JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 3
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3: Refugió 3: Refugió La sirvienta, una silueta discreta en el umbral del ahora vacío y resonante comedor, se inclinó en una reverencia perfecta.
“Jefe, su auto está listo.” La voz, neutra y clara, cortó el denso silencioso que Eliana había dejado a su paso.
Maximilian no respondió de inmediato.
Permaneció sentado un momento más, los dedos de una mano acariciando ligeramente el frío filo de su tenedor de plata, la mirada perdida en el lugar donde su hija había estado sentada, como si aún pudiera ver el fantasma de su desafío.
Luego, con un movimiento fluido que era pura voluntad, se puso de pie.
El peso del abrigo verde musgo cayó sobre sus hombros con autoridad.
No miró atrás.
Caminó por el largo comedor, sus pasos firmes en el mármol, cada eco un recordatorio de su soledad autoimpuesta.
Cruzó el gran salón, donde las sirvientas se congelaban en sus tareas al verlo pasar, y salió por la puerta principal.
Afuera, la mañana era fría y límpida.
Esperándolo, pulcramente alineado en la amplia rotonda de entrada frente a la fuente, estaba su automóvil: un Bentley Flying Spur negro azabache, tan impoluto y silencioso como un fragmento de la noche.
El chófer, igual de impecable, sostenía abierta la puerta trasera.
Maximilian se deslizó en el interior, un refugio de cuero Connolly y madera de raíz de nogal.
La puerta se cerró con un suave clunk que aisló todo ruido exterior.
Un gesto leve, y el auto partió en silencio eléctrico, descendiendo por el largo y sinuoso camino arbolado que separaba la mansión del mundo.
El trayecto fue una procesión a través de los distintos estratos de la ciudad, desde la opulencia serena de las propiedades privadas hasta el vibrante distrito financiero.
Y allí, en la ribera del río, se alzaba su destino: THE ICON.
El edificio era su declaración de principios en acero y cristal.
Una esbelta torre que capturaba la “hora azul” del amanecer, sus fachadas de vidrio oscuro reflejaban el cielo teñido de añil y naranja.
Las líneas de luz LED blancas, horizontales y precisas, demarcaban cada piso como los anillos de crecimiento de un árbol de poder.
En un flanco, una gigantesca pantalla LED curva, su vena digital, mostraba un flujo hipnótico de datos bursátiles, logotipos de sus empresas y abstractas obras de arte digital, bañando la acera de abajo en una luz caleidoscópica.
El Bentley se detuvo sin un sonido frente a la entrada principal.
Abajo, el local de la planta baja, THE ICONIC COMPANY, brillaba con una luz cálida, un santuario de consumo exclusivo que él rara vez pisaba.
Su reino estaba más arriba.
Antes de salir, Maximilian miró, a través del cristal tintado, la imponente fachada de su creación.
Aquí, entre estas líneas limpias y este hormigón, el mundo se doblegaba a su lógica.
Aquí no había placebos emocionales, ni rebeliones sentimentales, ni “chicos pobres” que cuestionaran su orden.
Aquí solo había números, estrategias, adquisiciones y poder.
Un poder que, por más que lo desplegara, no había podido comprar la sumisión de su hija, ni llenar el vacío de la suite de madera oscura en el ala oeste.
Con un rostro convertido otra vez en la máscara imperturbable del magnate, Maximilian Beauvoir salió del auto y entró en THE ICON, desapareciendo en el vientre luminoso y frío de su propio icono, dejando atrás, en la mansión de columnas neoclásicas, los ecos de un desayuno que había sabido a derrota para todos los que se sentaron a la mesa.
El vestíbulo de THE ICON recibió a Maximilian con el silencio reverencial de una catedral secular.
El mármol del suelo, un ajedrez de blanco y negro con vetas doradas, reflejaba la luz ambiental como un lago quieto.
Sus pasos, ahora amortiguados por la alfombra central, eran el único sonido.
No necesitaba dar instrucciones.
Todo, desde la recepcionista que inclinaba la cabeza con sincronización perfecta hasta la seguridad que se enderezaba al verlo, estaba coreografiado alrededor de su presencia.
Su destino era claro: el ascensor panorámico circular, una joyería de cristal y bronce en el corazón del atrio.
Las puertas, como si lo reconocieran, se deslizaron abiertas sin un sonido.
Dentro, el aire olía a cobre pulido y aire filtrado.
Los paneles de control, con sus botones iluminados de un azul suave y la disposición circular que parecía un instrumento de navegación de una nave espacial de lujo, aguardaban su toque.
Presionó el botón del piso más alto, el único marcado con un rombo de diamante en lugar de un número.
El ascensor ascendió con una fluidez absoluta, sin la más mínima vibración.
A través de las paredes de cristal, la ciudad se desplegaba como un mapa de su dominio: el río serpenteante, los rascacielos rivales que parecían más pequeños desde aquí, la mansión en la colina, ahora solo un punto pálido entre la vegetación.
El ascenso era una afirmación silenciosa.
Cada metro que ganaba en altura era un metro más de distancia de los problemas terrenales, de las discusiones domésticas, de la mirada desafiante de su hija.
Las puertas se abrieron directamente a su santuario.
No había un recibidor; el ascensor daba acceso inmediato a la oficina del CEO.
El impacto era calculado y abrumador.
El mundo exterior, de vidrio y acero, era reemplazado por un cosmos de rojo oscuro y oro.
No era el rojo pasión de Eliana, sino un rojo profundo, sanguíneo, casi marrón a la luz tenue, el color de los vinos añejos y el poder absoluto.
Se extendía por los paneles de pared lacados, inundaba la inmensa alfombra de pelo largo, y tapizaba el trono ejecutivo y los sofás de líneas afiladas.
El dorado no era un acento; era la arquitectura misma.
Enmarcaba los ventanales del piso al techo, formaba las vigas estructurales del techo de donde colgaba una araña de cristal y oro, y brillaba en las gigantescas letras “CEO” que dominaban la pared principal, justo detrás del imponente escritorio.
Incluso la luz, filtrada por las persianas venecianas doradas, parecía teñirse de ese tono metálico y cálido.
Maximilian atravesó la sala, su abrigo verde musgo siendo la única nota discordante en este mar de rojo imperial.
Dejó el abrigo cuidadosamente sobre uno de los sofás.
Se dirigió a su escritorio, una fortaleza de rojo lacado con bordes dorados, y se sentó en la silla ejecutiva.
Desde aquí, el mundo a través de los ventanales parecía ordenado, manejable, distante.
Por un momento, solo hubo silencio.
El silencio del poder.
El silencio de una jaula auto-diseñada, tan opulenta como la de su casa, pero aquí, el ocupante era también el carcelero.
Sus ojos recorrieron las letras doradas “CEO”.
Eran su identidad, su logro, su armadura.
Pero esta mañana, tras el enfrentamiento con Eliana, por primera vez quizás, también le parecieron un epitafio grabado en oro.
Un recordatorio de todo lo que había construido y, irónicamente, de todo lo que ese mismo edificio le impedía alcanzar: el corazón de su única hija.
Extendió una mano y tocó un intercomunicador discreto en el escritorio.
“Traiga el informe de fusiones del trimeste de Europa del Este”, dijo, su voz recuperando su tono habitual, seco y autoritario.
“Y que no me interrumpan durante la siguiente hora.” La orden fue su manera de clavar la bandera en este nuevo día.
Aquí, en el trono de rojo y oro, Maximilian Beauvoir podía gobernar imperios.
Aquí, al menos, las cosas sí obedecían.
(La puerta de la oficina, una losa de roble oscuro casi invisible en el panel rojo, se abre sin un ruido.
Entra el secretario, Alistair Reed.
Viste un traje gris perla impecable, lleva una tablet de titanio y una carpeta de cuero negro con el sello en relieve de THE ICON.
Su movimiento es eficiente, su expresión, de respetuosa neutralidad absoluta.
Se detiene a una distancia precisa frente al escritorio.) Alistair: Señor Beauvoir.
El informe consolidado de las operaciones de Europa del Este, como solicitó.
(Coloca la carpeta sobre el escritorio, justo al lado de un reloj de mesa Breguet).
Maximilian: (Sin mirarlo, hojea rápidamente la primera página) Hábleme.
Empiece por la adquisición en Praga.
Alistair: (Ajusta ligeramente el lente de sus gafas de carey.
Su voz es clara, monocorde, sin inflexiones emocionales).
La adquisición de KrystalTech se formalizó el martes pasado, a las 15:47 hora local.
Precio final: un 8.3% por debajo de nuestra oferta inicial, debido a la…
presión regulatoria que nuestro equipo legal aplicó sobre los dueños anteriores por los incidentes de filtración de datos del año pasado.
La integración de sus 347 empleados comenzará el lunes; hemos identificado 42 posiciones redundantes, principalmente en contabilidad media y recursos humanos.
El costo de los despidos está dentro del presupuesto proyectado, con un ahorro neto estimado para el primer trimestre del próximo año.
Maximilian: (Asiente, casi imperceptiblemente.
Sigue pasando páginas) Los activos de hardware.
Alistair: Todos los servidores de KrystalTech han sido auditados.
El 60% es obsoleto y será subastado a empresas de reciclaje especializadas en Estonia.
El 40% restante, los modelos de gama alta, serán reubicados en nuestro centro de datos en Varsovia.
El traslado está programado para la próxima luna llena, para minimizar el riesgo de interferencias durante el transporte nocturno, como establece el protocolo.
Maximilian: El director financiero local.
Novak.
Alistair: El señor Petr Novak ha presentado su renuncia, efectiva en dos semanas.
Nuestra investigación interna confirmó que estaba negociando un “puente” de información con Synergy Group antes de la adquisición.
Hemos preparado el paquete de despido sin compensación adicional y hemos iniciado los procedimientos legales por incumplimiento de confidencialidad.
Su sustituto, Anya Kowalski, ya está en Praga.
Sus credenciales están en el anexo D.
(Señala un punto en la carpeta con la punta de un bolígrafo de plata que saca de su bolsillo).
Maximilian: (Sus ojos, fríos y analíticos, escanean una gráfica de proyección de ingresos) Esta curva del cuarto trimestre es optimista.
Basada en el mercado actual de ciberseguridad en la región, es insostenible.
Alistair: Correcto, señor.
El equipo de análisis adjuntó una nota al pie en la página 22.
La proyección original no tuvo en cuenta la nueva legislación tributaria que el parlamento rumano aprobará, con un 97% de probabilidad, en noviembre.
He pedido al departamento que recalcule con tres escenarios: conservador, moderado y agresivo, considerando esa variable y la posible reacción de nuestros competidores directos, Valkyrie Dynamics y Cerberus Ltd.
Los nuevos números estarán en su bandeja virtual a las 18:00 horas.
Maximilian: (Cierra la carpeta de golpe seco.
Finalmente mira a Alistair).
¿Y el asunto “delicado” con el ministro de Industria en Budapest?
Alistair: (Su compostela no se altera, pero baja la voz un quinto de tono).
El paquete de incentivos fue entregado a través del canal acordado, la galería de arte del señor Varady.
La recepción fue confirmada.
A cambio, hemos recibido garantías, no escritas pero firmes, de que nuestra solicitud de permisos de ampliación para la planta de manufactura será la próxima en la agenda, saltándose la lista de espera habitual de seis meses.
El tiempo estimado de aprobación: dos semanas.
La contabilidad para ese…
item…
está dispersa en tres proyectos filantrópicos distintos en nuestros libros, como se especificó.
Maximilian: (Una esquina de su boca se tensa, lo más parecido a una sonrisa que Alistair verá hoy).
Bien.
Esté pendiente de cualquier movimiento de Cerberus Ltd.
en la región.
Quiero un informe diario.
Alistair: Por supuesto, señor.
(Hace una pausa mínima).
Hay un punto más.
La fundación.
La solicitud de patrocinio para el nuevo ala del hospital infantil de Viena.
Su secretaria personal la ha marcado como “pendiente de su firma personal” durante tres semanas.
Requiere una decisión antes del viernes para cumplir con el plazo fiscal.
Maximilian: (Un destello de fastidio, quizás por la intrusión de algo que no sean números y estrategias).
Déjela en la pila.
Ahora, salga.
Alistair: (Inclina la cabeza en un ángulo exacto de quince grados).
Señor.
(Gira sobre sus talones y sale con la misma precisión silenciosa con la que entró.
La puerta se cierra, dejando a Maximilian solo de nuevo en su fortaleza roja y dorada.
Extiende la mano y toca la pantalla táctil de su escritorio.
Un mapa de Europa del Este se despliega, lleno de iconos luminosos que representan sus activos, sus conquistas, sus movimientos.
Todo bajo control.
Todo medido, calculado, dominado.
Un universo de cifras y transacciones donde él era la ley absoluta.
Un refugio perfecto de la caótica e impredecible guerra del corazón.) (La oficina de Maximilian cambia bruscamente.
Él está de pie frente al ventanal, una copa de vino tinto oscuro, casi del color de las paredes, en su mano.
La ciudad, ahora bañada por la luz más clara del día, se extiende ante él como un circuito impreso de su dominio.
El silencio es profundo, roto solo por el casi imperceptible zumbido del sistema de climatización.) (La puerta, que solo Alistair había cruzado con permiso, se abre sin el anuncio de un timbre o un golpe.
Y entra Nelson.) Su presencia es un contraste calculado en la habitación de rojo y oro.
No es rudeza, es una elegancia afilada y moderna.
Su traje azul marino intenso es una declaración contra el rojo oscuro; la pajarita negra y el broche plateado en la solapa son detalles de un dandi contemporáneo.
Sus gafas redondas reflejan por un instante la luz de la araña, ocultando sus ojos.
Se mueve con la seguridad silenciosa de un gato, cruzando la alfombra roja sin hacer ruido.
Maximilian no se da la vuelta.
Sabe quién es.
Sólo un puñado de personas tienen acceso directo a este sanctasanctórum, y Nelson es una de ellas, por razones que ahora parecen un error estratégico.
Nelson se acerca por detrás, sin prisa.
Sus brazos, fuertes bajo la tela del traje, rodean el torso de Maximilian desde atrás en un abrazo que es a la vez posesivo y sugerente.
Inclina la cabeza y deposita un beso suave, luego más firme, en la nuca expuesta de Maximilian, justo donde el cuello se encuentra con el pelo plateado recogido.
Al mismo tiempo, presiona su cuerpo contra él, frotando su entrepierna contra el trasero de Maximilian con un movimiento lento, provocador.
(Maximilian no se estremece.
No se tensa de manera evidente.
Simplemente, lleva la copa de vino a sus labios y toma un sorbo largo, contemplando el horizonte como si la escena ocurriera en otra habitación, con otra persona.) Maximilian: (Su voz es plana, fría, como el cristal de la ventana) Nelson.
Ya basta.
Te dije que no me gustan los hombres.
Nelson: (No se desanima.
Sus labios continúan trazando una línea de besos por el cuello de Maximilian, mientras sus manos bajan para acariciar su abdomen plano a través de la fina camisa negra.
Susurra contra su piel, su voz es suave, persuasiva) No te he visto mirar siquiera a una mujer desde que tu… ¿qué era?
¿Tu “amor sincero y puro” se fue?
Hace años, Maximilian.
Años de esta fría abstinencia.
(Aplica más presión con sus caderas).
Déjame mostrarte que el placer… la conexión… entre hombres también puede ser intensa.
Sofisticada.
Sin el drama sentimental que tanto detestas.
(Maximilian, con una calma que es más poderosa que cualquier empujón violento, se libera del abrazo.
No es un movimiento brusco, sino un apartarse firme e irreversible, como retirar una pieza de un tablero.
Camina de vuelta a su escritorio y se sienta en el trono ejecutivo.
Coloca la copa sobre el escritorio con un golpe seco que resuena en el silencio.) Maximilian: (Lo mira directamente ahora.
Sus ojos grises no muestran ira, ni deseo, ni siquiera disgusto.
Solo un agotamiento profundo y una determinación final) Ya dije no.
No me interesa.
No es una cuestión de género, Nelson.
Es una cuestión de… interés.
(Hace una pausa, escogiendo sus palabras como si fueran cláusulas de un contrato).
Busca a alguien más.
Alguien cuyo apetito coincida con el tuyo.
El mío está en otras partes.
O en ninguna.
Nelson: (Se queda de pie frente al escritorio, su pose elegante ahora parece ligeramente desafiante, una sonrisa tensa en sus labios.
Ajusta el broche de su solapa, un gesto nervioso que delata la rechazo).
¿En otras partes?
¿O simplemente lo has enterrado todo junto a tu matrimonio?
Cuidado, Maximilian.
Hasta el acero más duro puede oxidarse por falta de uso.
Maximilian: (Alza una mano, un gesto de despido definitivo) La reunión ha terminado, Nelson.
Y este tema también.
No lo vuelvas a ebtrar a esta oficina.
Usa la puerta por la que entraste.
(Nelson lo observa por un momento más, la luz del dorado de la oficina jugando en sus gafas redondas.
Luego, con un suspiro casi inaudible que no es de derrota, sino de frustración calculada, asiente con la cabeza.) Nelson: Como ordene el CEO.
(Hay un deje de sarcasmo apenas perceptible en el título).
Pero recuerda, hasta los iconos… necesitan algo más que admirarse a sí mismos en el reflejo.
(Gira y sale, dejando la puerta entreabierta.
Maximilian no se mueve.
Mira su copa de vino, luego mira la ciudad, luego cierra los ojos.
La invasión de Nelson, su provocación, no ha despertado deseo, sino que ha excavado en un vacío más profundo.
No es el rechazo a un hombre lo que lo define, sino el rechazo a cualquier intimidad.
Un muro que ha construido ladrillo a ladrillo, y que ahora, en la cúspide de su poder, siente más alto, más frío y más solitario que nunca.
La rosa de plata en su solapa, aquí en la oficina roja, parece brillar con una luz propia, fría y distante, como la luna sobre un paisaje desolado.) El aire frío de la mañana fuera de la mansión le dio una falsa sensación de libertad.
Zamir caminó con paso rápido y decidido, alejándose del peso monumental de las columnas y los jardines geométricos, adentrándose en las calles laterales donde la ciudad respiraba con otro ritmo, más lento, más humano.
El contraste era brutal: de los mármoles pulidos al concreto gris de la acera, del silencio opresivo al murmullo del tráfico distante.
Llegó al paradero, un simple poste con un letrero desgastado, y esperó entre gente que iba a trabajos de oficina, a fábricas, a tiendas.
El bus, pintado de colores chillones y con el escape humeante, se detuvo con un chirrido.
Subió, pagó su pasaje y se acomodó junto a una ventana, observando cómo los barrios se transformaban.
Los lujosos condominios daban paso a casas más modestas, luego a pequeños comercios apiñados, a mercados callejeros que empezaban a armar sus puestos.
Aquí, el aire olía a diesel, a comida frita, a vida real.
Su destino no era glamoroso.
Bajó frente a una hilera de locales con toldos descoloridos.
Ahí estaba: el restaurante tailandés “Sawasdee”, su refugio.
La fachada de madera oscura, envejecida por el sol y la lluvia, tenía un letrero rojo con caracteres dorados tailandeses que desentonaban alegremente con el anuncio de Pepsi en la puerta.
Unas pocas mesitas de madera vacías en la plataforma exterior esperaban clientes que rara vez se sentaban ahí.
Al entrar, una campanilla tintineó sobre la puerta, anunciando su llegada.
El interior era un mundo de calor y madera.
Las paredes, forradas en paneles de pino claro, estaban cubiertas con pósters descoloridos de playas tailandesas, calendarios de años pasados y un mapa antiguo de Bangkok.
El olor era embriagador y familiar: una mezcla profunda de galangal, lemongrass, salsa de pescado y el dulce aroma del arroz con leche que la dueña, la señora Chompoo, preparaba cada mañana.
Era temprano, así que solo había un par de clientes: un hombre mayor leyendo el periódico frente a un bol de kuay teow, y una pareja de turistas estudiando el menú con curiosidad.
El sonido de un wok chocando contra la estufa de gas venía de la cocina abierta al fondo, junto con la voz animada de la señora Chompoo dando instrucciones en tailandés.
Zamir se dirigió directamente hacia la parte trasera, pasando frente a la pequeña tienda de abarrotes donde se vendían desde latas de leche de coco hasta amuletos de la suerte.
Saludó con la cabeza a la hija de la señora Chompoo, que atendía la caja registradora, y empujó la puerta de vaivén que conducía a la cocina.
El calor aquí era de otro nivel.
El vapor, los aceites aromáticos y el humo del wok llenaban el espacio estrecho pero impecablemente organizado.
En las paredes, ollas y cuchillos brillaban bajo la luz fluorescente.
Esta era su arena.
Aquí, las palabras de Maximilian, el peso del apellido Beauvoir, la vastedad de la mansión, se desvanecían.
Aquí, no era el “chico pobre”, el “guijarro”.
Era Zamir, el cocinero de manos hábiles, el que sabía el punto exacto de salteado del pad kra pao, el que podía balancear los cinco sabores en un tom yum que hacía cerrar los ojos de placer a los comensales.
Se ató un delantal limpio, lavándose las manos con la meticulosidad de un cirujano.
Por un momento, miró los ingredientes frescos alineados en la mesa: los chiles rojos y verdes, los dientes de ajo, las hierbas.
Aquí, su talento no era cuestionado; era necesario.
Era real.
Respiró hondo, el aroma a hierba limón y cilantro limpiando por un momento el sabor amargo del desayuno.
Aquí, al menos, podía construir algo.
Un plato.
Un sabor.
Un momento de auténtico placer para alguien.
Era poco, quizás, frente al imperio de Maximilian.
Pero era suyo.
Y por ahora, era el único territorio donde podía pararse y decir, sin que nadie lo negara, que tenía valor.
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