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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 31

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Capítulo 31: La Trampa Perfecta

El frío de Rusia los recibió con una bofetada de viento helado cuando bajaron del coche que los había traído desde el aeropuerto. Zamir se envolvió en su chaqueta, lamentando no haber traído algo más abrigador, mientras Maximilian caminaba hacia la entrada del hotel con la elegancia de quien está acostumbrado a cualquier clima, cualquier país, cualquier situación.

El hotel era uno de esos edificios de la época zarista reconvertidos en lujo occidental: fachada de piedra blanca, columnas corintias, ventanales enormes que dejaban ver una araña de cristal del tamaño de un coche pequeño. Adentro, el calor de la calefacción lo envolvía todo, y el aire olía a flores frescas y a madera encerada.

Maximilian se dirigió a la recepción con paso firme, su traje a cuadros intacto a pesar de las horas de vuelo. Zamir lo siguió como una sombra, sintiendo cómo los ojos del personal de recepción —mujeres con uniformes impecables y sonrisas ensayadas— se posaban en él, en su polo negra con la franja verde, en sus shorts cargo, en sus piernas bronceadas que contrastaban con el invierno ruso.

Maximilian: (Apoyando las manos sobre el mostrador de mármol, con esa autoridad que no necesitaba alzar la voz) “Tengo una reservación. Maximilian. Habitación VIP.”

La recepcionista, una mujer rubia de ojos azules y una sonrisa profesional, tecleó en su ordenador mientras su mirada se desviaba hacia Zamir, luego volvía a la pantalla. Asintió, tomó una tarjeta negra de un cajón, y se la tendió a Maximilian.

Recepcionista: “Bienvenido, señor Maximilian. Disfrute su estancia.”

Maximilian tomó la tarjeta sin mirarla, se dio la vuelta, y caminó hacia el ascensor. Zamir lo siguió, sintiendo cómo el botones —un hombre joven con uniforme granate— cargaba las maletas detrás de ellos. El ascensor subió en silencio, el único sonido el zumbido del motor y la respiración de Zamir, que intentaba no mirar a Maximilian pero no podía evitarlo.

Llegaron a la puerta de la habitación. Maximilian deslizó la tarjeta, la luz verde parpadeó, y la puerta se abrió con un clic suave. Entró, dejando la puerta abierta detrás de sí. Zamir lo siguió, como había hecho todo el día, como había hecho desde que salieron de la mansión.

La habitación era enorme. Una cama king size presidía el centro, cubierta con sábanas de satén blanco y almohadas que parecían nubes. Una ventana del suelo al techo ofrecía una vista de la ciudad nevada, las luces parpadeando en la distancia. Un sillón de terciopelo burdeos, una mesa de mármol, un bar con botellas de cristal tallado. El baño, entreabierto, dejaba ver una bañera de hidromasaje y azulejos dorados.

Maximilian se detuvo en medio de la habitación, giró sobre sus talones, y vio a Zamir de pie junto a la entrada, con las manos en los bolsillos de los shorts, la mirada recorriendo el espacio con una mezcla de asombro y confusión.

Maximilian: (Con una ceja alzada, la voz cortante) “¿Qué haces aquí? Ve a tu habitación. La tuya es otra.”

Zamir parpadeó, sacó las manos de los bolsillos, y las volvió a meter. Miró hacia atrás, al pasillo vacío, luego a Maximilian, luego a la cama enorme que ocupaba todo el centro de la habitación.

Zamir: “No… no me dieron una llave.”

Maximilian lo miró un momento, como si esperara que la frase fuera una broma. Pero Zamir no sonreía. Estaba pálido, aunque no sabría decir si por el cansancio del viaje o por otra cosa.

Maximilian: (Pasando junto a él con un movimiento brusco, saliendo al pasillo) “Quédate aquí. Voy a arreglar esto.”

Bajó al vestíbulo con pasos que resonaban en el mármol, su traje a cuadros llamando la atención de todos los que cruzaban su camino. Se plantó frente al mostrador de recepción con una expresión que hacía temblar a los ejecutivos en juntas de accionistas.

Maximilian: (Su voz era un hielo cortante) “La persona que me acompaña no tiene llave. ¿Por qué no le han dado una habitación?”

La recepcionista, que había sonreído con profesionalismo minutos antes, ahora parecía una colegiala atrapada en una falta. Sus dedos volaron sobre el teclado, revisando pantallas, abriendo y cerrando ventanas.

Recepcionista: (Con una voz que intentaba ser calmada pero temblaba ligeramente) “Señor Maximilian, según nuestro sistema, solo se realizó una reservación. Una habitación VIP, para una persona. No hay ninguna otra habitación a nombre de su acompañante.”

Maximilian apretó la mandíbula. Sus dedos se cerraron alrededor del borde del mostrador con una fuerza que dejó ver los nudillos blancos.

Maximilian: “Entonces déme otra habitación. Cualquier otra. No importa la categoría.”

La recepcionista tecleó más rápido, sus ojos recorriendo las pantallas con una urgencia que delataba su miedo. Finalmente, levantó la vista, y en su rostro había una expresión de disculpa tan sincera que casi daba lástima.

Recepcionista: “Lo siento, señor Maximilian. Estamos a plena ocupación. Hay un congreso de empresarios esta semana, y todas las habitaciones están reservadas. No tenemos ninguna disponible. Ni siquiera las suites presidenciales.”

Maximilian cerró los ojos un momento. Inspiró. Espiró. Cuando los abrió, su rostro era una máscara de calma forzada que Zamir, que lo había visto discutir con su hija, que lo había visto amenazar a un juez, que lo había visto desnudo saliendo de la ducha, sabía que era el preludio de una tormenta.

Sacó el teléfono del bolsillo interior del chaleco. Marcó un número con dedos que temblaban ligeramente. La llamada se conectó al segundo tono.

Maximilian: (Su voz era baja, peligrosa) “René.”

Del otro lado, la voz del secretario sonó somnolienta, a pesar de la hora. “Señor… ¿jefe? ¿Ocurre algo?”

Maximilian: “¿Por qué no hiciste reservación de dos habitaciones separadas?”

Silencio. Del otro lado, René parecía estar procesando la información, o quizás rezando para despertar de una pesadilla.

René: (Con voz pequeña, culpable) “Jefe… usted no me comunicó que iba a viajar con un acompañante. Su instrucción fue: ‘un viaje a Rusia, reserva lo de siempre, una habitación VIP’. Yo… asumí que iría solo. Como siempre.”

Maximilian cerró los ojos otra vez. Esta vez, los mantuvo cerrados varios segundos. Zamir, que había bajado detrás de él y se mantenía a una distancia prudencial, vio cómo la mandíbula de Maximilian se tensaba y se relajaba, tensaba y relajaba, como si estuviera contando hasta diez dentro de su cabeza.

Maximilian: (Sin abrir los ojos) “René.”

René: “¿Sí, jefe?”

Maximilian: “La próxima vez que asumas algo, te asegurarás de tener razón.”

René: “Sí, jefe. Lo siento, jefe.”

Maximilian cortó la llamada sin despedirse. Guardó el teléfono en el bolsillo, dio media vuelta, y caminó hacia el ascensor sin mirar a Zamir. Zamir lo siguió, como lo había hecho todo el día, como si hubiera nacido para seguir los pasos de ese hombre.

En el ascensor, el silencio era tan denso que se podía cortar. Zamir miraba sus zapatos —unas zapatillas blancas que ahora le parecían ridículas en Rusia— y Maximilian miraba la puerta del ascensor como si quisiera perforarla con la mirada.

Llegaron a la habitación. Maximilian abrió la puerta, entró, y se quedó de pie en medio de la habitación sin saber qué hacer. Zamir entró detrás de él, cerró la puerta con cuidado, y se apoyó contra la pared, sin atreverse a moverse.

La cama king size los miraba desde el centro de la habitación. Inmensa. Blanca. Con almohadas suficientes para dos personas. Quizás para más.

Maximilian se pasó una mano por el cabello, un gesto que Zamir nunca le había visto, que lo hacía ver casi humano, casi vulnerable. Suspiró, un suspiro largo, cansado, derrotado.

Maximilian: (Sin mirarlo) “Parece que no hay otra opción. Nos quedaremos aquí. Los dos.”

Zamir sintió que el corazón le daba un vuelco. Las palabras de Maximilian resonaban en su cabeza, se repetían en bucle. Aquí. Los dos. Iban a compartir la habitación. La misma habitación. La misma cama. La misma noche.

Zamir: (Con una voz que intentaba ser neutral pero que le salió ronca) “Puedo dormir en el sofá. No hay problema.”

Maximilian giró la cabeza apenas, lo suficiente para mirarlo de reojo. Sus ojos grises, cansados, evaluaron a Zamir un momento. Luego volvieron a mirar al frente.

Maximilian: “El sofá es pequeño. No vas a caber.”

Zamir: (Tragando saliva) “Entonces… en el suelo. Con una manta.”

Maximilian: “El suelo es de mármol. Te vas a enfermar.”

Hubo un silencio. Zamir miró la cama. Maximilian miró la cama. Ambos sabían lo que seguía, pero ninguno se atrevía a decirlo.

Maximilian: (Finalmente, con una voz que sonaba más cansada que enfadada) “La cama es grande. Cabemos los dos. Cada uno en su lado. Sin cruzarse. Sin tocarse. ¿Claro?”

Zamir asintió, aunque Maximilian no podía verlo. “Claro.”

Maximilian: “Bien. Entonces… arregla tus cosas. Yo voy a ducharme.”

Se desabrochó el chaleco con movimientos bruscos, lo dejó caer sobre el sillón de terciopelo burdeos, y caminó hacia el baño. La puerta se cerró detrás de él, y unos segundos después, Zamir escuchó el sonido del agua corriendo.

Se quedó solo en medio de la habitación, con la cama enorme mirándolo, con el peso de lo que acababa de pasar aplastándole los hombros. Iba a dormir con Maximilian. En la misma cama. A centímetros de él. Iba a escuchar su respiración en la oscuridad, a sentir el calor de su cuerpo a través de las sábanas, a despertar y verlo a su lado, con el cabello despeinado y la cara relajada por el sueño.

Abrió su maleta con dedos torpes, sacó su pijama —el mismo de siempre, algodón gris, sencillo— y lo dejó sobre la cama, en el lado que supuso que sería el suyo. El izquierdo. El que quedaba más lejos de la puerta. El que le permitiría ver a Maximilian cuando él durmiera y Zamir no pudiera cerrar los ojos.

Se sentó en el borde de la cama, sintiendo la suavidad del satén bajo sus muslos desnudos —los shorts cargo eran demasiado informales para quedárselos puestos— y se pasó las manos por el rostro. Su corazón latía con una fuerza que le dolía, y cada latido parecía decir el mismo nombre.

Maximilian. Maximilian. Maximilian.

Afuera, la noche rusa caía sobre la ciudad nevada. Y adentro, en una habitación de hotel demasiado lujosa para ser real, Zamir esperaba. Esperaba a que el agua dejara de correr. Esperaba a que Maximilian saliera del baño con el cabello húmedo y la bata abierta. Esperaba a que la noche, larga y oscura, les tendiera una trampa de la que ninguno de los dos podría escapar.

Zamir terminó de deshacer la maleta con movimientos mecánicos, sus manos colocando las prendas en los cajones del enorme vestidor sin que su mente participara realmente. El sonido del agua corriendo en la ducha era un murmullo constante, un recordatorio de que Maximilian estaba allí, desnudo, a pocos metros de él, con el vapor empañando los espejos y el jabón resbalando por su piel.

La imagen volvió. La espalda. Las gotas de agua. La bata cayendo al suelo.

Cerró los ojos, respiró hondo, y cuando los abrió, el teléfono de Maximilian estaba vibrando sobre la mesita de noche.

Zamir lo miró un momento, indeciso. No era su teléfono. No era su problema. Podía ignorarlo, dejarlo sonar hasta que Maximilian saliera de la ducha y decidiera responder. Pero la pantalla mostraba un nombre, y ese nombre lo detuvo en seco.

Nelson.

El teléfono dejó de sonar. Silencio. Luego, volvió a vibrar. Un mensaje. Luego otro. La curiosidad, o quizás algo más oscuro, empujó a Zamir a tomar el dispositivo. La pantalla estaba desbloqueada —Maximilian nunca había sido de esos que ponían contraseñas, como si el mundo entero supiera que lo suyo no se tocaba— y los mensajes de Nelson estaban ahí, esperando ser leídos.

Nelson: ¿Llegaron bien?

Nelson: ¿Ya viste la habitación? ¿Te gustó?

Zamir sintió un escalofrío. Algo en esas palabras, en ese tono, le heló la sangre. Antes de que pudiera devolver el teléfono a su lugar, la pantalla se iluminó con una llamada entrante. El nombre de Nelson, otra vez. Zamir miró hacia el baño. El agua seguía corriendo. Maximilian no saldría en varios minutos.

Deslizó el dedo para contestar. No supo por qué lo hizo. Quizás quería respuestas. Quizás ya las sabía y solo necesitaba escucharlas.

Zamir: (En voz baja, casi un susurro) “Diga.”

Del otro lado, la voz de Nelson sonó cálida, divertida, como si estuviera disfrutando de un chiste privado. “Zamir. Qué gusto escucharte. ¿Cómo va tu noche de miel?”

Zamir sintió que la sangre le subía a la cara. Su mano apretó el teléfono con más fuerza de la necesaria. “¿Noche de miel? ¿De qué hablas?”

Nelson rió, una risa baja, cómplice. “Vamos, Zamir. No te hagas el inocente. Una habitación VIP, una cama king size, dos hombres solos en un hotel de lujo en medio de Rusia… ¿Qué otra cosa podría ser?”

Zamir se alejó de la puerta del baño, caminando hacia la ventana, hacia la ciudad nevada que se extendía más allá del cristal. Su corazón latía con fuerza, pero su voz, cuando habló, fue más fría de lo que esperaba.

Zamir: “Fuiste tú. Tú compraste las habitaciones.”

No fue una pregunta. Fue una afirmación. Nelson, al otro lado, dejó de reír. Hubo un silencio breve, y cuando volvió a hablar, su voz había cambiado. Era más seria, más honesta.

Nelson: “Por supuesto. Fue mi ayuda.”

Zamir cerró los ojos. El frío del cristal le traspasaba la ropa, pero no lograba calmar el fuego que le ardía por dentro. “¿Por qué? ¿Por qué hiciste esto?”

Nelson: (Con una suavidad inesperada) “Porque alguien tenía que hacerlo, Zamir. Llevo años viendo a Maximilian encerrado en su torre de marfil, sin dejar que nadie se acerque. Y luego llegas tú. Con tus platos humeantes y tus camisas crema y tu forma de mirarlo cuando él no se da cuenta. Y algo en él cambió. La camisa azul. El abrigo nuevo. Los gestos que nunca había tenido. Eso lo hiciste tú.”

Zamir sintió un nudo en la garganta. Quería negarlo. Quería decir que Nelson estaba loco, que no sabía de lo que hablaba, que él solo estaba allí por Eliana, por trabajo, por casualidad. Pero las palabras no salían.

Nelson: (Continuando, como si leyera sus pensamientos) “No te estoy pidiendo que hagas nada que no quieras. Solo te estoy dando la oportunidad. Lo que pase en esa habitación, lo que pase en este viaje, es cosa tuya y de él. Yo solo puse el escenario. Ustedes escriben la obra.”

Zamir abrió los ojos. En el cristal empañado por su aliento, su reflejo le devolvió la imagen de un hombre asustado, confundido, pero también, en el fondo, emocionado.

Zamir: “¿Y si no pasa nada?”

Nelson: (Con una sonrisa audible en su voz) “Entonces no pasa nada. Pero al menos lo habrás intentado. Eso es más de lo que Maximilian ha hecho en décadas. Aprovecha esta oportunidad, Zamir. No sé si se repetirá.”

El agua de la ducha dejó de correr. Zamir escuchó el crujido de la cortina al abrirse, los pasos de Maximilian sobre los azulejos del baño.

Zamir: (En un susurro urgente) “Tengo que irme. Él ya salió.”

Nelson: (Con una risa baja, última) “Adiós, Zamir. Y suerte. La vas a necesitar.”

La llamada se cortó. Zamir dejó el teléfono exactamente donde lo había encontrado, sobre la mesita de noche, y se apartó de la ventana justo cuando la puerta del baño se abría.

Maximilian salió envuelto en una bata blanca, el cabello aún húmedo, el rostro relajado por el calor del agua. El vapor lo seguía como una nube, y el aroma a cedro y jabón caro llenó toda la habitación.

Maximilian: (Secándose el cabello con una toalla, sin mirarlo) “¿Llamaron?”

Zamir: (Con una voz que intentó ser normal) “No. Nadie.”

Maximilian asintió, dejó la toalla sobre el respaldo de una silla, y caminó hacia la cama. Se sentó en el borde, de espaldas a Zamir, y por un momento se quedó inmóvil, mirando la ciudad nevada a través de la ventana.

Maximilian: “Es tarde. Deberíamos dormir.”

Zamir: (Todavía de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos de los shorts) “Sí. Deberíamos.”

Maximilian se metió en la cama, en su lado —el derecho, el que quedaba cerca de la puerta—, y se tapó hasta el pecho con las sábanas de satén. Cerró los ojos. Su respiración se volvió lenta, profunda, como si el sueño lo hubiera reclamado en segundos.

Zamir se quedó mirándolo un largo rato. La luz de la luna se filtraba por la ventana, acariciando el perfil de Maximilian, iluminando las arrugas alrededor de sus ojos, la línea de su mandíbula, los labios entreabiertos. Parecía más joven cuando dormía. Más vulnerable. Más humano.

Zamir se quitó los shorts, se puso el pijama de algodón gris, y se deslizó en su lado de la cama con el cuidado de quien no quiere despertar a nadie. Las sábanas eran frías, pero el calor del cuerpo de Maximilian, a pocos centímetros del suyo, comenzó a filtrarse hacia él como una caricia.

Se quedó boca arriba, mirando el techo, con los brazos a los costados, sin atreverse a moverse. Cada vez que Maximilian respiraba, su pecho se elevaba y el borde de la bata se abría un poco más. Cada vez que exhala, el aroma a cedro se intensificaba, envolviéndolo como una manta invisible.

Cerró los ojos. Las palabras de Nelson le resonaban en la cabeza. Aprovecha esta oportunidad. ¿Qué oportunidad? ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Tocarlo? ¿Susurrar su nombre en la oscuridad? ¿Confesarle algo que ni siquiera él entendía del todo?

No hizo nada. Se quedó inmóvil, escuchando la respiración de Maximilian, sintiendo el calor de su cuerpo a través de las sábanas, y dejó que la noche lo envolviera. El sueño tardó en llegar, pero cuando lo hizo, fue profundo, oscuro, lleno de imágenes que no recordaría por la mañana.

Pero en algún momento de la madrugada, cuando la ciudad rusa dormía y la luna se escondía tras las nubes, Zamir sintió algo en su mano. Un roce. Un calor. Sin abrir los ojos, supo que era Maximilian. Que en sueños, o quizás despierto, había buscado su mano. Y Zamir, sin pensarlo, entrelazó sus dedos con los suyos.

No hablaron. No se miraron. Solo quedaron así, en la penumbra, con las manos unidas sobre las sábanas blancas, mientras la noche seguía su curso y afuera, en la ciudad nevada, el mundo seguía girando sin saber que, en una habitación de hotel, dos hombres habían cruzado una línea que ninguno de los dos se atrevería a nombrar por la mañana.

El edificio era pequeño, de esos que tienen el ascensor averiado desde antes de que los inquilinos actuales llegaran a vivir allí. Eliana subió los tres pisos por las escaleras de cemento, sintiendo cómo sus tacones se hundían en las grietas del suelo, y se detuvo frente a la puerta. No había timbre. Llamó con los nudillos tres veces, un golpe seco que resonó en el pasillo estrecho.

La puerta se abrió de golpe, y una niña apareció en el umbral.

Miriam tenía el cabello oscuro recogido en dos coletas desiguales, igual que en la descripción de Clara, y llevaba puesta una camiseta de rayas azules y blancas que le quedaba un poco grande. Sus ojos negros, idénticos a los de su madre, brillaban con una curiosidad que no conocía la timidez. Sonreía mostrando los dientes desparejos, y en sus mejillas se marcaban dos hoyuelos que le daban un aire juguetón.

Miriam: (Sin soltar la manija, con la voz aguda y clara) “Tú eres Eliana. ¡Eres muy hermosa!” Dio un paso atrás, abriendo la puerta de par en par. “Vamos, entra. Mi mamá está cocinando.”

Eliana sonrió, con una sonrisa que le brotó sin esfuerzo, y cruzó el umbral. El departamento era pequeño, como Clara había dicho. La entrada daba directamente a una sala que también hacía las veces de comedor, con un sofá de dos plazas cubierto por una funda de flores descoloridas, una mesa redonda de madera con cuatro sillas desparejas, y una estantería baja llena de libros infantiles y muñecas. Las cortinas eran blancas, finas, y dejaban pasar la luz de la tarde que teñía todo de un tono anaranjado.

Pero había calidez. En cada rincón se notaba el cuidado, el esfuerzo, las pequeñas cosas que hacían de aquel lugar un hogar. Un jarrón con flores secas sobre la mesa. Una foto de Miriam cuando era bebé enmarcada en la pared. Un dibujo infantil pegado con imanes a la puerta de la nevera.

Y al fondo, en la cocina abierta que se veía desde la sala, estaba Clara.

Llevaba puesto un delantal de cuadros rojos sobre unos jeans gastados y una camiseta blanca. El cabello lo tenía recogido en un moño desordenado, y sus manos se movían entre la estufa y la encimera con la eficiencia de quien pasa horas en ese espacio. El aroma a pollo frito y especias llenaba toda la casa.

Eliana: (Dejando su bolso en el sofá, acercándose a la cocina) “Clara. Hueles delicioso. La comida, digo.”

Clara se volvió, y en su rostro había una sonrisa amplia, genuina, que Eliana no recordaba haberle visto en el hospital. Allí, Clara siempre era eficiente, contenida, profesional. Aquí, en su cocina pequeña, con el delantal de cuadros y el cabello desordenado, parecía más joven. Más ligera.

Clara: “Pasa, pasa. No es gran cosa. Pollo frito, como te prometí. Y ensalada. Y jugo de fresa con mango, que es el favorito de Miriam.”

Eliana: (Apoyándose en la encimera, mirando cómo Clara movía las piezas de pollo en el aceite caliente) “Te ayudaría a cocinar, pero no sé nada de cocina. Zamir no me deja ni acercarme a los fogones. Dice que soy un peligro andante.”

Clara soltó una risa, una de esas risas que nacen en el estómago y suben hasta los ojos. “Zamir tiene razón. Recuerdo la vez que intentaste calentar leche en el microondas del hospital y casi incendias la sala de descanso.”

Eliana: (Riéndose también, apoyando la barbilla en la mano) “Esa leche era culpable. No fue mi culpa.”

Miriam, que se había instalado en el sofá con un libro de dibujos, levantó la vista y las miró con una expresión de suficiencia adulta. “Mi mamá dice que no saber cocinar es de princesas. Y tú pareces una princesa.”

Eliana giró hacia ella, arqueando una ceja con diversión. “¿Una princesa? ¿Con scrubs púrpura y zapatos ortopédicos?”

Miriam: (Encorviéndose de hombros, seria) “Las princesas también se enferman. Alguien tiene que curarlas.”

Clara negó con la cabeza, pero su sonrisa se ensanchó. “Esta niña va a ser presidenta o cómica. Todavía no lo decide.”

Las horas pasaron entre risas, entre el ruido del pollo friendo y el jugo de fresa tiñendo los labios de Miriam de rojo. Comieron en la mesa redonda, los tres platos apretados, los codos a punto de chocarse. Eliana probó el pollo y cerró los ojos, llevándose una mano al pecho.

Eliana: “Clara. Esto es… esto es increíble. ¿Cómo es que nunca me habías invitado antes?”

Clara: (Bajando la mirada, jugando con un trozo de ensalada en su plato) “Porque no sabía si te gustaría. Esto. Mi casa. Mi comida. Mi… vida.”

Eliana no respondió. Solo siguió comiendo, y cada bocado era un pequeño gesto de que sí, le gustaba. Todo.

Después de comer, Miriam recogió su plato con la responsabilidad de una mini adulta, lo llevó a la cocina, lo dejó en el fregadero, y se despidió con un beso en la mejilla de su madre y un “mucho gusto, señorita Eliana” que sonó a cortesía de época.

Clara: (Mirándola irse hacia su habitación) “Se parece a mí cuando era pequeña. Cabezona, habladora, siempre preguntando cosas.”

Eliana: (Apoyando los codos en la mesa, la barbilla en las manos) “Es preciosa. Tiene tus ojos.”

Clara asintió, y por un momento, sus ojos se perdieron en la puerta detrás de la cual su hija había desaparecido. El silencio se instaló entre ellas, pero no era incómodo. Era el silencio de quien se prepara para decir algo importante.

Clara: (Con la voz más baja, más íntima) “Eliana.”

Eliana: “Dime.”

Clara tomó su vaso de jugo, lo giró entre sus manos, y comenzó a hablar. Al principio, las palabras salían con dificultad, como si tuviera que empujarlas desde algún lugar profundo. Pero luego, el relato fluyó.

Clara: “El papá de Miriam. Se llamaba Alejandro. Lo conocí en la universidad, cuando estudiaba enfermería. Era guapo, encantador, siempre tenía una sonrisa. Me hizo sentir especial, única. Me dijo que yo era lo mejor que le había pasado.”

Eliana no la interrumpió. Solo escuchó.

Clara: “Nos casamos jóvenes. Demasiado jóvenes. Y al principio, todo iba bien. Consiguió un trabajo, yo estaba terminando mis estudios. Luego nació Miriam, y él… cambió. O quizás no cambió, quizás siempre fue así, y yo no quise verlo.”

Sus dedos apretaron el vaso. El hielo tintineó.

Clara: “Empezó a llegar tarde a casa. Primero una hora, luego dos, luego toda la noche. Olía a alcohol. Siempre a alcohol. Al principio decía que era el estrés del trabajo, que necesitaba despegarse. Yo le creí. Quería creerle.”

Eliana extendió la mano sobre la mesa, y Clara tomó sus dedos entre los suyos. Un gesto pequeño, íntimo, que decía estoy aquí.

Clara: “Una noche llegó y Miriam estaba llorando. No había comido, no había dormido, yo tenía turno doble y no había podido quedarme con ella. Él se enfadó. Me gritó. Me dijo que era una mala madre, que la niña no era suya, que seguro yo andaba con otros. Y entonces…”

Cerró los ojos. Su respiración se hizo más profunda, más irregular.

Clara: “Me empujó. No fue un golpe, fue un empujón. Pero caí contra la mesa, me corté el brazo, y Miriam lo vio todo. Lloraba, gritaba, se aferraba a mi pierna. Y yo supe que no podía seguir así. No por mí. Por ella.”

Eliana: (Apretándole los dedos) “¿Y qué pasó después?”

Clara: (Abriendo los ojos, con una calma que parecía costosa) “Me fui. Al día siguiente, mientras él dormía la resaca, empacé lo que pude, tomé a Miriam, y me fui. No le dije a dónde. No le dejé una nota. Simplemente… desaparecí.”

Eliana: “¿Y él? ¿Intentó buscarte?”

Clara: (Con una sonrisa triste) “Al principio, sí. Llamaba, mandaba mensajes, decía que iba a cambiar, que lo sentía, que no volvería a pasar. Pero yo ya no podía creerle. Luego, con el tiempo, dejó de llamar. Y yo dejé de esperar.”

Eliana la miró un largo rato. La cocina pequeña, la luz de la tarde que se filtraba por las cortinas blancas, el olor a pollo frito aún flotando en el aire. Todo era tan cotidiano, tan normal, y sin embargo, bajo esa superficie, había una historia de dolor y valentía que Eliana nunca había imaginado.

Eliana: “Nunca me lo habías contado.”

Clara: (Encogiendo un hombro) “No es algo que se cuente en el hospital, Eliana. No es algo que se cuente en ningún lado, en realidad. Pero hoy…” Te miró a los ojos. “Hoy sentí que debías saberlo. Que si íbamos a ser amigas de verdad, tenías que conocer de dónde vengo. Y por qué soy como soy.”

Eliana no dijo nada. Se levantó de la silla, rodeó la mesa, y se sentó en la silla de al lado de Clara. Apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo el calor de su cuerpo, el latido de su corazón.

Eliana: “Eres la persona más valiente que conozco, Clara. No solo por haberte ido. Sino por haber construido todo esto. Sola. Con una hija. Sin pedirle nada a nadie.”

Clara: (Apoyando su mejilla en el cabello de Eliana) “No estoy sola. Tengo a Miriam. Y ahora, parece que también te tengo a ti.”

Se quedaron así, en silencio, mientras la tarde se convertía en noche y la ciudad despertaba sus luces. Afuera, el ruido del tráfico y los vecinos. Adentro, dos mujeres que habían aprendido a esconder sus heridas y que ahora, poco a poco, comenzaban a mostrarlas.

Clara: (En voz baja, casi un susurro) “Eliana.”

Eliana: “Dime.”

Clara: “Gracias por venir. Por no juzgar. Por quedarte.”

Eliana: (Levantando la cabeza, mirándola a los ojos) “Siempre me quedaré, Clara. Siempre.”

Y en la cocina pequeña, con los platos aún sin lavar y el jugo de fresa manchando los labios, algo nuevo comenzó a tejerse entre ellas. Algo que no tenía nombre todavía, pero que prometía ser profundo. Quizás demasiado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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