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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 17

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17: Desafío 17: Desafío Las horas habían fluido con la elegancia controlada del evento.

La catedral de cristal azul vibraba con conversaciones, risas sofisticadas y el constante tintineo de la cristalería.

Maximilian, después de cumplir con una ronda de saludos protocolarios y de desprenderse brevemente de su capa roja (que ahora colgaba sobre el respaldo de un trono improvisado), se dirigió hacia un rincón de relativa calma: la barra de cócteles.

Era un oasis de diseño moderno dentro de la fantasía gótica: mobiliario negro lustroso, las letras metálicas “BAR” destacando con insolencia, y el hashtag “#LuMotta#” brillando en la pared como un sello de aprobación culinaria contemporánea.

Los acentos azul eléctrico de las flores y velas resonaban con el tema general, pero bajo la luz cálida de las luminarias industriales colgantes, el ambiente era íntimo y acogedor.

Mientras el barman le preparaba un whisky solo, una voz familiar, suave y cultivada, sonó a su lado.

Nelson: (Apareciendo como de la nada, impecable en un traje de tres piezas de un azul ligeramente más oscuro que la decoración, con su broche plateado brillando) Maximilian.

Feliz Día del Padre.

(Esboza una sonrisa que llega justo a los ojos, tras sus gafas redondas).

Aunque, viendo esta…

prodigiosa puesta en escena, casi parece el día del emperador.

Maximilian: (Toma su copa de whisky sin mirarlo aún, un leve gesto de la cabeza como saludo).

Nelson.

No sabía que estabas en la lista.

Nelson: (Se inclina levemente, tomando su propia copa de la barra, un cóctel azul que coincide con la decoración) Tu hija fue bastante…

inclusiva con las invitaciones.

Una decisión audaz, traer tanta luz a tu usualmente privado firmamento.

(Toma un sorbo).

Debes estar…

conmovido.

Maximilian: (Finalmente lo mira, su expresión es inescrutable bajo la luz tenue).

“Conmovido” es una palabra fuerte.

Reconozco el esfuerzo.

La escala.

(Hace una pausa, su mirada se pierde un momento en el brillo azul de una vela).

Es un mensaje difícil de ignorar.

Nelson: (Sigue su mirada, luego la vuelve a Maximilian, su tono se vuelve más íntimo, casi confidencial) Más que un mensaje, es una reclamación.

Un intento de reescribir la narrativa familiar.

Con colores brillantes y…

(su mirada busca y encuentra a Zamir, que está hablando con un pequeño grupo al otro lado de la sala) …nuevos personajes en el elenco.

El “cisne”, como dijiste.

¿Te sientes…

desafiado?

O quizás, ¿halagado?

Maximilian: (Un destello de fastidio cruza sus ojos, pero se controla al instante).

No me siento ni lo uno ni lo otro.

Observo.

Como siempre.

(Toma un sorgo largo de su whisky, el líquido ámbar brillando).

El Día del Padre es una excusa social.

Esto…

(un gesto leve con la copa, abarcando la sala) es una jugada estratégica de Eliana.

Y, hasta ahora, ejecutada con una precisión notable.

Nelson: (Sonríe, un gesto que no llega del todo a ser cálido).

Siempre el estratega.

Incluso en medio de un homenaje filial.

(Se acerca un poco más, bajando la voz).

¿Y el patito-cisne?

¿Sigue picándote la curiosidad?

O ya pasó la novedad de…

tenerlo tan cerca.

(La pregunta está cargada.

Nelson recuerda su intento fallido en la oficina, y ahora ve a Zamir no como una amenaza a su propio deseo, sino como una variable fascinante en la ecuación de Maximilian).

Maximilian: (Su mirada se vuelve gélida al posarse en Nelson).

La “novedad”, como tú la llamas, no es un factor en mis cálculos.

Es mi yerno.

Un hecho circunstancial.

Nada más.

(Deja su copa vacía sobre la barra con un clic definitivo).

Disfruta la fiesta, Nelson.

La barra, al menos, es excelente.

(Sin darle oportunidad de responder, Maximilian se gira y se pierde entre la multitud, su figura alta y erguida alejándose de la luz cálida de la barra hacia los brillos más fríos de la catedral de cristal.

Nelson se queda solo, sosteniendo su cóctel azul, observándolo irse con una expresión pensativa y ligeramente divertida.

Sabe que ha tocado un nervio.

Y en el juego de poder y emociones de la Mansión Beauvoir, esa es una información valiosa.) (La barra, con su luz cálida y acogedora, parece crear una burbuja de intimidad en medio del bullicio.

Nelson observa a Maximilian alejarse por un momento, luego, con la fluidez de un felino, cierra la distancia que él había abierto, situándose de nuevo a su lado, esta vez más cerca.) Nelson: (Su voz es un susurro sedoso, cargado de una insinuación que ya no intenta disimular) Siempre tan…

recto.

Tan inamovible.

Es parte de tu encanto, sabes.

Ese aire de fortaleza impenetrable.

(Deja que su hombro roce levemente el brazo de Maximilian).

Pero hasta los acantilados más sólidos son erosionados por el mar, con el tiempo suficiente.

Maximilian: (No se aparta bruscamente, pero su cuerpo se tensa visiblemente.

Gira la cabeza lentamente para mirar a Nelson, sus ojos grises son dos piezas de acero pulido.

Su voz es baja, plana y carente de toda emoción, como si estuviera leyendo un informe desfavorable).

Nelson.

Te lo he dicho antes.

No soy homosexual.

No tengo interés en hombres.

Tu persistencia es…

tediosa.

Busca a alguien más.

Alguien cuyo apetito coincida con tu evidente…

entusiasmo.

Nelson: (No se inmuta por el rechazo.

En cambio, su sonrisa se vuelve más intrigada, casi desafiante.

Se inclina aún más, su aliento rozando el oído de Maximilian).

Entonces lo dejaré claro, como el cristal de esta sala.

Mi regalo para ti, en el Día del Padre.

No es un objeto.

Es una promesa.

Una noche increíble.

Donde no tendrás que pensar en imperios, en hijas, en yernos intrusos.

Donde el único poder será el placer.

Olvídate de lo que crees que eres, o no eres.

Solo déjate llevar.

Maximilian: (Esta vez, sí da un paso atrás, creando una distancia física clara e insalvable.

Su expresión es de un fastidio glacial y absoluto.

No hay sorpresa, ni titubeo, solo el rechazo más rotundo).

Gracias.

(La palabra sale fría como un témpano).

Pero no.

Mi vida, mis noches, mis…

placeres, no son un territorio para tus ofertas.

Considera el tema cerrado.

Permanentemente.

(Sin esperar respuesta, Maximilian da media vuelta.

Esta vez no se pierde entre la multitud; se dirige directamente hacia donde está Eliana, reclamando la presencia de su hija como un escudo humano y social contra la incómoda propuesta.

Nelson se queda en la barra, observándolo irse.

No parece herido; parece…

estimulado.

Como si el rechazo absoluto de Maximilian fuera solo otro obstáculo fascinante en un juego que él está decidido a jugar, con o sin el consentimiento del otro jugador.

Toma un sorbo largo de su cóctel azul, su mirada fija en la espalda recta y severa que se aleja, planeando su próximo movimiento en el silencio de su propia mente.) El elegante vals y los intercambios tensos junto a la barra habían dado paso a un momento más íntimo, aunque aún público, en el centro del salón.

Eliana, con una sonrisa de satisfacción, chasqueó los dedos.

Como por arte de magia, una sirvienta se acercó llevando una caja de regalo grande y elegantemente envuelta, que colocó frente a Maximilian.

Todos los ojos cercanos se posaron en él.

Con la curiosidad contenida que siempre mostraba ante lo inesperado, Maximilian desató el lazo y abrió la caja.

Dentro, sobre un lecho de seda negra, había un estuche de perfumes Versace de una opulencia llamativa.

El estuche negro con impactantes detalles dorados y el logo brillante hablaban de lujo reconocible.

Pero lo más llamativo era el adorno de cristales o gemas brillantes en la tapa, que capturaba la luz de los candelabros.

Dentro, alineados con precisión, estaban los tesoros: una botella grande de perfume transparente, una mediana con líquido ámbar dorado, y un tubo de loción corporal, todos con el emblema icónico de la cabeza de león dorada.

Era un regalo de una elegancia ostentosa y masculina, muy del gusto de la marca, y que reflejaba el estatus que Eliana asociaba con su padre.

Maximilian observó el estuche, sus dedos rozando el frío cristal de una de las botellas.

Un leve asentimiento, casi imperceptible, fue su primera reacción.

“Versace.

Opulento.

Como esta noche,” comentó secamente, pero al coger la botella más pequeña y olerla discretamente, un destello de algo que podía ser aprobación cruzó sus ojos.

“Gracias, Eliana.

Es…

considerado.” Antes de que la atención se disipara, Zamir dio un paso al frente.

En sus manos sostenía otro regalo, envuelto con igual esmero pero de una vibra diferente.

Se lo entregó a Maximilian con un gesto respetuoso pero firme.

“Para usted, señor Beauvoir.” Maximilian lo tomó, su mirada evaluando a Zamir por un instante antes de volver al paquete.

Al abrirlo, reveló un estuche premium de vodka “Vodka Club” que era una obra maestra del diseño de lujo sofisticado.

El estuche negro con relieves y bordes dorados se abría en dos alas, como un altar dedicado al espíritu.

En su interior, anidados en compartimentos acolchados de terciopelo, había dos botellas grandes de vodka con etiquetas negras y doradas, y tres botellas más pequeñas, dispuestas con precisión de museo.

Pero no solo era el licor: incluía accesorios de bar de alta gama —vasos de cristal que ya parecían contener un líquido ámbar, un batidor, un destapador, un medidor, todos con acabados dorados impecables— y hasta pequeños complementos decorativos que elevaban el conjunto a la categoría de objeto de colección.

Era un regalo que hablaba de sofisticación práctica, de conocimiento de los gustos masculinos de lujo, y de una presentación impecable.

No era emocional como las rosas azules, ni ostentoso como el Versace; era serio, de calidad, y respetuoso de un cierto código de elegancia masculina que Maximilian, sin duda, apreciaba.

Maximilian observó el estuche de vodka, sus ojos recorriendo cada botella, cada accesorio dorado.

Permaneció en silencio por unos segundos más largos de lo normal.

Finalmente, alzó la vista hacia Zamir.

No hubo sonrisa, pero su expresión perdió por un instante su filo más cortante.

“Vodka Club.

La edición del cincuentenario,” dijo, reconociendo la pieza.

“Un clásico, bien presentado.

Gracias.” Las palabras eran escasas, pero en el léxico de Maximilian, “bien presentado” y el reconocimiento específico de la edición eran, sin lugar a dudas, un elogio significativo.

No era una aceptación cálida, pero era un reconocimiento de la adecuación y el esfuerzo.

Zamir asintió con la cabeza, un peso ligero saliéndose de sus hombros.

En ese momento, bajo la cascada de cristales, Maximilian tenía en sus manos dos regalos que reflejaban las dos fuerzas en su vida: la opulencia emocional y heredada de su hija, y la sofisticación respetuosa y desafiante del hombre que ella había elegido.

Y por una noche, al menos, parecía dispuesto a aceptar ambos.

El último eco de la música se disipó en la catedral de cristal azul, ahora desierta excepto por el equipo de limpieza que comenzaba su trabajo silencioso.

La última luz de las velas se apagó, dejando que la luz fría de la luna bañara el espacio a través de los altos ventanales.

Maximilian fue el primero en partir.

Con su capa roja nuevamente sobre los hombros, el estuche de Versace en una mano y el de Vodka Club en la otra (había aceptado ambos, un gesto inusual), salió sin ceremonias.

El Bentley negro lo esperaba.

El viaje de regreso a la mansión fue en silencio.

Al llegar, subió directamente a sus aposentos en el ala oeste.

Dejó los regalos sobre la mesita de su estudio, se quitó la capa y el traje blanco con movimientos cansados, y se deslizó entre las sábanas de su cama de ébano.

No hubo un análisis de la noche, ni una sonrisa de satisfacción.

Solo el profundo cansancio de un hombre que había sido el centro de un universo creado para él, y el peso silencioso, tal vez no del todo desagradable, de los regalos recibidos.

El sueño lo reclamó rápidamente, llevándose consigo las imágenes de luces azules, vals compartidos y ofrendas azules y doradas.

Mientras, Eliana y Zamir eligieron un final diferente para la noche.

Cambiaron sus ropas de gala por algo más cómodo y cálido (ella un abrigo largo sobre un vestido sencillo, él una chaqueta de cuero sobre su atuendo casual) y salieron a la ciudad que aún respiraba con la vida de un sábado noche.

No había un destino fijo.

Caminaron de la mano por calles menos transitadas, lejos de los focos y las expectativas.

Se detuvieron en un pequeño puesto callejero que aún estaba abierto y compartieron un postre sencillo, riéndose de la extravagancia del helado que habían tenido antes.

Hablaron poco de la fiesta; en cambio, hablaron del hospital, del ‘Sawasdee’, de cosas mundanas y reales que los anclaban a su propio mundo, lejos del espejismo azul y dorado.

Fue un paseo lento, sin prisas, un “disfrute de pareja” puro y simple.

Después de una noche de desempeñar roles, de ser la heredera y el yerno, el rey y la reina, necesitaban recordar que, en el fondo, eran solo Eliana y Zamir, dos personas que se amaban entre el caos de sus vidas.

La tensión de la fiesta, las miradas, los regalos calculados, todo se fundía en la distancia, reemplazado por el calor de sus manos entrelazadas y la paz sencilla de estar juntos, sin testigos, bajo el cielo estrellado real, no el artificial del pasillo.

Era su pequeño triunfo privado al final de una noche monumental: haber navegado la tormenta juntos, y haber encontrado, al final, un puerto tranquilo el uno en el otro.

El amanecer del día siguiente encontró a la Mansión Beauvoir sumida en una calma diferente, la quietud que sigue a una gran tormenta de emociones y lujo.

La primera en romper el silencio fue la figura imponente de Maximilian descendiendo por la escalera principal.

Su atuendo era una declaración de sofisticación arquitectónica y poder sosegado.

Un largo abrigo negro, recto y fluido, caía desde sus hombros como una segunda piel de autoridad, casi rozando el suelo de mármol.

Debajo, asomaba un traje impecable de un gris claro perla, compuesto por una chaqueta de doble botonadura y pantalones ajustados de corte perfecto.

La base era un cuello alto negro que emergía bajo la chaqueta, un toque de severidad minimalista.

El conjunto, completado con zapatos oscuros de diseño preciso, era pura elegancia calculada y controlada, muy lejos de la capa roja dramática de la noche anterior, pero igualmente soberbio.

Parecía listo para reanudar el mando de su imperio, pero llevando consigo, quizás, un nuevo matiz de introspección en su rigidez habitual.

Poco después, otros pasos, más ligeros, resonaron en la escalera.

Era Eliana.

Su look contrastaba con el de su padre: era elegancia relajada y moderna.

Llevaba un conjunto en blanco y negro de líneas limpias.

Un suéter negro de cuello alto servía de base, sobre el cual llevaba una camisa blanca de manga larga abierta y sin abotonar, creando un efecto de capa chic y despreocupado.

Los pantalones negros de talle alto, con pliegues elegantes en la cintura, alargaban su silueta y añadían un toque de estructura sofisticada.

No había joyas llamativas, solo su belleza natural y el aire de satisfacción tranquila de quien ha librado una batalla importante y ha salido, si no victoriosa por completo, al menos con un entendimiento renovado.

Padre e hija se encontraron en el gran salón, ahora bañado por la luz natural que revelaba cada detalle de la opulencia diurna de la casa.

No hubo un gran saludo.

Un leve asentimiento de Maximilian, una pequeña sonrisa en los labios de Eliana.

Él se dirigió hacia la entrada, donde su chófer y el Bentley ya esperaban para llevarlo de vuelta a THE ICON, a su mundo de acero y cristal.

Ella se encaminó hacia la cocina, quizás en busca de un café, o simplemente para disfrutar del silencio de la mañana en la casa que, por una noche, había logrado transformar en un escenario de reconciliación.

Dos figuras, dos estilos, dos mundos que seguían su curso.

Pero el aire en la mansión ya no era el mismo.

Había un eco, tenue pero presente, del vals compartido, del brillo de las rosas azules, y del silencio cargado que había seguido a los regalos.

La batalla no había terminado, pero se había declarado una tregua, y en esa tregua, había espacio para nuevos comienzos, o al menos, para un respeto mutuo recién descubierto.

La jornada comenzaba, cada uno vistiendo su armadura para enfrentarla, pero con la memoria de la noche anterior como un nuevo hilo en el intricado tapiz de sus vidas.

La escena matutina en el gran salón adquirió una tercera dimensión cuando Zamir apareció en lo alto de la escalera.

Su descenso fue tranquilo, en marcado contraste con la severidad elegante de Maximilian y el chic relajado de Eliana.

Llevaba un conjunto de capas en tonos tierra que gritaba confort y estilo personal despreocupado.

Una camisa beige claro de manga larga, usada holgada y con la cola fuera, asomaba bajo un chaleco de punto café medio de cuello en V, que añadía textura y calidez.

Los pantalones anchos marrón oscuro de corte recto prometían comodidad total.

Las zapatillas blancas con detalles grises y suela color tierra anclaban el look en lo casual moderno.

El toque final, y el más revelador de su estado de ánimo, eran unos audífonos negros sobre las orejas, probablemente escuchando música o un podcast, un pequeño escudo contra el mundo que lo declaraba en su propio espacio mental.

Era el atuendo de alguien que tiene un día libre y piensa disfrutarlo a su manera, sin ceremonias.

Mientras Zamir bajaba, una sirvienta se acercó a Maximilian, quien estaba a punto de salir, con una bandeja.

Sobre ella, no había el austero desayuno inglés que solía tomar, sino una comida abundante, colorida y casi lúdica en su presentación, como sacada de una ilustración de un libro infantil de gourmets.

En la parte superior del plato, pizzetas o tostadas dulces estaban cubiertas con rodajas de plátano y fresas, adornadas con hojas de albahaca, bañadas en salsa de chocolate y espolvoreadas con azúcar glass.

Un pequeño cuenco de crema blanca (nata o yogurt) las acompañaba.

Abajo, había dos sándwiches crujientes de jamón, lechuga y queso, una taza de sopa amarilla (crema de calabaza o maíz) con hierbas frescas, y una pequeña ensalada con lechuga, maíz y tomates cherry.

Los cubiertos de mango negro completaban la presentación.

Junto a la comida, en una taza aparte, humeaba un cappuccino perfectamente ilustrado: espuma cremosa espolvoreada con cacao, sobre el contraste del café y la leche, servido en una taza blanca sobre un plato con granos de café y motas de cacao.

Una cuchara pequeña y al fondo, un organizador con la palabra “CAPPUCINO” y una cafetera moka, completaban el cuadro.

Era un desayuno que desafiaba por completo los hábitos espartanos de Maximilian: dulce, salado, abundante, colorido y reconfortante.

Un mensaje silencioso de la cocina, o quizás de Eliana, de que hoy podía permitirse algo más que café y determinación.

Maximilian miró la bandeja, luego la sirvienta, luego, por un instante, su mirada buscó a Eliana, que observaba desde la entrada de la cocina con una leve sonrisa.

No dijo nada.

Asintió brevemente a la sirvienta y, en lugar de salir inmediatamente, se acercó a la mesa del desayuno.

Dejó su abrigo negro sobre el respaldo de una silla y se sentó.

Tomó la cuchara del cappuccino, revolvió suavemente la espuma, y dio un sorbo.

Luego, con una calma deliberada, tomó uno de los sándwiches.

Era una capitulación pequeña, doméstica.

Una aceptación tácita del cuidado, del exceso, del “algo diferente” que la noche anterior había inaugurado.

Mientras él probaba la sopa, Zamir, con sus audífonos puestos, pasó junto a la mesa con un movimiento de cabeza casual hacia Eliana, dirigiéndose probablemente a la cocina o al jardín.

Eliana se acercó y se sentó frente a su padre, tomando una fresa de su plato sin pedir permiso.

Tres personas, tres estados de ánimo, tres estilos, compartiendo el mismo espacio luminoso de la mañana, unidos por los ecos de una fiesta extraordinaria y el simple ritual de comenzar un nuevo día.

La mansión, por fin, parecía capaz de contenerlos a todos, cada uno a su manera, sin que el mundo se desmoronara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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