Izuku un corazón dividido en 2 - Capítulo 47
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Capítulo 47: la cita perfecta
AUTOR: buenas a todos espero que les guste este especial también quería decirles que si les gusta dejen su piedras de poder y comentario si algo les gusta o tienen curiosidad .
Los rayos del sol se filtraron por la ventana de la habitación, anunciando la llegada del día más esperado de la semana. Izuku abrió los ojos de golpe. No necesitó que la estruendosa alarma de All Might lo despertara; la pura emoción y la adrenalina ya corrían por sus venas.
¡Ya era miércoles! El día de su cita oficial con Nejire Hado.
Izuku se sentó en el borde de la cama, estirando los brazos con una enorme sonrisa en el rostro. Miró el reloj de pared: eran exactamente las 8:00 a.m. Tenía tiempo de sobra, pero su estómago, fiel a su nueva costumbre, comenzó a rugir exigiéndole combustible.
Se levantó con energía, se puso ropa deportiva cómoda y bajó directamente a la cafetería de la agencia. Como ya era habitual, pidió varios platos inmensos: arroz, pescado, huevos y un poco de curry para empezar el día con fuerza. Con su pesada bandeja en las manos, buscó una mesa libre y se sentó.
La cafetería estaba tranquila a esa hora. En una de las esquinas superiores, un televisor de pantalla plana transmitía las noticias matutinas. Izuku comenzó a devorar su desayuno, mirando la pantalla distraídamente mientras masticaba.
La presentadora de noticias, con un tono urgente, anunció: “Y ahora, pasamos a las imágenes exclusivas de un incidente que tuvo lugar ayer por la tarde en el distrito comercial, involucrando al Héroe Número Uno, Endeavor, y a sus dos pasantes estrella de la U.A.”
Izuku detuvo sus palillos a medio camino. Toda su atención se centró en el televisor.
La pantalla mostró un video grabado desde un helicóptero de noticias. Se podía ver claramente a Endeavor, Shoto y Bakugo persiguiendo a tres villanos que huían a una velocidad vertiginosa por las calles, saltando sobre los autos.
La acción fue rápida y letal. Shoto, deslizándose sobre una rampa de hielo, se abalanzó contra uno de los villanos. Con un par de movimientos fluidos y precisos, congeló al delincuente hasta el cuello, inmovilizándolo por completo. Casi al mismo tiempo, Endeavor se movió con una velocidad cegadora, acortó la distancia con el segundo villano y le conectó un golpe certero que lo dejó inconsciente en el pavimento al instante.
Solo faltaba un villano, que corría desesperadamente por un callejón. Bakugo iba pisándole los talones, impulsándose con explosiones en sus manos, mientras Shoto y Endeavor se acercaban por los flancos para acorralarlo.
El villano, viéndose completamente rodeado y sin escapatoria, se giró con desesperación. De sus manos creó una enorme esfera negra y viscosa, y con un grito, se la lanzó directamente a Bakugo.
El rubio ceniza, fiel a su estilo de combate agresivo, no titubeó. Sin detenerse a analizar qué era el proyectil, levantó su guantelete y lanzó una explosión masiva con la intención de destruir la esfera en el aire.
Pero lo que nadie, ni siquiera el Héroe Número Uno esperaba, era el resultado.
Al impactar la explosión de Bakugo, la esfera negra no se desintegró; estalló como una inmensa piñata a presión. Una cantidad industrial de pintura de colores extremadamente vibrantes salió disparada en todas direcciones como una onda expansiva. El color que dominaba absolutamente todo era un rosa chicle chillón.
La pintura manchó la calle, las paredes de los edificios cercanos y, por supuesto, cubrió de pies a cabeza a Endeavor, a Shoto y al propio Bakugo.
El último villano, que no había calculado bien el radio de su propio ataque, recibió una salpicadura directa en la cara. El video terminaba con el villano revolcándose cómicamente en el suelo, frotándose los ojos llenos de pintura rosa, mientras Endeavor y Bakugo, convertidos en obras de arte moderno y goteando colores flúor, lo miraban con una furia que traspasaba la pantalla.
A Izuku le bajó una gigantesca gota de sudor por la nuca. Sus ojos esmeraldas parpadearon un par de veces, procesando lo que acababa de ver.
«Conque por eso regresaron así ayer a las seis de la tarde…» pensó Izuku.
El misterio estaba resuelto. Ahora entendía perfectamente por qué Endeavor y Kacchan tenían esas expresiones de querer asesinar a alguien y por qué todos en el vestíbulo habían fingido no ver nada. Les habían visto la cara de la manera más humillante y colorida posible.
Izuku no pudo contenerse; se tapó la boca con una mano y soltó una risa suave y ahogada, intentando no atragantarse con el arroz. Era una situación terrible para el orgullo de su amigo, pero innegablemente graciosa.
Con el buen humor a tope, terminó de devorar su montaña de comida. Dejó su bandeja limpia en el mostrador y caminó de regreso hacia su habitación.
Al pasar por los pasillos, escuchó explosiones sordas provenientes de la sala de entrenamiento subterránea. Asomó la cabeza por la puerta entreabierta y pudo ver a Shoto y Bakugo siendo golpeados y acorralados unilateralmente por un Endeavor que claramente seguía frustrado por el incidente de la pintura rosa de ayer.
«Mejor no me meto ahí», decidió Izuku, alejándose sigilosamente. Era mejor ir a prepararse para su cita.
Subió a su cuarto con el corazón latiendo a buen ritmo. Se metió directamente a la ducha, asegurándose de quedar impecable. Se cepilló los dientes con tanto esmero que casi desgasta las cerdas del cepillo, y finalmente salió para vestirse.
Abrió su armario y sacó uno de los conjuntos de ropa de diseñador que había comprado. Se puso una camisa de botones de manga larga de un elegante y profundo color vino oscuro, combinada con unos pantalones negros de corte perfecto y unos zapatos elegantes pero cómodos para caminar. Se peinó frente al espejo, domando sus rizos verdes con un poco de fijador, y se roció un par de toques del perfume que Kacchan le había recomendado.
Se miró al espejo de cuerpo entero. Se sentía increíblemente seguro de sí mismo. Ya no era el chico tembloroso de hace unos meses; hoy, tenía un plan perfecto, olía bien, se veía bien y estaba listo para darlo todo. Miró su reloj: eran las 10:30 a.m. Aún tenía media hora para llegar a la agencia de Ryukyu, el tiempo estaba perfectamente calculado.
Estaba dándose un último vistazo en el espejo cuando escuchó unos fuertes golpes en la puerta.
Toc, toc, toc.
Izuku frunció el ceño, confundido. No esperaba a nadie. Caminó hacia la entrada y giró el pomo.
Para su sorpresa, Katsuki Bakugo estaba parado en el pasillo, ya con su ropa casual, secándose el cabello con una toalla pequeña.
-¿Kacchan? -preguntó Izuku, parpadeando-. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en la sala de entrenamiento recibiendo una paliza de Endeavor-san?
Bakugo chasqueó la lengua con fastidio.
-Uno de los burócratas trajeados de la Asociación de Héroes llegó buscando al viejo para una reunión de emergencia. Nos dejó libres hasta después del almuerzo para las patrullas vespertinas, así que vine a ver si no estabas arruinando tu propia vida.
Mientras hablaba, los ojos carmesí de Bakugo barrieron a Izuku de pies a cabeza. Evaluó la camisa color vino, los pantalones negros, el peinado y el sutil aroma a perfume. El rubio asintió con la cabeza, esbozando una mueca de aprobación.
-Nada mal, nerd. Ahora sí te ves como un puto ser humano decente -sentenció Bakugo.
Izuku sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. ¡Era verdad que tal vez su gusto por la moda era cuestionable, pero no era para tanto! Sus camisetas que decían “Camisa” o “Pantalón” tenían un atractivo minimalista y una comodidad que, lamentablemente, nadie más parecía apreciar.
Suspirando ante la sinceridad brutal de su amigo, Izuku se hizo a un lado para dejarlo pasar. Bakugo entró a la habitación, cruzándose de brazos y adoptando su rol de comandante táctico.
-A ver, repasemos la logística -exigió Bakugo-. ¿Llevas todo?
Izuku se puso firme como un soldado. -¡Sí! Llevo mi billetera, mi teléfono con batería al cien por ciento, las llaves y un paquete de pañuelos.
-¿El itinerario?
-¡Grabado en mi mente! Primero el Gran Acuario de Shinagawa, luego un buen restaurante para almorzar, y en la tarde el Parque de Diversiones Tokyo Dome City.
Bakugo asintió, satisfecho con la preparación.
-Bien. Entonces deja de perder el maldito tiempo mirándote al espejo y lárgate ya. Si llegas tarde a la cita con la loca azul, te juro que yo mismo te exploto la cabeza.
Izuku asintió vigorosamente. Agarró su chaqueta ligera por si acaso y salió del cuarto junto con Bakugo. Ambos caminaron por los pasillos de la agencia hasta llegar a la salida principal. El aire fresco de la mañana de Tokio los recibió.
-Bueno, me voy, Kacchan. ¡Nos vemos en la tarde! -se despidió Izuku, dándose la vuelta para caminar hacia la estación.
-¡Espera un segundo, idiota! -lo detuvo Bakugo, agarrándolo por el hombro.
Izuku se giró, confundido. Bakugo metió la mano en el bolsillo de sus pantalones y sacó varios billetes. Sin mediar palabra, se los metió a la fuerza en el bolsillo de la camisa color vino de Izuku.
-Son 8.000 yenes -murmuró Bakugo, sin mirarlo directamente a los ojos y con el ceño fruncido-. Llévalos como fondo de emergencia. Por si a la loca se le antoja comer más de la cuenta o si pierden el puto tren de regreso.
Izuku se quedó con la boca abierta, genuinamente sorprendido y conmovido por el gesto. ¡Kacchan le estaba dando dinero extra para su cita! Pero entonces, el cerebro analítico del peliverde recordó algo. Ladeó la cabeza, mirándolo con confusión.
-Kacchan… ¿pero no habías perdido todo el dinero anoche en el casino? -preguntó Izuku inocentemente.
Esa fue la gota que derramó el vaso. A Bakugo le saltó una vena palpitante en la frente. Sus ojos se volvieron blancos por la furia contenida y mostró los dientes.
-¡CÁLLATE! ¡SÓLO PERDÍ 10.000 YENES! -le rugió Bakugo en la cara, señalándolo con un dedo acusador-. ¡Y QUE TE QUEDE CLARO QUE NO TENGO LUDOPATÍA! ¡FUE UNA MALA RACHA MATEMÁTICA! Además, hoy mismo voy a volver a ir y voy a recuperar el quíntuple, ¡ya verás!
Izuku retrocedió un paso, riendo nerviosamente ante la lógica apostadora de su amigo que claramente iba en picada hacia la bancarrota.
-S-Sí, Kacchan. T-Te deseo mucha suerte… y de verdad, muchas gracias por el dinero. Eres un gran amigo.
El enojo de Bakugo se desinfló un poco al escuchar el tono sincero de Izuku. Bufó por lo bajo, apartó la mirada y, con un movimiento brusco, le dio una fuerte palmada en la espalda al peliverde que casi lo hace tropezar.
-Ya lárgate -murmuró Bakugo-. Ve a tu cita y no la arruines.
Izuku asintió con una sonrisa llena de determinación, se dio la vuelta y comenzó a caminar a paso firme hacia la estación de tren.
Katsuki Bakugo se quedó parado frente a las inmensas puertas de cristal de la agencia, con las manos metidas en los bolsillos, viendo cómo la espalda de Izuku, vestida de color vino, se alejaba y se perdía entre la multitud de la acera.
Los ojos carmesí del rubio se suavizaron por una fracción de segundo. Mientras miraba la espalda de su amigo alejarse, su mente viajó inevitablemente al pasado.
Recordó cuando eran solo unos niños pequeños, corriendo juntos por el bosque atrapando insectos;

recordó cómo él mismo había empujado a Izuku, humillándolo durante años por no tener un Don. Recordó los primeros días en la U.A., la frustración, las peleas a muerte entre ellos… y cómo, a pesar de todo el daño, Izuku nunca se había rendido. Había luchado con uñas y dientes, rompiéndose los huesos incontables veces para volverse más fuerte.

Y ahora, en el presente, ese mismo chico al que llamaba “inútil” era la persona con la que luchaba hombro con hombro contra la Liga de Villanos.

Era el portador del poder más grande del mundo. Y, lo más sorprendente, se había convertido en un hombre capaz de enfrentar sus propios sentimientos con madurez.
Bakugo cerró los ojos por un instante y soltó un suspiro.
Él ya había entendido, después de sus brutales peleas en la U.A. y sus reflexiones , que había sido profundamente injusto y cruel al haber tratado mal a Izuku durante tantos años. Las disculpas verbales no eran su estilo, él era un hombre de acciones. Y ahora, su manera de enmendar sus errores del pasado y demostrar su arrepentimiento, era apoyando a Izuku Midoriya incondicionalmente.
Ya fuera cubriéndolo con Endeavor, dándole consejos amorosos a gritos, o financiando sus locas aventuras románticas pidiendo préstamos a la chica rica de la clase, Bakugo lo apoyaría en cualquier locura que se le ocurriera.
-No la cagues, Deku… -susurró Bakugo al viento con una levísima sonrisa arrogante y orgullosa.
Se dio la vuelta, se metió las manos en los bolsillos y regresó al interior de la agencia. Tenía que prepararse para el patrullaje de la tarde y, mentalmente, ir calculando sus apuestas en la ruleta de esa misma noche.
El rítmico traqueteo del tren acompañaba los pensamientos de Izuku. Sentado junto a la ventana, apoyaba levemente la barbilla en su mano, observando cómo la inmensa ciudad de Tokio pasaba a toda velocidad frente a sus ojos. Los rascacielos, los parques y las calles iluminadas por el sol matutino parecían un borrón de colores.
Normalmente, Izuku estaría analizando las rutas de patrullaje o imaginando escenarios de rescate, pero hoy su mente estaba enfocada en una sola persona: Nejire Hado.
Respiró hondo, sintiendo la suave tela de su camisa color vino. La determinación que había encontrado ayer seguía ardiendo en su pecho. Iba a hacer que esta cita fuera perfecta. Iba a demostrarle a Nejire lo mucho que significaba para él.
Después de varios minutos de viaje, el tren se detuvo en su destino. Izuku bajó y caminó con paso seguro por las calles hasta llegar al imponente edificio de la agencia de la heroína Dragón. Levantó su muñeca para mirar el reloj: faltaban exactamente cinco minutos para las 11:00 a.m. La puntualidad era clave.
Las puertas automáticas se abrieron y el peliverde entró al amplio vestíbulo. El ambiente era enérgico y profesional. Izuku caminó por el lugar, saludando educadamente con una inclinación de cabeza a varias heroínas y sidekicks que pasaban por allí, quienes le devolvieron el saludo con sonrisas amables.
Se acercó al mostrador principal, donde la recepcionista tecleaba rápidamente en su computadora.
—Buenos días —saludó Izuku con su característica amabilidad—. Disculpe, vengo a ver a Nejire-senpai… digo, a Nejire Hado.
La recepcionista levantó la vista, le sonrió al reconocerlo y abrió la boca para responderle, pero en ese preciso instante, un suave ding resonó en el vestíbulo, anunciando la llegada del ascensor principal a la planta baja.
Izuku giró la cabeza instintivamente hacia el sonido.
Las puertas metálicas se abrieron de par en par. La primera en salir fue la heroína profesional Ryukyu, vestida con su elegante traje de agencia. Pero Izuku apenas la notó, porque, justo detrás de ella, salió Nejire.
Las pupilas de Izuku se agrandaron de golpe. Sintió que el tiempo se ralentizaba, y sus ojos se clavaron en ella, queriendo captar por completo y grabar en su memoria la escena que tenía enfrente.
Nejire estaba absolutamente deslumbrante. Había dejado de lado su ajustado traje de heroína para lucir un atuendo casual que resaltaba su belleza natural. Llevaba una hermosa blusa blanca de mangas largas abotonada al frente, que le daba un aire delicado y elegante, combinada con una falda azul marino oscuro que le llegaba justo por encima de la rodilla, permitiéndole moverse con total libertad. Para rematar, en lugar de zapatos formales, llevaba unos zapatos deportivos blancos que le quedaban de maravilla y encajaban a la perfección con su personalidad enérgica e inagotable.
Su largo y ondulado cabello azul celeste estaba recogido .

Nejire, que acababa de salir del ascensor, giró la cabeza, escaneando el vestíbulo. Sus grandes ojos azules se encontraron casi de inmediato con los esmeraldas de Izuku.
Una chispa de pura emoción iluminó el rostro de la chica. Al verlo allí, vestido con esa elegante camisa color vino oscuro que resaltaba sus hombros y su porte de héroe seguro de sí mismo, Nejire no pudo contenerse. Izuku se veía tan guapo, que la emoción la desbordó.
Sin importarle que estuvieran en medio de la recepción de su agencia, Nejire caminó rápidamente hacia él, acortando la distancia en cuestión de segundos, y se abalanzó sobre el peliverde, rodeando su cuello con ambos brazos en un abrazo lleno de efusividad.
—¡Izu-kun! —exclamó ella, feliz.
Izuku se sorprendió por el impacto repentino, dando medio paso hacia atrás para mantener el equilibrio. Pero, a diferencia de las veces anteriores donde se habría quedado rígido por el pánico, esta vez no lo dudó. Su nueva proactividad tomó el control. Izuku levantó sus brazos, rodeó la cintura de Nejire y le devolvió el abrazo con exactamente la misma intensidad, apretándola suavemente contra su pecho. Pudo sentir el dulce aroma floral de su cabello inundando sus sentidos.
Después de unos segundos que a ambos les parecieron mágicos, se separaron un poco, pero sin romper el abrazo, manteniendo sus manos en la cintura y el cuello del otro.
Nejire lo miró de arriba abajo, con una sonrisa radiante.
—Te ves increíblemente guapo con esa ropa, Izu-kun —le dijo en un susurro emocionado, sus ojos brillando de admiración.
Izuku no apartó la mirada. Acarició levemente la cintura de la chica con sus pulgares y le devolvió la sonrisa con una ternura infinita.
—Y tú te ves muy hermosa, Nejire. Ese atuendo te queda perfecto —respondió él, su voz sonando suave pero muy segura.
Los dos se quedaron mirándose fijamente a los ojos, atrapados en su propia burbuja. La distancia entre sus rostros era mínima. La química entre ellos era tan fuerte que casi se podían ver las chispas saltando en el aire; se sentían completamente electrizados por la cercanía del otro, perdiéndose en esa conexión íntima que habían forjado en los últimos días.
Sin embargo, en su mundo de a dos, habían olvidado un pequeño detalle: no estaban solos.
Justo detrás de ellos, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa ladeada, Ryukyu los observaba. La heroína profesional veía la intensa e innegable química que compartían, pero también sabía que estaban en medio de un lugar de trabajo lleno de sidekicks que ya empezaban a murmurar. Decidiendo que era hora de traer a sus adorables alumnos de vuelta a la cruda realidad, Ryukyu se aclaró la garganta y lanzó la bomba con un tono casual y divertido.
—Y bien… ¿qué día será la boda?
La pregunta cayó como un bloque de cemento.
Izuku y Nejire, que seguían mirándose a los ojos hipnotizados, sintieron que un rayo de un millón de voltios los golpeaba al mismo tiempo.
Se separaron en ese mismísimo instante, como si fueran dos imanes que se repelen bruscamente. Dieron un salto hacia atrás, soltándose el uno al otro. El color rojo carmesí invadió los rostros de ambos a una velocidad alarmante, extendiéndose desde sus mejillas hasta la punta de sus orejas.
—¡R-R-Ryukyu-senpai! —chilló Nejire, tapándose la cara con ambas manos, mientras Izuku agitaba los brazos en el aire, sudando frío y balbuceando cosas incomprensibles.
Ryukyu rió suavemente, disfrutando de la cómica reacción de los jóvenes héroes.
—Ya, ya, tranquilos. Solo estoy bromeando —dijo la heroína Dragón, caminando hacia ellos—. Pero ya deberían comenzar con su cita si quieren aprovechar el día.
Ryukyu se detuvo justo frente a ellos. Su sonrisa juguetona se atenuó un poco, siendo reemplazada por una mirada mucho más afilada, maternal y profundamente significativa. Miró a Nejire, luego a Izuku, y arqueó una ceja.
—Y, por favor, diviértanse mucho… pero no se emocionen demasiado —les advirtió Ryukyu con un tono que dejaba claro que no estaba hablando de subirse a una montaña rusa. Les lanzó una última mirada cargada de intención—. Ustedes ya saben a qué me refiero. Compórtense.
Izuku y Nejire captaron la mirada de inmediato. El recuerdo de lo que casi había pasado el día anterior en la cama de la habitación de Nejire golpeó sus mentes con fuerza. El rubor en sus rostros, que ya parecía haber alcanzado su límite, se intensificó aún más, pareciendo a punto de echar humo.
Nejire sintió que si se quedaba un segundo más en ese vestíbulo, su mentora iba a seguir diciendo cosas escandalosas frente a Izuku, y probablemente terminaría mencionando la bochornosa charla sobre “protección” que habían tenido el día anterior. ¡Eso sí que sería el fin del mundo!
—¡B-Bueno, nos vamos! ¡Gracias, Ryukyu-senpai, adiós! —gritó Nejire atropelladamente.
Sin darle tiempo a Izuku de decir nada, Nejire estiró su mano, entrelazó sus dedos firmemente con los del peliverde y tiró de él con fuerza, prácticamente arrastrándolo mientras salían casi corriendo por las puertas de cristal de la agencia.
Una vez afuera, en la amplia acera, la brisa de Tokio los golpeó en el rostro. Ambos se detuvieron y soltaron un largo, profundo y sincronizado suspiro de alivio, intentando calmar los latidos desenfrenados de sus corazones.
Izuku miró a Nejire, quien seguía sosteniendo su mano con firmeza. A pesar de la extrema vergüenza que acababan de pasar por culpa de Ryukyu, una sonrisa genuina y boba se dibujó en los labios de ambos al verse en ese estado.
—Tu jefa es… muy directa —comentó Izuku, riendo nerviosamente.
—¡No tienes ni idea, Izu-kun! A veces siento que me lee la mente —suspiró Nejire, apretando el agarre de su mano—. Bueno… ¿a dónde vamos, señor misterioso?
Izuku se enderezó, recuperando su recién adquirida seguridad.
—Nuestra primera parada está un poco lejos, así que necesitamos transporte rápido.
Izuku levantó la mano libre y, con decisión, llamó a uno de los taxis que pasaban por la avenida principal. El vehículo amarillo se detuvo frente a ellos. El peliverde le abrió la puerta a Nejire con un gesto caballeroso y, una vez que ella subió, él entró justo detrás de ella.
—A la estación central, por favor. Vamos a tomar el tren bala —le indicó Izuku al conductor, dando por iniciada la tan esperada y misteriosa cita.
Bajo el Agua y Viejos Recuerdos
El interior del tren bala era silencioso y cómodo, un contraste perfecto con la emoción que burbujeaba en el interior de ambos. Izuku y Nejire se sentaron juntos en un par de asientos junto a la ventana. El paisaje urbano comenzó a difuminarse a medida que el tren aceleraba, pero para Izuku, la mejor vista estaba justo a su lado.
Hablaron de todo un poco para matar el tiempo. Nejire le contó algunas anécdotas graciosas de sus patrullajes con Mirio y Tamaki, y Izuku le habló sobre las nuevas tácticas de entrenamiento que estaba intentando perfeccionar. La conversación fluía con una naturalidad asombrosa; no había silencios incómodos, solo la cálida sensación de disfrutar la compañía del otro.
Al bajar del tren bala en la estación de Shinagawa, la brisa fresca del mediodía los recibió. Comenzaron a caminar por la acera y Nejire, fiel a su naturaleza impaciente, no pudo aguantar más.
—¡Izu-kun! Ya estamos aquí, ¡no puedes seguir ocultándolo! —hizo un pequeño y adorable puchero, tirando levemente de la manga de la camisa color vino de Izuku—. ¿A dónde vamos? ¡Dime, dime, dime!
Izuku la miró y soltó una carcajada suave. Decidió que ya había sido misterioso durante demasiado tiempo. Se detuvo, señaló con el dedo hacia un inmenso y moderno edificio que se alzaba a un par de calles de distancia y sonrió.
—Vamos allá, Nejire. Al Gran Acuario de Shinagawa.
Los grandes ojos azules de Nejire siguieron la dirección de su dedo. Al leer el enorme letrero del acuario, sus ojos literalmente brillaron como si tuvieran estrellas dentro. Dio un pequeño salto de pura emoción y se aferró al brazo de Izuku.
—¡¿Un acuario?! ¡Qué increíble! ¡Hace años que no voy a uno! ¡Vamos rápido, Izu-kun!
Izuku se dejó arrastrar por la entusiasta heroína, disfrutando de su alegría. Al llegar, pagó rápidamente las dos entradas en la taquilla, finalmente cruzaron las puertas hacia el mundo submarino.
El ambiente cambió drásticamente. La luz del sol fue reemplazada por una iluminación tenue y azulada que imitaba el fondo del océano. El primer atractivo era el famoso “Túnel de Cristal”. Caminar por ahí era como pasear por el lecho marino; mantarrayas, tiburones y bancos de peces nadaban por encima y a los lados de ellos.
Y entonces, la curiosidad inagotable de Nejire se desató por completo.
—¡Izu-kun, mira ese de ahí! ¿Por qué brilla tanto en la oscuridad? —preguntaba Nejire, pegando las manos al cristal—. ¡Oh, y mira ese pez gigante! ¿Por qué tiene esos colores tan raros? ¿Crees que su Quirk sería camuflaje si fuera un humano? ¿Y esos pequeñitos de allá?
Cualquier otro chico podría haberse abrumado, pero Izuku no era cualquier chico. Él era un analista por naturaleza. Con una sonrisa cálida y una paciencia infinita, Izuku se paró a su lado y comenzó a responder. Recordaba documentales y libros que había leído, aplicando su capacidad analítica a la biología marina.
—Ese que brilla es por bioluminiscencia, Nejire, lo usan para atraer presas en la oscuridad profunda —le explicaba Izuku, sus ojos esmeraldas brillando con entusiasmo mientras señalaba el cristal—. Y ese de colores vibrantes es venenoso, los colores son una advertencia para los depredadores. Es fascinante cómo la naturaleza se adapta, ¿verdad?
Nejire dejó de mirar a los peces y giró su rostro para observar a Izuku. Mientras él seguía explicándole con tanta pasión y detalle los misterios del océano, ella se quedó hipnotizada. Veía el brillo emocionado en los ojos verdes del chico, la forma en que sus pecas se arrugaban cuando sonreía, y lo increíblemente tierno pero seguro que se veía compartiendo su conocimiento con ella.
Esa era exactamente la razón por la que le gustaba tanto Izuku Midoriya.
Movida por una oleada de puro afecto y sin pensarlo dos veces, Nejire se inclinó hacia él y le dio un dulce y rápido beso en la mejilla.
Izuku se detuvo a mitad de una explicación sobre el ecosistema de los arrecifes. Sus palabras se evaporaron. Sintió el suave contacto de los labios de Nejire contra su piel, y un ligero rubor tiñó sus pecas. Giró el rostro lentamente hacia ella.
Nejire le estaba sonriendo con una ternura y un cariño que le derritieron el corazón por completo.
—Eres muy lindo cuando te emocionas explicando cosas, Izu-kun —le susurró ella.
Izuku sintió que el pecho se le inflaba de felicidad. Le devolvió la sonrisa, pero esta vez, en lugar de bajar la mirada con timidez, Izuku bajó su mano, tomó la delicada mano de Nejire y entrelazó sus dedos con los de ella con firmeza.
—V-Vamos por aquí… —dijo Izuku, su voz sonando un poco más ronca por la emoción—. Creo que los pingüinos están de este lado.
Caminaron tomados de la mano, disfrutando del tacto del otro, hasta que llegaron a la zona polar. El área de los pingüinos era gigantesca, una réplica perfecta de un hábitat helado con enormes piscinas y rocas nevadas. Ambos se acercaron al borde del recinto, maravillados por la cantidad de aves que caminaban y nadaban.
Mientras observaban, Nejire entrecerró los ojos y señaló hacia un rincón alejado.
—Oye, Izu-kun, mira a ese de allá.
Izuku siguió la dirección de su dedo. Había un pingüino solitario, parado en una esquina, dándole la espalda al resto del grupo y mirando fijamente la pared de hielo con una actitud increíblemente deprimida.
—Ese pingüino es igualito a Tamaki cuando se pone nervioso —rio Nejire por lo bajo.
Izuku soltó una carcajada. ¡Era idéntico! Pero la escena mejoró. De repente, otro pingüino muy enérgico apareció en escena, dando pequeños y rápidos saltitos alegres, acercándose al pingüino que miraba la pared y empujándolo amistosamente con el pico, como si intentara arrastrarlo a jugar con los demás.
—¡Y ese es Mirio intentando animarlo! —completó Nejire, y ambos rieron con ganas.
Animado por el juego, Izuku comenzó a buscar similitudes. No tardó mucho en encontrar oro.
—Nejire, mira hacia las rocas de la derecha —dijo Izuku, señalando con la mano libre.
Allí arriba, había dos pingüinos. Uno de ellos tenía el pico abierto de par en par, graznando a todo pulmón de forma sumamente agresiva, agitando sus pequeñas alas como si quisiera iniciar una pelea. A su lado, el otro pingüino estaba completamente quieto, mirando al que gritaba con una cara de apatía e impasibilidad absoluta, sin inmutarse lo más mínimo por los graznidos.
—Esos dos… —Nejire se tapó la boca—. ¡Son la viva imagen de Bakugo-kun y Todoroki-kun!
—¡Exactamente! —rio Izuku hasta que le dolió el estómago.
Siguieron recorriendo el recinto con la mirada, buscando más similitudes, hasta que, en el rincón más oscuro y alejado de todo el ruido, encontraron a un pingüino envuelto en sí mismo como una oruga, durmiendo tan profundamente que parecía una piedra.
Izuku y Nejire se miraron por una fracción de segundo, la misma idea cruzando por sus mentes al mismo tiempo.
—¡Aizawa-sensei! —dijeron los dos al unísono.
La coincidencia fue demasiada. Ambos rompieron en una carcajada tan limpia y fuerte que algunos visitantes se giraron a verlos, pero a ellos no les importó, estaban disfrutando de su propia burbuja de felicidad.
(Mientras tanto, en la Sala de Profesores de la U.A.)
El profesor Shota Aizawa estaba envuelto en su característico saco de dormir amarillo, durmiendo plácidamente bajo su escritorio, disfrutando de un raro momento de paz durante su hora libre.
De repente, una extraña sensación le picó en la nariz.
—¡Aaaachú!
Aizawa estornudó con tanta fuerza que rodó dentro de su saco de dormir, golpeándose levemente la cabeza con la pata del escritorio. Se despertó de golpe, con los ojos inyectados en sangre y el ceño fruncido. Se frotó la nariz, sintiendo un escalofrío inusual recorrer su espalda.
—Alguien, en algún lugar de esta ciudad, está hablando a mis espaldas… —murmuró Aizawa con voz ronca y amenazante—. Seguramente son mis retoños de la Clase A. Cuando regresen de sus pasantías, los pondré a hacer mil flexiones a cada uno.
Sin darle más importancia a su presentimiento, Aizawa cerró los ojos y volvió a dormir.
De vuelta en el acuario, una vez que lograron calmar sus risas, Izuku miró a la chica a su lado.
—Oye, Nejire, ¿alguna vez habías venido a un acuario desde que eres más grande?
Nejire asintió, su cabello azul rebotando. —¡Sí! Fui a uno hace unos años, cuando estaba en la secundaria De hecho… ¡espera, creo que tengo una foto de ese día!
Nejire soltó la mano de Izuku por un momento para sacar su teléfono móvil. Buscó rápidamente en sus álbumes antiguos y, con una sonrisa triunfal, le mostró la pantalla al peliverde.
En la foto, se podía vislumbrar a una joven Nejire, con el uniforme de secundaria y con el cabello más corto, mirando fascinada hacia un tanque de medusas. Se veía increíblemente inocente y dulce.

—Te veías muy linda en esa foto, Nejire —dijo Izuku, admirando la imagen con sinceridad.
Nejire bloqueó el teléfono y lo guardó. Se giró hacia Izuku, apoyó las manos detrás de su espalda y, con una mirada cargada de picardía y coquetería, se inclinó un poco hacia él.
—Y dime, Izu-kun… ahora que ya crecí, ¿cómo me veo?
Izuku se sorprendió por la atrevida pregunta, pero recordando la promesa que se había hecho a sí mismo de no retroceder, sostuvo su mirada.
—Antes te veías linda… pero ahora, te ves absolutamente hermosa.
La respuesta firme y directa de Izuku tomó a Nejire con la guardia baja. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso. El ambiente entre ellos se volvió íntimo y magnético. Ambos se miraron a los ojos, atraídos por una fuerza invisible. Inconscientemente, comenzaron a acercarse el uno al otro. Izuku inclinó un poco la cabeza, y los ojos de Nejire se fueron cerrando lentamente, anticipando el roce de sus labios.
Estaban a milímetros de distancia. Sus respiraciones se mezclaron.
Y entonces…
—¡MAMÁ, MIRA ESE TIBURÓN! —gritó un niño a todo pulmón, pasando corriendo a toda velocidad literalmente por en medio de los dos, empujándolos ligeramente y rompiendo la magia del momento en mil pedazos.
Izuku se apartó de golpe, parpadeando desorientado, y se rascó la nuca con una sonrisa sumamente nerviosa. Nejire, por su parte, hizo un adorable puchero de frustración, inflando las mejillas y mirando con falso resentimiento al niño que corría a lo lejos. ¡Estaban tan cerca!
Para disipar la tensión interrumpida, se dirigieron al estadio principal para ver el espectáculo de los delfines. Escogieron asientos en la parte media-alta de las gradas para no terminar empapados por las salpicaduras. El show fue espectacular; Izuku dedujo rápidamente que la entrenadora principal tenía un Quirk que le permitía comunicarse telepáticamente con los delfines, lo que explicaba la increíble y fluida coordinación de las acrobacias.
Cuando el espectáculo terminó, Izuku miró su reloj. Eran las 1:20 de la tarde.
—¿Tienes hambre? —preguntó Izuku—. Conozco un restaurante por aquí cerca.
Nejire asintió felizmente. Salieron del acuario, tomados de la mano de nuevo, y caminaron un par de calles hasta llegar a un tradicional y elegante restaurante de sushi.
Una vez sentados en una mesa privada, el mesero llegó a tomar su orden. Nejire pidió un surtido de sushi variado, pero cuando llegó el turno de Izuku, la historia fue diferente. Debido a su metabolismo súper acelerado, Izuku pidió cuatro bandejas gigantes de sushi, dos sopas miso, tempura y varios complementos.
Cuando el mesero regresó con la comida, llenando prácticamente toda la mesa, Nejire se tapó la boca y soltó una suave risa al ver la montaña de comida de Izuku.
—¡Izu-kun, vas a dejar al océano sin peces! —bromeó ella.
—E-El entrenamiento me da mucha hambre… —se excusó Izuku, ruborizado.
Comenzaron a comer. Esta vez, Izuku fue consciente de sus modales; comió más despacio y con delicadeza, disfrutando del sabor y de la charla, sin atiborrarse como solía hacerlo en la cafetería de la agencia con Bakugo.
Nejire, con su porción normal, terminó de comer primero. Apoyó el codo sobre la mesa y descansó la mejilla en la palma de su mano, mirando fijamente a Izuku mientras él masticaba. Le encantaba observarlo.
Viendo que a Izuku aún le quedaban varios rollos de sushi en su última bandeja, Nejire tuvo una idea. Tomó sus palillos, agarró cuidadosamente un rollo de atún y lo levantó por encima de la mesa, acercándolo a los labios de Izuku.
Izuku, que estaba a punto de tomar un sorbo de sopa, levantó la vista. Se encontró con Nejire, recostada coquetamente en su mano, ofreciéndole la comida con una sonrisa sumamente tierna y cariñosa.
—Di ahhh… —murmuró Nejire suavemente.
El corazón de Izuku dio un vuelco. La intimidad del gesto en medio de un restaurante lo puso un poco nervioso, pero el amor en los ojos de Nejire borró cualquier duda. Izuku abrió la boca y aceptó el sushi de los palillos de la chica.
—Estaba delicioso, gracias… —susurró Izuku después de tragar.
Nejire sonrió aún más y, con total naturalidad, continuó dándole de comer los últimos sushis que le quedaban en el plato, disfrutando de ese momento íntimo de cuidado mutuo.
Al terminar, izuku pagó la cuenta completa con el dinero que llevaba .
Salieron del restaurante y comenzaron a caminar de regreso hacia la estación del tren bala. Esta vez, el viaje era un poco más largo, con destino al Parque de Diversiones de Tokyo Dome City.
Una vez sentados en el tren, Nejire se giró hacia él.
—Oye, Izu-kun. Yo te enseñé una foto mía de preparatoria… ¡ahora es tu turno! Quiero ver una foto tuya de cuando entraste a la U.A., o de la secundaria.
Izuku se tensó un poco. Su época de secundaria no era su favorita, pero no quería negarle nada. Sacó su teléfono y buscó en sus archivos antiguos. Finalmente, encontró una foto y se la extendió.
—Esta me la tomó mi mamá justo en la puerta de la casa, en mi primer día de clases en la secundaria —le explicó nerviosamente.
Nejire tomó el teléfono con ambas manos para ver mejor. En la pantalla, un joven Izuku de quince años, mucho más delgado, con un uniforme negro de secundaria quedándole un poco holgado y una sonrisa sumamente nerviosa y tímida, miraba a la cámara.

Nejire miró la foto detalladamente. Luego, bajó el teléfono y miró al Izuku real que estaba sentado a su lado. Volvió a mirar la foto. Y luego lo miró a él de nuevo, escaneando sus hombros anchos bajo la camisa color vino y sus fuertes brazos.
A Izuku le cayó una gota de sudor por la nuca ante el intenso escrutinio.
—¿E-Estoy muy diferente? —preguntó.
Nejire le devolvió el teléfono y esbozó una sonrisa increíblemente pícara.
—Te veías muy tierno y lindo en esa foto, Izu-kun. Pero el cambio es radical —dijo Nejire, acercándose un poco más a él en el asiento—. Aún sigues siendo el mismo chico tierno de corazón… pero ahora te ves muchísimo más imponente. Más musculoso. Y definitivamente… mucho más guapo.
El tono ronco y la franqueza de Nejire hicieron que el rostro de Izuku estallara en rojo carmesí. Rio nerviosamente, rascándose la nuca, incapaz de lidiar con un halago tan directo sobre su físico.
Para desviar la atención de su propio sonrojo, Izuku señaló por la ventana. Las inmensas montañas rusas de la ciudad comenzaban a dibujarse en el horizonte.
—Nejire… ¿preguntabas a dónde íbamos? —dijo Izuku, recuperando el control—. Creo que es un lugar que te va a encantar en cuanto lo veas.
Nejire miró por la ventana y, al ver las imponentes estructuras del Tokyo Dome City, dio un gritito de pura euforia, aferrándose al brazo de Izuku. Si el acuario y el restaurante habían sido maravillosos, ¡el parque de diversiones iba a ser una aventura épica!
El trayecto en el tren bala hasta el Parque de Diversiones de Tokyo Dome City fue corto, pero la anticipación hacía que Izuku sintiera que su corazón iba a saltar de su pecho. Al bajar del tren y caminar unos minutos, las imponentes estructuras de las montañas rusas, las luces parpadeantes y la música alegre del parque los recibieron.
Izuku caminó con seguridad hasta la taquilla y pagó las entradas junto con los pases libres para todas las atracciones, utilizando parte del “fondo de emergencia” que Bakugo le había dado. Una vez que cruzaron los torniquetes, la energía inagotable de Nejire se desató.
—¡Mira, mira, Izu-kun! —gritó Nejire, saltando y señalando una pista cubierta a lo lejos—. ¡Carros chocones! ¡El último en llegar es un huevo podrido!
Nejire salió corriendo, dejando a Izuku riendo mientras la perseguía. Al llegar a la pista, Nejire se giró hacia él con una sonrisa competitiva y desafiante. —Te reto, Héroe Deku. Vamos a ver quién tiene mejores reflejos frente al volante. —Acepto el reto, Nejire-senpai —respondió Izuku, siguiéndole el juego con una mirada afilada y juguetona.
Cada uno tomó un carrito diferente. Apenas sonó la bocina de inicio, la batalla campal comenzó. Al ser dos de los estudiantes más fuertes y ágiles de la U.A., sus reflejos estaban en otro nivel. Izuku maniobraba el volante con precisión milimétrica, esquivando a otros visitantes para ir directo por Nejire. Ella, por su parte, hacía fintas impresionantes, fingiendo ir a la izquierda para luego chocar el costado del carrito de Izuku, riendo a carcajadas.
Se enfrascaron en una guerra personal llena de choques y giros bruscos. Se miraban a través de la pista, ninguno de los dos dispuesto a ceder un centímetro. La batalla terminó cuando sonó la chicharra que indicaba el final del tiempo. Salieron de los carritos respirando agitadamente y riendo.
—¡Eso fue increíble! —exclamó Izuku, con la adrenalina a tope—. Pero quiero la revancha. Subamos de nuevo… pero esta vez, juntos. —¡Sí! —aceptó Nejire de inmediato, pero rápidamente levantó la mano—. ¡Pero yo conduzco! —Todo tuyo —concedió él con una sonrisa caballerosa.
Subieron al mismo carrito. El espacio era un poco estrecho, por lo que las piernas de Izuku y Nejire se rozaban constantemente, enviando pequeñas descargas eléctricas a sus sistemas, pero la emoción del juego los mantuvo concentrados.
Esta vez, no iban a pelear entre ellos. Eran ellos dos contra los otros ocho carritos de la pista. Los demás conductores, que ya habían visto las locas maniobras de los dos adolescentes en la ronda anterior, parecían haberse puesto de acuerdo para ir a cazarlos.
Pero no sabían con quiénes se metían. Nejire conducía como una auténtica maniática, como si tuviera más alcohol que sangre en las venas, pisando el acelerador a fondo, girando el volante bruscamente y derrapando para evitar los impactos frontales. Izuku se convirtió en su copiloto táctico.
—¡Nejire, a las tres en punto, vienen dos! —indicaba Izuku rápidamente—. ¡Frena ahora y gira a la izquierda para que choquen entre ellos! —¡A la orden, capitán! —respondía ella, ejecutando la maniobra a la perfección y riendo a carcajadas al ver a sus “enemigos” chocar por la inercia.
Fue un desafío gigantesco enfrentarse a ocho personas al mismo tiempo, pero la coordinación entre la conductora suicida y el estratega fue impecable. Cuando la ronda terminó, salieron de la pista abrazados y riendo a más no poder. No habían “ganado” porque en los carros chocones no hay puntaje, pero definitivamente se sentían invencibles.
Mientras caminaban por el parque recuperando el aliento, Izuku vio un puesto de dulces. Compraron dos inmensos algodones de azúcar rosados. Caminaron mientras comían, riéndose de cómo los dedos se les ponían pegajosos y de cómo a Nejire le quedó un pequeño trozo de algodón azulado en la punta de la nariz, que Izuku limpió suavemente con el pulgar, haciéndola sonrojar.
La siguiente parada fue la Torre de Caída Libre. Cuando el mecanismo los subió a decenas de metros de altura y los dejó caer al vacío, ambos gritaron a todo pulmón. La sensación de gravedad cero, el viento golpeándoles el rostro y la adrenalina pura fue tan emocionante y adictiva que, apenas bajaron, se miraron y gritaron al unísono: “¡Otra vez!”.
Volvieron a hacer la fila y se subieron por segunda vez. Al bajar, a Nejire le temblaban un poco las piernas de la emoción. Izuku la sostuvo de la cintura para ayudarla a caminar, ambos riendo como niños pequeños.
De repente, Nejire se detuvo frente a una cabina fotográfica de estilo clásico. Sus ojos azules se abrieron con realización. —¡Izu-kun! ¡Casi lo olvido! ¡No tenemos ni una sola foto juntos! —exclamó, tirando de su mano hacia la cortina de la cabina. —Tienes razón… ¡vamos a solucionarlo! —respondió él, entrando con ella al pequeño y privado espacio.
Metieron las monedas y la pantalla les indicó que tenían tres intentos. —¡Listos! Para la primera, hay que vernos geniales —sugirió Nejire. Ambos se pusieron de espaldas el uno al otro, girando el rostro de perfil hacia la cámara con miradas serias y confiadas de héroes. ¡Flash!

—¡Ahora algo lindo! —dijo ella apresuradamente para la segunda foto. Izuku y Nejire juntaron sus manos en el centro, cada uno formando la mitad de un corazón con sus dedos, sonriendo tiernamente a la lente. ¡Flash!

Para la tercera y última foto, el cronómetro comenzó a marcar los últimos cinco segundos. —¿Y ahora qué pose hacemos? —preguntó Nejire, girándose para mirarlo, un poco nerviosa.
Izuku no lo pensó. Siguiendo el impulso de su corazón y esa nueva proactividad que latía en sus venas, dio un paso adelante. Pasó sus fuertes brazos alrededor de la cintura de Nejire y la abrazó por la espalda. La atrajo firmemente contra él, pegando la espalda de la chica contra su pecho. Izuku apoyó suavemente su barbilla en el hombro de Nejire y miró a la cámara con una sonrisa llena de puro amor.
Nejire soltó un pequeño jadeo ante el repentino e íntimo contacto. Podía sentir la dureza del pecho musculoso de Izuku a través de su blusa y la firmeza de sus brazos rodeándola de manera protectora. El aroma a su perfume y su calor corporal la envolvieron por completo. Su corazón latió desbocado, y justo en el momento en que se le escapaba una sonrisa radiante y profundamente enamorada… ¡Flash!

La tira de fotos se imprimió. Las miraron juntos. La última foto era, sin duda, la más hermosa; capturaba una intimidad y un romance que no necesitaba palabras.
El cielo comenzaba a teñirse de tonos naranjas y morados, indicando el inicio del atardecer. Decidieron subir a la montaña rusa principal. Desde lo más alto de los giros, pudieron ver cómo la ciudad de Tokio comenzaba a encender sus luces mientras el sol caía en el horizonte. La vista era espectacular.
Al bajar de la montaña rusa, un poco mareados pero felices, pasaron por un puesto de comida tradicional y compraron dos manzanas acarameladas. —¡Están deliciosas! —dijo Nejire, dándole un mordisco a la capa de caramelo rojo—. ¡Tenemos que llevarle una a Eri-chan, le va a encantar! —¡Es una gran idea! Prometo comprarle una enorme antes de que nos vayamos —asintió Izuku, sonriendo por lo considerada y dulce que era Nejire.
Se dirigían finalmente hacia la atracción más imponente del parque, la Noria gigante, cuando pasaron frente a un puesto de juegos de disparos con rifles de aire comprimido. En la parte más alta de la estantería de premios, había un peluche de un dragón azul increíblemente hermoso y detallado.
Nejire se detuvo a mirarlo, con los ojos brillando. Izuku notó de inmediato hacia dónde miraba. Se acercó al encargado del puesto, pagó los yenes necesarios y tomó el rifle. Aplicando toda su concentración analítica, su cálculo de trayectoria y sus reflejos de héroe, Izuku no falló ni un solo disparo. Acertó a todos los blancos en movimiento con una precisión milimétrica, dejando al encargado boquiabierto.
—¡El premio mayor para el chico! —anunció el encargado, entregándole el enorme dragón azul.
Izuku se giró y le entregó el peluche a Nejire con una sonrisa encantadora. —Para ti. Combina con tu cabello y con Ryukyu-senpai —bromeó dulcemente.
Nejire abrazó el peluche con fuerza. La emoción la desbordó; se paró de puntillas, tomó el rostro de Izuku y le dio un beso sonoro y muy tierno en la mejilla. —¡Gracias, gracias, gracias, mi héroe de puntería perfecta! —le susurró cerca del oído, haciendo que Izuku se sonrojara hasta las orejas.
Con el peluche en brazos y el corazón latiendo a mil por hora, finalmente llegaron a la base de la inmensa Noria. El cielo ya estaba completamente oscuro, y las estrellas comenzaban a brillar sobre Tokio, compitiendo con las luces de neón del parque.
El encargado abrió la puerta de una de las cabinas circulares de cristal y ambos subieron. A diferencia de otras parejas que suelen sentarse frente a frente, Nejire no dudó ni un segundo; se sentó justo al lado de Izuku en el pequeño asiento acolchado, pegando su pierna a la de él y tomando su mano izquierda, entrelazando sus dedos con familiaridad.
La Noria comenzó a elevarse lenta y silenciosamente, alejándolos del bullicio del parque y encerrándolos en una cápsula de intimidad absoluta.
Nejire apoyó la cabeza en el hombro de Izuku, mirando el atardecer y las luces de la ciudad a través del cristal.

—¿Sabes, Izu-kun? —habló Nejire, su voz sonando increíblemente suave y un poco melancólica—. Hoy ha sido un día mágico. Tan mágico, que no puedo evitar pensar… hubiera sido increíble si nos hubiéramos conocido antes. Mucho antes.
Izuku apretó suavemente su mano, dejando que su mente volara ante ese escenario. Cerró los ojos por un segundo y se imaginó a sí mismo en la secundaria. Un Izuku sin Quirk, tímido, acosado y solitario, caminando por las calles con la cabeza baja. Y de repente, en esa imaginación, aparecía una joven Nejire de secundaria, con su uniforme antiguo, acercándose a él con esa sonrisa deslumbrante, tomándolo de la mano y arrastrándolo a correr, llenando su mundo gris de preguntas, de luz y de colores vibrantes.

La sola idea le estrujó el corazón de ternura. Abrió los ojos y le sonrió. —Me hubiera encantado, Nejire. Estoy seguro de que habrías sido la persona que le habría dado luz a mis días más oscuros en aquel entonces —confesó Izuku con una honestidad brutal y hermosa—. Pero… también creo que el destino sabe lo que hace. Nos conocimos en el momento exacto en que debíamos conocernos. Y ahora, no pienso dejarte ir.
Nejire levantó la cabeza del hombro de Izuku. Se giró hacia él. La cabina estaba iluminada solo por la tenue luz de la ciudad exterior y el reflejo de las estrellas.
Con una delicadeza abrumadora, Nejire soltó la mano de Izuku y levantó ambas palmas, acunando las mejillas pecosas del chico. Izuku sintió el calor de sus manos y se perdió en esos inmensos océanos azules que lo miraban con una adoración absoluta.
—La cita de hoy… ha sido la mejor de toda mi vida, Izu-kun —susurró Nejire, sus ojos cristalizándose ligeramente por la pura felicidad—. Nunca me había sentido tan completa, tan cuidada y tan feliz. Contigo, siento que no necesito volar con mi Quirk para tocar el cielo.
Nejire acercó su rostro al de él. Sus alientos se mezclaron en el reducido espacio.
—Izuku Midoriya… —pronunció su nombre completo con una devoción casi sagrada—. Tú eres lo que siempre soñé.
Y sin esperar una respuesta, Nejire acortó los milímetros que los separaban y unió sus labios con los de él.
No fue un beso rápido ni tímido. Fue un beso profundo, cargado de todo el amor, la pasión y la gratitud que sentía por él. Izuku cerró los ojos y correspondió al instante. Rodeó la cintura de Nejire con un brazo, atrayéndola más hacia él, saboreando la dulzura de sus labios, sintiendo cómo ese beso sellaba todo lo que habían vivido en ese maravilloso día.
Se besaron sin prisa, disfrutando de la sensación, mientras la Noria alcanzaba el punto más alto de su recorrido, dejándolos suspendidos sobre la ciudad iluminada.
Después de varios segundos mágicos, se separaron muy lentamente por la falta de aire. Nejire no se alejó; simplemente apoyó su frente contra la frente de Izuku, manteniendo sus ojos cerrados, respirando el mismo aire.
Izuku abrió los ojos, miró el hermoso rostro de la chica que tenía enfrente y dejó que su corazón hablara sin filtros. —Te amo, Nejire.
Las palabras salieron de sus labios con una firmeza y una claridad inquebrantables. No había dudas, no había miedos.
Nejire soltó un pequeño y tembloroso suspiro contra sus labios, abriendo los ojos. Una lágrima de pura felicidad resbaló por su mejilla izquierda. —Yo también te amo, Izu-kun. Te amo muchísimo.
Al escuchar esa confirmación, Izuku sintió que una chispa se encendía en su interior. Recordó la conversación que habían tenido la noche anterior. La promesa que le había hecho.
—Te lo dije por mensaje anoche, ¿recuerdas? —susurró Izuku, su voz volviéndose repentinamente más grave, ronca y cargada de una intención que hizo temblar a Nejire—. Te dije que yo iba a tomar la iniciativa hoy. Que te iba a robar todos los besos que no pudimos darnos ayer.
Antes de que Nejire pudiera responder, Izuku llevó una mano a la nuca de la chica, enredando sus dedos en el suave cabello celeste, y la besó.
Esta vez, no fue un beso tierno. Fue un beso demandante, hambriento y apasionado. Izuku reclamó sus labios con una intensidad que Nejire no se esperaba, pero a la que se rindió por completo. Abrió la boca, permitiendo que el beso se volviera más profundo, enredando sus propias manos en los rizos verdes de Izuku.
Sin embargo, el espacio en los asientos contiguos era limitado, y el ángulo en el que estaban sentados hacía que el beso profundo fuera un poco incómodo para los cuerpos de ambos.
Nejire, dejándose llevar por la pasión y el calor abrasador que subía por su cuerpo, tomó una decisión audaz. Rompió el beso por una fracción de segundo, se levantó un poco apoyándose en el pecho de Izuku, separó sus piernas y se sentó a horcajadas sobre el regazo del peliverde, de frente a él.

—Así… así está mucho mejor… —jadeó Nejire contra los labios de Izuku, acomodándose sobre los muslos de él, bajando la falda todo lo posible.
Izuku soltó un gruñido bajo ante el contacto tan íntimo y la fricción de sus cuerpos. Sus fuertes brazos rodearon inmediatamente la cintura y la espalda de Nejire, sosteniéndola firmemente contra su cuerpo para que no perdiera el equilibrio por el balanceo de la cabina.
El beso se reanudó con una ferocidad renovada. Estando a horcajadas, el contacto físico era total. Nejire sentía cada músculo del abdomen y el pecho de Izuku pegados a ella. El calor que emanaban era suficiente para empañar los cristales de la cabina.
Izuku descendió lentamente, dejando los labios de Nejire para comenzar a dejar un rastro de besos ardientes a lo largo de la línea de su mandíbula. Bajó un poco más, y sus labios encontraron la suave y pálida piel del cuello de la heroína.
Al sentir los besos calientes y pequeños mordiscos de Izuku en la zona sensible de su cuello, Nejire arqueó la espalda instintivamente. Sus manos se aferraron con fuerza a la camisa color vino oscuro del peliverde, arrugando la tela.
—Ah… Izu-kun… —gimió Nejire suavemente, un sonido embriagador que resonó en el silencio de la cápsula y que estuvo a punto de volver loco a Izuku.
Ella enterró su rostro en el hombro del peliverde, respirando de forma pesada y errática. Sintiendo el firme agarre de las manos de Izuku sobre su cintura y la pasión innegable que él le demostraba, los sentimientos de Nejire llegaron a un punto de ebullición absoluto.
—Izu-kun… te deseo… —le confesó Nejire en un susurro ardiente y desesperado directamente en su oído, su aliento chocando contra su piel—. Te deseo tanto…
La confesión hizo que Izuku apretara su agarre. Volvió a subir hacia sus labios, besándola con una devoción y un deseo que prometía que, sin importar lo que el futuro les deparara, esa noche, a cientos de metros sobre la ciudad de Tokio, se pertenecían el uno al otro en cuerpo y alma.
AUTOR: HOLA A TODOS ESPERO QUE LES GUSTE EL CAPÍTULO A MI REALMENTE ME GUSTO HACER ESTE CAPÍTULO PORQUE ES MI IDEA DE UNA CITA LLENA DE ENERGÍA.
AUTOR: recomiendenme canciones de amor no importa el género músical yo escucho de todo . Para este capítulo me inspere en varias canciones de amor tomando fragmentos y creando esenas o diálogos,estoy seguro que algunos ya se dieron cuenta 😅🤫😁.




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