JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 2
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2: Elegir 2: Elegir El palacio se ponía en movimiento.
Tras el meticuloso ritual del vestir en las alturas, las sirvientas descendieron por las majestuosas escaleras curvas, dispersándose como sombras diligentes por los salones y pasillos de la mansión.
Su suave trajín era el latido subyacente de la casa, un contrapunto silencioso a la grandiosidad estática del mármol y el dorado.
Mientras tanto, el verdadero corazón palpitante de la residencia Beauvoir ya estaba en plena ebullición: la cocina.
Un espacio que desafiaba cualquier noción de lo doméstico, era una catedral gastronómica.
Bajo un techo abovedado adornado con frescos de cosechas y banquetes mitológicos, donde un domo central vertía luz matinal sobre un espectáculo de precisión y fervor.
Los chefs, vestidos de impecable blanco, se movían con la coreografía tranquila de una orquesta sinfónica.
Cada movimiento era económico, elegante, cargado de una intención sublime.
El aire era una sinfonía olfativa: hierbas frescas, carnes rostizándose, salsas reduciéndose a su esencia gloriosa.
En el flanco izquierdo de la imponente isla central de piedra oscura, un grupo de chefs se concentraba con devoción casi religiosa en el desayuno de Maximilian.
No era simplemente comida; era una ofrenda, una afirmación de su estatus.
Sobre una bandeja de porcelana blanca inmaculada, disponían cubos perfectos de panceta de cerdo glaseada.
Cada pieza era una obra de arte: la piel, un vitral crujiente y dorado; las capas de grasa y carne magra, dispuestas como estratos geológicos de sabor.
Con pinceles de repostería, aplicaban con mano temblorosa un glaze oscuro y brillante -una reducción de soja, mirin y tal vez una gota de miel de trufa- que caía en hilos sedosos, capturando la luz de los candelabros.
Una lluvia de micro-vegetales y una sola hoja de shiso púrpura coronaban la creación.
Era un plato de poderosa elegancia, intenso, controlado y profundamente sofisticado, un reflejo directo del hombre que lo recibiría.
En el extremo opuesto de la isla, otro equipo trabajaba con un espíritu diferente para Eliana.
Aquí, los aromas eran más vibrantes, ácidos y dulces.
Preparaban un Bowl de Cerdo Teriyaki.
Trozos jugosos de lomo, caramelizados con una salsa naranja-marrón brillante y espesa, se disponían sobre un lecho de fideos de arroz blancos como la nieve y una tira de zanahoria rallada que añadía un toque de color crudo.
Las semillas de sésamo tostado llovían sobre la carne, y un pequeño ramillete de cilantro fresco aportaba un contraste herbal.
En cuencos laterales, salsa de soja adicional y más vegetales esperaban para ser mezclados al gusto.
El plato era una armonía de contrastes: dulce y salado, suave y crujiente, tradicional y moderno.
Era complejo, bello y reconfortante, diseñado para una paleta exigente y aventurera.
Y luego, en una esquina más discreta pero no menos fervorosa, un único chef ejecutaba con genuino placer la orden para Zamir.
Sobre una robusta tabla de madera, en lugar de porcelana fina, construía una Hamburguesa Deluxe.
No era una simple hamburguesa; era un monumento a lo satisfactorio.
Un pan de brioche con semillas de sésamo, tostado a la perfección, abrazaba una doble torre de proteínas: un filete de pollo frito ultra-crujiente y una hamburguesa de res jugosa.
Lechuga iceberg, rodajas de tomate heirloom, pepinillos encurtidos y una salsa secreta que goteaba por los lados.
A su lado, un tazón de metal rebosaba de papas fritas triples cocidas, doradas y salpicadas de sal marina.
Para acompañar, un vaso alto de cristal, con hielo que crepitaba, se llenaba con Coca-Cola fría.
El estilo era acuarela hecha realidad: colores vivos, texturas exageradas en su apetitosidad, una explosión de comfort food honesta y exuberante.
Un claro, amoroso y tal vez subversivo guiño a los gustos del chef de la casa, un recordatorio de un mundo fuera de los muros de mármol.
Tres platos.
Tres mundos.
Tres declaraciones.
Desde el altar glaseado de Maximilian, pasando por el bowl armonioso de Eliana, hasta la exuberante y honesta hamburguesa de Zamir, la cocina de la Mansión Beauvoir no solo alimentaba cuerpos; narraba, en sabor y presentación, las profundas divisiones y los silenciosos anhelos de quienes la habitaban.
El aroma, una vez más, era delicioso y revelador.
El crujido tenue de la seda de su vestido y el leve roce de la lana del abrigo de Zamir eran los únicos sonidos que acompañaban su descenso por la escalera principal.
Eliana, con su conjunto blanco de mangas voluminosas y líneas limpias, parecía un ángel moderno descendiendo entre los dorados y mármoles barrocos.
A su lado, Zamir, vestido con un traje informal pero elegante, contrastaba con su solidez tranquila.
Sus manos se encontraban un instante en el descansillo, un toque furtivo, un punto de calor en la frialdad monumental.
Entraron al comedor de gala, un espacio tan vasto que hacía que hasta la respiración pareciera eco.
La luz de las arañas de cristal, refractada en mil pedazos, bailaba sobre la superficie perfecta de la mesa de mármol blanco con vetas doradas, tan larga que parecía extenderse hacia el infinito.
Se sentaron uno frente al otro, en sillas que eran más tronos que asientos, tapizadas en un blanco inmaculado.
La distancia entre ellos, impuesta por la anchura de la mesa, era un abismo de protocolo.
El silencio era profundo, solo roto por el leve tintineo de la porcelana fina y el cristal que los meseros, inmóviles como estatuas junto a las paredes, preparaban en la enorme credenza.
Entonces, se oyeron los pasos.
Firmes, medidos, resonando con autoridad en el mármol del suelo.
Maximilian Beauvoir apareció en el umbral.
Vestido con su armadura de petróleo y negro, la rosa de plata brillando fríamente en su solapa, era la personificación misma del poder que había construido esta sala.
Su mirada, afilada como el perfil de su rostro, barrió la escena: a su hija, radiante y distante en su isla de blanco; a su yerno, sólido en el otro extremo del campo de batalla de mármol.
Sin una palabra, avanzó hacia el centro de la mesa, el lugar que por naturaleza y jerarquía le correspondía.
Se sentó.
El acto en sí mismo fue una declaración.
Eliana, siguiendo un protocolo no escrito pero profundamente arraigado, se levantó y se desplazó a la silla a su derecha, el lugar de la heredera, de la confidente, de la hija leal.
Zamir, comprendiendo el movimiento, ocupó la silla a la izquierda de Maximilian.
La mesa ya no estaba dividida por un abismo, sino triangulada por una tensión perfecta.
Una casi imperceptible inclinación de cabeza de Maximilian fue la señal.
Los meseros, un escuadrón de precisión, se pusieron en movimiento.
Avanzaron en formación, llevando las pesadas tapas de plata como si fueran reliquias.
Con una sincronización que hablaba de ensayos infinitos, colocaron cada plato frente a su destinatario: el bowl de cerdo teriyaki ante Eliana, la hamburguesa monumental ante Zamir, y la escultura de panceta glaseada ante Maximilian.
En un solo movimiento fluido y en silencio, levantaron las campanas de plata.
El vapor aromático se elevó, mezclándose en el centro de la mesa: la dulzura picante del teriyaki, el aroma robusto y grasoso de la hamburguesa, el perfume profundo y umami del glaze de soja.
Los meseros se retiraron hacia las paredes, alineándose en una fila perfecta.
Bajaron las tapas a un costado, colocaron las manos a la espalda, y fijaron la mirada en un punto lejano sobre la mesa, invisibles y omnipresentes.
Un silencio cargado, denso como la salsa oscura del plato de Maximilian, llenó la sala.
Tres personas.
Tres mundos en un plato.
Tres visiones de la vida separadas por unos centímetros de mármol blanco y vetas de oro, bajo la luz gélida y brillante de las arañas de cristal.
El desayuno en la Mansión Beauvoir había comenzado.
No era una comida.
Era un consejo de guerra silencioso, donde los cubiertos eran las únicas armas permitidas y cada bocado, un movimiento táctico.
(El sonido de los cubiertos sobre la porcelana fina es el único ruido, tenso y cortante.
Maximilian corta un cubo perfecto de panceta con precisión quirúrgica.) Maximilian: (Sin levantar la vista de su plato) El silencio es elocuente, Eliana.
Me pregunto cuánto más durará.
Tu… esposo parece particularmente concentrado en su… comida.
(Pronuncia la palabra “esposo” con un deje de ironía fría).
Eliana: (Deja su tenedor con suavidad, pero su postura se tensa) Está disfrutando del desayuno, padre.
Como todos deberíamos.
Maximilian: (Finalmente alza la vista, sus ojos grises clavados en Zamir, que siente el peso de la mirada) Disfrutar de los frutos del trabajo ajeno tiene su encanto, supongo.
Es una pregunta que me hago a menudo, hija: ¿cuánto tiempo piensa vivir Zamir de mi dinero?
La sangre de una sanguijuela, por abundante que sea, eventualmente se agota.
Zamir: (Se atraganta levemente con un sorbo de agua.
Agacha la cabeza, mirando fijamente su hamburguesa, que ya no parece apetitosa.) Eliana: (Su voz, antes calmada, gana un filo) Eso no es justo.
Zamir trabaja.
Lucha todos los días.
Maximilian: (Un esbozo de sonrisa cruel) ¿Luchar?
¿Repartir papas fritas en un bistro con olor a grasa rancia?
Eso no es luchar, Eliana.
Eso es conformarse.
Un hombre serio, un chef con mayúsculas, busca un escenario acorde a su ambición.
No un agujero de mala muerte.
Eliana: (Sus nudillos se ponen blancos al agarrar el borde de la mesa) Lo ha intentado, padre.
Ha llevado su currículum a todos los restaurantes serios de la ciudad.
No lo llaman.
Maximilian: (Toma un sorgo de su café, con gesto de fastidio) Por supuesto que no lo llaman.
Las piedras preciosas no necesitan venderse en la calle; la gente va a buscarlas.
Si no lo llaman, Eliana, es por una razón simple y cruda: no tiene el talento.
El mercado, en su sabiduría brutal, ya ha dictado sentencia.
(Zamir se encoge aún más en su silla.
El peso de las palabras es físico, un mazazo que aplasta cualquier defensa.) Eliana: (Con un destello de desafío en los ojos) Entonces dale una oportunidad.
Aquí.
En nuestra cocina.
Que demuestre lo que vale.
(Un silencio cortante llena la sala.
Los meseros, inmóviles, contienen la respiración.) Maximilian: (Deja escapar una risa seca, breve y carente de toda alegría.
Un sonido que hace enfriar el aire.) ¿En mi cocina?
(Sacude la cabeza, mirando a Eliana como a una niña que dice una travesura) Querida, los hombres que trabajan ahí no son cocineros.
Son artistas, cirujanos de la gastronomía.
Traídos de los brasseries de Lyon, de las trattorias de Nápoles, de los mejores Nikkei de Perú.
Son expertos entrenados, no… aficionados con sueños.
(Su mirada vuelve a Zamir, despectiva) Él no se compara.
Sería como colocar un guijarro del jardín junto a los diamantes de la bóveda.
Ridículo y patético.
(Zamir, sin poder soportarlo más, se levanta con torpeza, haciendo rechinar la silla.) Zamir: (Con voz ahogada) Disculpen… un momento.
(Sale del comedor con pasos apresurados, su espalda ancha encogida bajo el peso de la humillación.
Eliana lo sigue con la mirada, un dolor desgarrador en el pecho, antes de volverse hacia su padre, sus ojos ahora llameantes de una furia helada.) Eliana: (Susurrando, pero con cada palabra cargada de veneno) Algún día, padre, entenderás que el valor de un hombre no se mide en estrellas Michelin ni en el país de origen de su uniforme.
Y ese día, quizás, sea demasiado tarde para darte cuenta de lo que has perdido.
O de quién te ha abandonado.
(Maximilian mantiene la compostela, cortando otro cubo de panceta, pero el clic de su cuchillo contra el plato suena más fuerte, más violento, delatando la ira que hierve bajo su superficie helada.) (Eliana encuentra a Zamir apoyado en la balaustrada de mármol, los puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos están blancos.
Su respiración es entrecortada, cargada de rabia y humillación.
El aire frío de la mañana contrasta con el calor de la vergüenza que le quema el rostro.) Eliana: (Acercándose con cuidado, su voz es un suave roce de seda) Zamir…
Zamir: (Sin volverse, con voz ronca) No digas nada, Eli.
Por favor.
No me digas que no lo dijo en serio, o que es su manera de ser.
Lo dijo porque lo piensa.
Cada palabra.
Eliana: (Coloca una mano suave sobre su brazo rígido) Lo piensa porque está atrapado en su propio orgullo y en su miedo.
No te conoce.
No quiere conocerte.
Zamir: (Se da la vuelta finalmente, sus ojos, usualmente cálidos y risueños, están llenos de un dolor desgarrador) ¿Y qué cambia eso?
Aquí, en su mundo, yo siempre seré el guijarro del jardín.
La sanguijuela.
(Escupe la palabra con amargura).
No puedo respirar entre estas paredes, Eliana.
Cada araña de cristal, cada dorado…
me recuerda que no pertenezco.
Eliana: (Su tono se vuelve más firme, apelando) Tenle paciencia.
Por mí.
Sé que es difícil, pero…
Zamir: (La interrumpe, un destello de desesperación en la mirada) ¿Paciencia?
¿Para qué?
¿Para el próximo desayuno donde me recuerde que soy un parásito?
No, Eliana.
(Agarra sus manos con urgencia).
Vámonos.
Hoy.
Ahora.
Lejos de esta…
esta vitrina de oro.
Podemos irnos a cualquier parte.
Empezar de cero, tú y yo.
Eliana: (Su rostro se nubla de un dolor aun mayor.
Es la súplica que más teme escuchar).
Zamir, mi amor…
¿A dónde?
(Su voz se quiebra ligeramente).
No tenemos a dónde ir.
Yo…
no tengo dinero propio.
Todo, cada centavo, está bajo el control de mi padre, de los fideicomisos, de los abogados.
Mi tarjeta de crédito, esta casa, la ropa que visto…
todo es suyo.
Si nos vamos, no tenemos nada.
Ni un lugar donde dormir.
Zamir: (Retira sus manos, frustrado) ¡Yo puedo trabajar!
¡Puedo mantenernos!
Con lo que gano…
Eliana: (Lo mira con una ternura infinita y trágica) ¿Con lo que ganas en el bistro, Zamir?
¿Para pagar un alquiler en esta ciudad?
¿Para vivir siquiera con lo más básico?
No sería vivir, sería sobrevivir a duras penas, y mi padre…
(hace una pausa, el conflicto la estrangula) me lo arrancaría de cuajo.
Nos sometería a un estrés que acabaría con nosotros.
Zamir: Entonces ¿qué?
¿Nos quedamos aquí para siempre, siendo yo su blanco favorito?
¿Tú viéndome morir un poco cada día?
Eliana: (Le acaricia la mejilla, con lágrimas asomando en sus ojos) No es para siempre.
Es…
hasta que pueda hacerlo entender.
O hasta que yo encuentre la manera de…
de tener algo que sea mío.
Pero no puedo irme.
(Su voz se reduce a un susurro cargado de culpa).
No puedo dejarlo solo.
Tú lo viste.
Esa rosa de plata en su solapa…
es la tumba de todo lo que fue.
Soy todo lo que le queda.
Si me voy, lo dejo en una mansión vacía, con nada más que su dinero y su rencor.
Se consumiría en su propia amargura.
(Zamir cierra los ojos, derrotado.
No por las palabras de Maximilian, sino por la cruda realidad que Eliana pinta.
La jaula no es solo de lujo, es de deudas emocionales y ataduras financieras.) Zamir: (Susurrando, con tono de resignación amarga) Así que esta es nuestra vida.
Yo, aguantando el desprecio.
Tú, atrapada entre el hombre que amas y el hombre al que debes todo.
Y él…
solo, dueño de todo, incluyéndonos a nosotros.
Eliana: (Apoya su frente contra su hombro, buscando consuelo) No nos tiene, mi amor.
A ti no.
Y a mí…
me tiene porque yo eligo quedarme.
Por ahora.
Ten fe en mí.
Ten fe en nosotros.
La paciencia es la única arma que tenemos.
(Se abrazan en el balcón, dos siluetas contra la inmensidad de los jardines y la fachada imponente de la mansión.
Un abrazo que busca calor en medio del frío cálculo y la orgullosa soledad que los rodea.
Es un tira y afloja donde el amor es a la vez su fortaleza y su más dolorosa cadena.) (La escena regresa al comedor.
Maximilian ha terminado su panceta.
Un mesero retira su plato en absoluto silencio.
Eliana regresa del balcón, su expresión serena pero con los ojos ligeramente enrojecidos.
Se sienta de nuevo.
Maximilian la observa como un halcón.) Maximilian: (Con voz baja, pero cargada de una autoridad que llena la sala) ¿Consolando al herido?
Un gesto conmovedor, pero estéril.
Eliana: (No lo mira, arregla el mantel frente a ella) No es asunto tuyo, padre.
Maximilian: Todo lo que te afecta es asunto mío, Eliana.
Lo ha sido desde que tu madre decidió que su libertad valía más que tú.
(Hace una pausa deliberada, dejando que el veneno de la comparación se asiente).
Y verte ahora…
es como ver mi propio error repetirse en cámara lenta.
Eliana: (Alza la vista, desafiante) Zamir no es ella.
Y yo no soy tú.
Maximilian: (Ignora su comentario, avanzando con su argumento como un tanque) Este…
juego a la casita que estás jugando con ese chico pobre ha durado demasiado.
Es hora de que lo dejes.
Eliana: (Una risa amarga le escapa) ¿Juego?
Es mi matrimonio, padre.
No un capricho.
Maximilian: Todo lo que no está construido sobre cimientos sólidos es un capricho.
¿Qué te ofrece él?
¿Incertidumbre?
¿Esperanzas diminutas en restaurantes de mala muerte?
Tú, Eliana Beauvoir, mereces una vida a la altura de tu nombre.
Una vida de poder, de influencia, de legado.
No de…
supervivencia.
Eliana: Yo elijo la vida que me hace feliz.
Maximilian: (Se inclina ligeramente hacia adelante, sus ojos grises perforándola) ¿Feliz?
¿Crees que la felicidad sobrevive cuando las facturas no se pueden pagar?
¿Cuando el mundo os señale porque él no puede seguirte el paso?
La felicidad que imaginas es un espejismo, hija.
Yo te ofrezco la realidad.
Una realidad donde no tendrías que preocuparte por nada.
Eliana: Excepto por mi propia alma.
Maximilian: (Con un gesto de fastidio) Románticos disparates.
Mira a tu alrededor.
(Extiende un brazo, abarcando la sala majestuosa).
Esto es lo que construyeron tus abuelos.
Esto es lo que yo he multiplicado.
Y está destinado a ti.
Pero no a ti sola.
Debe ser compartido, fortalecido, con alguien que aporte, no que reste.
Hay hombres en este mundo, hijos de familias como la nuestra, con ambición, con poder real.
Hombres que podrían ser tus iguales, tus socios.
No tus…
cargas.
Eliana: (Lo mira fijamente, con una comprensión repentina y dolorosa) Ah.
Entiendo.
No es solo que desprecies a Zamir.
Es que…
te ofende.
Te ofende profundamente que yo, teniendo acceso a todo esto, (imita su gesto), haya elegido a “un chico pobre”.
Como si mi elección fuera un insulto personal a tu triunfo, a todo este…
(busca la palabra) este monumento.
Maximilian: (Su compostela se quiebra por un milisegundo.
Un músculo palpita en su mandíbula).
Tu elección es una tontería infantil.
Una rebelión sin causa.
Podrías tener al mundo a tus pies, y en cambio, juegas en el barro.
Eliana: (Se levanta, su voz ahora clara y fría, resonando en el comedor vacío) Zamir no es barro, padre.
Es el hombre que amo.
Y esta “casita”, como tú la llamas, tiene más calor humano que todas las frías habitaciones de esta mansión juntas.
Puedes ofrecerte todo el poder del mundo.
Pero no puedes ofrecerme un solo motivo para despreciar mi corazón.
Y hasta que lo entiendas, seguiremos jugando a este juego.
Pero no el mío.
El tuyo.
El juego de ver cuánto puede resistir tu orgullo antes de darse cuenta de que se está quedando completamente solo.
(Sin esperar respuesta, Eliana da media vuelta y sale del comedor, dejando a Maximilian solo ante la mesa interminable, la rosa de plata en su solapa brillando bajo la luz fría de las arañas, como una lágrima congelada.
La silueta de su hija desaparece, y la grandeza del salón de repente parece vacía, no de gente, sino de todo sentido.)
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