JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 22
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22: El Silencio que Habla 22: El Silencio que Habla El Ferrari rojo cortó el aire como un proyectil, seguido de cerca por dos SUV negros con los guardias.
Dentro del coche, la tensión era palpable.
Eliana conducía con una furia concentrada y precisa, sus nudillos blancos sobre el volante de cuero.
Zamir, a su lado, no decía nada, sabiendo que cualquier palabra podría ser la chispa.
Su presencia era un muro silencioso de apoyo.
Llegaron al aeropuerto privado en tiempo récord.
Eliana estacionó en una zona prohibida con un chirrido de neumáticos y salió del coche sin apagar el motor, su camisón de seda lavanda ondeando absurdamente bajo la chaqueta de cuero que se había echado encima a toda prisa.
Iba descalza.
Los guardias, al verla avanzar con esa determinación de vendaval, formaron un perímetro discreto a su alrededor, confundiendo a los escasos viajeros madrugadores.
No pasó por seguridad.
Su mera presencia, el aura de furia y los guardias a su espalda, abrieron pasos.
Se dirigió como un misil a la sala VIP más exclusiva, la que no aparecía en los mapas, reservada para quienes movían el mundo antes del amanecer.
Alcanzó las puertas de roble tallado.
Un mayordomo intentó detenerla con una sonrisa profesional.
“Señorita, esta sala es—” Ella lo apartó con un movimiento de su braño y empujó las puertas.
El interior era un oasis de silencio, alfombras gruesas, y la luz tenue del alba filtrándose por persianas de madera.
Y allí, en el centro de un grupo de sofés bajos, estaban ellos.
Maximilian, sentado con una rigidez que delataba horas de vigilia, pero impecable en su traje negro y su abrigo blanco ahora colgado cerca.
Frente a él, tomando un café expreso en una taza de porcelana fina, estaba Nelson.
Nelson era la elegancia personificada, pero de un estilo más continental y relajado que la severidad de Maximilian.
Llevaba un abrigo combinado magistral: una base negra ajustada sobre la que caía una larga capa exterior color camel que fluía hasta sus rodillas, con un corte impecable que hablaba de sastrería milanesa a medida.
Debajo, pantalones negros ajustados y zapatos de vestir pulidos como espejos.
Su pose era desenfadada, pero sus ojos, al alzarse hacia la puerta, eran tan agudos y calculadores como los de su amigo.
La escena era de negocios serios, silenciosos.
Hasta que irrumpió Eliana.
Se detuvo en medio de la sala, jadeando levemente, sus pies descalzos sobre la fría alfombra.
Todos los ojos en la sala—los de Maximilian, Nelson, y dos asistentes discretos—se clavaron en ella.
El contraste no podía ser más violento: la opulencia serena y controlada de la sala, los hombres en trajes de miles de dólares, y ella, en camisón, con el cabello revuelto, los ojos salvajes de preocupación y furia.
Maximilian se puso de pie lentamente, su rostro era una máscara de piedra, pero una línea de tensión recorría su mandíbula.
“Eliana,” dijo, su voz gélida.
“¿Qué significa esta pantomima?” Eliana: (Ignorando por completo a Nelson y a los demás, su voz temblaba pero era clara) “¿Una reunión urgente de inversores, papá?
¿A las cuatro de la mañana?
¿Aquí?” Su mirada recorrió la sala vacía excepto por ellos.
“¿Dónde están los asiáticos?
¿O eran fantasmas?” Nelson dejó su taza con suavidad, una ceja ligeramente arqueada.
Un espectáculo interesante.
Maximilian: “Los detalles de mis negocios no te incumben.
Y tu apariencia es…
indignante.
Vuelve a casa.
Ahora.” Eliana: Dio un paso adelante, desafiante.
“No.
No me iré hasta que me digas la verdad.
¿Viniste a encontrarte con él?” Finalmente miró a Nelson, reconociendo al poderoso lobo de las finanzas, al amigo de su padre que operaba en las sombras aún más profundas.
“¿Es esto sobre Gabriel López?
¿Viniste a asegurarte de que Nelson ‘mueva’ algo más?
¿Que el juez no se ablande, que el fiscal no dude?” Nelson esbozó una sonrisa mínima, casi de aprobación.
“Siempre tan perceptiva, querida Eliana.” Maximilian: (Su voz bajó a un tono peligroso) “Basta.
Esto no es lugar para tus histerias.” Eliana: “¡No es histeria, es miedo!” gritó, y la emoción cruda en su voz hizo que incluso Maximilian parpadeara.
“¡Temo que tu sed de hacer pagar a ese hombre te lleve a hacer algo de lo que no puedas volver!
¡Que salgas en la oscuridad, que te metas en aguas que ni siquiera tú controlas!
¡Lo vi anoche, papá!
¡Eras un fantasma con un abrigo blanco!
¡Y me aterra!” El silencio que siguió fue profundo.
Los asistentes de Nelson bajaron la mirada.
Los guardias de Eliana, en la puerta, se mantenían como estatuas.
Nelson se levantó, ajustando la solapa de su abrigo camel con una elegancia imperturbable.
“Max,” dijo suavemente, su voz un contrapunto melódico a la tensión, “la niña tiene un punto.
Aunque su método de entrega sea…
dramático.” Miró a Eliana.
“Tu padre y yo estábamos discutiendo precisamente la contención.
Cómo asegurar que un problema quede sellado de manera limpia, legal y permanente.
Sin espectros, sin salidas nocturnas.” Era una admisión velada, pero una admisión al fin.
No estaban planeando un asesinato, estaban tejiendo una red legal y financiera tan espesa que Gabriel López se ahogaría en ella sin hacer ruido.
Maximilian miró a su hija, realmente la miró.
Vio el camisón, los pies sucios, las lágrimas de rabia y miedo secándose en sus mejillas.
Vio, no a la doctora formidable, sino a su hija asustada.
Algo en su armadura de hielo se quebró, apenas una grieta.
“Eliana,” dijo, y su voz perdió algo de su filo.
“Nada de lo que temes va a pasar.
Estoy en control.
Nelson está aquí para asegurar que todo sea…
impecable.
Legal.
Aburrido, incluso.” Eliana: (Sacudió la cabeza, las lágrimas volviendo a brotar, pero ahora de alivio y agotamiento) “No me des notas, papá.
No me mientas.
Háblame.
Porque si algo te pasa…
no lo soportaría.” Maximilian contuvo el aliento.
Luego, con un gesto que era casi de derrota, asintió.
“De acuerdo.
No más notas.” Miró a Zamir, que había permanecido en segundo plano, observando.
“Y parece que ya tengo un centinela adicional que me delata.” Zamir no dijo nada, solo sostuvo su mirada.
Nelson: “Bueno, con este emotivo interludio, sugiero que continuemos nuestra aburrida conversación sobre fondos fiduciarios y apelaciones bloqueadas.
Eliana, querida, ¿puedo ofrecerte unas zapatillas?
El mármol del aeropuerto es frío.” La normalidad absurda de la oferta rompió la tensión final.
Eliana, de repente consciente de su estado, se ruborizó.
Maximilian exhaló, un sonido largo.
“Ve a casa, Eliana.
Vístete.
Cuida a tus pacientes.
Te…
llamaré más tarde.
Con la verdad.” Era la mayor concesión que podría hacer.
Ella lo sabía.
Con un último temblor, asintió.
Zamir se acercó y la envolvió suavemente con su chaqueta, guiándola hacia la salida.
Antes de salir, Eliana miró hacia atrás.
Su padre y Nelson ya volvían a sus asientos, dos titanes recomponiendo su aura de poder.
Pero por un instante, había visto detrás de la cortina.
Y él había visto su miedo.
Tal vez, solo tal vez, eso sería suficiente para mantenerlo a salvo.
El Ferrari avanzaba suave por la carretera vacía, el rugido del motor reducido a un murmullo contenido.
Dentro del habitáculo, el silencio era denso, casi sólido.
Eliana miraba por la ventana, las primeras luces del día tiñendo de naranja los edificios que pasaban.
Zamir conducía con una calma estudiada, sus manos firmes en el volante, respetando el espacio que ella necesitaba.
Ninguno dijo una palabra durante todo el trayecto.
No era un silencio de enfado, al menos no del todo.
Era el silencio de procesar, de digerir lo ocurrido: la furia, el miedo, la confrontación en la sala VIP, la imagen de su padre y Nelson conspirando en la penumbra del amanecer.
Las palabras, en ese momento, habrían sido ruido.
El Ferrari se deslizó hasta detenerse frente a la entrada principal de la mansión.
El motor se apagó con un suspiro mecánico.
Eliana abrió la puerta y sus pies descalzos tocaron el mármol frío de la escalinata.
No esperó.
Caminó hacia la puerta, donde James, el jefe de mayordomos, un hombre de sesenta años con porte inglés y lealtad inquebrantable a la familia, la esperaba con una bata de seda preparada sobre el brazo.
James: (Con suavidad, sin juzgar) “Señorita Eliana, tiene los pies helados.
Permítame…” Ella tomó la bata, pero no se la puso.
Sus ojos grises, ahora fríos y calculadores, se clavaron en los de James.
La doctora compasiva que había calmado a Alejandro había dado paso a la heredera del imperio, la hija del titán.
Eliana: (Voz baja, cortante, directa) “James.
Necesito que investigues todo sobre Nelson.
Todo.” El mayordomo no parpadeó.
Eliana: “No solo lo obvio.
No solo sus negocios públicos.
Quiero lo mínimo.
Lo que parece que no es interesante.
Sus movimientos de los últimos meses.
Con quién se reúne fuera de lo oficial.
Sus debilidades.
Sus miedos.
Sus silencios.” James asintió una sola vez, con la gravedad de quien ha recibido órdenes de esta naturaleza antes.
James: “Será investigado, señorita.
Con la máxima discreción.
¿Hay algún plazo?” Eliana: ” HOY ” Dio media vuelta, luego se detuvo.
“Y James…
nadie sabe de esto.
Ni mi padre.
Y menos Nelson.” James: “Por supuesto, señorita.
Solo usted y yo.” El mayordomo se inclinó levemente y se retiró, deslizándose hacia las profundidades de la mansión como una sombra eficiente.
Eliana se envolvió finalmente en la bata, sintiendo el calor suave de la seda.
Luego giró y vio a Zamir, apoyado contra el capó del Ferrari, observándola con una mezcla de orgullo y preocupación en sus ojos cansados.
No había juzgado la orden a James.
La entendía.
Ella caminó hacia él, acortando la distancia.
Frente a frente, alzó una mano y acarició su mejilla, sintiendo la sombra de barba crecida.
Eliana: (Su voz se suavizó, el hielo derritiéndose solo para él) “Amor.
Ve a descansar.
Mañana tienes trabajo en el restaurante.
Yo voy a esperar a mi papá.” Zamir giró ligeramente el rostro para besar la palma de su mano.
Luego negó con la cabeza, una sonrisa cansada en sus labios.
Zamir: “Ni lo sueñes.” Eliana: “Zamir…” Zamir: (La interrumpió suavemente, tomando su mano entre las suyas) “No voy a dejarte esperando sola, Eliana.
No después de esta noche.
No después de verte así.” Eliana: “Pero tu trabajo…” Zamir: “Mi trabajo puede esperar unas horas.
Mis socios saben cubrirme.
Pero tú…
tú no puedes esperar sola.
No hoy.” Ella lo miró, y en sus ojos grises, por primera vez en horas, apareció algo que no era furia, miedo o cálculo: era gratitud.
Y amor.
Un amor profundo por este hombre que no se intimidaba por su mundo, que no huía de sus tormentas, que simplemente se quedaba.
Eliana: “¿Vas a quedarte despierto conmigo en el frío de la entrada?” Zamir: “Me quedaré contigo donde sea.
En la entrada, en el salón, en la azotea mirando el horizonte.
Hasta que esa silueta blanca aparezca de nuevo.
Hasta que tu padre esté de vuelta.
Y entonces, los tres podremos dormir.” Eliana se inclinó y apoyó su frente contra la de él.
Cerró los ojos un momento, respirando su presencia, su calma.
Eliana: “Te amo, Zamir.” Zamir: “Lo sé.
Y yo a ti.
Vamos, señorita investigadora.
Prepararé un té mientras esperamos.
Tú siéntate y deja de planear la caída de imperios por diez minutos.” Ella soltó una risa breve, agotada, pero genuina.
Eliana: “Solo diez.” Zamir: (Guiándola hacia la puerta) “Es un comienzo.” Y juntos, cruzaron el umbral de la mansión, hacia la espera.
Hacia el té, hacia el silencio compartido, hacia la vigilia conjunta.
Dos personas de mundos distintos, unidas por el amor y la lealtad, esperando el regreso del titán que había salido a cazar monstruos en la oscuridad.
La mansión estaba en silencio.
Eliana y Zamir esperaban en el salón principal, dos tazas de té humeante olvidadas sobre la mesa de centro.
La luz del día ya llenaba la estancia, pero ninguno de los dos había intentado dormir.
El sonido de pasos firmes sobre el mármol anunció la llegada de James.
El mayordomo sostenía una carpeta de cuero negro, gruesa, con el sello discreto de la oficina de seguridad de la familia.
Se acercó a Eliana y se la entregó con una reverencia.
James: “Señorita Eliana.
Aquí está todo lo que me pidió sobre el señor Nelson.” Eliana tomó el archivo, sus dedos rozando el cuero frío.
James: (Continuando, con su voz profesional pero informativa) “Es un empresario de primer nivel, uno de los más exitosos del país.
Cuarenta y cinco años.
Único heredero de su familia, una fortuna bien establecida.
Sus negocios son…
limpios, hasta donde hemos podido ver.
Cuenta con conexiones extensas y amistades con gente muy importante en todos los ámbitos: político, financiero, incluso diplomático.” Hizo una pausa.
Eliana comenzó a hojear las primeras páginas: balances, propiedades, alianzas comerciales.
Todo impecable.
Demasiado impecable.
James: (Con un leve carraspeo) “Y también es…
un play boy, señorita.” Eliana detuvo el movimiento de sus manos.
Estaba pasando una hoja cuando la palabra la golpeó.
Se quedó quieta, la hoja a medio voltear, su mirada fija en el papel pero sin verlo.
Su frente se arrugó en una línea de confusión genuina.
Eliana: (Levantando la vista hacia James, luego hacia Zamir, luego de vuelta al archivo) “¿Qué significa…
‘play boy’?” No era una pregunta ingenua.
Era la pregunta de alguien que vive en un mundo de términos clínicos y legales, y que de repente se enfrenta a una categoría social que no encaja en su vocabulario habitual.
Zamir la miró.
Vio la confusión en sus ojos, la desconexión entre la gravedad del momento y la aparición de un término tan…
frívolo.
Una pequeña sonrisa, a pesar de todo, quiso asomarse a sus labios, pero la contuvo.
Aclaró su voz.
Zamir: (Con calma, como quien traduce un idioma extranjero) “Un playboy, amor, es un hombre…
generalmente rico y atractivo, que lleva una vida dedicada al placer.
A la diversión.
A las…
conquistas amorosas.” Hizo una pausa, eligiendo las palabras con cuidado.
“Frecuenta lugares exclusivos.
Es un seductor.
Tiene aventuras.
Muchas.
Sin compromiso.” Ella lo miró, procesando.
Zamir: (Continuando, casi didáctico) “También se les conoce como Donjuán, Casanova, mujeriego, ligón, vividor, galán, libertino…
O, en términos más elegantes, bon vivant.
Hombre de mundo.” El silencio que siguió fue eléctrico.
Eliana miró el archivo abierto en su regazo.
Luego, con una rapidez que sorprendió a ambos, golpeó el archivo contra la mesa de centro con tal fuerza que las tazas de té tintinearon y el líquido salpicó.
Eliana: (Su voz estalló, mezcla de incredulidad y furia) “¡¿Cómo es posible que mi papá tenga amistad con ese tipo de persona?!” Se levantó de un salto, comenzando a pasear por la sala, el archivo apretado contra su pecho como si fuera un objeto contaminado.
Eliana: “¡Mi padre!
¡El hombre que me enseñó que la disciplina lo es todo!
¡Que las distracciones son debilidades!
¡Que las relaciones superfluas son para los que no tienen ambición!
¡Y resulta que su mejor amigo, con quien conspira en aeropuertos a las cuatro de la mañana, es un…
un…!” Buscó la palabra, y encontró la más hiriente que conocía: “¡Un libertino!” Zamir se levantó también, acercándose con cautela.
James permanecía inmóvil, su rostro una máscara de neutralidad.
Zamir: “Eliana…
respira.
No es tan simple.” Eliana: (Girando hacia él, sus ojos grises lanzando chispas) “¿No es simple?
Mi padre, que nunca ha mirado a nadie dos veces, que considera el afecto una debilidad estratégica, tiene de confidente a un hombre que probablemente cambia de acompañante como de corbata!
¡Es una hipocresía!
¡Es…
es…” No encontraba la palabra.
La furia daba paso a una confusión más profunda, más personal.
¿Qué significaba eso sobre su padre?
¿Qué otras facetas ocultaba Maximilian tras esa fachada de hielo?
Zamir: (Suave, poniendo una mano en su brazo) “Significa que tu padre es más complejo de lo que crees.
Que quizás, en Nelson, encuentra algo que no tiene en su propia vida.
O que Nelson es útil precisamente porque opera en mundos donde tu padre no puede entrar.
Los playboys tienen contactos, Eliana.
Contactos en lugares que los hombres serios no frecuentan.
A veces, un libertino es la llave para puertas que un puritano no puede abrir.” Ella lo miró, procesando sus palabras.
La lógica de Zamir era sólida, como siempre.
Pero no calmaba la sensación de vértigo, de que el suelo bajo sus pies se había movido.
Eliana: (Dejándose caer de nuevo en el sofá, agotada) “No sé qué pensar.
Primero lo de anoche, las salidas a escondidas, las conspiraciones…
y ahora esto.
Nelson, el playboy.
¿Qué sigue?
¿Que mi papá tiene un hermano secreto?
¿Que en realidad es un espía internacional?” Zamir: Se sentó a su lado, rodeando sus hombros con un brazo.
“Lo que sigue es que esperemos a que vuelva.
Y entonces, tal vez, le preguntes.
O tal vez decidas que hay cosas de tu padre que es mejor no saber.
Pero una cosa es cierta.” Ella alzó la vista.
Zamir: “Pase lo que pase, él es tu padre.
Y tú lo amas.
Y él, a su manera retorcida y críptica, te ama a ti.
Eso no lo cambia un amigo mujeriego.” Eliana apoyó la cabeza en su hombro.
James, viendo que la tormenta había pasado, se retiró silenciosamente.
Eliana: (Murmurando) “Un playboy.
No me lo puedo creer.” Zamir: (Con una sonrisa en la voz) “Bueno, al menos ahora sabes por qué Nelson tiene esa ropa tan espectacular.
Hay que invertir en el uniforme, si el trabajo es la seducción.” Ella le dio un codazo suave, pero una risa pequeña, agotada, escapó de sus labios.
Eliana: “Eres terrible.” Zamir: “Pero tengo razón.” Y así, entre la confusión y el amor, siguieron esperando.
El salón había recuperado una calma tensa después del estallido de Eliana.
Ella permanecía sentada en el sofá, el archivo de Nelson aún abierto en su regazo, Zamir a su lado con el brazo protector alrededor de sus hombros.
James, el mayordomo, seguía de pie a una distancia respetuosa, esperando probablemente ser despedido.
Pero James no se fue.
En lugar de eso, se aclaró la garganta.
Un sonido suave, casi imperceptible, pero que en el silencio del salón sonó como un trueno.
James: (Con su tono profesional, pero con un dejo de…
¿incomodidad?
¿Precaución?) “Señorita Eliana…
hay un detalle adicional sobre el señor Nelson que quizás debería saber.” Eliana alzó la vista del archivo, sus ojos grises cansados pero alertas.
Zamir apretó levemente su hombro, un gesto de apoyo instintivo.
Eliana: “Dime, James.” James: (Hizo una pausa breve, como eligiendo las palabras exactas) “El señor Nelson…
es homosexual.
Sus parejas sentimentales y encuentros son, y han sido siempre, con hombres.” El tiempo se detuvo.
Eliana parpadeó una vez.
Dos veces.
La información entraba en su cerebro pero se negaba a procesarse, rebotando contra las paredes de su mente como una pelota de goma.
Eliana: (Su voz, cuando salió, era un susurro extraño, como si hablara desde muy lejos) “¿Qué…
qué dijiste?” James, imperturbable, repitió con la misma claridad: James: “El señor Nelson es homosexual.
Sus relaciones son con hombres.” El archivo cayó al suelo con un golpe sordo.
Eliana se levantó del sofá como impulsada por un resorte, sus ojos abiertos de par en par, el color abandonando su rostro.
Dio un paso atrás, luego otro, como si el suelo se hubiera vuelto inestable.
Eliana: (Su voz subió, un borde de pánico asomando) “¡¿Me estás diciendo…?!
¡¿Me estás diciendo que a mi papá…
que a mi papá también le gustan los hombres?!” Zamir se levantó de inmediato, acercándose a ella con las manos extendidas en un gesto calmante.
Zamir: “Eliana, cálmate.
Respira.
No sabemos nada de eso.” Ella giró hacia él, su mirada una tormenta de confusión y miedo.
Eliana: “¡Pero es su mejor amigo, Zamir!
¡El único amigo que tiene!
¡Siempre juntos!
¡Viajes, reuniones, cenas!
¡Nunca lo he visto salir con una mujer, ni siquiera por compromiso!” Zamir: (Mantuvo su voz calmada, firme) “Que Nelson sea homosexual no significa que tu padre lo sea.
La orientación sexual no es contagiosa, amor.
La gente tiene amigos de todo tipo, de todas las orientaciones.
Tú tienes amigos hetero, homosexuales, de todo.” Eliana: “¡Pero él nunca…!” Hizo un gesto amplio, buscando ejemplos, pruebas.
“¡Nunca ha mostrado interés por nadie!
¡Ni hombres, ni mujeres!
¡Solo negocios, poder, control!
¿Y ahora resulta que su única compañía constante es un hombre homosexual y atractivo?
¿Un play boy?
¿Y yo no debería preguntármelo?” Zamir la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo fijamente.
Zamir: “Eliana.
Escúchame.
Puede que tu padre sea muchas cosas: frío, distante, obsesionado con el control.
Puede que tenga secretos.
Pero una cosa es segura: si algo así fuera cierto, si él fuera homosexual, sería su decisión, su vida, su verdad.
No algo que debamos descubrir espiándolo con mayordomos y archivos.” Ella tragó saliva, su respiración agitada comenzando a calmarse por la fuerza de la presencia de Zamir.
Zamir: “Y otra cosa: ¿cuántas veces has visto a tu padre salir con alguien?
¿Con mujeres, específicamente?” Eliana se quedó en silencio, pensando.
Años de recuerdos desfilaron: cenas de empresa donde Maximilian era el anfitrión perfecto pero distante, eventos sociales donde bailaba lo indispensable y se retiraba, su madre muerta hacía tantos años que apenas recordaba su rostro…
Eliana: (Finalmente, con voz pequeña) “Nunca.
Nunca lo he visto con nadie.” Zamir: Asintió suavemente.
“Exacto.
Tu padre es frío, de carácter fuerte, y tiene una personalidad que, seamos honestos, intimida a casi todo el mundo.
Puede que la razón por la que no tiene pareja no sea su orientación sexual, sino que, simplemente, nadie lo soporta.” El impacto de la frase fue tan inesperado que Eliana soltó una carcajada.
Una risa nerviosa, liberadora, que rompió la tensión como un puñetazo en un cristal.
Eliana: (Entre risas y lágrimas) “¿Nadie lo soporta?
¡Dios mío, Zamir!
¡No puedes decir eso!” Zamir: (Sonriendo, abrazándola) “Es la verdad.
Tu padre es un hombre brillante, poderoso, exitoso…
y emocionalmente inaccesible como una fortaleza.
Puede que Nelson sea su amigo precisamente porque no espera nada romántico de él.
Porque Nelson tiene su propia vida, sus propias relaciones, y ve en Maximilian a un aliado, no a un amante.” Eliana se separó un poco, mirándolo con una mezcla de gratitud y asombro.
Eliana: “¿Cómo es que siempre sabes qué decir?” Zamir: Encogió un hombro.
“No lo sé.
Solo digo lo que pienso.
Y pienso que tu padre es un misterio, pero un misterio que te ama.
Eso es lo único que importa.” Ella suspiró profundamente, el peso de la noche y las revelaciones amenazando con derrumbarla.
Se volvió hacia James, que había permanecido como una estatua durante todo el intercambio.
Eliana: (Con voz más calmada) “James…
gracias por la información.
Pero a partir de ahora, las investigaciones sobre Nelson y sus preferencias…
se detienen.
Esto es asunto de mi padre, no mío.” James inclinó la cabeza.
James: “Como usted ordene, señorita.
¿Desea que archive el expediente?” Eliana: Miró el archivo caído en el suelo.
“Quémalo.” James asintió, recogió la carpeta sin una palabra, y se retiró con su elegancia silenciosa.
Eliana volvió a sentarse en el sofá, agotada.
Zamir se sentó a su lado, tomando su mano.
Eliana: “Mi vida es un caos.
Tengo pacientes quemados, padres maltratadores, un padre que conspira en aeropuertos, un amigo playboy homosexual, y yo…
yo solo quiero que todo esto termine.” Zamir: Besó su mano.
“Terminará.
Y cuando termine, estaremos aquí.
Tú y yo.
Y quizás, solo quizás, tu padre y Nelson también, tomando té y hablando de negocios aburridos.” Eliana: (Con una sonrisa débil) “No toman té.
Toman whisky.” Zamir: “Whisky, entonces.
Y Nelson probablemente con un traje espectacular.” Ella rio suavemente, apoyando la cabeza en su hombro.
Eliana: “Te amo.” Zamir: “Lo sé.
Y yo a ti.
Ahora, descansa un poco.
Tu padre volverá.
Y cuando lo haga, estarás aquí para recibirlo, con preguntas o sin ellas.” Y en la calma del salón, mientras el sol subía definitivamente sobre la mansión, Eliana cerró los ojos, dejando que el cansancio y la presencia de Zamir la envolvieran.
Las preguntas sobre su padre, sobre Nelson, sobre lo que ocurría en las sombras del poder, tendrían que esperar.
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