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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 1

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  3. Capítulo 1 - 1 Mansión
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1: Mansión 1: Mansión Bajo la luna llena, la mansión Beauvoir se alzaba como un sueño tallado en mármol y nostalgia.

Sus columnas neoclásicas, testigos silenciosos de generaciones, sostenían más que un imponente frontón: sostenían el peso de una dinastía.

Los ventanales, como ojos de vidrio iluminados, reflejaban no solo la luz de los candelabros interiores, sino los destellos de deseos inconfesables.

En el aire, cargado del aroma de los jardines nocturnos y la lejanía del helipuerto, flotaba una lujuria no por la carne, sino por el control, por la perfección de una vida que debía encajar en el molde del legado.

Y en el corazón de esa fortaleza, anidaba la más silenciosa y poderosa de las obsesiones: la de proteger, a cualquier costo, el frágil mundo que se había construido sobre las ruinas del amor.

En el centro de este universo de piedra y privilegio, yo, Eliana Beauvoir, me movía como la pieza heredada y a la vez renuente de un tablero de ajedrez.

La única hija de Maximilian Beauvoir, el titán que convirtió el sudor de mis abuelos en un imperio.

Llevo su apellido como un estandarte y una cicatriz.

El apellido de mi madre se perdió en el grito de las peleas que estallaron cuando yo llegué al mundo, en el sonido de una puerta cerrándose para siempre.

Mi padre, con el corazón hecho añicos, eligió quedarse.

Él fue el muro que me contuvo, la mano que me guio, el amor que no claudicó.

No me envió a un orfanato; me convirtió en su orfandad a dúo.

Por él, por ese sacrificio monumental, le debo más que gratitud: le debo la búsqueda de su felicidad, una deuda de amor que se ha convertido en mi propia obsesión.

Contra todo pronóstico y contra los deseos explícitos de mi padre, mi corazón encontró su propio rumbo.

Zamir Kahlo, mi amigo desde la infancia, mi cómplice de risas y secretos, es ahora mi esposo.

Su amor es mi refugio, un territorio de autenticidad lejos del oro y las expectativas.

Él, un chef cuyo talento no se mide en estrellas Michelin sino en la pasión de sus platos y la calidez de sus pequeños restaurantes, me ofrece un amor que creo puro, honesto.

Lo amo con una devoción que a veces raya en la ferocidad.

Reviso su celular, no por la manipulación tóxica de la desconfianza, sino por el temor primal a que el mundo exterior, ese mismo que destrozó a mis padres, intente envenenar nuestro paraíso.

Es el acto defensivo de quien ha visto cómo el amor más prometedor puede fracturarse.

Y es en esa fractura donde reside mi mayor tormento.

Veo a mi padre, Maximilian, deambular por las alas interminables de la mansión, un rey en un palacio vacío.

En los eventos, es una estatua de traje impecable, hablando de fusiones y adquisiciones, alejándose de cualquier mirada femenina con una frialdad que delata no indiferencia, sino miedo.

Miedo a ser herido de nuevo, a que la historia se repita.

Su vida, dedicada por completo a mí y al imperio, es un retrato de la abstinencia emocional.

Mi deseo más profundo, que ha fermentado en lujuria por verlo feliz y en obsesión por lograrlo, es romper esa coraza.

Quiero para él una chispa de lo que yo siento con Zamir.

Quiero verlo vulnerable, arriesgado, vivo de nuevo.

Así, entre los muros suntuosos que han visto nacer y morir amores, me encuentro atrapada en una compleja red de afectos.

Soy la esposa que protege su matrimonio con uñas y dientes, la hija que anhela redimir el sacrificio paterno, y la heredera de un apellido que carga con el fantasma de un amor perdido.

Desde esta mansión que es tanto un hogar como una prisión de lujo, me preparo para la tarea más delicada y peligrosa: manipular con buenas intenciones los hilos del destino emocional de mi padre.

Sin saber que, a veces, al intentar tejer la felicidad de otros, podemos desenredar sin querer los propios cimientos de nuestro amor.

Esta es mi historia.

Una historia donde el deseo de ver feliz a quien lo dio todo por mí, la lujuria por un amor perfecto e inviolable, la obsesión que nace de la lealtad y el trauma, y la sutil manipulación motivada por el cariño, se entrelazan para cuestionar: ¿Hasta dónde podemos ir por amor?

¿Y cuándo ese amor se convierte en la misma cadena que juraste romper?

El amanecer aún no había tocado el horizonte, pero la Mansión Beauvoir ya empezaba a palpitar con el ritmo silencioso de sus sirvientes.

Como un organismo perfectamente aceitado, se dividieron en dos grupos, sus suaves pisos apenas susurrando sobre el mármol pulido del gran salón.

La luz de los candelabros, ahora tenue, jugaba con los dorados de las barandillas de las majestuosas escaleras curvas, que se elevaban hacia las alas privadas de la casa.

El Ala Este: El Refugio Dorado El primer grupo, compuesto por Clara y Sofía, ascendió hacia el ala este.

Cruzaron el mezzanine, donde las columnas robustas parecían guardianes, y llegaron a la puerta de la suite principal.

Al entrar, el ambiente era de una calma perfumada.

La luz del primer alba comenzaba a filtrarse por las largas cortinas de seda, iluminando las motas de polvo que danzaban sobre el elaborado panel central del techo, donde los relieves blancos y dorados contaban historias mitológicas.

Las sirvientas se movieron con eficiencia milimétrica.

Sofía fue directamente a las enormes ventanas y, con un movimiento fluido, recogió las pesadas cortinas, dejando que la luz natural bañara la alfombra de seda a los pies de la gran cama tapizada.

Clara, entretanto, se dirigió al baño contiguo, preparando la bañera de mármol negro con agua a la temperatura exacta y aceites de lavanda, el aroma favorito de la señora Eliana.

En la cama, Zamir se removió.

La luz en sus párpados y el leve trajín lo sacaron de su sueño.

Con un suspiro suave, deslizó su brazo de bajo del cuerpo dormido aún de Eliana y salió de la cama.

Cruzó la habitación, pasando frente al área de estar con sus sillones aún impecables, y entró al baño murmurando un “gracias” casi inaudible a Clara, que inclinó la cabeza con una sonrisa discreta.

Fue entonces cuando Eliana comenzó a despertar.

Clara se acercó a la mesita de noche y encendió la lámpara de cristal, proyectando un cálido círculo de luz.

“Buenos días, señora Eliana”, susurró.

“El agua del baño está lista”.

Con manos expertas, ayudó a la heredera a sentarse, arreglando las sábanas de hilo y colocando su bata de seda sobre los hombros.

Eliana, con los ojos aún pesados, miró hacia la puerta del baño, donde el sonido del agua corriendo le indicaba que Zamir ya había comenzado su día.

Una sonrisa tierna, privada, asomó a sus labios.

El Ala Oeste: La Fortaleza Oscura Mientras tanto, en el ala oeste, el segundo grupo, formado por Marguerite y Agnes, entraba en la suite de Maximilian Beauvoir.

La atmósfera aquí era radicalmente diferente.

La luz parecía luchar por penetrar el dominio de las maderas oscuras y los tonos profundos.

Agnes se acercó a las altas ventanas cubiertas por cortinas de terciopelo granate y las abrió con decisión, dejando entrar una fría luz azul del amanecer que se reflejó débilmente en el enorme espejo redondo con marco dorado que colgaba sobre la cama.

La cama misma, un monumento al capitoné y la talla barroca en ébano y oro, parecía un trono solitario.

Marguerite preparaba el baño del señor, más austero, con agua fría y toallas de lino blanco inmaculado, alineadas con precisión militar.

En la cama, Maximilian ya estaba despierto.

Había abierto los ojos minutos antes, su mirada fija en los intrincados diseños del techo oscuro.

El sueño era un visitante infrecuente en esta habitación.

Al ver el movimiento de las sirvientas, se incorporó sin ruido.

Su figura imponente, incluso en bata, parecía llenar el espacio.

Marguerite se acercó con una leve reverencia.

“Buenos días, señor Beauvoir.

Su baño está listo”.

Él asintió con la cabeza, una cortesía automática.

Sus ojos, mientras se levantaba y sus pies tocaban la suave pero firme alfombra de motivos clásicos, se perdieron por un instante hacia la ventana, más allá de sus jardines, como si buscara algo que nunca llegaba.

No había sonido de agua corriendo de un cónyuge esperando, ni susurros matutinos.

Solo el silencio opulento y pesado de la fortaleza que había construido, y en la que, a pesar de toda su riqueza, parecía el único habitante verdadero.

Dos mundos despertaban bajo el mismo techo de grandeza.

En el ala este, el suave murmullo de un amor joven y el cuidado meticuloso.

En el ala oeste, el ritual silencioso de una soledad profundamente arraigada y el peso de un legado que era, al mismo tiempo, corona y carga.

La mansión, con todo su esplendor, contenedora de estos contrastes, respiró hondo, lista para un nuevo día de apariencias, deseos secretos y amores que luchaban por florecer entre el mármol y el oro.

El vapor perfumado de la ducha aún se aferraba a su piel cuando Eliana, envuelta en una bata de seda blanca, cruzó la puerta de su guardarropa.

El espacio era un santuario personal, una burbuja de romanticismo sofisticado donde los tonos rosa polvo, blanco marfil y dorado viejo conspiraban para suavizar hasta el aire.

La escalera de caracol blanca se elevaba hacia un nivel superior circular, donde los vestidos colgaban como suspiros de seda bajo la luz de las estanterías iluminadas.

El gran candelabro de cristal derramaba una luz cálida sobre la alfombra gris y el puff rosa capitoné en el centro.

Con un suspiro que no era de cansancio, sino de expectativa renovada, se sentó en uno de los sofás rosados, cruzando las piernas con esa gracilidad que parecía innata.

Las sirvientas, Clara y Sofía, se alinearon detrás de ella, expectantes.

“Quiero usar algo diferente hoy”, anunció Eliana, su voz resonando suavemente en el espacio acolchado.

“Algo que… hable.

Busquen.” La orden desencadenó un ballet silencioso.

Las sirvientas se movieron como sombras eficientes, trayendo conjuntos uno tras otro: un vestido de noche azul cobalto con pedrería, un traje pantalón de corte impecable en color crema, un diseño de lunares retro con volantes.

Cada uno era una obra maestra de sastrería y diseño.

Pero la mano de Eliana, con uñas perfectamente cuidadas, se alzaba en un gesto leve y decidido, un pequeño movimiento de lado a lado.

No.

No.

No.

Las sirvientas, sin inmutarse, regresaban cada prenda a su lugar y proseguían con la búsqueda.

La rutina se desarrollaba con la precisión de un ritual, hasta que Sofía reapareció con un vestido que parecía capturar la luz del candelabro.

Era blanco, puro y atrevido a la vez.

Un vestido corto con una falda que prometía movimiento y una sensual abertura en el muslo.

La parte superior, un intricado laberinto de cordones entrelazados sobre un escote en V, evocaba a la vez un antiguo corsé y la modernidad más vanguardista.

Pero lo que realmente detuvo el aliento en la habitación fueron las mangas: gigantes, abullonadas, de un volumen escultórico que nacía de los hombros descubiertos, sostenidas por finos tirantes.

Era un statement.

Una mezcla de inocencia (el blanco, la falda corta) y poderosa audacia (el volumen, los cordones).

Eliana no dijo nada al principio.

Solo inclinó la cabeza ligeramente, estudiándolo.

Sofía, interpretando un nuevo rechazo, comenzó a girarse para devolverlo.

“Espera.” La voz de Eliana fue un hilo de plata, cortante y clara.

Sofía se congeló.

La heredera se levantó y se acercó, extendiendo una mano para tocar la tela de satín, que brillaba con un brillo suave bajo sus dedos.

Una idea comenzaba a formarse en sus ojos, ese pensamiento rápido como un relámpago que precedía a sus decisiones más calculadas.

Chasqueó los dedos.

El sonido, seco y autoritario, resonó en el guardarropa.

Casi al instante, Marguerite apareció en la entrada, portando no otro vestido, sino un abrigo.

Un abrigo largo, blanco, de líneas impecablemente rectas y minimalistas.

Llegaba casi hasta el suelo, con amplias solapas peak lapel que añadían un aire de solemnidad casi masculina, contrastando con la fluidez femenina de su caída.

No tenía cierres visibles, solo elegancia pura y moderna.

Eliana observó el abrigo, luego volvió su mirada al vestido de mangas voluminosas.

Una sonrisa lenta, de satisfacción íntima, curvó sus labios.

La combinación era perfecta.

La audacia juvenil del vestido, contenida y elevada por la sofisticación arquitectónica del abrigo.

Era diferente.

Era un mensaje.

Era ella.

“Voy a usar este conjunto”, declaró, y su tono no admitía discusión.

Las sirvientas se movieron al unísono.

Con manos suaves y expertas, ayudaron a Eliana a deslizarse dentro del vestido.

Los cordones se ajustaron en la cintura, los voluminosos hombros se acomodaron sobre sus clavículas.

Luego, el peso suave y majestuoso del abrigo largo cayó sobre sus hombros, enmarcando la explosión de tela de las mangas y alargando su silueta hasta lo sublime.

Una vez vestida, la guiaron de vuelta al asiento.

Ahora comenzaba la segunda fase de la transformación.

Sofía, con peines y pinceles, comenzó a trabajar en la melena larga y negra como el azabache de Eliana, cepillándola hasta dejarla como una cascada de seda líquida, lista para ser peinada en un sofisticado recogido bajo que dejara al descubierto la nuca y los aretes.

Clara, por su parte, se enfocó en su rostro.

Con pinceles suaves como plumas, aplicó una base impecable, realzó sus pómulos con un rubor discreto, dibujó una línea de eyeliner precisa que alargaba sus ojos almendrados y completó el look con un labial de un rojo oscuro y mate, un único punto de color intenso en el mar de blanco y beige.

Finalmente, llegaron los accesorios: aretes largos de diamantes que centelleaban con cada mínimo movimiento, un brazalete fino de platino, y unos stilettos blancos de tacón de aguja, tan minimalistas como el abrigo.

Cuando terminaron, Eliana se levantó y se acercó al espejo de cuerpo entero que había en una esquina.

La mujer que la devolvía la mirada no era solo la heredera Beauvoir.

Era una declaración.

Una fusión de romanticismo y poder, de inocencia y estrategia, envuelta en blanco inmaculado.

Respiró hondo, satisfecha.

Estaba lista.

Lista para el día, lista para enfrentar a su padre, lista para proteger lo que era suyo.

El conjunto era su armadura, y ella, su general.

La procesión hacia el guardarropa de Maximilian Beauvoir era un ritual de silencio y precisión.

Las sirvientas, inclinadas en una reverencia sincronizada, lo escoltaron a través del pasillo.

Su figura alta y delgada, erguida como una columna de mármol, avanzaba con una lentitud deliberada.

Su cabellera plateada, recogida con una pulcritud impecable, brillaba bajo la luz tenue del corredor, un halo de autoridad helada.

Su perfil, afilado y serio, no mostraba el menor indicio de las divagaciones matutinas; ya estaba enfocado en el día que tenía por delante.

Al cruzar el umbral, la atmósfera cambiaba radicalmente.

El guardarropa de Maximilian no era un santuario romántico, sino una cámara acorazada de estilo.

Un espacio longitudinal y austero, donde reinaban el metal oscuro, el hormigón pulido y una paleta restringida de azules profundos, blancos inmaculados y negros absolutos.

Las estanterías y percheros de metal negro organizaban las prendas como herramientas de alta precisión.

La única pieza central era un mostrador elevado, iluminado desde dentro como un altar, donde relucían sus relojes, gemelos y otros artefactos de lujo.

La luz, fría y direccional, caía desde el techo oscuro en haces lineales, creando claroscuros dramáticos y enfatizando la calidad textural de cada prenda.

El aire olía a cedro, cuero y limpieza absoluta.

Maximilian no necesitaba instrucciones.

Con una mirada que escaneaba y evaluaba, comenzó a caminar lentamente por el pasillo central.

Sus dedos largos y finos rozaban las perchas con la familiaridad de un director de orquesta que conoce cada instrumento.

No titubeaba.

Su selección fue rápida y definitiva.

Primero, descolgó un abrigo largo de color verde musgo oscuro, de un corte fluido y casi arquitectónico, que prometía moverse con él como una segunda sombra elegante.

Luego, sus ojos se posaron en un traje de dos piezas en un tono verde azulado profundo, un petróleo que casi parecía negro a cierta luz.

La chaqueta, de doble botonadura y corte impecablemente ajustado, era una declaración de poder clásico y contemporáneo.

Para la base, eligió sin vacilar una camisa negra de cuello estructurado, una pieza de riguroso minimalismo.

A su lado, tomó una corbata negra de seda lisa, a la que sujetaría con un clip de platino de líneas puras.

Pero fue en el mostrador de los accesorios donde su elección adquirió una capa de significado.

Entre las piezas de joyería masculina, seleccionó un broche.

No era una pieza típica para un hombre de negocios.

Era una rosa blanca, esculpida en plata y madreperla, de un realismo casi gélido.

A ella le acopló una delgada cadena de platino que caería en una línea discreta.

Un detalle inesperado.

Personal.

Casi un guiño a una estética romántica, pero transformada en un emblema de luto o de una belleza perpetuamente congelada.

Las sirvientas, atentas, recogieron cada prenda al instante en que sus dedos las soltaban, sosteniéndolas con un respeto casi ceremonial.

El acto de vestirlo fue una coreografía de silencio.

Primero, la camisa negra, cuyos puños fueron cerrados con gemelos de ónix.

Luego, el traje: los pantalón de corte recto y perfecta caída, seguidos de la chaqueta, que se cerró sobre su torso delgado como una armadura de sastrería fina.

La corbata fue anudada con un nudo Windsor perfecto y asegurada con el clip de platino.

Finalmente, llegó el momento del broche.

Con manos cuidadosas, una de las sirvientas lo fijó en la solapa izquierda de la chaqueta.

La cadena de platino descendió en una línea tenue, un detalle casi secreto.

Por último, el abrigo largo verde musgo fue colocado sobre sus hombros, sin meter los brazos por las mangas, listo para ser usado al salir.

Maximilian se observó en el espejo full-length, embutido en el marco de metal negro de un panel.

La imagen que reflejaba era la de un magnate en la cúspide de su poder: elegante, impenetrable, sofisticado hasta el último detalle.

Los verdes oscuros, profundos como un bosque nocturno, y el negro, hablaban de seriedad y control.

Pero la rosa blanca en su solapa, fría y brillante, era un jeroglífico.

Un vestigio de poesía en un paisaje de pragmatismo absoluto.

Un recordatorio, quizás para sí mismo, de algo que una vez floreció y que ahora permanecía, perfecto e inalcanzable, como una joya.

Sin una palabra, con un leve movimiento de cabeza que era a la vez aprobación y despedida para las sirvientas, Maximilian Beauvoir salió de su guardarropa.

Estaba listo para enfrentar el mundo, envuelto en su armadura de seda y lana, llevando consigo el peso de su imperio y el misterio helado de una rosa de plata.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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