpiente les había encomendado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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