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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 11

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  3. Capítulo 11 - 11 Mordedura
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11: Mordedura 11: Mordedura La situación se había precipitado en cuestión de segundos.

La fiebre de Maximilian era alarmante.

Zamir sacó su celular, sus dedos temblorosos buscando el contacto de Eliana.

La llamó.

El tono sonó, una y otra vez, hasta ir a buzón de voz.

Estaba ocupada.

Inmersa en su guardia, luchando por la vida de otros niños.

No podía interrumpirla.

No ahora.

Una oleada de pánico lo inundó, pero fue rápidamente suplantada por un instinto práctico y desesperado.

Dejó el celular sobre la mesita de noche.

“Tranquilo,” murmuró, más para calmarse a sí mismo que a Maximilian, mientras lo acomodaba mejor en la cama.

El anciano apenas respondía, sus ojos vidriosos entreabiertos.

Zamir recordó algo, un remedio de emergencia para bajar la fiebre cuando no hay médicos a mano.

Un baño de agua tibia.

No fría, podría causar un shock.

Tibia, para bajar la temperatura gradualmente.

Corrió al baño adyacente, una caverna de mármol negro.

Abrió los grifos de la enorme tina de hidromasaje, dejando correr el agua.

La probó con la mano: tibia, como debe ser.

Pero necesitaba bajar esa temperatura rápidamente.

¡Hielo!

Dejó el agua corriendo y salió disparado de la habitación, bajando las escaleras de dos en dos hacia la cocina.

Abrió el refrigerador industrial y luego el congelador.

Sacó cubeteras llenas de hielo, bolsas de hielo pilé, todo lo que encontró.

Llenó un balde limpio y regresó a toda velocidad al baño.

El agua de la tina ya tenía un buen nivel.

Zamir volcó el hielo dentro, revolviendo con la mano hasta que el agua se enfrió a una temperatura fresca, pero no helada.

Era un baño de contraste, la mejor opción que tenía.

Volvió junto a Maximilian.

“Vamos, señor.

Necesito meterlo en el agua.

Ayúdeme.” Intentó levantarlo, pero Maximilian, débil y delirante por la fiebre, era un peso muerto e ingobernable.

No tenía fuerza para cooperar, y Zamir, solo, no podía levantarlo y bajarlo a la tina sin riesgo de que se resbalara o se lastimara.

No había tiempo.

No había ayuda.

La fiebre no podía esperar.

Con una decisión que nació de la pura necesidad, Zamir tomó una elección radical.

Primero, con cuidado, despojó a Maximilian de la camisa de pijama de seda, que estaba empapada en sudor febril.

Luego, se quitó rápidamente su propia camiseta y los pantalones, quedando en ropa interior.

Sin más preámbulos, entró primero en la tina, sintiendo el shock del agua fresca contra su propia piel.

Se sentó, el agua llegándole al pecho.

Luego, con un esfuerzo supremo, agarró a Maximilian bajo los hombros y las rodillas y, conteniendo la respiración, lo levantó y lo introdujo en la tina frente a él, sentándolo entre sus piernas, de espaldas a su pecho.

Maximilian emitió un gemido bajo, un sonido de sorpresa y malestar al contacto con el agua fresca.

Su cuerpo, ardiente, parecía emanar vapor.

Zamir lo sujetó con firmeza, asegurándose de que su cabeza no se sumergiera.

“Ya está…

ya está,” murmuró Zamir contra su oído, su voz un suspiro constante de aliento mientras el agua fresca rodeaba sus cuerpos.

“Respire.

La fiebre bajará.

Está bien.

Yo lo tengo.” Era una imagen surrealista: el chef y el magnate multimillonario, semidesnudos, en una tina de mármol negro llena de cubos de hielo derritiéndose.

Uno delirante de fiebre, el otro, agotado pero alerta, actuando como un ancla física y un murmullo de calma en medio de la crisis.

No había orgullo aquí, ni jerarquía.

Solo la urgencia básica de un cuerpo enfermo y la voluntad humana de no dejarlo sucumbir.

Zamir cerró los ojos, sintiendo el calor abrasador de Maximilian a través del agua, rezando para que la temperatura comenzara a ceder, sosteniendo al hombre que era el mayor obstáculo en su vida, simplemente porque era la única opción correcta.

Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en el ambiente aséptico y luminoso del Hospital Horizonte, la Dra.

Eliana Beauvoir estaba completamente inmersa en su propia batalla.

No había espacio en su mente para la mansión, para su padre, ni siquiera para Zamir en esos momentos.

Su mundo se había reducido a la sala de urgencias pediátricas, al sonido de los monitores y al llanto de un niño.

Primer caso: El lactante con estridor.

La sala de reanimación estaba en silencio tenso.

En la cama, un lactante de 9 meses, pequeño y pálido, luchaba por cada bocanada de aire.

Su tiraje subclavicular era marcado, sus costillas se hundían con cada inhalación con un esfuerzo visible y angustiante.

El sonido que emitía al inspirar era un estridor agudo y chirriante, el sello distintivo de una obstrucción de la vía aérea superior.

La epiglotitis, una infección bacteriana potencialmente mortal que inflama la epiglotis, era la principal sospecha.

Eliana, con su batín blanco ondeando, estaba al lado de la cama, su rostro una máscara de concentración absoluta.

Un compañero pediatra y dos enfermeras especializadas formaban un equipo sincronizado a su alrededor.

Eliana: (Hablando rápido y claro, sin levantar la voz) Saturación 92 y bajando.

¿Tiene vía periférica?

Enfermera 1: (Mientras ajustaba la mascarilla de oxígeno de alto flujo) Sí, doctora.

En la mano izquierda.

Eliana: (Observando al bebé, cuyo color azulaba ligeramente alrededor de la boca) Prepárenme el equipo de intubación de emergencia.

Tamaño 3.5.

Y el de cricotiroidotomía por si acaso.

(Se dirige al otro pediatra).

Carlos, ¿le diste la dosis de ceftriaxona y dexametasona?

Pediatra Carlos: (Asintiendo) Sí, hace cinco minutos.

Pero el estridor no cede.

La radiografía de cuello muestra el signo del pulgar.

Es epiglotitis casi seguro.

Eliana: (Asiente, su mente calculando riesgos) No podemos esperar más.

Con este esfuerzo respiratorio, se va a agotar.

Vamos a intubarlo.

Yo procedo.

Clara, tú a la sedación.

Carlos, a la cabeza, listo para la cricoides si fallamos.

Sus manos, enguantadas, ya estaban sobre la bandeja estéril, revisando el laringoscopio y el tubo endotraqueal.

Cada movimiento era preciso, decisivo.

El bebé, sedado ahora con medicamentos de acción rápida pero aún con ese sonido chirriante en la garganta, era la única cosa que importaba en el universo.

En ese preciso instante, en otro universo, su esposo sostenía el cuerpo febril y delirante de su padre en una tina llena de hielo, susurrando palabras de aliento.

Su celular, en el bolsillo de su batín, estaba en silencio, la llamada perdida de Zamir ahogada en el zumbido de los monitores y la urgencia vital de otro niño.

Eliana no lo sabía.

No podía saberlo.

Toda su esencia, su formación, su compasión y su ferocidad, estaban enfocadas en pasar un tubo por la garganta inflamada de un bebé para salvarle la vida.

El drama silencioso en la mansión de mármol tenía que esperar.

Aquí, en esta sala iluminada por luces frías, bajo el reloj que marcaba segundos preciosos, la única herencia que importaba era la de mantener con vida un pequeño corazón que latía con desesperación.

El aire en la sala de reanimación era tan denso que se podía cortar.

La mirada de Eliana no se apartaba del pequeño rostro cianótico del bebé.

El estridor era un sonido de alambre retorciéndose, un recordatorio macabro de que el tiempo se agotaba.

“Vamos, pequeño, respira conmigo,” murmuró, aunque sabía que el bebé no podía oírla a través de la sedación.

Fue un mantra para sí misma.

Con un respiro profundo que expandió su pecho bajo el batín, Eliana canalizó toda la tensión, el cansancio y la presión en un punto de foco láser.

Sus manos, enguantadas y estables como rocas, tomaron el laringoscopio.

Con su otra mano, guió suavemente la cabeza del bebé a la posición exacta.

“Laringoscopio a la vista,” anunció en voz baja, pero clara.

La luz del instrumento iluminó la parte posterior de la garganta inflamada.

Era un panorama difícil: tejidos rojos e hinchados, la epiglotis como una cereza carnosa y peligrosa obstruyendo la vista de las cuerdas vocales.

Las enfermeras, Clara y otra especialista, contenían la respiración, sus ojos clavados en las manos de Eliana.

El pediatra Carlos tenía sus dedos listos sobre el cartílago cricoides, preparado para aplicar presión si era necesario para visualizar la glotis.

Eliana no titubeó.

Con un movimiento suave, firme y milimétricamente calculado, deslizó la punta curvada del laringoscopio más allá de la epiglotis inflamada, levantándola con una presión mínima pero suficiente.

Por un momento crítico, todo lo que vio fue un mar de mucosa hinchada.

Luego, aparecieron.

Las cuerdas vocales.

Un pequeño triángulo blanquecino y vital en medio del caos inflamatorio.

“Visualizo las cuerdas,” dijo, y su voz sonó extrañamente calmada en medio de la tensión.

Con su otra mano, ya tenía el tubo endotraqueal delgado (tamaño 3.5) listo.

Lo guió a través de la boca del bebé, siguiendo la curva del laringoscopio, alineándolo con ese pequeño triángulo de salvación.

Sin forzar, sin un movimiento brusco, lo pasó suavemente entre las cuerdas vocales y unos centímetros más allá, hacia la tráquea.

“Tubo colocado,” anunció, retirando inmediatamente el laringoscopio.

Una enfermera conectó de inmediato el ambú (resucitador manual) al tubo.

Eliana colocó su estetoscopio sobre el pecho del bebé.

“Ventilo.” Clara comprimió el ambú suavemente.

El aire, ahora sorteando la obstrucción inflamada, fluyó libremente hacia los pulmones.

El sonido que Eliana escuchó a través de su estetoscopio fue música: un murmullo claro y bilateral de aire entrando en ambos pulmones.

No había sonido en el epigastrio (estómago), lo que confirmaba que el tubo estaba exactamente donde debía estar: en la tráquea.

El bebé comenzó a respirar.

El estridor chirriante desapareció, reemplazado por el suave sonido mecánico del ventilador que empezaban a configurar.

El color azulado alrededor de sus labios y uñas comenzó a ceder, devolviéndose un tono rosado pálido, saludable.

La saturación de oxígeno en el monitor comenzó a trepar: 93%…

95%…

98%.

Un suspiro colectivo, apenas audible, recorrió la sala.

Clara lanzó una mirada de profundo alivio y admiración a Eliana.

Eliana no celebró.

Su trabajo apenas comenzaba.

Retiró sus guantes con un chasquido.

“Perfecto.

Ahora, conectenlo al ventilador, parámetros protectores.

Revisen los gases en sangre en 30 minutos.

Y sigan con los antibióticos y los esteroides a todo dar.

Ahora sí, lo curamos,” ordenó, su voz recuperando el tono directivo y calmado de la jefa de servicio.

Pero por dentro, un calor profundo de satisfacción y alivio la inundaba.

Había ganado la primera y más crítica batalla de la noche.

Sin saberlo, mientras su instinto y habilidad salvaban una vida en el hospital, un acto de instinto y humanidad igualmente profundo, aunque totalmente distinto, estaba salvando a su padre en casa.

Dos frentes, dos batallas, unidas por la misma sangre y el mismo amor, pero completamente ajenas la una a la otra en la inmensidad de esa larga noche.

La adrenalina de la intubación exitosa aún palpitaba en sus venas, pero no había tiempo para bajones.

Eliana observó un minuto más al lactante, ahora estable y conectado al ventilador con parámetros protectores, su pequeño pecho subiendo y bajando al ritmo mecánico y salvador.

Satisfecha de que el peligro inmediato había pasado, giró hacia su equipo.

Eliana: (Dirigiéndose al pediatra Carlos y a la enfermera de turno en la sala) Estén revisándolo cada 15 minutos.

Cualquier cambio en la saturación, el esfuerzo respiratorio o la presión, me avisan al instante.

Quiero los gases en sangre tan pronto como estén.

Pediatra Carlos: (Asintiendo, visiblemente aliviado también) Claro, Eliana.

Lo tenemos.

Con un último vistazo al monitor que mostraba una saturación estable del 98%, Eliana salió de la sala de reanimación.

En el pasillo, se encontró con Clara, quien la había seguido, tablet en mano.

Eliana: (Se quitó los guantes y se los arrojó a un contenedor de residuos biológicos, frotándose la nuca con un gesto de cansancio que solo permitía en privado con su equipo de confianza) Buen trabajo, Clara.

Fue un equipo perfecto.

Clara: (Sonrió, con orgullo) Usted fue impecable, doctora.

Salvaste su vida.

Eliana: (Asintió, aceptando el elogio sin falsa modestia; sabía que era cierto, pero no había espacio para la complacencia) Gracias.

Pero la noche es larga.

(Se detuvo frente a la puerta de su oficina).

¿Quién es el siguiente en la lista?

Clara: (Consultó su tablet, pasando rápidamente del alivio al modo logística) El siguiente es el caso de adenopatía cervical post-mordedura de gato.

Niño de 8 años, Joshua.

La inflamación en el cuello es importante, febril, y el gato no tiene vacunas.

Está en la sala de exploración 4 con sus padres, bastante asustados.

Ya tomamos muestras para cultivo y le dimos la primera dosis de antibióticos de amplio espectro, pero necesita evaluación para ver si requiere drenaje quirúrgico.

Eliana: (Asintió, cambiando de chip mental instantáneamente.

De la emergencia respiratoria a la infección bacteriana localizada pero potencialmente peligrosa).

Bien.

(Entró a su oficina y se dirigió al lavamanos, lavándose las manos meticulosamente).

¿Y los otros?

¿Alguna novedad del dolor abdominal crónico o de la niña con la cojera?

Clara: (Mientras Eliana se secaba las manos) El equipo de gastroenterología infantil ya está con el preescolar, pidiendo una nueva batería de estudios.

La niña con la cojera está en Rayos X ahora.

Y el caso de tuberculosis referido llegó; está en aislamiento respiratorio, esperando que lo veas cuando puedas.

Eliana: (Suspiró, pero su expresión era de determinación, no de derrota).

Una cosa a la vez.

Empecemos con Joshua y su encuentro desafortunado con el felino.

Vamos.

Tomó su estetoscopio del gancho, se aseguró de que su batín estuviera cerrado, y salió de la oficina con Clara siguiéndola.

El horizonte de su guardia se extendía, lleno de desafíos, pero el primer y más aterrador obstáculo había sido superado.

Mientras caminaba por el pasillo iluminado, su mente ya estaba en la siguiente infección, la siguiente familia asustada, el siguiente diagnóstico por descifrar.

La mansión, Zamir, su padre…

todo se desvanecía en el fondo, empequeñecido por la inmediatez abrumadora y el deber sagrado de las vidas que tenía en sus manos.

Eliana empujó la puerta de la sala de exploración 4, con Clara un paso detrás.

La atmósfera aquí era completamente diferente a la tensa calma de la reanimación.

El aire estaba cargado de angustia y una ira apenas contenida.

El niño, Joshua, de unos ocho años, estaba sentado en el borde de la camilla.

Lucía pálido y asustado, con un bulto inflamado, rojo y caliente al tacto visible en el lado izquierdo de su cuello, justo bajo la mandíbula.

La adenopatía era impresionante, del tamaño de un huevo pequeño.

Junto a él, su madre estaba sentada en una silla, llorando en silencio, con pañuelos arrugados en sus manos.

Sus hombros se estremecían con cada sollozo ahogado.

Y de pie, al otro lado de la camilla, estaba el padre.

Era un hombre alto, de complexión fuerte, con los brazos cruzados sobre un pecho amplio.

Su rostro estaba congestionado, no por la fiebre, sino por la furia.

Sus cejas estaban fruncidas en una línea dura, y sus ojos, oscuros y penetrantes, se clavaron en Eliana en el instante en que ella entró.

Era una mirada cargada de sospecha, acusación y un desafío abierto.

No era el miedo típico de un padre preocupado; era la hostilidad de alguien que ya ha decidido que el sistema, o la persona frente a él, es el enemigo.

Eliana lo registró todo en un instante: el miedo del niño, el dolor de la madre, la ira del padre.

Respiró profundamente, adoptando su postura más profesional y calmada.

No se inmutó ante la mirada del hombre.

Eliana: (Con una voz clara, neutra, dirigida primero al niño) Hola, Joshua.

Soy la doctora Eliana.

Veo que tienes un problema en el cuello.

¿Puedes contarme qué pasó con el gato?

Joshua: (Miró a su padre con temor, luego bajó la vista y murmuró) Jugaba con Mochi…

y me mordió.

No fue fuerte, pero después se puso así.

Madre: (Entre lágrimas) Le dijimos que no jugara brusco con ese animal…

pero no hizo caso.

Y ahora…

mira.

Padre: (Su voz estalló, áspera y llena de reproche, interrumpiendo a su esposa) ¡Y ahora estamos aquí!

Porque alguien no hizo su trabajo cuando el niño llegó a la enfermería del colegio.

Solo le pusieron un poco de agua oxigenada.

¡Y ahora tiene esto!

(Su dedo índice apuntó acusadoramente hacia el bulto en el cuello de su hijo, pero su mirada no se despegaba de Eliana).

¿Y usted?

¿Va a hacer algo real o solo va a mirar?

Clara hizo un movimiento imperceptible, lista para intervenir, pero Eliana la detuvo con un leve gesto de la mano.

Eliana: (Mantuvo la calma, dirigiendo su respuesta al padre, pero sin confrontación) Entiendo su frustración, señor.

Las mordeduras de gato, aunque parezcan pequeñas, pueden introducir bacterias profundamente y causar infecciones graves muy rápido, justo como esta.

(Se acercó a Joshua, hablando directamente a él, quitando el foco de la tensión con su padre).

Voy a examinarte con cuidado, Joshua, ¿te parece?

Necesito ver qué tan profunda es la infección.

(Mientras se ponía guantes nuevos y comenzaba a palpar con suavidad pero firmeza la adenopatía, evaluando su tamaño, consistencia y calor, Eliana sabía que este caso no era solo médico.

Era de manejo emocional, de ganarse la confianza de un padre que había llegado al límite y veía en cada profesional un posible fracaso más.

Su tono suave con el niño y su explicación técnica pero clara eran sus primeras armas para desactivar la bomba de ira que estaba a punto de explotar al otro lado de la camilla.) Eliana, con guantes, examinó con sumo cuidado la zona inflamada alrededor de la pequeña pero punzante herida de la mordedura.

No solo estaba enrojecida y caliente; al palpar los bordes, notó algo.

La herida tenía un patrón de inflamación particularmente agresivo y un leve olor que no era solo el de la piel infectada.

Eliana: (Sin apartar los ojos de la herida, hablando con calma) Joshua, ¿recuerdas qué estaba haciendo Mochi justo antes de que te mordiera?

¿Estaba comiendo algo?

Joshua: (Nervioso, mirando a su padre) Estaba…

estaba comiendo de su plato.

La comida que le da mamá.

Eliana: (Ahora alzó la vista hacia la madre, que intentaba contener los sollozos) Señora, ¿puede decirme qué le da de comer a Mochi?

¿Es comida especial para gatos, o…

algo de la mesa?

La madre intentó hablar entre hipidos, pero las palabras se ahogaban.

“Es…

es…

le doy de lo nuestro…

a veces…

pollo, un poco de atún…”.

El padre, exasperado, intervino con voz cortante, impaciente con lo que veía como preguntas irrelevantes.

“¡Le damos de nuestra comida!

¿Qué importa eso?

¡El animal mordió a mi hijo y se infectó!

¡Eso es lo único que importa!” Eliana: (Se enderezó, quitándose los guantes con un chasquido.

Miró al padre directamente, sin desafío, pero con una firmeza que igualaba la suya).

Importa mucho, señor.

(Su tono era pedagógico, no confrontacional).

Las bacterias en la boca de un gato son normales, pero si el gato acaba de comer alimentos crudos, o muy condimentados, o en descomposición – algo fuera de su dieta balanceada –, su saliva puede volverse más irritante y cargarse de bacterias patógenas adicionales.

No es que el gato sea “malo”, es que su sistema digestivo –y por ende su boca– estaba alterado.

(Volvió a dirigirse a Joshua y a la madre, su voz más suave).

Joshua se va a poner bien.

Esto es una infección bacteriana focalizada, una celulitis y linfadenitis por Pasteurella multocida, muy común tras mordeduras de gato.

Ya le dieron la primera dosis de antibióticos, que son los correctos.

En unos días la inflamación bajará mucho.

Pero, (y aquí su tono se volvió más enfático, mirando a ambos padres) esto no debe volver a pasar.

Para el bien de Joshua y de Mochi.

Los gatos son carnívoros estrictos.

Darles sobras de nuestra comida, especialmente cosas condimentadas, con cebolla, ajo, o huesos, los altera.

Puede causarles problemas digestivos, hacerlos más irritables, y, como vieron, afectar la flora bacteriana de su boca.

La próxima mordedura, incluso jugando, podría ser peor.

Padre: (Su ira pareció transformarse en un malestar diferente, mezcla de preocupación y vergüenza al darse cuenta de su posible responsabilidad).

Entonces…

¿usted dice que fue nuestra culpa por darle de nuestra comida?

Eliana: (Negó con la cabeza) No se trata de culpas.

Se trata de entender.

Ustedes no sabían.

Ahora sí.

Joshua necesita su tratamiento completo, reposo, y Mochi necesita una dieta adecuada para gatos.

Así los dos estarán sanos y felices, y podrán seguir jugando con cuidado.

(Le sonrió a Joshua).

¿Trato?

Joshua: (Asintió, un poco más aliviado al ver un plan claro).

Trato.

La madre dejó de llorar, secándose los ojos.

El padre desvió la mirada, la rigidez de sus hombros disminuyendo un poco.

Eliana había logrado lo más difícil: convertir la ira en información, el miedo en un camino a seguir.

Anotó las instrucciones para el alta (continuar antibióticos, compresas frías, control en 48 horas) y, con una última palabra de aliento para Joshua, salió de la habitación, dejando atrás una familia aún asustada, pero ya no enfrentada al mundo, sino equipada para solucionar el problema.

Otra batalla ganada, no solo contra la bacteria, sino contra la desinformación y la frustración.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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