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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 14

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14: Infantil 14: Infantil El reloj digital en la pared de su oficina marcaba las 4:07 de la mañana.

El silencio en los pasillos del Horizonte era profundo, solo roto por el tenue zumbido de los equipos electrónicos y los susurros ocasionales del personal de noche en las estaciones de enfermería.

En la oficina azul pastel de Eliana, la batalla había cesado.

Eliana estaba sentada en su silla, hundida en ella como si sus huesos hubieran olvidado cómo sostenerla.

Había tratado al último paciente: el lactante con tos ferina, confirmado, ya aislado y con su primera dosis de antibióticos administrada.

La adolescente con incontinencia tenía un plan multidisciplinario trazado.

Y el niño con tuberculosis, el caso más grave desde el punto de vista de salud pública, ya tenía iniciado su régimen de medicamentos y estaba en observación estable.

Su cuerpo era un mapa de fatiga: ojos ardientes y secos por la falta de sueño y la luz de las pantallas, hombros cargados con el peso de decenas de decisiones críticas, manos que temblaban levemente por el agotamiento nervioso y el bajón de adrenalina.

Estaba exhausta.

Ya no podía más.

Su mente, tan nítida y rápida horas antes, ahora era una niebla espesa.

Solo quería cerrar los ojos y dejar que la oscuridad la reclamara, aunque fuera sobre el escritorio.

Fue entonces cuando la puerta se abrió suavemente.

No hizo falta mirar para saber quién era; solo una persona entraba con esa precisión silenciosa a esta hora.

Clara se acercó, y en sus manos no llevaba una tablet o un informe, sino una taza de café humeante (negro, fuerte, como a Eliana le gustaba en estas circunstancias) y un pequeño dulce envuelto individualmente, algo de la cafetería del hospital.

Lo colocó todo con cuidado frente a Eliana, sobre el escritorio libre de papeles.

Clara: (Su voz era un suspiro cálido en el silencio) Aquí tiene, doctora.

Un poco de combustible.

Ya pasó lo peor.

Eliana alzó la vista lentamente.

Ver a Clara, también cansada pero imperturbable, con ese gesto simple de cuidado, fue lo que por fin quebró su propia compostela.

No lloró, pero un suspiro tremendo, que venía de lo más profundo de su ser, escapó de sus labios.

Tomó la taza con ambas manos, sintiendo su calor casi doloroso contra sus palmas frías.

Eliana: (Su voz sonó ronca, gastada) Gracias, Clara.

De verdad.

No sé qué haría sin ti en noches como estas.

Clara: (Sonrió levemente, un gesto de complicidad profunda) Lo mismo digo, doctora.

(Hizo una pausa, observando su agotamiento).

¿Quiere que le pida al turno de día que venga un poco antes?

Podría descansar un par de horas en la sala de descanso.

Eliana: (Tomó un sorbo de café, cerró los ojos un instante al sentir el amargo líquido caliente).

No.

Tengo que terminar las notas.

Y…

tengo que volver a casa.

(Al decir “casa”, una sombra cruzó su rostro.

Recordó la llamada, la ausencia, Zamir solo, su padre…).

Pero por ahora, en este momento, solo había el café caliente, el dulce que empezaba a desenvolver con dedos torpes, y la presencia silenciosa y solidaria de Clara.

Era un pequeño oasis de humanidad y cuidado en el desierto de una guardia brutal.

Un recordatorio de que, aunque ella era la que llevaba la responsabilidad final, no estaba sola.

El amanecer estaba cerca, y con él, el fin oficial de su turno.

Pero por estos minutos preciosos, antes de enfrentar el mundo exterior y sus propios demonios familiares, solo era una mujer agotada, sosteniendo una taza de café, recuperando fuerzas una célula a la vez.

(Clara observa cómo los dedos de Eliana, al desprecintar el dulce, tiemblan de manera visible, incapaces de sujetar bien el envoltorio plástico.

No es solo cansancio; es agotamiento nervioso extremo.

Clara da un suspiro profundo, no de exasperación, sino de preocupación maternal y profesional.

Ha visto llegar a este punto a muchos médicos dedicados, pero con la doctora Beauvoir es diferente; siente un afecto genuino y un deber de protegerla.) Clara: (Su tono deja de ser el de la enfermera subalterna y se vuelve firme, casi de autoridad, pero llena de cariño) Doctora, basta.

Mírese.

(Eliana alza la vista, confundida por el tono.

Antes de que pueda protestar, Clara da un paso adelante.

Con una decisión sorprendentemente fuerte para su estatura, toma a Eliana suavemente por los hombros y la ayuda a levantarse de la silla.

Eliana, demasiado agotada para resistirse, se deja guiar.) Clara: (Mientras la sostiene, mira alrededor y ve el abrigo ligero de Eliana colgado en un perchero junto a la puerta.

Lo toma y lo pone sobre los hombros de la doctora, abrochándole incluso el primer botón como si fuera una niña) Se va a su casa.

Ahora mismo.

Eliana: (Intenta protestar, pero su voz es un hilacho) Clara, no…

las notas del último paciente…

el informe de guardia…

Clara: (La interrumpe, terminando de abrocharle el abrigo y mirándola directamente a los ojos) Yo me encargaré del resto del informe.

Lo termino, lo reviso y lo firmo digitalmente con su autorización delegada.

Ya lo he hecho antes.

Las notas del lactante con tos ferina están casi completas, solo falta la evolución final, que la haré yo misma antes de que salga el sol.

(Su voz se suaviza, pero no pierde firmeza).

Usted no viene a trabajar mañana.

Descansa.

Duerma todo el día si es necesario.

El mundo y el Horizonte no se van a acabar si la doctora Beauvoir se toma un día para recuperarse.

Eliana: (La mira, y por primera vez en muchas horas, sus ojos se empañan ligeramente, no de tristeza, sino de un alivio abrumador y de gratitud.

La resistencia se desvanece).

¿Estás segura?

Hay mucho…

Clara: (Sonríe, un gesto cansado pero tierno) Estoy más que segura.

Usted ha hecho más esta noche de lo que diez personas harían en una semana.

Ahora es turno de que alguien cuide de la cuidadora.

(Le da un suave empujón hacia la puerta).

Vaya.

Su esposo debe estar esperándola.

Y aunque no lo esté, una cama vacía es mejor que esta silla.

Mañana, si quiere, me llama.

Pero solo para decirme que está durmiendo, ¿entendido?

(Eliana asiente lentamente, derrotada por el cuidado y la lógica implacable de Clara.

Toma su bolso, sintiendo el peso del abrigo como una armadura de cansancio y calor.) Eliana: (Susurra) Gracias, Clara.

De verdad.

Por todo.

Clara: (Abre la puerta para ella) Es un honor, doctora.

Conduzca con cuidado.

(Eliana sale al pasillo desierto, la luz del amanecer empezando a filtrarse por los ventanales al final del corredor.

Clara cierra la puerta y se queda un momento apoyada contra ella, respirando hondo.

Luego, se acerca al escritorio, enciende la lámpara y se sienta en la silla aún cálida de Eliana.

Abre los archivos digitales y comienza a teclear con eficiencia tranquila.

La doctora se ha ido a casa.

La enfermera, como siempre, se queda para terminar el trabajo, velando para que su jefa pueda descansar, al menos por un día, en paz.) El amanecer teñía de un gris pálido el cielo cuando el Ferrari blanco de Eliana rodó por el camino arbolado hacia la Mansión Beauvoir.

El viaje de regreso había sido un borrón, su mente funcionando en piloto automático, agotada más allá de cualquier límite racional.

Al cruzar el umbral de la gran entrada, un contraste brutal la recibió.

Mientras ella venía de un mundo de urgencia, sudor y adrenalina, la mansión parecía sumida en su ritual matutino de perfección silenciosa.

Las sirvientas, ya despiertas e impecables, se movían como fantasmas con trapos y plumeros, limpiando cada centímetro de mármol y cada dorado, como si la noche no hubiera existido.

El olor a limpieza y a café recién hecho flotaba en el aire, un mundo ordenado y aséptico muy distinto al olor a antiséptico y preocupación del hospital.

Una de las sirvientas más antiguas, al verla entrar con el rostro demacrado y el abrigo aún puesto, se acercó con una reverencia discreta.

Sirvienta: Buen día, señora Eliana.

El señor Beauvoir se encuentra aún durmiendo en su habitación.

Dijo que no debía ser molestado bajo ningún concepto.

(Hizo una pausa breve).

Y el señor Zamir también sigue descansando en la suite del ala este.

La información, dada con neutralidad, le trajo un alivio mínimo.

Al menos no había crisis inmediatas.

Asintió con la cabeza, demasiado cansada para hablar, y subió la escalera principal, sus pasos ahora pesados y arrastrados.

Al llegar a su suite, el silencio era absoluto.

Zamir dormía profundamente en la cama, su respiración regular.

Lo observó un momento, un nudo de amor y preocupación apretándose en su garganta, pero no tuvo fuerzas ni para despertarlo.

Necesitaba limpiarse, físicamente, de la noche.

Entró al baño y bajo la ducha caliente, dejó que el agua arrastrara simbólicamente los restos de la guardia: el sudor, la tensión, la imagen del bebé intubado, la piel erupcionada de Mateo, la tos convulsiva del lactante.

Se secó con movimientos lentos, mecánicos.

De su armario, sacó un pijama de seda suave, de un color lila pálido, sencillo y cómodo.

Se lo puso, y la tela fresca fue un pequeño consuelo contra su piel.

Finalmente, se acercó a la cama.

Con cuidado para no despertar a Zamir, se deslizó bajo las sábanas frescas.

El contraste entre la dureza de las sillas del hospital, la tensión constante y la suavidad de este colchón fue casi doloroso.

Su cuerpo, al encontrar finalmente un apoyo total, pareció hundirse y disolverse.

No revisó su celular.

No pensó en los pacientes que había dejado atrás.

No se preguntó qué habría pasado entre Zamir y su padre.

Simplemente cerró los ojos, y el agotamiento, acumulado durante más de veinticuatro horas de estrés emocional y físico extremo, la venció por completo.

En segundos, Eliana Beauvoir, la doctora, la heredera, la esposa, se hundió en un sueño profundo e inapelable, buscando en la oscuridad del sueño el único refugio verdadero que le quedaba después de una noche tan larga.

La mansión, con sus sirvientas silenciosas y sus habitaciones de lujo, era solo el escenario; el verdadero descanso era ese vacío reparador que finalmente la reclamaba.

(La habitación está en penumbra, la luz del amanecer apenas se filtra por una rendija de las cortinas.

Zamir, sumido en un sueño profundo pero ya más liviano después de horas de descanso, siente un movimiento a su lado, el hundimiento del colchón, y luego el calor familiar de un cuerpo deslizándose entre las sábanas.

Instintivamente, en ese terreno liminal entre el sueño y la vigilia, se voltea hacia ese calor.) (Sus brazos, aún pesados de sueño, encuentran el contorno de Eliana y la abrazan, envolviéndola en un gesto protector y posesivo, arrastrándola suavemente hacia su pecho.

Su rostro se hunde en su cabello, que huele a champú limpio, recién lavado del hospital.) Eliana: (Su voz es un suspiro ronco, apenas audible, sorprendida pero demasiado agotada para moverse) ¿Te desperté, mi amor?

Zamir: (No abre los ojos.

Su voz es grave, adormilada, pero cargada de una emoción densa y profunda.

La aprieta un poco más contra sí).

No…

solo te estaba esperando.

En sueños.

(Hace una pausa, sus labios rozan su sien).

Estás aquí.

Al fin.

Eliana: (Se derrite contra él, todo su cuerpo cediendo a la seguridad del abrazo.

Es la primera vez en horas que no tiene que sostener nada, ni a nadie).

Ha sido una noche…

interminable.

Zamir: (Susurra contra su pelo) Lo sé.

Lo sé.

Pero ya pasó.

Ahora estás a salvo.

Conmigo.

(Una de sus manos sube para acariciar suavemente su espalda, trazando círculos lentos).

Te amo, Eliana.

Más que a mi próximo respiro.

Eliana: (Una lágrima cálida, de puro agotamiento y alivio, se escapa y se absorbe en la camiseta de Zamir).

Y yo te amo a ti…

Mi ancla en medio de este mar loco.

Zamir: (La besa suavemente en la coronilla).

Duerme, preciosa.

Yo te tengo.

No sueñes con hospitales.

Sueña…

con naranjas jugosas.

Y conmigo.

(Eliana no responde con palabras.

Un temblor final recorre su cuerpo, el último estertor de la tensión que se va.

Su respiración, que había sido entrecortada, se sincroniza lentamente con la de Zamir, haciéndose más profunda, más regular.) (Zamir, sintiéndola relajarse por completo en sus brazos, la última línea de defensa caída, exhala un suspiro de paz profunda.

Él también está agotado, su propia noche ha sido una montaña rusa emocional.

Pero tenerla aquí, segura, es el único calmante que necesita.) Poco a poco, abrazados, entrelazados como dos piezas de un rompecabezas cansado, el sueño los reclama a ambos de nuevo.

No es el sueño profundo y solitario de antes, sino un sueño compartido, un refugio mutuo tejido con brazos, suspiros y el calor silencioso de sus cuerpos.

Las batallas del hospital, los ecos de los gritos en la oficina, la tensión no dicha con Maximilian…

todo se desvanece, al menos por unas horas, en este pequeño y privado universo bajo las sábanas, donde lo único que importa es el latido del corazón del otro y la promesa tácita de que, juntos, podrán enfrentar lo que venga cuando el día, de verdad, amanezca.

El amanecer pleno encontró a la Mansión Beauvoir sumida en su ritmo habitual de pulcritud silenciosa.

Fue entonces cuando Maximilian apareció en el descansillo de la escalera principal.

Su presencia era distinta.

No vestía el uniforme de poder de los trajes petróleo o los abrigos largos.

Llevaba un atuendo casual-elegante y moderno que hablaba de una intención, quizás inconsciente, de relajar las formas, sin abandonar el control.

La sudadera negra holgada de cuello alto, sobre una camisa blanca impecable con los puños cuidadosamente remangados, creaba un contraste deliberado entre lo informal y lo estructurado.

Los pantalones beige de corte ancho añadían una sensación de comodidad calculada, y las zapatillas blancas inmaculadas completaban el look con un toque inesperadamente relajado para él.

La rosa de plata, sin embargo, seguía prendida discretamente en la solapa de la sudadera, un recordatorio constante.

Bajó con paso mesurado y se dirigió al gran salón, eligiendo un sillón junto a una de las ventanas altas que daban a los jardines.

Se sentó con su habitual postura erguida, pero algo en la línea de sus hombros parecía menos rígida.

La noche de fiebre, sueño forzado y vulnerabilidad había dejado una marca sutil.

Extendió una mano y chasqueó los dedos una vez, un sonido seco que resonó en la quietud de la sala.

Al instante, una sirvienta se materializó a su lado, inclinándose.

Maximilian: (Sin mirarla, su voz era clara pero no cortante) Deseo un postre.

Algo frío.

Sirvienta: (Inclinándose de nuevo) Enseguida, señor.

La mujer se deslizó hacia la cocina palaciega, donde el chef en jefe, alertado por la inusual hora y el tipo de pedido (Maximilian rara vez pedía dulces, y menos a media mañana), ya estaba listo.

Recibió la orden y asintió.

No era una solicitud cualquiera; era una oportunidad.

Minutos después, la sirvienta regresó con una bandeja de plata.

Sobre ella, en un cuenco blanco de diseño acanalado y elegante, estaba el postre.

Era una obra de arte fría y refrescante: una montaña de hielo finamente rallado, de un color crema pálido, aromatizado con una esencia sutil de vainilla y tal vez un toque de mango.

Un glaseado cremoso de un amarillo muy suave lo cubría, cayendo por los costados como una cascada helada.

La decoración era meticulosa y vibrante: en la cima, una bola perfecta de sorbete de mango intensamente naranja, como un sol en miniatura.

A un lado, una rodaja fina de lima verde aportaba un contraste ácido y cromático.

Pétalos de flor de plumeria blanca, cristales de azúcar que brillaban como diamantes minúsculos, y pequeñas perlas translúcidas de agar-agar se esparcían por la superficie y la base del cuenco, donde otra rodaja de lima y otra flor completaban la composición.

Era un raspado o granizado de lujo, una explosión de frescura, texturas y sabores tropicales sofisticados, muy lejos de cualquier simple helado.

La sirvienta colocó la bandeja en la mesa baja frente a Maximilian, junto con una cuchara larga y fina.

Él observó el postre por un momento, su mirada inescrutable.

Luego, tomó la cuchara y clavó la punta en la montaña de hielo cremoso.

No era el gesto de un hombre con hambre, sino el de alguien que busca un consuelo sensorial, una limpieza de paladar después del sabor amargo de la fiebre y la humillación.

El primer bocado, frío, dulce pero no empalagoso, con el estallido ácido de la lima y la suave explosión del mango, debió de ser un contraste radical con todo lo que había vivido en las últimas veinticuatro horas.

Se lo llevó a la boca, y por un instante, solo existió el postre perfecto y el silencio de la mansión, un pequeño oasis de placer helado en medio del desierto emocional en el que habitaba.

Minutos después, el leve crujido de las escaleras de mármol anunció otra presencia.

Eliana bajaba, vestida no con la armadura de doctora ni con la elegancia heredada, sino con un conjunto casual y moderno en un tono marrón cálido.

El top sin tirantes marrón ceñía su torso, mostrando una silueta cansada pero aún elegante.

Los pantalones anchos del mismo color, con sus distintivas rayas blancas verticales y cordón blanco, añadían un aire relajado y deportivo.

Las zapatillas blancas completaban el look, práctico y cómodo, perfecto para un día de descanso forzado.

Su mirada barrió el salón y se posó en su padre.

Allí estaba Maximilian, sentado en su sillón junto a la ventana, un libro abierto en una mano (probablemente un tratado económico o histórico, nada frívolo) y en la otra, la cuchara con la que saboreaba lentamente su sofisticado raspado de vainilla y mango.

La escena era sorprendentemente doméstica, casi pacífica.

No hubo saludos.

Un leve asentimiento de cabeza de Maximilian fue el único reconocimiento.

Eliana se dirigió a una sirvienta que pasaba cerca.

“Tráigame un postre, por favor.

Algo…

reconfortante,” dijo, su voz aún con un rastro de la ronquera del cansancio.

La sirvienta asintió y se dirigió a la cocina.

Allí, el chef en jefe, ya en sintonía con el inusual ánimo postrero de la familia, interpretó “reconfortante” no como sofisticación minimalista, sino como abundancia indulgente.

Minutos después, la sirvienta regresó con una bandeja para Eliana.

Sobre ella no había un cuenco acanalado, sino un generoso bol de vidrio transparente que era un festival de helados.

Era una explosión de color y textura frente a la serena elegancia del postre de su padre.

Una torre de helado rosa fresa, coronada con crema batida y una fresa entera, se alzaba junto a una bola de chocolate cubierta de una salsa espesa del mismo color.

Una bola verde menta salpicada de chispas de chocolate y una bola cremosa de vainilla o caramelo completaban el cuarteto.

Todo ello estaba adornado con fresas frescas (enteras y en rodajas), hojas de menta, finos barquillos de chocolate y palitos crujientes de vainilla.

En la base del bol, se veían capas de salsa de chocolate y una crema que prometían sorpresas en cada cucharada.

Eliana tomó el bol y la cuchara, y se sentó en un sofá frente a su padre, pero no demasiado cerca.

Mientras Maximilian daba pequeños y medidos bocados a su postre frío y sofisticado, Eliana clavó su cuchara en la montaña de helado de fresa, tomando una porción generosa que mezclaba crema batida, helado y un trozo de fresa.

Se lo llevó a la boca, cerrando los ojos por un segundo al sentir el dulzor frío y cremoso, el contraste ácido de la fruta, la riqueza del chocolate cuando probó un poco de esa bola.

Era un acto de puro consuelo infantil, un alimento para el alma agotada.

Mientras su padre buscaba limpieza y frescura en su postre, ella buscaba calorías, dulzura y la nostalgia reconfortante de un helado extravagante.

Comieron en silencio, cada uno inmerso en su propio ritual post-traumático, separados por una mesa de mármol, generaciones de distancia y mundos de experiencia, pero unidos, por un momento, por el simple y primario acto de buscar placer en algo dulce después de una noche que los había desgastado a ambos, cada uno a su manera.

El salón, testigo de tantas tensiones, ahora albergaba un frágil y silencioso armisticio azucarado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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