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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 6

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6: Risa 6: Risa (Eliana se dirige con paso rápido pero silencioso hacia la sala de observación 2, donde dejó a Valentina bajo el cuidado meticuloso de Clara.

Al asomarse por la puerta entreabierta, el panorama es diferente al de antes.

La niña ya no está pálida y contraída en la camilla, sino que está recostada, con los ojos entrecerrados, pero descansando.

La botella de suero oral está a medio terminar sobre la mesita de noche, una pequeña victoria.

Clara está sentada junto a ella, registrando los signos vitales en la tablet.) Eliana: (Entra y se acerca, su voz es un suspiro apenas audible) ¿Cómo vamos?

Enfermera Clara: (Mira hacia arriba y ofrece una pequeña sonrisa de alivio) Mucho mejor, doctora.

Ha tolerado el suero oral perfectamente.

Lleva cuatro cucharadas soperas seguidas sin devolver.

La frecuencia de vómitos ha cesado por completo en la última hora.

Los signos de deshidratación leve están remitiendo: las mucosas están más húmedas y el turgor cutáneo ha mejorado.

(Baja la voz aún más).

Incluso pidió un poco de agua y se durmió hace unos diez minutos.

El agotamiento la venció.

Eliana: (Se acerca a la camilla y coloca suavemente el dorso de la mano en la frente de Valentina.

Ya no está caliente, solo tibia.

Un suspiro de profundo alivio sale de su pecho).

Excelente.

Has hecho un trabajo impecable, Clara.

La consistencia es clave en estos casos.

Clara: (Asiente) Los padres están en la sala de espera, les he ido actualizando.

Están mucho más tranquilos también.

Eliana: (Observa a la niña dormir por un momento más, su rostro de doctora muestra una satisfacción serena.

Luego, se vuelve hacia Clara, y un gesto de fatiga física le cruza el rostro).

Bien.

Voy a aprovechar que está estable y tú tienes el control total para ir a la cafetería a tomar algo y comer algo que no sea un paquete de galletas de la máquina.

(Le guiña un ojo, cansado pero genuino).

Cualquier cambio, por mínimo que sea, me avisas al instante.

No dudes.

Clara: (Hace un gesto de “descuide” con la mano) No se preocupe, doctora.

Aquí estoy yo.

Vaya, tómese su tiempo.

(Baja la voz en un tono de complicidad).

Y coma algo decente, que la ensalada de hoy en la cafetería tiene aguacate.

Eliana: (Una sonrisa agradecida) Con eso me has convencido.

(Da una última mirada a Valentina, confirma con un gesto que el monitor de signos vitales está estable, y sale de la sala, cerrando la puerta sin hacer ruido).

(Se encamina por los luminosos pasillos del “Horizonte”, el peso del batín blanco ahora se siente más ligero.

La crisis de la mañana está controlada: el lactante con fiebre en observación, el “calamar azul” en misión de rescate, y la gastroenteritis en remisión.

El hambre, postergada por la adrenalina, ahora se hace presente con una punzada en el estómago.

La cafetería del centro, con su comida fresca y sana, es su siguiente destino, un breve oasis de normalidad antes de que el siguiente desafío, grande o pequeño, toque a su puerta.) (La cafetería del “Horizonte” es un espacio luminoso y acogedor, con mesas de madera clara y grandes ventanales que dan a un jardín interior.

Eliana ha conseguido su ensalada —lechugas frescas, quinoa, aguacate en su punto, tomates cherrys y pollo a la plancha— y se ha sentado en una mesa tranquila en un rincón.

Acaba de dar el primer bocado, saboreando la normalidad del momento, cuando su teléfono personal vibra en el bolsillo de su batín.

Con un leve suspiro, pensando que será el hospital o quizás Zamir de nuevo, lo saca.

En la pantalla no aparece un nombre, sino un número que reconoce: es el de la abuela de Mateo, el niño del “calamar azul”.

Una sonrisa anticipada se dibuja en sus labios.

Contesta, llevándose el teléfono al oído mientras deja el tenedor sobre el plato.) Eliana: ¿Bueno?

Diga.

Voz al otro lado (Mateo, con un tono emocionado y agudo, casi gritando): ¡DOCTORA ELIANA!

¡SOY YO, MATEO!

¡EL DEL GLOBO!

(Eliana no puede evitar una amplia sonrisa.

Se aleja un poco el teléfono del oído, por el volumen, pero su rostro se ilumina por completo.) Eliana: (Con voz alegre y sorprendida) ¡Mateo!

¡Hola, campeón!

¿Cómo estás?

Me alegra mucho escuchar tu voz.

Mateo: (Habla rápido, lleno de orgullo) ¡Ya salió!

¡El calamar azul!

¡Hice la misión!

(Se oye a la abuela de fondo riendo y diciendo algo como “cuéntale bien”).

Eliana: (Pone los ojos en blanco, fingiendo asombro dramático) ¡No me digas!

¿Salió en el submarino, como habíamos planeado?

Mateo: ¡Sí!

Esta mañana, después del desayuno de…

de…

(busca la palabra) ¡de caldo de abuelita!

Y ¡PLOP!

¡Ahí estaba!

Flotando.

(Su tono se vuelve confidencial).

Era un poco arrugado, pero todavía azul.

Eliana: (Ríe con genuina alegría) ¡Eso es una noticia de primera plana, explorador!

Y lo más importante, ¿cómo está la base de operaciones?

¿Tu pancita?

Mateo: (Con el tono triunfal de quien ha superado una gran prueba) ¡Ya no me duele nada!

Estoy bien.

Ya hasta quiero comer…

(se oye un susurro de la abuela) …bueno, una galleta.

Pero solo una.

Eliana: (Asiente, aunque él no pueda verla) Me parece un premio muy merecido.

Te felicito, Mateo.

Fuiste un paciente muy valiente y un detective excelente.

Has hecho un trabajo de diez.

Mateo: (Lleno de emoción) ¡Gracias, doctora!

La abuelita dice que te mandamos una foto del…

del…

¿cómo se dice?

Abuela Carmen: (Tomando el teléfono, su voz es cálida y agradecida) Del “trofeo”, doctora.

Perdone que llame, pero él no paraba de insistir.

Quería que usted fuera la primera en saberlo.

Muchísimas gracias por su paciencia y por cómo manejó todo ayer.

Eliana: (Su voz se suaviza, emocionada) No, gracias a ustedes por confiar en nosotros y por la llamada.

Esto es lo que más me gusta de mi trabajo.

Denle un gran abrazo de mi parte a nuestro valiente explorador.

Y disfruten de esa galleta, bien merecida está.

Mateo: (Gritando de fondo) ¡Adiós, doctora Eliana!

Eliana: ¡Adiós, Mateo!

¡A seguir explorando, pero con la boca cerrada!

(Cuelga y se queda mirando el teléfono por un momento, con una sonrisa que le llega hasta los ojos.

La fatiga del día, el peso de los problemas en casa, todo se disipa por un instante ante la pureza y la alegría de esa noticia.

Es en estos pequeños y grandes triunfos —un globo expulsado, un miedo vencido, una fiebre controlada— donde encuentra el combustible para seguir adelante.

Toma su tenedor y pincha un trozo de aguacate, esta vez con un apetito renovado y el corazón más ligero.

La ensalada le sabe a victoria.) El atardecer comenzaba a teñir de naranja y púrpura los ventanales curvos del “Horizonte” cuando la Dra.

Eliana Beauvoir dio por terminada su jornada.

Tras la llamada triunfal de Mateo, la tarde había transcurrido entre revisiones de rutina, llamadas de seguimiento y la satisfacción silenciosa de ver cómo Valentina, la niña con gastroenteritis, había dado un vuelco espectacular.

Ya estaba hidratada, sin fiebre, y hasta había sonreído tímidamente pidiendo una galleta (que le fue denegada, por supuesto, a favor de una manzana rallada).

Quedaría en observación hasta el día siguiente por precaución, pero el pronóstico era excelente.

En su oficina azul pastel, Eliana guardó su estetoscopio púrpura y se quitó el batín blanco, colgándolo con cuidado.

Se cambió nuevamente, pero esta vez a la inversa: los scrubs púrpura fueron guardados, y el poderoso conjunto blanco de mangas voluminosas y el abrigo minimalista volvieron a cubrirla.

La transformación era palpable: los hombros, que en el hospital se mantenían relajados y accesibles, ahora recobraban una leve rigidez, una armadura ante el mundo que la esperaba.

Se despidió de Clara, quien aún terminaba unos reportes.

“Mañana revisamos a Valentina a primera hora, Clara.

Buen trabajo hoy.” “Gracias, doctora.

Descanse,” respondió Clara con una sonrisa cómplice, sabiendo que “descansar” en la Mansión Beauvoir era un término relativo.

El Ferrari blanco arrancó en silencio eléctrico desde el subterráneo, sumergiéndose en el flujo del tráfico vespertino.

El contraste era brutal.

Dejaba atrás el mundo de necesidades puras, de logros concretos y gratitud inmediata, para dirigirse hacia el territorio de los símbolos, los silencios cargados y las batallas no por la salud, sino por el afecto y el respeto.

Mientras las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, reflejándose en los vidrios de THE ICON a lo lejos, Eliana sintió el familiar peso en el pecho.

No era el cansancio de un día largo de trabajo, sino la fatiga de una guerra fría doméstica.

Sin embargo, llevaba consigo el calor residual de la llamada de Mateo, la imagen de Santiago rugiendo como un valiente dinosaurio, y la paz en el rostro dormido de Valentina.

Eran sus talismanes, la prueba de que su vida, fuera de aquellos muros neoclásicos, tenía un sentido profundo e incuestionable.

Al tomar la carretera serpenteante que llevaba a la colina donde se alzaba la mansión, iluminada ahora como un pastel de bodas barroco, respiró hondo.

Ya no era la doctora Eliana.

Volvía a ser Eliana Beauvoir, la heredera, la esposa, la hija.

Pero bajo el satín blanco y la lana impecable, latía el mismo corazón que había calmado el miedo de un niño y guiado la recuperación de una niña.

Iba armada, no con el orgullo de su apellido, sino con la certeza silenciosa de su propio valor.

La batalla en casa continuaría, pero ella regresaba hoy, como cada día, desde un frente donde había salido victoriosa.

El crujido de la grava bajo los neumáticos del Ferrari anunció su regreso a la fortaleza Beauvoir.

La mansión, bañada en la luz cálida de los proyectores contra el cielo crepuscular, parecía aún más imponente y distante que por la mañana.

Eliana apagó el motor y por un momento, se quedó en el silencio de la cabina, posponiendo el instante de reingresar.

Finalmente, salió.

El aire de la noche era fresco, cargado del aroma de los jardines nocturnos.

Cruzó la gran puerta de entrada, donde un mayordomo le recibió en silencio con una inclinación de cabeza.

No había necesidad de palabras.

Subió por la majestuosa escalera principal, sus pasos ahora resonando con un cansancio diferente al profesional de la mañana: era la fatiga emocional de cambiar de piel.

Al llegar a la suite del ala este, Clara y Sofía, sus sirvientas personales, ya la esperaban.

No hubo preguntas innecesarias.

Le ayudaron a quitarse el poderoso abrigo blanco, que ahora parecía una armadura pesada, y luego el intrincado vestido de mangas voluminosas.

Cada capa que se removía era un estrato de la jornada que se dejaba atrás.

La guiaron hacia el baño, donde la bañera de mármool negro ya estaba llena, emanando un vapor perfumado con aceites de lavanda y camomila, una receta para disolver la tensión.

Eliana se sumergió en el agua caliente, dejando que el calor calmara sus músculos y el silencio, solo roto por el suave chasquido del agua, calmara su mente.

Allí, por unos preciados minutos, no fue la heredera ni la doctora; fue simplemente ella, suspendida en un líquido tranquilizador.

Después del baño, envuelta en una suave bata de felpa, regresó al dormitorio.

Sobre la cama, habían preparado su atuendo para la noche: un vestido largo negro de un tejido fluido y ligero, como el crepé o la gasa.

Era una pieza de una elegancia dramática y romántica.

No tenía mangas, dejando sus hombros y brazos al descubierto.

El detalle más llamativo era el escote en V profundo en la espalda, que se cerraba con un lazo ancho de cinta de satén rosa pastel, un contraste delicado y audaz contra la oscuridad del vestido.

Pero lo que le daba un toque de caprichosa sofisticación eran los acabados en un material tipo felpa o pelo rosa pastel.

Un delicado borde de este suave material rosa delineaba la sisa donde habrían estado las mangas, cayendo en un leve pico sobre sus brazos, y formaba un fino ribete en el bajo de la amplia falda, que se abría en una leve cola.

Era un vestido que hablaba de una belleza melancólica y poderosa, muy lejos del blanco radiante de la mañana.

Las sirvientas la ayudaron a vestirse con la misma precisión silenciosa.

El tejido negro cayó sobre su cuerpo como una sombra elegante, el lazo rosa en su espalda se anudó con un perfecto moño.

El contraste del negro profundo con los toques de rosa pastel era emblemático de su propio estado: la seriedad y determinación teñidas por una vulnerabilidad que solo se permitía mostrar en los detalles.

Una vez vestida, se acercó al espejo.

La mujer que la devolvía la mirada era una fusión de todos sus roles: la fuerza de la doctora, la resiliencia de la esposa, la elegancia forzada de la heredera, y un toque de la ternura que reservaba para sus pequeños pacientes, simbolizada en el rosa suave.

Respiró hondo, preparándose mentalmente para descender y enfrentar de nuevo la atmósfera del comedor, la posible frialdad de su padre, la tensión silenciosa con Zamir.

Iba armada, esta noche, no con la audacia del blanco, sino con la profundidad intrigante del negro y el susurro esperanzador del rosa.

Estaba lista para la siguiente fase del día en la Mansión Beauvoir.

El suave ronroneo de un motor diésel, fuera de lugar en la calma aristocrática de la colina, anunció la llegada del taxi.

Se detuvo a una distancia discreta de la gran puerta principal, como si el propio vehículo supiera que no pertenecía al círculo de Bentleys y Ferraris.

Zamir bajó, pagó al conductor y, con los hombros ligeramente encorvados por el cansancio acumulado de un día largo en la cocina y el peso psicológico de regresar, caminó hacia la entrada de servicio, la que usaba cuando no quería atravesar la grandiosidad del vestíbulo principal.

Al cruzar el umbral hacia los pasillos de servicio, más funcionales y menos ornamentados, un par de sirvientas que pasaban con ropa blanca lo vieron.

No hubo la reverencia sincronizada, el “buenas noches, señor” que se le dirigía a Maximilian o incluso a Eliana.

Solo un breve contacto visual, un asentimiento casi imperceptible que podía ser un saludo o simplemente un reconocimiento de su presencia, antes de que siguieran su camino.

Era un recordatorio silencioso, pero constante, de su lugar en este ecosistema: aceptado por protocolo, pero no integrado por jerarquía.

Zamir no les prestó más atención.

Subió por la escalera de servicio, sus pasos resonando sobre los peldaños de piedra desnudos, hasta llegar al ala este.

Empujó la puerta de su suite compartida con Eliana.

La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por las lámparas de mesita que ella debía haber encendido antes de bajar.

El vestido negro elegantísimo que había usado no estaba a la vista; seguramente ya estaba en el guardarropa.

Con un suspiro que liberaba la tensión del día, se despojó de la ropa del restaurante, que olía ligeramente a aceite de sésamo y hierbas frescas.

La dejó en un cesto, marcando el fin de su jornada como chef.

Entró al baño contiguo, no a la bañera de mármol, sino a la ducha rápida y funcional.

El agua caliente le lavó el sudor y el aroma de la cocina, pero no pudo limpiar la sensación residual de la conversación matutina.

Al salir, envuelto en una toalla, se dirigió al armario donde guardaba sus cosas.

Allí, colgado con cuidado, estaba su pijama de franela, de un azul marino oscuro y profundo.

No era una prenda de lujo, pero era de buena calidad, suave y cómoda.

Se puso el pantalón de cintura elástica y luego la camisa de manga larga.

Se abrochó los botones blancos uno a uno, sintiendo el suave roce de la tela.

La palabra “pajama” bordada en el bolsillo izquierdo, en un tono ligeramente más claro, era un detalle casi irónico en la opulencia que lo rodeaba.

Los finos ribetes blancos en el cuello tipo pico y en los puños de mangas y pantalón eran el único adorno.

Vestido así, Zamir se sintió, por primera vez desde que había entrado a la mansión, un poco más como él mismo.

No el chef, no el yerno incómodo, sino simplemente Zamir, listo para descansar.

Se acercó a la ventana y miró los jardines iluminados, preguntándose si Eliana ya estaría en el comedor, librando otra batalla silenciosa.

Esperaría su regreso arriba, en este refugio que, a pesar de todo el lujo que lo rodeaba, solo se sentía como un verdadero hogar cuando ella estaba a su lado.

El pijama azul marino era su uniforme para esa espera, un pequeño acto de resistencia cotidiana en un mundo que constantemente le recordaba que no encajaba.

El suave crujido de las escaleras de mármol bajo los pies descalzos de Zamir, calzados solo con pantuflas, era el único sonido a su paso.

Al llegar al gran salón, lo encontró sumido en una penumbra acogedora, iluminado solo por la luz tenue de una lámpara de pie junto a uno de los enormes sofés.

Allí, recostada como una silueta elegante contra los cojines de seda, estaba Eliana.

Su vestido negro, con el lazo rosa pastel en la espalda apenas visible desde ese ángulo, parecía absorber la luz, haciendo que su piel resaltara pálida y perfecta.

Tenía los ojos cerrados, pero no dormía; su respiración era la de alguien en un estado de reposo alerta, descansando del mundo.

Zamir se acercó sin hacer ruido y se sentó suavemente a su lado en el sofá.

El hundimiento del cojín la hizo abrir los ojos.

Al verlo, una sonrisa cansada pero genuina iluminó su rostro, reemplazando por un instante la melancolía del negro que vestía.

Eliana: (Susurrando) Hola.

Pensé que te quedarías arriba.

Zamir: (Se recuesta a su lado, dejando caer la cabeza sobre el respaldo) El silencio arriba era demasiado grande.

Prefiero el silencio contigo.

(La toma de la mano, encontrando sus dedos fríos).

¿Cómo estás?

Eliana: (Cierra los ojos de nuevo, apretándole la mano) Agotada.

Pero…

satisfecha.

Fue un buen día en el hospital.

(Abre los ojos y lo mira).

¿Y tú?

¿Mucho movimiento en el restaurante?

Zamir: (Niega, con un dejo de frustración) No tanto como me gustaría.

Tuve tiempo para pensar…

y para echarte de menos.

Mientras intercambiaban estas palabras bajas en la penumbra, en el corazón de la casa, la cocina palaciega estaba en su punto álgido vespertino.

El ambiente era de concentrada elegancia, muy distinto al bullicio del “Sawasdee”.

Dos grupos de chefs, vestidos de impecable blanco, trabajaban en estaciones separadas con la precisión de un reloj suizo.

Para Eliana, un chef preparaba un plato de alitas de pollo glaseadas.

No eran las alitas de un restaurante deportivo; cada una era uniforme, bañada en un glaseado naranja brillante y pegajoso que destellaba bajo las luces de la cocina, como joyas de caramelo picante.

Se apilaban en una montaña escultórica sobre un plato blanco de porcelana fina, coronadas con un delicado espolvoreo de cebollino fresco picado.

A un lado, en un pequeño cuenco de porcelana, una salsa oscura y densa, probablemente una reducción de soja, mirin y algún ingrediente secreto, esperaba como un acompañamiento intenso.

Era comfort food, pero elevado a arte: jugoso, dulce, picante y reconfortante, perfecto para alguien que necesitaba desconectar.

Para Zamir, otro chef ejecutaba una obra maestra de donburi japonés.

En un cuenco de cerámica esmaltada de color oscuro con motivos sutiles, se disponía una cama perfecta de arroz japonés de grano corto, blanco y brillante.

Sobre ella, se colocaban con pinzas lonchas gruesas de salmón, su color naranja intenso marmoleado con vetas de grasa, glaseadas con una salsa teriyaki que les daba un brillo lacado.

Junto al salmón, unos trozos de karaage (pollo frito japonés) dorado y crujiente.

En el centro, un ramillete de shiso verde añadía frescura, y a un lado, la joya de la corona: un huevo marinado (ajitsuke tamago) cortado por la mitad, con la yema aún cremosa y de un ámbar profundo.

Unas finas tiras de cebollino y unos palillos de madera oscura completaban la presentación.

Era un plato que honraba su profesión y su paladar, una compleja armonía de texturas y sabores umami, lejos de cualquier noción de “comida simple”.

Los aromas, aunque contenidos por las poderosas campanas extractoras, empezaban a filtrarse: el dulzor picante del glaseado de las alitas y el aroma profundo y salado del dashi y la soja del donburi.

Eran dos mundos culinarios, dos declaraciones de cuidado (o de protocolo) emanando de la misma cocina, listos para ser llevados al comedor donde, sin duda, otra comida bajo la mirada de Maximilian esperaba a la pareja.

Pero por ahora, en el silencio del salón, solo estaban ellos, sus manos entrelazadas y el breve respiro antes de la siguiente función.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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