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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 32

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Capítulo 32: La Noche en la Discoteca

La habitación del hotel se había transformado en un hervidero silencioso de preparativos. El sol ya se había puesto tras las ventanas empañadas por el frío, y las luces de Moscú parpadeaban en la distancia como un mar de estrellas caídas. Zamir estaba sentado en el borde de la cama, recién salido de la ducha, con el cabello aún húmedo y una toalla alrededor del cuello. Observaba a Maximilian moverse por la habitación con esa eficiencia que lo caracterizaba, cada gesto medido, cada prenda elegida con una precisión que parecía quirúrgica.

Maximilian se había colocado frente al espejo del vestidor, y Zamir no podía apartar la vista.

La camisa blanca que llevaba era de un algodón tan fino que parecía líquido, y la llevaba abierta en el cuello, creando un escote en V pronunciado que dejaba ver la prenda negra de cuello alto que asomaba debajo. El contraste era impactante: lo blanco, puro, casi luminoso, contra lo negro, profundo, contenido. Las mangas, ligeramente arremangadas, dejaban ver sus antebrazos, y Zamir se sorprendió mirando las venas que marcaban su piel, las manos que había visto cerrar tratos y también, en la madrugada, buscar las suyas bajo las sábanas.

Los pantalones negros eran de corte ancho, con pliegues en la parte delantera que caían con una elegancia fluida, y un cinturón negro con hebilla plateada marcaba su cintura con un toque pulido. Las botas Chelsea negras, de ante mate, completaban un conjunto que era a la vez formal y contemporáneo, como si Maximilian hubiera decidido que los trajes a cuadros eran solo el comienzo de una transformación más profunda.

Maximilian se ajustó el cuello de la camisa, pasó los dedos por su cabello plateado, y giró hacia Zamir. Sus ojos grises lo recorrieron de pies a cabeza con una expresión que Zamir no supo interpretar.

Maximilian: “¿Vas a quedarte ahí sentado todo el rato? Vístete. Llegamos tarde.”

Zamir parpadeó, saliendo de su ensimismamiento. Se levantó de la cama y abrió su maleta, sacando las pocas prendas formales que había traído. No era su mundo, esto de las cenas de negocios y los restaurantes elegantes. Su mundo eran los fogones, el delantal manchado de harina, el ruido de las sartenes. Pero aquí, en Moscú, en una habitación de hotel con Maximilian, intentaba ser algo que no era.

Se puso unos pantalones negros de vestir, una camisa blanca sencilla, y una chaqueta de lana gris que le había prestado Eliana antes de irse (“Por si acaso”, había dicho, con una sonrisa que él no supo leer). No era un traje a medida. No era un chaleco a cuadros. Pero era lo que tenía.

Maximilian lo miró cuando estuvo listo, y por un instante, algo brilló en sus ojos. Aprobación, quizás. O simplemente aceptación.

Maximilian: “Vamos.”

—

El restaurante se llamaba “El Jardín de Invierno”, y estaba en la última planta de un rascacielos de cristal, con vistas panorámicas de la ciudad nevada. Adentro, el frío desaparecía, reemplazado por el calor de las chimeneas y la calefacción, y el aire olía a madera quemada, a trufa negra, a vino tinto que costaba más que el salario mensual de Zamir.

Los socios rusos ya estaban sentados cuando llegaron. Eran tres hombres de traje oscuro, con las manos grandes y los rostros marcados por el vodka y los negocios duros. El que parecía el líder, un tal Iván Volkov, se levantó al ver a Maximilian y le tendió la mano con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Iván: (En inglés, con un acento pesado pero comprensible) “Maximilian. Me alegro de verte. Ha pasado mucho tiempo.”

Maximilian: (Apretando su mano con firmeza) “Demasiado, Iván. Gracias por recibirnos.”

Se sentaron. Zamir ocupó el lugar junto a Maximilian, sintiéndose como un mueble más, un adorno que estaba allí pero que nadie miraba. Los rusos hablaban entre ellos en su idioma, rápidamente, con palabras que chocaban como piedras. Maximilian respondía en el mismo idioma, con una fluidez que sorprendió a Zamir. No sabía que Maximilian hablara ruso. No sabía muchas cosas de Maximilian.

La cena transcurrió entre platos que Zamir no podía nombrar —caviar, blinis, sopas de remolacha, esturiones que debían haber nadado libres la semana anterior— y conversaciones que no podía seguir. Los números, los contratos, los porcentajes, las cláusulas. Todo en ruso. Todo en un código que Zamir no tenía la llave para descifrar.

Se dedicó a comer. Y a mirar.

Miró cómo Maximilian negociaba. Su voz era diferente cuando hablaba en ruso, más grave, más segura. Sus manos acompañaban las palabras con gestos pequeños, precisos, que parecían cerrar acuerdos antes de que las palabras terminaran de pronunciarse. Sus ojos, esos ojos grises que Zamir había visto cerrarse en sueños, ahora estaban abiertos, afilados, evaluando cada movimiento de los socios, cada sonrisa falsa, cada oferta disfrazada de concesión.

Los rusos bebían vodka como si fuera agua. Maximilian bebía con ellos, vaso tras vaso, sin inmutarse. Zamir lo miraba, preguntándose cómo podía mantener la compostura con esa cantidad de alcohol en la sangre. Pero Maximilian no mostraba signos de ebriedad. Solo una ligera relajación en los hombros, una sonrisa que aparecía en los momentos justos, un brillo en los ojos que Zamir no había visto antes.

Horas después, cuando las botellas estaban vacías y los platos habían sido retirados, Iván Volkov extendió la mano sobre la mesa. Maximilian la tomó. Fue un apretón breve, pero significativo.

Iván: “Trato cerrado, Maximilian. Como siempre.”

Maximilian: “Como siempre, Iván. Un placer hacer negocios contigo.”

Los rusos se levantaron, se despidieron con abrazos y palmadas en la espalda que parecían más propias de viejos amigos que de socios comerciales, y se fueron, dejando tras de sí el eco de sus botas sobre el mármol y el olor a tabaco y vodka.

La mesa quedó vacía. Solo Maximilian y Zamir, frente a los restos de una cena que había durado horas.

Zamir: (Finalmente, cuando el silencio se hizo denso) “No sabía que hablabas ruso.”

Maximilian: (Desabrochándose el botón superior de la camisa, apoyándose en el respaldo de la silla) “Hay muchas cosas que no sabes de mí, Zamir.”

Zamir lo miró. La luz de las velas bailaba sobre su rostro, iluminando sus facciones, haciendo que sus ojos grises parecieran casi plateados. El escote en V de la camisa se había abierto un poco más, dejando ver más de la prenda negra de cuello alto, y Zamir se sorprendió mirando la curva de su cuello, la línea de su mandíbula, los labios que habían estado negociando millones y que ahora estaban entreabiertos, cansados.

Zamir: “¿Siempre son así las cenas de negocios?”

Maximilian: (Con una sonrisa que no llegó a serlo del todo) “Sí. Vodka, caviar, números, y al final, un apretón de manos. Llevo décadas haciendo esto. No cambia nunca.”

Zamir: “Parece agotador.”

Maximilian: Lo miró un momento, y en sus ojos, por un instante, Zamir vio algo que no esperaba. Cansancio, sí. Pero también una especie de gratitud silenciosa, como si el hecho de que Zamir estuviera allí, preguntando, mirando, lo aliviara de algún peso que no sabía que llevaba.

Maximilian: (Levantándose, ajustándose la chaqueta) “Vamos. Mañana hay más reuniones. Necesito dormir.”

Zamir se levantó también, y caminaron juntos hacia la salida. El aire frío de Moscú los golpeó en la puerta, y Zamir sintió cómo el viento le atravesaba la chaqueta, buscando su piel. Maximilian, a su lado, caminaba erguido, imperturbable, como si el frío no pudiera con él.

En el coche que los llevaba de vuelta al hotel, Zamir miró por la ventana las luces de la ciudad, los edificios enormes, la nieve que caía en copos lentos. Maximilian, a su lado, había cerrado los ojos. Su respiración era lenta, profunda. No dormía, Zamir lo sabía. Pero descansaba. Y en ese descanso, había algo íntimo, algo que Zamir no había visto antes.

Se atrevió a mirarlo. El perfil iluminado por las luces de la calle, las sombras marcando sus facciones, la mano que descansaba sobre su muslo, cerca de la suya. Recordó la noche anterior, las manos entrelazadas en la oscuridad, el calor de sus dedos, la forma en que ninguno de los dos había dicho nada al despertar.

El coche se detuvo frente al hotel. Maximilian abrió los ojos, y por un momento, sus miradas se encontraron. Fue breve, apenas un segundo. Pero en ese segundo, Zamir supo que algo había cambiado. Que algo seguía cambiando. Y que no podía, no quería, detenerlo.

Subieron a la habitación en silencio. Maximilian se quitó las botas, dejó la chaqueta sobre una silla, y se metió en la cama sin una palabra. Zamir hizo lo mismo, deslizándose en su lado, sintiendo cómo el colchón se hundía bajo su peso.

La luz se apagó. La oscuridad los envolvió.

Y en la madrugada, cuando la ciudad dormía y la nieve cubría las calles de blanco, Zamir sintió una mano que buscaba la suya bajo las sábanas. No dijo nada. No se movió. Solo entrelazó sus dedos con los de Maximilian, y cerró los ojos.

Porque algunas cosas no necesitan palabras. Algunas cosas solo necesitan la oscuridad, el silencio, y la certeza de que, al otro lado de la cama, alguien está despierto. Pensando en lo mismo. Sintiendo lo mismo. Queriendo lo mismo, aunque ninguno de los dos se atreva a decirlo en voz alta.

El timbre del departamento sonó con un eco agudo que atravesó el pasillo estrecho. Clara dejó el rimel sobre la mesa del comedor —su mesa de maquillaje improvisada— y caminó hacia la puerta con las sandalias de tacón aún en la mano. El vestido negro de satén le susurraba al caminar, la tela fluida deslizándose sobre sus caderas, la abertura del costado izquierdo mostrando un destello de muslo cada vez que daba un paso.

Antes de abrir, se giró hacia la habitación de Miriam.

Clara: (Alzando la voz, con ese tono que no admitía réplica) “Miriam, le haces caso a la niñera, ¿eh? Nada de levantarte tarde, nada de dibujar en las paredes, nada de…”

Miriam: (Desde su habitación, con una voz que ya sonaba a sueño) “¡Sí, mamá! ¡Buenas noches, diviértete!”

Clara sonrió, negó con la cabeza, y abrió la puerta.

Eliana estaba en el umbral, y Clara sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Llevaba un vestido corto negro que parecía pintado sobre su cuerpo. El escote off-shoulder dejaba sus hombros al descubierto, y las tiras entrecruzadas en el busto creaban un juego de luces y sombras que atraía la mirada hacia el centro de su pecho. Las mangas largas tenían aberturas a lo largo de los brazos, y una sección de tela cubría sus pulgares, como si llevara mitones negros que se fundían con el vestido. El cuello tipo choker se ajustaba a su garganta, dándole un aire que mezclaba lo elegante con lo peligroso.

El cabello de Eliana, normalmente recogido en un moño severo para el hospital, ahora caía suelto sobre sus hombros en ondas oscuras. Sus labios, rojos. Sus ojos, delineados con una intensidad que Clara nunca había visto.

Clara: (Con la voz más ronca de lo que quería) “Dios mío, Eliana. Vas a matar a alguien con ese vestido.”

Eliana: (Sonriendo, entrando al departamento sin esperar invitación) “Esa es la idea. ¿Estás lista?”

Clara asintió, metiéndose los pies en las sandalias de tacón con un movimiento que la hizo tambalearse. El vestido de satén se ajustó a su cuerpo, el cuello halter abrazándole la garganta, la espalda desnuda sintiendo el aire fresco de la noche. Los pendientes largos que había elegido —unas lágrimas de cristal que le rozaban los hombros— tintinearon cuando se enderezó.

Eliana: (Mirándola de arriba abajo, con una expresión que Clara no supo leer) “Tú tampoco te quedas atrás. Ese vestido… es perfecto.”

Clara sintió que las mejillas se le calentaban. Bajó la mirada, se ajustó la abertura del costado, y tomó su bolso de la mesa.

Clara: “Vamos. Que la noche no espera.”

—

La discoteca se llamaba “Nébula”, y estaba en un sótano del centro, con paredes de hormigón pintadas de negro y luces de neón que cambiaban de color al ritmo de la música. El aire olía a perfume caro, a alcohol, a sudor y a algo más que no sabía nombrar. La pista de baile estaba llena de cuerpos que se movían como sombras, y el sonido del reguetón vibraba en el suelo, en las paredes, en los huesos.

Clara y Eliana pidieron dos copas en la barra —vodka con arándanos para Clara, tequila con algo verde para Eliana— y se las bebieron rápido, demasiado rápido, como si necesitaran el alcohol para bajar las defensas que llevaban años construyendo.

La segunda copa llegó antes de que terminaran la primera. La tercera, antes de que la música cambiara a un dembow que hacía vibrar el suelo.

Y entonces, empezaron a bailar.

Clara no era una bailarina. Sus movimientos eran torpes al principio, descoordinados, las caderas que no encontraban el ritmo y los brazos que no sabían qué hacer. Pero Eliana sí sabía. Eliana se movía como si la música fuera parte de ella, como si cada golpe de bajo fuera un latido de su corazón. El vestido corto se le subía cada vez que levantaba los brazos, las aberturas de las mangas dejaban ver la piel blanca de sus antebrazos, y el cuello choker se ajustaba a su garganta cada vez que echaba la cabeza hacia atrás, riendo, bebiendo, viviendo.

Clara no podía dejar de mirarla.

El vestido de Eliana se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, marcando cada curva, cada movimiento. Los hombros desnudos, brillando bajo las luces de neón. Las tiras entrecruzadas en el pecho, que se movían con cada respiración. El borde del vestido, tan corto que cada vez que giraba dejaba ver el comienzo de sus muslos.

Clara sintió que la boca se le secaba. Tomó otro sorbo de vodka, aunque la copa estaba vacía.

Eliana: (Gritando sobre la música, acercándose a ella hasta que sus labios casi rozaban su oreja) “¡Baila, Clara! ¡No te quedes ahí parada!”

Clara obedeció. Dejó la copa vacía sobre una mesa cercana, cerró los ojos, y dejó que la música la llevara. Sus caderas comenzaron a moverse, al principio tímidas, luego más sueltas, más libres. El vestido de satén se deslizaba sobre su piel, la abertura del costado dejando ver su pierna izquierda, los tacones haciéndola más alta, más consciente de su propio cuerpo.

Cuando abrió los ojos, Eliana estaba frente a ella.

Bailaban juntas. No como amigas, no como colegas del hospital. Bailaban como si no hubiera nadie más en la pista, como si el mundo se hubiera reducido a las dos, al ritmo de la música, al calor de sus cuerpos rozándose.

Eliana se acercó, y Clara sintió su mano en su cadera. Era un gesto ligero, casi casual, pero la piel de Clara se erizó bajo el satén. Eliana sonrió, y sus labios rojos brillaron bajo la luz violeta.

Eliana: (Otra vez cerca de su oreja, otra vez gritando sobre la música) “¿Sabes qué pienso?”

Clara: (La voz le salió más ronca de lo que quería) “¿Qué?”

Eliana: (Separándose apenas, mirándola a los ojos) “Que deberíamos haber hecho esto antes. Mucho antes.”

Clara sintió algo en el pecho. No era el alcohol, aunque había bebido suficiente para justificarlo. Era algo más antiguo, algo que había estado durmiendo en algún rincón de ella desde la primera vez que vio a Eliana en el hospital, desde aquel día en que compartieron la ducha y Clara no pudo apartar la mirada.

Eliana volvió a acercarse. Esta vez, su cuerpo estaba tan cerca que Clara podía sentir su calor, el latido de su corazón a través del vestido negro, el roce de sus caderas al moverse al ritmo de la música.

Y Clara, sin pensarlo, dejó que sus manos subieran por la espalda de Eliana, sintiendo la piel desnuda bajo sus dedos, la columna que se perdía en el borde del vestido. Eliana cerró los ojos un momento, solo un momento, y cuando los abrió, había algo en ellos que Clara no había visto nunca.

Deseo. Puro, crudo, inconfundible.

La canción cambió. Un reguetón lento, pesado, que parecía hecho para movimientos más íntimos, más lentos. Eliana se giró, pegando su espalda al pecho de Clara, y sus caderas se movieron juntas, al unísono, como si hubieran estado bailando toda la vida.

Clara apoyó una mano en la cadera de Eliana. La otra, en su hombro desnudo. Sintió cómo la piel de Eliana se erizaba bajo sus dedos, cómo su respiración se volvía más rápida, cómo su cabeza se echaba hacia atrás, apoyándose en el hombro de Clara.

Eliana: (Sin gritar ahora, con la música amortiguando sus palabras pero no su intensidad) “Clara.”

Clara: “Dime.”

Eliana: (Girando la cabeza, sus labios a centímetros de los de Clara) “No quiero que esto termine.”

Clara tragó saliva. Su corazón latía con una fuerza que le dolía, y cada latido parecía decir el nombre de Eliana, una y otra vez.

Clara: “Entonces no lo terminemos.”

Bailaron así hasta que la música se volvió lenta, hasta que las luces de neón se tiñeron de rojo, hasta que el alcohol en su sangre les borró cualquier atisbo de culpa o de miedo. Solo existían ellas, la pista, el ritmo, y el calor de sus cuerpos rozándose.

Cuando la discoteca comenzó a vaciarse y el DJ anunció la última canción, Eliana tomó a Clara de la mano y la llevó hacia una esquina más oscura, donde las luces apenas llegaban y la música sonaba como un latido lejano.

Eliana: (Con la voz ronca, los ojos brillantes) “Clara.”

Clara: (Apretándole la mano) “Dime.”

Eliana: (Acercándose, tan cerca que sus labios rozaron los de Clara al hablar) “Llevo cinco años queriendo hacer esto.”

Y entonces, la besó.

No fue un beso tímido, de esos que se dan para probar. Fue un beso profundo, hambriento, como si llevaran toda la vida esperándolo. Los labios de Eliana sabían a tequila y a algo más, algo que Clara no sabía nombrar pero que reconocía como suyo. Sus manos subieron por el cuello de Clara, enredándose en su cabello, mientras Clara la sostenía por la cintura, sintiendo el satén del vestido bajo sus dedos, el calor de su piel, el latido de su corazón contra el suyo.

Cuando se separaron, las dos estaban sin aliento. La música seguía sonando, pero ya no la escuchaban. Solo existía el silencio entre ellas, y la certeza de que nada volvería a ser igual.

Eliana: (Apoyando la frente en la de Clara, con los ojos cerrados) “¿Estás bien?”

Clara: (Con una sonrisa que le temblaba en los labios) “No. Pero voy a estarlo.”

Eliana: (Abriendo los ojos, mirándola) “¿Te arrepientes?”

Clara: (Sin dudar) “No. ¿Tú?”

Eliana: (Sonriendo, esa sonrisa que Clara nunca había visto, que era solo para ella) “Ni por un segundo.”

Afuera, la noche seguía su curso. La ciudad dormía, o quizás no. En una discoteca de sótanos, dos mujeres que habían pasado cinco años escondiendo lo que sentían acababan de cruzar una línea de la que no había vuelta atrás. Y mientras caminaban hacia la salida, con los tacones haciendo clic sobre el asfalto y el frío de la noche mordiéndoles la piel, ninguna de las dos dijo una palabra.

No hacía falta.

Porque algunas cosas no necesitan palabras. Algunas cosas solo necesitan el valor de un beso, la certeza de un deseo compartido, y la noche, siempre la noche, para hacer posible lo imposible.

El aire en la discoteca Velvet era espeso, cargado con el sudor de cuerpos apretados y el aroma dulce de cócteles derramados sobre mesas de mármol frío. Las luces estroboscópicas cortaban la oscuridad en destellos violetas, pintando las pieles desnudas de las mujeres que se movían al ritmo de un deep house que vibraba en el pecho como un segundo latido. Clara, con los labios pintados de un rojo oscuro que ya había dejado marcas en el borde de su vaso de gin-tonic, observaba a Eliana desde el otro extremo de la barra. No era la primera vez que sus miradas se cruzaban esa noche, pero esta vez, cuando los dedos de Eliana se enredaron distraídos en el fleco de su vestido negro—tan corto que apenas le cubría el trasero al inclinarse—, Clara supo que el juego de miradas había terminado.

No hubo aviso. Solo el movimiento decisivo de Clara deslizándose entre la multitud, sus tacones de aguja hundiéndose levemente en la alfombra enmoquetada mientras se acercaba. Eliana sintió el calor de ese cuerpo antes de que la tocara: un perfume acre de jazmín y tabaco, mezclado con algo más primitivo, algo que le erizó la piel de los brazos. Entonces, la mano de Clara se cerró alrededor de su cintura, dedos afilados como garras hundiéndose en la carne justamente donde el vestido terminaba y la piel desnuda comenzaba. Eliana contuvo el aire cuando los labios de Clara rozaron el lóbulo de su oreja, húmedos y calientes.

—Qué tal si nos vamos a un lugar privado —susurró Clara, la voz áspera, como si cada sílaba fuera un diente mordisqueando el borde de su oreja.

Eliana giró la cabeza, pero no lo suficiente para romper el contacto. Sus pupilas, dilatadas por el alcohol y algo más, buscaron las de Clara en la penumbra.

—Pero en tu casa está tu hija —objetó, aunque el argumento sonó débil, ahogado por el bajo de la música.

Clara soltó una risita baja, casi un gruñido.

—Quién dijo mi casa —sus labios rozaron el cuello de Eliana, dejando un rastro pegajoso de carmín—. Vamos a un hotel.

No hubo más discusión. Clara no esperaba ninguna. Tomó la mano de Eliana entre las suyas—dedos entrelazados como si sellaran un pacto—y la guió hacia la salida, sorteando mesas y cuerpos sudorosos con una determinación que no admitía objeciones. El contraste al salir fue brutal: el aire nocturno de Madrid en verano golpeó sus pieles calientes como una bofetada, pero ninguna de las dos se detuvo. Clara ya tenía el teléfono en la mano, los dedos tecleando rápido en una app de reservas mientras caminaban hacia el Hotel Urso, a solo tres manzanas de distancia. Eliana la seguía, los tacones resonando contra el adoquinado, el corazón acelerado no solo por el esfuerzo, sino por la anticipación que le quemaba entre las piernas.

La habitación olía a limpio, a sábanas recién planchadas y a ese aroma químico de los ambientadores de lujo. Clara cerró la puerta de una patada, el clic del cerrojo sonando como un disparo en el silencio repentino. Antes de que Eliana pudiera reaccionar, ya estaba contra la pared, el cuerpo de Clara apretado contra el suyo, el aliento caliente y cargado de gin mezclándose con el suyo. No hubo preliminares dulces. Clara la agarró de la nuca, uñas hundiéndose en la carne mientras sus labios se estrellaban contra los de Eliana con una ferocidad que le robó el aire. La lengua de Clara era insistente, húmeda, explorando su boca como si buscara algo más que placer: dominio.

—Joder, qué rica estás —murmuró Clara contra sus labios, la voz ronca, mientras una de sus manos se deslizaba bajo el dobladillo del vestido de Eliana.

Los dedos de Clara encontraron el borde de sus bragas primero, el encaje negro ya húmedo al tacto. Eliana jadeó cuando Clara apretó, las yemas de los dedos hundiéndose en la carne de su trasero con una posesión que la hizo arquearse.

—Clara, espera— intentó decir, pero la palabra se convirtió en un gemido cuando Clara tiró del encaje hacia abajo con un movimiento brusco, dejando al descubierto su sexo depilado y brillante de excitación.

—No hay prisa —Clara mordisqueó su labio inferior—, pero no hay espera tampoco.

La llevó a la cama de un empujón, no con violencia, sino con una urgencia que no admitía demoras. Eliana cayó sobre el colchón, las sábanas frías contra su espalda desnuda cuando Clara le arrancó el vestido de un tirón, dejando solo los tacones negros y las bragas enredadas en un tobillo. Clara no se desvistió del todo. Se quitó el vestido con movimientos rápidos, dejando al descubierto un conjunto de lencería negra que apenas contenía sus pechos generosos y el vello oscuro y rizado entre sus muslos. Se subió sobre Eliana, las rodillas hundiéndose en el colchón a cada lado de sus caderas, el peso de su cuerpo presionando justo donde Eliana más lo necesitaba.

—Dime que lo quieres —exigió Clara, bajando la cabeza para lamer un pezón erecto, la lengua caliente y áspera.

Eliana arqueó la espalda, las uñas arañando las sábanas.

—Joder, sí, claro que lo quiero—.

No hubo más palabras. Clara bajó la cabeza, los labios rozando el vientre de Eliana, la nariz inhalando el aroma acre de su excitación antes de que su lengua encontrara el clítoris hinchado. Eliana gritó, las caderas levantándose del colchón cuando Clara la lamió de abajo hacia arriba, lenta, deliberada, como si estuviera saboreando un vino caro. Los dedos de Clara se hundieron en sus muslos, manteniéndola abierta, expuesta, mientras su boca trabajaba sin piedad.

—Vas a correrte en mi boca, zorra —murmuró Clara contra su sexo, el aliento caliente haciendo que Eliana se retorciera—. Y luego lo harás otra vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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