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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 15

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15: Salón 15: Salón El suave ruido de pasos en la escalera anunció una nueva llegada.

Zamir apareció, vestido con una paleta monocromática de tonos claros que parecía una declaración tácita de paz y sencillez.

Su camisa blanca holgada de tela ligera, usada abierta sobre una prenda interior clara, y los pantalones beige de corte ancho le daban un aire relajado y elegante a la vez.

Las zapatillas blancas completaban el look, práctico y fresco.

Su rostro mostraba las huellas del sueño reparador, pero también una calma que no había tenido la noche anterior.

Sin mediar palabra, se sentó al lado de Eliana en el sofá.

No hubo un gran gesto, simplemente su presencia, sólida y reconfortante, ocupando el espacio a su lado.

Eliana, con la boca llena de helado de fresa, le sonrió con los ojos, un gesto de complicidad y alivio.

Luego, miró a la sirvienta que esperaba discretamente.

“Traiga otro postre, por favor,” dijo, su voz más clara ahora.

“Algo para él.” La sirvienta asintió y desapareció de nuevo hacia la cocina.

El chef, ahora completamente inmerso en el improvisado “festival de helados Beauvoir”, recibió el nuevo encargo con un destello de inspiración.

No sería una repetición de los anteriores.

Para Zamir, el chef que apreciaba la presentación y el sabor, prepararía algo que honrara su oficio con un toque de fantasía.

Minutos después, la sirvienta regresó con una nueva bandeja.

Sobre un plato claro y elegante, presentó un conjunto exquisito de bolas de helado, una verdadera obra de arte comestible y festiva.

Había tres tipos distintos: una de un tono crema rosado delicado, bañada en una salsa brillante de frutas rojas y adornada con pequeñas flores blancas comestibles.

Otra, de un rosa intenso y vibrante, cubierta de chispas brillantes plateadas y doradas y una salsa rosada que brillaba como satín.

Y varias bolas más, sumergidas en un baño de chocolate oscuro brillante que las hacía parecer joyas pulidas.

Cada bola estaba coronada con pequeños frutos rojos (arándanos o cranberries) que añadían un toque ácido y color.

El plato estaba salpicado de flores decorativas en tonos rosados y blancos, y un polvo brillante y estrellitas comestibles creaban un efecto mágico y lúdico.

Algunas de las salsas se extendían artísticamente por el borde del plato, invitando a sumergirse.

La sirvienta lo colocó frente a Zamir.

Él lo observó, una sonrisa de genuino asombro y aprecio dibujándose en sus labios.

Era un postre que hablaba de creatividad, disfrute y belleza, lejos de cualquier pretensión severa o minimalismo frío.

“Gracias,” dijo Zamir, dirigiendo su agradecimiento tanto a la sirvienta como, implícitamente, al chef invisible.

Tomó su cuchara y, con la delicadeza de quien valora cada componente, tomó un bocado que combinaba un poco del helado rosa intenso con chispas brillantes y un fruto rojo.

El sabor debió de ser una explosión de dulzura y texturas, un auténtico placer para los sentidos.

Los tres estaban ahora sentados en el gran salón: Maximilian con su raspado sofisticado y su libro, Eliana con su abundante bol de helados reconfortantes, y Zamir con su obra de arte helada y festiva.

No intercambiaban palabras.

No había necesidad.

Cada uno, a su manera, estaba sanando, recuperándose, encontrando un momento de dulzura literal y figurada después de la larga y difícil noche.

El silencio entre ellos ya no estaba cargado de tensión, sino de un agotamiento compartido y una tregua tácita, endulzada por el azúcar y la crema.

La mansión, por una vez, no era un campo de batalla, sino un extraño y temporal refugio donde cada uno podía lamer sus heridas con una cuchara.

(El silencio azucarado se mantiene por unos minutos, roto solo por el suave tintineo de las cucharas contra la porcelana y el cristal.

Eliana, habiendo demolido una buena parte de su montaña de helado, se recuesta un poco más contra el sofá, su mirada posándose en Zamir, quien parece absorto en la contemplación de una flor comestible de su postre.) Eliana: (Su voz es baja, curiosidad mezclada con el arrastre del cansancio) Oye…

¿Pasó algo anoche aquí?

Después de que llamé…

Cuando te fuiste a dormir.

Sentí que la energía estaba…

rara cuando llegué.

(Zamir, que acababa de llevarse a la boca una cucharada del helado rosa con chispas, se atora levemente.

El bocado dulce se vuelve de repente difícil de tragar.

La imagen de la tina de mármol negro, la piel suave y ardiente contra la suya, la caída, el agarre, esa mirada a centímetros de distancia…

todo inunda su mente en un torbellón.

Un sonrojo intenso le sube desde el cuello hasta las orejas, traicionándolo por completo.

Tose suavemente, desviando la mirada.) Zamir: (Logra tragar, su voz sale un poco ronca) Eh…

no, qué va.

Nada importante.

Yo…

llegué, vi que todo estaba tranquilo, y me fui a dormir.

Como un tronco.

(Desde su sillón junto a la ventana, sin levantar la vista de su libro, Maximilian habla.

Su voz es clara, neutra, cortando el aire como una hoja de afeitar.) Maximilian: No pasó nada.

(Hace una pausa, volviendo una página con un gesto preciso).

Tu esposo exagera su importancia en los asuntos de esta casa.

Fue una noche como cualquier otra.

Silenciosa.

(Las palabras son un muro de hielo, una negación absoluta y despectiva de todo lo ocurrido.

Zamir mira a Maximilian, cuya atención parece completamente absorbida por el libro.

No hay un guiño, un agradecimiento, ni siquiera un reconocimiento.

Solo la misma frialdad de siempre, ahora usada para borrar la evidencia de su propia vulnerabilidad.

El rubor en el rostro de Zamir se mezcla con un destello de frustración, pero también de algo parecido al alivio.

Quizás es mejor así.

Quizás es la única manera en que ambos pueden seguir adelante.) Zamir: (Baja la mirada hacia su hermoso y ahora insignificante postre, asintiendo lentamente).

Sí.

Como dice.

No pasó nada.

Solo…

dormí.

(Eliana los observa a ambos: a su padre, impenetrable y distante en su mentira por omisión; a su esposo, visiblemente turbado y mintiendo torpemente por primera vez desde que lo conoce.

Sabe, con la certeza instintiva de quien los ama a los dos, que algo sí pasó.

Algo importante.

Pero la muralla que ha surgido entre ellos, un muro construido con vergüenza, orgullo y un secreto compartido, es demasiado alta para escalar en este momento, con el sabor a fresa aún en su boca y el peso del agotamiento en sus párpados.) Eliana: (Suspira, aceptando tácitamente la falsa tregua).

Bueno…

Me alegra.

Parece que todos descansamos, al menos.

(Retoma su cuchara y clava en la bola de chocolate, dejando que el tema caiga, por ahora, en el pozo sin fondo de lo no dicho que siempre ha caracterizado a la familia Beauvoir.

La paz azucarada se reestablece, pero ahora tiene un regusto amargo, un sabor a verdad oculta que se esconde bajo la dulzura del helado.) (El silencio se prolonga, solo roto por el sonido de las cucharas.

Eliana observa a su padre, que parece inusualmente absorto en su libro para ser un día de semana a media mañana.

Su atuendo casual, el postre, la falta de prisa…

todo es una anomalía en el universo ordenado de Maximilian Beauvoir.) Eliana: (Deja su cuchara sobre el borde del bol con un clink suave.

Su tono es de curiosidad genuina, sin el filo de sus discusiones habituales) Papá.

¿No vas a ir a THE ICON hoy?

Parece…

un día tranquilo.

Maximilian: (No alza la vista del libro, pero un leve parpadeo delata que escuchó.

Su voz es serena, como si anunciara el clima).

No.

Hoy no.

Eliana: (Arquea una ceja, sorprendida por la sencillez de la respuesta.

Empuja un poco más).

¿Y los problemas de administración?

¿Los que surgieron anoche?

Pensé que serían…

urgentes.

Maximilian: (Finalmente baja el libro, reposándolo sobre su regazo.

Sus ojos grises encuentran los de ella, pero sin la habitual intensidad confrontacional.

Hay una calma extraña en ellos).

Alistair se encargará.

Le he delegado la gestión completa de la situación.

Es más que capaz.

(Hace una pausa breve, y un destello casi imperceptible de algo que podría ser ironía o cansancio cruza su rostro).

No era eso lo que siempre pedías?

Que delegara.

Que confiara.

Que…

descansara.

(Las palabras caen en el salón como piedras en un estanque quieto.

Eliana se queda sin habla por un momento.

Es una victoria retórica, pero dicha sin triunfalismo, casi como una constatación.

Él está usando sus propias súplicas de años en su contra, pero de una manera que no parece un ataque, sino una rendición estratégica, una retirada temporal.) Eliana: (Traga saliva, recuperándose).

Sí.

Sí, lo pedía.

Lo sigo pidiendo.

(Su voz se suaviza).

Solo que…

nunca pensé que lo escucharías un día como hoy, después de una crisis.

Maximilian: (Encoge un hombro, un gesto extrañamente mundano en él).

Las crisis se gestionan.

Los cuerpos también.

(Su mirada se desvía por un instante hacia la ventana, como si viera más allá de los jardines).

Hoy, el cuerpo y…

otras cosas, requieren atención aquí.

(No especifica cuáles son “otras cosas”.

Podría ser el postre.

Podría ser el libro.

Podría ser el eco de la fiebre o el peso de la vergüenza.

Podría ser la presencia silenciosa de Zamir en la misma habitación.

Eliana no lo sabe.

Pero por primera vez en mucho, mucho tiempo, su padre no está huyendo hacia su torre de trabajo para escapar.

Se está quedando.

En su fortaleza, sí, pero con las puertas, por ahora, cerradas al mundo exterior.

Es un cambio pequeño, pero tectónico.) Eliana: (Asiente lentamente, una sonrisa pequeña y cansada asomando a sus labios).

Bueno.

Entonces…

disfruta tu descanso.

Y el raspado.

Se ve delicioso.

Maximilian: (Asiente a su vez, un movimiento casi imperceptible, y vuelve a su libro).

Tú también disfruta tu…

festival helado.

(El diálogo termina.

No hay abrazos, ni confesiones, ni disculpas.

Pero hay un reconocimiento mutuo de una nueva regla no escrita: hoy, el trabajo puede esperar.

Hoy, el descanso, forzado o elegido, tiene permiso para existir en la Mansión Beauvoir.

Y eso, en sí mismo, es una revolución silenciosa.) El silencio que siguió a sus palabras pareció cargarse de algo pesado y viejo.

Eliana observó a su padre, tan cerca y tan lejos, anclado a su sillón como a un trono de aislamiento.

Un impulso irracional, nacido del agotamiento extremo, de la noche de salvar vidas y de ver la fragilidad en los ojos de Zamir, la empujó.

Con un suspiro profundo que pareció venir de su infancia, se levantó.

Ignoró el postre, ignoró a Zamir, que la miraba con ojos muy abiertos.

Dio dos pasos firmes hacia el sillón de su padre.

Sin pedir permiso, le quitó el libro de las manos y lo dejó sobre la mesa auxiliar con un golpe suave pero definitivo.

Luego, antes de que la lógica o el miedo pudieran detenerla, se sentó en sus piernas.

No de lado, como una niña pequeña, sino de frente, hundiéndose en el espacio entre él y el reposabrazos, su cuerpo cansado buscando un apoyo imposible.

Maximilian se quedó completamente inmóvil, sorprendido.

Sus manos, que sostenían el libro, quedaron suspendidas en el aire por un segundo.

Su cuerpo se tensó, no con rechazo, sino con un shock absoluto.

No había espacio en su protocolo para esto.

No había capítulo en ningún libro de estrategia que cubriera a su hija adulta sentándose en su regazo.

Pero no la sacó.

Sus brazos, después de ese eterno segundo de parálisis, bajaron lentamente.

Uno se posó con torpeza en su espalda, el otro encontró descanso en el brazo del sillón, cerca de ella.

Fue un abrazo incómodo, rígido, pero era un abrazo.

Y entonces, el dique se rompió.

Eliana comenzó a llorar.

No con sollozos histéricos, sino con un llanto silencioso y profundo, de años de ausencia.

Las lágrimas caían sobre la fina lana negra de la sudadera de Maximilian.

Eliana: (Entre hipidos ahogados) ¿Por qué…

por qué ya no eres cariñoso?

¿Por qué todo tiene que ser…

frío?

Como esta casa.

Maximilian la sostuvo, su rigidez empezando a ceder ante el temblor de su cuerpo.

Respiró hondo, como si buscara aire en una habitación que de repente se había quedado sin él.

Cuando habló, su voz no era la del magnate, ni la del hombre furioso de la noche anterior.

Era más baja, áspera, cargada de una verdad que rara vez se atrevía a articular.

Maximilian: (Susurrando, casi para sí mismo, mientras su mano en su espalda trazaba un círculo torpe, un gesto aprendido de memoria hacía décadas) Porque…

soy nuevo en esto, Eliana.

Ella se quedó quieta, escuchando a través de las lágrimas.

Maximilian: Tu madre…

ella era la que sabía.

Ella te abrazaba, te cantaba, te hacía reír.

Yo…

yo construía.

Proveía.

Era lo que sabía hacer.

Y cuando ella se fue, lo único que supe fue construir más alto los muros, para que nada ni nadie pudiera lastimarte…

o lastimarme a mí, de nuevo.

(Hizo una pausa, la voz quebrándose levemente).

Mi actitud fría no significa que no te quiera.

Nunca lo ha significado.

Significa que…

no sé cómo demostrarlo de otra manera.

El cariño se me quedó enterrado con el pasado, y solo sé expresar…

preocupación, a través del control.

Protección, a través de la distancia.

Eran las palabras más honestas, más vulnerables, que le había dicho en veinte años.

No era una excusa, era una confesión patética y trágica de su propia ineptitud emocional.

Eliana lo apretó más fuerte, su llanto amainando, transformándose en algo más parecido a un duelo.

No solo por la madre que perdió, sino por el padre que tuvo, y por el padre que, atrapado en su propia fortaleza, nunca pudo ser.

Lo abrazó, ese hombre duro y delgado que olía a perfume caro y a una tristeza antigua, y por primera vez, no lo hizo como la heredera que exigía, sino como la hija que, a pesar de todo, entendía.

Quizás no había cura para los años perdidos.

Pero este abrazo incómodo, estas lágrimas compartidas en el silencio del salón, era un principio.

Un nuevo y tembloroso capítulo en el manual de paternidad que Maximilian Beauvoir estaba, por fin, tratando de desciflar, con su hija sentada en su regazo como la única brújula posible.

(Una semana después.

La luz de la tarde baña el gran salón de la mansión, más cálida y acogedora que en las tensas escenas anteriores.

Eliana y Zamir están sentados juntos en el sofá.

Ella tiene una tablet en la mano, revisando una lista.

Zamir parece más relajado, vestido con ropa cómoda de chef, tal vez con el día libre o recién llegado de un turno corto.) Eliana: (Deja la tablet a un lado y se vuelve hacia Zamir, una sonrisa emocionada pero un poco nerviosa en sus labios) Oye, amor…

Hoy se celebra el Día del Padre.

Y he organizado algo.

Zamir: (La mira, sorprendido.

Sabía que la relación con Maximilian estaba en un punto…

extraño, pero esto suena a un evento).

¿Has organizado algo?

¿Para tu papá?

Eliana: (Asiente con entusiasmo) Sí.

Ya lo tengo todo listo.

He alquilado un local exclusivo en el jardín botánico, el Pabellón de Cristal.

Es precioso de noche.

(Su tono se vuelve más práctico, de jefa de logística).

Ya envié las invitaciones.

Vendrán socios clave, algunos amigos de la familia…

gente importante para él, pero también algunos rostros más amigables.

No puede ser solo un evento corporativo disfrazado.

Zamir: (Pone los ojos en blanco, sonriendo.

Conoce la obsesión de Eliana por los detalles).

Suena…

enorme.

¿Y yo?

¿Voy como el “plus one” o hay un plan para el yerno?

Eliana: (Le da un golpecito cariñoso en el brazo) Claro que hay un plan.

Tu traje ya lo encargué.

Lo traen a la casa esta tarde, así que termina tu trabajo temprano (o pide el día, que para eso es tu jefe) para que vengas, te bañes y te vistas con calma.

No quiero prisas.

Zamir: (Se ríe, pero asiente.

La determinación de Eliana es contagiosa, aunque la idea de una noche entre “gente importante” lo intimida un poco).

Entendido, jefa.

Saldré del ‘Sawasdee’ después del almuerzo.

(Hace una pausa, más serio).

¿Y él?

¿Sabe algo?

¿O es una sorpresa?

Eliana: (Su sonrisa se vuelve un poco más complicada) Le dije que había una cena de “reconocimiento corporativo” que no podía perderse.

Creo que sospecha que es algo más, pero no sabe qué.

Prefiero que sea una sorpresa…

o al menos, que no tenga tiempo de montar sus defensas habituales.

(Se levanta, llena de energía nerviosa).

Yo también saldré temprano del hospital para arreglarme.

Tengo un vestido…

bueno, ya lo verás.

(Se inclina y le da un beso rápido a Zamir).

Así que, por favor, cumple con el horario, chef.

Esta noche no es solo por él.

Es por…

cerrar círculos.

De la manera más elegante que se me ocurre.

Zamir: (La toma de la mano y la aprieta).

Lo haré.

Y estaré ahí, contigo.

Con o sin smoking.

(Sonríe).

Aunque con smoking suena mejor.

(Eliana le devuelve la sonrisa, agradecida, y sale de la sala, probablemente a hacer una última llamada o revisar los arreglos florales.

Zamir se queda en el sofá, pensando en la noche que se avecina: un evento de alta sociedad para celebrar a un hombre que apenas está aprendiendo a ser padre, con un yerno que todavía se siente como un intruso en ese mundo.

Pero por Eliana, por ese destello de esperanza que ve en sus ojos, estaría allí, con su mejor traje y una sonrisa, listo para lo que fuera.

La mansión, por una noche, dejaría de ser una fortaleza para convertirse en el escenario de una reconciliación muy, muy vestida de gala.) El crepúsculo había caído sobre la ciudad, pero en los terrenos del exclusivo Jardín Botánico, una constelación terrestre acababa de encenderse.

La llegada de los invitados era un desfile silencioso de poder y glamour, filtrado por la lente azul y dorada de la fantasía arquitectónica que Eliana había hecho construir.

La entrada era un presagio de lo que había dentro: un gran arco monumental de tela azul profundo y brillante, con detalles dorados tan intrincados que parecían encajes de oro.

Las cortinas, abiertas ceremonialmente, revelaban un pasillo mágico.

No había alfombra roja; era un río de azul intenso que fluía hacia el corazón del evento.

A sus lados, candelabros dorados de altura humana sostenían velas que titilaban, su luz cálida luchando contra la frialdad majestuosa del azul.

Al adentrarse, los invitados —periodistas de peso, duques con aire de otra era, empresarios cuyos nombres movían mercados, socios de THE ICON, presentadores de televisión de rostros perfectos, diseñadores de moda vestidos como obras de arte ambulantes— contenían la respiración.

El pasillo central estaba cubierto por un techo de luces diminutas y cálidas, un cielo estrellado artificial que guiaba la mirada hacia la revelación final.

Cortinas de terciopelo azul profundo, sujetadas por listones dorados, creaban paredes fluidas a los lados.

Y entonces, emergía la visión principal: un salón transformado.

No era el Pabellón de Cristal original, sino una reinterpretación onírica y futurista de una catedral gótica.

Las estructuras, en lugar de piedra, parecían de cristal azul vibrante y metal pulido dorado.

Bóvedas, columnas y arbotantes, todos intrincadamente decorados con filigranas doradas, se alzaban hacia lo alto.

En el techo, una gigantesca cascada de cristales hacía las veces de candelabro, refractando cada haz de luz.

El suelo era un espejo perfecto, duplicando la belleza alucinante de la arquitectura, haciendo que los invitados parecieran caminar sobre un lago de cristal azul y oro.

La luz, proveniente de una gran fuente al fondo, inundaba el espacio con una claridad etérea y mágica.

En un rincón estratégico, una elegante barra de cócteles moderna en negro contrastaba con el azul dominante.

Letras metálicas rezaban “Bar” y en la pared, el hashtag “#LuMotta#” (un guiño al chef estrella que Eliana había contratado) brillaba discretamente.

La barra estaba adornada con acentos azul eléctrico: flores, velas, recipientes, que resaltaban sobre la superficie negra reflectante.

Del techo industrial colgaban luminarias con bombillas a la vista, proporcionando una luz cálida y acogedora que invitaba a acercarse.

El aire era una mezcla de murmullos impresionados, el leve tintineo de la cristalería fina, la música de una orquesta de cuerdas discreta y el aroma de canapés exquisitos.

Cada detalle, desde el cielo estrellado del pasillo hasta la catedral de cristal azul, gritaba una cosa: esto no era una cena corporativa.

Era un homenaje monumental, una declaración de amor filial envuelta en una fantasía de lujo y buen gusto.

Y en el centro de todo, esperando la llegada del invitado de honor que aún no aparecía, estaba el latido nervioso de Eliana, observando desde las sombras, vestida para desaparecer y destacar a la vez, preguntándose si su padre, al cruzar ese umbral azul y dorado, entendería finalmente el mensaje escrito en cada luz, en cada detalle de aquella noche mágica.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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