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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 5

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5: Llamada 5: Llamada (Eliana acaba de actualizar el expediente digital de Mateo, registrando el incidente del “calamar azul” con una sonrisa en los labios, cuando suena el suave tono de notificación.

La puerta se entreabre y aparece Clara, su expresión ahora es de simpatía práctica, la que reserva para los casos más comunes pero no menos agotadores.) Enfermera Clara: Doctora, la siguiente paciente ya está en la sala de exploración 2.

Es Valentina, seis años.

La traen sus papás.

Motivo: vómito y diarrea desde anoche.

Todo apunta a una gastroenteritis clásica.

Parece que anda circulando un virus en su colegio.

Eliana: (Asiente, su rostro se serena en una expresión de comprensión profesional.

Cambia el chip mental instantáneamente, del globo al virus).

Clásico y agotador para todos.

¿Signos de deshidratación?

Clara: (Consulta su tablet) Leves.

Está algo pálida, mucosas un poco secas, pero responde bien.

Los padres le han dado suero oral en casa, pero no ha podido retener mucho.

Eliana: (Se levanta, ajustándose el batín blanco y asegurándose de tener a mano el otoscopio y el estetoscopio.

Su voz es calmada y resolutiva) Perfecto.

Vamos a evaluarla.

Prepárame una cuna de observación por si necesitamos hidratación intravenosa, aunque intentaremos evitarlo.

Y el kit de evaluación de deshidratación, por favor.

Clara: Inmediatamente, doctora.

(Clara sale y Eliana se dirige al lavamanos en un rincón de su oficina, lavándose las manos meticulosamente con jabón antiséptico.

Secándose con una toalla de papel, camina por el corto pasillo decorado con animales del mar hacia la sala de exploración 2.

Es una sala un poco más grande, con una camilla pediatrica, una silla para los padres y el equipo básico.

Allí están los padres de Valentina, sentados, con expresiones de preocupación y cansancio.

En la camilla, recostada sobre una sábana limpia, está Valentina, una niña pequeña y pálida, con los ojos grandes y vidriosos, abrazando un pequeño recipiente por si las dudas.) Eliana: (Entra con una sonrisa tranquila) Hola, buenos días.

Soy la doctora Eliana.

Ustedes deben ser los papás de Valentina.

(Se acerca a la camilla y se coloca a la altura de la niña, hablando con un tono suave pero claro).

Hola, Valentina.

Me dicen que tu tripita no está muy feliz.

Valentina: (Niega débilmente con la cabeza, apretando los labios).

Madre: (Con voz angustiada) Doctora, anoche empezó con vómitos.

Y luego la diarrea.

No ha parado.

Le damos el suero, pero lo devuelve.

Tiene décimas de fiebre también.

No sabemos qué hacer.

Eliana: (Asiente, colocando una mano suave en la frente de Valentina para evaluar la temperatura) Ustedes han hecho exactamente lo correcto al traerla y al intentar darle suero oral.

Eso es lo más importante ahora: reponer los líquidos que está perdiendo.

(Se dirige a Valentina mientras se pone los guantes).

Valentina, voy a revisarte la pancita, ¿vale?

A ver si escucho algo.

(Con movimientos gentiles y hablándole durante todo el proceso, Eliana ausculta el abdomen de la niña, que está sensible y hace ruidos característicos de hiperactividad intestinal.

Revisa sus oídos y su garganta para descartar una faringitis que pueda estar causando el vómito, y evalúa los signos de deshidratación: le pide que abra la boca para ver las mucosas, le levanta suavemente la piel en el antebrazo para ver el turgor, y observa sus ojos.) Eliana: (Dirigiéndose a los padres) Por lo que veo, se trata efectivamente de una gastroenteritis viral, muy probablemente.

Lo importante ahora es romper el ciclo.

El vómito impide que tome líquidos, y sin líquidos, se deshidrata y se siente peor, lo que a veces causa más vómito.

(Explica el plan con claridad): Vamos a intentar una estrategia.

Le vamos a dar suero oral, pero en cantidades muy pequeñas.

Una cucharadita cada cinco minutos.

Así, el estómago no se sobresalta.

Si en una hora logra tolerarlo sin vomitar, podemos ir aumentando muy poco a poco.

Si no lo tolera, entonces tendremos que ayudarla con un suero por la venita, solo para darle un empujón y que su cuerpo se recupere lo suficiente para empezar a tomar por la boca.

Padre: (Alivia un poco la tensión al tener un plan claro) Lo que usted diga, doctora.

Eliana: (Sonríe a Valentina) ¿Te parece un plan, Valentina?

Vamos a ser muy pacientes, como una tortuguita.

Una cucharadita chiquitita.

¿Crees que puedes?

Valentina: (Asiente, casi imperceptiblemente).

(Clara entra en ese momento con el carro de hidratación y el kit.

Eliana supervisa mientras Clara inicia el protocolo de rehidratación oral minuciosa.

Le da instrucciones detalladas a los padres sobre la dieta absoluta (solo suero al principio, luego quizás manzana rallada o arroz blanco en 24 horas si mejora), los signos de alarma por los que deben volver de inmediato, y les programa un control para el día siguiente.) Eliana: (Al despedirlos, coloca una mano en el hombro de la madre) Lo más difícil es verlos así.

Pero estos virus son fuertes, pero cortos.

Con paciencia y líquidos, en unos días estará correteando de nuevo.

Aquí tiene mi contacto por si hay cualquier cambio.

(Una vez que la familia sale, Eliana se lava las manos nuevamente.

Mira a Clara, y ambas intercambian una mirada de comprensión.

Es agotador, pero es la esencia misma de su trabajo: contener, guiar, y dar herramientas a las familias para superar la tormenta, por pequeña o grande que sea.

Cada caso, desde la fiebre misteriosa hasta la gastroenteritis pasajera, es un mundo.

Y ella está aquí, en el centro de todos ellos, siendo el ancla.) (Eliana observa cómo Clara inicia el protocolo de suero oral con Valentina, dosificando la primera cucharadita con paciencia infinita.

La niña bebe un poco y cierra los ojos, agotada.

Eliana asiente con satisfacción.

Lo peor, el factor miedo y la incertidumbre, ya está bajo control.

Ahora es cuestión de tiempo y cuidados.) Eliana: (Dirigiéndose a Clara, con voz baja pero clara) Perfecto, Clara.

Sigue así, por favor.

Monitorea sus signos cada quince minutos.

Si tolera tres cucharadas seguidas sin devolver, podemos pasar a una cucharada sopera cada diez.

Lo crucial es no precipitarse.

Y cualquier cambio, por mínimo que sea, me avisas al instante.

Clara: (Asiente, su atención completamente enfocada en Valentina) Entendido, doctora.

No se preocupe, aquí estoy.

Eliana: (Da un último vistazo al gráfico de signos vitales que empieza a llenarse en la tablet de Clara) Bien.

(Se frota suavemente la nuca, un gesto leve de cansancio que solo aparece en la intimidad de su equipo).

¿Y cuál es mi siguiente paciente?

Clara: (Sin apartar los ojos de Valentina, responde con un tono que mezcla la profesionalidad con un dejo de simpatía) Queda uno, doctora.

Es Santiago, dos años y medio.

Lo trae su mamá.

No es una emergencia, es un control de rutina, pero…

(hace una pausa significativa) según la mamá, el pequeñín tiene un dientecito que se mueve mucho y debe salir.

El problema es que Santiago ha desarrollado un miedo feroz a que se lo saquen.

Dice que en la consulta del dentista familiar hubo “llanto épico y fuga por el pasillo”.

La mamá está desesperada y espera que aquí, en nuestro ambiente, quizás…

la magia funcione.

Eliana: (Una sonrisa comprensiva, casi de complicidad, le ilumina el rostro.

Cambia por completo el chip: de la urgencia gastrointestinal al territorio de los miedos infantiles.

Su expresión se suaviza aún más).

Ah, el temible diente bailarín y el pánico al “tirador”.

Clásico.

(Suspira, pero es un suspiro de quien ama este tipo de desafíos).

Bueno, si la magia no funciona, tendremos que usar la psicología y mucha, mucha paciencia.

¿Tienen preparada la sala de juegos?

Que lo lleven allí primero.

No vamos a hablar de dientes ni de sacar nada hasta que Santiago haya explorado un poco y se sienta seguro.

Clara: (Finalmente aparta la mirada de Valentina para sonreírle a Eliana) La sala ya está lista.

Y tengo preparados los stickers de “valentía” y el “diploma del diente corajudo”.

Por si acaso la magia sí funciona.

Eliana: (Le devuelve la sonrisa, ajustándose el estetoscopio que ahora parece más un accesorio que una herramienta para este caso) Excelente.

Ahora, dame cinco minutos para respirar y repasar la ficha de Santiago.

Luego voy para allá.

Aquí estás al mando.

Recuerda, cualquier cambio.

Clara: (Asiente con firmeza) Cualquier cambio.

Suerte con el pequeño Houdini del diente, doctora.

(Eliana sale de la sala de exploración y regresa brevemente a su oficina azul pastel.

Toma un sorbo de agua de su botella púrpura y cierra los ojos por un instante, dejando atrás la imagen de Valentina pálida para visualizar a un niño de dos años asustado.

Este es el ritmo de su día: un vaivén constante entre lo fisiológicamente urgente y lo emocionalmente crítico.

Y en ambos frentes, su arma más poderosa no es el estetoscopio o el suero, sino su capacidad de conectar, de calmar, de encontrar la manera de llegar a ellos.

Se endereza, se asegura de que en el bolsillo de su batín hay un pequeño espejito de juguete (útil para estos casos), y se dirige, con paso tranquilo y una sonrisa preparada, hacia la sala de juegos, lista para la próxima batalla: la del miedo a un diente que se niega a caer.) (La puerta de la sala de juegos —un espacio brillante y seguro con una alfombra de colores, tubos para gatear, cojines suaves y estanterías bajas llenas de juguetes— se abre suavemente.

Entra primero la madre, con una sonrisa tensa.

Detrás de ella, asomándose con cautela, aparece Santiago.

Tiene dos años y medio, y todo en él grita “alerta máxima”.

Sus ojos, grandes y oscuros, escanean la habitación como un pequeño explorador en territorio desconocido, evaluando cada rincón, cada objeto, cada persona para identificar posibles amenazas.

Su cuerpecito está rígido, los hombros cerca de las orejas.

Y, de manera muy reveladora, tiene la boca cerrada con una fuerza impresionante, los labios apretados en una línea firme y decidida.

Es la “boca blindada”.

No va a abrirla por nada del mundo, especialmente no para que alguien mire ahí dentro.

Eliana, que estaba sentada en un puff bajo, fingiendo interés en un libro de animales, levanta la vista muy lentamente.

No se levanta de golpe.

No se acerca.

No sonríe de manera abrumadora.

Simplemente lo mira con calma, dejando que él la estudie a ella también.) Eliana: (Habla en un tono bajo, casi para sí misma, como si comentara el clima) Hola…

veo que llegó un nuevo explorador a la sala.

Qué interesante.

(Santiago se queda pegado a las piernas de su madre, pero su mirada se clava en Eliana.

Ella no hace ningún movimiento hacia él.

En cambio, señala suavemente un cubo de bloques de madera cerca de sus pies.) Eliana: Estos bloques hacen un sonido muy chistoso cuando se caen.

¿Quieres oírlo?

(Sin esperar respuesta, deja caer un bloque suavemente sobre otro.

Clac.

No es un sonido fuerte, pero es interesante).

(Santiago no se mueve, pero su mirada baja hacia los bloques por una fracción de segundo.

Su mandíbula sigue apretada.) Madre: (Susurrando, con ansiedad) Santiago, cariño, es la doctora Eliana.

Es muy buena.

Sólo quiere saludarte…

Eliana: (Le lanza a la madre una mirada rápida pero significativa: déjame llevar esto.

Luego, vuelve a Santiago).

A mí también me gusta mirar todo antes de jugar.

Es lo más inteligente.

(Se queda quieta unos momentos, luego hace como que se da cuenta de algo).

Oye, tu camiseta tiene un dinosaurio.

¿Es un T-Rex?

A los T-Rex les encantaba rugir, pero con la boca bien abierta, así: “¡GRRR!” (Abre su propia boca de forma exagerada y divertida, sin acercarse a él).

(Santiago la observa, impertérrito.

No abre la boca.

Pero un destello de interés, muy leve, cruza sus ojos.

La tensión en sus hombros baja, quizás, un milímetro.) Eliana: (Suspira teatralmente) Qué difícil rugir con la boca cerrada.

Apuesto a que tu dinosaurio es más de los que observan, como un velociraptor listo.

(Señala hacia los tubos de colores).

He visto que por esos túneles a veces pasan dinosaurios pequeños.

Pero solo pasan si el explorador está listo para una aventura…

sin miedo.

(Deja la invitación flotando en el aire.

No lo presiona.

No menciona los dientes, la boca, ni la revisión.

Se limita a existir en el espacio, siendo predecible y tranquila, creando un ambiente donde abrir la boca (literal o metafóricamente) no sea la primera, ni la segunda, ni tal vez la tercera cosa que ocurra.

La batalla por el diente no se ganará con fuerza, sino con una rendición lenta y voluntaria a la curiosidad y la confianza.

Y Eliana está dispuesta a tomar todo el tiempo del mundo.) (El efecto es mágico.

Las palabras de Eliana han tocado la fibra exacta.

La tensión en el pequeño cuerpo de Santiago se rompe no con un llanto, sino con una decisión.

Se separa lentamente de las piernas de su madre, sus ojitos fijos en Eliana, quien permanece inmóvil en su puff, como una roca segura en medio de su mar de miedo.) Santiago da dos pasos titubeantes hacia adelante.

Se detiene.

Inhala profundamente, hinchando su pequeño pecho.

Y entonces, rompiendo el sello hermético de sus labios, abre la boca de par en par y suelta un rugido.

No es el rugido feroz y perfecto de un T-Rex, sino un sonido gutural, poderoso y lleno de emoción: ¡”GRRRAAAAW!” En ese instante glorioso, con la boca aún abierta en medio del rugido, Eliana puede verlo claramente: el pequeño diente frontal inferior, blanco como un granito de arroz, baila de lado a lado, colgando de un hilo de encía, notablemente suelto.

Es el protagonista de todo este drama.

El rugido se apaga.

Santiago cierra la boca, pero esta vez no con fuerza, sino con una expresión nueva: de sorpresa por su propia valentía, y de inmediata vulnerabilidad.

Sus ojos se llenan de un brillo líquido y su labio inferior tiembla ligeramente.

Santiago: (La voz, ahora que ha roto el silencio, es un susurro ronco y cargado de emoción) Tengo miedo…

(Hace una pausa, traga saliva, y se endereza, como recordando su nueva identidad).

Pero soy un dinosaurio.

Un dinosaurio fuerte.

Y…

y valiente.

Eliana: (Su corazón se derrite por completo.

No se mueve del puff, pero su rostro se ilumina con una admiración genuina y radiante).

¡Vaya!

(Susurra, como si hubiera presenciado algo extraordinario).

Acabo de ver al dinosaurio más valiente de toda esta sala.

¡Y tenía un diente mágico!

(Usa la palabra “mágico” deliberadamente, cambiando la narrativa del “diente que hay que sacar” por la del “diente que está listo para una aventura”).

Santiago: (Se toca el labio con timidez, sintiendo el diente con la lengua.

Asiente lentamente).

Es el diente bailarín.

Baila…

pero duele un poquito a veces.

Eliana: (Asiente con solemnidad, tomando completamente en serio su explicación) Claro, los dientes bailarines a veces se emocionan demasiado y dan un pasito de más.

Pero un dinosaurio valiente como tú sabe que ese diente ya hizo su trabajo masticando mucho, mucho pastel de dinosaurio (o lo que sea que coman los T-Rex), y ahora está listo para caer y…

¿sabes qué pasa?

Santiago: (Niega con la cabeza, completamente cautivado).

Eliana: (Baja aún más la voz, en tono confidencial) Que debajo, ya está creciendo un diente nuevo, ¡más fuerte y más afilado!

Como un verdadero dinosaurio.

El diente bailarín tiene que irse para dejarle espacio.

Es como mudarse a una cueva nueva.

Santiago: (Piensa esto, su miedo cediendo ante la curiosidad).

¿Y…

duele cuando se va?

Eliana: (Responde con honestidad, pero matizada) A veces da un saltito y no duele nada.

Otras veces, puede doler un poquitín, como un pellizco de hormiga.

Pero es solo un segundo.

Y después…

(sonríe ampliamente, mostrando sus propios dientes) ¡tienes un huequito mágico para silbar mejor, para que la lengua juegue, y para que el Ratoncito Pérez (o el Dinosaurio Pérez, en tu caso) te deje un regallo por ser tan valiente!

(La madre observa desde la puerta, con la mano en la boca, conteniendo la emoción.

Eliana, sin prisa, saca el pequeño espejito de juguete de su bolsillo.) Eliana: ¿Quieres verlo?

Podemos mirar al dinosaurio valiente y su diente bailarín en el espejo mágico.

Tú lo sostienes.

(Le tiende el espejo.

Santiago, ahora investido de su rol de dinosaurio fuerte, lo toma con cuidado.

Eliana se acerca lentamente, por fin, pero no para agarrarlo, sino para arrodillarse a su lado y guiar suavemente su mano para que apunte el espejo hacia su propia boquita.) Eliana: A ver…

ahí está.

¡Qué diente más bailarín!

Se mueve mejor que yo en una fiesta.

¿Ves?

Es tu diente.

Tú decides cuándo está listo para su gran aventura.

Hoy, lo único que hacemos es saludarlo y felicitarlo por su trabajo.

Santiago: (Se mira en el espejo, fascinado, abriendo y cerrando la boca para ver el movimiento.

El miedo ha sido reemplazado por un sentido de propiedad y curiosidad).

¿Y si…

si se cae solo mientras como un plátano?

Eliana: (Ríe suavemente) ¡Esa sería la mejor aventura de todas!

Sin siquiera darte cuenta.

(Se pone de pie y extiende la mano).

¿Quieres un sticker de “Dinosaurio Valiente Oficial” para tu camiseta?

Es a prueba de agua y de rugidos.

Santiago: (Asiente con entusiasmo, olvidando por completo apretar la boca).

¡Sí!

Eliana: (Le coloca el sticker en el dinosaurio de su camiseta, sellando el pacto).

Perfecto.

Ya sabes, cuando ese diente esté listo para su viaje, puedes ayudarlo un poquito moviéndolo suavemente con la lengua, así.

(Le muestra el movimiento).

Pero solo si quieres.

El dinosaurio valiente manda.

(Santiago sale de la sala minutos después, no con lágrimas, sino sujetando su espejito mágico y luciendo su sticker con orgullo.

La madre mira a Eliana con ojos llenos de gratitud.

No hubo forcejeos, ni gritos, ni trauma.

Solo un cambio de narrativa, un poco de magia y mucho respeto.

Eliana sonríe, sabiendo que a veces, la medicina más poderosa no está en un frasco, sino en la capacidad de hablar el lenguaje de los valientes dinosaurios de dos años.) El teléfono vibra suavemente en el bolsillo del batín blanco de Eliana, justo cuando termina de lavarse las manos tras despedir a Santiago y su madre.

Reconoce el tono personal, el que solo tiene una persona.

Una sonrisa íntima, cansada pero cálida, le ilumina el rostro.

Se seca las manos y se retira a un rincón tranquilo del pasillo.

Eliana: (Contesta, llevándose el teléfono al oído, su voz suave) Hola, mi amor.

Zamir: (Su voz suena al otro lado, con el murmullo de fondo del restaurante casi vacío y el leve tintineo de ollas.

Se nota el cansancio, pero hay calidez) Hola, preciosa.

¿Cómo va tu día entre dinosaurios y virus?

(Hay un tono de humor cariñoso, él conoce bien su mundo).

Eliana: (Se recarga contra la pared, cerrando los ojos un momento) Un torbellino, como siempre.

Un bebé con fiebre que asustaba a su mamá, una gastroenteritis en proceso de hidratación, y un T-Rex en miniatura al que convencimos de que su diente bailarín era un aventurero, no un enemigo.

(Suspira, pero es un suspiro de satisfacción).

Me siento útil.

¿Y tú?

¿Cómo va la batalla en los fogones del Sawasdee?

Zamir: (Se oye un sonido como si se sentara, un pequeño crujido de una silla) Hoy está…

tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Apenas han llegado unos pocos clientes.

Es una de esas mañanas lentas.

Por eso llamo, en mi “descanso” forzado.

(Su voz baja un poco, un dejo de frustración asoma).

Me da tiempo a pensar, y pensar a veces no es bueno aquí, entre las cuatro paredes de la cocina.

Eliana: (Su tono se vuelve inmediatamente más atento, protector) ¿En qué piensas, Zamir?

¿En lo de esta mañana?

Zamir: (Hace una pausa.

Se oye un sorbo, tal vez de agua).

En eso.

En todo.

En esta calma chicha en el trabajo, que contrasta tanto con el huracán en el que vivimos.

(Su voz se suaviza, con anhelo).

Extraño oír tu voz sin que haya un comedor de mármel de por medio.

¿Estás bien de verdad, Eli?

No por los pacientes, sino por ti.

Por lo que él te dijo.

Eliana: (Traga saliva.

Su profesionalismo se desvanece por un instante, mostrando la fatiga emocional) Estoy…

cansada.

De luchar en dos frentes.

Aquí soy la doctora, tengo el control.

Allí…

a veces me siento como esa niña otra vez, tratando de entender por qué el amor de sus padres se rompió.

Pero estoy bien.

Porque te tengo a ti.

(Su voz se fortalece con convicción).

Y porque sé quién soy, con o sin su aprobación.

¿Y tú?

¿Cómo estás tú de verdad, después de…?

Zamir: (Exhala profundamente) Con el orgullo por el suelo, amor.

Pero con el corazón intacto.

Porque el corazón es tuyo.

Aquí, al menos, cuando preparamos un plato, hay un resultado.

La gente sonríe, come, se va satisfecha.

Es algo concreto.

En la mansión, siento que lucho contra un fantasma, contra prejuicios que son como muros de acero.

Pero…

(su voz recupera un hilo de su fuerza habitual) escuchar tu voz ahora, saber que estás ahí, peleando tus batallas con esa misma entereza…

me da fuerza.

Me recuerda por qué aguanto.

Eliana: (Una lágrima asoma, pero sonríe) Somos un buen equipo, ¿no?

Tu luchas con especias y sartenes, yo con estetoscopios y calmar berrinches.

Ambos construyendo cosas reales, por más que él no quiera verlo.

Zamir: (Ríe suavemente, un sonido que a ella le encanta) El equipo más improbable y el más fuerte.

Oye, ¿vas a poder almorzar algo hoy?

O te va a tocar otra vez un sándwich rápido entre consulta y consulta.

Eliana: (Mira el reloj con remordimiento) Uy, probablemente lo segundo.

Pero la enfermera Clara me tiene amenazada con traerme una ensalada.

Tú, ¿has comido?

Zamir: Con esta calma, podría cocinarme algo especial, pero ni ganas.

Tal vez un pad thai rápido más tarde.

(Se oye un sonido de puerta al abrirse y un saludo distante en tailandés al fondo).

Parece que llega alguien.

Debo volver, aunque sea para hacer un salteado para dos personas.

Eliana: (Se endereza, como si él pudiera verla) Ve.

Haz tu magia.

Y recuerda, mi dinosaurio valiente…

el diente que se mueve demasiado, al final, se cae para dejar crecer algo más fuerte.

(Es una metáfora clara, para ambos).

Zamir: (Su voz se carga de emoción) Lo sé, doctora.

Cuídate mucho.

Te amo.

Eliana: (Susurrando) Yo te amo más.

Hablamos luego.

(La llamada se corta.

Eliana se queda un momento con el teléfono en la mano, la calidez de la voz de Zamir como un bálsamo contra la frialdad del mármol de su casa.

En el restaurante, Zamir guarda el teléfono, se ajusta la gorra y regresa a la cocina, un poco menos pesado, listo para enfrentar el wok y, simbólicamente, el mundo.

Su conexión, en medio del caos de sus vidas, es un refugio a prueba de todo, incluso de los desprecios más arrogantes.)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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