Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 33

  1. Inicio
  2. JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS
  3. Capítulo 33 - Capítulo 33: Pasión
Anterior
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 33: Pasión

No fue una promesa. Fue una orden.

El primer orgasmo llegó rápido, arrasador, las piernas de Eliana temblando cuando Clara chupó su clítoris entre los labios, aplicando justo la presión necesaria para hacerla explotar. Clara no se detuvo. Subió por su cuerpo, los pechos aplastados contra los de Eliana mientras sus dedos reemplazaban su boca, dos de ellos hundiéndose en su coño empapado con un movimiento brusco que la hizo gritar de nuevo.

—Así me gusta —Clara mordió su cuello, los dientes clavándose en la piel mientras bombeaba los dedos dentro de ella, curvándolos para rozar ese punto rugoso que hacía que Eliana se deshiciera—. Apriétame, puta. Así.

El segundo orgasmo fue más intenso, las paredes de su vagina contrayéndose alrededor de los dedos de Clara mientras esta le susurraba obscenidades al oído, palabras que se mezclaban con los jadeos y los gemidos hasta convertirse en un mantra sucio. Clara no le dio tiempo a recuperarse. Se sentó a horcajadas sobre su rostro, bajándose las bragas justo lo suficiente para dejar su coño sobre la boca de Eliana.

—Lámeme —ordenó, las manos apretando los pechos de Eliana como si la estuviera marcando—. Hazme sentir esa bocita sucia.

Eliana obedeció, la lengua saliendo para lamer el sexo de Clara de abajo hacia arriba, saboreando su propia excitación mezclada con la de ella. Clara gimió, las caderas moviéndose en círculos lentos, ahogando a Eliana con su peso, pero ella no se quejó. Al contrario, sus manos subieron para agarrar el trasero de Clara, acercándola más, profundizando el contacto hasta que el tercer orgasmo de Eliana llegó sin aviso, un espasmo violento que la dejó sin aliento mientras Clara seguía frotándose contra su cara, jadeando.

—Buena chica —Clara se deslizó hacia abajo, los muslos de Eliana aún temblando, y se colocó entre sus piernas de nuevo—. Ahora voy a follarte como te mereces.

Y lo hizo. Sin prisa, pero sin piedad. Los dedos primero, estirándola, preparándola, hasta que Eliana estaba tan mojada que el sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación. Luego vino su boca de nuevo, la lengua trazando círculos alrededor de su clítoris mientras dos dedos se hundían en su ano, algo que Clara sabía que la volvería loca. El cuarto orgasmo fue el más fuerte, el cuerpo de Eliana arqueándose como un arco, los dedos enredados en el pelo de Clara mientras gritaba, las palabras incoherentes, suplicantes.

Cuando finalmente Clara se dejó caer a su lado, sudorosa y satisfecha, Eliana solo pudo jadear, el cuerpo aún sacudido por réplicas de placer.

—Dios —murmuró, la voz rota—. Creo que me has matado.

Clara se rio, baja y triunfante, mientras pasaba un dedo por el pecho de Eliana, dibujando círculos alrededor de un pezón aún duro.

—Cariño —dijo, la boca cerca de su oído—, esto apenas empieza.

El cuerpo de Eliana aún temblaba sobre las sábanas arrugadas, el sudor mezclándose con los restos de su último orgasmo mientras intentaba recuperar el aliento. Clara, en cambio, no mostraba señal alguna de cansancio. Con una sonrisa perezosa pero cargada de intención, se deslizó fuera de la cama, dejando que el aire acondicionado del hotel acariciara su piel desnuda. Cada paso que daba hacia el minibar era una exhibición deliberada: el balanceo de sus caderas, el modo en que los músculos de su espalda se tensaban al estirarse para abrir la pequeña nevera. El clic del corcho al ser liberado resonó en la habitación, seguido del silbido característico del champán al escapar.

No se molestó en buscar copas. En su lugar, Clara regresó a la cama con la botella humeante entre los dedos, el líquido dorado burbujeando en el borde como si supiera lo que venía.

Sin advertencia, inclinó la botella sobre el torso de Eliana, dejando que el chorro frío trazara un camino desde la hundidura entre sus clavículas, sobre la suavidad de sus pechos, hasta el valle entre ellos. Eliana jadeó, arqueando la espalda cuando el líquido helado chocó contra su piel caliente, las burbujas estallando como pequeños besos eléctricos. Clara no le dio tiempo a reaccionar. Antes de que pudiera quejarse, la lengua de Clara ya estaba allí, siguiendo el mismo recorrido, lamiendo el champán mezclado con el sudor salado de Eliana, deteniéndose para succionar con fuerza un pezón endurecido antes de continuar hacia abajo.

—Joder, Clara— Eliana intentó protestar, pero su voz se quebró cuando el champán llegó a su ombligo, acumulándose en el hueco antes de desbordarse hacia los costados. Clara lo atrapó con la boca, bebiendo directamente de su piel, los labios fríos contrastando con el calor de Eliana. Luego, sin prisa, vertió más líquido, esta vez directamente sobre el monte de Venus de Eliana, donde el vello rizado se oscureció al empaparse. Eliana maldijo entre dientes, las manos crispándose sobre las sábanas, pero Clara la inmovilizó con una mirada.

—No te muevas— ordenó, la voz ronca, antes de sumergir la lengua entre los labios hinchados de Eliana. El champán, ahora tibio por el calor de su cuerpo, se mezcló con su excitación, creando un cóctel que Clara saboreó con un gemido gutural. Lamió a fondo, como si quisiera memorizar cada pliegue, cada latido del clítoris de Eliana bajo su lengua, mientras esta última se retorcía, atrapada entre el frío del alcohol y el fuego que Clara avivaba con cada movimiento.

Pero Clara no tenía intención de dejarla correrse. No aún. Se levantó lo justo para alcanzar la mesita de noche, donde el cajón crujió al abrirse. Lo que sacó brilló bajo la luz tenue de la lámpara: un vibrador de vidrio, liso y frío al tacto, con una curva elegante que parecía diseñada para torturar. Eliana lo reconoció al instante y tragó saliva, el cuerpo tenso en anticipación.

Clara no dijo nada. En su lugar, pasó el extremo afilado del juguete por el cuello de Eliana, desde la base de la garganta hasta la oreja, donde se detuvo para trazar pequeños círculos. Eliana contuvo el aliento, la piel de gallina erizándose bajo el contacto gélido.

—Sabes que esto puede romperse, ¿verdad?— murmuró Clara, presionando apenas un poco más, suficiente para que Eliana sintiera el riesgo. —Un movimiento brusco y… crack. Pero no te preocupes, cariño. Sé exactamente cómo usarlo.

Bajó el vibrador, deslizándolo entre los pechos de Eliana, donde el champán aún brillaba. Lo movió en espirales lentas, evitando los pezones, que ya estaban duros como piedras. Eliana gemía, frustrada, intentando guiar el juguete con las caderas, pero Clara lo esquivó, llevándolo más abajo, hacia el costado de su torso, donde la piel era más sensible. El vidrio dejó un rastro húmedo a su paso, el frío contrastando con el calor que Eliana desprendía.

—Por favor— suplicó Eliana, las uñas hundiéndose en los muslos. —Clara, joder, no aguanto más.

Clara sonrió, perversa. Con deliberada crueldad, pasó el vibrador sobre el hueso de la cadera de Eliana, acercándose peligrosamente a su entrepierna, pero deteniéndose justo antes de llegar. Eliana gruñó, los músculos del abdomen contrayéndose en un intento fallido de alcanzar el contacto que tanto anhelaba.

—Aún no— susurró Clara, retrocediendo el juguete para dibujar letras imaginarias sobre el muslo interno de Eliana. La C de clítoris, la P de puta, la M de mía. Cada letra era una caricia helada que hacía que Eliana se estremeciera. —Tienes que decírmelo. Dime exactamente lo que quieres que haga con esto.

Eliana respiró entrecortadamente, el deseo nublando su capacidad de pensar con claridad. Pero Clara no cedía. Mantuvo el vibrador suspendido a centímetros de su objetivo, el frío vaporizando el aire entre ellas.

—Quiero… quiero que me lo metas— logró decir Eliana, la voz quebrada. —Que me lo claves hondo, joder, por favor.

Clara arqueó una ceja, como si considerara la petición. Luego, sin apartar la mirada de los ojos desesperados de Eliana, llevó el vibrador a sus propios labios y lo lamió lentamente, desde la base hasta la punta, humedeciéndolo. El sonido obsceno del vidrio resbaladizo hizo que Eliana se mordiera el labio inferior hasta sangrar.

—Buena chica— susurró Clara, finalmente. Pero en lugar de darle lo que pedía, presionó el juguete contra el ano de Eliana, que se tensó por sorpresa. —Aunque no dije dónde, ¿verdad?

Clara se levanta y abre un cajón, sacando su pene cinturón. Se lo ajusta y lo abrocha con fuerza alrededor de sus caderas. Luego, se da la vuelta y se posiciona entre las piernas abiertas de Eliana, mirándola con lujuria.

Clara agarra con fuerza las caderas de Eliana y, con un gruñido primitivo, empuja su pene dentro de su apretado y mojado coño. No se detiene, embistiéndola con fuerza salvaje una y otra vez, perdido en su propio placer.

Eliana jadea, su lengua sobresale mientras sus ojos se ponen blancos de éxtasis. Clara la agarra con más fuerza, sus dedos se hunden en la piel mientras sigue montando a Eliana sin descanso.

El sonido de piel contra piel resuena en la habitación, mezclado con los gemidos y gruñidos de placer de ambas mujeres. Clara se pierde en el momento, deleitándose con cada pequeño cambio en la expresión de Eliana – sus ojos rodando hacia atrás, su boca abierta en un gritito de placer, su cuerpo temblando.

Con un último empuje profundo, Clara encuentra su liberación, su pene palpitando dentro de Eliana mientras el placer la inunda. Se queda quieto por un momento, jadeando, antes de retirarse y mirar a Eliana con satisfacción.

Ambas se desploman en la cama, su piel brillando de sudor y sus corazones acelerados. Por ahora, están saciadas. Pero el ardiente deseo todavía late entre ellas. Saben que no será la última vez. Esta es solo la primera de muchas sesiones más.

La habitación del hotel estaba sumida en una penumbra íntima. Las luces de Moscú parpadeaban tras los ventanales, un mosaico de amarillos y blancos que se reflejaba en el cristal como estrellas caídas. Maximilian estaba sentado en el sillón de terciopelo burdeos, la laptop abierta sobre sus muslos, los dedos moviéndose sobre el teclado con una velocidad que delataba años de práctica. Llevaba puesto el pijama de seda negra, que le caía sobre el cuerpo con una fluidez que hacía que cada movimiento suyo pareciera más lento, más deliberado.

Zamir, en el otro extremo del sillón, llevaba el pijama de seda azul —el mismo tono que la camisa que Maximilian había usado aquel día, el mismo tono que Zamir había sugerido semanas atrás. La tela le acariciaba los hombros, se ceñía a su pecho con una suavidad que hacía que cada respiración fuera un pequeño acto de intimidad. Sus pies descalzos descansaban sobre la alfombra, y sus manos, inquietas, jugueteaban con el borde de la manga.

El silencio entre ellos era denso, pero no incómodo. Era el silencio de quienes han compartido una cama, una noche, un secreto que ninguno se atreve a nombrar. El sonido de los dedos de Maximilian sobre el teclado era el único ritmo que marcaba el tiempo.

Zamir se levantó de repente. Caminó hacia la pequeña barra del hotel, abrió el minibar, y rebuscó entre las botellas miniatura y las latas de refresco. No había champagne. Pero había vino. Una botella de tinto, de esas que los hoteles de lujo dejan para los huéspedes que no piden otra cosa. La tomó, la sostuvo contra la luz, y sonrió.

Zamir: (Sin volverse) “No hay champagne. Pero tenemos esto.”

Maximilian levantó la vista de la laptop un segundo, luego volvió a la pantalla. “No quiero.”

Zamir ignoró la respuesta. Sacó dos copas de la repisa superior —de esas de cristal fino que tintinean al tocarlas— y las dejó sobre la mesa de mármol. El corcho salió con un pop que rompió el silencio, y el aroma a ciruela y roble se extendió por la habitación como un fantasma.

Sirvió las dos copas. El vino, oscuro y espeso, trepó por las paredes de cristal como si tuviera prisa por ser bebido. Tomó las dos, se acercó al sillón, y extendió una hacia Maximilian.

Zamir: (Con una sonrisa que intentaba ser casual pero le temblaba en los labios) “Vamos. Una vez. Beberemos una vez. Haz algo diferente. No hace daño.”

Maximilian lo miró. Sus ojos grises, que durante el día eran acero puro, ahora tenían un brillo más suave, más humano. La luz de la lámpara del rincón le acariciaba el perfil, iluminando las arrugas alrededor de sus ojos, la línea de su mandíbula que se había relajado con las horas.

Maximilian: “No bebo vino por las noches. Me da insomnio.”

Zamir: (Sin bajar la copa) “Entonces no duermas. Pero bebe conmigo.”

El silencio se alargó. Maximilian sostuvo la mirada de Zamir, y por un instante, algo pasó entre ellos. Un reconocimiento silencioso. Una tregua.

Maximilian tomó la copa.

Sus dedos rozaron los de Zamir al hacerlo, y ese roce, breve, casi imperceptible, envió una corriente eléctrica por el brazo de Zamir. Se sentó de nuevo en su lado del sillón, más cerca esta vez, y levantó su copa hacia la luz.

Zamir: “Salud. Por el contrato. Y por…”

No terminó la frase. No sabía qué más añadir. Por nosotros, hubiera querido decir. Por esta habitación. Por las manos que se buscan en la oscuridad. Por lo que no nos atrevemos a decir.

Maximilian no esperó el brindis. Llevó la copa a sus labios y bebió un sorbo. Zamir lo imitó, y el vino le entró caliente, suave, con un regusto a frutos del bosque que se quedó en su lengua.

Zamir: (Dejando la copa sobre la mesa, acercándose un poco más) “¿Ves? Está dulce. No es tan terrible.”

Maximilian: (Con la copa aún en la mano, la mirada perdida en el vino) “No dije que fuera terrible. Dije que no quería.”

Zamir: “Y sin embargo, estás bebiendo.”

Maximilian lo miró de reojo. Algo en su expresión cambió. No era enfado. Era algo más cercano a la resignación, o quizás a la curiosidad.

Maximilian: “Eres terco.”

Zamir: (Sonriendo, una sonrisa pequeña, íntima) “Me han dicho. También me han dicho que soy un buen cocinero, que soy un buen novio, y que tengo las manos suaves. Pero terco es nuevo.”

Maximilian casi sonrió. Fue un gesto mínimo, un temblor en la comisura de sus labios, pero Zamir lo vio. Y ese gesto le dio calor, más que el vino, más que la seda azul que llevaba puesta.

Bebieron en silencio un rato. El vino bajaba en las copas, y la botella, medio vacía, esperaba sobre la mesa. La música de la ciudad entraba amortiguada por los ventanales, un rumor lejano que parecía venir de otro mundo.

Zamir: (Con la voz más baja, como si compartiera un secreto) “Maximilian.”

Maximilian giró la cabeza hacia él. El uso de su nombre, sin el “señor”, sin el “don”, sin la distancia que siempre ponían entre ellos, hizo que algo en su rostro se tensara y se relajara al mismo tiempo.

Zamir: “¿Por qué viniste a este viaje? Podrías haber mandado a tu secretario. Podrías haber cerrado el trato por videollamada. Pero viniste. Y me trajiste a mí.”

El silencio se hizo más denso. Maximilian bajó la copa, la dejó sobre la mesa, y se reclinó en el sillón. Sus ojos se perdieron en el techo, en las molduras de escayola, en algún lugar que Zamir no podía ver.

Maximilian: (Finalmente, con una voz que sonaba más vieja, más cansada) “No lo sé. Quizás necesitaba salir de esa casa. De esa oficina. De esa vida que construí y que a veces siento que me construyó a mí.”

Zamir sintió algo romperse dentro de él. No era lástima. Era algo más cercano a la comprensión. A la empatía. A ese reconocimiento de que, debajo de la coraza de acero, Maximilian era tan humano como cualquier otro.

Zamir: “Y yo. ¿Por qué me trajiste a mí?”

Maximilian giró la cabeza, y sus miradas se encontraron. Fue un instante, apenas un latido, pero en ese latido hubo más verdad que en todas las palabras que habían intercambiado en meses.

Maximilian: “Porque Eliana lo pidió.”

Zamir: (Sacudiendo la cabeza, sin apartar la mirada) “No. Ella pidió que viniera alguien. Tú elegiste que fuera yo.”

Maximilian no respondió. Pero su mandíbula se tensó, y sus dedos, sobre el reposabrazos del sillón, se cerraron en un puño que luego se relajó.

Zamir se atrevió a acercarse un poco más. No lo suficiente para tocarlo, pero sí para sentir el calor de su cuerpo, el aroma a cedro y a vino que lo envolvía.

Zamir: (En un susurro) “Gracias.”

Maximilian: (Sin mirarlo) “¿Por qué?”

Zamir: “Por traerme. Por confiar en mí. Por dejarme ver esto.” Hizo un gesto vago que abarcaba la habitación, el vino, la noche, las manos que se buscaban en la oscuridad. “Por dejarme verte a ti.”

El silencio que siguió fue el más largo de todos. Maximilian no se movió. Zamir no se movió. Solo quedaron allí, en el sillón de terciopelo burdeos, con el vino tibio en las copas y la noche cayendo sobre Moscú, como dos extraños que llevaban toda la vida esperando encontrarse.

Maximilian: (Finalmente, con una voz tan baja que Zamir tuvo que inclinarse para escucharla) “El vino está bueno.”

Zamir sonrió. Una sonrisa amplia, genuina, que le iluminó el rostro. “Te dije que sí.”

El aire olía a vino barato y a calor acumulado. Zamir, con los ojos vidriosos y la respiración entrecortada, se acercó tambaleándose a Maximilian, quien acababa de desplomarse de espaldas en el sillón, riendo con esa risa floja y despreocupada de quien ya perdió la cuenta de las copas.

Sin preámbulos, Zamir le cubrió la boca con la suya, un beso húmedo, desesperado, que sabía a tinto y a posesividad instantánea. Maximilian emitió un sonido ahogado, más de sorpresa que de rechazo, mientras Zamir no se separaba ni un centímetro. Su mano, grande y caliente, se coló bajo la fina tela del pijama negro de Maximilian, recorriendo el costado, la cintura, hasta aferrar con fuerza una de sus nalgas a través de la tela de los boxers. Apretó, con un gruñido gutural, como si quisiera marcar la carne a través de la ropa.

La lengua de Zamir invadió su boca sin pedir permiso, un movimiento húmedo y dominante. Luego, Zamir ajustó su cuerpo, presionando su entrepierna, ya dura y abultada contra su pijama , contra la de Maximilian. Comenzó a frotarse, un movimiento brusco, urgente, buscando fricción a través de las capas de tela. Se podía sentir la erección firme de Zamir empujando contra el muslo de Maximilian, un ritmo primitivo y borracho.

De repente, Zamir se detuvo en seco. Se separó como si lo hubieran electrocutado, dejando a Maximilian jadeando y despeinado contra el cojín. Los ojos de Zamir se abrieron, un destello de pánico sobrio en medio del mareo.

Maximilian se levanta mareado y sonrojado y comienza a caminar buscando la salida .

Zamir lo siguió con la mirada, borracho y con los ojos vidriosos de lujuria. El rechazo, aunque educado, le quemó por dentro. No, no se iba a quedar así. Maximilian ya estaba en el pasillo tambaleándose cuando Zamir se levantó del sillón con una determinación torpe pero feroz.

—Espera —gruñó, su voz ronca por el alcohol y la necesidad.

Alcanzó a Maximilian justo frente a la puerta del baño, empujándolo contra la pared con un golpe sordo. Maximilian emitió un sonido entre sorpresa y excitación.

—No me pidas perdón —murmuró Zamir contra su oreja, el aliento caliente y cargado de vino—. No te alejes.

Antes de que Maximilian pudiera protestar, Zamir le agarró la cara con ambas manos y volvió a besarlo, pero esta vez sin ninguna dulzura residual. Era un beso de conquista, húmedo y desordenado, con lenguas que luchaban y dientes que rozaban. Zamir deslizó una mano entre ellos, abriendo con torpeza pero eficacia el cordón del pantalón de pijama de Maximilian.

—Zamir, espera… —jadeó Maximilian entre besos, pero su cuerpo se arqueaba hacia el contacto.

—Ya esperé dos horas —replicó Zamir, vulgar y directo—. Y dos botellas. Mi polla está dura como una piedra por frotarme contra tu culito.

Con un tirón brusco, bajó el pantalón de pijama y los boxers de Maximilian hasta sus muslos, exponiendo su trasero pálido al aire fresco del pasillo. Zamir apretó una de las nalgas con fuerza, hundiendo los dedos en la carne suave.

—Vas a dormir aquí —susurró Zamir, mordisqueando su cuello—. Pero no en el sillón. Vas a dormir con mi verga dentro de ti.

Maximilian gimió, una rendición clara en el sonido. Zamir no perdió tiempo. Escupió en su propia mano, un acto crudo y práctico, y se frotó la saliva sobre su erección que palpitaba contra su propio pantalón. Luego, con la misma mano húmeda, se frotó entre las nalgas de Maximilian, presionando contra el ojo apretado.

—Relájate —ordenó, más que pidió—. O duele más.

Y sin más preparación, alineó la cabeza de su pene con el pequeño orificio y empujó. La entrada fue difícil, estrecha, pero Zamir era insistente, borracho y posesivo. Maximilian gritó, un sonido agudo que se ahogó contra la pared.

—¡Ah, mierda! ¡Zamir!

—Sí, grita —jadeó Zamir, hundiéndose lentamente, sintiendo el calor y la opresión increíbles que lo envolvían—. Eso es. Toma mi polla. Tómala toda.

Finalmente, sus caderas chocaron contra las nalgas de Maximilian. Zamir jadeó, una sensación eléctrica recorriéndole la espalda. Comenzó a moverse, con embestidas cortas y profundas, el sonido de sus pieles chocando y sus jadeos llenando el pasillo.

—Este culo… es mío ahora —gruñó Zamir, agarrándole las caderas con fuerza para clavar cada embestida más adentro—. Lo sabes, ¿verdad? Di que lo sabes.

—¡Es tuyo! —gritó Maximilian, perdido en la embestida brutal, en el dolor y el placer que se mezclaban—. ¡Tu puto culo, Zamir!

Zamir sonrió, un gesto salvaje y satisfecho. Cambió el ángulo, buscando, hasta que Maximilian volvió a gritar, pero esta vez de puro placer.

—Ahí está —murmuró Zamir, acelerando el ritmo, sus bolas golpeando la piel de Maximilian con cada embestida—. Voy a llenarte, Maximilian. Voy a vaciar mis huevos en tu culo tan profundo que sentirás mi leche por días.

Sus movimientos se volvieron erráticos, descontrolados. El alcohol y la lujuria pura se apoderaron de él. Con un último gruño gutural, Zamir se clavó hasta el fondo y explotó, pulsando y eyaculando en oleadas calientes dentro del cuerpo que temblaba debajo de él. Siguió embistiendo débilmente, extrayendo cada última gota de placer.

Cuando finalmente se calmó, apoyó la cabeza sudorosa en la espalda de Maximilian, ambos jadeando en la penumbra del pasillo. Zamir se retiró lentamente, y un hilillo de su semen blanco y espeso siguió su salida, goteando por el muslo interno de Maximilian.

—A la mierda el baño —murmuró Zamir, dándole una palmada suave y posesiva en la nalga enrojecida—. Ahora sí, a dormir.

La luz de la mañana se filtraba por los ventanales del hotel, implacable, blanca, fría como el hielo que cubría las calles de Moscú. Zamir abrió los ojos con la cabeza hecha un nudo y el sabor del vino podrido en la lengua. Parpadeó una vez. Dos. El techo no era el de la mansión. Las paredes no eran las de su habitación. El sillón de terciopelo burdeos en el que estaba desnudo, con la piel pegada al cuero frío, no era su cama.

Se incorporó con un movimiento torpe, y el mundo se inclinó a su alrededor. Las botellas de vino vacías sobre la mesa de mármol, dos copas con restos de un líquido oscuro, la ropa tirada en el suelo —la suya, la de Maximilian, la seda azul y la seda negra enredadas como cuerpos que habían olvidado cómo separarse.

Y entonces, el recuerdo llegó.

No fue un destello. Fue una avalancha.

Las manos de Maximilian en sus hombros, tratando de apartarlo. Su propia voz, ronca, insistiendo. “Vamos, una copa más.” El vino, dulce, traicionero, bajando por su garganta como un río de olvido. La cercanía en el sillón. El roce de sus rodillas. La mirada de Maximilian, esos ojos grises que siempre lo veían todo, esta vez borrosos, confusos, rendidos.

Zamir había sido él quien había inclinado la cabeza. Él quien había buscado sus labios. Él quien, cuando Maximilian no respondió al beso, lo había tomado del cuello y lo había besado otra vez, con más fuerza, con más hambre.

Y Maximilian, al principio, había resistido. Sus manos en el pecho de Zamir, empujando. Su voz, apenas un hilo: “Zamir… para.”

Pero Zamir no había parado.

El vino había borrado cualquier límite, cualquier culpa, cualquier miedo. Solo quedaba el deseo, crudo, animal, que había estado alimentando en silencio durante meses. Y lo había tomado. Lo había forzado. Lo había poseído en el sillón de terciopelo burdeos, en el suelo de la habitación, en la cama que olía a ellos dos.

Maximilian no había vuelto a decir que no. Pero tampoco había dicho que sí. Había quedado allí, inmóvil, con los ojos cerrados, como si su cuerpo estuviera en otra parte mientras Zamir hacía con él lo que llevaba semanas queriendo hacer.

Zamir se levantó del sillón como si la piel le quemara. El mareo le dio un vuelco, y tuvo que apoyarse en la mesa para no caer. Sus piernas temblaban. Sus manos temblaban. Todo su cuerpo temblaba mientras los recuerdos seguían llegando, implacables, uno tras otro.

Corrió a la habitación. La puerta estaba abierta. La cama, deshecha. Las sábanas blancas, arrugadas, con manchas que no quiso mirar. Pero Maximilian no estaba. Sus maletas no estaban. El armario, vacío. El baño, vacío. Solo quedaba el olor a cedro, flotando en el aire como un fantasma, y en la mesita de noche, una nota que Zamir no se atrevió a leer.

Se sentó en el borde de la cama. La suavidad del colchón, que horas antes había sido un campo de batalla, ahora era solo un recordatorio de lo que había hecho. Se cubrió el rostro con las manos, y por un momento, el mundo se redujo al latido de su corazón y al zumbido del silencio.

No lloró. No podía llorar. Los culpables no lloran.

Se levantó. Fue al baño. El agua caliente golpeó su espalda durante casi una hora, pero no logró limpiar la sensación de suciedad que le pegaba a la piel. Se vistió con la ropa que encontró —los pantalones de vestir, la camisa blanca, la chaqueta de lana gris que le había prestado Eliana— y metió el resto en la maleta sin doblar, sin mirar, sin pensar.

Cuando salió de la habitación, no miró atrás.

—

El aeropuerto estaba lleno de gente que iba a algún lado, que tenía un lugar al que pertenecer. Zamir caminó entre ellos como un fantasma, con el pasaporte en una mano y el billete en la otra. No recordaba haber comprado el billete. No recordaba haber llamado a un taxi. No recordaba nada después de despertar en el sillón.

En la fila de facturación, una mujer con un niño pequeño le sonrió. Zamir no devolvió la sonrisa. En el control de seguridad, un hombre le pidió que se quitara los zapatos. Zamir obedeció en silencio. En la sala de espera, una pareja de ancianos se besaba en la mejilla, y Zamir tuvo que apartar la mirada.

El vuelo a Italia tardaría tres horas. Tres horas sentado junto a una ventana, mirando las nubes sin verlas, repitiendo en su cabeza una y otra vez la misma frase: lo forcé. Lo forcé. Lo forcé.

No recordaba los detalles. El vino había borrado los bordes, dejando solo manchas de imágenes inconexas. Sus manos en el cuerpo de Maximilian. La piel blanca bajo la seda negra. La forma en que Maximilian había cerrado los ojos cuando Zamir lo había besado por tercera vez. La cuarta. La quinta.

No dijo que no. Pero tampoco dijo que sí.

Zamir apoyó la frente en el cristal frío de la ventanilla. Las nubes pasaban debajo de él, blancas, infinitas, indiferentes. Pensó en Eliana, en su sonrisa cuando le pidió que cuidara de su padre. Pensó en Clara, en la forma en que miraba a Eliana cuando creía que nadie la veía. Pensó en Maximilian, en la nota que no se atrevió a leer, en las maletas vacías, en el olor a cedro que aún creía percibir en su ropa.

Cuando el avión aterrizó en Italia, el sol de la tarde lo cegó al salir. Tomó un taxi, dio la dirección de la mansión, y se quedó mirando cómo los edificios pasaban, cómo la ciudad se transformaba en campo, cómo el campo se transformaba en los muros altos que rodeaban la propiedad.

No sabía qué iba a decir. No sabía si Maximilian ya habría llegado. No sabía si Eliana lo estaría esperando, o si Clara estaría allí, o si todo se habría derrumbado mientras él volaba sobre Europa con el peso de la culpa aplastándole el pecho.

El taxi se detuvo frente a la puerta principal. Zamir pagó con los dedos torpes, bajó del coche, y se quedó un momento mirando la fachada de la mansión, las ventanas que brillaban bajo el sol, las flores que bordeaban el camino.

No quería entrar. Pero no tenía otro lugar a donde ir.

Caminó hacia la puerta con pasos que parecían de otro hombre. Un hombre que había hecho algo imperdonable. Un hombre que había roto algo que nunca podría reparar.

Y cuando la puerta se abrió, cuando James apareció en el umbral con su sonrisa profesional, Zamir supo que nada volvería a ser igual.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo