JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 21
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21: La Tormenta del Alba 21: La Tormenta del Alba El Ferrari se deslizó silenciosamente hasta el garaje subterráneo, su rugido apagándose como el último suspiro del día.
Eliana subió por la escalera de mármol, sus pasos cansados resonando en la grandiosa entrada vacía.
La mansión, con sus techos altísimos y sus lámparas de cristal, se sentía más como un museo cerrado que como un hogar.
Pero su habitación, en el ala oeste, era su santuario personal.
Allí, entre tonos más suaves y recuerdos de su vida fuera de este palacio, se despojó de la armadura del día: el batín manchado, los scrubs púrpura, la identificación de la doctora.
Se vistió con un pijama de seda suave, color lavanda, un tacto amable contra su piel.
Bajó, descalza, sintiendo el frío del mármol pulido en sus plantas, hasta el comedor menor, una sala íntima (para los estándares de la mansión) con una mesa para seis y vistas al jardín nocturno.
Se sentó, acurrucándose en la silla, dejando que el silencio la envolviera.
No había esperado la procesión de siete tiempos.
Esperaba quizás un plato dejado por el servicio.
Lo que no esperaba ver fue a Zamir cruzando el umbral, trayendo consigo no la frialdad de la cocina-palacio, sino un aura de calor doméstico.
En sus manos llevaba una bandeja de madera rústica, un elemento discordante y perfecto.
Sobre ella, un cuenco humeante de cerámica artesanal con un guiso aromático que olía a jengibre, limón y algo reconfortante que no podía nombrar.
Un panecillo pequeño, aún tibio.
Un postre sencillo: una compota de frutos rojos con un poco de yogur.
Y una jarrita con lo que parecía una infusión de manzanilla y miel.
Lo colocó frente a ella con suavidad.
El aroma se elevó, envolviéndola, despertando un hambre que no sabía que tenía.
Eliana: (Mirando la comida, luego a él, con los ojos llenos de una gratitud profunda) “Zamir…
Esto…” Zamir: (Se sentó a su lado, sin tocar nada más) “Es solo comida.
Come.
Antes de que se enfríe el único plato que no tiene nombre en francés.” Ella tomó la cuchara.
El primer bocado fue una revelación.
No era complejo.
Era puro, directo, reconfortante.
Un abrazo por dentro.
Cerró los ojos un momento, saboreándolo, dejando que el calor se extendiera desde su estómago hasta sus miembros cansados.
Después de unos minutos de comer en silencio, su mirada vagó hacia la cabecera vacía de la mesa.
Eliana: “¿Dónde está mi papá?
Normalmente hace su aparición para la cena, aunque sea para criticar el menú.” Zamir: Su expresión se mantuvo neutral, pero hubo un leve parpadeo.
“Está en su habitacion .
Dijo que cenaría allí esta noche.” Eliana dejó la cuchara.
Conocía cada matiz de la voz de Zamir, cada silencio suyo.
Eliana: “¿Tuvieron una pelea?
En la cocina.” Zamir suspiró, suavemente.
No era un hombre para mentiras, menos con ella.
Zamir: “Un…
desacuerdo sobre filosofía culinaria.
Nada serio.
Él prefiere el oro en los platos.
Yo, en el corazón de quien los prepara.” Ella lo miró, leyendo entre líneas.
Vio la tensión residual en sus hombros, imaginó la escena: su padre, imponente y despectivo; Zamir, quieto como un roble.
Extendió su mano sobre la mesa y tomó la de él.
Su piel, áspera por el trabajo, era el ancla más real en ese mundo de superficies pulidas.
Eliana: (Su voz era suave, pero cargada de un ruego serio) “Zamir…
Por favor.
Intenta llevarte bien con él.
O al menos…
no peleen.
No constantemente.” Apretó su mano.
Eliana: “Él es…
difícil.
Lo sé mejor que nadie.
Arrogante, frío, controlador.
Pero es mi padre.
Y tú…
tú eres mi presente y mi futuro.
Los dos pedazos más importantes de mi vida.
Verlos chocar…
me parte por la mitad.
Me hace sentir que tengo que elegir entre el mundo de donde vengo y el mundo que elegí construir.” Zamir giró su mano para entrelazar sus dedos con los de ella.
Su mirada era profunda, llena de amor y de una pena comprensiva.
Zamir: “No quiero que te sientas así.
Nunca.
No tienes que elegir.
Yo te elegí a ti, a toda ti, que incluye tu pasado, por duro que sea.” Hizo una pausa, buscando las palabras.
“No busco pelea con él, Eliana.
Pero tampoco me voy a dejar pisotear, ni voy a fingir ser menos de lo que soy para ganarme su aprobación.
Porque si lo hiciera, no serías el hombre que amas.” Ella asintió, tragando un nudo de emoción.
Eliana: “Lo sé.
Y no quiero que cambies.
Solo…
paciencia.
Para mí.
Porque cada roce, cada palabra hiriente que crucen…
me duele a mí.
Aquí.” Se llevó su mano entrelazada a su pecho.
Zamir se inclinó y dejó un beso suave en sus nudillos.
Zamir: “Por ti, tendré toda la paciencia del mundo.
Evitaré la pelea.
Ignoraré el desdén.
Pero no renunciaré a cuidarte a mi manera, incluso si es desde la ‘estación de desecho’ de su cocina de oro.” Ella sonrió, una sonrisa triste pero amorosa.
Eliana: “Esta comida, hecha desde donde haya sido, es la mejor que he probado en mi vida.
Es mi casa.
Eres mi hogar.” Zamir le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
Zamir: “Entonces come.
Y descansa.
Hoy peleaste batallas más grandes.
Esta, la de la paz entre tu rey y tu cocinero, déjala para otro día.” Eliana asintió, retomando la cuchara.
Mientras comía, sosteniendo su mano, el peso del día pareció hacerse un poco más ligero.
La batalla en el hospital había terminado.
La guerra silenciosa en la mansión continuaba, pero por esa noche, había una tregua.
Una tregua forjada a base de un guiso humeante, una mano firme sostenida y el amor lo suficientemente fuerte como para intentar tender puentes sobre un abismo de orgullo.
Zamir dejó a Eliana descansando en el sofá de la sala íntima, una manta suave sobre sus piernas y una paz momentánea en su rostro.
La determinación de hacer algo más, de intentar un gesto que aliviara la tensión que tanto la angustiaba, lo llevó de regreso a la cocina palaciega, ahora silenciosa y vacía bajo la tenue luz de los candelabros.
Ignorando la estación de “desecho”, pero usando ingredientes sencillos que encontró a la mano —huevos, un poco de queso fresco, hierbas del jardín interior— preparó con manos seguras un soufflé salado, pequeño, esponjoso y de un aroma sutil.
No era un postre dulce y ostentoso; era una ofrenda de paz, ligera y cuidadosa.
Lo colocó en un plato simple de porcelana blanca, sin los dorados que abundaban, y subió las escaleras hacia las alas privadas de la mansión.
El estudio y la suite de Maximilian ocupaban todo el ala este.
Zamir llamó suavemente a la puerta tallada del dormitorio.
No hubo respuesta.
Tras un momento de duda, empujó la puerta, que cedió silenciosamente.
La habitación era una extensión de la oficina: oscura, con maderas nobles y tonos profundos, pero aquí había más silencio, más intimidad.
La luz provenía de una lámpara de lectura junto a una enorme cama.
Y el sonido del agua corriendo indicaba que el dueño de todo esto estaba en el baño adjunto.
Zamir decidió dejar el plato en la mesita de noche y retirarse.
Pero justo cuando iba a dar media vuelta, la puerta del baño se abrió.
Maximilian salió envuelto en una nube de vapor y el aroma acre de un jabón de cedro carísimo.
Sólo llevaba una bata de seda oscura, que colgaba abierta de sus hombros, atada flojamente en la cintura.
El vapor y el movimiento habían dejado la parte izquierda completamente abierta, revelando su torso delgado, pálido, la piel suave y algo flácida de un hombre que ya había pasado con creces la mediana edad.
En el centro del pecho, el pezón rosado y pálido del lado izquierdo quedaba expuesto, un detalle íntimo y vulnerable que chocaba violentamente con la imagen de poder absoluto que Maximilian proyectaba.
Zamir se quedó paralizado.
Un golpe seco de sorpresa —y de algo más, un reconocimiento involuntario de la humanidad desnuda y frágil bajo el caparazón del titán— le hizo tragar saliva con fuerza.
Desvió la mirada de inmediato, clavándola en la alfombra persa a sus pies, sintiendo un calor incómodo subir por su nuca.
Maximilian, por su parte, no pareció turbado.
Su expresión fue de fastidio al ver a Zamir invadiendo su espacio, seguida de un frío desdén al notar su incomodidad.
Con un movimiento lento, casi indolente, se ajustó la bata, cubriéndose, atando el cinturón con un nudo firme.
El momento de vulnerabilidad había pasado, sellado.
Maximilian: (Con voz ronca por el vapor) “¿Qué demonios haces aquí?” Zamir: (Alzó la vista, ya controlado, y señaló el plato en la mesita) “Le traje esto.
Como… muestra de disculpa.
Por la tensión antes.” Su voz era calmada, pero la formalidad era nueva.
“Es un soufflé salado.
Espero que le guste.” Maximilian se acercó, gotas de agua aún brillando en su pelo plateado recortado.
Miró el plato como si examinara una muestra de un insecto poco interesante.
Con un escepticismo palpable, tomó la pequeña cuchara de postre que lo acompañaba y tomó un bocado minúsculo.
Masticó lentamente, sus ojos grises evaluando no el sabor, sino la intención, la procedencia, el posible desdén oculto.
Pasaron unos segundos eternos.
Maximilian: (Finalmente, dejando la cuchara con un clic suave en el plato) “No está mal.
Es… comestible.” Era el elogio más mezquino y condescendiente posible.
Pero no era un insulto directo.
Para Maximilian, equivalía casi a una ovación.
Una sonrisa débil, disimulada, asomó a los labios de Zamir.
No era de triunfo, sino de alivio.
Había cruzado el campo minado y no había estallado.
Zamir: “Me alegra que le parezca aceptable.
Buenas noches, entonces.” Maximilian no respondió.
Solo hizo un gesto leve con la cabeza, un ademán de despedida que también era una orden de salida.
Zamir tomó el plato vacío —notando que, efectivamente, lo había comido todo— y salió de la habitación, cerrándo la puerta sin hacer ruido.
En el pasillo silencioso y alfombrado, respiró hondo.
El aire fresco le recordó lo sofocante que era el aura de aquel hombre.
Pero había hecho el gesto.
Por Eliana.
Y, quizás, en el silencio de su habitación, Maximilian habría registrado algo más que la simple “comestibilidad” de un soufflé.
Habría registrado el gesto de un hombre que no tenía miedo de acercarse a la guarida del león, no para desafiar, sino para tender un puente frágil, hecho de harina, huevos y una pizca de orgullo tragado.
Por esa noche, era suficiente.
A las 4:07 AM, el silencio de la mansión era absoluto, roto solo por el tenue tictac de un reloj de péndulo en algún pasillo lejano.
Zamir, con pantalones de jogging y una sudadera holgada, bajaba las escaleras principales descalzo, la madera pulida fría bajo sus pies.
Pensaba en preparar un café antes de que el mundo despertara, tal vez empezar un caldo para el día.
Al llegar al descansillo del primer piso, una figura inmóvil junto a las puertas de la entrada principal lo hizo detenerse en seco.
Era Maximilian.
Parado de espaldas, recortado contra los altos ventanales que dejaban entrar la luz azulada del alba, su silueta era una mancha de elegancia severa en la penumbra.
Vestía un abrigo largo, blanco impoluto, de un corte impecable que caía como una columna hasta cerca de sus tobillos.
Debajo, se adivinaba la rigidez de un traje negro formal, chaleco incluido, y los reflejos tenues de unos zapatos de charol.
Parecía listo para entrar en una junta directiva en el infierno, no para vagar por su casa a esta hora.
Zamir parpadeó, sorprendido.
“Maximilian?” La figura se volvió lentamente.
Bajo la luz baja, su rostro parecía más afilado, más pálido, los ojos grises como pedernales húmedos.
No mostró sorpresa al ver a Zamir.
Zamir: (Cruzando los brazos, una mezcla de curiosidad y genuina inquietud en su voz) “¿A dónde vas a estas horas?
Parece que vas a… no sé, a un entierro de gala o a invadir un país pequeño.” Maximilian: (Su voz era más áspera de lo habitual, cargada de una fatiga que no era física) “¿Acaso tengo que darle explicaciones de mis horarios a usted, Zamir?” El “usted” sonó deliberadamente frío y distante.
“No somos pareja.
No somos socios.
Usted es, en el mejor de los casos, el novio de mi hija.
El nuero, en términos provisionales y no del todo aceptados.
Mi agenda no es asunto suyo.” Zamir no se inmutó ante el desdén.
En lugar de eso, dio un paso adelante, su preocupación superando la formalidad.
Zamir: “Normalmente, no lo sería.
Pero son las cuatro de la mañana.
Y usted está vestido como para una cumbre internacional, no para dar un paseo.
Eso… preocupa.” Maximilian: Esbozó una sonrisa fría, sin humor.
“¿Le preocupa?
Conmovedor.
Pero innecesario.
Tengo negocios que atender en husos horarios menos convencionales.” Zamir: “¿Negocios que no pueden esperar a que amanezca?
¿O que no pueden hacerse por teléfono desde su oficina roja?” Hizo una pausa, mirándolo con intensidad.
“Es más.
Me preocupa a mí.
Y también le va a preocupar a Eliana cuando se despierte y vea que ha salido así, a esta hora, sin decir nada.
O peor, cuando reciba una llamada extraña.” El nombre de su hija hizo que algo se moviera tras la máscara de hielo de Maximilian.
Un leve parpadeo.
Un casi imperceptible apretón de la mandíbula.
Maximilian: “Eliana no necesita preocuparse.
Ella tiene suficientes problemas con sus pacientes destrozados.” Su tono fue un poco menos cortante.
Zamir: “Precisamente por eso.
Porque carga con el dolor de los demás todo el día.
El último dolor que necesita es el de preguntarse si su padre está bien, si le ha pasado algo, por qué anda en la oscuridad como un fantasma con abrigo blanco.” Hubo un silencio pesado.
Maximilian desvió la mirada hacia los ventanales, donde el cielo comenzaba a aclararse de un azul profundo a un gris pálido.
Maximilian: (Hablando más hacia la ventana que hacia Zamir) “Hay… asuntos pendientes.
Del caso de ayer.
De ese hombre, Miguel López.” Su voz bajó un tono.
“A veces, la justicia requiere vigilancia.
A veces, hay que asegurarse personalmente de que los engranajes no se atasquen.
De que ciertas personas comprendan la… permanencia de su nueva situación.” Zamir lo entendió de inmediato.
No eran “negocios”.
Era una continuación.
Una supervisión personal, obsesiva, de la venganza que había puesto en marcha.
Quizás una visita al juez, al fiscal, al director de la prisión a una hora intempestiva para reafirmar su voluntad.
Para verlo con sus propios ojos.
Zamir: (Suavizando su tono) “Entiendo.
Pero usted no es un sicario.
Es un hombre que puede mover montañas con una llamada.
Haga sus comprobaciones.
Pero hágalas como Maximilian, el magnate, no como un espectro que sale de noche.
Por ella.” Maximilian giró finalmente para mirarlo.
Esta vez, su mirada no era de desprecio, sino de un cansancio profundo y una evaluación renovada.
Maximilian: “Usted es… persistente.
E insoportablemente sensato a veces.” Suspiró, un sonido raro en él.
“Le diré a James que deje una nota para Eliana.
Que he salido temprano a una reunión ineludible en el aeropuerto.” No era la verdad completa, pero era una concesión.
Un cuidado hacia los sentimientos de su hija que Zamir había logrado extraer de él.
Zamir: Asintió.
“Es un buen comienzo.
¿Quiere que le prepare un café para el camino?
De la máquina, no del oro.” Por primera vez, algo parecido a un atisbo de algo no del todo hostil pasó por el rostro de Maximilian.
Maximilian: “No.
Tengo algo que hacer.” Se ajustó un guante de cuero negro que Zamir no había notado antes.
Luego, con una última mirada penetrante, añadió: “Cuide de ella.
Mientras yo… cuido de esto.” Y sin esperar respuesta, abrió la puerta principal.
Una bocanada de aire frío de la madrugada entró en la mansión, y la figura blanca y negra de Maximilian se desvaneció en la penumbra azul del amanecer, como un sueño severo que se esfuma.
Zamir se quedó mirando la puerta cerrada, con un sabor amargo y comprensivo en la boca.
El hombre era un torbellino de poder y obsesión, pero en esa última frase, había un reconocimiento extraño, casi una alianza: cada uno cuidaba de una parte de Eliana.
Zamir, de su corazón y su paz inmediata.
Maximilian, de las sombras que querían amenazarla.
Con un último suspiro, Zamir giró y se dirigió a la cocina.
El café podía esperar.
Ahora tenía que asegurarse de que la nota para Eliana estuviera realmente allí cuando ella bajara.
La luz de la mañana se colaba suave por las cortinas de seda, pintando rayas doradas sobre la cama.
Eliana se movió, su mano buscando inconscientemente el calor de Zamir junto a ella.
Lo encontró.
Pero su otra mano, al estirarse, tocó un papel grueso y liso sobre la mesita de noche.
Entreabrió los ojos, todavía envuelta en la neblina del sueño.
Leyó.
“Eliana, Reunión urgente de última hora en el aeropuerto con inversores asiáticos.
No podía posponerse.
Volveré esta noche.
– Padre.” La letra era la de James, su mayordomo, pero la firma, ese “Padre” seco y distante, era indudablemente de Maximilian.
Y la hora de escritura, registrada por el sistema de la casa en la esquina: 04:22 AM.
Todo el aire salió de sus pulmones.
La neblina del sueño se disipó de golpe, reemplazada por un frío instantáneo y una furia hirviente que la hizo sentarse de un salto en la cama.
Zamir, despertado por el movimiento brusco, abrió los ojos.
“¿Cariño?
¿Qué pasa?” Eliana no lo miró.
Sus ojos, ahora chips de hielo gris, estaban clavados en el papel, como si pudiera prenderle fuego con la mirada.
Su cuerpo temblaba, pero no de frío.
Era la tensión de una rabia contenida que estallaba.
Eliana: (Su voz era un susurro cargado de veneno) “¿Cuatro de la mañana?
¿Una reunión en el aeropuerto?” Zamir se incorporó, poniendo una mano cautelosa en su brazo.
“Eliana, escucha…” Ella se sacudió su mano como si fuera una araña.
Eliana: “¡Tú lo sabías!” Su voz estalló ahora, llenando la habitación.
“¡Lo viste!
¡Lo viste salir y no lo detuviste!
¡No llamaste a los guardias!
¡No me despertaste!” Se levantó de la cama, arrancando la nota y estrujándola en su puño.
Su figura, en camisón de seda, parecía vibrar con una energía violenta.
Zamir: (Levantándose también, intentando mantener la calma) “Eliana, por favor.
Él es un adulto.
No es un prisionero.
Tenía algo que atender, algo del caso de ayer, algo que creyó necesario…” Eliana: “¡No me interesa lo que él ‘creyó’!” gritó, girando para enfrentarlo.
Sus ojos estaban brillantes con lágrimas de furia y miedo.
“¡Salió a las cuatro de la mañana, vestido para una guerra, después de lo de ayer!
¡Después de amenazar a ese monstruo y poner en movimiento quién sabe qué!
¡Y ustedes lo dejaron ir!
¡Como si nada!
¡Como si mi padre no fuera a meterse en un hoyo del que quizás no pueda salir!” No esperó una respuesta.
Dio media vuelta y salió disparada de la habitación, bajando las escaleras principales a una velocidad peligrosa, descalza, con el camisón ondeando tras ella.
Zamir la siguió, llamándola.
“¡Eliana!
¡Para!” Pero ella no escuchaba.
La furia y el terror la impulsaban.
Llegó al gran vestíbulo de mármol, su voz, aguda y cargada de autoridad, resonó en la cúpula: “¡GUARDIAS!
¡AQUÍ!
¡AHORA!” El efecto fue instantáneo.
Del cuartel de seguridad adjunto a la mansión, cuatro guardias uniformados salieron corriendo, sus botas resonando contra el mármol.
Se alinearon frente a ella con precisión militar, sus expresiones profesionales, pero sus ojos mostraban confusión ante la escena: la heredera, en ropa de dormir, temblando de ira, con Zamir detrás de ella con el rostro tenso.
Eliana: (Respirando con dificultad, clavando su mirada en el capitán de la guardia) “¿Dónde está mi padre?
¿Quién lo dejó salir?
¿A qué hora registró la salida?” El capitán, un hombre experimentado, mantuvo la compostura.
“Señorita Eliana.
Su padre, el señor Maximilian, salió a las 04:19 horas por la puerta principal.
Su vehículo personal lo esperaba.
Según el protocolo para él, no requiere autorización para salidas.
Registramos la salida, pero no el destino.” Eliana: “¡El protocolo ha cambiado!” gritó, su voz quebrándose un poco.
“¡A partir de este momento, nadie sale de esta casa entre la medianoche y las seis de la mañana sin mi autorización personal!
¡Nadie!
¿Entendido?
¡Y mucho menos mi padre!” Los guardias intercambiaron miradas rápidas.
Era una orden directa, pero contradecía las órdenes explícitas del propio Maximilian.
Zamir se acercó, poniéndose a su lado, hablando en voz baja pero firme.
“Eliana, esto no es el modo.
Ellos solo cumplen órdenes.” Ella giró hacia él, y por primera vez, Zamir vio algo más que furia en sus ojos: un pánico desgarrador.
Eliana: (En un susurro áspero, solo para él) “¿Y si le pasa algo, Zamir?
¿Y si esa bestia, Miguel López, tiene amigos?
¿Y si mi padre fue a hacer algo… irreversible?
¡Lo dejaron ir solo!” Era ese miedo, el de la hija que ve a su padre poderoso volverse vulnerable en su obsesión, el que alimentaba la tormenta.
La nota era una mentira piadosa, y ella lo sabía.
Y la idea de que hubiera salido a completar su venganza en la oscuridad, expuesto, la aterraba más que cualquier amenaza de un extraño.
Ante los guardias inmóviles y el eco de sus gritos muriendo en el vestíbulo, Eliana se envolvió en sus propios brazos, la furia dando paso a un temblor de impotencia.
Había dado una orden, pero en el fondo, sabía que no podía encadenar a un titán.
Solo podía esperar, y temer, y rezar para que la justicia fría y calculada de su padre no se convirtiera, en la oscuridad del amanecer, en su propia tumba.
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