Izuku un corazón dividido en 2 - Capítulo 48
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Capítulo 48: una visita al casino
AUTOR: no se olviden de apoyarme con piedras de poder 😁😁😁.
El taxi se detuvo a un par de metros de la imponente entrada de la agencia de Endeavor. Izuku pagó la tarifa, aún con la mente flotando en las nubes y el sabor de los besos de Nejire fresco en su memoria. Abrió la puerta y bajó del vehículo, listo para entrar, ir a su habitación y dormir con una sonrisa imborrable.
Pero sus planes se vieron frustrados de inmediato.
Justo antes de que Izuku pudiera cruzar las puertas de cristal, una figura salió caminando hacia él. Era Katsuki Bakugo. El rubio ceniza estaba parado en medio de la acera, con los brazos cruzados sobre su pecho y una expresión feroz, inquebrantable, como si estuviera a punto de enfrentarse a su propio destino en una batalla a muerte y estuviera completamente seguro de que iba a ganar.
Al verlo, Izuku parpadeó, sacudiéndose el aturdimiento romántico, y levantó una mano.
-H-Hola, Kacchan. ¿Vas a salir?
Bakugo no devolvió el saludo. Lo escaneó de arriba abajo con sus ojos carmesí y fue directo al grano.
-¿Y bien? ¿Cómo te fue con la loca azul?
Izuku no pudo evitarlo. A pesar del cansancio, una sonrisa enorme, brillante y casi tonta se extendió por su rostro pecoso al recordar el acuario, el parque de diversiones y la noria gigante.
-Me fue increíble, Kacchan. De verdad… más que increíble. Fue mágico.
Bakugo resopló, rodando los ojos ante tanta cursilería, pero internamente se sintió aliviado de que su amigo no hubiera arruinado la operación táctica.
-Tch. Como sea. ¿Te sirvió el fondo de emergencia que te di?
-¡Ah, sí! ¡Casi lo olvido! -Izuku metió rápidamente la mano en el bolsillo de sus pantalones negros y sacó un par de billetes-. De los 8.000 yenes que me diste, me sobraron 4.000. Aproveché para comer unas cuantas porciones extra de sushi con ese dinero, mi metabolismo me estaba matando… Toma, aquí tienes el cambio.
Izuku extendió la mano para devolverle los 4.000 yenes, pero Bakugo lo detuvo, dándole un manotazo suave para rechazar el dinero.
-Guárdate esa miseria, nerd. Otro día me devuelves todo el dinero completo de tu deuda -dictaminó Bakugo, con una sonrisa ladeada y cargada de una ambición peligrosa-. Ahora mismo me voy al casino. Y ya que estás aquí, y que vienes con esa asquerosa y ridícula suerte que tienes con las mujeres… vas a venir conmigo. Aprovecharemos tu buena racha a ver si tienes la misma suerte en la ruleta.
-¿Q-Qué? ¡No, Kacchan, espera! ¡Estoy muy cansado, quiero dormir! -se negó Izuku, dando un paso hacia atrás con pánico.
-¡Y a mí qué me importa! ¡Vas a venir conmigo para que se te quite lo llorica de una vez por todas! -rugió Bakugo.
Sin darle tiempo a protestar, Bakugo agarró a Izuku por el cuello de la camisa color vino y comenzó a arrastrarlo por la acera. Izuku, a pesar de tener la fuerza para detener un tren, no opuso verdadera resistencia física, sabiendo que discutir con un Bakugo decidido a apostar era una batalla perdida. No le quedó de otra más que suspirar y seguirlo.
Caminaron durante varios minutos, alejándose de las avenidas principales y adentrándose en una red de calles estrechas y callejones mal iluminados. El ambiente se volvió más denso y sombrío.
-Kacchan… -susurró Izuku, mirando a los lados con nerviosismo-. Sigo sin entender. ¿Cómo fue que conociste al tipo que te dejó entrar a un lugar como este siendo menor de edad?
Bakugo chasqueó la lengua, sin detener su paso.
-Hace unas semanas, durante una patrulla nocturna, hubo un accidente de tráfico provocado por un villano de pacotilla. Un auto estaba a punto de aplastar a un tipo de traje elegante. Lo agarré por el cuello y lo saqué de ahí antes de que lo hicieran puré. Resultó que el tipo es un pez gordo de los bajos fondos. Me dijo que por salvarle la vida tenía acceso libre a su casino cuando quisiera, y no iba a rechazar una oferta táctica como esa.
Izuku asintió, aunque el sentido de la legalidad le seguía picando en el cerebro.
Finalmente, llegaron frente a una puerta de metal negro, sin ningún tipo de letrero, custodiada por un guardia inmenso con cara de pocos amigos. Bakugo se acercó sin dudarlo, miró al guardia a los ojos y pronunció una palabra clave en voz baja. El guardia asintió en silencio y les abrió la pesada puerta.
Al entrar, los sentidos de Izuku fueron asaltados. El lugar se veía exactamente como los casinos clandestinos de las películas que veía con su madre. Había un espeso humo de cigarro flotando en el aire, luces de neón parpadeantes, y el inconfundible sonido de las fichas chocando. El lugar estaba lleno de personas de todo tipo apostando en mesas de ruleta, blackjack, dados y largas filas de máquinas tragamonedas.
Bakugo condujo a Izuku directamente hacia una de las mesas de ruleta más concurridas. Se abrieron paso entre la gente hasta llegar al frente.
-Observa y aprende, Deku. Así es como un profesional multiplica su dinero -presumió Bakugo con arrogancia.
Sacó una ficha equivalente a 1.000 yenes y, con un movimiento seguro, la colocó justo en la casilla del color rojo.
-¡No más apuestas! -anunció el crupier, lanzando la pequeña bola blanca dentro de la ruleta giratoria.
La tensión era palpable. Izuku tragó saliva, mirando la bolita saltar de casilla en casilla. Giraba y giraba, perdiendo velocidad. Bakugo apretaba los dientes, con los ojos clavados en el rojo. La bola dio un último salto y… cayó directamente en la casilla negra.
-Negro el 15. Pierde el rojo -anunció el crupier con voz monótona, barriendo la ficha de Bakugo de la mesa.
Izuku se giró lentamente hacia su amigo. A Bakugo le habían salido unas prominentes y oscuras líneas verticales de pura frustración en la frente y bajo los ojos. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse.
-A-Ah… b-bueno… -Izuku soltó una risa extremadamente nerviosa, levantando las manos para apaciguarlo-. S-Seguro a la próxima ganas, Kacchan…
-Fue solo un maldito error de cálculo. Un poco de mala suerte -gruñó Bakugo, sacando otra ficha con furia.
Justo en ese momento, una voz masculina, suave y aterciopelada resonó a sus espaldas.
-Vaya, vaya. Si es mi joven salvador explosivo.
Bakugo e Izuku se giraron al mismo tiempo. Frente a ellos estaba un hombre de unos treinta años, vistiendo un traje a medida impecable, con el cabello engominado hacia atrás y una sonrisa deslumbrante. Izuku lo reconoció al instante como el dueño del casino.
Pero lo que más llamó la atención de Izuku no fue el hombre, sino sus acompañantes. El sujeto tenía a dos mujeres increíblemente hermosas y elegantes abrazadas a él, una colgada de cada brazo, riendo y susurrándole cosas al oído.
Bakugo cruzó los brazos y le dio un asentimiento a modo de saludo. -Hola.
-¿Cómo te está yendo en las mesas esta noche, muchacho? -preguntó el hombre, con un tono amable pero claramente superior.
-Un poco de mala suerte con la estadística del rojo -masculló Bakugo, apartando la mirada-. Pero ya recuperaré mi dinero.
El hombre soltó una risa suave y entonces sus ojos se posaron en Izuku, evaluando la camisa color vino y el aura nerviosa del peliverde.
-¿Y este joven? ¿Es tu amigo?
-Sí, es un extra de mi clase -respondió Bakugo, señalando a Izuku con el pulgar-. Lo traje para ver si se le pega algo de carácter y deja de ser un llorica de una vez.
El hombre le extendió la mano a Izuku. -Es un placer. Cualquier amigo del chico que me salvó la vida es bienvenido en mi establecimiento.
-E-El placer es mío, señor -respondió Izuku, estrechándole la mano por pura educación.
El hombre volvió su atención a Bakugo, pero habló lo suficientemente alto para que ambos lo escucharan.
-Si me permites darte un consejo para ganar dinero en este mundo, chico…
Izuku, con su mente siempre dispuesta a aprender, prestó total atención. Quizás este hombre realmente tenía un secreto matemático o estadístico para la ruleta.
-Si quieres ganar mucho dinero y tener éxito… -continuó el hombre, con un tono teatral y solemne-. Tienes que venir a la mesa con la intención pura de ganar. No puedes sentarte a jugar con la mentalidad y el miedo de que puedes perder. Olvídate de la estadística. ¡Apuesta con tu corazón, entrégate a la emoción, y el universo te hará ganar!
Al escuchar ese “consejo”, el cerebro analítico de Izuku sufrió un frenazo en seco.
«Este tipo es un completo estafador», dedujo Izuku de inmediato.
Decirle a un apostador que ignore la estadística y apueste “con el corazón” era la táctica más vieja y ruin de los casinos para asegurarse de que la gente perdiera todo su dinero guiada por las emociones. El hombre no era un sabio de los negocios; era un manipulador aprovechándose de la fiebre del juego de sus clientes.
Sin embargo, a pesar de que el sentido de justicia de Izuku le decía que debía advertirle a Bakugo sobre el engaño, su atención se desvió hacia otro lado.
Izuku se quedó mirando fijamente a las dos chicas que estaban abrazadas al hombre. Se veían felices, cómodas con la situación, compartiendo el afecto del mismo sujeto sin ninguna señal de celos ni rivalidad.
La mente del peliverde comenzó a trabajar a mil por hora, pero no en análisis de Quirks o tácticas de combate. Su mente voló directamente hacia su propia encrucijada romántica.
Involuntariamente, Izuku se imaginó a sí mismo en el lugar de ese hombre, vistiendo un traje elegante. Y a su lado… imaginó a Nejire Hado, con su cabello azul flotando y su sonrisa radiante en su brazo derecho; y a Fuyumi Todoroki, con su calidez maternal y su mirada tierna en su brazo izquierdo. Las imaginó a las dos riendo junto a él, caminando juntos sin pelear.
Un rubor violento tiñó las pecas de Izuku ante semejante pensamiento. Negó con la cabeza rápidamente para disipar la imagen, pero la semilla de la curiosidad ya había sido plantada.
La voz del hombre que seguía dándole malos consejos a Bakugo lo devolvió a la realidad del ruidoso casino. Izuku volvió a mirar al trío frente a él.
«¿Por qué está con dos chicas al mismo tiempo?», se preguntó Izuku internamente, entrecerrando los ojos con pura curiosidad científica y romántica. «¿Acaso las dos chicas están de acuerdo con esto? ¿No se ponen celosas? ¿Cómo logran equilibrar el tiempo, los sentimientos y la atención? ¿Existe una forma de no lastimar a nadie y que todas las partes sean felices?»
Izuku sentía que la mano le picaba. Deseaba con todas sus fuerzas sacar su libreta de apuntes número quince y empezar a entrevistar al dueño del casino, no sobre cómo manejar negocios ilegales, sino sobre la logística emocional, la comunicación y los acuerdos necesarios para mantener una relación con dos mujeres increíbles al mismo tiempo.
Era una información que, para el Izuku de hoy que amaba a Fuyumi y a Nejire con todo su ser, valía infinitamente más que cualquier premio mayor de la ruleta.
El Análisis de las Apuestas y un Corazón Codicioso
El elegante dueño del casino les dedicó una última sonrisa deslumbrante, acomodó su saco a medida y se despidió.
—Les deseo la mejor de las suertes, jóvenes. Disfruten de la noche.
Sin más, el hombre se dio la vuelta. Sus brazos rodearon con naturalidad y firmeza las cinturas de las dos hermosas mujeres que lo acompañaban, una rubia y una morena, y se alejó caminando entre el mar de mesas de juego y luces de neón.
Izuku se quedó paralizado, observando cómo la figura del hombre se perdía en la multitud. Su mente seguía atascada en la imagen de ese sujeto manejando a dos mujeres al mismo tiempo con una facilidad pasmosa, sin gritos, sin celos, solo con una sonrisa.
Un codazo fuerte en las costillas lo devolvió a la realidad.
—¡Ay! —se quejó Izuku, frotándose el costado.
Katsuki Bakugo lo estaba mirando con una sonrisa torcida, casi demoníaca, y los brazos cruzados.
—Apostaría lo que me queda en la billetera a que te encantaría ser ese sujeto en este mismo instante, ¿verdad, Deku? —se burló Bakugo, arrastrando las palabras con malicia—. Solo imagínalo: tú caminando por ahí, con tu ridícula camisa color vino, agarrando de un lado a la loca del pelo azul y del otro a la hermana mayor del mitad y mitad. Seguro babeaste solo de pensarlo.
El rostro de Izuku estalló en llamas, adquiriendo el color de un tomate maduro. Agitó las manos frente a él, negando frenéticamente con la cabeza.
—¡N-No! ¡C-Claro que no, Kacchan! ¡E-Eso sería… eso es… yo no estaba pensando en eso! —balbuceó, aunque su mente traicionera acababa de proyectar esa exacta imagen en alta definición.
Bakugo bufó con fastidio, rodando los ojos.
—Sí, claro, y yo soy el fan número uno de All Might. Deja de mentirte, nerd. Ahora cierra la boca y apuesta. Ya van a girar la ruleta otra vez.
El rubio ceniza metió la mano en su bolsillo, sacó una pequeña ficha de plástico y se la estampó a Izuku en el centro del pecho.
—Toma. Es una ficha de 500 yenes. Como no cambiaste tu estúpido dinero de emergencia, vas a usar esta. Juega.
Izuku tomó la ficha entre sus dedos índice y pulgar. Miró el inmenso y complejo paño verde de la mesa de ruleta. Había decenas de opciones. Números del 0 al 36. Colores rojos y negros. Pares e impares. Primera docena, segunda docena, columnas. Para el cerebro analítico de Izuku, las probabilidades de perder eran astronómicamente altas. Si apostaba a un solo número, la probabilidad era de 1 en 37. Era un suicidio financiero. Sabía con total certeza matemática que iba a perder.
La mano le temblaba ligeramente. ¿Por cuál apostar? ¿Debería ir a lo seguro y apostar al color? ¿O a una columna? Era demasiado difícil.
Y entonces, las palabras del estafador dueño del casino resonaron en su cabeza: “No puedes jugar con la mentalidad de que puedes perder. Apuesta con tu corazón y ganarás”.
Izuku suspiró. Si iba a perder esos 500 yenes de todas formas, ¿por qué no seguir ese ridículo consejo? Miró la ruleta fijamente y dejó que su mente se pusiera en blanco. ¿Qué le decía su corazón en ese momento de su vida?
La respuesta le llegó en un instante, clara y brillante. El número 3.
Tal vez porque ahora su vida era un triángulo amoroso, tal vez porque hoy era su tercer día de descanso, o quizás simplemente porque el número 3 siempre había sido un número de equilibrio. Sin dudarlo más, Izuku estiró el brazo y colocó la solitaria ficha de 500 yenes exactamente sobre la casilla del número 3.
El crupier pasó la mano por la mesa.
—¡No va más! —anunció, lanzando la bolita blanca por el cilindro de madera.
Bakugo miró la mesa y frunció el ceño.
—¿Por qué demonios apostaste a un número pleno, idiota? Las probabilidades son una mierda. ¿Por qué el 3?
—Mi corazón me dijo que ese número era el correcto, Kacchan —respondió Izuku con una sinceridad aplastante.
Bakugo lo miró como si le hubiera crecido una segunda cabeza. —Tu corazón es un imbécil. Ve despidiéndote de esos 500 yenes.
Ambos clavaron la mirada en la ruleta con una expectativa sofocante. La bolita giró a toda velocidad, creando un zumbido hipnótico. Comenzó a perder fuerza. Tac, tac, tac. Saltó sobre el 15 negro. Rebotó en el 19 rojo. Dio un último salto inestable y… cayó suavemente, encajando a la perfección.
—Rojo el 3. Gana el 3 pleno —anunció el crupier con voz robótica, marcando el número con una pequeña pieza de cristal.
Izuku y Bakugo parpadearon una, dos, tres veces. El silencio entre ellos era absoluto. Ninguno de los dos podía creerse que la bolita hubiera caído exactamente en el número que el “corazón” de Izuku había elegido entre 37 malditas opciones.
No pudieron salir de su estupor hasta que el crupier comenzó a apilar varias torres de fichas frente a Izuku. En la ruleta, acertar un número pleno pagaba 36 veces lo apostado.
Izuku miró sus manos, que ahora estaban llenas de fichas relucientes. ¡De 500 yenes, acababa de pasar a tener 18.000 yenes en cuestión de treinta segundos!
Lentamente, Izuku giró la cabeza hacia su amigo. Bakugo también giró la cabeza hacia él.
La expresión de Bakugo se transformó. Las cejas se le arquearon y una sonrisa gigante, perturbadora y llena de pura codicia se extendió por su rostro, enseñando los dientes como un tiburón que acaba de oler sangre.
—Maldita sea… —susurró Bakugo, sus ojos carmesí brillando con una intensidad maniática—. Fue la mejor puta idea del mundo traerte a este basurero, Deku. ¡Esa estúpida aura de protagonista suertudo que te cargas también funciona en los juegos de azar! ¡Vamos a recuperar todo el dinero que perdí y a vaciar este lugar!
Bakugo soltó una carcajada fuerte, ronca y cargada de pura ludopatía que asustó a un par de ancianos en la mesa contigua.
Izuku miró las fichas en sus manos. Recordó las palabras del dueño: “Ve con la intención de ganar”. De repente, una nueva y extraña determinación se apoderó de él. Sentía la adrenalina correr por sus venas. No era la adrenalina de salvar vidas, pero era estimulante.
—¡Hagámoslo, Kacchan! —dijo Izuku, asintiendo con firmeza.
El dúo dinámico de la U.A. comenzó su asalto al casino. Primero se quedaron en la ruleta un rato más, pero después de ganar un par de veces, Izuku decidió que el juego era demasiado azaroso.
—Vayamos a las cartas, Kacchan. El Blackjack tiene más matemáticas involucradas —sugirió Izuku.
Se sentaron en una mesa de Blackjack de apuestas altas. Al principio, la suerte pareció abandonarlos. En menos de quince minutos, Izuku tomó malas decisiones pidiendo cartas cuando no debía y perdió 15.000 yenes de los 20.000 que había ganado.
—¡NERD DE MIERDA, NO PIDAS OTRA CARTA SI TIENES 16 Y EL CRUPIER TIENE UN 6! —le gritó Bakugo, golpeando la mesa, atrayendo las miradas del personal de seguridad.
Izuku sudaba frío, pero entonces, su cerebro hizo clic. Cerró los ojos y respiró hondo. Su mente, acostumbrada a analizar Quirks complejos, trayectorias de ataques a velocidades supersónicas y patrones de movimiento de villanos, se centró única y exclusivamente en la baraja de cartas.
Izuku abrió los ojos. Empezó a murmurar a una velocidad ininteligible, asustando al crupier.
—Si se usan seis barajas y han salido quince cartas altas y solo cinco cartas bajas, eso significa que la cuenta real es positiva… hay más probabilidades de que salgan dieces… el crupier tiene más posibilidades de pasarse si su carta descubierta es débil…
—¡Habla en cristiano y apuesta, maldita sea! —lo apuró Bakugo.
Con el truco captado y el conteo de cartas fluyendo en su cabeza como una ecuación simple, Izuku comenzó a apostar fuerte.
—Me planto —decía con seguridad.
—Doblo la apuesta —indicaba en la siguiente mano, deslizando torres de fichas.
—Divido los ochos.
El crupier empezó a sudar frío. En cuestión de media hora, Izuku no solo recuperó los 15.000 yenes perdidos, sino que arrasó con la mesa, sacando más de 50.000 yenes en ganancias netas. Cada vez que ganaba una mano, Bakugo soltaba una carcajada victoriosa y chocaba los cinco con Izuku con una fuerza que casi le disloca el hombro.
—¡Eres un maldito genio de los números, Deku! —celebraba Bakugo—. ¡Siguiente juego!
Se movieron a la mesa de Dados (Craps). El ambiente allí era escandaloso y caótico.
Bakugo tomó los dados rojos en sus manos, agitando los puños como si estuviera preparando una explosión.
—¡¿A qué le apuesto, computadora andante?! —le gritó Bakugo por encima del ruido de la multitud.
—¡Apuesta a la línea de Pase y coloca las probabilidades máximas detrás! —le instruyó Izuku, quien ya había calculado el margen de la casa—. ¡Solo tienes que lanzar un 7 o un 11 en el tiro de salida, Kacchan!
—¡NO ME DIGAS QUÉ NÚMERO LANZAR! —rugió Bakugo.
Lanzó los dados con tanta fuerza que rebotaron violentamente contra la pared acolchada de la mesa. Clac, clac. Cayeron en el tapete. Un 4 y un 3.
—¡Siete! ¡Gana la línea de Pase! —gritó el encargado de la mesa.
La multitud estalló en vítores. Bakugo e Izuku chocaron los puños. Siguieron tirando, con Bakugo lanzando los dados con agresividad y Izuku manejando la estrategia de las fichas como un general en un campo de batalla.
Después de desangrar la mesa de dados, pasaron por la zona de las máquinas tragamonedas para descansar un poco.
—Esto sí que es pura suerte sin sentido —murmuró Izuku, metiendo una ficha de 1.000 yenes en una máquina de luces brillantes mientras charlaba con Bakugo sobre los estúpidos que gastaban su vida ahí. Apretó el botón de “Girar” sin siquiera mirar la pantalla.
La máquina comenzó a pitar. Din, din, din, din. Las luces parpadearon frenéticamente, y una alarma comenzó a sonar en todo el pasillo.
Izuku y Bakugo miraron la pantalla. Habían salido tres sietes dorados. ¡Jackpot!
Decenas de fichas de alto valor comenzaron a caer en la bandeja metálica con un sonido ensordecedor. Bakugo miraba la cascada de fichas con la boca abierta y los ojos brillando como estrellas.
—Definitivamente… los dioses del casino te aman —susurró el rubio, comenzando a meter las fichas en sus bolsillos a puñados.
Estaban arrasando en el casino de una manera casi escandalosa. Sus bolsillos pesaban, llenos de fichas que valían miles y miles de yenes.
Justo cuando se dirigían a la caja registradora para cambiar sus fichas por dinero en efectivo, una figura conocida se cruzó en su camino. Era el dueño del casino, pero esta vez, su sonrisa deslumbrante se veía un poco tensa, y una pequeña gota de sudor le resbalaba por la frente.
—Vaya, vaya… parece que la suerte realmente les sonrió esta noche, jóvenes —dijo el hombre, intentando mantener su tono elegante, aunque acababan de vaciarle un buen porcentaje de las ganancias de la noche.
Izuku le sonrió con total sinceridad y le hizo una pequeña reverencia.
—¡Todo fue gracias a su consejo, señor! Fui con la intención de ganar y aposté con mi corazón, tal como me dijo. ¡Funcionó a la maravilla!
Al hombre le tembló violentamente la ceja derecha. Él decía esas estupideces seudofilosóficas para que los idiotas se emocionaran, perdieran la razón y gastaran todo su dinero en la ruleta, no para que un adolescente con cara de brócoli llegara, contara cartas como una computadora humana y se llevara un botín gigantesco.
—Claro… me alegra… haber sido de ayuda —masculló el dueño, forzando una sonrisa que parecía más una mueca de dolor.
Izuku notó un detalle importante. El hombre estaba solo; las dos mujeres hermosas ya no estaban colgadas de sus brazos.
El cerebro de Izuku comenzó a trabajar. Había estado posponiendo esto, pero la duda lo estaba consumiendo por dentro. Amaba profundamente a Nejire y a Fuyumi. Había decidido que no iba a huir de sus sentimientos y que iba a dar dos pasos adelante con ambas, pero la logística de estar con dos mujeres increíbles al mismo tiempo y hacerlas felices a las dos le parecía un rompecabezas más difícil que derrotar a Shigaraki. A Izuku ya no le importaba si el mundo lo juzgaba o si Bakugo le decía que era un bastardo suertudo; no quería dejar ir a ninguna de las dos. Si existía una remota posibilidad de que pudiera estar con ambas, iba a investigarla.
Aprovechando que Bakugo estaba distraído en la caja contando el dinero en efectivo como un dragón contando su oro, Izuku dio un paso hacia el dueño del casino.
—Señor… —llamó Izuku, bajando la voz y mirando a los lados para asegurarse de que nadie escuchaba—. Disculpe el atrevimiento, pero… me gustaría hacerle una pregunta personal. Y si me puede dar algunos consejos, se lo agradecería de por vida.
El hombre arqueó una ceja, intrigado por el repentino tono serio y casi desesperado del chico que acababa de robarle su dinero.
—Dime, chico. ¿Qué clase de consejos necesitas?
Izuku tragó saliva. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso, pero mantuvo la mirada firme.
—Hace un rato lo vi con… con dos chicas al mismo tiempo. Ambas parecían muy felices y de acuerdo con la situación —Izuku tomó aire—. La verdad es que yo estoy enamorado de dos mujeres. Las amo muchísimo a las dos, y ellas también sienten cosas por mí. Pero no sé cómo hacerlo. No sé cómo avanzar sin que todo explote, sin lastimarlas. ¿Cómo hace usted para… estar con las dos?
El dueño del casino abrió los ojos con sorpresa por un segundo. Luego, la sorpresa fue reemplazada por una sonrisa de pura sorna, cínica y divertida. Se cruzó de brazos y lo miró de arriba abajo.
—Así que el chico de los cálculos matemáticos tiene un dilema de faldas… y no con una, sino con dos. Resultaste ser un codicioso —se burló el hombre con una risa baja—. Bien, chico, ya que me quitaste tanto dinero, te daré algo de sabiduría a cambio. Escucha bien, porque te voy a dar las tres reglas de oro para sobrevivir al fuego cruzado.
Izuku sacó instintivamente una pequeña libreta que llevaba en el bolsillo interno de su chaqueta y un bolígrafo, listo para tomar notas como si estuviera en una clase magistral de la U.A.
El hombre soltó una carcajada al ver la libreta, pero procedió.
—Regla número uno: La Transparencia Táctica. —El hombre levantó un dedo—. Nunca, jamás, les mientas. Las mujeres tienen un sexto sentido para la mentira y si te atrapan, te destruirán. Sé honesto de que estás con ambas, que ellas lo sepan. PERO, y esto es crucial, nunca des detalles innecesarios. Si estás con una, la otra no existe en ese momento. No hables de lo que hiciste con la otra, no compares. La honestidad es tu escudo, pero el silencio es tu mejor arma.
Izuku asentía vigorosamente, anotando “Transparencia Táctica” y “Silencio = Arma”.
—Regla número dos: Equidad Absoluta. —El hombre levantó un segundo dedo—. Si a una le compras un collar de diamantes, a la otra le compras uno de esmeraldas. Si a una le dedicas tu martes, a la otra le dedicas el miércoles. Las mujeres que aceptan compartir a un hombre no se ponen celosas por la otra mujer en sí, se ponen celosas de la atención. Si ven que tratas a una mejor que a la otra, el equilibrio se rompe y te cortarán la cabeza. Debes tener la energía de dos hombres.
”Equidad Absoluta. Doble de energía”, anotó Izuku, tragando saliva al pensar en lo agotador que sería mantener el ritmo de Nejire y la atención que requería Fuyumi.
—Y finalmente, la Regla número tres: El Marco Inquebrantable. —El hombre se inclinó un poco hacia Izuku, mirándolo fijamente—. Las mujeres se quedan con un hombre que sabe lo que quiere. Si tú dudas, si te muestras culpable o te haces la víctima indecisa, ellas perderán el respeto por ti y se irán. Tienes que caminar con la confianza de un rey. Demuéstrales que las quieres a las dos en tu vida, que no vas a elegir porque eres lo suficientemente hombre para hacerlas felices a ambas. Tu seguridad será el ancla que las mantenga a tu lado.
El hombre se enderezó y le dio unas palmaditas en el hombro a un Izuku que estaba procesando la información con la intensidad de un disco duro al 100%.
—Eso es todo, chico. Ahora lárgate antes de que mande a la seguridad a quitarte todo el dinero —se despidió el dueño con una sonrisa ladeada, perdiéndose de nuevo en las sombras del casino.
Izuku guardó la libreta en su bolsillo. No sabía qué pensar de los consejos del hombre. Todo tenía sentido desde un punto de vista puramente lógico y logístico, pero algo en su interior le decía que no era tan fácil como ese sujeto lo hacía sonar. Fuyumi y Nejire no eran las mujeres de un mafioso; eran heroínas, mujeres fuertes, con sentimientos profundos y complejos. Aplicar la “Transparencia Táctica” o la “Equidad Absoluta” con ellas sería como caminar sobre un campo minado con los ojos vendados.
Pero al menos, ahora tenía una base. Un plan.
—¡Oi, Deku! ¡Deja de perder el tiempo y mueve el culo!
El grito de Bakugo lo sacó de sus cavilaciones. Izuku trotó hasta donde estaba su amigo. Bakugo tenía los ojos inyectados de pura euforia y sostenía dos enormes fajos de billetes en sus manos.
—¡Doscientos mil yenes! —gritó Bakugo por lo bajo, sacudiendo los billetes frente a la cara de Izuku—. ¡200.000 putos yenes, nerd! Pagamos la deuda de la chica rica, y aún nos sobra una fortuna. ¡Somos los reyes de este basurero!
Izuku miró su reloj. Eran las 2:00 a.m. de la mañana. Habían pasado horas sumergidos en el frenesí de las apuestas.
—Es muy tarde, Kacchan. Deberíamos irnos antes de que Endeavor-san note que no estamos en nuestras habitaciones.
Salieron del casino clandestino, recibiendo el frío aire de la madrugada de Tokio.
La noche había sido increíblemente productiva. Bakugo caminaba por las calles oscuras con un paso arrogante y victorioso, sintiéndose en la cima del mundo.
—Te lo digo en serio, Deku —hablaba Bakugo, riendo por lo bajo—. Esa estúpida suerte que tienes con las mujeres se transfiere directamente a la mesa de juego. Eres una mina de oro. Te voy a traer aquí cada fin de semana. Voy a exprimir esa suerte tuya hasta que nos hagamos asquerosamente millonarios. ¡Fundaremos nuestra propia agencia de héroes con el dinero de las apuestas!
Izuku rió nerviosamente, negando con la cabeza ante los locos planes empresariales de su amigo. A pesar de lo cuestionable de la situación, caminar por las calles de madrugada, hablando y riendo con su amigo de la infancia después de ganar en un casino, se sentía como una aventura irreal.
Llegaron a la inmensa agencia de Endeavor sin ser detectados. Se escabulleron por los pasillos silenciosos y llegaron al área residencial.
—Nos vemos mañana, maldito trébol de cuatro hojas —se despidió Bakugo con una sonrisa satisfecha, entrando a su propia habitación con sus bolsillos llenos de yenes.
—Buenas noches, Kacchan —respondió Izuku.
Izuku abrió la puerta de su cuarto y cerró con seguro. Estaba física, mental y emocionalmente agotado. Se quitó la camisa color vino y los zapatos, dejándose caer boca arriba sobre su cama.
La habitación estaba a oscuras. Respiró profundo, intentando asimilar todo lo que había pasado en las últimas veinticuatro horas. La increíble y apasionada cita con Nejire, el beso en la noria, las revelaciones del casino, y los consejos del estafador sobre cómo mantener a dos mujeres.
Recordando a sus dos amores, Izuku estiró el brazo y tomó su teléfono móvil de la mesita de noche. La luz de la pantalla iluminó su rostro cansado pero feliz. Lo desbloqueó para revisar sus aplicaciones, buscando ver si no tenía alguna notificación de las dos chicas que estaban volviendo su mundo un maravilloso caos.

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