JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 10
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10: Fiebre 10: Fiebre El rugido bajo y familiar del Bentley negro resonó en la rotonda de entrada, anunciando el regreso del señor de la casa mucho antes de lo habitual.
Los sirvientes, siempre atentos al ritmo de la mansión, intercambiaron una mirada rápida.
El señor Beauvoir nunca regresaba a media mañana.
Algo era distinto.
Dos de ellos, Marguerite y un joven mayordomo, se apresuraron hacia la gran puerta principal justo cuando el auto se detenía.
El chófer bajó para abrir la puerta, y Maximilian emergió.
Su apariencia era impecable —el traje petróleo perfectamente planchado, la rosa de plata en su lugar—, pero quienes lo conocían bien podían ver las señales: una palidez más marcada bajo su tez usualmente pálida, unas sombras ligeramente más profundas bajo sus ojos grises, y una tensión en la mandíbula que no era la habitual de la concentración, sino la de la fatiga extrema.
Al cruzar el umbral, no dijo una palabra.
Marguerite, con una reverencia perfecta, extendió discretamente su mano enguantada.
En la palma descansaban dos pastillas pequeñas: un analgésico potente y un suave relajante muscular, el protocolo establecido para sus raras pero intensas migrañas por estrés.
Otra sirvienta se acercó de inmediato con una bandeja de plata que sostenía un vaso de agua de cristal fino, a la temperatura exacta que él prefería.
Maximilian tomó las pastillas sin mirarlas, se las llevó a la boca y aceptó el vaso de agua, bebiendo un sorbo largo y profundo.
El gesto fue mecánico, eficiente.
Devolvió el vaso vacío a la bandeja con un clic suave.
Sin una orden, sin una mirada, comenzó a subir la majestuosa escalera principal.
Sus pasos, usualmente firmes y resonantes, hoy sonaban más lentos, más pesados, como si cada peldaño de mármol requiriera un esfuerzo consciente.
Las sirvientas lo observaron ascender en silencio, la preocupación velada en sus rostros disciplinados.
Sabían que algo había ocurrido, algo que había hecho regresar al titán a su guarida en pleno día, vulnerable y necesitado del silencio de sus aposentos.
Al llegar a la suite del ala oeste, Maximilian cerró la puerta tras de sí, aislando el mundo.
La habitación, con sus maderas oscuras y su atmósfera de fortaleza, lo recibió en un silencio absoluto.
Se dirigió directamente al baño.
Allí, bajo el chorro de una ducha caliente que buscaba disolver la rigidez de una noche en un sillón de oficina y el frío resentido de la mañana, se permitió por un momento cerrar los ojos.
El agua caliente era un lujo tácito, una admisión privada de necesidad.
Luego, se secó con toallas ásperas de lino, prefiriendo esa sensación a la suavidad de la seda.
De su armario, sacó un pijama de seda negra, de un corte impecable y sencillo, mucho más lujoso que el de algodón gris de la oficina, pero igualmente destinado al descanso.
Se lo puso, y la tela fría y suave se adaptó a su cuerpo delgado.
Finalmente, se acercó a la cama monumental de ébano y terciopelo.
Apartó las pesadas colchas y se deslizó entre las sábanas de hilo de altísimo precio.
La oscuridad de la habitación, apenas rota por un rayo de luz que se filtraba por una rendija de las cortinas de terciopelo, era profunda.
Al igual que Zamir horas antes, Maximilian se quedó dormido casi al instante.
No fue el sueño ligero y alerta del poder, sino un colapso total del sistema.
La terquedad, el orgullo, el control, todo cedió ante el agotamiento físico y mental acumulado.
El analgésico comenzó a hacer efecto, suavizando el dolor de cabeza que era solo el síntoma de una batalla mucho mayor.
En el silencio opresivo de su habitación, el hombre que nunca se rendía, se rindió por completo al sueño, buscando en él un refugio que ni su imperio ni su mansión podían ofrecerle.
La mañana en el “Horizonte” transcurría con su ritmo habitual, un baile de batas blancas, sonrisas profesionales y pequeños milagros de recuperación.
La Dra.
Eliana Beauvoir, ahora en su elemento natural —los scrubs púrpura y el batín blanco reemplazando el conjunto de alta costura—, hacía sus rondas con una concentración que le permitía dejar atrás, por unas horas, el peso de la mansión.
Su primer destino fue la sala de observación donde había dejado a Valentina, la niña con gastroenteritis.
Al asomarse, la encontró sentada en la cama, con algo de color en las mejillas, viendo dibujos animados en una tablet.
Su madre, a su lado, lucía un alivio palpable.
Enfermera Clara: (Se acercó a Eliana con una sonrisa) Buenos días, doctora.
Valentina ha tenido una excelente noche.
Sin vómitos, sin fiebre.
Toleró el desayuno ligero perfectamente.
Ya está hidratada y estable.
Podemos darle el alta esta misma mañana, con las indicaciones para la dieta en casa.
Eliana: (Una ola de satisfacción profesional la recorrió.
Se acercó a la cama y le tomó suavemente la muñeca a la niña para sentirle el pulso) Hola, campeona.
Me dicen que ya estás lista para volver a casa y jugar.
Valentina: (Asintió, con una sonrisa tímida pero genuina) Sí, doctora.
Ya no me duele la tripita.
Madre de Valentina: (Con los ojos brillantes) No sabe cuánto le agradecemos, doctora.
De verdad.
Eliana: (Le devolvió la sonrisa) Fue todo trabajo en equipo.
Ustedes fueron muy constantes con el suero.
Sigan las instrucciones y en un par de días estará como nueva.
(Le dio unas palmaditas suaves en el hombro a Valentina).
¡A portarse bien!
Dejando atrás esa pequeña victoria, Eliana regresó a su oficina azul pastel para ponerse al día con la documentación.
Al abrir la puerta, se encontró con una visita inesperada y reconfortante.
Allí, esperando sentada en uno de los sillones blancos, estaba la Señora Valenzuela, la mamá del bebé Liam que había llegado ayer con fiebre.
En sus brazos, Liam ya no estaba somnoliento y febril; estaba despierto, con los ojos brillantes, chupándose el puño contento.
Al ver a Eliana, la mujer se puso de pie, con una sonrisa amplia y nerviosa.
Sra.
Valenzuela: ¡Doctora!
Disculpe que la espere aquí, pero no quería irme sin verla.
Eliana: (Sonrió, genuinamente complacida) ¡Marina!
Qué gusto verlos.
Y a Liam…
¡Pero mira qué cambio!
(Se acercó y revisó al bebé con una mirada clínica rápida y cariñosa).
Ya no tiene fiebre, ¿verdad?
Sra.
Valenzuela: (Negó con la cabeza, emocionada) No, nada.
Durmió toda la noche, comió bien…
es otro niño.
Gracias a usted.
(Hizo una pausa y tomó una bolsa de tela sencilla que estaba a sus pies).
Sé que no se debe, y no es nada…
pero son de mi pueblo.
Mi mamá las trajo.
(Sacó de la bolsa unas naranjas grandes, de un color naranja intenso y brillante, con la cáscara gruesa y aromática).
Son de nuestro árbol.
Se las quise traer…
como agradecimiento.
Están muy ricas.
Muy jugosas.
Es todo lo que tengo para ofrecerle, pero es de corazón.
(Eliana miró las naranjas, luego a la mujer, cuyo rostro mostraba una gratitud tan pura y sincera que ningún regalo caro de los círculos de su padre podría igualar.
Sintió un nudo en la garganta.) Eliana: (Tomó la bolsa con ambas manos, como si fuera un tesoro) Marina, esto…
es el mejor regalo que podría recibir.
Muchísimas gracias.
(Su voz sonó un poco emocionada).
De verdad.
Esto vale más que cualquier cosa.
Me las voy a comer hoy mismo.
Cuídense mucho, ¿de acuerdo?
Sra.
Valenzuela: (Asintió, aliviada y feliz de que el humilde obsequio fuera aceptado con tanto cariño) ¡Usted también, doctora!
Que Dios la bendiga.
(Marina salió con Liam en brazos, dejando a Eliana sola en su oficina, sosteniendo la bolsa de naranjas.
El aroma cítrico, fresco y vital, llenó el espacio, reemplazando por un momento el olor a antiséptico.
Eliana sonrió, un poco triste, un poco esperanzada.
En un mundo de imperios de rojo y oro, de gritos en oficinas y silencios cargados en mansiones, estas naranjas sencillas, jugosas y dadas con amor puro, eran un recordatorio poderoso de por qué había elegido este camino.
Era en estos gestos, en estas victorias pequeñas y humanas, donde encontraba su verdadero patrimonio.) (La tarde ha avanzado en el Horizonte, y la luz que entra por los ventanales curvos empieza a ponerse dorada.
Eliana está terminando de escribir las instrucciones de alta para otro paciente cuando suena el golpe suave en la puerta.
Es Clara, la enfermera, pero su expresión ya no es la de la mañana tranquila; es la de quien lleva la carga del flujo constante de una guardia pediátrica.) Enfermera Clara: Doctora, ya se dio el alta a la niña Valentina.
Los padres estaban muy agradecidos.
(Hace una pausa, consultando su tablet con una mirada de resignación profesional).
Y sobre la lista de espera…
sí, tenemos pacientes.
Muchos.
La sala de urgencias pediátricas está llena.
Han ido llegando casos todo el día.
Eliana: (Deja su bolígrafo y se masajea los sienes brevemente, pasando del modo “consulta” al modo “guardia”.
Su voz es cansada pero alerta) Dime.
Clara: (Desliza el dedo por la pantalla, enumerando con eficiencia clínica) Tenemos un caso de adenopatía cervical significativa post-mordedura de gato en un niño de 8 años, el dueño del felino no tiene vacunas al día.
Un lactante de 9 meses con tiraje subclavicular marcado y estridor – el pediatra de guardia sospecha epiglotitis, está en oxígeno y lo prepaemos para posible intubación.
Un dolor abdominal crónico recurrente en un preescolar de 4 años, los estudios previos no han dado con nada, los padres están desesperados.
Una niña de 7 años con cojera e hinchazón de tobillo sin traumatismo claro, hay que descartar sinovitis o algo reumatológico.
Un exantema maculopapular generalizado en un niño de 3, ya visto por dos médicos sin diagnóstico claro.
Un lactante con tos paroxística y cianosis, muy probable tos ferina, necesita aislamiento y confirmación.
Un caso complejo de tuberculosis infantil que viene referido de otro centro, con estudios pendientes.
Y para rematar, un adolescente con problema de incontinencia urinaria diurna que afecta su vida social, requiere enfoque urológico y psicológico.
(Eliana escucha la lista, que suena como el índice de un libro de texto de pediatría avanzada.
Cada caso es un mundo, una familia angustiada, un pequeño cuerpo sufriendo.
Siente el peso, pero también el desafío familiar.
Es para esto que estudió.) Eliana: (Exhala un suspiro largo, pero sus ojos muestran determinación) Bueno.
Parece que no iremos a dormir esta noche.
(Se levanta y se estira levemente).
Clara, por favor, comunica a mi casa.
Llama al número de la cocina, diles a las sirvientas que la doctora Beauvoir se quedará en el hospital esta noche.
Que no me esperen.
Y que, por favor, le informen a mi esposo cuando despierte.
Clara: (Asiente, comprendiendo la rutina.
No es la primera vez, ni será la última).
Enseguida, doctora.
¿Algún mensaje específico para el señor Zamir?
Eliana: (Piensa un momento, una sombra de ternura cruzando su rostro cansado) Solo que…
que duerma bien.
Que yo estoy bien.
Y que tengo naranjas para el desayuno.
(Le guiña un ojo cansado).
Clara: (Sonríe) Entendido.
(Clara sale y se dirige a una línea telefónica interna.
Marca el número de la mansión Beauvoir.
Contesta una de las sirvientas.
Clara da el mensaje con claridad: “La doctora Beauvoir se quedará en el hospital esta noche debido a una carga excepcional de pacientes.
Que no la esperen para cenar ni para dormir.
Por favor, informen al señor Zamir cuando se despierte.”) (Minutos después, el teléfono personal de Clara suena.
Es su propia madre, preocupada porque su hija también estará de guardia.
La conversación es breve, en susurros.) Clara: (Hablando bajo) Sí, mamá.
Sí, muchos casos…
uno muy delicado, un bebé que no puede respirar bien…
No, no sé a qué hora…
Sí, comeré algo, te prometo.
Tú también cuídate.
Sí.
Te amo.
Adiós.
(Cuelga y regresa a la enfermería principal, donde Eliana ya se está lavando las manos para el siguiente caso, habiéndose puesto una nueva mascarilla.
El ritmo del Horizonte se acelera, entrando en el turno de noche.
Afuera, la ciudad se enciende, pero dentro de estas paredes curvas y luminosas, la batalla por las vidas más pequeñas y frágiles apenas comienza.
Eliana, con sus scrubs púrpura como uniforme de combate, está en su puesto.
La mansión, su padre, sus problemas, todo queda a kilómetros de distancia.
Aquí y ahora, solo importa el próximo niño, el próximo diagnóstico, el próximo suspiro de alivio que ella pueda proporcionar.) El eco del Bentley de Maximilian había desaparecido hacía rato, y la mansión había caído en su silencio opulento de media mañana.
La sirvienta que había atendido al señor, Marguerite, cumplió con el siguiente paso del protocolo no escrito.
Se dirigió a la oficina del jefe de mayordomos, un hombre de edad y solemnidad infinitas, sentado tras un escritorio de caoba.
“El señor ha retornado y se ha retirado a sus aposentos.
No desea ser molestado bajo ningún concepto,” informó Marguerite con su tono neutro.
El jefe de mayordomos asintió una vez, una inclinación de cabeza que era todo un decreto.
“Que se cumpla.
Todos a sus puestos.
Silencio absoluto en el ala oeste.” Con eso despachado, Marguerite recordó la otra orden recibida de la enfermera del hospital.
Subió por la escalera de servicio hacia el ala este.
El contraste era marcado: mientras en un ala yacía el dueño de todo, sumido en un sueño de agotamiento y orgullo herido, en la otra, el forastero que había velado por él.
Llegó a la puerta de la suite de Eliana y Zamir.
Golpeó suavemente, con los nudillos apenas rozando la madera.
“No pasa,” se escuchó la voz de Zamir desde dentro, más despejada que antes, pero aún con un rastro de cansancio.
Marguerite abrió la puerta lo justo para asomarse.
La habitación estaba en penumbra, pero no completamente a oscuras.
Zamir estaba sentado en uno de los sillones del área de estar, cerca de la ventana por donde entraba un rayo de luz lateral.
Ya no estaba en pijama; se había vestido con pantalones cómodos y una camiseta sencilla.
En sus manos tenía un libro de tapa blanda, uno de recetas de cocina regional o quizás una novela.
Parecía descansado, pero no completamente repuesto.
“Disculpe la molestia, señor Zamir,” comenzó Marguerite, manteniendo su voz baja y respetuosa.
“Acaba de llegar una comunicación del Hospital Horizonte.
La doctora Eliana ha enviado un mensaje.” Zamir bajó el libro, su interés inmediato.
“¿Sí?
¿Qué pasa?” “La doctora informa que debido a una carga excepcionalmente alta de pacientes esta tarde y noche, ella se quedará a dormir en el hospital.” Marguerite articuló las palabras con claridad, como transmitiendo un parte oficial.
“Pidió que se le informara a usted, y que no la esperen para la cena ni para…
bueno, para pasar la noche.
Dijo que está bien, pero que será una guardia larga.” Zamir escuchó, asimilando la información.
No pareció sorprendido.
Conocía la devoción de Eliana por su trabajo.
Asintió lentamente, un gesto de comprensión y resignación.
“Entiendo.
Gracias por avisarme, Marguerite.” “De nada, señor.
¿Necesitará algo para la cena?
¿O algo más?” Zamir miró por la ventana hacia los jardines, luego de vuelta a su libro.
“No, estoy bien.
No se molesten.
Haré algo sencillo en la cocinita de la suite más tarde.” Marguerite inclinó la cabeza.
“Como desee.” Y, cerrando la puerta sin ruido, se retiró, dejándolo de nuevo en su soledad vigilada.
Zamir suspiró, dejando el libro a un lado.
Su día libre, inesperado, se extendía ante él, vacío y silencioso.
Eliana en el hospital, batallando por vidas pequeñas.
Maximilian, en su fortaleza de madera oscura, probablemente aún durmiendo o sumido en sus pensamientos.
Y él, en medio, en una habitación lujosa que no terminaba de sentir como suya, con solo un libro de recetas y el eco de una noche extraña como compañía.
La mansión, en su grandioso aislamiento, parecía más grande y más vacía que nunca.
La noche había profundizado en la Mansión Beauvoir.
El silencio era absoluto, roto solo por el tictac lejano de algún reloj de péndulo y el crujido ocasional de la madera antigua.
Los sirvientes se habían retirado a sus dependencias.
Zamir, después de pasar horas en la suite leyendo y dando vueltas, había descendido a la cocina palaciega, ahora desierta y oscura, iluminada solo por las luces de tarea sobre la isla central.
Allí, en ese templo gastronómico normalmente reservado para chefs estrellados, había preparado algo sencillo y reconfortante para sí mismo: un plato de spaghetti con una salsa de tomate rápida que había improvisado con ingredientes básicos, y un refresco de cola frío directamente de la nevera de acero inoxidable.
Comía sentado en un taburete alto frente a la isla, viendo una película antigua en la pantalla de su celular, el único punto de luz y sonido en la vasta oscuridad.
Estaba en una escena clave cuando un ruido lo sobresaltó.
No fue un golpe fuerte, sino algo sordo, un sonido de tropiezo y un quejido ahogado que pareció filtrarse por los conductos de ventilación o a través de los sólidos muros.
Provenía de arriba.
Del ala oeste.
Zamir detuvo la película.
El silencio regresó, más pesado que antes.
Escuchó atentamente.
Nada.
Podría haber sido un mueble, un libro cayendo…
o algo más.
Su instinto le gritó que ignorara.
Maximilian había dejado claro que su presencia era una afrenta.
El hombre había regresado a su fortaleza, había tomado sus pastillas.
No era asunto suyo.
Pero otra parte de él, la misma que lo había hecho quedarse en la oficina, cargarlo hasta el sofá y cubrirlo con su chompa, se puso en alerta.
La imagen del cuerpo delgado y liviano en sus brazos, la palidez de su piel bajo la luz de la oficina, regresó con fuerza.
Con un suspiro de resignación ante su propia naturaleza, Zamir dejó el tenedor a medio camino, apagó su celular y se levantó.
Cruzó el gran salón en penumbra, sus pasos callados en la alfombra.
Subió la escalera principal, cada peldaño acercándolo a la suite de Maximilian.
Se detuvo frente a la puerta maciza de madera oscura.
Desde dentro, no se escuchaba nada.
Dudó.
Su mano se cerró sobre el pomo de metal frío.
Podría marcharse ahora.
Nadie lo habría visto.
Nadie lo habría culpado.
Pero no lo hizo.
Giró el pomo lentamente, empujando la puerta que cedió sin hacer ruido (estaba perfectamente engrasada).
La habitación estaba sumida en una oscuridad casi total, solo iluminada por la luz de luna que se filtraba por una rendija en las cortinas de terciopelo.
Y allí, en el suelo, junto a la inmensa cama de ébano, estaba Maximilian.
Había caído.
No estaba inconsciente, pero parecía desorientado, intentando apoyarse en el borde del colchón para levantarse, sin éxito.
Vestía solo la parte de arriba de su pijama de seda negra, la parte de abajo probablemente desechada en un gesto de malestar febril.
Su respiración era superficial y entrecortada.
“Señor Beauvoir,” dijo Zamir en voz baja, acercándose rápidamente.
Maximilian alzó la cabeza hacia la voz.
Sus ojos, en la penumbra, brillaban con fiebre y confusión.
No dijo nada, pero dejó de forcejear.
Zamir se arrodilló a su lado.
“Voy a ayudarlo a levantarse.” Al deslizar un brazo alrededor de su torso para auxiliarlo, el primer contacto con su piel a través de la fina seda fue como tocar un radiador.
El calor era intenso, seco, anormal.
Tenía fiebre.
Una fiebre alta.
“Está ardiendo,” murmuró Zamir, más para sí mismo, mientras con cuidado pero firmeza ayudaba a Maximilian a ponerse de pie y a sentarse al borde de la cama.
El hombre se dejó guiar, su cuerpo increíblemente liviano otra vez, pero ahora cargado de un calor enfermizo.
Maximilian tembló levemente, un escalofrío a pesar del calor que emanaba de él.
Entreabrió los labios, como para hablar, pero solo salió un suspiro áspero.
La batalla de la noche en la oficina había terminado.
Una nueva, más silenciosa y potencialmente más peligrosa, comenzaba ahora en la habitación oscura.
Y Zamir, una vez más, se encontraba en primera línea, sin opción de retirada.
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