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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 18

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  3. Capítulo 18 - 18 De la elegancia al servicio
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18: De la elegancia al servicio 18: De la elegancia al servicio La dinámica matutina continuó con suave fluidez.

Mientras Maximilian exploraba su inusual banquete colorido y Eliana picoteaba de su plato, la atención de la sirvienta, siempre atenta a las necesidades (y quizás a los gustos) de cada miembro de la casa, se volvió hacia Zamir.

Al verlo acercarse a la mesa con un aire relajado, la sirvienta regresó rápidamente de la cocina con otra bandeja, esta vez claramente diseñada para un paladar que apreciaba los sabores intensos y reconfortantes.

Era un plato principal abundante y apetitoso, presentado con la vivez de una ilustración culinaria que hacía la boca agua.

El centro del plato era un generoso montón de arroz blanco humeante y perfectamente cocido.

Sobre él, descansaba una chuleta empanizada y frita (tonkatsu), cortada en gruesas lonchas que mostraban su interior jugoso, todo ello bañado en una salsa oscura, brillante y pegajosa (teriyaki o algo similar) que se filtraba entre el arroz.

La pieza de resistencia era un huevo frito perfecto colocado encima de la chuleta, con la yema líquida y temblorosa, lista para romperse y derramarse, creando una salsa rica y cremosa que unificaría todos los sabores.

A un lado, un pequeño bol con una ensalada fresca y crujiente de pepino, zanahoria y lechuga ofrecía un contraste ligero.

En la mesa, un shaker de sal, un dispensador de pimienta y un recipiente con salsa adicional prometían personalización al gusto.

Junto al plato, en un contraste refrescante, la sirvienta colocó una bebida fría presentada con una delicadeza casi pictórica.

Una jarra de cristal transparente estaba llena de una bebida de un tono ámbar-rojizo vibrante, como un té helado de frutos rojos o una limonada infusionada.

Estaba cargada de cubitos de hielo que brillaban bajo la luz de la mañana.

La decoración era meticulosa: pequeños frutos rojos, hojas verdes diminutas y delicadas flores blancas (como cerezos en flor) flotaban en la superficie y adornaban la parte superior.

Una pajita a rayas rojas y blancas y un lecho de pétalos esparcidos bajo la jarra completaban el ambiente primaveral y refrescante.

Era un desayuno que honraba la profesión y los gustos de Zamir: comida sustanciosa, bien ejecutada, con un balance de sabores (umami, dulce, salado, ácido) y texturas (crujiente, cremoso, esponjoso), acompañado de una bebida fresca y bonita.

Un gesto de la casa (o de Eliana, que observaba con una sonrisa) que decía: “Te vemos.

Conocemos lo que te gusta.

Y aquí, hoy, hay un lugar para eso también.” Zamir se quitó los audífonos, colgándolos alrededor de su cuello.

Una sonrisa genuina, de sorpresa y agrado, iluminó su rostro al ver el plato.

Asintió agradecido a la sirvienta.

“Se ve increíble, gracias,” dijo, su voz cálida.

Tomó sus cubiertos y, con la habilidad de quien está acostumbrado a apreciar una buena comida, pinchó suavemente la yema del huevo, dejando que el líquido dorado se derramara sobre la chuleta y el arroz.

Luego, tomó un bocado que combinaba un poco de todo: arroz con salsa, chuleta crujiente, y la riqueza de la yema.

Sus ojos se cerraron por un segundo de puro placer gastronómico.

En ese momento, en la mesa de la mansión, coexistían tres mundos: el desayuno ilustrado y reconfortante de Maximilian, el picoteo elegante de Eliana, y el banquete sustancioso y bien sazonado de Zamir.

Cada plato contaba una historia de quien lo comía, y el simple hecho de compartir el espacio sin tensión, con cada uno disfrutando de lo suyo, era quizás el mayor logro de la noche anterior.

La paz, por fin, tenía un sabor delicioso y variado.

El ballet matutino de las sirvientas continuó con su perfecta sincronización.

Al ver a Eliana sentada, compartiendo el espacio con su padre pero sin un plato propio sustancial, otra de las sirvientas (o quizás la misma, en un despliegue de eficiencia impecable) regresó de la cocina con una nueva bandeja, esta vez claramente destinada a satisfacer a la señora de la casa.

Era un plato completo, sabroso y reconfortante, con un aire que evocaba la calidez de un buen restaurante familiar.

La base era un arroz blanco humeante y perfecto.

Sobre él, se disponían generosas lonchas de carne asada (cerdo o res, con un glaseado oscuro y brillante que prometía un sabor dulce y salado intenso) y rodajas de calabacín salteado, también bañadas en la misma salsa lustrosa, añadiendo un toque vegetal y dulce.

Pero el complemento que realmente definía el plato era un pequeño cuenco de kimchi rojo vibrante, el acompañamiento fermentado coreano que aportaba su toque picante, ácido y explosivo, un contrapunto perfecto y audaz a la riqueza de la carne glaseada.

Era una comida que hablaba de sabores profundos, contraste y satisfacción sustancial, muy lejos de los desayunos ligeros o los canapés de fiesta.

Junto al plato, en un contraste de serenidad absoluta, la sirvienta colocó la bebida para Eliana.

No era un café fuerte ni un jugo vibrante, sino una infusión floral de una belleza visual encantadora.

Una tetera de cristal transparente permitía ver en su interior un té de un color ámbar dorado luminoso.

Dentro, flotando como en un pequeño ecosistema acuático, había delicadas flores blancas (parecidas a margaritas o manzanillas) y hojas verdes de la planta infusionada.

La luz de la mañana que entraba por las ventanas hacía que el líquido brillara como oro líquido.

La tetera descansaba sobre una superficie de madera cálida, rodeada de hojas y pétalos blancos esparcidos, contra un fondo oscuro de follaje que hacía resaltar aún más su brillo mágico.

Era una bebida que prometía calma, belleza y un momento de paz interior, justo lo que una doctora exhausta después de una noche épica y una fiesta monumental podría necesitar.

Eliana observó la llegada de su desayuno con una expresión de genuino deleite y sorpresa.

El kimchi, en particular, hizo que sus ojos brillaran —era un gusto adquirido que no muchos en la mansión compartían—.

“Oh, esto es perfecto,” murmuró, dirigiendo una sonrisa agradecida a la sirvienta.

Tomó sus palillos (que habían sido provistos sin que ella los pidiera, otro detalle observador) y tomó un bocado que combinaba un poco de arroz, una loncha de la carne glaseada y un pequeño trozo de kimchi.

La combinación de sabores —el dulce umami de la salsa, la riqueza de la carne, la explosión ácida y picante del kimchi— hizo que asintiera con satisfacción.

Luego, sirvió un poco de la infusión dorada en la taza que acompañaba a la tetera.

El aroma floral y suave llenó el aire a su alrededor.

Tomó un sorbo, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro de profundo bienestar.

Ahora, la mesa estaba completa.

Maximilian con su festín ilustrado y su cappuccino, Zamir con su tonkatsu sustancioso y su bebida fría de frutos rojos, y Eliana con su plato coreano reconfortante y su infusión floral dorada.

Tres personas, tres historias, tres necesidades diferentes, todas siendo atendidas con precisión y cuidado en el mismo espacio.

No hablaban mucho.

El sonido predominante era el de los cubiertos, el sorbo de las bebidas, y el suspiro ocasional de satisfacción.

Pero el silencio era cómodo, cargado de una paz nueva y duradera.

La Mansión Beauvoir, por una mañana, no era un campo de batalla ni un escenario, sino simplemente un hogar donde cada uno podía desayunar en paz, rodeado de los suyos, cada cual a su manera.

MAXIMILIAN: (Sin girarse, hablando hacia el jardín) Zamir.

Qué… curioso verte aquí, en esta habitación.

El contraste es casi pictórico.

Como un pájaro de corral en una jaula de orfebrería.

Cuéntame, ¿cómo prosigue tu… aventura culinaria en ese… cómo lo llamas…?

“El Rincón del Sazón”?

ZAMIR: (Bajando la mirada, jugando con el dobladillo de su camisa) Eh… va bien, señor Maximilian.

Trabajamos duro.

La gente parece… contenta.

MAXIMILIAN: (Gira lentamente, una sonrisa fría y condescendiente en los labios) “Contenta”.

Una palabra maravillosa para los conformes.

Me intriga el aspecto práctico, Zamir.

La poesía de los fogones es encantadora, pero los números son la verdadera salsa.

Dime, ¿cuánto te deja ese sudor?

¿La gratitud de la “gente contenta” se traduce en algo tan vulgar como un sueldo?

ZAMIR: (Se aclara la garganta, sintiendo el peso de la pregunta) Pues… ganamos lo suficiente.

Unos… 350… al día.

MAXIMILIAN: (Deja el vaso sobre una mesa de mármol con un clic seco.

Su risa es breve, sin alegría) ¿Trecientos cincuenta?

¿Al día?

Zamir, querido, el paño de limpieza de esta mesa cuesta más que eso.

(Camina hacia él, lentamente).

Déjame iluminarte.

El aceite de oliva que yo uso para aliñar una simple ensalada, uno solo de los botellones, cuesta el triple de tu jornal diario.

La trufa, el foie, el whisky que estoy bebiendo… (Hace una pausa, dejando que los ejemplos floten en el aire cargado de perfume a lujo).

Dime, con esa… limosna heroica… ¿cómo piensas siquiera aspirar a comprar suministros dignos?

Un litro de buen caldo, carne que no parezca suela de zapato, especias que no sean solo sal y polvo marrón.

ZAMIR: (Ha levantado la vista, ahora hay una chispa de dignidad herida entre la timidez) Se trabaja con lo que se tiene, señor.

Se busca calidad en lo humilde.

Un tomate bien elegido, una cebolla fresca… MAXIMILIAN: (Lo interrumpe con un gesto despectivo de la mano) ¡Por favor!

No me cites el catecismo del pobre cocinero.

La “calidad en lo humilde” es el consuelo de los que no pueden permitirse la excelencia.

Con 350 al día, Zamir, no compras suministros; compras supervivencia.

Pagas la luz para que no se pudra lo poco que puedes permitirte.

Es un círculo… pintoresco, pero desesperadamente vulgar.

Te ahogas en un vaso de agua… de grifo, por supuesto.

ZAMIR: (Aprieta los puños, invisiblemente.

Su voz es más firme, pero aún baja) Es mi restaurante.

Mi esfuerzo.

Y la gente sale satisfecha.

Eso también tiene valor.

MAXIMILIAN: (Suspira, como cansado de explicar lo obvio) Un valor intangible, Zamir.

Que no llena la despensa.

(Se acerca un poco más, su tono se vuelve casi confidencial, venenoso).

Mira a tu alrededor.

Esto, todo esto, se construye con números claros, fríos, con ceros a la derecha.

Tu romanticismo gastronómico es una anécdota con olor a fritura barata.

350 al día no es un sueldo; es una condena.

Piénsalo la próxima vez que tengas que negarte a comprar un trozo de queso decente porque “no te alcanza”.

(Maximilian da la espalda de nuevo, señalando que la audiencia ha terminado.

Zamir permanece unos segundos en el centro de la habitación, sintiendo el peso de cada alfombra persa, cada lámpara de cristal, como un reproche mudo.

Finalmente, sale en silencio, cerrando suavemente la puerta doble.

El eco del desprecio de Maximilian parece quedar atrapado en el amplio espacio, mezclándose con el aroma a whisky caro).

El Ferrari rojo carmesí se desliza suavemente hasta detenerse frente al complejo hospitalario.

Eliana apaga el motor y observa por un instante la fachada curva del edificio principal, donde la cruz roja brillaba bajo la luz matutina.

Las líneas fluidas del centro de salud contrastaban con el diseño agresivo de su automóvil, como dos manifestaciones distintas de excelencia: una de velocidad, otra de sanación.

Cruza el vestíbulo luminoso del edificio superior, donde la luz cálida del interior se funde con los reflejos en las superficies curvas de vidrio.

Toma el ascensor panorámico hasta su consultorio en la cuarta planta, donde la arquitectura vanguardista da paso a un espacio diseñado específicamente para calmar la ansiedad infantil.

Su oficina respira tranquilidad.

El azul pastel de las paredes, los arcos suaves, los dibujos de mariposas y el área de juegos con tubos de colores crean un microcosmos de calma dentro del complejo médico futurista.

Pero Elina no se detiene aquí.

Con un movimiento fluido, recoge su bolso médico y se dirige al baño privado adjunto a su consultorio.

En el baño, iluminado por la misma luz LED uniforme que el consultorio, Elina realiza la transformación.

Primero, el vestido elegante que llevaba para conducir se pliega cuidadosamente sobre el banco de madera.

Luego, aparecen las prendas púrpuras: los scrubs de tela suave pero resistente, con el emblema del Caduceo bordado discretamente sobre el pecho.

Se coloca el colgante en el bolsillo —un pequeño recuerdo de su primera graduación— antes de abrocharse el batín blanco impoluto sobre el uniforme.

Los accesorios van encontrando su lugar: el estetoscopio con tubo púrpura alrededor del cuello, el segundo (de repuesto) en el bolsillo del batín.

El reloj con detalles púrpura se ajusta a su muñeca izquierda.

Los guantes, la libreta, el termómetro digital, la identificación con su foto sonriente y título “Dra.

Elina Márquez, Pediatría Especializada”.

Por último, calza las zapatillas deportivas oscuras con reflejos púrpura —prácticas para las largas jornadas, pero con un toque de personalidad.

Antes de salir, se mira en el espejo.

La mujer que conducía un Ferrari se ha transformado en la médica que sostendrá manos pequeñas, escuchará latidos acelerados por el miedo, y explicará procedimientos con voz calmada.

Sus ojos reflejan la misma determinación, pero ahora suavizada por la compasión que requiere su vocación.

Al salir del baño, la luz natural de la ventana ilumina su figura blanca y púrpura.

Se acerca al escritorio ovalado, pasa los dedos sobre la superficie clara, y con una sonrisa suave, presiona el intercomunicador.

“Estoy lista para recibir al primer paciente”, dice, mientras el gran emblema del Caduceo en su mente deja de ser un símbolo decorativo para convertirse en la promesa que guiará su jornada: curar, consolar, cuidar.

Clara entra con paso rápido, su libreta abierta en una mano, la expresión entre preocupada y profesional.

Se detiene frente al escritorio ovalado donde Eliana ya está revisando su agenda digital.

“Eliana, llegó un niño de cuatro años con quemaduras de segundo grado en el antebrazo y mano derecha.

Su mamá dice que alcanzó el mango de la olla con agua hirviendo mientras ella descuidó un segundo.

Ya lo llevaron a la zona de curas, pero está muy asustado y la madre…

bueno, está destrozada.” Eliana asiente, su expresión se suaviza pero sus ojos reflejan inmediata concentración clínica.

Se levanta de su silla blanca, ajustando el estetoscopio púrpura.

“¿Tiempo desde la quemadura?” “Aproximadamente cuarenta minutos.

La madre aplicó agua fría de la llave inmediatamente, pero no tenía gasas estériles.” “Bien, eso ayuda.

¿Extensión estimada?” “Alrededor del 5% de superficie corporal, solo en miembro superior derecho.

No hay afectación facial ni de vías respiratorias.

El niño llora con fuerza, lo que es buena señal respiratoria, pero el dolor es evidente.” Mientras hablan, Eliana ya camina hacia la zona de curas, Clara a su lado.

El contraste entre la calma pastel del consultorio y la urgencia contenida de la situación es palpable.

“¿Ya pediste la evaluación de enfermería inicial?

¿Tetanos al día?” “Sí, enfermería ya lo registró, está estable hemodinámicamente.

Cartilla de vacunación completa, última dosis de tetanos hace un año.” “Vamos.

Y Clara…” La mira un momento, mientras pasan bajo el arco que lleva a las salas de exploración.

“Prepárame también el formulario de notificación para trabajo social.

Quemaduras en niños pequeños…

debemos asegurarnos de que fue un accidente y que tienen recursos para el cuidado posterior.” Clara asiente, anotando.

Ambas saben que detrás de cada lesión pediátrica hay capas: la física, la emocional, la familiar.

Al entrar en la sala de curas, iluminada con la misma luz LED uniforme pero más brillante aquí, Eliana ve al niño sentado en la camilla, envuelto en una manta ligera, su brazo lesionado apoyado sobre paños estériles.

Su llanto es entrecortado, de agotamiento y dolor.

La madre, de pie a su lado, tiene los ojos rojos y las manos temblorosas.

Eliana se acerca, pero no directamente al niño.

Primero se dirige a la madre, colocándose a su altura.

“Soy la doctora Eliana.

Usted hizo lo correcto con el agua fría inmediata.

Ahora vamos a cuidar a tu hijo, ¿de acuerdo?” La madre asiente, conteniendo lágrimas.

Luego, Eliana gira hacia el niño, bajando su altura.

Su voz cambia, se hace más melodiosa, pero no infantilizante.

“Hola, soy la doctora Eliana.

Veo que tu brazo te duele mucho.

Te voy a ayudar a que duela menos, ¿puedo verlo?” El niño la mira, con ojos grandes llenos de lágrimas, pero asiente levemente.

Eliana sonríe, mostrando su estetoscopio púrpura.

“Mira este tubo color uva.

Con él puedo escuchar cómo está tu corazón valiente.

¿Quieres oírlo tú primero?” La distracción táctil y sensorial comienza.

Mientras el niño se fija en el estetoscopio, sus dedos expertos ya están evaluando: quemaduras mixtas, algunas ampollas intactas, otras rotas, eritema circundante.

Quemadura de espesor parcial, dolorosa al tacto ligero —buen signo de que las terminaciones nerviosas están vivas.

“Clara”, dice sin dejar de sonreír al niño, “vamos a necesitar analgesia tópica primero, luego limpieza suave con solución salina.

Nada de hielo.

Y después, apósito de plata sulfadiazina y gasa no adherente.

¿Puedes preparar también algo de hidratación oral para él?” Mientras Clara se mueve eficientemente, Eliana mantiene el contacto visual con el niño, explicando cada paso en un lenguaje simple.

“Primero vamos a poner una crema mágica que enfría el fuego…

luego un abrazo de gasa suave para tu brazo…” La madre observa, y por primera vez desde que entró al hospital, sus hombros comienzan a descender de la tensión.

El ambiente de la sala —aunque estéril— no es frío; la iluminación cálida, las superficies curvas, incluso el tono púrpura del uniforme de Eliana, todo contribuye a un entorno menos intimidante.

Mientras Eliana inicia el cuidado minucioso de la quemadura, su mente ya está en los próximos pasos: control del dolor, prevención de infección, cuidado de las ampollas, instrucciones claras a la madre, seguimiento estrecho.

Y quizás, discretamente, una conversación con trabajo social para ofrecer apoyo en la prevención de accidentes domésticos.

Eliana y Clara caminaban de regreso hacia la oficina, pasando bajo el arco iluminado que conectaba la zona de curas con el consultorio.

El suave azul pastel de las paredes, las mariposas en el panel decorativo, todo contrastaba con la tensión que ahora cargaban sus hombros tras el tratamiento inicial del niño con quemaduras.

Fue entonces cuando Sofía, una enfermera de experiencia, llegó corriendo desde el pasillo de observación.

Su respiración era entrecortada, y en sus ojos había una alerta aguda, profesional, mezclada con genuina preocupación.

“Doctora Eliana”, dijo Sofía, bajando la voz pero con urgencia palpable.

“Es el niño, Alejandro.

El de las quemaduras.

Su papá acaba de llegar a la sala”.

Clara detuvo su libreta en el aire.

Eliana se quedó inmóvil, su batín blanco perfectamente quieto.

“Continue”, dijo Eliana, su voz serena pero firme.

“El hombre entró agitado, preguntando por qué habían llamado al trabajo social para ‘un simple accidente’.

Cuando vio las vendas, se acercó rápido a la cama.

El niño… Alejandro… se encogió.

Gritó.

No un grito de dolor, doctora.

Fue un grito de miedo.

Le gritó a su padre que se fuera, que no lo tocara”.

El aire en el pasillo pareció enfriarse.

La luz LED, tan uniforme y cálida minutos antes, ahora parecía demasiado clínica.

“La madre intentó calmar las cosas, dijo que el niño estaba asustado por el dolor.

Pero yo… yo estaba ajustando el suero”, continuó Sofía, acercándose un paso.

“Cuando el padre forcejeó con la madre para acercarse, la manga del niño se corrió un poco por el movimiento.

Y vi más.

Moretones en distintos estados de cicatrización.

Algunos amarillentos, viejos.

Otros más recientes.

Y cicatrices lineales, finas, en el antebrazo no quemado.

No son de caídas de juegos, doctora.

Los patrones no coinciden”.

Sofía hizo una pausa, tragando saliva.

“La quemadura… es demasiado nítida en sus bordes.

Demasiado localizada solo en la palma y el antebrazo derecho.

Como si… como si hubiera tenido que agarrar algo que le pusieron en la mano”.

El silencio que siguió fue denso.

Clara cerró los ojos un instante.

Elina no parpadeó.

Su mente, entrenada para conectar síntomas, comenzó a unir los puntos con fría y terrible lógica: · El relato inconsistente de la madre (un descuido de “un segundo” contra una quemadura por agua hirviendo que requiere contacto sostenido).

· La reacción de terror del niño ante la figura paterna.

· Las lesiones en distintas etapas de cicatrización —el sello del maltrato crónico.

· El patrón de la quemadura, que ahora, a la luz de esto, parecía menos accidental.

“¿Dónde está el padre ahora?”, preguntó Eliana, su tono bajo pero con una autoridad de acero.

“En la sala de espera, exigiendo hablar con la jefa.

La madre está con el niño, pero está nerviosísima.

Él le dijo que ‘arreglara’ la situación”.

Eliana intercambió una mirada con Clara.

No hacía falta hablar.

Los protocolos de protección infantil, que esperaban no tener que usar nunca, acababan de activarse.

“Clara”, dijo Eliana, girando sobre sus zapatillas púrpuras.

“Llama a Seguridad.

Que se queden cerca de la sala de observación, pero sin ser visibles.

Luego, a Trabajo Social, código azul infantil.

Y necesito a Javier, el pediatra forense, ahora.

Dile que es una evaluación de sospecha de maltrato físico con lesiones agudas y crónicas”.

Clara asintió y sacó su teléfono institucional, alejándose unos pasos.

Eliana se volvió hacia Sofía, la enfermera.

Puso una mano en su hombro.

“Gracias, Sofía.

Tu observación fue exacta y valiente.

Ahora, voy a necesitar que documentes todo lo que viste: los moretones, las cicatrices, la reacción del niño, las palabras exactas del padre.

Escribe el informe como si fuera a ser leído en un tribunal.

Porque quizás lo sea”.

Sofía asintió, profesional y decidida.

“Y ahora”, dijo Eliana, enderezando su batín blanco.

El Caduceo púrpura en su pecho parecía pesar más.

“Voy a examinar a Alejandro nuevamente.

Esta vez, no solo su quemadura”.

Su expresión era una máscara de calma profesional, pero por dentro, una furia fría y protectora hervía.

El Ferrari, la oficina elegante, los detalles pastel… todo desapareció.

Ahora era solo ella, una médica, frente a la posibilidad más oscura que su profesión puede revelar: que el hogar de un niño no es un lugar seguro.

“Nadie lo va a tocar sin mi permiso”, murmuró, más para sí misma que para las demás, mientras caminaba con paso decidido de regreso a la sala de curas.

Cada pisada resonaba con el peso de una nueva batalla: no solo por sanar una herida, sino por proteger una vida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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