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Izuku un corazón dividido - Capítulo 53

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Capítulo 53: ODIO

​En la silenciosa y ahora solitaria residencia Todoroki, Fuyumi se encontraba en la sala de estar. Llevaba puesto un cómodo suéter y unos pantalones de pijama, sentada en el amplio sofá mientras intentaba recuperar la sensibilidad en sus piernas. Aún le temblaban las rodillas y un leve dolor muscular le recordaba la intensa y maravillosa maratón de amor que acababa de compartir con Izuku.

​Con una sonrisa soñadora aún en los labios, Fuyumi tomó el control remoto y encendió el televisor para ver si había alguna noticia tranquila mientras descansaba.

​Pero la sonrisa se borró de su rostro en el instante en que la pantalla se iluminó.

​Un cintillo rojo parpadeaba en la parte inferior de la pantalla con la frase ¡ÚLTIMA HORA!. La imagen estaba siendo transmitida en vivo desde un helicóptero de noticias que sobrevolaba el centro de la ciudad. Fuyumi se enderezó de golpe, olvidando el dolor en sus piernas, y el terror comenzó a invadirla.

​En la pantalla, un gigantesco lagarto humanoide de escamas negras y más de veinte metros de altura estaba destrozando todo a su paso. Pero lo que capturó la atención de Fuyumi y le heló la sangre fue ver quiénes estaban luchando contra esa bestia. Era un inmenso dragón escamoso y una chica que volaba ágilmente por el aire, disparando ondas doradas de energía.

​«Hado-san…» pensó Fuyumi, reconociendo inmediatamente la larga cabellera azul celeste de su rival amorosa.

​Fuyumi se quedó paralizada viendo la encarnizada lucha en vivo. Veía cómo Ryukyu intentaba contener al monstruo, cómo la bestia destruía edificios, y cómo Nejire arriesgaba su vida disparando desde los cielos. La profesora apretó sus manos juntas, rezando por la seguridad de la joven heroína. A pesar de que eran rivales por el amor de Izuku, Fuyumi jamás desearía que algo malo le pasara; ella era una buena persona, y sabía perfectamente que si Nejire moría, el corazón de Izuku se rompería en mil pedazos irremediables.

​Y entonces, frente a los ojos de todo el país, ocurrió la tragedia.

​Fuyumi vio con horror cómo el dragón era mandado a volar por un coletazo. Vio cómo la atención del monstruo se centraba en Nejire. Y, finalmente, en una secuencia que pareció ir en cámara lenta, Fuyumi vio el gigantesco puño negro estrellarse contra el pequeño cuerpo de la chica, enviándola a una velocidad meteórica contra un edificio.

​La estructura crujió y se derrumbó por completo, sepultando a Nejire Hado bajo miles de toneladas de escombros.

​Fuyumi se dejó caer de sus piernas temblorosas, cayendo de rodillas sobre la alfombra de su sala. Se llevó ambas manos a la boca, ahogando un grito de pánico, con los ojos grises llenos de lágrimas de terror puro.

—¡No…! ¡Por favor, no…! —sollozó Fuyumi frente al televisor, incapaz de creer que acababa de presenciar lo que parecía ser la muerte de la chica que Izuku tanto amaba.

​El helicóptero seguía grabando la dantesca escena en los cielos nocturnos, iluminada por los incendios. La voz de la periodista que relataba la noticia temblaba, a punto de romperse en llanto.

​—¡Es una catástrofe…! ¡La heroína Ryukyu y Uravity… digo, Nejire Chan, han caído! —narraba la periodista con desesperación—. ¡Los héroes en la zona han sido derrotados! ¡Necesitamos a héroes más fuertes! Nos han informado que el Héroe Número Uno, Endeavor, viene en camino, pero aún tardará varios minutos… ¡¿Quién podrá detener a este monstruo de seguir destruyendo la ciudad?!

​A través del audio del helicóptero, el rugido ensordecedor del lagarto gigante resonó en la transmisión, seguido de un grito gutural y lleno de odio que escupió hacia los escombros.

—¡Héroes falsos! ¡Son todos unos hipócritas que solo se aprovechan de los débiles para ganar fama! ¡Mueran!

​Mientras tanto, en la zona cero, bajo lo que antes era un edificio de oficinas, reinaba la oscuridad absoluta.

​Nejire comenzó a toser violentamente, aspirando el polvo denso que flotaba en el aire. Abrió los ojos lentamente. Su mente estaba desorientada. Recordaba el inmenso puño negro dirigiéndose hacia ella, recordaba haber cerrado los ojos esperando el impacto brutal y el crujir de sus propios huesos, pero… no sentía ese dolor agonizante que suponía ser aplastada por un monstruo y un edificio. Su cuerpo dolía, sí, pero era más por la presión del aire y el aterrizaje que por un impacto directo.

​En medio de la oscuridad asfixiante bajo los escombros, pequeños y familiares rayos de color verde esmeralda comenzaron a chisporrotear, iluminando tenuemente el reducido espacio en el que se encontraba.

​Cuando Nejire logró abrir los ojos por completo y enfocar la vista, su respiración se cortó.

​Lo primero que encontró fueron unos inmensos ojos verdes que la miraban con suma precaución y preocupación desde la penumbra.

​A medida que sus pupilas se acostumbraban a la luz de los relámpagos esmeraldas, Nejire pudo ver la escena completa. Izuku Midoriya estaba frente a ella. Bueno, más bien, ella estaba en los brazos de Izuku, cargada al estilo nupcial.

​El peliverde no llevaba puesta la parte superior de su ropa; el suéter gris había sido completamente destrozada por la fricción y el impacto. Su torso musculoso y pálido estaba cubierto de polvo, rasguños y cortes profundos. Un hilo de sangre roja y brillante le resbalaba por la comisura de los labios hasta la barbilla.

​Nejire miró a su alrededor. No estaban aplastados porque Izuku había creado un domo protector. Estaban rodeados por gruesos y oscuros tentáculos de Látigo Negro, entrelazados entre sí para formar un inquebrantable capullo que había sostenido el peso de los miles de toneladas de concreto y acero que el edificio les había lanzado encima.

​Fue en ese instante que Nejire lo comprendió todo. En el último microsegundo, cuando ella había cerrado los ojos y se había rendido ante la muerte, Izuku se había movido a una velocidad imperceptible, interponiéndose entre el puño de la bestia, la pared del edificio y ella, absorbiendo la mayor cantidad del daño letal con su propia espalda y su Látigo Negro para que ella no muriera.

​—Nejire… —la voz de Izuku la sacó de sus pensamientos. Sonaba un poco ronca, pero infinitamente tierna—. ¿Te encuentras bien?

​Al escuchar que, a pesar de estar destrozado y sangrando, él se preocupaba primero por ella, el corazón de Nejire se rompió. Las lágrimas comenzaron a brotar incontrolablemente de sus grandes ojos azules, trazando surcos limpios en sus mejillas sucias de hollín. Ella era la que debía preguntarle si estaba bien, ella era la que debería estar disculpándose por ser tan débil y hacer que él tomara un golpe mortal en su lugar.

​—¡I-Izu-kun…! —sollozó Nejire, llevando una mano temblorosa al pecho desnudo y herido del chico.

​Izuku vio las lágrimas de la heroína e inmediatamente esbozó una sonrisa tranquilizadora para calmarla.

—Estoy bien, Nejire. No te preocupes por mí. ¿Crees que puedas ponerte de pie?

​Nejire asintió rápidamente, tragándose el nudo de su garganta. Izuku la bajó con extrema delicadeza hasta que los zapatos de ella tocaron el suelo inestable. Apenas se separó de él, la luz de los rayos verdes iluminó mejor el cuerpo del peliverde dentro del capullo de oscuridad.

​Nejire abrió los ojos con horror. Pudo verlo con total claridad. Bajo la piel de los brazos, el pecho y el cuello de Izuku, unas tétricas y gruesas líneas negras, como venas envenenadas de oscuridad pura, comenzaban a formarse y a invadir su cuerpo, latiendo al mismo ritmo que su corazón. Era el Látigo Negro, reaccionando a un nivel de estrés y emoción que Izuku apenas podía contener.

​Sin decir una palabra, Izuku aumentó de golpe la cantidad del One For All que fluía por su sistema. El capullo oscuro se deshizo. Izuku enrolló su brazo derecho con una gruesa capa de Látigo Negro condensado, echó el puño hacia atrás y, con un grito de pura determinación, lanzó un golpe devastador directamente hacia el techo de escombros.

​¡¡¡SMASH!!!

​El estruendo fue cataclísmico. La onda de presión reventó las rocas. Una inmensa cantidad de toneladas de concreto, vigas de acero y cristal salió volando por los aires como si fuera una explosión volcánica, abriendo un cráter inmenso hacia el cielo nocturno.

​La explosión fue tan grande que inmediatamente llamó la atención de la periodista en el helicóptero y del propio lagarto gigante, que giró su pesada cabeza para mirar la columna de polvo que se elevaba del edificio derrumbado.

​El polvo y el humo comenzaron a esparcirse lentamente con el viento de la noche, revelando a las dos figuras en el cráter.

​Izuku le dio la espalda a Nejire. Sus brazos colgaban a los lados y comenzó a caminar a paso lento, pesado y firme hacia donde se encontraba el gigantesco villano.

​Nejire, viendo la sangre en la espalda de él y sintiendo el terror de la situación, extendió una mano hacia él.

—¡Izu-kun, espera! —le rogó Nejire con voz temblorosa—. ¡Estás muy herido! ¡No vayas! ¡Ese villano es demasiado fuerte, tenemos que esperar a que lleguen los refuerzos de Endeavor-san!

​Izuku no se detuvo. Siguió alejándose de ella. Sin girarse a mirarla, alzó su mano izquierda en un movimiento seco y cortante, haciéndole una señal para que se detuviera y no se preocupara.

​—No te preocupes, Nejire —dijo Izuku. Su voz ya no era dulce, ni nerviosa, ni tranquilizadora. Era escalofriantemente fría, grave y vacía de cualquier emoción humana—. Yo lo derrotaré. Quédate aquí.

​Nejire se abrazó a sí misma, temblando. Al ver la espalda ancha y herida del chico alejarse, pudo notar cómo esas horribles líneas negras comenzaban a invadir el cuerpo de Izuku a una velocidad alarmante, subiendo por su nuca y perdiéndose entre sus rizos verdes.

​Nejire no pudo ver la expresión de su rostro. Pero si la hubiera visto, se habría aterrorizado muchísimo más que al ver al propio villano.

​El rostro de Izuku Midoriya no tenía la sonrisa de All Might. No reflejaba la esperanza de un héroe. Su rostro era una máscara de pura, absoluta y desmedida furia. Estaba más que enfurecido; estaba hirviendo en un odio visceral. Ese monstruo había lastimado a civiles, matado a personas y a la niña de 8 años que el no pudo salvar , había atacado a la ciudad y, lo imperdonable, había estado a un milisegundo de matar frente a sus propios ojos a Nejire Hado, la chica que amaba y a quien le había prometido un mundo feliz .

​Izuku caminaba a paso lento pero imparable hacia la bestia. A cada paso que daba, gruesos tentáculos de Látigo Negro comenzaban a brotar de sus poros, retorciéndose en el aire como serpientes hambrientas y envolviéndose alrededor de su propio cuerpo.

​El lagarto gigante miró hacia abajo. Vio a un simple chico adolescente sin camisa, que caminaba hacia él rodeado de pequeños relámpagos verdes. El monstruo soltó una carcajada gutural.

—¡¿Un mocoso herido?! ¡¿Qué crees que puedes hacer contra mí, basura?! —rugió el villano, alzando su inmenso puño para aplastarlo como a un insecto.

​En el cielo, el helicóptero de noticias enfocaba su cámara de alta definición directamente en el joven de cabello verde que caminaba solo hacia la muerte. Todo el país, incluida Fuyumi arrodillada en su sala de estar, contenía la respiración.

​Y entonces, en una milésima de segundo, Izuku simplemente desapareció de la vista de todos.

​No hubo un borrón verde. No hubo una estela de humo. Simplemente dejó de existir en el cráter, moviéndose a una velocidad que rompía las barreras del sonido.

​¡BOOM!

​Un estallido ensordecedor de aire desplazado resonó en las alturas. Izuku reapareció suspendido en el aire, exactamente frente a la enorme y monstruosa cara del lagarto gigante, a más de veinte metros del suelo.

​Pero el chico que había aparecido frente al villano ya no parecía un ser humano, ni mucho menos el amigable héroe Deku.

​El Látigo Negro se había descontrolado y fusionado con su furia. La energía oscura envolvía su cuerpo por completo como una armadura sombría. De sus brazos se habían formado inmensas garras negras, afiladas como guadañas. Zarcillos de oscuridad se arremolinaban alrededor de su cabeza, cubriendo la mitad inferior de su rostro como una máscara demoníaca, dejando ver únicamente sus ojos esmeraldas, que ahora brillaban con un resplandor asesino e incandescente.la electricidad verde estallaban a su alrededor, cortando el aire.



​Izuku Midoriya, suspendido en la noche, parecía un auténtico monstruo salido de lo más profundo y oscuro del propio infierno.

​El villano gigante se quedó paralizado. Sus instintos primitivos gritaron en pánico absoluto al cruzar la mirada con los ojos incandescentes de ese demonio que flotaba frente a su rostro.

​Y, a través de las pantallas de televisión, las millones de personas que estaban viendo la transmisión, sintieron un escalofrío de terror recorrerles la columna vertebral al presenciar, en vivo y en directo, el nacimiento de la pesadilla más aterradora que jamás había defendido a la humanidad.

​A cientos de metros de altura, el helicóptero de la cadena nacional de noticias enfocaba su cámara de alta resolución directamente hacia la zona de desastre. La imagen estaba siendo transmitida en vivo y en directo a cada rincón del país.

​En las calles de Tokio, una multitud aterrorizada se había detenido frente a las inmensas pantallas gigantes de los cruces comerciales. En las casas, familias enteras estaban pegadas a sus televisores. Adolescentes en sus habitaciones miraban las pantallas de sus laptops con el aliento contenido, y transeúntes en los trenes se amontonaban alrededor de las pequeñas pantallas de sus teléfonos móviles.

​Todos, absolutamente todos, compartían la misma expresión de puro horror y desconcierto.

​En la pantalla no estaban viendo a un héroe brillante y sonriente enfrentarse al mal. Estaban viendo a dos monstruos.

​Por un lado, el gigantesco lagarto negro que había destrozado parte de la ciudad. Por el otro, una figura humana suspendida en el aire, envuelta en una neblina de oscuridad pura, con relámpagos verdes estallando a su alrededor como un aura demoníaca. Tenía garras hechas de sombra condensada y su rostro estaba oculto por tentáculos retorcidos, dejando ver únicamente dos ojos esmeraldas que brillaban con una sed de sangre aterradora.

​Los comentarios en las redes sociales y los gritos de la gente en las calles no se hicieron esperar.

​—«¡¿Qué demonios es esa cosa?! ¡¿Es otro villano?!», gritó un oficinista mirando la pantalla gigante de Shibuya.

—«¡Parece un demonio salido del infierno! ¡Mira esas garras!», tecleaba rápidamente un estudiante en su computadora.

—«Espera… ¿ese no es el chico del Festival Deportivo de la U.A.? ¿Midoriya?», comentó una mujer desde su teléfono, reconociendo el característico cabello verde asomando por la oscuridad.

—«¡No puede ser un héroe! ¡Un héroe no tiene esa mirada asesina! ¡Da más miedo que el propio lagarto!», exclamó un anciano pegado a su televisor.

​Ajeno a los millones de ojos que lo juzgaban, la mente de Izuku Midoriya estaba en un estado de concentración letal y furia ciega. La imagen de Nejire casi siendo golpeada por ese puño gigantesco ,se reproducía en su cerebro como un disco rayado, alimentando la ira que el Látigo Negro absorbía para volverse más y más letal.

​El lagarto gigante, recuperándose de la sorpresa inicial, rugió con furia.

—¡MUERE, INSECTO! —bramó el villano.

​Lanzó un puñetazo colosal, del tamaño de un camión, directamente hacia Izuku. El golpe cortó el viento con un estampido sónico, capaz de destruir un edificio entero.

​Pero Izuku no estaba allí para recibirlo.

​Con una agilidad que desafiaba las leyes de la física, Izuku se dejó caer, esquivando el inmenso puño por apenas unos milímetros. En pleno aire, disparó dos finos tentáculos de Látigo Negro que se adhirieron al brazo extendido del monstruo. Usando el propio brazo del villano como una polea, Izuku se impulsó a una velocidad vertiginosa, balanceándose hacia arriba y hacia adelante.

​Apareció justo en el punto ciego del gigante: la parte posterior de su inmenso cuello.

​Antes de que el lagarto pudiera girar la cabeza, Izuku canalizó el One For All en sus brazos envueltos en oscuridad. Las garras negras, afiladas como cuchillas de obsidiana, se hundieron profundamente en las escamas del cuello del villano. Las mismas escamas que habían resistido los ataques de Ryukyu y Nejire fueron perforadas por la pura fuerza bruta y la densidad de la energía oscura.

​El monstruo soltó un alarido de agonía que sacudió los cimientos de la ciudad. La sangre negra comenzó a brotar de sus heridas.

​El villano se agitó con desesperación. Lanzó sus manos hacia su propia nuca para aplastar al chico, pero Izuku ya había desaparecido de nuevo. Se soltó y cayó en picada, pasando por debajo de las inmensas piernas de la bestia.

​Izuku no estaba atacando a lo loco; su cerebro analítico seguía trabajando, guiando su ira para hacerla letal. Sabía que la armadura de escamas era demasiado gruesa para derribarlo con un solo golpe convencional. Necesitaba destruir la estructura de soporte de ese inmenso cuerpo y atacar los órganos internos para eludir la defensa externa.

​Mientras caía, Izuku disparó múltiples zarcillos de Látigo Negro hacia las ruinas a su alrededor, anclándose a los cimientos de los edificios destrozados. Usando los tentáculos como cuerdas elásticas de altísima tensión, Izuku se lanzó hacia adelante, rozando el asfalto.

​¡¡SMAAASH!!

​Izuku impactó un golpe certero y brutal, potenciado por la inercia, directamente en la parte baja del abdomen del monstruo, justo en la zona anatómica donde se encontraba el hígado.

​La onda de choque atravesó la carne gruesa y las escamas. El daño fue masivo e interno. El lagarto escupió una bocanada de saliva y sangre, perdiendo el aliento y doblándose hacia adelante por el dolor insoportable en sus órganos.

​—¡Maldita… sabandija…! —jadeó el villano, intentando golpear el suelo donde Izuku estaba, destrozando el pavimento con rabia ciega. Atacaba con desesperación, lanzando zarpazos, patadas y coletazos que destruían todo a su paso, pero no lograba asestarle ni un solo golpe al chico.

​Izuku se movía como una sombra errática. Saltaba sobre los escombros, rebotaba en las paredes y se balanceaba con el Látigo Negro. Cada movimiento del monstruo dejaba una apertura, e Izuku las explotaba todas.

​El villano levantó su pie derecho para intentar pisarlo. Izuku aprovechó ese preciso instante en que el peso de la bestia de veinte metros estaba apoyado en una sola pierna.

​Disparó docenas de tentáculos de oscuridad que se enredaron como anacondas alrededor del tobillo izquierdo del monstruo, que sostenía todo su peso. Izuku clavó sus zapatos en el suelo, activó el 50% de su poder en sus piernas y, con un grito gutural que sonó mitad humano y mitad demonio, tiró con todas sus fuerzas.

​La física hizo su trabajo. El monstruo perdió el equilibrio por completo. Sus ojos amarillos se abrieron con terror al sentir que la gravedad le ganaba la partida.

​Con un estruendo que provocó un pequeño sismo en varias cuadras a la redonda, el lagarto de veinte metros cayó de espaldas, estrellándose pesadamente contra el pavimento y levantando una nube de polvo titánica.

​Los espectadores que veían la batalla por televisión estaban al borde de sus asientos, con la boca abierta.

—«¡Increíble! ¡Ese chico lo derribó!», gritaba la periodista desde el helicóptero, su voz aguda por la adrenalina. «¡Su estrategia, su agilidad, su fuerza… es una batalla brutal!»

​El villano, aturdido y adolorido por la caída, intentó levantarse desesperadamente, sacudiendo la cabeza.

​Pero Izuku no le iba a dar esa oportunidad.

​La bestia apenas había logrado levantar la parte superior de su torso cuando Izuku se impulsó desde el suelo hacia el cielo con una fuerza aterradora, rompiendo la barrera del sonido. Izuku apareció suspendido en el aire, justo encima del monstruo.

​La furia llegó a su punto de ebullición. Izuku retrajo su brazo derecho. El Látigo Negro se condensó, los relámpagos verdes se concentraron en su puño con una intensidad cegadora. Ignorando el dolor, ignorando el límite seguro de su propio cuerpo en curación, canalizó un poder al 100%.

​—¡¡NO TE PERDONARÉ!! —rugió Izuku.

​Izuku cayó como un meteoro vengativo. Su puño impactó de lleno y sin piedad contra la mandíbula inferior del gigantesco lagarto.

​¡¡¡CRAAAAAAAACK!!!

​El sonido de los huesos destrozándose fue espeluznante y se escuchó claramente a través de los micrófonos del helicóptero. El impacto fue tan demoledor que la mandíbula del monstruo se fracturó en múltiples pedazos. La fuerza del golpe generó un cráter inmenso alrededor de la cabeza del villano, levantando escombros y hundiendo el asfalto varios metros.

​Los ojos amarillos de la bestia se pusieron en blanco. Perdió el conocimiento al instante. La tensión en sus músculos desapareció y, frente a las cámaras que lo grababan, el inmenso cuerpo escamoso comenzó a encogerse, desinflando la oscuridad, hasta transformarse nuevamente en la figura de un simple hombre humano, que yacía ensangrentado e inconsciente en el centro del cráter.

​La pelea había terminado.

​Izuku, respirando con extrema dificultad, dio un enorme salto hacia atrás, alejándose del cráter, y aterrizó sobre el techo de un edificio de cuatro pisos que había resistido la destrucción.

​El helicóptero de noticias enfocó la cámara directamente en él. La imagen de ese chico, cubierto de oscuridad y rayos, parado solo en el tejado tras derrotar a un gigante, fue transmitida a todo el país.

​Pero entonces, el precio del poder cobró su factura.

​La adrenalina y la furia que lo habían mantenido en pie se desvanecieron de golpe. El Látigo Negro se retrajo bruscamente, desapareciendo en el interior de su cuerpo como humo disipándose. Los relámpagos verdes se apagaron.

​Izuku se tambaleó. Un dolor agonizante, insoportable y ardiente estalló simultáneamente en cada fibra, nervio y músculo de su cuerpo. Superar su límite estando bajo descanso médico fue un error fatal para su físico. Miró sus propios brazos; estaban completamente enrojecidos, hinchados y amoratados. Se los había destrozado por completo al lanzar ese último golpe.

​El mundo a su alrededor comenzó a dar vueltas. Los sonidos de las sirenas a lo lejos se volvieron un zumbido hueco. La visión de Izuku se nubló, oscureciéndose rápidamente. Sus piernas le fallaron.

​Izuku perdió el conocimiento por completo.

​Su cuerpo inerte se inclinó hacia adelante y cayó desde el borde del edificio. Se desplomó hacia el vacío, cayendo en picada, a merced de la gravedad, directo hacia el duro y frío asfalto de la calle.

​Apenas unos segundos antes, bajo los escombros que Izuku había apartado para salvarla.

​Nejire, llorando de terror por la herida de Izuku, había visto al peliverde saltar hacia el monstruo. A pesar de los golpes y contusiones en su propio cuerpo, la heroína no iba a quedarse de brazos cruzados viendo cómo el chico que amaba arriesgaba su vida.

​Forzando su energía al máximo, Nejire liberó ondas de choque bajo sus pies y salió volando del cráter. En el cielo nocturno, observó la última parte del combate. Vio el golpe devastador de Izuku, la derrota del monstruo y cómo el chico aterrizaba en el edificio.

​El alivio la inundó, pero duró apenas un segundo.

​Nejire vio cómo la oscuridad abandonaba a Izuku, cómo el chico se tambaleaba y cómo, finalmente, su cuerpo inerte caía desde el tejado hacia el pavimento.

​—¡¡IZU-KUN!! —gritó Nejire, un grito desgarrador que cortó la noche.

​Ignorando su propio dolor, Nejire concentró toda su energía restante en propulsión pura. Se convirtió en un cometa azul cruzando el cielo, bajando en picada a una velocidad sónica. El viento cortaba su rostro, pero sus ojos azules estaban clavados desesperadamente en la figura que caía.

​Faltaban apenas diez metros para que el cuerpo de Izuku se estrellara contra el asfalto cuando Nejire llegó.

​Estiró sus brazos y lo atrapó en el aire, amortiguando la caída con sus ondas de choque, aterrizando suavemente en el suelo de la calle.

​Nejire cayó de rodillas, sosteniendo el cuerpo inconsciente de Izuku en su regazo. Su corazón latía con un pánico asfixiante. Le acarició el rostro lleno de polvo y sangre.

—Izu-kun… Izu-kun, despierta, por favor… —suplicaba, su voz temblando por el llanto.

​Con urgencia, bajó la mirada para evaluar sus heridas. Lo que vio la llenó de horror.

​Ambos brazos de Izuku estaban en un estado crítico. La piel estaba intensamente enrojecida y moteada de morado oscuro por los capilares reventados. Los músculos estaban inflamados y retorcidos de una forma antinatural. Había superado su límite por completo para destruir al monstruo, destrozándose a sí mismo en el proceso. Además de sus brazos, tenía profundas laceraciones en el pecho, producto de haber absorbido el impacto inicial del edificio que iba a caer sobre ella.

​—¡No, no, no…! ¡Oh, Dios mío, sus brazos! —lloraba Nejire, sintiendo una culpa y una angustia que le quemaban el alma. Izuku se había destruido por salvarla a ella y a la ciudad.

​Nejire sabía que no podía perder ni un solo segundo. Izuku necesitaba atención médica de emergencia, o podría perder sus brazos, e incluso su vida por las hemorragias internas.

​Lo tomó en sus brazos con extremo cuidado, asegurándose de no lastimar más sus extremidades rotas. Activo sus ondas y salió volando rápidamente a baja altura.

—¡Ayuda! ¡¿Dónde hay una ambulancia?! ¡NECESITO UN MÉDICO! —gritaba Nejire con desesperación mientras volaba por las calles aledañas, buscando las luces rojas y azules de los equipos médicos o el Hospital Central más cercano .

​En la sala de la casa Todoroki, el silencio era ensordecedor, roto solo por el audio de la transmisión televisiva.

​Fuyumi estaba arrodillada en el suelo, con las manos temblorosas cubriendo su boca. Las lágrimas caían sin parar por sus mejillas. Había visto la pelea entera. Había visto a Izuku convertirse en una pesadilla, vio la mirada de izuku llena de odio que solo se sentía al ver a un ser amado herido. Había visto la caída. Y había visto a Nejire atraparlo en el último segundo.

​La cámara del helicóptero, utilizando su súper zoom, había logrado captar la imagen de Nejire arrodillada en la calle con Izuku en su regazo.

​Aunque la imagen era un poco inestable y con interferencias, Fuyumi pudo verlo. Vio la sangre. Y, sobre todo, vio los brazos de Izuku. Estaban destrozados, de un color púrpura y rojo enfermizo que indicaba un daño muscular y óseo catastrófico. Su chico, el hombre que hace un par de horas la abrazaba con ternura y fuerza en su cama, prometiéndole que nunca la dejaría, ahora estaba inconsciente.

​Un escalofrío de puro terror recorrió el cuerpo de Fuyumi.

​La profesora no lo pensó dos veces. No hubo vacilación, no hubo lógica, no hubo miedo a lo que diría la gente, la prensa o su propio padre que seguramente ya iba en camino a la zona.

​Fuyumi se levantó de un salto. Las piernas, que hace un rato le temblaban por el cansancio , ahora se movían impulsadas por la adrenalina pura y el amor desesperado.

​Corrió hacia la entrada de su casa. Ni siquiera se molestó en cambiar su ropa de pijama; agarró el primer abrigo grueso que encontró en el perchero y se lo echó encima. Tomó sus llaves y salió corriendo hacia la fría noche de Tokio.

​Ignorando el cansancio y el miedo, Fuyumi comenzó a correr por la acera a toda velocidad. Su mente tenía un solo objetivo claro. Iba directo hacia el Hospital Central de la ciudad, el lugar seguro y lógico donde las ambulancias y la heroína Nejire llevarían a los heridos graves del incidente.

​«Resiste, Izuku… por favor, resiste…», suplicaba Fuyumi en su mente, con las lágrimas nublándole la visión mientras corría desesperadamente bajo las farolas parpadeantes, convergiendo junto a la heroína de cabello azul hacia el mismo destino, unidas por la angustia y el amor hacia el mismo héroe.

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