JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 7
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7: Terco 7: Terco La voz suave pero clara de la sirvienta cortó la calma del salón: “La cena está servida, señora Eliana, señor Zamir”.
Ambos se separaron lentamente del sofá, como despertando de un breve ensueño.
Eliana se ajustó levemente el lazo de su espalda, un gesto casi inconsciente de preparación.
Zamir se puso de pie, sintiendo el contraste entre la comodidad de su pijama de franela y la formalidad que se avecinaba.
Cruzaron el enorme salón, sus siluetas —ella esbelta y dramática en negro, él más sólido y cómodo en azul marino— avanzando hacia el comedor de gala.
La mesa, larga e imponente bajo la luz de las arañas de cristal, parecía aún más vasta en la penumbra de los extremos.
No había rastro de Maximilian.
Quizás cenaba en su estudio, o en la ciudad.
La ausencia era un alivio y, a la vez, una nueva forma de tensión: un recordatorio de su desaprobación, incluso en la falta.
Se sentaron uno al lado del otro, en el centro de un lado de la mesa, rompiendo con el protocolo de los extremos opuestos del desayuno.
Era un pequeño acto de unión, de resistencia íntima.
En silencio, como fantasmas elegantes, los meseros aparecieron.
Colocaron ante Eliana la montaña escultórica de alitas de pollo glaseadas, el naranja brillante chispeando bajo la luz.
El aroma dulce y picante se elevó, reconfortante y tentador.
Frente a Zamir, depositaron con cuidado el donburi japonés.
El cuenco oscuro enmarcaba el vibrante salmón naranja, el dorado del karaage, la yema ámbar del huevo marinado, una pintura comestible de texturas y umami.
No hubo palabras.
Solo el leve tintineo de la porcelana fina y el cristal cuando Eliana sirvió agua en sus copas.
Tomaron sus cubiertos —ella unos finos tenedor y cuchillo, él unos palillos de ébano que le habían proporcionado sin que los pidiera— y comenzaron a comer.
El primer bocado para Eliana fue una explosión de sabor familiar y decadente: la piel crujiente, la carne jugosa, el glaseado que era a la vez dulce, ácido y con un leve picante al final.
Un suspiro casi imperceptible de placer escapó de sus labios.
Era exactamente lo que necesitaba.
Zamir, con la habilidad de quien maneja palillos todos los días, tomó un trozo de salmón glaseado y un poco de arroz.
La combinación en su boca fue perfecta: la riqueza grasa del pescado, la salsa teriyaki ligeramente caramelizada, la textura pegajosa y perfecta del arroz.
Era un homenaje a su oficio, una comida que respetaba su paladar.
Por un momento, el sabor lo transportó lejos de la mansión, a la esencia pura de la buena cocina.
Comieron en silencio, pero no era el silencio cargado del desayuno.
Era un silencio compartido, de cansancio, de disfrute íntimo de la comida, de compañía mutua.
Sus miradas se encontraban ocasionalmente por encima de la mesa, intercambiando sonrisas pequeñas y privadas.
Bajo la inmensa mesa de mármol, Eliana estiró el pie hasta encontrar el de Zamir, un contacto furtivo y cálido.
Era una tregua.
Una pequeña isla de normalidad conyugal en medio del océano de opulencia y conflicto de la Mansión Beauvoir.
Mientras los sabores los envolvían, por unos preciados minutos, solo fueron ellos, una cena deliciosa y el tenue calor de su conexión en la penumbra del comedor vacío.
(La cena ha avanzado en su tranquila intimidad.
Los platos están casi vacíos, el glaseado naranja reducido a manchas en la porcelana de Eliana, el cuenco de Zamir con solo unos granos de arroz restantes.
En ese momento de calma, Eliana alza ligeramente la vista y, con un gesto casi imperceptible, llama a una de las sirvientas que espera inmóvil junto a la pared.
La mujer, una de las más veteranas y de confianza, se acerca con pasos silenciosos.) Eliana: (Su voz es baja, pero clara en el silencio del comedor) Marguerite.
¿Mi padre ha llegado ya a la casa?
Sirvienta Marguerite: (Inclina la cabeza en un gesto respetuoso) No, señora Eliana.
El señor Beauvoir no ha regresado aún.
Eliana: (Una leve arruga de preocupación aparece entre sus cejas) ¿Ha mandado aviso?
¿Estará por venir?
Marguerite: (Mantiene su tono neutro, informativo) No, señora.
No se espera su llegada.
Llamó hace unas horas, poco después del mediodía, para informar que no vendría a cenar…
ni probablemente a pernoctar.
Dijo que ha surgido un problema significativo con la administración en THE ICON y que él personalmente debe hacerse cargo de la situación.
Parece ser un asunto…
complejo.
Eliana: (La preocupación se ahonda.
Deja su tenedor sobre el plato).
¿Y ha comido algo?
¿Almorzó siquiera?
Marguerite: (Por primera vez, un destello de genuina inquietud cruza el rostro imperturbable de la sirvienta).
No, señora.
El personal de la oficina llamó para informar que no aceptó el almuerzo.
Incluso cuando se ofrecieron a enviarle algo desde el restaurante ejecutivo, rechazó la oferta.
Dijo que no tenía tiempo.
(Hace una pausa breve).
La señora de la limpieza de la oficina reportó más tarde que la cafetera estaba fría y el cenicero…
bueno, que había estado trabajando sin pausa.
Eliana: (Cierra los ojos por un segundo, un gesto de fastidio y resignación mezclados.
Sabe lo que eso significa: su padre enterrado en su fortaleza de rojo y oro, alimentándose de tabaco, café frío y furia concentrada, ahogando en trabajo el vacío que no quiere nombrar).
Entiendo.
Gracias, Marguerite.
(Su voz suena cansada).
Puedes retirarte.
Marguerite: (Inclina la cabeza de nuevo) Señora.
(Y se desliza de vuelta hacia la sombra de la pared, dejando la información pesando en el aire).
(Eliana mira su plato, pero el apetito se ha esfumado.
Zamir, que ha escuchado el intercambio, extiende su mano y la cubre con la suya sobre la mesa, un gesto de apoyo silencioso.
Ella le aprieta los dedos, agradecida.) Eliana: (Susurrando, más para sí misma que para Zamir) Otro problema “significativo”.
Otra noche en la oficina.
Otro banquete de orgullo y soledad.
A veces pienso que esa empresa es el único hijo al que realmente sabe cómo cuidar…
o al que permite que lo consuma por completo.
(Su comentario flota en el aire del comedor, una triste observación que resume la paradoja de Maximilian Beauvoir: un hombre que construyó un imperio para darle todo a su hija, pero que, en el proceso, se encerró en él, dejándola fuera, viéndolo desde la distancia, igual que ahora, cenando en su mansión vacía mientras él libra sus batallas en una torre de cristal.) (El intercambio había sido tranquilo, pero la información sobre su padre —su negativa a comer, su encierro obsesivo— actúa como una mecha en la ya tensa carga emocional de Eliana.
La calma se quiebra de forma violenta y repentina.
Sus ojos, antes cansados, se encienden con una furia fría y desproporcionada.
Se levanta de la silla de un golpe, haciéndola chirriar contra el mármol.) Eliana: (Su voz, primero un suspiro forzado, se convierte en un grito que retumba en el comedor vacío) ¡Es increíble!
¡Es absolutamente INCREÍBLE!
¡Que sea un necio y un terco no significa que vayamos a dejar que se DESHIDRATE en esa oficina de mal gusto!
¿75 años tiene, o no?
¡75!
¡No es un adolescente que puede vivir de aire y orgullo!
(Golpea la mesa con la palma de la mano abierta con tanta fuerza que los cubiertos saltan y las copas tintinean alarmadas.
Zamir se pone de pie, alarmado, “Eliana, calmante—”, pero ella ni lo oye.) Eliana: (Girándose hacia Marguerite, que ha retrocedido un paso, su rostro profesional ahora pálido de sorpresa) ¡Y ustedes!
¡Parados ahí como estatuas!
¡”El señor no ha querido”!
¡Pues que LLEVEN!
¡Que le metan la comida por la puerta si es necesario!
¿O es que en esta casa ya no se sabe OBEDECER una orden que no venga directamente de él?
(Marguerite baja la cabeza, temblando ligeramente.
Eliana, poseída por una rabia acumulada que trasciende este incidente, clama a los meseros que están inmóviles junto a la pared.) Eliana: ¡Ustedes!
¡Llamen a la cocina AHORA MISMO!
¡Que vengan los chefs!
¡LOS QUIERO AQUÍ, DELANTE DE MÍ, EN ESTE INSTANTE!
(El orden se cumple con pánico.
En menos de un minuto, los dos chefs principales que habían preparado la cena, aún con sus gorros y delantales, aparecen en la puerta del comedor, confundidos y asustados.
Eliana se planta frente a ellos, su vestido negro ondeando, el lazo rosa de su espalda como una cruel ironía.) Eliana: (Escupe las palabras, su tono es venenoso y despectivo) ¿Tan incompetentes son que no pueden preparar algo que un hombre con el paladar de un niño caprichoso pueda TRAGAR?
¿Solo saben hacer montañas bonitas y cuencos fotogénicos para nosotras?
¡Él necesita COMIDA!
¡ALGO SENCILLO, CALIENTE, QUE NO LE REVUELVA EL EGO YA REVUELTO QUE TIENE!
¿O es que en esos títulos caros de “chef experto” no incluyen un módulo de SENTIDO COMÚN?
(Los chefs miran al suelo, completamente humillados.
Zamir intenta intervenir de nuevo, tocando su brazo.) Zamir: Eliana, por favor, esto no es— Eliana: (Se libera de su toque con un gesto brusco, pero al ver la profunda vergüenza y el miedo en los rostros de los sirvientes, algo se rompe dentro de ella.
El fuego de su ira se apaga tan rápido como comenzó, dejando solo cenizas de vergüenza y horror.
Su respiración, entrecortada, se calma.
Mira sus propias manos, que golpearon la mesa, luego la cara pálida de Marguerite, la mirada gacha de los chefs.
El silencio que sigue es peor que sus gritos.) Eliana: (Su voz ahora es un hilito roto, lleno de culpa) Salgan.
Por favor, salgan todos.
(Los sirvientes y chefs se escabullen en un silencio absoluto, demasiado rápido.
Zamir se queda a su lado.
Eliana se desploma en su silla, cubriéndose el rostro con las manos.
No llora.
Solo tiembla.) Eliana: (Habla entre sus dedos, su voz ahogada) Dios mío.
Lo que acabo de hacer…
Me convertí…
en él.
En el monstruo que grita, que humilla…
(Baja las manos, mirando a Zamir con ojos desesperados).
Lo siento.
Lo siento mucho.
Es solo que…
el pensar que está ahí arriba, destruyéndose solo, por orgullo, mientras todos aquí seguimos el guión…
me vuelve loca.
Zamir: (Se arrodilla a su lado, tomando sus manos frías) Lo sé, mi amor.
Lo sé.
Pero este no eres tú.
El tú de verdad es el que cura niños, no el que grita a gente que solo hace su trabajo.
(Eliana asiente, sin poder hablar, la vergüenza quemando su interior más que cualquier rabia.
Su estallido no ha sido solo por la comida de su padre.
Ha sido el grito ahogado de años de frustración, de amor rechazado, de sentirse impotente.
Y en ese momento de pérdida de control, ha dañado a los únicos inocentes en la sala.
La cena, antes un refugio, ahora está completamente arruinada, y el peso de la mansión parece más opresivo que nunca.) (La habitación está cargada de un silencio espeso, roto solo por la respiración entrecortada de Eliana.
Zamir, arrodillado a su lado, sostiene sus manos que aún tiemblan ligeramente.
La furia se ha disipado, dejando a su paso un campo devastado de vergüenza y agotamiento en el rostro de Eliana.) Zamir: (Su voz es un susurro profundo, calmante, como el rumor de una ola suave) Respira, mi amor.
Solo respira.
Ya pasó.
Eliana: (Sacude la cabeza, sin mirarlo, las lágrimas amenazando con caer) No debió pasar.
Les grité…
los insulté.
Soy igual que…
Zamir: (Le levanta suavemente la barbilla, obligándola a mirarlo) No.
No lo eres.
Él jamás se sentiría así después.
Él no vería el daño.
Tú sí.
Y eso te hace totalmente diferente.
(Le seca una lágrima que logra escapar con el pulgar).
Fue el cansancio, la preocupación…
y este lugar.
Esta maldita casa que envenena hasta a los más fuertes.
Eliana: (Cierra los ojos, apoyando la frente contra la de él, buscando su ancla) ¿Y qué hago ahora?
No puedo dejar que pase la noche sin comer.
Tiene 75 años, Zamir.
Su azúcar, su presión…
Zamir: (La besa suavemente en la frente, luego en los labios, un beso breve pero lleno de una promesa tangible) Tú no harás nada.
Yo lo haré.
Eliana: (Abre los ojos, confundida) ¿Tú?
Pero él te…
Zamir: (La interrumpe con una sonrisa cansada pero decidida) Precisamente por eso.
Porque yo soy “el chico pobre”, “el que no pertenece”.
Mi presencia no será una confrontación de poder, como la tuya podría serlo.
Será…
un recordatorio incómodo, quizás.
O simplemente, alguien que lleva comida.
(Se pone de pie, sin soltar su mano).
No te alteres más.
Deja que yo me ocupe de esto.
Es una batalla que puedo pelear por nosotros.
(Eliana lo mira, viendo la determinación en sus ojos.
Asiente lentamente, delegando en él una carga que se le había hecho insoportable.
Zamir se endereza y se dirige a la puerta, donde Marguerite y otra sirvienta esperan, aún visiblemente afectadas, pero con la disciplina de no haber abandonado su puesto.) Zamir: (Con una voz clara, firme, pero sin rastro del grito anterior.
Es la voz de alguien dando una orden necesaria) Marguerite.
Por favor, diríjase a la cocina.
Preparen comida para el señor Beauvoir.
Algo sustancioso pero de fácil digestión.
Un consomé doble de ave, un filete de pescado a la plancha con puré de papas suave, verduras al vapor.
Nada elaborado, nada pretencioso.
Sólido.
(Hace una pausa, recordando).
Y su bebida favorita para acompañar.
El té Earl Grey de esa lata azul que guarda en el gabinete de su estudio, preparado exactamente a 85 grados, sin azúcar, con una rodaja fina de limón.
Que lo empaquen todo en una cesta térmica, para que llegue caliente.
Marguerite: (Asiente, recuperando algo de su compostela profesional al tener instrucciones precisas) Enseguida, señor Zamir.
¿Algún mensaje…
para el señor?
Zamir: (Mira a Eliana, que lo observa desde la mesa, y luego de vuelta a Marguerite) No.
Solo la comida.
El mensaje ya está implícito.
(Marguerite se inclina ligeramente y sale rápidamente hacia la cocina.
Zamir regresa al lado de Eliana, que se ha levantado.) Eliana: (Le toma la cara entre sus manos) Tienes que tener cuidado.
Está de un humor horrible, seguro.
Zamir: (Sonríe, un destello de su antiguo humor asomando) Después de lidiar con woks humeantes y berrinches de clientes, creo que puedo soportar el humor de un magnate.
(Se vuelve serio).
Pero prométeme que te quedarás aquí, que te calmarás.
Toma un baño, lee algo.
No permitas que esta casa gane esta noche.
Eliana: (Asiente, besándolo esta vez con más fuerza, una mezcla de gratitud, amor y preocupación) Te amo.
Muchísimo.
Zamir: (Le devuelve el beso) Y yo a ti.
Ahora ve arriba.
Yo iré a entregar este…
“care package” a la fortaleza del ogro.
Volveré.
(Con una última mirada, Zamir sale del comedor en dirección a los preparativos.
Eliana, sintiendo una mezcla de alivio y un nuevo nudo de preocupación en el estómago, respira hondo y comienza a recoger sus cosas para subir a sus habitaciones, siguiendo su consejo.
La mansión, por un momento, deja de sentirse como un campo de batalla para convertirse en un frente donde su esposo ha tomado, voluntaria y valientemente, la primera línea.) El taxi se detuvo frente al imponente perfil de THE ICON, su fachada de vidrio ahora negra como un espejo, salpicada por los cuadros de luz de las oficinas que aún permanecían ocupadas.
Zamir pagó al conductor y bajó, cargando las dos maletas: la de comida, pesada y cálida, y la más ligera con ropa limpia.
Los guardias de seguridad en el vestíbulo, reconociéndolo (o más bien, reconocidas las órdenes de que el yerno de la familia Beauvoir, aunque no fuera bien visto, tenía acceso), lo dejaron pasar con un breve asentimiento.
El ascensor panorámico ascendió en silencio, mostrando la ciudad nocturna, pero Zamir no la vio.
Su mente estaba en la misión.
Al llegar al piso ejecutivo, el silencio era absoluto y opresivo, roto solo por el zumbido de la climatización.
Las luces estaban bajas, excepto por el resplandor que emanaba del final del pasillo: la oficina del CEO.
A medida que se acercaba, los sonidos comenzaron a filtrarse.
No eran conversaciones, ni siquiera discusiones.
Eran gritos.
Una voz, grave, cortante y cargada de una furia glacial que podía helar la sangre: la voz de Maximilian.
“¿DIEZ AÑOS?
¿LLEVAN DIEZ AÑOS EN MI EMPRESA Y ESTE ES EL NIVEL DE ANÁLISIS QUE PRESENTAN?
¿SON IMBÉCILES O ES QUE CREEN QUE YO LO SOY?” Zamir se detuvo a unos metros de la enorme puerta de roble, parcialmente entreabierta.
No podía ver dentro, pero cada palabra era un latigazo claro.
“¡ESTO NO ES UN ERROR DE DEDO, ES UNA INEPTITUD COLECTIVA!
¡UNA PLANILLA DE CÁLCULO CON ESA DESVIACIÓN PODRÍA HABER COSTADO MILLONES!
¿MILLONES!
¿EN QUÉ CEREBRO DEFICIENTE CABE SEMEJANTE NEGLIGENCIA?” Se oía el ruido de papeles siendo arrojados con violencia sobre una superficie dura.
Luego, un silencio cargado, más aterrador que los gritos.
Maximilian: (Ahora con un tono bajo, venenoso, que goteaba desprecio) No quiero excusas.
No quiero explicaciones.
Quiero el trabajo hecho.
Y hecho bien.
Ninguno de ustedes se irá a su casa esta noche hasta que cada cifra, cada decimal, esté verificado, recalculado y presentado en mi escritorio con el estándar que SE SUPONE esta empresa tiene.
¿ESTÁ CLARO?
Ahora, FUERA DE MI OFICINA.
Un tropel de pasos apresurados y silenciosos se acercó a la puerta.
Zamir se apartó rápidamente a un lado, fundiéndose con la penumbra del pasillo.
Tres ejecutivos, con trajes caros pero rostros grises y cabizbajos, salieron casi corriendo, sin mirar a los lados, la humillación y el miedo palpable en el aire que dejaban a su paso.
Zamir esperó a que sus pasos se disiparan en el pasillo.
El silencio que volvió a caer sobre la suite ejecutiva era denso, cargado con la ira residual y la soledad absoluta del hombre que estaba al otro lado de la puerta.
Respiró hondo, ajustando el agarre de las maletas.
El escenario no podía ser peor.
Maximilian estaba en su momento más explosivo, más impenetrable.
Pero Zamir había hecho una promesa.
Con el corazón latiendo con fuerza pero con una determinación tranquila, se acercó a la puerta entreabierta y, sin tocar, habló con una voz firme que esperaba que lograra atravesar la tormenta.
Zamir: Señor Beauvoir.
Soy Zamir.
Le traigo algo de la casa.
(La puerta de la oficina, pesada y oscura, cedió bajo la leve presión de Zamir.
El interior era una cámara de rojo y oro bañada en la luz fría de una única lámpara de escritorio, el resto de la habitación en penumbra.
En el centro, de pie frente al ventanal, con la espalda rígida y las manos entrelazadas a la espalda, estaba la silueta de Maximilian.
No se había movido al oírlo entrar.
La ira aún vibraba en el aire como electricidad estática.) Zamir se detuvo en el umbral, las maletas en cada mano.
Por un largo momento, solo se escuchó el zumbido lejano de la ciudad.
Finalmente, Maximilian giró la cabeza solo lo suficiente para mirarlo por el rabillo del ojo.
Su perfil, afilado como una navaja, estaba iluminado por la luz exterior.
No había sorpresa, solo un fastidio profundo y cansado.
Maximilian: (Su voz era áspera, desgastada por los gritos, pero no había perdido un ápice de su autoridad glacial) ¿Qué haces aquí?
No recuerdo haber solicitado…
nada.
Zamir: (Avanzó un par de pasos dentro de la oficina, colocando las maletas suavemente en el suelo) Traigo algo de la casa, señor Beauvoir.
Maximilian: (Giró lentamente por completo.
Sus ojos grises, fríos como el acero, recorrieron a Zamir de arriba abajo, deteniéndose en las maletas con un desdén palpable).
Veo.
La caridad organizada.
O el remordimiento de mi hija enviado por mensajero.
(Hizo un gesto de desprecio con la mano).
Puedes llevártelo de vuelta.
No comeré.
Zamir: (No se inmutó.
Mantuvo una calma que contrastaba violentamente con la tormenta reciente).
No es caridad, señor.
Es comida.
Y el té Earl Grey de la lata azul.
(Hizo una pausa breve).
Han dicho que no ha almorzado.
Maximilian: (Una sonrisa torcida, sin humor, apareció en sus labios) ¿”Han dicho”?
¿Mi séquito de espías domésticas ya informa a la cocina baja?
Mi apetito, o la falta de él, no es asunto de esta casa.
Y mucho menos tuyo.
Zamir: (Asintió, aceptando el golpe sin retroceder) Tiene razón.
Normalmente, no lo sería.
Pero cuando alguien lleva más de doce horas peleando una batalla, incluso los generales necesitan combustible.
No se piensa claro con el estómago vacío.
Maximilian: (Cruzó los brazos, su postura era un muro infranqueable.
La rosa de plata en su solapa parecía brillar con una luz propia en la penumbra).
¿Me estás dando lecciones de estrategia, chef?
La claridad mental no me falta.
Lo que sobra en esta empresa es incompetencia, y eso no se arregla con consomé.
Ahora, si has terminado tu misión de compasión mal entendida, puedes irte.
Zamir: (No se movió.
En lugar de eso, hizo algo inesperado: abrió la maleta térmica.
El aroma del consomé doble de ave, caliente, limpio y reconfortante, se elevó y comenzó a difundirse en la oficina, un intruso cálido y orgánico en medio del frío lujo y la ira).
El filete de pescado está separado, para que no se humedezca.
El puré está suave.
(Miró directamente a Maximilian).
Puede insultarme todo lo que quiera, señor.
Puede despreciar mi presencia, mi trabajo, mi origen.
Pero la comida está aquí.
Caliente.
Hecha para usted.
Tirarla sería un gesto tan vacío como gritarle a quienes ya no pueden escuchar.
(Hubo un silencio.
El aroma del caldo, innegablemente bueno, llenaba el espacio entre ellos.
Maximilian lo miraba fijamente, no con ira ahora, sino con una especie de fría y calculadora curiosidad, como si estudiara una pieza de un rompecabezas que no encajaba.) Maximilian: (Finalmente, habló, su voz más baja) Eres terco.
Zamir: (Una esquina de su boca se levantó levemente) Dicen que es un defecto que se pega al convivir con ciertas personalidades.
(Por un instante, algo pareció cruzar el rostro de Maximilian: no era aprobación, ni siquiera aceptación.
Era el reconocimiento forzado de una resistencia inesperada.
No cedía.
Pero el aroma de la comida, la fatiga física de un día sin alimento y la soledad absoluta de su torre de marfil eran aliados silenciosos de Zamir.)
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