Izuku un corazón dividido - Capítulo 56
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 56: VISITAS
Ya era el séptimo día desde que Izuku Midoriya había recuperado la consciencia y salido de su estado de coma.
El reloj de pared de la habitación 402 marcaba el mediodía. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando la figura del joven héroe, quien se encontraba recostado en la cama, vendado prácticamente de pies a cabeza. Sus brazos, aún inmovilizados por gruesas capas de yeso, descansaban sobre las almohadas. El dolor persistía, pero su mente estaba en un lugar mucho más tranquilo.
Izuku miraba el techo blanco, sumido en una profunda reflexión sobre su relación con Fuyumi y Nejire.
Todo había estado de maravilla en estos últimos días. Las tardes pacíficas y hogareñas con Fuyumi le daban la calma que su cuerpo roto necesitaba, y las noches vibrantes y llenas de charlas con Nejire mantenían su espíritu encendido. Sin embargo, había un detalle, un cabo suelto que rondaba por su cabeza: todavía no le había propuesto formalmente a Nejire si aceptaba que los tres estuvieran juntos.
Con Fuyumi, él había sido directo aquella tarde en su cama; se lo había confesado de frente y ella, movida por un amor inmenso, había aceptado compartirlo. Pero con Nejire,sus planes habían sido interrumpida por el ataque del lagarto gigante.
Desde que despertó del coma, él y Nejire no habían sacado el tema a colación. Era como un pacto silencioso entre ambos; una tregua donde lo único importante era su recuperación física. Sin embargo, Izuku no era ciego. Notaba las cosas. Notaba las miradas cargadas de un respeto cómplice que Fuyumi y Nejire se lanzaban cuando sus turnos de visita se cruzaban por un par de minutos . Notaba cómo Nejire comía felizmente la cena que Fuyumi le dejaba preparado en la mesita del cuarto, y cómo ambas hablaban de él con una familiaridad que no existía antes.
Por todas esas acciones, al parecer, Nejire ya había deducido la situación y había aceptado silenciosamente la propuesta que Fuyumi seguramente le había transmitido durante los días que él estuvo al borde de la muerte.
«Son increíbles…» pensó Izuku, con una sonrisa tonta dibujándose en sus labios. «Pero no puedo dejar las cosas simplemente así, en el aire. En cuanto me recupere y me quiten estos yesos, tengo que ser un hombre, sentarme con Nejire y formalizar nuestra relación. Se lo debo. Se lo debo a las dos».
Izuku estaba a punto de cerrar los ojos para tomar una pequeña siesta antes de que llegara el almuerzo, cuando el silencio del pasillo fue roto de forma abrupta.
¡BAM!
La puerta de su habitación se abrió con una fuerza desmedida, rebotando contra la pared.
Izuku dio un respingo en la cama, girando su cabeza instintivamente hacia la entrada, esperando ver a algún villano, a Bakugo furioso, o incluso al mismísimo Endeavor.
Pero lo que se encontró en el umbral lo dejó sin aliento. Eran unos grandes ojos de color verde esmeralda, exactamente iguales a los suyos. Esos ojos estaban desbordados en lágrimas y mostraban una preocupación tan grande, pura y desesperada, que a Izuku se le encogió el corazón.
Era su madre. Inko Midoriya.
No la había visto desde que comenzaron los trabajos de estudio en la agencia de Endeavor, debido a las estrictas normas de internado y los patrullajes constantes.
—¡IZUKU! —gritó Inko, con la voz quebrada.
Inko no esperó a que su hijo reaccionara. Entró corriendo a la habitación a una velocidad que desafiaba su habitual torpeza y se abalanzó sobre la cama. Envolvió a su hijo en un abrazo apretado y desesperado, enterrando su rostro en el pecho vendado de Izuku, sollozando con fuerza.
Izuku se quedó un poco sorprendido por el impacto repentino. Sintió las lágrimas calientes de su madre empapando la bata del hospital. A pesar del dolor en sus músculos en curación y el peso de los yesos, Izuku levantó como pudo uno de sus pesados brazos inmovilizados y lo apoyó suavemente sobre la espalda de su madre, devolviéndole el abrazo lo mejor que pudo.
—Mamá… estoy aquí. Estoy bien —murmuró Izuku, intentando calmarla.
Inko levantó la cabeza, su rostro rojo por el llanto, y lo miró de arriba abajo, observando los yesos, las vendas y los monitores. —¡Izuku, mi bebé! ¿Por qué te lastimaste así otra vez? —sollozó Inko, acariciando su mejilla con manos temblorosas—. ¡Se me cayó el corazón al piso cuando vi las noticias hoy con Mitsuki! ¡Pensé que te perdía!
Izuku parpadeó un par de veces, completamente desconcertado por esa última frase. Su mente analítica se detuvo en seco. —Espera… mamá, no entiendo. Necesitaba proteger a mi senpai Nejire que estaba a punto de ser aplastada, y a los civiles que estaban en peligro, pero… ¿dijiste que viste las noticias hoy?
Izuku la miraba con genuina duda. El enfrentamiento con el lagarto negro gigante, la destrucción de la plaza y su posterior caída desde el edificio habían ocurrido hacía exactamente once días. Toda la nación había estado hablando de eso durante la primera semana, pero a estas alturas, las noticias ya estaban enfocadas en la reconstrucción y en la búsqueda de más villanos.
Inko se separó un poco del abrazo. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se secó las lágrimas de los ojos y la nariz, intentando recuperar la compostura. Soltó un suspiro cansado y asintió.
—Sí, Izuku. Las vi hoy —explicó Inko, su voz aún temblando un poco—. En estas últimas semanas, ha habido una actividad de villanos demasiado grande en la ciudad. En el hospital general donde yo trabajo como enfermera, no hemos parado. Ingresan decenas de heridos todos los días, ya sean civiles atrapados en el fuego cruzado o incluso villanos de poca monta. Mis compañeras enfermeras y yo no nos abastecemos. Hacemos turnos dobles.
Inko tomó la mano enyesada de Izuku con delicadeza. —No he tenido ni un solo minuto de tiempo para ver la televisión o leer el periódico. Solo había escuchado a algunos pacientes hablar de un “incidente monstruoso” y de un héroe que parecía salir del infierno, pero nunca imaginé que fueras tú, cariño. Hasta el día de hoy, que tuve mi primer día libre en semanas.
Izuku la escuchaba con el corazón apretado. Su madre siempre había sido una mujer sumamente trabajadora y dedicada a ayudar a los demás. El aumento de la criminalidad también la estaba afectando directamente en su trabajo.
—Como tenía el día libre, decidí ir a la casa de Mitsuki para pasar el rato, tomar un té y relajarme un poco —continuó Inko, su tono volviéndose más agitado al revivir el momento—. Estábamos en su sala, charlando tranquilamente, cuando ella encendió la televisión. Estaban pasando un reportaje especial, un resumen sobre el ataque de la semana pasada… y fue entonces cuando lo vi. Te vi a ti, Izuku. Vi cómo te caías de ese edificio con los brazos morados.
Inko se llevó una mano al pecho, recordando el terror absoluto de ver a su único hijo en ese estado. —Cuando Mitsuki y yo vimos eso… dimos un grito. Mitsuki no lo pensó dos veces; agarró las llaves, me subió a empujones a su carro, y aceleró a toda velocidad. Manejó como una auténtica loca por toda la ciudad, saltándose semáforos, hasta llegar a este hospital.
Inko frunció el ceño ligeramente, adoptando una postura un poco más severa, la clásica postura de una madre preocupada pero enojada. —Y eso me lleva a mi siguiente punto, jovencito. Izuku Midoriya… ¿por qué no me llamaste? Entiendo que estuviste inconsciente unos días, pero me dijeron que despertaste hace una semana. ¡Una llamada, Izuku! ¡Un simple mensaje para avisarle a tu madre que estabas vivo!
Izuku se encogió en la cama. Sintió una enorme gota de sudor resbalar por su nuca. Acercó su mano enyesada a su cabeza y se rascó torpemente, esbozando una sonrisa increíblemente nerviosa y culpable.
Tenía una excelente excusa, al menos en parte.
—Ah… bueno, mamá, la verdad es que… en la pelea con el villano lagarto, cuando recibí el golpe directo del edificio para proteger a Nejire, la onda de choque me destrozó la parte superior de la ropa. Lo más seguro es que mi teléfono celular se cayó de mi bolsillo en medio de los escombros y terminó aplastado en mil pedazos —explicó Izuku con voz tímida—. Así que… me quedé incomunicado. Por eso no pude llamarte, mamá. Lo siento muchísimo.
Inko lo miró a los ojos por un largo momento. Vio la sinceridad en él y, sabiendo que su hijo jamás le mentiría con algo así, la dureza de su expresión se desvaneció. Soltó un suspiro de resignación y asintió, perdonándolo. —Supongo que la tecnología no sobrevive a tus actos heroicos, cariño. Está bien. Lo importante es que estás aquí, vivo y recuperándote.
Izuku sonrió, aliviado de no recibir un sermón más largo. Entonces, su cerebro procesó un detalle de la historia de su madre. —Oye, mamá… dijiste que viniste en el carro con la tía Mitsuki. ¿La tía Mitsuki también está aquí en el hospital?
Inko asintió, acomodándose en la silla de visitas al lado de la cama. —Sí, claro que sí. Pero cuando llegamos a la recepción, las enfermeras nos dijeron que el horario de visitas de la mañana había terminado y que debíamos esperar. Mitsuki se enfureció muchísimo. Se quedó allá abajo, en el vestíbulo, discutiendo a gritos con la recepcionista principal y con los guardias de seguridad exigiéndoles que nos dejaran pasar a verte. Yo aproveché el alboroto que ella estaba armando, me escabullí por el pasillo de los doctores y vine corriendo hasta acá.
Izuku abrió mucho los ojos, imaginándose la gigantes escena de Mitsuki Bakugo gritándole a todo el personal del hospital. —¡¿Dejaste a la tía Mitsuki peleando con la seguridad del hospital?! —preguntó Izuku, alarmado—. Mamá, ¡la van a arrestar!
—Tranquilo, Izuku. Conociendo a Mitsuki, lo más seguro es que ya haya asustado a todo el personal y venga en camino. Ya debería de estar aquí en cualquier…
Y, como si el universo estuviera esperando esa exacta señal, la puerta de la habitación 402 volvió a abrirse. Pero esta vez no rebotó; se abrió de un golpe seco, firme y autoritario.
Y con eso, la imponente y explosiva figura de Mitsuki Bakugo entró a la habitación del hospital, con el ceño fruncido, los brazos cruzados y una mirada que prometía darle un buen sermón al pecoso.
El Interrogatorio Maternal y una Entrada Inesperada
La puerta de la habitación 402 no rebotó contra la pared esta vez, pero se abrió con una firmeza que anunciaba la llegada de un huracán.
Mitsuki Bakugo entró a la habitación. Al principio, traía una gran y aliviada sonrisa en el rostro, lista para saludar al chico al que prácticamente consideraba un sobrino. Sin embargo, apenas sus agudos ojos rojos se posaron sobre la figura de Izuku, esa sonrisa se borró de su rostro en una fracción de segundo.
La visión de Izuku recostado en la cama, cubierto de vendas blancas desde la cabeza hasta los pies y ambos brazos atrapados en pesados bloques de yeso, fue un golpe de realidad demasiado duro.
El ceño de Mitsuki se frunció de inmediato, formando unas arrugas de pura severidad y preocupación en su frente. Caminó a paso rápido y decidido hacia el borde de la cama, parándose justo al lado de Inko.
—¡Chico! ¡¿Acaso te quieres matar?! —lo regañó Mitsuki de golpe, con su potente voz llenando la habitación—. ¡Toda mi vida pensé que mi estúpido hijo Katsuki era el imprudente y el suicida de los dos, pero vaya que me equivoqué! ¡¿En qué demonios estabas pensando al ir a pelear tú solo cuerpo a cuerpo con un maldito monstruo gigante para quedar así de herido?!
Izuku se encogió en su lugar tanto como sus yesos se lo permitieron. Las reprimendas de su tía Mitsuki siempre daban un poco de miedo. —Y-Yo solo quería ayudar, tía Mitsuki… e-era una emergencia y…
Pero Mitsuki no lo dejó terminar. Mientras lo regañaba, su postura severa se derrumbó. Se acercó aún más a la cama, se inclinó y, con un cuidado y una delicadeza extrema que contrastaba totalmente con su explosiva personalidad, envolvió a Izuku en un abrazo protector.
Izuku se quedó sin palabras. Sintió el calor maternal de Mitsuki. Ella levantó una mano y comenzó a acariciar suavemente los indomables rizos verdes del chico, tal y como lo hacía Inko.
—Mocoso idiota… —susurró Mitsuki, su voz perdiendo toda la fuerza y volviéndose un murmullo tembloroso—. No vuelvas a asustar a tu madre y a mí de esa manera, ¿me oyes? Casi nos da un infarto a las dos. Tienes que pensar más en ti mismo.
Izuku sintió un nudo en la garganta. El amor que estas dos mujeres le tenían era inmenso. —Lo prometo… tendré mucho más cuidado a partir de ahora, tía Mitsuki. Lo siento mucho.
Mitsuki asintió contra su hombro y luego se separó del abrazo lentamente. Se irguió, se cruzó de brazos y volvió a mirar a Izuku, escaneándolo desde las vendas de su cabeza hasta los pies inmovilizados.
El silencio duró un par de segundos, hasta que una sonrisa torcida, orgullosa y un poco salvaje se dibujó en el rostro de la mujer rubia. —Estás hecho un completo desastre, chico… —comentó Mitsuki, negando con la cabeza—. ¡Pero, por Dios, vaya que le pateaste el trasero a ese villano gigante! ¡Les demostraste a todos de qué estás hecho!
Mitsuki echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada fuerte, ronca y llena de ganas. Izuku, aliviado de que el regaño hubiera terminado, la acompañó riendo de forma muy nerviosa, cuidando de no mover mucho sus costillas.
Inko, secándose una última lágrima, sonrió al ver la interacción. —¿Y bien, Izuku? —preguntó Mitsuki, señalando los gruesos bloques blancos en sus brazos—. ¿Te dijeron cuándo te van a quitar esos yesos para que puedas moverte como una persona normal?
—Sí, el doctor Tanaka vino esta mañana a revisarme —respondió Izuku, con un brillo de esperanza en los ojos—. Me dijeron que mi regeneración está avanzando mejor de lo esperado. Hoy en la tarde vendrán a quitarme los yesos de los brazos. Tendré que usar vendajes de compresión y hacer fisioterapia ligera, pero al menos ya tendré movilidad.
—¡Qué bien! Ya era hora de que salieras de esa prisión de yeso —celebró Mitsuki. Pero entonces, la expresión de la madre de Bakugo cambió.
Sus ojos rojos se entrecerraron ligeramente. Una sonrisa astuta, cargada de picardía y de un conocimiento absoluto, se formó en sus labios. Se inclinó un poco sobre la barandilla de la cama, bajó un poco el tono de voz y soltó la pregunta del millón:
—Y cuéntame, chico… ¿qué tal va tu problemita?
Mitsuki decía esto dándole una mirada extremadamente significativa, levantando las cejas. Una mirada de “tú y yo sabemos perfectamente de lo que hablo”.
El monitor cardíaco de Izuku, que había estado pitando a un ritmo tranquilo y relajado de 70 latidos por minuto, de repente dio un salto a 120. Bip-bip-bip-bip.
Izuku se congeló por completo. El rubor comenzó a trepar por su cuello, incendiando sus mejillas y sus orejas en cuestión de un milisegundo. Sabía exactamente, con precisión milimétrica, a qué “problemita” se refería su tía.
Fuyumi y Nejire.
La última vez que él había hablado con Mitsuki fue por teléfono, en medio del hospital, cuando Bakugo la llamó para pedirle consejos sobre qué hacer si le gustaban dos mujeres al mismo tiempo (que, para colmo, eran mayores que él ). Y para empeorar las cosas, ¿qué se suponía que le iba a decir a su tía ahora? ¿”Ah, sí, tía Mitsuki, resolví el problema: me les declaré a las dos, las dos aceptaron, y ahora estoy saliendo oficialmente con la hija de mi jefe y muy pronto oficialmente con una de los 3 grandes de la U.A”?
¡¿Acaso su tía Mitsuki no lo llamaría un completo mujeriego y un bastardo aprovechado?!
Buscando una salida, Izuku alzó su mirada desesperada hacia Mitsuki, pero ella solo lo observaba con esa sonrisa burlona, esperando el chisme.
En estado de pánico, Izuku giró su cabeza hacia la izquierda, buscando a su madre. su madre lo estaba mirando, pero no con enojo, sino con el rostro ladeado y una expresión de confusión total.
Al ver la cara de su madre, los engranajes en la mente de Izuku conectaron los puntos. Inko no estaba enojada… estaba confundida. ¡Al parecer, Mitsuki todavía no le había contado absolutamente nada a su madre sobre el hecho de que él estaba conociendo a dos chicas! Mitsuki había guardado su secreto.
Izuku soltó un largo, profundo y tembloroso suspiro de alivio, dejándose caer un poco más sobre las almohadas. Estaba a salvo.
Pero, en ese preciso instante de calma, una epifanía terrorífica golpeó el cerebro del peliverde con la fuerza de un tren bala a toda velocidad.
Su madre no lo sabía. Su dulce, inocente y sensible madre, que siempre se preocupaba por él, que pensaba que su hijo era un niño tímido que apenas podía hablar con chicas… no tenía idea.
¿Cómo diablos le iba a decir a su mamá que su único hijo era un avaricioso, un chico codicioso que quería estar en una relación seria y formal con dos maravillosas mujeres al mismo tiempo? ¿Cómo le explicaba que su corazón se negaba a soltar a alguna de las dos? ¿Acaso su madre no sufriría un desmayo por la impresión?
Izuku tragó saliva. Lo hizo con tanta fuerza y tensión que el sonido fue perfectamente audible en la silenciosa habitación del hospital. GULP.
Se puso pálido. Más pálido que las sábanas blancas que lo cubrían. Su cerebro emitía alertas de emergencia en rojo. Esto era un problema de magnitudes catastróficas.
Inko, notando el repentino cambio de color en el rostro de su hijo y el sudor frío en su frente, se preocupó. Parpadeó, aún más curiosa, y miró a su amiga rubia. —Mitsuki… ¿de qué “problema” estás hablando? ¿A Izuku le pasa algo grave? ¿Los doctores te dijeron algo que a mí no?
Izuku sintió que el alma se le escapaba del cuerpo. Sus ojos esmeraldas saltaron de Inko a Mitsuki en puro estado de pánico. —¡N-No, mamá! ¡N-No es n-nada médico! ¡E-Es solo un… un pequeño problema de… de logística en la a-agencia! —intentó balbucear Izuku, agitando inútilmente sus brazos enyesados.
Pero Inko no parecía muy convencida. Miraba a su hijo con el instinto de madre activado, sabiendo que le estaba ocultando algo.
Izuku abrió la boca, intentando desesperadamente formular una mentira piadosa o cambiar de tema antes de que Mitsuki decidiera abrir la boca y soltar la bomba atómica en medio de la habitación.
Pero el destino, que parecía tener un retorcido sentido del humor con la vida amorosa de Izuku Midoriya, decidió intervenir.
Justo cuando Izuku iba a hablar, la puerta de la habitación 402 se abrió de nuevo. Pero esta vez no fue con un golpe explosivo. Se abrió con una extrema suavidad, lentitud y delicadeza.
Una figura femenina apareció en el umbral, llevando en sus manos una hermosa y gran bolsa térmica de almuerzo.
Pasillos de la enfermería
Fuyumi Todoroki había caminado por los pasillos del hospital sumida en sus propios y adorables pensamientos. Mientras caminaba, la joven profesora reflexionaba sobre el estado de su relación. Izuku ya le había confesado su amor, se habían entregado en cuerpo y alma, y él le había prometido que nunca la dejaría. Básicamente, ya eran una pareja oficial .
Siendo así, Fuyumi pensó que ya no era necesario llamarlo simplemente “Izuku”. Quería dar un paso más. Había estado debatiendo internamente qué sufijo o apodo cariñoso utilizar. ¿”Cielo”? ¿”Amor”? Finalmente, se había decidido por uno. Quería saborear qué se sentía decir esas dulces palabras en voz alta a la persona que amaba. Estaba inmensamente emocionada, con un suave rubor en sus mejillas, lista para consentir a su héroe herido.
Así que, sin saber quién estaba adentro, Fuyumi empujó la puerta con una sonrisa radiante y una voz cálida, dulce y rebosante de amor.
—Cariño… —habló Fuyumi, su voz sonando como una melodía en la habitación—. Te traje la comida. Hice Katsudon, tu favorito. Espero que tengas mucha ham…
Fuyumi entró por completo a la habitación, levantando la vista. Las palabras murieron instantáneamente en sus labios.
La escena que se encontró al cruzar el umbral la dejó completamente petrificada.
No estaba solo Izuku en la cama. Justo al lado de la cama de su “cariño”, había tres pares de miradas clavadas directamente en ella.
Fuyumi parpadeó, sintiendo que el corazón se le detenía.
En el centro de la habitación, estaba Inko Midoriya. La madre de Izuku tenía los ojos muy abiertos, una expresión de absoluta estupefacción y confusión total, preguntándose quién era esta hermosa, elegante y adulta mujer de cabello blanco y rojo que acababa de entrar a la habitación llamando “cariño” a su pequeño y tímido hijo.
Al lado de Inko, estaba Mitsuki Bakugo. La mujer rubia tenía una ceja peligrosamente arqueada, los brazos cruzados y una sonrisa que iba creciendo a cada segundo, disfrutando del drama, dándose cuenta al instante de que la famosa “hija de Endeavor” acababa de entrar directamente a la boca del lobo.
Y finalmente, en la cama de hospital… estaba Izuku Midoriya. El héroe que no le temía a la muerte, tenía la boca abierta de par en par, la piel más blanca que la nieve, los ojos a punto de salírsele de las órbitas y una expresión de horror puro, sabiendo que su secreto acababa de explotar de la manera más comprometedora, romántica y espectacular posible frente a su propia madre.
AUTOR: Hola a todos los lectores , como se habrán dado cuenta a mi no me gusta cumplir mis promesas 😆, así que subí este capítulo sin estar sano , ayer al estar 3 horas con un suero me dió tiempo para pensar en el siguiente capítulo,cuando llegue a mi casa me puse a escribir ✒️✏️.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com